El cuarto es húmedo, es el desorden mismo. «¡Qué tiradero!» se dice mientras escucha la melodía que ambos disfrutaban. Se levanta lerdo y empieza a ordenar, «¡Uff!, ¡qué cansancio! pero todo reluce como si ella lo hubiese hecho!». Se duerme en la poltrona. Afuera gritan los ambulantes, otros acomodan las monstruosas bocinas para llamar a la clientela. La melodía se ha repetido cientos de veces…El oído de él la disfruta, aunque ya no la escuche.
Es la parada técnica, solo diez minutos, de media noche donde coinciden el tren de oriente y occidente. Muy ligeros de ropa en un recoveco del andén: se miran, se besan, gimen y se van. Tan idos por el placer que Julieta se va con los Montesco y Romeo con los Capuleto.
Veníamos de una barbacoa en el rancho de Walo, ganadero y terrateniente, cada quien montando su caballo.
—Ahora que venimos solos — yo iba detrás de ellos, y con el viento a mi favor. —me enteré por unos amigos, que por los suyos, le iba quitar la casa a Juan Domingo.
—Yo no lo dije así. El debe el predial y de seguir acumulándose el interés, el municipio reclamaría la propiedad.
—Usted sabe que es mi compadre y que yo respondo por él.
—El problema es que la orden ya se ha girado y se procederá.
—Le aconsejo que no lo haga.
—¿Me está amenazando? Le recuerdo que soy el presidente municipal.
—Eso no es amenaza, es consejo… —sonó un disparo, cerca de mis ojos el fogonazo.
—Me va dejar sordo teniente.
El próximo balazo, le aseguro, que ya no lo escuchará.
En ese lugar se dividían los caminos y cada quien agarró el suyo. Ya los pájaros chisteadores se oían en el enramado.
Me gustaría contarte mis quehaceres, los pormenores de mi vida de ama de casa. Saber si lo que preparo tiene el punto de sal, quedarme ida cuando limpio con papel periódico las ventanas. Si me baño me da por imaginar que lo hago contigo. En mi trabajo, platicarte lo que dicen mis compañeras de oficina, las que no me dejan textearte porque rondan como palomitas a mi alrededor. Me gustaría que estuvieras en mi regazo, hacerte mimos, morder tu piel morocha. Amo sollozar en silencio, fantasear que eres quien levanta mis piernas y se desploma dejando en mi oreja un te amo y en mi piel profunda la abundancia de tu semilla.
¡Te desperté!, tu cuerpo se tensa y se estira al escuchar el taconeo de mis pasos. Por un instante tus ojos se abren, pero vuelves al sueño. Pasaron los días en que comíamos ciruelas del mismo plato. Este ahora es de humo. Estamos, mas no nos vemos y es como si no estuviéramos. ¿quién ha cavado en nuestros cuerpos que solamente nos ha dejado soledad. El hijo que un día deseamos, quizá leyó que era mejor convertirse en una estrella fugaz.
Me resulta difícil comentar la elección de los cuarenta y siete cuentos de esta colección, seleccionados entre más de un centenar. Como le ocurriría a un padre del Oriente contemplando su harén lleno de mujeres y niños, los quiero a todos.
En el proceso de crear estos cuentos, me he hecho consciente de los muchos peligros que acechan al autor de obras de ficción. Los peores son: 1) La idea de que el escritor debe ser sociólogo y a la vez político, y amoldarse además a lo que se conoce como dialéctica social. 2) La codicia por el dinero y el rápido reconocimiento. 3) La originalidad forzada, es decir, la ilusión de que una retórica pretenciosa, unas innovaciones cargadas de afectación en el estilo y una utilización de símbolos artificiales son capaces de expresar la naturaleza básica y siempre cambiante de las relaciones humanas o de reflejar las combinaciones y complejidades de la herencia y del entorno. Estas trampas verbales de la así llamada «escritura experimental» han causado daño incluso al auténtico talento; han destrozado gran parte de la poesía moderna al convertirla en críptica, esotérica y carente de encanto. Una cosa es la imaginación y otra muy diferente la distorsión de lo que Spinoza denominaba «el orden de las cosas». La literatura puede describir muy bien lo absurdo, pero nunca debe convertirse ella misma en absurda.
