Sonata

Un día al año la luna se aparta del camino. Con su luz de cobre ilumina el viejo bosque, dentro, hay una casa abandonada; aluzada, cobra brillo la madera, la teja enrojece, los vidrios destellan. Se oye la sonata de Beethoven; al finalizar hay aplausos y sonrisas. Poco a poco la casa oscurece y la cubre el silencio.

monet otoño

20 reglas y un pilón

20 reglas y un pilón para escribir ficción. tomado de FB
Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing [Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar.
Les presentamos una selección de reglas para escribir ficción. La selección fue cortesía de la página Cultura impopular. Si deseas leer más acerca de estas reglas, puedes hacerlo dando click aquí.
Agradecemos el aporte a Gabriel Pérez Salazar.
1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.
PD James
2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.
Hilary Mantel
3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.
Jonathan Franzen
4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.
Geoff Dyer
5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.
Rose Tremain
6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.
Margaret Atwood
7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.
Zadie Smith
8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.
Roddy Doyle
9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.
Rose Tremain
10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.
Helen Dunmore
11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.
Neil Gaiman
12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.
David Hare
13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.
Hilary Mantel
14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.
Michael Moorcock
15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.
Joyce Carol Oates
16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.
Will Self
17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.
Zadie Smith
18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.
Sarah Waters
19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.
Geoff Dyer
20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.
Richard Ford
Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”.

Un día diferente

Juana te dijo que no podía seguir trabajando; sabía de una prima que podría hacerlo.  Preguntaste si estaba presentable, contestó que sí. Juana te conocía y supo interpretar lo que tu querías, al responderte movió las manos dibujando un ocho.
llegó con su prima. Joven, formada, con acné en la frente, respondía al nombre de María. Habló poco, mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría mañana y tarde. Tendría que mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Te veías delgado, elástico, resistente. Corrías de veinte a treinta minutos diarios. El local era amplio, cómodo. Tú horario atender mañana y tarde
Salió lista, inyectaba, ponía sueros, aprendía las fórmulas, preparaba pomadas de manera artesanal. La instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y cómo tomar muestras. Mirar los aspectos íntimos dio oportunidad para platicar sin prejuicios. En dos meses formaban ya un buen equipo. Tomar café antes de iniciar la jornada se hizo costumbre.
Por la mañana calzabas tus arreos deportivos y salías a correr. Después del café se iniciaba la consulta. A la dos de la tarde concluían; ella regresaba a las cuatro. Aparecías a las seis de la tarde. A las ocho de la noche ella se iba y tú escuchabas música, leías.
Un día no fue la misma. No fue difícil para un hombre como tú darse cuenta de que la niña traía un taco atorado en la garganta. Tú sabías que tenía novio, sospechaste un desamor, o quizá algo grave. Esa mañana, tomando café le preguntaste a boca de jarro
—¿No te ha bajado la menstruación? — ella no levantó la mirada.
—Cómo lo sabe.
— Soy brujo. — contestaste riendo. Platícame todo.
Recuerdo que movías la cabeza. Te pusiste la bata blanca y ella recostó sobre la mesa de exploración, no te fue difícil saber que no había crecimiento de abdomen ni cambios en las glándulas mamarias. Aplicaste una ampolleta, la menstruación apareció. Desde ese día hasta el último que estuviste con ella, controlaste su fertilidad.
 
Tantos días de café, de trabajo dieron acercamiento. El diálogo fue diferente, frente al paciente el usted, en la plática del café, el tú. Discretamente te rozabas con ella, otras caían accidentalmente. Ella era indiferente.
Un día le preguntaste:
—¿Quieres seguir estudiando? Ella asintió…
Entraba a clases a las dos de la tarde y llegaba alrededor de las siete de la noche. Si te hubieses observado, habrías visto la satisfacción que te daba verla de uniforme escolar con su mochila en la espalda. Ya no miraba hacia abajo cuando inquirías. Le quitaste el complejo de caminar encorvada, porque se sentía abochornada por un exceso de busto. Empezó a vestirse siguiendo tus observaciones. Las miradas de los transeúntes se posaban en su figura. No evitabas ver el nacimiento de sus pechos, o mirarla con el uniforme escolar con aquella faldita color vino. Las relaciones con su novio, no eran de lo mejor, se hicieron frías, en secreto lloraba, por sentirse despechada.
Aquel día llegó una mujer joven y atractiva, de cabello ensortijado, preguntó por ti. Ella pensó que era una paciente. no era tal, la señora con dejo de autoridad empezó a interrogarla acerca de la relación que llevaba contigo. Me reía, pues no era difícil suponer que la tipa tenía algo contigo. Nunca la había visto por el consultorio. La segunda vez te encontró, no estaba María, ofreciste una atención de primera. La tipa era celosa por oficio. Yo sabía que entre tú y mari, sólo mediaba una amistad y en ti algunas chispas de deseo; nada más. Los acosos de la tipa se hicieron más frecuentes, ella no se aguantó, la sujeta iba las veces que no estabas tú. “Oiga amarre a su amiga o dígale que venga cuando esté usted.” Vi tu sonrisa cuando contestaste: “no le hagas caso.” Si bien es cierto que no eres capaz de montar un teatro, pero la vida ofrece circunstancias especiales y Mari debió haberse preguntado, ¿qué cosas le harías a la tipa para cuidarte tanto?
Un día te pidió permiso para faltar todo el viernes y llegar por la noche. Tú no eres torpe, intuiste que la niña tenía un plan de largas horas. Te quedaste callado. Reíste por dentro, después miraste como bamboleaban sus pechos, cada vez que saltaba. Un dejo de envidia aparcó en tu pecho y la imaginaste entre las sábanas. Ese día, para tu sorpresa estaba en el consultorio haciendo su tarea. Por el ceño, imaginaste que la habían plantado. Oí cuando dijiste: “entonces no hubo fiesta” y te saliste silbando una melodía de moda.
 
