El oficio de Rubén García García

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El silbato sonaba a las seis cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos después volvía a pitar y marcaba el inicio de labores de la empresa. Un día no me desperté, e imaginaba que un buque rompía sobre el oleaje de un rio embravecido. El capitán eludía los gigantescos árboles que la tormenta había segado y desviaba la nave para llevarla hacia el río que cruza el patio de la escuela, para que los niños conocieran el barco y al marinero pata de palo. Del entresueño se abría paso la voz de mi madre que me apuraba a que me levantase a desayunar, cuando preparaba las preguntas para entrevistar al capitán y a Pata de palo, el marinero con su cotorro parlanchín.

Un beso en la mejilla de Rubén García García

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Confidencia de una amiga

Esa tarde llegó su padre y media hora después el esposo. Fernando, su pareja, traía puestos unos lentes oscuros. Se vieron en la sala de estar y cruzaron un saludo parco. Unos segundos después el padre le dijo en tono jocoso y burla.

—¡Qué bien se le ven esas gafas! y sin esperar contestación, volvió con el mismo acento: — ¿Qué, anda de clandestino?

—Para nada suegro, me lastimé un ojo y solo sigo recomendaciones del médico. —Vaya vaya, así parece de la mafia.

Noches después, poco antes del parto, ya en el dormitorio, el esposo le confiesa.

—Hace unos días, por el mercado, encontré a una querida amiga de años y le dio tanto gusto verme que me plantó un beso cerca de la boca.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada, nada, pero creo que tu papá nos vio. ¿Te contó algo?

—Mi padre nunca me dice nada.

—Cómo te he visto seria.

— Qué otra cara puedo tener…me gustaría que cargaras mi panza unos minutos.

El esposo se dio la vuelta y minutos después ya roncaba.

El macho alfa de Rubén García García

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La bruja del barrio de Rubén García García

Revuelcan los olores de fritangas, música y luces de color. Ella camina con caderas de danzón. Calza un vestido que no esconde la sinuosidad de su cuerpo. Lo sabe, y sonríe. Busca un varón, un macho alfa.

Sabe que la siguen, se da la vuelta y sonríe. Se miran, se entienden y acuerdan ir a un privado.

La mañana llegó abrupta, la mujer con caderas de danzón ya no estaba. En el baño había un drama. Un grito implosivo, el alfa tomó conciencia que no tenía a su amigo. Para orinar tuvo que sentarse.

Mueve la cabeza, se dice que es una pesadilla. El tiempo le dice que no, que es ahora una mujercita.

Tiene dos opciones: matarse o aceptar lo que ya es, generalmente pasa lo segundo y al tiempo algunas se convierten en lesbianas, otras, transforman y subliman su realidad y las encuentras como excelentes muchachas que disfrutan del retozo y que luchan por conseguir un trato igual al de los varones. Defienden lo que antes tanto asco y odio les causaba.

Poesía japonesa de Rubén García

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Va la mujer

sobre el acantilado.

Un hombre sueña:

la ve mirando el mar,

mirando el barco

que se hunde como clavo

en el ocaso.

Él ve, que ella lo ve,

lo abraza y se va.

Un buen actor

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Ese día regresábamos de haber recogido la boleta de calificaciones. Dice Roberto ¿qué les parece si cuando lleguemos a casa ponemos una cara de triste?

—para qué, — le contesta Enrique.

—para divertirnos y ver qué cara ponen las mamás.

—¿Y luego? Pregunté.

—Pues luego le enseñamos la boleta y nos reiremos todos.

Días después nos vimos comprando la masa de maíz. Enrique sacó la plática y comentó que su mamá se había dado cuenta de que la estaba engañando y soltó la carcajada. Roberto tomó la masa y se fue.

—¨Pues le fue mal a Roberto…

—¿Cómo sabes?

