El suicida Enrique Anderson Imbert (Arg)

Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

medico rural

Las rodillas

Me acosté con la cabeza a un lado de tus pies. Llevé a la boca el dedo gordo, lo humedecí y acaricié tu pantorrilla.
— ¿Sientes cosquillas?
Trataste de retirarlo, lo contuve. me pregunté ¿si alguno de tus amantes te había provocado de ese modo? Levanté tu falda, descubrí tus muslos. Mi boca llegó al tobillo, con la lengua lamí y entre más lo hacía, tu intención de quitarlo se desvanecía.
—Me gusta lo que haces. —dijiste.
—Nada malo pensaran si te hago un moretón. —Respondí.
Cerré los ojos ,visioné la escena.
ES EN UNA CALLE. DE MAÑANA 8.10. ELLA VESTIDA CON  FALDA, PLATICA CON DOS SEÑORAS.
SEÑORA UNO — ¿Y cómo se lastimó?
SEÑORA DOS — Mire que feo se le ve ese moretón en el tobillo.
ELLA — Me golpeé con la esquina de la cama. Me sobé, y puse una compresa fría.
SEÑORA UNO — Con lo que duele el tobillo.
Con mi boca deguste la tersura de tu rodilla.
—¡Súbete! Escuché que decías.
No te hice caso. Mi placer me lo dabas con tu respuesta, me seducía dejarte maculada. Seguí, seguí y hubo gritos, suspiros que se elevaron, otros que despreciaron el cielo para arrinconarse en la sábana.
UNA CALLE. ES DE MAÑANA, 8.15 ELLA. DOS VECINAS
SEÑORA DOS Levanta la falda ¡Dios no había visto sus rodillas!
SEÑORA UNO—Y fueron las dos, Santo dios, pero una está más lastimada que otra. Hasta parece que le untaron tintura de violeta.
SEÑORA DOS—A una amiga se le hizo así por cumplir una promesa. Llegó de rodillas ante el santo cofre de Atochi.
ELLA— Me dolió mucho, caí de golpe, más apoyada en una rodilla. Ahogué mi dolor mordiendo la manga de la camisa. Me dije, este día no es el mío, pues poco antes me había lastimado el tobillo.
Luego de varias horas en la cabaña, la respuesta a las manchas violetas, está en el quehacer intenso que vivimos.
Una parte fue debido a que mi boca chupaba más, una de tus rodillas, la otra, fue cuando en un abrir y cerrar de ojo dijiste:
— ¡Párate!
Te hice caso y quedaste arrodillada frente a mi vientre. Bajaste mi jean, luego el bóxer y mirándome dijiste:
—Siente como recorro con boca y garganta la península de tu cuerpo.
Tu sapiencia fue increíble y cada vez que iniciaba el orgasmo, —te percatabas por mis gemidos— y sin previo aviso apretabas los testículos, el dolor anulaba mis sensaciones y volvías con tu tarea de lactante. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo supe. Sólo jugábamos. Alguna vez, recordé haberte dicho que tus caderas eran mi punto débil y comprendí que nunca lo olvidaste y de rodillas, tu cabeza se apoyó en la alfombra y levantaste los glúteos.
— Mírame.—Exclamaste.
Me situé detrás. El sudor parecía una fina escarcha sobre el río de tu espalda y deslicé mis manos desde la nuca hasta tus caderas. Besé tus nalgas, las apreté y les di palmadas, pues me seduce verlas enrojecidas. Mi boca daba golpes de tea, desde el borde hasta el centro. La palma de mi mano se ajustó entre tu pubis y el esfínter. Sentí el fuego, la humedad, que me animaron a introducirse en tu vagina, deslizándo en un lúdico; dentro y afuera, mientras que mi boca trastornada campeaba en la geografía de tu espalda. Abrí tus gluteos, vi tu orificio… lo humedecí. No esperabas ese ataque, y sobresaltaste, más por tus movimientos involuntarios, quejidos;  deduje tu aceptación. Seguías de rodillas, coloqué entonces la cabeza entre tus piernas y abracé tu cintura; mi boca rodaba de tu pubis hasta tu ano y viceversa. Te grité:
—Mueve la cadera y acércate lo más que puedas a mi boca.
Tus movimientos se hicieron vehementes y el sudor formaba arroyos que caían sobre la alfombra.