Aunque el relato breve no está en boga en nuestros días, todavía creo que constituye el supremo desafío para el autor creativo. A diferencia de la novela, que puede absorber e incluso admitir largas digresiones, escenarios retrospectivos y una estructura dispersa, el relato breve debe apuntar directamente a su clímax. Debe caracterizarse por una permanente tensión e intriga. Además, la brevedad es su misma esencia. El relato breve debe contar con un plan definido; no puede ser lo que en la jerga literaria se conoce como «un trozo de vida real». Los maestros del relato breve, Chéjov, Maupassant, así como el sublime escriba de la historia de José en el Libro del Génesis, sabían exactamente hacia dónde se dirigían. Uno puede leerlos una y otra vez y jamás sentir aburrimiento. La ficción, en general, nunca debe volverse analítica. De hecho, el autor de ficción ni siquiera debe aventurarse en escarceos con la psicología y sus diversos ismos. La auténtica literatura informa a la vez que entretiene. Consigue ser clara al mismo tiempo que profunda. Posee el poder mágico de combinar causalidad con propósito, duda con fe, las pasiones de la carne y los anhelos del alma. Es única y a la vez general, nacional y al mismo tiempo universal, realista y mística. Sin desechar el comentario de otros, no debe nunca intentar explicarse a sí misma. Estas verdades obvias deben ser enfatizadas, ya que la falsa crítica y la pseudooriginalidad han creado un estado de amnesia literaria en nuestra generación. El afán por transmitir mensajes ha hecho olvidar a muchos escritores que contar una historia es la razón de ser de la prosa artística.
Para aquellos lectores a quienes gustaría que dijera algo «más personal», citaré aquí algunos pasajes (aunque no en el orden en que fueron escritos) de una reciente memoria mía: «Mi aislamiento de todo continuaba siendo el mismo. Me había entregado a la melancolía y esta me había hecho su prisionero. Había presentado a la Creación un ultimátum: “Dime tu secreto o déjame morir”. Tenía que huir de mí mismo. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Y adónde? Soñaba con un humanismo y una ética basados en el rechazo a justificar todos los males que el Todopoderoso nos ha enviado y nos prepara para el futuro. El arte, en su cima más alta, no puede ser más que un medio para olvidar por unos instantes el desastre humano».
Aún sigo esforzándome para que esos «instantes» merezcan la pena.
He tenido la buena suerte de colaborar con tres editores auténticos y de gran talento, Robert Giroux, Cecil Hemley y Rachel MacKenzie. Dedico esta recopilación a la sagrada memoria de Rachel Mackenzie. Estuvo dotada de sabiduría, encanto y humildad, e impregnada de un perfecto entendimiento de la literatura; una gran editora y, lo que es más, una gran persona.
I
Biografía de Isaac Bashevis Singer
Escritor polaco de origen judío, Isaac Bashevis Singer fue hijo de un rabino jasídico y se trasladó con su familia a Radzymin y posteriormente a Varsovia, en donde ingresó en el Seminario Rabínico que más tarde abandonaría.
Bashevis comenzó a dar clases de hebreo y entró a trabajar en el periódico Literarische Blätter, primero como corrector y luego como editor. En 1935 emigró a Estados Unidos y trabajó en el periódico The Forward. A partir de ese momento, comenzó a cultivar también la literatura, que escribió casi siempre en yiddish.
Bashevis era un acérrimo defensor del vegetarianismo, lo que hizo notar en varios de sus libros. En el año 1973 recibió el National Book Award y en 1978 el Premio Nobel de Literatura.
