Tlen Huicani El cascabel

 

El Son de Veracruz dará paso a una obra magistral que es el huapango de Moncayo que esta basada en la música popular del Estado. Deleitense con el arpa.  El grupo pertenece a la Universidad Veracruzana.

tlen huicani

La Abuela y los abogados en la corte

Los Abogados jamás deberían hacerle una pregunta a una abuela  sí no se encuentran preparados para la respuesta.
Durante un juicio, en un pequeño pueblo de Texas, el abogado acusador, llamó al estrado a su primer testigo, una mujer de avanzada edad. El Abogado preguntó, «Sra. Sánchez, ¿sabe quién soy?»
«Si, lo conozco Sr. Williams.
Lo conozco desde que era un niño y francamente le digo que usted resultó ser una gran decepción. Siempre miente, engaña a su esposa y, lo peor de todo, manipula a las personas. Se cree el mejor de todos cuando en realidad no es usted nadie. Si, lo conozco… pendejo.»
El Abogado estaba perplejo. Sin saber exactamente qué hacer. Apuntando hacía el fondo de la sala le preguntó a la Sra. Sánchez, «¿Conoce al Abogado de la defensa?» Nuevamente ella respondió, «Claro que sí”. También conozco al Sr. Rodríguez desde que era un niño. Él es flojo y medio marica, y tiene un problema con la bebida. No puede tener una relación normal con nadie y es el peor Abogado del Estado. Sin mencionar que engaño a su esposa con tres putas diferentes. Una de ellas era la esposa suya. ¿Recuerda? Yo lo conozco al Sr. Rodríguez, su mamá tampoco está orgullosa de el.» El Abogado de la defensa casi cae muerto.
Entonces el Juez llama a los dos Abogados para que se acerquen al estrado y les dice: «Si alguno de ustedes imbéciles, le pregunta a esta vieja si me conoce a mí, lo mando a la silla eléctrica.

juicio

 

La graduación

La pelota hizo una parábola, llegó al ángulo de la portería. «gol gritó el respetable.»El portero inmóvil; la pelota rebotó en una fina malla tejida en el ángulo. La araña aprobó el examen final y se fue a festejar.