—Me quiero venir. —Súbitamente dijiste
Erecté mi lengua y simulé poseer un apéndice. Te abrí y exploré tu canal. Tú me cogías de la nuca. La culminación no fue tan breve y tu cuerpo en espasmos arremetió con violencia. Fue allí cuando insultaste las rodillas; fueron cilindros que iban y venían con fuerza animal planchando la alfombra.
LA ACERA, LA MAÑANA 8.17 ELL, LAS SEÑORAS
SEÑORA UNO AGACHANDOSE — ¡Ay, válgame dios!, pero qué feo se le ven sus rodillas, una más que otra.
SEÑORA DOS AGACHANDOSE—¡Ay, lo que debe de estar sufriendo! ¿Y ya se puso miel?
ELLA.- Sólo me he puesto glicerina y fomentos de agua fría.
Después de tu orgasmo, pensé que te recostarías. Yo me senté en la cama y tú seguías de rodillas, recuerdo que gateaste y volviste a lamer mis compañeros. Tu cara tenía placidez, pero en tus ojos seguía viva la flama. Así que tus caricias orales tenían esa doble emoción, la suavidad de un agradecimiento y el resabio de un ardor ¿Sería la recompensa por tu orgasmo? ¿ o la búsqueda de más intensidad?
Con una seña de mi mano, de mis ojos, te invité a que te subieras a la cama. Pero me diste a entender que me situara detrás de ti y golpeaste tu trasero. Cuando estuve, te fuiste doblando, como un camello lo hace en las arenas del desierto. Tu cabeza descansó en la suavidad de tus brazos y tus pechos en el piso simulaban dos tazas. Curvando el cuello me preguntaste:
— ¿Te gusta como me ves?
Hinqué la mirada en esa línea viva que sale de la nuca y termina debajo de la espalda, luego en la estrechez de tu cintura, que más abajo abre hacia tus caderas: caí arrodillado. Apoyé mis manos en tus flancos y sembré de besos a tu espalda, glúteos y a tu centro. Restregué mi apéndice por la piel de las grupas acaloradas y rojas, y después lo froté en tu isla eréctil, y decías…
—Dale, dale. Hazlo.
Mientras movías como una sierpe tu cuerpo. No te hice caso. Y seguía rodándolo sobre tu triangulo húmedo.
—Dale, dale. Hazlo
Entonces sin decirte nada y abrazándote de la cintura dejé que se fuese dentro, lo hice cuando tu no esperabas y sólo escuché que pujaste y gimoteabas sin parar.
— ¿Te dolió?
Gemiste y entendí que querías que me retirara y lo hice, pero entre jadeos hablaste:
—Ahora córrela lo más dentro que puedas.
Llegó hasta el fondo. De lado veía el bamboleo de los pechos como un eco de nuestro movimiento. Poco a poco abriste los brazos y quedaste boca abajo , pero con tu centro expuesto. El sudor abundante hacía que mi cuerpo resbalase sobre el tuyo y me daba el impulso para recorrer tu canal de principio a fin. Excitado, recuerdo haberte dicho:
— Puedo irme por otro lado…
— ¡Me vale! Ese es el riesgo, pero sigue y quédate inmóvil, deseo que sientas mis latidos y también como te muerdo.
La blancura de tu efigie contrastaba con mi piel morocha. Tu respiración se hacía intensa, jadeabas y aumenté el cadereo. Sobrevino el orgasmo, Tu cuerpo se tensó como resorte y la mitad de los jadeos, gritos se quedaron pegados al suelo, la otra se dispersó entre los vericuetos de la choza; nos dimos un baño, de vuelta a la cama te hiciste bolita y te metiste en mi pecho. Cerramos los ojos. Yo seguí el curso de lo imaginado.
MAÑANA 8.20 ELLA, DOS SEÑORA EN LA CALLE.
SEÑORA UNO. — ¡Ay mi niña como debes de sufrir! Pero un día malo todos lo tenemos.
SEÑORA DOS. —Ya la llevó su marido con el médico. Sería bueno que le tomaran una radiografía.