De entre su obra habría que destacar títulos como Satán en Goray, Los herederos, El mago de Lublin, La destrucción de Kreshev o Enemigos, una historia de amor.
Eran las tres de la mañana y el frío del altiplano se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un fino sudor brotaba de la nariz que hacía resaltar la negritud de sus ojeras. El cabello negro y rizado tenía miles de gotas que fulguraban al ser traspasadas por la luz mercurial. Cada vez que llegaba la ola del cólico se le veía más demacrada.
Mi compañero de guardia estaba arropado con una manta; dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico le daban al espacio un aroma de yodo, y el tufo de una sangre vieja.
Ella estudiaba para enfermera y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo nos encontramos en una ciudad vecina, paseamos por el parque y disfrutamos. De regreso en el autobús lo hicimos entre besos y suspiros. Eso fue, no pasó de ahí.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso, deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco, se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar quien la llevó al baño y la ayudó a despojarse de su ropa. La situó en la mesa para que pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos. En cambio, en esta madrugada, mis manos buscaban en cada parte de su anatomía la razón de su sangrado. ¡Había que contener la hemorragia! El jefe de la guardia estuvo de acuerdo con mi diagnóstico y se le intervino de urgencia.
Por un momento, quedamos solos, miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas.
José Ángel Espinoza Aragón, mejor conocido como Ferrusquilla, nació el 2 de octubre de 1919 en la cabecera del Municipio de Choix, en el estado de Sinaloa. Fue el primogénito de los cuatro hijos de Buenaventura Espinoza y Fredesvinda Aragón.
La familia de José Ángel se dedicaba a la fabricación de jabón, velas, peines, huaraches, cintos, jaras, piedras de amolar y sombreros, entre otros negocios dirigidos por su abuelo quien siempre aprovechaba la menor oportunidad para contar sus vivencias durante la Revolución Mexicana, historias plagadas de persecuciones, levantamientos y cuartelazos que José Ángel, su público más ferviente, disfrutaba escuchar ya que le permitían imaginar los gritos y balazos, y miraba al horizonte sinaloense para trazar en su imaginación las huidas al monte.
A raíz de la muerte de su madre la familia se muda a El Guayabo, población ubicada en la orilla de Río Fuerte; más tarde emigran a Los Mochis, ciudad en la que realiza estudios de secundaria y en donde su padre conoce a María Gastelum, quien fue como una madre para José Ángel que, en 1935 y a sugerencia de uno de sus profesores, viaja a Mazatlán para continuar su preparación.
Ahí vivió grandes experiencias; en las mañanas soleadas asistía a la matinée y disfrutaba las historias de Fu Manchú, El llanero solitario, King Kong y Dick Tracy. También en Mazatlán ve por primera vez una película con sonido: Cuatro milpas, y escucha cantar a las Hermanas Águila el tema China, de Mario Talavera.
Motivado por sus amigos viaja a la Ciudad de México tras su sueño de convertirse en médico; en 1938 ya trabajaba en la XEQ, estación radiofónica que “ocupaba buena parte de su programación en obras infantiles; a las 18:15 transmitía Fifirafas el valeroso, escrito por Pedro de Urdimalas (Jesús Camacho Villaseñor) y protagonizado por Blanca Estela Pavón, quien realizaba el papel de Florecita, y Pedro Cardoso que personificaba a Fifirafas. Había otro personaje importante, el Capitán Ferrusquilla, representado por el jefe técnico Carlos Contel, hermano del gerente de la estación Enrique Contel quien un día le pide escoger entre ser técnico de sonido o actor, a lo que Carlos simplemente asintió con la cabeza en silencio”, explicaba José Ángel.