Fútbol

Mario

Paaul Cezanne
Paul Cezanne
No contuvo la molestia cuando escuchó que tocaban a la puerta y abrió con enojo. Se trataba de un joven imberbe, que traía un arreglo floral; pensó que se había equivocado de dirección.
— ¿Aquí vive la Señora Celia Basan?
— Sí.
— Traigo flores para ella.
Lo hizo pasar, para que situara el cesto floral.
— ¿Dónde tengo que firmar? Agregó con tono seco.
Quedó perpleja. Sus ojos se perdieron entre los amarillos: una hermosa combinación de girasoles y margaritas y en la base, unas azucenas que gritaban olorosas. “¿Quién me las habrá enviado? Mis dos hijos radican fuera del país”
La voz del muchacho la volvió.
— No tiene que firmar en ningún lado y esto es para usted.
Tomó el sobre percudido que el muchacho le extendía y al abrirlo, aspiró un sutil aroma a lavanda. En el interior, había una moneda de plata y una carta escrita a puño y letra:
Estimada Celia:
Me hubiera gustado despedirme de manera personal, sin embargo, mi salud no me lo permite. Antes de que mi entendimiento se desvíe, quiero agradecerte los momentos que le dieron sentido a mi vida. Aún conservo vivo el recuerdo de tu partida. Lo acepté con pesadumbre, pues anhelaba compartir el último trayecto de mi vida junto a ti. Pero, ante todo, debía respetar tu decisión de vivir sola.
He estado pendiente de ti, sin que te percataras. Me han dado alegría los títulos que has conseguido y el reconocimiento que la sociedad científica te ha otorgado. He asistido sin estar a la boda de tus hijos y te he acompañado en momentos de dolor. Una vez te dije que el amor se mide más por los días oscuros que por los radiantes. ¿Recuerdas la moneda que te gustó y en el último instante no la compraste? La adquirí pensando que algún día te daría una sorpresa, y ésta es la ocasión. El grabado que lleva te recordó a un ser querido, ahora espero que por ella me recuerdes. El ramo de flores que el joven acaba de entregarte, lo ordené antes de escribirte esta despedida. Aprovecho para decirte quién es.
Su nombre es Mario. Me hice cargo de él cuando doña Carmen, su madre de crianza, murió. Fue una promesa que acepté. Le obsequié lo mejor para afrontar la vida.
Mario ha visto las fotos en que estamos juntos. Hoy que estoy delicado de salud, desearía que te ocuparas de él. En caso de que tu respuesta sea negativa, no te preocupes, él ha sido aceptado en una universidad de prestigio, y tiene un seguro a su nombre que lo protege hasta un año después de su titulación. Sólo prométeme que de vez en cuando le hablarás por teléfono. Si quieres asistirlo, te aseguro que es un joven educado y sensible.
Hasta siempre mi bella amiga.
Celia no pudo evitar una respiración entrecortada y habló con dificultad.
—Vamos a la sala de estar.
Le ofreció un té a Mario y se enteró de los últimos días de su querido amigo. La carta la puso en su pecho, y el disco, en un compartimiento secreto de su monedero. Ya repuesta, mencionó.
— Soy una mujer complicada que ama la soledad; sería difícil hacerme cargo de ti, pero estaré pendiente de tus estudios. Te acompañaré a instalarte y considera tuya mi casa. ¿Dónde dejaste tu equipaje?
—Lo dejé en el pasillo.
Mientras iba por él, observó su cuerpo esbelto, con una sutil agilidad. Regresó con una maleta que parecía portafolio escolar. Poco después merendaban. En la cocina se colaba una ventisca fría, y Mario se levantó a cerrar la ventana percatándose de un desajuste. Observó y manipulando con habilidad hizo correr la hoja.
— ¿Mañana saldrá a caminar? Le preguntó, dándole a entender que podría cambiar el clima.
—No me asustan estas ventiscas.
Antes de retirarse a descansar, le dio un beso en la mejilla y dijo en voz baja “gracias”. La fragancia de su perfume la condujo por un camino de abetos que noches atrás había presentido en el sueño.
Ella marchaba por las callejuelas entre penumbras. “La ciudad es bella; se escucha el frotar de las escobas sobre las piedras de las calles, algún vehículo en la lejanía que rompe el oscuro silencio. ¡Las estrellas titilan tan cerca de uno! Tengo sesenta y tantos años y mi salud es envidiable.”
Miró al cielo buscando a su acompañante, la luna estaba oculta por las nubes. En el trayecto pensó en Mario y la envolvió el recuerdo de aquellos días, sin embargo, se dijo una vez más que la decisión de vivir sola fue acertada.
Mario la esperaba con una toalla y un vaso con jugo de frutas. Ella sonrió y fue a ducharse. El agua hervía en la tetera, en la sartén se cocían unas ricas galletas de harina con aroma a naranja. Poco después se percató de que él lucía como dispuesto a salir de paseo.
— ¿Vas a recorrer la ciudad?
—Será en otro momento. El tiempo va a cambiar, quizá haya necesidad de hacer compras, deseo acompañarla si usted lo permite.
—Magnífico, iremos de compras, ¡me revienta!, pero es necesario ir.
Cuando estaba por abrir el vehículo…
—Déjeme manejar. Soy buen chofer. —le dijo.
Lo miró a los ojos y encontró seguridad. Le dio las llaves y se sentó a su lado. Fue guiándolo por las avenidas y poco a poco sus temores se diluyeron. Cuando compraban víveres frescos recordó a sus hijos y la obligación se transformó en un paseo. El tiempo alcanzó para enseñarle la ciudad y terminaron riéndose en una cafetería de la plaza central.
Muy en la mañana, calzó tenis, tomó su monedero y salió despreciando el frío. Trotaba por la cuesta que va a la iglesia, cuando escuchó otra zancada. Instintivamente miró hacia atrás, y sólo había pedazos de niebla. Se detuvo un instante y quedó el silencio. Reinició, y entre el sonar de su respiración, atendió de nuevo el trote de otros pasos, no eran los suyos, no venían de atrás, tampoco iban delante, sino que los oía por sus pies. Miró hacia abajo y se dijo “estoy loquita”. Llegando a la cúspide, perdió el equilibrio, unos segundos después, también se iría la conciencia.
Más tarde recordaría: “Cuando avanzaba sobre la cuesta, escuché otra pisada distinta a la mía; el ritmo no era el mismo. Adyacente a la iglesia, de unas escaleras que conducen a una construcción milenaria, emergió una silueta que detuvo mi caída. Me acostó y frotó los pulsos del cuello, al mismo tiempo que rezaba. Aún percibo el olor de hierbas y la paz que siguió después de la oración”.
Evocó con claridad el ulular de la ambulancia, de cómo fue trasladada al hospital y los estudios a los que fue sometida. Sólo escuchaba lo importante, el resto era el tiempo interminable, que la hacía ensoñar, reír, llorar, compadecerse, emocionarse. Era vivir de otro modo.
Tres días después, la voz de su hija le acariciaba la mejilla y la alegría la transformó en una ola depositada en la playa.
— ¡Mamá qué lindo está el día!, hay un olor de durazno que revolotea y que tienes que sentirlos. Dime que los hueles mamá.
—Siento el aroma hija…
— ¡Mamá, has regresado! ¡Dios, qué alegría! ¡Mi hermano viene en camino, le dará tanto gusto!
En el hogar caminaba reconociendo el departamento, aún quedaba espuma en el entendimiento. Fue hacia la pieza donde había estado Mario y encontró a su hija profundamente dormida. Cierta vez lo mencionó, pero leyó en los ojos de sus hijos una interrogación. Platicaban que algún velador la encontró y dio parte a los servicios de urgencia.
Meses después, reestablecida, contestó el teléfono.
— ¿Sra. Bazán?
—Sí.
— ¿Estuvo internada en el hospital los días….?
—Sí.
—Hay un monedero que no sabemos de quién es, si es suyo, descríbalo por favor.
—Es pequeño, color negro, de piel, con cierre marrón.
— Puede venir por él…
Cuando lo tuvo, recordó que lo llevaba en el bolso del short. Una luz apremió a que hurgara en el compartimiento secreto, al golpearlo salió rodando por el piso una moneda de plata que giraba, pero al detenerse quedó de canto y rodó hacia ella, hasta guarecerse entre sus dedos.
Al día siguiente se levantó con deseos de saborear dulce de coco y encontró una pequeña porción en la alacena, puso la tetera sobre la estufa, sentada esperó a que se calentara el agua. El monedero apareció sobre la mesa y distraída sacó la moneda, la hizo virar, ésta dio vueltas por toda la superficie, detuvo su movimiento al encontrarse entre sus dedos. Lo volvió a hacer obteniendo el mismo resultado. La siguiente vez, escondió las manos, la rondana daba miles de giros. Habían pasado algunos minutos y seguía. Puso su mano en un extremo de la mesa y ésta fue atraída metiéndose entre los dedos. La llevó hasta su boca, la besó, y sonrió luminosamente.