ELLA…— Sí. Todos tenemos días malos “yo desearía tener más de esos. Mi esposo es tan despistado que ni cuenta se ha dado de mis moretones, tuve que decirle que me caí y sin dar importancia me dijo que fuese a ver al médico, que por eso pagaba el seguro. Me encabroné, que me bajo la falda, y mis pantaletas y le enseñe mis nalgas que aún estaban enrojecidas y arqueando la ceja me recriminó que es por las cremas que me echo. Me fui al baño a llorar, porque si me quedo allí, no sé qué más le hubiese enseñado”.
SEÑORA UNO. — ¿Y qué le dijo el médico?
ELLA — Aún no me dice nada, pues regresará pasado mañana; ya aparté mi cita.
Creo haberme dormido un instante, pues el ovillo que estaba en el hueco de mi pecho desapareció y cuando me di cuenta ya tu boca hacia migas con mi ombligo y tu mano exploraba la geografía de mi pubis. Entonces acaricié la textura de tu pelo, luego escuché tu voz aniñada:
—Me das mi chupón
Lo bésate como quien besa a un oso de peluche.
—Es la entrega más bella que he tenido desde hace mucho tiempo.
Pero él no sabe de eso y volvió a erectarse.
Te subiste y dijiste al oído…
— ¿Te gustaron mis caderas? Debo de tener las nalgas como si me hubiese dado sarampión. Sabes, cada vez que me ponías la palma de tu mano, tenía placer. Era una manera de decirte lo bien que me hacías sentir. Le diré a mi esposo, si es que acaso se da cuenta, que el bronceador me hizo reacción.
Te seguías moviendo, sólo por el deseo de sentirme dentro de ti, sabía que eran actos más de ternura que de sexo, volvías a besarme y decías, eres el primero que me ve el ano en todo esplendor… sólo tú lo conoces. Bueno, ¡ni yo me lo he visto! Pensé que teníamos una especie de sobrecama de forma activa.
— Lo tienes bonito, redondo, apretadito, pues cuando te metí el dedo, casi lo mordías.
Entonces, lo busqué de nuevo y volví a mimarlo
—¿Te gusta? Le pregunté.
—Me gusta. Quiero que me poseas por allí, de esa manera no habrá nada que no sea dado para ti. Mi esposo lo pide, pero no lo merece. Me preparé para dos cosas, una, para no sentir ningún remordimiento y la otra para ser de ti, las veces que me desees y por donde desees.
—Ponte de lado, abrázame, bésame. Me enterneces. Para irte acostumbrando te daré de piquetitos, nada doloroso sino placenteros, pues esta cueva, no tiene nada de diferente, se coge cuando la mujer lo desea y está caliente. Ahora ya no lo estás. Empecé a besarte con ternura.
LA MAÑANA LA CALLE DOS MUJERES RUMBO A LA IGLESIA PLATICAN
SEÑORA UNO— Que feo tiene las rodillas la señora
SEÑORA DOS —Sí, pero ella lo buscó
SEÑORA UNO —Cómo que lo buscó
SEÑORA DOS.— ¿No se dio cuenta?, que si fuesen golpes, ella no podría caminar, o lo haría con mucho dolor, cada vez que doblara las piernas. Además cuando levanté la falda para verle mejor, me di cuenta que había otro moretón en la parte de arriba. Si hubiese sido golpe, el derrame estaría abajo.
SEÑORA UNO.— El marido la ha de amar con mucha pasión.
SEÑORA DOS. —No sea tonta, los maridos tienen fecha de caducidad. Le aseguro que antes de los diez años se les cansa el caballo.
SEÑORA UNO— ¿Y usted cómo sabe tanto?
SEÑORA DOS— La vida, la vida me ha enseñado. “Ah si esta buena mujer me hubiese visto en mis mejores días, seguramente no platicaría nunca conmigo”.
CONSULTORIO MÉDICO TARDE
ENFERMERA— Señora por favor pásele.
Ella entró al consultorio donde la madera, los libros y las artesanías hacen el decorado. Una música de saxo se escucha.
MÉDICO— Señora que gusto verla de nuevo. Siéntese por favor. Dígame ¿En qué puedo serle útil?
ELLA— Doctor vengo a que revise las rodillas.
Él ayuda con esmero y casi la carga para subirla a la mesa de exploración. Ella se apoya en los hombros. Acostada pregunta:
ELLA—Usted cree que sea grave lo que tengo?
MÉDICO— secreteando le susurra al oído- Nada que el tiempo no pueda curar.
y le chupa el lóbulo donde cuelga un arete de madera.