Sin imaginarlo, así inicia su trayectoria, un día en que el maestro De Urdimalas llega para la transmisión del programa en vivo, no encuentra a Carlos y pregunta qué pasaba con Ferrusquilla, si alguien sabía en dónde estaba, a lo que Blanca Estela le responde gesto de angustia que no habrá más Ferrusquilla con Carlos ya que don Enrique lo había amenazado con correrlo si insistía en hacer el papel.
Pedro de Urdimalas “comenzó a recorrer la pequeña cabina a grandes trancos, mordiéndose las uñas y sin dejar de ver al locutor en turno. Entonces reparó en mí, que estaba por ahí esperando la orden para hacer algún mandado; me preguntó si sabía leer, le contesté que sí y me extendió un manojo de hojas escritas a máquina explicándome que cuando tocara el turno de Ferrusquilla, yo debería leer las líneas, y me sugirió no equivocarme. Y así, sin el menor ensayo ni preparación, salimos al aire”.
De esta manera, sin estar consciente de ello en ese momento, José Ángel Espinoza Aragón había conseguido dos cosas que definirían su vida: ingresar al medio artístico y adoptar el sobrenombre que llevaría por siempre, al que daría vida desligándolo del personaje de comedia radiofónica.
A pesar de que la XEW y la XEQ pertenecían al mismo grupo, competían entre ellas; la W tenía mayor presupuesto por lo que contrató a los mejores elementos de la Q, motivo por el cual Fifirafas el valeroso se quedó sólo con dos actores: Blanca Estela y José Ángel, quien hizo hasta ocho voces distintas para mantener el programa a flote, siendo bautizado por el escritor, periodista y productor Humberto G. Tamayo como El hombre de las mil voces.
El trabajo diario al lado de Blanca Estela hizo que la amistad entre colegas diera paso al amor: “Muy pronto logré ganarme la confianza de la familia, así que me permitían acompañarla a sus clases de danza en el Palacio de Bellas Artes y, después, íbamos a trabajar a la XEQ”.
Poco tiempo después ambos fueron contratados para doblar películas al español, trabajo gracias al cual vivieron durante un año en Nueva York y por el cual José Ángel dobló la voz de Mickey Rooney en la cinta estadounidense Fuego de juventud.
A su regreso a México fue invitado, en su calidad de miembro del Comité Ejecutivo de la Asociación Nacional de Actores (ANDA), por el entonces secretario general Jorge Negrete para que lo acompañara a la reinauguración del Teatro de la Paz, en San Luis Potosí, ofrecimiento que declinó debido al contrato que tenía, junto con Blanca Estela Pavón, para presentarse en el Teatro Macedonio Alcalá, en Oaxaca.
“Quince días antes de la presentación llamó el empresario de Oaxaca para informarme que no tenía presupuesto para contratarnos juntos y que ponía en mis manos la decisión de quién iría; por supuesto dije que Blanca Estela tenía prioridad, así que viajó acompañada por su papá.
“Inmediatamente busqué a Jorge Negrete para decirle que sí podría acompañarlo a San Luis Potosí, pero el día que volvimos a la Ciudad de México fue ensombrecido por la terrible noticia que aparecía en los titulares de todos los periódicos: Las 21 personas que regresaban de Oaxaca al Distrito Federal habían fallecido en un lamentable accidente aéreo”, compartió con melancolía el maestro Ferrusquilla.
A partir de ese momento fue apoyado por Jorge Negrete para el rescate de los cuerpos en la zona del volcán Iztaccíhuatl y, a petición de los hermanos de Blanca Estela, José Ángel fue quien identificó los cadáveres. El día del sepelio, la madre de Blanca Estela le entregó el retrato que descansaba sobre el ataúd diciéndole que le correspondía.
Después de la tragedia, la vida artística de José Ángel Espinoza Ferrusquilla continuó por buen camino; decide incursionar en la rama del arte que más le apasionaba, la música. Ingresa al Conservatorio Nacional de Música en donde tuvo a destacados maestros como Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas y Jerónimo Baqueiro Foster y, en 1951, compone su primera canción: A los amigos que tengo.