—Su mamá fue a la casa y platicó con mi mamá. Yo hice como que leía. —¿A ti, tu hijo no te quiso ver la cara de tonta?, verás que el chamaco no me quería enseñar la boleta y le digo, se me hace que reprobaste cabrón, y le vi los ojos tristones a punto de reventar en lágrimas y se me subió lo Matilde a la cabeza y que le doy con la chancla y fue entonces que me enseñó la boleta y vi que estaba aprobado.  Entendí que me quería engañar y que le doy tres más en las nalgas, y le dije: ¡para que no se te ocurra decirme mentiras! Y da gracias a Dios que no le cuente a tu padre.

Actualmente los tres estamos en el sindicato de obreros y Roberto preside la comisión de verdad y ética.

la alborada de Rubén García García

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Una mañana, a la mitad del invierno me levanté a escuchar la alborada. Respiré la envoltura del frío y me despertó entre la enramada el canto del sinsonte. Tenía el color de rosa en el cielo de mis ojos y el murmullo de las hojas columpiándose en mis oídos.

Después de la sequía de Rubén García García

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Bajo la tierra los sapos sueñan con la lluvia. El cielo arde, y el río es un charco de piedras.

Sólo hay sol.

De la noche a la mañana, el día rompe ruidoso. Sin que nadie lo predijese, con la ausencia de los santos, el agua despertó a los tambores del tejado.

La gente salió a bailar bajo el torrente. A los ancianos los pusieron bajo la chorrera y eran niños descubriendo el agua. Más de alguno se fue como esos barquitos de papel que la corriente se los lleva y terminan deshaciéndose.

No es suficiente de Rubén García García

Sendero

Yo di todo, menos el hastío. Me entregué a cien kilómetros por hora, mientras bailabas con las puntas del pie. Escogí mal, es indudable. ¿Y hoy cómo convenzo a mi corazón de que estuve equivocado? Los días son monótonos. Solo yo sabía de mi zozobra, pero aprendí que la sonrisa diaria no contiene el disfraz para devolver el brillo que tuvieron los ojos.

La fotografía de Rubén García García

Sendero

El cura llegó al dormitorio de la señora Josefina Santa Cruz. Sobre la cabecera y sujeto a la pared la imagen de Cristo, una foto de doña José con el obispo. En otra se le miraba con el pelo largo, pantalón deportivo y caminando entre los eucaliptos.

Tenía un probable infarto y su médico ya había iniciado tratamiento. No tardaría en llegar la ambulancia. Tenía una mirada lejana y la tensión daba paso a un estado de sosiego.

El cura Anselmo recordaba las veces que organizó a la comunidad para que la iglesia se mantuviese en buen estado y ordenada. La recordaba rezando en la capilla. Lo hacía a solas. Su conducta humilde, servicial. ¿Qué podría confesar, si ella era toda transparencia? Preguntó suave.

—¿En qué has ofendido al Señor?

—Males antiguos regresan y deseo estar preparada. No lo he ofendido, pero quiero llegar hacia Él, con mi mejor traje.

—Siempre has sido ejemplo de bien, hija mía.

—Mi vida en la comunidad la he hecho con las ventanas abiertas, pero hay espinas que siguen.

—Te escucho.

—Trabajé en la capital, conocí a mi esposo. Formamos un hogar, procreamos dos hijos. Él por sus negocios viajaba frecuentemente. Las veces que llegaba, teníamos intimidad como un mandato, sin provocarme el deseo que alguna vez percibí en mi adolescencia. Así que cuando se ausentaba, nunca lo extrañé como mujer. Mi vida fueron mis hijos, a ellos me dediqué por completo, pero llegó el día en que crecen y el tiempo sobra. Para distraerme, iba a caminar por los bosques cercanos. En esas caminatas conocí a Mireya y después de algún tiempo, llegamos a intimar.

Mireya era sensata, pero la moderación quedaba relegada cuando discernía sobre sexo. Sin tapujos decía lo especial que la hacía sentir.