mujer sen,

 

Al despertar

Despierto.
Mi yo abre
a tus murmullos.

La oscuridad de tu pelo
contrasta con la transparencia de tu mirada;
en el cántaro de tu vientre.
percibo aroma de frutos.

Beso tus brazos,
hombros;
la oscuridad de tus cabellos
serpea por el arroyo que desciende a la espalda.

Soñar contigo es fatigarme.
sentirte verde, líquida
¡afrutada.

 

mujer retrato

Diez recursos para lograr la brevedad en el micro-relato de Dolores Koch

Hispamérica

How to Read and Why

Los diez recursos para lograr la brevedad que vamos a ver en este trabajo aplican, sin exclusividad, al micro-relato, y utilizaremos micro-relatos muy breves para ilustrarlos. Y una última aclaración: ¿Cómo podría diferenciarse el micro-relato del minicuento? En el minicuento los hechos narrados, más o menos realistas, llegan a una situación que se resuelve por medio de un acontecimiento o acción concreta. Por el contrario, el verdadero desenlace del micro-relato no se basa en una acción sino en una idea, un pensamiento. Esto es, el desenlace de un minicuento depende de algo que ocurre en el mundo narrativo, mientras que en el micro-relato el desenlace depende de algo que se le ocurre al autor. Esta distinción no es siempre fácil. Otra característica esencial del micro-relato es la fusión de géneros. Algunos elementos narrativos lo acercan al cuento convencional, pero el micro-relato se aleja de los parámetros del cuento y del minicuento porque participa de algunas de las características del ensayo y del poema en prosa.
Veamos el final de un micro-relato de Juan José Arreola:
Apuntes de un rencoroso
…todavía hoy puedo decirle: te conozco. Te conozco y te amo. Amo el fondo verdinoso de tu alma. En él sé hallar mil cosas pequeñas y turbias que de pronto resplandecen en mi espíritu.
(Prosodia, en Bestiario, 1972, 120-21)
Como vemos, en el desenlace de este micro–relato no ocurre nada que dé fin al relato. Lo que sucede es que al yo narrativo se le ocurre algo; esto es, que el desenlace descansa en una idea explícita o sobreentendida: una meditación, una paradoja, una desproporción, un golpe de ingenio, o una epifanía, para usar el concepto de James Joyce, o una entelequia, si nos apropiamos uno de Miguel de Unamuno. Y en cuanto a la fusión de géneros, vemos que este micro-relato combina, en distintas proporciones, el lenguaje esmerado del poema en prosa, el tono a veces confesional o meditativo del ensayo, y un elemento narrativo, ficcional, propio del cuento.
En este pequeño manual práctico veremos diez recursos ingeniosos utilizados en el micro- relato para lograr la brevedad.
Recurso Número Uno: Utilizar personajes ya conocidos. Esto le permite al autor abreviar, pues no tiene que describir ni contexto ni personajes: pueden ser bíblicos, históricos, legendarios, mitológicos, literarios, o de la cultura popular. El elemento narrativo se hace además evidente en este ejemplo, de Ana María Shua:
La ubicuidad de las manzanas
La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de la gravedad.
(Latinoamérica fantástica, Augusto Uribe, ed., 1985, 194)
Ana María Shua utiliza a Guillermo Tell, legendario-literario; Newton, histórico; y Eva, bíblico. El mismo micro-relato pudiera servir para introducir el próximo recurso:
Recurso # 2. Incluir en el título elementos propios de la narración que no aparecen en el texto del relato. En “La ubicuidad de las manzanas”, el título es la razón y gracia del relato, esto es, su resolución. Otro ejemplo, esta vez de Marco Denevi, se titula:
Justificación de la mujer de Putifar
¡Qué destino: Putifar eunuco, y José casto!
(Falsificaciones 48)
El título nos da parte de la información indispensable, y a veces nos obliga a volver a él al final. Nótese que también se recurre al Recurso #1 al utilizar personajes bíblicos que no requieren explicación (Putifar y José). Luisa Valenzuela lleva traviesamente este recurso al extremo con un largo título en el que incluye gran parte de la narración:
El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde
-Que bueno.
(Aquí pasan cosas raras, 91)
Vale notar que Valenzuela se vale también de los signos ortográficos para añadirle significado a sus breves palabras. La exclamación “que bueno” llega con tan poco entusiasmo que le suprime los signos de admiración y deja la palabra ‘que’ sin acento.
Recurso #3. Proporcionar el título en otro idioma. Para lograr mayor brevedad, pueden añadírsele también otras funciones al título, como por ejemplo, ubicar rápidamente al lector en otro tiempo o lugar determinado. Así tenemos “Veritas odium parit”, de Marco Denevi:
Traedme el caballo más veloz -pidió el hombre honrado- acabo de decirle la verdad al rey.
(Falsificaciones, 1977, 70)