Diálogo con la madre

La señora frente al tocador maquillándose.
—Mamá…mamá, 
— Dime, hijo, ¿quieres que te explique algo de la tarea?
— No., quiero preguntarte ¿porqué tengo los ojos rasgados, soy de piel negra y mi papá es blanco?
—¿Quieres la verdad?
—Sí mamá, ya no aguanto a mis amigos de la escuela secundaria.
Hubo una convención internacional y me invitaron a la fiesta. Había de todas las bebidas, también todas las  drogas y casi todas las razas. Aquello que empezó con etiqueta se convirtió en un aquelarre, nada, fue todos contra todos. Uff  no supe ni  como salí, pero dale gracias a dios que no ladras.

Ccezanne

 

 

Veracruz y el mariachi Vargas

Soy de Veracruz, en este vídeo, el Mariachi Vergas, la sinfónica le hacen al estado un homenaje cantando las canciones de la región. Aunque hay que oírlos en su contexto musical. El Arpa suena y tintinea llenando el oído más exigente. La parte norte del estado es el huapango y la parte sur el son. Su cantor y poeta Agustín Lara.

El golpe

Oprimí tu mano. Un golpe cerró mi entendimiento y abrió una puerta cargada de emociones: miedo, deseo y opresión de vivir bajo tu sombra.
Zafé los dedos con lentitud, alejándome del nudo. Tuve temor de no ser yo.