— ¡Es como estar en un cielo de colores!

— ¿Debes de amar mucho a tu marido? Le decía.

Ella contestaba que el sexo era sexo, que el amor era cosa aparte, pero si se juntaban las dos, entonces se multiplicaba.

Mis experiencias sexuales eran pobres y en el fondo me preguntaba del color y sabor de esas emociones que tan bien describía. Empecé a leer libros acerca del tema, vi algunas películas y mi cabeza empezó a llenarse de imágenes, de actos íntimos. Después, en mis noches de soledad, comencé a fantasear con varones que mi mente construía, hasta que sentí que en mi vientre nacían espirales de fuego y mis manos llegaron a mi entrepierna como alas de mariposa.

—Masturbarse no es pecado, y menos estando sola. Dijo el cura, reacomodándose en la silla.

—Lo hice varias veces. Hasta que pude conectarme con ese cielo de colores del que hablaba mi amiga. Sin embargo, mi conciencia consumía voces culpando mi debilidad. Para calmar mi corazón ayunaba y solía recluirme en la casa de Dios, hasta que llegara la paz. Mis hijos crecieron, mi esposo desapareció. No era nada raro ver a jóvenes en la sala, en el cuarto de ellos, resolviendo tareas escolares. Nunca busqué a mis demonios, ellos llegaban sin día, ni horario. Un calor interno se abría desde mi interior y avasallaba. Mis rezos no bastaban. Me encerraba en mi cuarto y en silencio mis dedos iban por mis rincones, sin que pudiese detenerlos. Me veía percudida por besos y caricias hasta que a mis sienes llegaba el chispazo, abriendo el vientre y desbordando un placer que me hacía lagrimear y gemir. Luego el silencio, después mi dolor de ser tan débil.

El cura acercó su cara hacia la de ella, acarició su frente y apretó su mano.

—Todos tenemos demonios hija mía. Nos hicieron con la misma levadura. Nada de extraño tiene lo que cuentas. Es parte de la vida.

El cura besaba el rosario, pero su mirada veía de reojo la sencillez de la habitación, la ventana que permitía asomarse al jardín. Un estante de libros donde resaltaban dos biblias. A un lado, el baño con la puerta entreabierta donde aún fluía el vapor con aroma de hierbas. Ella apretaba la mano del cura y veía en él, al amigo, al enviado del señor para que pudiese partir con calma. Calma que en su madurez había perdido y fue razón para que ella dejara la ciudad y se allegase a San Benito, para estar en comunión con las montañas, los pinares y Dios.

—Mis demonios me rompieron. — Resonó entrecortada la voz y su eco zarandeo la luz de una veladora. El padre hizo la señal de la cruz y elevó la plegaria entre labios para después decir:

—El Señor perdona. Cuéntame, que, por mis oídos, Él te comprenderá.

Un viento fresco llegaba de los álamos y despejó, poco a poco, las capas de olvido. Se vio en el portón de su residencia. Había salido calzando tenis y un pantalón deportivo. Caminaría con su amiga, que ya la esperaba en la frondosidad del bosque.

Te ves ojerosa. —Le dijo su amiga— Seguramente no dormiste por sentirte sola y le sonrió con picardía. Solo hicieron la mitad del ejercicio planeado y retornaron. Para llegar recordó la sonrisa de su amiga y la chispa en sus ojos. Nunca le dijo que aquella madrugada llegaron a su vientre una bandada de pájaros que retozaron como besos hasta que la dejaron desfalleciente.  Después de las tres de la mañana llegó el sueño.

Llegaba a su casa. La soledad del primer piso de su residencia le hizo recordar que la sirvienta había pedido permiso, pero divisó en una mesa útiles escolares. Pensó que su hijo estaba haciendo tarea con un grupo de amigos en su cuarto. Fue al dormitorio de él, y en su mesa había cuadernos abiertos.