El título en latín sugiere un contexto antiguo, medieval. Jorge Luis Borges utiliza un título en inglés con otro propósito. En “An unending gift” (Obras completas, 984) ubica geográficamente al lector en el mundo anglosajón, y con el título en italiano “Inferno, I ,32″ (Obras completas, 807) lo transporta a la Italia de Dante. Monterroso utiliza un título en latín con otra intención. Según él, la fábula de la gallina, o en este caso gallo, de los huevos de oro resultaba “tan vulgar que necesitaba estar revestida de un tono absolutamente severo” (Viaje al centro de la fábula, 26) y le dio el título de “Gallus aureorum ovorum”. Marco Denevi usa este recurso con frecuencia. Veamos su “Curriculum Vitae”:
A menudo un dictador es un revolucionario que hizo carrera.
A menudo un revolucionario es un burgués que no la hizo.
Denevi también usa el latín para evitar el lenguaje vulgar y titula otro de sus micro-relatos “Post coitum non omnia animal triste”, que además da la clave del relato.
Recurso #4. Tener por desenlace rápido un coloquialismo inesperado o una palabra soez. Ayuda a la concisión hablar sin ambages, y esto puede tener un efecto humorístico. En el micro-relato titulado “La trama”, Jorge Luis Borges comenta que “Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, y después de recordar la famosa interpelación de Julio César a Bruto, “Tú también, hijo mío”, su personaje, un gaucho agredido por su sobrino, exclama “Pero, che!” (Obras completas, 793).
Augusto Monterroso cuenta que cuando su Pigmalión se cansaba de sus Galateas, les daba una patada en… “salva sea la parte” (La oveja negra, l983, 56). Crear el desfasaje es el golpe de gracia que le sirve de desenlace.
Recurso #5. Hacer uso de la elipsis. Desde luego, se logra mayor brevedad si no se dice todo. Un lector activo se da por entendido. En ese caso, la expresión del desenlace o epifanía no necesita ser explícita. De Julio Torri, gran pionero del micro-relato, sacamos de un relato breve el siguiente ejemplo:
Desde que se han multiplicado los automóviles por nuestras calles, he perdido la admiración con que veía antes a los toreros y la he reservado para los aficionados a la bicicleta.
(Tres libros, 1964, 111)
Hacer uso de la elipsis requiere también un golpe de ingenio. Veamos el texto íntegro de “Cláusula III”, de Juan José Arreola, que dice así:
Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas.
(Bestiario, l972)
Como puede apreciarse, el lector tiene que hacer uso de conocimientos previos, pero no queda duda en cuanto al significado. Uno de los más ingeniosos es “Fecundidad”, de Augusto Monterroso:
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.
(La oveja negra, 1969, 61)
A veces la elipsis es de tal apertura, que requiere un golpe de ingenio de parte del lector para encontrar la conexión, como en un cuadro surrealista de Magritte. De Julio Cortázar es el siguiente ejemplo:
Tortugas y cronopios
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.
(Elementos para una teoría del minicuento, Nana Rodríguez Romero, 1996, 99)
La elipsis permite inferir poéticamente la razón de ser del relato sin necesidad de expresarlo. Veamos este micro-relato de Luis Britto García:
La canción
Al borde del desierto en el ribazo, y con la lanza clavada en la arena, mientras yo estaba sobre la muchacha, ella dijo una canción que pasó a mi boca y supe que venía desde la primera boca que había dicho una canción ante el rostro del tiempo para que llegara hasta mí y yo la clavara en otras bocas para que llegara hasta la última que diría una canción ante el rostro del tiempo.
(Cuentistas hispano-americanos en la Sorbona, Gilberto de León, ed., 1982, 77)
Desde luego, el relato más elíptico e interactivo, el más recordado por todos, y quizá por eso algo sobrevaluado literariamente, es “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (Obras completas, 1972, 75).
Recurso #6. Utilizar un lenguaje cincelado, escueto, a veces bisémico. palabra certera. Este es uno de los recursos más obvios para lograr la brevedad, y uno de los más difíciles. Jorge Luis Borges ha impactado nuestra literatura, para bien o para mal, con su lenguaje certero y juegos de palabras.
Gabriel Jiménez Emán nos proporciona un micro-relato humorístico:
El hombre invisible
Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.
(Los dientes de Raquel, 141).
Algunos son tan concisos que corren de boca en boca como un chiste. Veamos “Toque de queda”, de Omar Lara:
-Quédate -le dije. Y la toqué.
(Brevísima relación: Nueva antología del micro-cuento hispanoamericano, Juan Armando Epple, ed., 1990, 51)
Recurso #7. Utilización de un formato inesperado para elementos familiares. Esta estrategia narrativa ubica el texto sin preámbulos dentro de un código o contexto sorpresivo o en desuso. Se dice que Ambrose Bierce, nacido en Ohio, Estados Unidos en 1842, y precursor en inglés del microrelato, ha influido en la obra de Jorge Luis Borges. Bierce utilizó con éxito el formato de diccionario. Esta es, por ejemplo, su definición de “violín”:
“Instrumento para regalo del oído humano creado por la fricción entre la cola de un caballo y las tripas de un gato”.
(The Devil’s Dictionary of Ambrose Bierce, 1958, 24)
El formato más popular utilizado en este recurso es el bestiario medieval. Borges nos habló de seres imaginarios y de zoología fantástica, y Arreola de animales con rasgos humanos. Monterroso añade un elemento de crítica social. Este recurso ayuda a lograr la brevedad porque, a decir de Monterroso, “nunca describo un animal, pues todos los que aparecen en mis fábulas son enteramente familiares” (Viaje al centro de la fábula, 1982, 147). Arreola por su parte combina la gracia de expresión con una inocencia adánica que parece contemplar el mundo por vez primera. En “Felinos”, por ejemplo, razona la inferioridad del león, debida a que como tiene melena, no se ve obligado a cazar la presa que se come. Termina diciendo que
Si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, utilidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco.
(Bestiario, 1972, 20)
Recurso #8. Utilizar formatos extra-literarios. En general, estos sirven para mantener el texto breve cuando se quiere poner en evidencia lo absurdo de algunos conceptos comunes. Marco Denevi, en este ejemplo, se burla del clásico silogismo si A=B y B=C, A=C . Veamos “Catequesis”:
-El hombre -enseñó el Maestro- es un ser débil.
-Ser débil -propagó el apóstol- es ser un cómplice.
-Ser cómplice -sentenció el Gran Inquisidor- es ser un criminal.
 (Falsificaciones, 104)
Se utilizan también con éxito formatos o códigos de los medios de comunicación en masa. Juan José Arreola, por ejemplo, usa el anuncio clasificado y el boletín de noticias. “De L’Osservatore” (Prosodia, 89) es un simple anuncio clasificado de la pérdida de unas llaves. La gracia es que el personaje es San Pedro, y el objeto perdido, desde luego, son las llaves del cielo. Veamos también otro.
Cláusula IV
Boletín de última hora: En la lucha con el ángel, he perdido por indecisión.
(Cantos de mal dolor, 1972, 66)
En este micro-relato Arreola pone en juego inesperadamente una frase hecha del código lingüístico del boxeo, “perder por decisión”.
Recurso #9. Parodiar textos o contextos familiares. Con este recurso se puede lograr la brevedad cuando se quiere hacer un contraste humorístico u ofrecer nuevas perspectivas ante un pensar anquilosado. Se re-escribe la historia o algún pasaje bíblico. Se parodian dichos populares, frases hechas, situaciones o leyendas conocidas. Para lograrlo, el escritor se vale de la paradoja, la ironía o la sátira. Veamos un ingenioso juego de perspectivismo de René Avilés Fabila:
Apuntes para ser leídos por los lobos
El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama… Trata de sobrevivir. Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel; tanto así que suele utilizar proverbios tales como: “Está oscuro como boca de hombre”, para señalar algún peligro nocturno, o “el lobo es el hombre del lobo”, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.
(Los oficios perdidos, 1985, 56)
Veamos también, de Marco Denevi, una parodia moderna de un cuento muy viejo. El contexto ya está dado y el escritor no tiene que describir la situación ni los personajes.
La bella durmiente del bosque y el príncipe
La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.
(Antología precoz, 1973, 215)
Y por último,
Recurso #10: Hacer uso de la intertextualidad literaria. En un diálogo de libros universal, usualmente se rinde homenaje a escritores del pasado. Monterroso nos ofrece un excelente ejemplo.
La cucaracha soñadora
Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.
(Viaje al centro de la fábula, 1982, 49)
La literatura se hace de literatura, como muchos han dicho, y en este caso, el micro-relato parece rendir homenaje no sólo a Kafka, sino también a Jorge Luis Borges, quien a su vez rindió homenaje, desde otro continente, a un poeta chino al decir que “hace unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser hombre” (Obras completas, 768).
Como hemos visto en estos ejemplos, los recursos para lograr la brevedad en el micro-relato pueden resultar casi más importantes que la brevedad misma. En resumen, “Lo que importa, entonces, no es su carácter escueto, sino la eficacia de su síntesis” apunta el escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán, en Ficción mínima: Muestra del cuento breve en América, (Fundarte: México, 1996, 9), quien en un micro-relato titulado “La brevedad”, comenta:
Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte”.
(Los dientes de Raquel, 1993, 167)
FIN
DMK in Madrid, Feb 2006  with Ana Pellicer
Tuve el gusto de que una de mis minificciones le otorgara el segundo lugar, donde quiera que estés gracias por tus enseñanzas 

