El tordo empático de Rubén García García

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El botón de la espiga se mece con la brisa. Para la oruga es una montaña con vientos huracanados. Emprende el recorrido desde la raíz y alcanza la cúspide. Un Tordo lo espera.

El gusano recorre con la mirada la vastedad del paisaje, mientras disfruta el inefable sabor del pétalo.

El pájaro lo lleva en el pico «Tanto esfuerzo que hizo para llegar a la cima, que él merecía el placer de un bocado de la flor»

La duda o anotaciones de una adolescente entrega nueve (9)

Sendero

Fueron meses de estar a la sombra de Aymara. La enseñanza era para toda la vida y con el compromiso de transmitirlo. En su tierra, un pueblo entre las montañas de un clima templado con noches de frío y avalanchas de neblina que se tragan hasta la iglesia. Llegamos a su choza construida con barro y techo de palma. Afuera se oía el rumor del viento y el aullido de los coyotes en la lejanía No había camas con colchón, ni frazadas suficientes para abrigarse y sin embargo tenía tibieza. Me dormí en un catre de lona y con una colcha de franela. A las cinco de la mañana cuando ella me despertó el café estaba hecho. Cuando abrió la mañana ya habíamos caminado tres o cuatro kilómetros y se veía el filo de una cañada donde el rumor de la cascada era fondo para una gran variedad de aves que pasaban volando cerca de nuestras cabezas. Nos sentamos y de la bolsa de su camisa saco alpiste y una docena de aves comían en su palma. Más tarde llegaron colibríes cuando puso miel en el hueco de su mano.
«Te traje a esta cima porque es un lugar diferente a todo lo que ves. Hay mucha energía y algunas plantas solo se dan por aquí. Pensé que no podrías llegar y que tomarías descansos. Me da gusto que hayas sido capaz de hacerlo en el primer intento. No puedes encontrar una mente sana en un cuerpo enfermo.Te das cuenta que a nuestro alrededor hay muchas rocas, en una de ellas te sentirás mejor que en las demas, cuando la localices ese será tu sitio donde tu todo recibirá la calidad y calidez de nuestra amada tierra. Por ahora vamos a identificar las plantas, y si es necesario cortar alguna de sus hojas hay que pedirles perdón y permiso. Ellas como nosotros son seres vivos con capacidad de hablar y sentir y aunque te parezca increíble tienen inteligencia. La mayor parte de las personas solo usan sus sentidos de manera vana, son capaces de ver, de mirar, pero no de observar. Oyen, pero no escuchan. Comen, pero no diferencian cada uno de los sabores, ni mucho menos la mezcla de ellos. Solo llegan a clasificar los olores en agradables y desagradables. La piel del cuerpo es un prodigio de emociones y sensaciones y tienen su manera de hablar, de hacerse escuchar. Esto es lo primero que debes de conocer, sin embargo, hay otros sentidos que con el tiempo y paciencia tendrás que despertarlos. Y aun siendo una maravilla los que tenemos, tampoco son de confiar, lo que miramos solo es un plano de la realidad y para poder entender y comprender debes de utilizar mucha energía y lo que más deteriora a nuestra fuerza somos nosotros, es decir la importancia que tenemos, que nos damos, y mira que solo somos una parte de la vida».
Los días fueron de intenso trabajo con los sentidos. El cuerpo era ejercitado por las caminatas que se hacían sobre las piedras del río. Me enseñó una marcha tipo militar, que con una venda en los ojos me hacía seguirla utilizando el oído, las vibraciones de su pisada o el olor de manzanilla que utilizaba para su pelo. Hasta que un día en la oscuridad y la neblina fui capaz de ir tras de ella. «Un día correrás detrás de mí en otros planos, agresivos y más oscuros que éste».
De vez en cuando recibía un breve mensaje de él: la gente es muy desconfiada, creen que el cambio de color del agua se debe al uso de un tipo de magia negra. Las muestras que mando a la capital se pierden. Tengo deseos de verte. Estos meses se me han hecho años. No siempre llega señal, tengo que irme a un cerro… Un día dejé de recibir sus brevedades y al principio lo atribuí a la ausencia de señal. Me empecé a inquietar cuando en más de un mes no recibí ni una carita sonriente.
Aymara se dio cuenta de mi ansiedad. «Tiene más de un mes que no sé nada de él». «¿dónde dices que fue?» «al pueblo y sierra de Zacualopán» «Dices que el gato negro es un regalo que te hizo» Asentí. «Antes de que te duermas, piensa intensamente en él y trata de recordar lo que has soñado».
Las enseñanzas me habían cambiado, Mis sentidos poco a poco habían sido entrenados para que los utilizara de la mejor manera. Me hice más callada y aprendí a platicar conmigo. Lo que conocía era solo una pequeña muestra de una concepción más extensa. Un conocimiento que se había heredado de antiguas culturas. Una manera de entender la vida, que mi bisabuelo practicaba.
Esa noche recorrí las vivencias que tuve con él, como es que la vida nos hizo coincidir. Fue tan intenso que lo soñé en su risa, con el fino elástico de su cuerpo cuando corríamos en la playa salpicados por la brisa y el rumor del oleaje. Lo recordé en aquella primera vez, al saber que era virgen, se detuvo. Me escuché con claridad cuando le dije que siguiera. Esa primera vez es un sello imborrable para la memoria de cualquier mujer.