Aquel sábado habías planeado correr más de diez kilómetros. Llegaste temprano y fiel a tu costumbre hiciste café, mientras calzabas el short gris de tela delgada, ajustable que deja ver hasta casi la ingle. Llegó ella. Tomaron juntos el café recién hecho. La vi radiante, traía el vestido azul de cuello en círculo que dejaba ver. Ella estaba sentada en el sofá. Tú enfrente. Un mueble de resortes, forrado con terciopelo oscura. Te inclinaste sobre ella, cuchicheaste algo en su oído y ella observó la brevedad de tu short. Pude sentir tu exclamación al respirar el champú de su pelo y el perfume dulce de su piel. La besaste quedo en el lóbulo y luego mordisqueaste con tus labios. Ella había cerrado los ojos, quizá buscando en su interior un algo a que asirse para abortar la embestida. Del lóbulo bajaste al escote, volviste a su mejilla e intentaste darle un beso en la boca. Ella ladeo la cabeza, te instalaste sobre el cuello olisqueando su aroma joven, sin más prisa que la turbación de su aliento. Te ubicaste de hinojos, tu cara quedó a nivel de sus pechos y de su vientre. Evitaste los senos en contra de tu deseo, fueron tus manos las que tomaron la iniciativa y poco a poco levantaste la falda azul de su vestido y tu boca rodó en la piel de sus rodillas, muslos. Ella nunca imaginó tantas sensaciones en una brevedad.
El vestido azul estaba hasta la cintura, quedaron al descubierto sus piernas acaneladas. Tus manos exploraban sus caderas, buscaban el elástico de su ropa interior. Los índices al unísono trabaron en el borde y poco a poco la prenda bajaba, cuando descendía por sus glúteos, sentiste como levantó sus caderas para que la bragas salieran. Dueño del quehacer hiciste lo que te dictó la experiencia.
Sabías que la piel erizada de sus muslos, la caricia de sus manos sobre tu testa, eran el permiso. Yo Escuchaba el silbido grueso de sus respiraciones, el rechinido del mueble. Dentro el olor del café, afuera el silencio se quebraba por el sonido que hacían los carros al pasar. El día era joven.

mujer camila reveco

A grandes males…

Le puso remedio a sus noches de insomnio. Partió a la funeraria y se compró un ataúd con respiradero; estaba hasta la madre de que todas las noches la sangraran los moscos. 

ataúd

 

Decálogo de la microficción por Raul Brasca (Arg.)

Decálogo del buen microficcionista
Raúl Brasca
1) No te ajustes a definición alguna, la microficción no ha sido aun domesticada, pero lee mucho y bueno para vislumbrar de qué se trata.

2) Dispones sólo de dos materiales: las palabras y el silencio, y debes lograr que ambos sean igualmente significativos.

3) Esfuérzate por escribir con la menor cantidad de palabras y la mayor cantidad de silencio, pero asegúrate de que tu microficción contiene las claves imprescindibles para ser comprendida. Si has logrado eso, detente: considera al lector tan inteligente como tú.

4) Cuida la calidad de tus palabras, la arquitectura y la música de tu microficción. Mucho más que la novela y el cuento, y casi tanto como el poema, la microficción alcanza su potencia por medio de la forma.

5) Cuida la calidad de tu silencio, si es elemental y falto de sustancia, tu microficción será una pieza menor que decepcionará a los buenos lectores.

6) Si has cumplido con los puntos anteriores, despreocúpate del final pero preocúpate por la última línea. El final es el sentido y lo produce el lector, pero tú última línea debe habilitarlo para que lo haga.

7) Si tu microficción contiene una historia, cuídate del resumen. Ninguna buena microficción es el esquema de una historia, ni siquiera lo esencial de ella. Un detalle objetivamente trivial pero cargado de significado por el autor, dice más y mejor que la prolija enumeración de los hechos.

8) Si tu microficción es humorística, cuídate de la simpleza del chiste. El silencio del chiste es elemental: se agota en permitir el equívoco y tiene como única finalidad esconder un sentido de efecto risible. El silencio de la microficción humorística no tiene por qué ser menos sustancioso y complejo que el de las que no lo son.

9) Confía en tu impulso creador. Todas las microficciones hijas de un mismo impulso creador, por heterogéneas que parezcan, pertenecerán a una misma familia. No dejes que te las impugnen, porque en la variedad está su riqueza.

10) Desconfía de los sabihondos que escriben decálogos. En general, los decálogos sirven solamente para publicitar la poética de quienes los escribieron

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Degas