Su ingreso a la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) se convirtió en una gran anécdota que relata de propia voz: “Acudí a SACM con la intención de afiliarme y me entrevisté con el entonces presidente Tata Nacho (Ignacio Fernández Esperón), quién me aplicó un examen en el que tenía que escribir La mañanitas en una partitura. Lo hice y al leerla me dijo que tenía dos errores; le expliqué que las erratas estaban en la manera en que se tocaba la canción pues con las notas que cambié sonaba ‘mira que ya amaneció’, mientras que con las tradicionales se escuchaba ‘mirá que ya amaneció’, quedando en idioma argentino más no en mexicano; reflexionó por unos segundos y finalmente me dijo: ‘Creo que tienes razón’, estampando un 10 del tamaño de la hoja y, desde entonces, formé parte de SACM”.
Poco después compone la que consideraba su “obra maestra”: Échame a mí la culpa, canción que lo consolida como compositor y lo lanza a la fama pues no sólo tuvo éxito en México sino más allá de las fronteras, especialmente en España, país que conoció, al igual que Alemania y Estados Unidos, gracias a su trabajo como autor.
Una ocasión, en una comida organizada en las instalaciones de SACM el entonces presidente de la República, José López Portillo, conoce a Ferrusquilla y le comenta que el tema de moda en España era, precisamente, su éxito Échame a mí la culpa, mientras que la más escuchada en México era La ley del monte, otra de sus creaciones. Antes de terminar la reunión el mandatario le pide formar parte de una gira por Europa que realizarían varios músicos, invitación que inmediatamente acepta el maestro Espinoza Aragón.
En dicho viaje, Lola Beltrán cantaría Cucurrucucú paloma (de Tomás Méndez) y El rey (de José Alfredo Jiménez); Alejandro Algara, Granada (de Agustín Lara); María de Lourdes, La cigarra (de Raymundo Pérez y Soto), y Pedro Vargas, Échame a mí la culpa, acompañados por los mariachis Vargas y América, dirigidos por Jesús Rodríguez de Híjar, y los locutores Ignacio Martínez Carpintero y León Michel.
“Cuando llegamos a la ciudad de Caparroso en Navarra, España, en donde José López Portillo tenía familia, el Estado Mayor Presidencial me informó que por orden presidencial yo cantaría Échame a mí la culpa en lugar de Pedro Vargas, lo cual molestó a Jesús Rodríguez de Híjar y no quería acompañarme; le reclamé enérgicamente y le dije que era una orden directa del Presidente, entonces se aplacó y me acompañó con mi canción”.
Este tema fue tan popular en España que hicieron una película del mismo nombre en la que actuaban Lola Flores, quien interpretaba la canción, y Miguel Aceves Mejía. En esa ocasión el maestro Ferrusquilla fue convocado para presenciar el rodaje de la cinta y, varios años después (1980), fue nuevamente invitado a la Madre Patria, en esta ocasión para entregar una presea al cantante inglés Albert Hammond por haber interpretado La Mejor Canción del Año: Échame a mí la culpa.
Otros temas inolvidables que surgieron de su inspiración son: La ley del monte, El tiempo que te quede libre, Cariño nuevo y Sufriendo a solas, entre muchos más; algunos de sus intérpretes han sido: Luis Miguel, Julio Iglesias, Rocío Dúrcal, Juan Gabriel y Vicente Fernández. La mayoría de sus temas son letra y música de su autoría, a excepción de cinco; cuatro fueron escritas en coautoría con José Alfredo Jiménez y una con Teodoro Césarman, con quien compuso Hasta aquí nomás, historia que nace una noche en que José Ángel es invitado a cenar a la casa del doctor Césarman y nota que él y su esposa están distantes.