Un tiempo después de estar siguiendo las indicaciones de mi nana. Entre dormida y despierta me dio la impresión de que ella estaba a un lado de mi cama. En otra ocasión la veía de pie con los brazos extendidos haciéndome la seña de la siguiera. Quería hacerlo, pero algo me lo impedía, hasta que me solté y volamos por los cielos de la ciudad. Al despertarme respiré ansiosa el viento fresco de la alborada. No sabía cómo, solo sabía que ella me esperaba en mi estudio. Fui hacia el patio oloroso a rocío. Al abrir la puerta ella estaba aluzada por una veladora. Sin escuchar su voz acaté su orden de que me arrodillara bajo la luz de la veladora. Se hizo un profundo silencio y escuché en mi cabeza una voz desconocida, con un tono hueco pero íntimo.

El peso de una decisión de Rubén García García

Dónde tendría el cerebro para aceptar a este bueno para nada? Ronca peor que cerdo Hace dos años sentí el alboroto de las mariposas. ¡Tan bien que estaba! Si comía bien, si no también. Si quería irme a bailar, lo hacía. Me casé. Ahora tengo que lavar, planchar, hacer de comer, aparte de la joda que te dan en la fábrica de ropa. En la noche quieras o no, si el marido desea tengo que complacerlo. ¡Ah, pero eso no es todo! También tengo que tolerar a sus amigos. «Mi amor tráenos otra cerveza y, más botana para picar». Cuando se van hay que limpiar y poner todo en orden. ¡Escuchen como ronca! Ni la vida le corre. ¡Cómo él no tiene que levantarse temprano! ¿a quién le echo la culpa? Si mi madre viviera tendría que darle la razón. Enojada me decía: «¡Nunca se te va a quitar lo bruta!»

El río de Rubén García García

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Escucho el río, me llena su rumor. Son tantos años de convivir con él, desde mi choza lo disfruto en su ir. En el crepúsculo se encienden las chicharras y junto a las luciérnagas, se hace la fiesta. Un día no estaré. Diré a mis hijos que me laven con su agua, que el rezandero, y el coro estén en silencio, para escucharlo solo a él en su divino rezo.

Poesía japonesa de Rubén García García

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Ayer se oía

el graznar de los patos;

ahora el viento

hace volar las hojas.

Bajé del monte

apresuradamente,

y en la penumbra:

el canto del sinsonte

en mi desolación.

La sed de Rubén García García

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Despertó en la madrugada con sed. Fue a la cocina, abrió la nevera y asió la jarra, que en vez de agua tenía una cara con la boca abierta por donde salía una lengua polvosa y aplanada. Tengo sed, —dijo con voz aniñada. Violentamente se incorporó de la cama con lumbre en la garganta y su corazón desquiciado. Se quedó inmóvil y masacrado, esperando la mañana.

La rana

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Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. La serpiente se ha tragado a sus semejantes, aún de su miedo, ella no renuncia a cantarle al conejo que vive en la luna. Su tono de soprano complace y se suman a la voz el coro de grillos. El tlacuache, el que robó el fuego a los dioses, se ha preparado víbora en su jugo para disfrutar con la panza llena el concierto.

La flor de Rubén García García

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El mismo rosal que vimos aquella noche me ha dado otra flor: bella y perfumada. De ti, solo el recuerdo.

Fugaz de Rubén García García

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La planicie de mi pecho era el descanso de tu mejilla. La palma de mi mano acariciaba la oscuridad de tu pelo, que deja escapar los aromas de manzanilla. Mañana no estarás, eres como una libélula que va, que viene, se asoma y parte. Fugaz siempre fugaz, que al cerrar mis ojos te escondes. ¿De dónde eres? Voy detrás de tu aroma que se desvanece en el zacatal de la sabana. El ladrido de los perros y el silbato de la empresa me hace consciente que tendré que internarme entre la selva para encontrar la chapopotera. A veces, no sé qué me da y creo que estás detrás de una ceiba y despacio voy y solo encuentro una monarca que abre y cierra las alas.

El fotógrafo de la nota roja de Rubén García García

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El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. El periodista comentó con el vecino: «qué mala suerte del occiso que al pasar le haya caído la barda de cantera». «La muerte de él fue, hasta cierto punto, culpa del “Pifas” que es un perro bravo. El difunto y el perro no se tenían simpatía. Muchas veces lo vi molestándolo. Esta vez fue con una varilla, le picó las costillas. El dóberman saltó la protección de herrería, y Gonzalo que así se llamó, cruzó la calle y corrió por donde se alza la barda del convento, y sobrevino el temblor que lo sepultó. «¿y qué fue del perro?». El “Pifas” volvió a saltar la barda y se echó a dormir bajo el árbol.