— ¡Cuéntame hija mía, sólo así descansará tu alma, atrévete! Secó las lágrimas de sus ojos.

Escuché ruido en el baño, la puerta estaba entreabierta, penetré con sigilo. Había un joven de perfil, sentado en una esquina de la tina del baño, con los pantalones abajo. Tomaba su miembro con ansiedad y se auto complacía. Quise retirarme, pero me llamó la atención que en su mano izquierda tenía mi corpiño. Se detenía y besaba ambas copas, repitiendo mi nombre. Luego, volvía acariciando el rosa casi rojizo de su glande. Debí sentirme ofendida, pero un bochorno subía de mis pies al vientre, llegándome el sofoco hasta la cara. Cuando aspiraba me puse frente a él y con el índice en mi boca le indiqué que no hiciera ruido. Cerré la puerta del baño y tomé su miembro y lo ayudé a masturbarse. Él hizo lo mismo sobre mi ropa. ¡No sé qué hubiera pasado!, el ruido del portón nos avisó que alguien había entrado. Era mi hijo que llegaba. Él salió, yo me quedé en el baño.

 Regresé al cuarto de mi hijo llevándoles bocadillos y agua fresca. En una distracción le hice la señal de que guardase el secreto. Un día le pregunté a mi hijo por él y me refirió que se había ido. Nunca supe más de él. Más tarde, decidí que era doloroso vivir con recuerdos vivos y vine a san Benito. Lo demás usted lo sabe.

Había comenzado una fina lluvia y el viento mecía los perones del patio. Las campanas de la iglesia repiqueteaban llamando a misa. El cura no se inmutó y dando énfasis a su voz le dijo:

—Hace unos días recibí una carta. Es de un misionero que está en algún lugar.

Ella cerró sus ojos. Sólo se escuchaba el siseo de la respiración. El cura abrió el sobre, y acercándose a ella inició la lectura.

Señora Josefina.

La vida tiene tanto misterio como la muerte. Deseo ser breve. Fui, de joven, impetuoso, viví con pasión y también muy cerca de su casa. Innumerables veces seguía con la mirada su paso hacia el bosque. Me enamoré de usted, pero usted no me veía. Mis noches eran suyas. La coincidencia de estar en un curso con Manuel, su hijo, me permitió entrar a su casa. Esa vez, Manuel tuvo que salir y quedé solo. Entré al baño y vi su ropa y sucumbí cuando la tuve en mis manos y al besarla era como hacerlo con usted. Lo demás lo sabe como yo. Sentí que el cielo de mis valores me aplastaba; y al día siguiente, hice trámites para ser un humilde servidor de Dios. Por favor permita que la vea. Será un gozo para mi corazón. El padre sabe dónde me encuentro.

El sacerdote sintió como ella aflojó sus dedos. Por un momento tuvo la impresión que la vida de ella había acabado, pero al verle el rostro encontró una piel suave, tibia. Ella se metió en un sueño, el cual él no interrumpiría. Tomó un paño fresco y lo pasó por su frente. Estuvo pendiente de ella, hasta que de nuevo abrió sus ojos.

— ¿Cómo lo supo?

—Hace tres años lo conocí. Fue el anfitrión de los sacerdotes que damos servicio en los pueblos indígenas. En su oficina, cuando firmaba papeles de trámite, reconocí la foto de usted en la pared.

— ¿La conoce? Le pregunté.

—Sí, es la mujer más piadosa.

No habló más, ni yo lo quise ofender. Cuando tu gravedad se hizo grande, creí, que él debería de saberlo y le mandé un correo.

—Entonces, ¿él le contó lo que yo le confesé?

— ¡Jamás! El sólo me mandó esta carta que te leí.

—Deme su bendición y si muero, dígale que fue un error y que me perdone.

El sacerdote salió de la habitación. Algunos gemidos se escucharon, pero el cura ordenó que guardaran silencio. Aún está con nosotros y tengo la corazonada que vivirá.