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Un parto bajo la luna

Cuando un indígena desea mis servicios, me pongo en alerta. Sé que hay problemas, aunque no me lo diga. En un parto nunca se sabe por donde saltará el conejo; por lo que voy bien equipado. Montado en mi yegua disfrutaba la noche tibia, en el cielo había ribetes de nubes que ocultaban parcialmente a la luna. No había llovido y el camino se mantenía en buen estado. Escuchaba atento los sonidos del monte y cuando Jesús me dijo «ya falta poco», me sobresalté. Las nubes que borroneaban el cielo habían desaparecido.
La casa era de tarros, con techo de palma, un cuarto reducido. Era el tercer parto de una joven, que se mostraba tranquila. El niño venía bien. Le dije al esposo que atendería el nacimiento afuera. Así los niños quedarían dentro y yo me podría mover a mis anchas alrededor de la parturienta. En un alumbramiento siempre hay mujeres, es una especie de solidaridad. ¡Jamás digo que se retiren! La mesa donde ellos tienen el altar se convertiría en mesa de trabajo. La situamos en el patio de la vivienda. Jesús fue por una vara con horqueta, que serviría para colgar el frasco y ensartar una aguja en la vena, así le daríamos agua con sal y azúcar a la madre y  sus medicinas. Rompí la bolsa de las aguas y diluí en el suero una medicina para acelerar el parto.
— Este niño sí viene con agua, el otro, vino seco; por eso nos costó tanto trabajo que naciera —comentó una de las parteras.
No dije nada, sólo pensé que esa era la razón del porqué me habían llamado.
Apagué la lámpara de mano y vi con claridad el óvalo de la cara, su brazo extendido descansaba sobre una tabla y el abdomen, resguardo de la vida, se alzaba bajo el cielo. Una mujer rezaba en totonaco, la otra le acariciaba y el esposo pendiente.
Aquella escena no estaba en ningún libro de medicina. Arriba casi se tocaba la luna naranja y matizaba de ámbar el vientre y el paisaje. La floración de las limonarias esparcía de jazmín el aire. Aire que sería el que respirase el recién nacido. Los murmullos del agua trotaban por los cuatro costados, la choza era abrazada por dos arroyuelos. La corriente parecía una procesión de sonidos al pasar sobre los tejos y arrancaba la voz que tienen dentro. Bajo las estrellas, la tierra era un inmenso diapasón. La matriz una rosa que abriría para ofrecer una semilla con capacidad de amar. La esperanza de traer al mundo a un ser que contenga atributos y contribuya a mejorar la vida de su pueblo. Jamás he atendido otro parto que le parezca. Tampoco supe más de ese niño que nació enredado con luna, agua y aroma de flores. Hoy comprendo que  fue un obsequio que la naturaleza me hizo, para recordarme el milagro de la vida.

luna

Guendanabani cancion del itsmo oaxaqueño cantada en zapoteco

Festeja-el-Ballet-Folclórico-Xiutla-21-años-de-promover-la-cultura-

Cuán hermosa es la vida
y nada hay que se le compare,
Dios nos puso en esta tierra
y Él mismo nos llamará.
Cuán hermosa es la vida
y nada hay que se le compare,
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**1
Con o sin riquezas tú irás,
no por tu oro quedarás
chicos y grandes se irán
y nunca los verás regresar
por sus bienes terrenos,
eso jamás sucederá.
vamos hacia el cielo,
la diosa nos cobijará en sus brazos.
El día de nuestra partida, la casa ensombrece
de tarde y de mañana; el que queda pareciera
que de pié quedará, en medio del mar hondo
lo cobije en sus manos.
Nadie quedará en pie,
todos tendremos que ir
cuando llegue el día
nos uniremos con los demás.
Con o sin riquezas tú irás,
no por tu oro quedarás
vamos hacia el cielo,
la diosa nos cobijará en sus brazos.

Mujer Argentina apostando

baileUn hombre le dice a su mujer :

Te apuesto 500 pesos a que no eres capaz de decirme algo que me sea alegre y entristezca al mismo tiempo…

A lo que ella responde :

De tu grupo de amigos, el que la tiene más grande sos vos.

El viejo capitán

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La espuma llegaba de un mar antiguo, donde las olas se acicalan unas a otras. Ella lo peina con sus uñas perladas, al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas, son alas que te llevan a un océano de galaxias. Las olas lo abrazan, suavizan la piel. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por peso del tiempo. Al hablar se escucha su voz de viejo capitán: si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a tu lado y siente que estoy entre  Tus brazos. Si un viento violeta resbala por la cresta del mar, sabrán, entonces, que viviré contigo, en las noches dormiré con tus sueños.

Platicando con una dama

dama
Llévame me dijo,
será bueno peinarme en el titanio que llevas en la espalda,
circular en caballo por tu memoria,
navegar en tus oleadas rojas;
o subir la cuesta con el tren en reversa;
prenderme a las faldas de tu piedra solar,
o bien irme despacio a la luz de tus lunas.
Llévame, insistió.
Caminé con ella por caminos de olvido,
y el olvido se espantó como lo hacen las parvadas de pájaros azules
cuando presienten la pisada de viento humano.
Volví a verme entre carne, sangre y respirando la primera bocanada de una tierra manchada por veneros de petróleo y naranja.
Las voces lejanas de los abuelos que no conocí.
Sentí el dulce sabor de la leche materna,
las caricias de mi padre
y el sabor duro de las piedras de un rio trayendo noticias de la montaña..
Déjame le dije.
Me miró con amor
la miré de la misma manera.
Tendrás que esperar, y se fue.
Quedó su olor de flores breves y el canto brillante de sus pájaros mudos.
6 Enero Poza Rica a mis 72 años