La señora sirve la cena a los comensales, excepto a su esposo Teodoro, quien melancólicamente se pone a escribir sobre una servilleta y discretamente le pide a su amigo que, algún día, le ponga música a esa letra. Al verla, Ferrusquilla le dice que no será necesario porque esas líneas ya tenían su propia melodía; en ese momento anuncia a los invitados que interpretará una canción basada en un poema precioso que le acababa de presentar el doctor Césarman titulado Hasta aquí nomás.
En la reunión estaba también Delfino Ordaz con su inseparable guitarra, por lo que el maestro Espinoza aprovecha y le pide: “Compadre, deme do menor y me va siguiendo”. Todos se emocionaron al escuchar la canción, incluida la señora Césarman quien atravesó la sala hacia su esposo y lo abrazó llorando y, después, le sirvió de cenar.
Además de la composición, Ferrusquilla incursionó en el cine; actuó en alrededor de 80 películas al lado de personalidades como Carmen Montejo, Fernando Soto Mantequilla, Sara García, David Silva, Lilia Prado, María Félix, Jorge Negrete, Carlos López Moctezuma, Lucha Villa, Arturo de Córdova, Ignacio López Tarso, Rita Macedo, Julio Alemán y muchas otras leyendas del cine nacional. También compartió la pantalla con actores internacionales como Richard Burton, Anthony Quinn, Boris Karloff, John Wayne, Clint Eastwood, Dean Martin, Robert Mitchum, Fernando Rey y las inolvidables Brigitte Bardot y Jeanne Moreau.
Algunas de las películas en las que participó son Medianoche (1949), dirigida por Tito Davison; El hombre de papel (1963), dirigida por Ismael Rodríguez; El tunco Maclovio (1970), dirigida por Alberto Mariscal, y La duda (1972), dirigida por Rafael Gil, filmada en España y basada en un argumento de Benito Pérez Galdós.
Por otra parte, el maestro José Ángel Espinoza realizó una importante labor altruista; durante 27 años organizó en Sinaloa la Feria Maratónica que permitió empedrar todas las calles del Municipio de Ahome, construir dos escuelas secundarias y dotar de aire acondicionado a dos sanatorios de la localidad. Asimismo, donó aproximadamente 200 reconocimientos al Museo de Arte de la población que lo vio nacer: Choix.
El Teatro del Seguro Social de Los Mochis lleva su nombre, fue Premio Sinaloa de las Artes, visitante distinguido por el H. Ayuntamiento del Municipio de Durango por su destacada trayectoria artística y su valioso aporte a la música tradicional mexicana, Charola de Plata como actor mexicano por su participación en la película Comanche y recibió distinciones por parte de las asociaciones nacionales de Actores e Intérpretes. En 2007 fueron develadas dos estatuas en su honor, una en Mazatlán realizada por Carlos Espino, y la segunda develada por SACM en la Plaza de Garibaldi de la Ciudad de México; además de dos bustos, uno de ellos ubicado en el Boulevard José Ángel Espinoza de Sinaloa y el otro —también promovido por SACM— en la Plaza de los Compositores Mexicanos, en el Distrito Federal.
En 1976 recibió en Nueva York, junto a Lola Beltrán y Tito Guízar,la Medalla de la Paz por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); en 2004 el H. Ayuntamiento del Municipio de Mazatlán lo reconoce porque sus canciones son interpretadas en varios idiomas, por su don de gente, por su altruismo y por difundir lo mejor de Sinaloa; en 2006 fue acreedor a las Lunas del Auditorio por su trayectoria artística, y la Dirección de Artes y Cultura del Gobierno Municipal de Santiago Papasquiaro, Durango, le otorga una distinción por su labor incansable en la creación de las artes y el impulso a la cultura a través de la música y la escritura.