La quiropráctica de Rubén García García

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Anoche llegué con dolor en el cuello y ella, como de recién casados lo hacía, me dijo «¡acuéstate boca abajo!». Preparó sus aceites y pomadas y desde que deslizó su mano sobre mi piel llegó el alivio. Tenía magia en sus manos. «Dobla tu cabeza, lo más que puedas, solo sentirás un piquetito». Efectivamente, solo eso fue lo último que sentí. Ya no más dolor. ¡buena para dar masajes!

Me enterraron en el sótano. Cosa graciosa, en este lugar yo me hacía el muerto para no ser descubierto en el juego de las escondidas.

La duda, entrega siete o anotaciones de una adolescente.

Sendero

Cuando llegué a casa, Aymara tenía café y galletas de harina con canela. Estuve tentada a preguntar, pero me contuve. Ella conoció a mi bisabuelo Anselmo, a mi abuelo Gerardo, a mi abuela Rosa ya finados. Calculo que fueron veinte o más años. «estas galletitas se las hacía a tu papá», «son deliciosas, ¿cómo era la casa cuando llegaste Amayra?” «Parece que por estos lugares el tiempo no ha pasado, con excepción de los arreglos que hiciste».

Fue al final de la plática que me contó. «Conocí a don Anselmo( tu bisabuelo) una tarde fría y lluviosa. Yo Iba con mi padre de regreso a la casa, fuimos al monte por unas hierbas para quitarle la tos y la fiebre a mis hermanos. Él iba al pueblo cuando nos vio. Se bajó del caballo y me puso una manga. Me subió y él se fue a pie platicando con mi padre. A los diez días vino por mí y así fue como llegué a esta casa. Estaba flaca y ojerosa, pero no era tonta. Si lo hubiese sido doña Chofi, la curandera del pueblo, no me hubiese llevado al monte a recolectar sus hierbas. Ella era una mujer de edad, gorda, que tenía dificultades para caminar. Me aprendí el nombre de cada hierba, dónde se encontraba y para qué servía. En los días húmedos recolectábamos hongos buenos, los malos te matan. Meses después, una tarde Don Anselmo me dijo «ha de estar extrañándote doña Chofi» y entendí que aquel encuentro no había sido tan casual, como lo había pensado.

Tu bisabuelo me enseñó el español, a leer, a escribir. Me dio techo, ropa, buena comida y me dio el hábito de hacer ejercicio. Ejercicio era ir al monte y traerle hierbas difíciles de encontrar que se daban en las montañas o en los aguáchales. El procesaba las hojas, las raíces y los hongos y los conservaba en frascos en la sombra y herméticamente cerrados. Siendo ya una jovencita, había aprendido el manejo de las pócimas. Lo acompañaba a ceremonias con sus pares de la región en absoluta discreción. Por supuesto su hijo Gerardo y doña Rosa no tenían idea del respeto que le tenían en la región. Había gente que llegaba del norte, muy lejos. Tu bisabuelo era un hombre de conocimiento. Cuando ella se quedó en silencio, me dijo: “eres ya toda una mujer, seguramente tendrás muchos pretendientes” Solo le contesté con un gracias. Agregué que saldría a terminar el trabajo y que regresaría por la tarde. Sacó de una cartera un seguro plateado. Me pidió que la mano izquierda la pusiera sobre la de ella y con la punta afilada unió mi piel con la suya. Me dolió, pero no moví la mano, una gota de sangre mía se unió a la suya. Rezó con palabras desconocidas y me hizo repetirlas. Sentirás mucho sueño y mañana tu sombra la observarás más oscura. Ágilmente se fue a su recámara y volteó su cara y parecía sonreírme con la mirada.