 

El barquero

Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
-Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
-No, señor-contestó el barquero.
-Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
-Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
-No, señor, no sé nada de plantas.
Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida-comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
-Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas, ¿sabes, por cierto, algo sobre la naturaleza del agua?
-No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
-¡Oh, amigo!-exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hundirse. No había forma de sacar tanta agua y la barca cada vez se hundía más. Entonces, el barquero preguntó al joven:
-Señor, ¿sabes nadar?
-No-repuso el joven.
-Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.

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Fuente: Ramiro de la Calle [101 Cuentos Clásicos de la India)

Estrategia para chupar

Dos compadres, en la calle con ganas de Chupar chelas.
-NO tengo dinero
-Diez pesos.
-Alcanza para una salchicha gorda y gruesa.
-¿Para qué? con eso no te empedas.
-Claro que no, pero chupamos y luego me saco la salchicha de la bragueta y se pone  a darle de besitos. El cantinero gritará ¡degenerados,  largo porque si no me cerraran mi negocio. Salimos y nos vamos a otra cantina!
Felices van y compran la salchicha a modo, tipo alemana para asado.
Entran al bar y dos horas después.
-Orale compadre ya es hora del «numerito»
El compadre uno discretamente saca la salchicha y el compadre dos, poco a poco se va encuclillando. Al verlos el cantinero los saca a patadas, gritandoles hasta de lo que se van a morir.
-Le dije compadre, todo un éxito.
-Somos unos genios.
Cantina tras cantina chuparon y le misma treta, sacaba la salchicha el compadre le daba de besitos y hasta más para llamar la atención del cantinero. Seis horas después, ya bien briagos, le dice el compadre dos.
-Saque la salchicha compadre, ya me dio hambre.
-Hay compadre, la salchicha se perdió desde la primera cantina.

cerveca

 

 

Sonata

Un día al año la luna se aparta del camino. Con su luz de cobre ilumina el viejo bosque, dentro, hay una casa abandonada; aluzada, cobra brillo la madera, la teja enrojece, los vidrios destellan. Se oye la sonata de Beethoven; al finalizar hay aplausos y sonrisas. Poco a poco la casa oscurece y la cubre el silencio.

monet otoño

20 reglas y un pilón

20 reglas y un pilón para escribir ficción. tomado de FB
Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing [Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar.
Les presentamos una selección de reglas para escribir ficción. La selección fue cortesía de la página Cultura impopular. Si deseas leer más acerca de estas reglas, puedes hacerlo dando click aquí.
Agradecemos el aporte a Gabriel Pérez Salazar.
1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.
PD James
2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.
Hilary Mantel
3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.
Jonathan Franzen
4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.
Geoff Dyer
5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.
Rose Tremain
6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.
Margaret Atwood
7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.
Zadie Smith
8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.
Roddy Doyle
9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.
Rose Tremain
10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.
Helen Dunmore
11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.
Neil Gaiman
12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.
David Hare
13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.
Hilary Mantel
14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.
Michael Moorcock
15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.
Joyce Carol Oates
16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.
Will Self
17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.
Zadie Smith
18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.
Sarah Waters
19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.
Geoff Dyer
20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.
Richard Ford
Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”.

Un día diferente

Juana te dijo que no podía seguir trabajando; sabía de una prima que podría hacerlo.  Preguntaste si estaba presentable, contestó que sí. Juana te conocía y supo interpretar lo que tu querías, al responderte movió las manos dibujando un ocho.
llegó con su prima. Joven, formada, con acné en la frente, respondía al nombre de María. Habló poco, mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría mañana y tarde. Tendría que mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Te veías delgado, elástico, resistente. Corrías de veinte a treinta minutos diarios. El local era amplio, cómodo. Tú horario atender mañana y tarde
Salió lista, inyectaba, ponía sueros, aprendía las fórmulas, preparaba pomadas de manera artesanal. La instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y cómo tomar muestras. Mirar los aspectos íntimos dio oportunidad para platicar sin prejuicios. En dos meses formaban ya un buen equipo. Tomar café antes de iniciar la jornada se hizo costumbre.
Por la mañana calzabas tus arreos deportivos y salías a correr. Después del café se iniciaba la consulta. A la dos de la tarde concluían; ella regresaba a las cuatro. Aparecías a las seis de la tarde. A las ocho de la noche ella se iba y tú escuchabas música, leías.
Un día no fue la misma. No fue difícil para un hombre como tú darse cuenta de que la niña traía un taco atorado en la garganta. Tú sabías que tenía novio, sospechaste un desamor, o quizá algo grave. Esa mañana, tomando café le preguntaste a boca de jarro
—¿No te ha bajado la menstruación? — ella no levantó la mirada.
—Cómo lo sabe.
— Soy brujo. — contestaste riendo. Platícame todo.
Recuerdo que movías la cabeza. Te pusiste la bata blanca y ella recostó sobre la mesa de exploración, no te fue difícil saber que no había crecimiento de abdomen ni cambios en las glándulas mamarias. Aplicaste una ampolleta, la menstruación apareció. Desde ese día hasta el último que estuviste con ella, controlaste su fertilidad.
 