En 2007 SACM reconoció su Trayectoria de 50 años en la música, y la ciudad de Culiacán organizó un concierto homenaje en el cual la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes interpretó sus canciones; en 2008 la Universidad Autónoma de Sinaloa le otorgó el título Doctor Honoris Causa; en 2012 el programa Raíces, festival de música, bailes y danza de México le rinde homenaje en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris con motivo de su 94 aniversario de natalicio y por los festejos por sus 75 años de carrera; en 2013 recibió el premio La Musa, entregado cada año a las cinco personalidades que ingresan al Pabellón de la Fama de los Compositores Latinos, y fue homenajeado en el marco de la 6ª Convención de Monitor Latino en la Ciudad de México. El 2 de octubre de 2015 la Lotería Nacional emitió un billete para conmemorar el 96 aniversario de su natalicio.
El maestro José Ángel Espinoza Aragón Ferrusquilla falleció la madrugada del viernes 6 de noviembre de 2015 en Mazatlán, Sinaloa.
¿Qué por qué me fui con él? No me importo que fuese escritor y que tendríamos un futuro sin futuro. Después de veinte años sigo con él. Tuvo una sonrisa encantadora e hipnotizante, también era el hombre más cobarde ante un dentista, por lo que nunca se atendió. Con la boca chupada decidió comprarse sus placas y en un abracadabra se abrieron sus labios a una carcajada. Un día, serio, me dijo: “creo que me voy a morir” y lo cumplió. Por las noches, ante el vaso con agua que contiene sus placas, me parece ver su sonrisa.
lgunos buscaban los tamales de frijol, calabaza o de carne con chile. El grupo de los pacientes estaban cerca de la paila donde se fritaban los chicharrones. Los ojos se les movían en círculos, mismos que daba el carnicero con su remo para buscar el punto exacto en que el tostado del cuero quede esponjoso y crujiente. Yo salivaba por unos sesos con epazote envueltos en la hoja del maíz. A un lado salían esponjosas las tortillas y una salsa hecha en molcajete de chile verde pateado con ajo. Allá va la niña que trae atole de capulín y más lejos las aguas de horchata aderezada con canela.
Desde el atrio de la iglesia se veía el valle, los maizales y hacia arriba los cafetales en flor. Satisfecho de viento regresaba con mi bolsa de pan y totopos para esperar la tarde y darle la bienvenida al café.
A las doce del día los pasillos del mercado se atestaban de gente. De las rancherías aledañas al pueblo llegaban para vender y otros a comprar. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero por los botines de piel, espuelas, o porta navajas. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta. Su esposa traía una fina yegua y tras de ellos un séquito de vaqueros. Se instalaban en la casa del presidente municipal donde lo esperaban cerveza en mano los principales del pueblo.
Sustraigo parte del título de memorias (escritas en vida) de Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”, con mil disculpas a uno de los más grandes poetas de la lengua castellana y de Latinoamérica, pero no he resistido hacerlo… Es verdad. Confieso que he leído, mucho; que sigo y seguiré leyendo mientras pueda. Ese, diría yo, […]
Me olvidé de las miradas sin mirar, de las libretas, las cartas y lo único que hice fue adquirir un pizarrón que sobrepuse sobre la puerta recién descubierta. Estaba a pocos días de los exámenes finales. En mis años de escolar dejé el ballet por las artes marciales y el atletismo. Ambas me preparan física y mentalmente. Nadie sabe cuando tienes que enfrentar o correr. Mi madre me reprochó por dejar la danza clásica. A mí me preocupaba no saber cómo defenderme. Todos los días la violencia se ha incrustado como un hongo y se le mira como parte de la realidad. El atletismo era para disfrutarlo, nunca para romper marcas. Es hermoso trotar por las mañanas en el estadio o ir por una ruta sombreada y ser acariciada por el viento con los aromas