Dormí profundamente. Cuando llegué al parque él me esperaba. Fuimos al mismo sitio. Era discreto y lo sentí íntimo. Sin embargo, eso ya no me satisfacía, deseaba salir y caminar como cualquier pareja y descansar en alguna esquina para robarle un beso. Me lo reservé para no contaminar el momento. Él me había dicho que cuando lo dispusiera hablaría con mis padres. El problema era yo y las circunstancias.

Acostada sobre su pecho le platiqué lo que había pasado desde que llegó Aymara. De repente, sin pensarlo le dije “siento que ella sabe lo de nosotros” “¿le has contado algo? “para nada”, “¿entonces?”. Razona conmigo: conoció a mi bisabuelo, estuvo con mis abuelos, fue nana de mi papá durante doce o más años. Es cierto que es una anciana, pero tan ágil como una mujer de cuarenta años. Siempre me mira profundamente a los ojos y me dice: «cuídate», Ayer le dije que iba a ser una investigación de campo y hoy que nos juntaríamos para terminar la tarea. Por supuesto la tarea ya la tengo hecha. Ella no me cuestiona, pero yo siento que no me cree y que está esperando a que yo le cuente lo que ella imagina o quizá sabe. Anoche juntamos nuestras manos y con un alfiler de plata unió las pieles, y me hizo repetir lo que ella rezaba. Dormi hondo y relajado, pero sé que soñé, mas no recuerdo qué. Me abrazó y dijo: «ya es tiempo de hablar con tus padres, de esa manera podemos ser como cualquier pareja». Eso me emocionó y lo besé con pasión en la boca y fue uno, luego otro y su palma se deslizó por mi espalda hasta sentir que sus dedos se cerraban en mis nalgas. ¡No sé cuánto tiempo pasaría para volver a verlo!, asi que me dejé llevar por los brotes de luz y calor de nuestra piel. Cuatro horas de deseo, de ser explorada por un varón al que amo, de saber parte por parte donde exhalo intensidad, de saciar mi curiosidad y ejecutar decenas de poses para conocer mis puntos de placer. Para el disfrute sublime es indispensable dejar a un lado todo lo que pueda inhibirlo. Fuera vergüenza. Fuera nausea, Fuera todo pensamiento y emoción que trastorne el movimiento de ir hacía lo profundo y poco a poco brotar como ave hacia las alturas y desgajarte en luces de colores y encontrarte en un crespúsculo, en un rumor de brisa que se ira diluyendo hasta quedar en el manto de la flacidez y el relax.

Como no encontré a Aymara subí al dormitorio. Aun había luz que fue cediendo a la sombra de la noche. Ese momento tan particular que no sabes distinguir si es la alborada o la tarde que se muere. Me atrae el canto de los pájaros chisteadores, pequeñas aves que se ocultan en el ramaje y al cantar emiten un sonido como si te llamaran sacando el aire por los labios. Si no sabes de ellos parecería que son seres fantasmales que te llaman.

En la recámara recree en la memoria la magia del encuentro. Todo influye: un espacio confortable e íntimo, donde tienes la certeza que nada interrumpirá. Un hombre del cual amas, lo deseas y es capaz de hacerte sentir especial; es como subirte a una nave y emprender un viaje hacia el espacio.

Abracé a la almohada apretándola contra mis pechos. Mis pezones seguían sensibles. Y es que mis niñas piden caricias, ser tocadas con sutileza. Que haya terciopelo en las palmas y en la yema de los dedos. Su mano tosca de varon era capaz de convertirse en un lienzo de seda. Su boca húmeda, su lamer exaltaba todas mis terminaciones de placer y en ese hacer del ir y venir, mi pezón exigía ser consumido y succionado. Toda mi epidermis respondió, llevándome a un breve vuelo por un cielo con ruedas fulgurantes. Me dormí con la almohada apretada en mis pechos

La duda, entrega seis, anotaciones de una adolescentes de Rubén García García

Sendero

Toda la noche llovió, mañana las mariposas rodearán las flores del tulipán y quizá mire un colibrí, ¿serán mágicos? No lo sé, pero sé que son fantásticos. Tocaron. Encontré en el zaguán a una señora con su pelo entrecano echado hacia atrás, los surcos de su frente tenues, los ojos vivaces. Una ligera capa de polvo en sus mejillas y en su blusa blanca hilos de colores formando pequeñas rosas. Buscaba a mi padre.

