pasaste de largo

No me diste agua de tus ojos,

luna llena,
un latido.
Pedí ser hilandero de silabas
humus
y atisbar estrellas.
Lavar alboradas,
colorear atardeceres;
Ser niño y jugar con la Osa mayor
Quise ser poeta y pasaste de largo.

inviernoRaulTamaritMPaseoPorElBosqueAcuarela

 

El cielo es el mismo

Después del estallido siguió el de las ametralladoras con golpes de muerte. Luego hubo un silencio hiriente que ocupó el espacio de las almas. Se oían sollozos y lágrimas que rodaban por los pómulos sepia de las mujeres. Gritos de muerte cabalgaban en aquellas tierras de oración y fe. Y entre el desierto y la montaña incrédulos se miraban Mahoma y Moisés.

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Los recuerdos

Mientras asean el auto, reconozco la geografía y estoy en la certeza que algunos árboles y casas saben que hay ayeres de mí que aún retozan. Ella es un compendio de años del cual tomó una brevedad. Siempre te pienso.

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De la familia

Poco les importó que Noé no las invitara,se instalaron. Hoy son parte de la familia y no saben de etiquetas, van de la mierda a la torta.

mosca

 

Aromas de pan y agua

Empieza a llover,
la tierra que rascaron las gallinas,
esparce aromas de tiempo.
Huele a pan milenario.
Es el mismo olor
que arroparon en su memoria,
viejos abuelos.
 
El olor hace cosquillas
en alguna parte de mi pensamiento.
Saber que mi padre llenó su corazón de tierra mojada,
o que, a millones de kilómetros,
alguien lo hace,
y que está escribiendo cómo lo hago.
¿Escribirá que el olor abre el apetito del alma?
o agradecerá a la lluvia que su mal humor
se haya esparcido entre los zacatales de alguna estepa.
No sé, la lluvia me hace niño y abuelo el corazón,
por eso me inclino a besar el agua que moja el pan del tiempo.
 
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El primer beso

era un chamaco.
Ella mujer de veinte años,
pelo castaño que brincaba saltando la cuerda sobre sus hombros.
Un día le pedí un beso,
y ella movió la cabeza.
La miraba en silencio,
y convertía mis luces en palabras de pedimiento.
Una tarde me llevó a su oficina
Te daré el beso,
ya no soporto tu insistencia.
Cerré mis ojos.
Sus labios llegaron  a la frente
y la decepción crispó mis manos.
a punto de abrirlos, rodaron y encontraron con los míos.
Su cabello largo
y mis manos que tiemblan sobre sus caderas.
Saltos del corazón,
cuando el vaho rodaba en mi cuello.
Me recuerdo en su boca;
y mi cuerpo saborea la inminencia de su embestida final.

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Gripe española

!Larga vida al rey! Exclamaron los presentes, cuando el rey estornudó.

leer la epidemia olvidada millones de gentes murieron

Gripe-Espanola

La Epidemia olvidada de Octavio Gómez Dantés

De las despedidas

¿Cuando has visto una despedida feliz?
Vendrá lo que tenga que venir,
hay cosas inevitables.
Después , 
volverán un día las lluvias;
los ríos se llenaran de sapos
serán los mismos u otros también
pero, ya no estaré.

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La primera novia

los almendros tiraban las hojas. Al pasar por la vieja escuela, el taller de cocina estaba abierto. la vi a través del cristal.  la había buscado sin éxito. Y ahora la contemplaba de espaldas. Respiré profundo. Me acerqué, tuve temor de tocarla o hablarle. El momento se hacía tenso, seco de la boca. Oí su voz.

— ¿Cómo estás?

Respiré entrecortado y balbuceé.

—Estoy bien, ¿y tú?

—Aquí, haciendo una tarea.

—Es sábado.

—Le prometí a la maestra que vendría.

la boca seguía seca, el sudor cegándome. Cinco días traté de verla y ahora estaba frente a ella, no sabía que decir y me sentía torpe. Iba a retirarme.

— ¿Por qué no me ayudas?

—Sí —le dije con rapidez. ¿Qué tengo que hacer?

tomé conciencia de la situación. Estábamos en el taller de cocina, recién había sacado del horno tres piezas redondas de pan y disponía a decorarlos;  batía el merengue.

—¿Me acercas el azúcar que está en aquella esquina?

fui presto hacia el frasco, a mitad del camino, con una voz cantada me detuvo. —No puedes entrar así, necesitas un gorro; están de este lado, póntelo.

Dudé. ¡Bonito me vería con una cofia de cocinero! sería el hasmereir de los compañeros si me viesen.

—Ándale, son cosas de la cocina, ¿verdad que me vas a ayudar? Pero si no quieres. dijo quedo…

La turbación era evidente. Sin pensarlo, tomé uno de color azul cielo, lo amarré a la nuca y fui por el azúcar.

— Un poquito más —batía. —Tráeme el color, ¿éste te gusta? o ¿aquél? Ahora dame el pan, sujétalo aquí, dame el cuchillo; mira, de aquel lado donde están las duyas y las cucharas.

Olvidé quien pudiera verme y sólo estuve pendiente de sus indicaciones. Cada vez que rozaba mi piel, aparecía torpe al contestar. No pude contenerme y en un alarde de valor, con palabras cuatropeadas por la asfixia me animé:

— ¿Quieres ser mi novia?

Me miró, alzó su ceja morocha y continuó decorando el pastel, dándole las pinceladas con las que imprimiría su estilo. La duya iba de un lado a otro, subió a un banquito, y remató su decoración sobre la cima de la torta. Trataba de encontrar una respuesta en su cara.

— En el pastel te contesto –me dijo muy seria al quitarse el gorro.

Mis ojos ávidos buscaban, iban del pan dulce a su mirada y torpes la interrogaban.

—Súbete al banco —me dijo, riendo.

Arriba, con letras azules que destacaban sobre el fondo blanco, estaba escrita la palabra SÍ. Afuera, los remolinos seguían jugando con las hojas ocres del almendro.

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Incertidumbre

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Hacer el amor, quedarse ahí, con la experiencia del instante. Nunca se sabe si será el último; con la mujer, con la vida.

Despedida

Mis aguas ya no tienen el brío de la gacela; los árboles florean por la magia de la vida. Tienes en tu mano un espejismo, tan quebradizo que el vuelo  de un pájaro lo fragmentaría. Mi árbol carente ha tirado la hoja y los retoños tardan.

Arboly viento.