de la hierba e ir percibiendo como el sudor corre por tu cuello, como chilla tu respiración en alguna cuesta y sentir que vuelas cuando desciendes de alguna loma. Es tambien una forma de platicar contigo misma. Mi madre pegó un grito cuando le dije que deseaba entrar a una secundaria del gobierno. Ella pretendía inscribirme en una escuela religiosa. Me opuse con las fuerzas que posee una escolar, por fortuna mi padre me apoyo (no ve con buenos ojos a los curas) e ingresé a una escuela que recibe apoyo del gobierno, y el alumnado da una mesada y contribuye con los servicios de computación. Es una escuela que me queda cerca de mi domicilio. El edificio constantemente se remoza, hay limpieza y posé canchas deportivas y diferentes talleres. El alumnado es mixto. Hombres y mujeres compartimos el salón. Mi primer novio fue un muñequito de pastel. Siempre bien prendidito que no dejaba de hablar de los juegos del pc y un especialista en marcas de carros. Los únicos besos que recibí fueron en mi frente y osadamente de vez en cuando me daba uno en la mejilla. Cuando terminaba de contarme de sus temas favoritos, que siempre eran los mismos, se le metía la mudez. Me aburrí y di terminada la relación. Poco después conocí a Andrés, un moreno simpático con habilidades en tocar varios instrumentos. Fue el grupo musical a dar un concierto de rock, y una amiga en común nos presentó. Reconozco que el me enseñó a besar, a sentir que mi piel se enchinase cuando sus manos caían por mis caderas o rozaba mis pezones. No se anduvo por las ramas, me dijo que yo lo excitaba mucho y deseaba llevarme a la cama. Intuía que yo era facil y quizá pensó que le diría que sí. Lo peor de él lo supe por el mismo, me contaba algunas intimidades de sus novias. El hombre puede tener muchos defectos, pero ser chismoso es el peor. Así que lo corté, antes de que me anotara en su lista. Deje el diario que me regaló mi madre de tal manera que si alguien lo quitara de su sitio me daría cuenta. Por la tarde, madre me preguntó si ya había escrito algo. Le dije que no, que no tenía idea de cómo hacerlo. “Yo recordaba lo que me sucedía y en mi cuaderno apuntaba la idea y luego en el diario la desarrollaba. De esa manera me obligue a escribir. En un principio fue difícil, pero con el tiempo se te hace hábito”. Me dijo mi madre. Regresé a mi dormitorio, observé que mi diario estaba en el mismo lugar, pero no como lo dejé. Madre estuvo en mi pieza. “Lo que tengo que esconder ya no se encuentra aquí”. Tomé mis libros y fui a mi estudio. “Tengo deseos de dormir con él, con mi desconocido, ver que bosteza, que se le cierran los ojos después de intimar varias veces y quedar exhaustos. Sentir que me rodea con su abrazo, y con la yema roza mis pechos, o que enlazo mi mano a su mano y a la luz del velador dormimos como una pareja que disfruta del momento. Verlo dormir, hacerle caricias mientras sueña. Antes de que abra el día me reacomodo, para sentir su mano que recorre mi cadera, baja a mis muslos y me acerca a su vientre. Me hago… y lo dejo. Me besa la nuca, los hombros. El hueco de su mano se llena con el pómulo de mi pecho. Si continúa no podré simular que me hago la dormida, mucho menos ahora que tengo entre mis piernas un fuste que me altera. Su boca es una nave que ondula en mi cadera, y rueda por mi vientre. No puedo fingir más, me quito la máscara, desabotono la bata y me entrego a esa divina búsqueda de explorar con labios y yemas todos los escondites de nuestro cuerpo. Si bien el orgasmo es el instante que teniendo entre las manos un ave la dejas en libertad. También te vas con el ave. asciendes explotas y te haces lluvia. Preguntaría, ¿esto es lo que llaman el mañanero? Sé que estoy en mi dormitorio, sola. A lo lejos un gallo citadino canta y muerdo la sábana, mientras mi mano está cerca de terminar su quehacer. Escucho mis gemidos. Aflojo mi mandíbula, me destenso y vuelvo a mi almohada dispuesta a dormir».