Padre, preguntan por ti. Es una señora de edad que se llama Aymara. “Atiéndela, dale café, pan. Dile que me estoy bañando”.

La miré en el patio, y cerca de ella había mariposas volando. El sol se filtraba a través de las hojas e iluminaba el huipil blanco que parecía lanzar destellos. Me acerqué, y sin voltearse me preguntó, ¿tú eres la hija de René? dije que sí. Le serví un café con pan, y cuando papá se acercó a ella se dieron un abrazo íntimo y fraternal.  Me despedí. Se sonrió. Ve con Dios, me dijo.

Se quedaría con nosotros. Me contrarío con los extraños, pero era decisión de mi padre. Aymara fue quien lo cuidó desde bebé hasta los doce años. Mi padre la recuerda con mucho afecto. Dormiría en la que fue  su recámara.

Yo vi sonreír a mi madre y aceptar la visita con agrado; pero no hay que confundirse. Mi madre es muy amable, pero si le invades su espacio, no es la mejor manera de conseguir su afecto. El espacio de mi madre es toda la casa, el patio y si no va a donde tengo mi estudio es porque le tiene fobia a los ratones y sutilmente le he dicho que de vez en cuando una rata se pasea por los frutales. Otra cosa, las decisiones de mi padre se acatan.

Aymara era muy limpia, acomedida. A las ocho de la mañana el patio se veía reluciente y las plantas habían sido regadas. El café estaba hecho, también unas galletitas de harina que eran la delicia de todos. Más tarde salía con una bolsa de tela que colgaba al hombro. Regresaba después de la comida y se recluía algún tiempo en el cuarto y por la tarde salía a disfrutar el fresco. En otras, platicaba con mis padres. Algunas veces me encontró en el estudio y pasaba a saludarme, de a pocas hicimos amistad. Una tarde le pregunté, muy indiscretamente, pero rectifiqué: “si no desea contestarme, no lo haga y disculpe”. Se sonrío y me apretó la mano. “¿Crees en los sueños?”  Le dije que sí. Ella me dijo que había soñado varías veces con la casa y esa era la razón del porqué había regresado.

Padre nos contaba que la recuerda como una mujer sencilla y amorosa que había llegado de pequeña y que fue integrada con la familia. Era de una comunidad de la sierra. Que ya siendo él un jovencito, un día se despidió. Mis padres creyeron que se había ido con el novio. Solo regresó al funeral de mi abuelo Anselmo. A quien quería como un padre y maestro. ¿Cómo se enteró de su muerte?, si ella tenía años de no estar en la ciudad.

Mis padres estarían con la abuela materna y por supuesto me preguntarían si los acompañaba, como siempre pretexté razones de estudios y aproveché para pedirle permiso, puesto que el inicio de semana tenía que entregar un trabajo (trabajo que ya tenía) acerca de una investigación de campo. No había razón para negármelo. “Solo dile a Aymara a que hora te vas, para que sepa”.

Estaba leyendo en mi “estudio”, cuando ella se asomó. “Te ha quedado bonito”. Se quedó mirando sin ver, y me dijo: “En los tiempos que estaba tu abuela, ella decidió que se utilizara para almacenar trebejos. En un tiempo me sirvió para dormir. Fue tu bisabuelo Anselmo quién me dijo ¡tú dormirás aquí!, tu bisabuelo ya era un hombre mayor y yo una chamaca. Él me enseñó a leer, a escribir. Yo no hablaba español. En pocos años me desarrollé y como sabía el dialecto y conocía mucho de las plantas le fui útil. Tiempo después nació René, tu papá. Le ayudé a tu abuela en la crianza, y las veces que podía regresaba con don Anselmo. “Irinea, por ningún motivo trates de abrir la puerta que tienes escondida detrás del pizarrón. La orden que te doy, es la misma que me dio tu bisabuelo. Me dijo tu mamá que vas a salir. Aprende a cuidarte. Por la noche platicamos y sirve que nos tomamos un café.”