Estampa de Rubén García García

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Hay voces que vienen de un velorio de hace años, pero no, son las mujeres que cuchichean, mientras tallan la ropa en el vientre rugoso de la piedra. Los niños grandes cuidan a los chicos y las mujeres parece que rezan. Pero no, es el río que murmura. Cerca, los hombres platican y beben. La espuma de la cerveza tunde y resbala. En silencio, ellas esperan a que la ropa esté seca. El ave que estaba en el risco se ha ido, dejando en el desfiladero la tarde noche y el vacío.

Vístete que ya no tarda el camión de media noche de Rubén García García

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No había nada que decirse, nuestras miradas satisfechas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera la lluvia azotaba a los árboles de pino. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres, pero con el deseo de que me viesen saliendo de su casa. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio formal con senos pequeños, pero dispuesta a desposarla.

Abraham de Rubén García García

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—Abraham, Abraham. ¡dónde estás! ¡qué haces! —El viejo deseaba salir de la casa y reunirse con los amigos y distraerse con el juego de fichas chinas.

—Qué sucede mujer.

—Que se terminó el arros, ve a la tienda. —Mejor no puede ser—, así no tendría que inventar. La tienda se encontraba en el centro del pueblo y muy cerca donde estaba la jugada.

Hablaba mocho el español, moreno, de mediana estatura que llegó en plena Revolución al país. Sus paisanos lo apoyaron con mercancía y de casa en casa la ofrecía en abonos. Así la conoció, de quien más adelante se convertiría en su esposa.

Su mujer era incansable, a pesar de haber tenido una gran prole de hombres, no paraba y se hacía obedecer.

A buen paso estaría en la tienda en menos de media hora. Tenía más de una semana que no se veía con los amigos y el negocio de las telas no pasaba buenos momentos, necesitaba plata para ir a surtir, con un poco de suerte y algunos ahorros podría emprender el viaje hacia la capital.

María, mujer con carácter, sólo esperaba el arros y su marido no llegaba. ¡Juan! gritó con enojo. Ve a ver qué pasó con tu padre. Vete con cuidado. Ayer amanecieron dos colgados por las afueras de San mateo. Se fue rápido, era un toro, ancho de espaldas y unas manos que parecían pinzas.

Era tiempo de naranjas y también de tordos, fue juntando los frutos picados y amontonó las hojas. Su cara morena, de grandes ojos, siempre arreglada. chaparrita y siempre usaba zapato con tacón alto. En ese momento nada ni nadie podría sacarle una sonrisa, si algo le encabronaba era perder tiempo.

Cántaro —gritó— Si amá. — Tiene como una hora que mandé a tu padre a que me comprara arros, y no llega, ya se fue Juan a buscarlo, pero ninguno de los dos aparece.

Media hora después y ninguno había llegado. María tenía un nudo de mecates en el pecho. Hablaban los vecinos de la mano negra, una cuadrilla de maleantes que azolaba la región.

El tiempo se hacía eterno. Se cambió de vestido se calzó otras zapatillas de tacón y se fue a ver qué pasaba. El sudor corría por la espalda y miraba para todos lados, pero no aparecía ningún conocido para preguntarle por su esposo y los hijos. Llegó a la tienda con los puños apretados, conteniendo su voz, preguntó

—Don jesus, ¿ha venido Abram a comprarle arros?

—No.

—¿Ha llegado gente extraña?

—Tampoco, ha estado en calma.

—¿No ha visto a mis hijos?

—Al que vi fue al delgado con pelo chino. Me vino a comprar pan y chiles.

—¿Hace que tiempo?

-No tendrá mucho, luego se metió a la casa de Don Regino.

—¿Y que hay en la casa de don Regino?, ¿alguna fiesta?

—No Doña mari, allí se juntan los que juegan una cosa como domino. Porque no pregunta, está como a media cuadra. La casa es de color azul.

—Gracias don jesus y ya que estoy aquí, deme medio kilo de arros.

Sudaba de las manos de tanto tenerlas cerradas. tocó con prisa. Nadie le abrió la puerta. Como estaba a medio cerrar, entró. Recorrió la cortina. Vio en el fondo a su esposo, sus dos hijos y desconocidos que se apiñaban alrededor de una mesa. Todos en silencio. Se acercó y fisgoneo entre los hombros. Al centro había un sujeto fumando moviendo las fichas que cliqueaban al golpearse entre ellas. Después las ordenaba en filas y fue repartiéndolas entre los jugadores. Con sigilo apretó los brazos de sus hijos que al verla bajaron sus cabezas y salieron. Sentían que la mano de su madre los apretaba. Ese no era el dolor, el dolor, vendría despues. les dijo con los ojos que se fueran a la casa.

El padre no se había percatado que la esposa estaba allí. Un viejo jugador, le hizo señas con los ojos, él volteó. Siguió con su cara de madera tallando con las manos las fichas y en un medio español, dijo que era para él la última partida.

Regresaron en silencio. El viejo Abraham se fue a la capital a surtirse de mercancía. Ella reunió a sus hijos, dejó la casa y se fue a buscar trabajo a otra ciudad.