Tantos días de café, de trabajo dieron acercamiento. El diálogo fue diferente, frente al paciente el usted, en la plática del café, el tú. Discretamente te rozabas con ella, otras caían accidentalmente. Ella era indiferente.
Un día le preguntaste:
—¿Quieres seguir estudiando? Ella asintió…
Entraba a clases a las dos de la tarde y llegaba alrededor de las siete de la noche. Si te hubieses observado, habrías visto la satisfacción que te daba verla de uniforme escolar con su mochila en la espalda. Ya no miraba hacia abajo cuando inquirías. Le quitaste el complejo de caminar encorvada, porque se sentía abochornada por un exceso de busto. Empezó a vestirse siguiendo tus observaciones. Las miradas de los transeúntes se posaban en su figura. No evitabas ver el nacimiento de sus pechos, o mirarla con el uniforme escolar con aquella faldita color vino. Las relaciones con su novio, no eran de lo mejor, se hicieron frías, en secreto lloraba, por sentirse despechada.
Aquel día llegó una mujer joven y atractiva, de cabello ensortijado, preguntó por ti. Ella pensó que era una paciente. no era tal, la señora con dejo de autoridad empezó a interrogarla acerca de la relación que llevaba contigo. Me reía, pues no era difícil suponer que la tipa tenía algo contigo. Nunca la había visto por el consultorio. La segunda vez te encontró, no estaba María, ofreciste una atención de primera. La tipa era celosa por oficio. Yo sabía que entre tú y mari, sólo mediaba una amistad y en ti algunas chispas de deseo; nada más. Los acosos de la tipa se hicieron más frecuentes, ella no se aguantó, la sujeta iba las veces que no estabas tú. “Oiga amarre a su amiga o dígale que venga cuando esté usted.” Vi tu sonrisa cuando contestaste: “no le hagas caso.” Si bien es cierto que no eres capaz de montar un teatro, pero la vida ofrece circunstancias especiales y Mari debió haberse preguntado, ¿qué cosas le harías a la tipa para cuidarte tanto?
Un día te pidió permiso para faltar todo el viernes y llegar por la noche. Tú no eres torpe, intuiste que la niña tenía un plan de largas horas. Te quedaste callado. Reíste por dentro, después miraste como bamboleaban sus pechos, cada vez que saltaba. Un dejo de envidia aparcó en tu pecho y la imaginaste entre las sábanas. Ese día, para tu sorpresa estaba en el consultorio haciendo su tarea. Por el ceño, imaginaste que la habían plantado. Oí cuando dijiste: “entonces no hubo fiesta” y te saliste silbando una melodía de moda.
 
Aquel sábado habías planeado correr más de diez kilómetros. Llegaste temprano y fiel a tu costumbre hiciste café, mientras calzabas el short gris de tela delgada, ajustable que deja ver hasta casi la ingle. Llegó ella. Tomaron juntos el café recién hecho. La vi radiante, traía el vestido azul de cuello en círculo que dejaba ver. Ella estaba sentada en el sofá. Tú enfrente. Un mueble de resortes, forrado con terciopelo oscura. Te inclinaste sobre ella, cuchicheaste algo en su oído y ella observó la brevedad de tu short. Pude sentir tu exclamación al respirar el champú de su pelo y el perfume dulce de su piel. La besaste quedo en el lóbulo y luego mordisqueaste con tus labios. Ella había cerrado los ojos, quizá buscando en su interior un algo a que asirse para abortar la embestida. Del lóbulo bajaste al escote, volviste a su mejilla e intentaste darle un beso en la boca. Ella ladeo la cabeza, te instalaste sobre el cuello olisqueando su aroma joven, sin más prisa que la turbación de su aliento. Te ubicaste de hinojos, tu cara quedó a nivel de sus pechos y de su vientre. Evitaste los senos en contra de tu deseo, fueron tus manos las que tomaron la iniciativa y poco a poco levantaste la falda azul de su vestido y tu boca rodó en la piel de sus rodillas, muslos. Ella nunca imaginó tantas sensaciones en una brevedad.
El vestido azul estaba hasta la cintura, quedaron al descubierto sus piernas acaneladas. Tus manos exploraban sus caderas, buscaban el elástico de su ropa interior. Los índices al unísono trabaron en el borde y poco a poco la prenda bajaba, cuando descendía por sus glúteos, sentiste como levantó sus caderas para que la bragas salieran. Dueño del quehacer hiciste lo que te dictó la experiencia.
Sabías que la piel erizada de sus muslos, la caricia de sus manos sobre tu testa, eran el permiso. Yo Escuchaba el silbido grueso de sus respiraciones, el rechinido del mueble. Dentro el olor del café, afuera el silencio se quebraba por el sonido que hacían los carros al pasar. El día era joven.

mujer camila reveco