Me quedé pensando, que Aymara es una persona que no se le puede engañar. Tiene un cuerpo frágil, pero la he visto caminar y lo hace ligera y veloz. Siempre va con su bolsa repleta de frascos y no sé qué otras cosas. Sus ojos son vivos y tiene una mirada que lo abarca todo.

Muy temprano salí a encontrarme con él en la plaza, Cuando enfilábamos hacia la carretera, le dije: “hoy no podemos ir tan lejos. La temporada de vacaciones está por iniciarse, llega gente de esta ciudad y no es prudente que alguien me reconozca”.” Hice reservaciones en otro lugar”.

El carro tiene los vidrios ahumados. Puedo ver sin que me miren. Eso daba cierta privacidad. Distraerlo mientras maneja, no es buena idea y como relámpago las palabras de Aymara: “debes de aprender a cuidarte”. Lo más que hacía, cuando el carro se detenía, era tomar su mano y él me daba un beso fugaz en la boca. Sabía a qué iba, pero trataba de disimularlo. Lo amaba, pero que poderoso es el deseo; crecía tanto que podía escuchar los latidos de mi vientre. En un momento, mi mano acarició su pierna y un poco más arriba; me di cuenta que a él le pasaba lo mismo.

En poco tiempo llegamos a una cabaña con un balcón donde se miraban los pinares. El clima caluroso de la costa cambiaba a la mitad de la sierra. Miraba con deleite el bosque cuando sus manos me rodearon la cintura y al besarme el cuello me susurró: “te quiero” y alzando mis brazos acaricié el pelo de su nuca. Sus manos dejaron mi cintura para abarcar mis senos que veloces respondieron. Llevaba una falda corta y percibí su dureza. Recordé que la piel era un manto, lo dejé hacer y me dispuse a sentir. Mi cuerpo era hierba seca y bastaba una chispa para incendiarse. Poseída por el instinto mi cadera iba a su encuentro. A mis oídos resbalaron sus palabras: “No hay nadie, podríamos seguir”, al tiempo que me levantó la falda. “No me siento cómoda”, le dije. Si hubiese seguido mi voluntad se desbarrancaría. Qué fuerza poderosa tiene la tentación; era un vaso con agua frente a un sediento, ¿Quién se negaría a beberlo? En ese momento, tocaron a la puerta. Él se desapartó y poniendo sus ropas en orden fue hacia la entrada. Era un mesero que traía dos desayunos.

Oloroso café, pan de la sierra y huevos con cilantro y epazote. Los placeres de la mesa hay que atenderlos y sin que él me lo pidiese me senté en sus piernas y disfruté del café de olla servido en tazas de barro. La sensación de su brazo alrededor de mi cintura y su mano en mi vientre que iba y venía dejando su calor de varón en la planicie de mi bajo vientre. El fuego estaba.

El tiempo dilatado de Rubén García García

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Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de una tumba. Cuando veía que iban a enterrar a alguien, era tanta fatiga, que me daban ganas de pedirle al difunto que me hiciera un lugar. Una noche me tiré sobre la loza de una sepultura. Por la madrugada sentí como unas manos que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que me desperté. Una luz brillante donde iban y venían, algunos vestidos de blanco otros de azul. Cuchicheaban. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando solo, sin ayuda. Este ya la hizo”. Después recordé que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en una bolsa, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío artificial que a diario me vuelve a matar.