Un radio con frecuencia modulada

Los carpinteros tardaban en demasía. Había costado trabajo ahuyentar a los murciélagos, secar el musgo de las paredes y el olor de la humedad adosada a las paredes. Los carpinteros habían tomado medidas, y tardaría más si no hubiese madera de cedro ya seca. Solo contaba con una mesita, un banquito y un radio que al prenderlo solo escuchaba ruidos. Un radio con frecuencia modulada que vivía en la mudes. -¿Cómo sacarle al radio algo de musiquita? Buscaba algún alambre que sirviera de antena.
-¿Qué hace? estaba tan concentrado que me asusté. Lo miré, lo había visto platicar con mi vecina de enfrente.
– Soy el papa del niño que le ayudará. Cuando le di la mano para saludarlo, su piel era gruesa, áspera, callosa. 
– Tratando de hacer que el radio suene, le contesté. Se acomodó el sombrero de palma, tomo el radio.
– Ese alambre no le servirá, voy a casa y regreso. Le haremos una antena.
Diez minutos después regresó, con una agilidad de mono se trepó hasta colocarse en las vigas que sostenían el tejado, fijo un alambre de cobre de pared a pared e hizo bajar otro que lo conecto a la radio. Llegaron no cinco ni diez sino muchas estaciones que provenían de la ciudad de México. Supe también que él se dedicaba a aserrar los árboles y que me conseguiría madera de cedro ya seca a buen precio. Lo despedí afectuosamente.
Acostado, a la luz del quinqué, escuchaba la voz de Carlitos Gardel, como si él estuviese a mi lado. Llegaba la señal con una nitidez increíble, igual o mejor, y estaba a cuatrocientos kilómetros de ella.

indigena

 

Eveline de James Joyce

Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
-Ahora vive en Melbourne.
Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era esta una decisión inteligente? Trató de sopesar las partes del problema. En su casa por lo menos tenía techo y comida; estaban aquellos a los que conocía de toda la vida. Claro que tenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Tal vez dirían que era una idiota, y la sustituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría. La tenía tomada con ella, sobre todo cuando había gente delante.
-Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estas señoras?
-Por favor, miss Hill, un poco más de viveza.
No iba a derramar precisamente lágrimas por la tienda.
Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño, no pasaría lo mismo. Luego -ella, Eveline- se casaría. Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinte años, a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.
Cuando se fueron haciendo mayores, él nunca le levantó la mano a ella, como sí lo hizo a Harry y a Ernest, porque ella era mujer; pero últimamente la amenazaba y le decía lo que le haría si no fuera porque su madre estaba muerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernest muerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siempre de viaje por el interior. Además, las invariables disputas por el dinero cada sábado por la noche habían comenzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempre entregaba todo su sueldo -siete chelines-, y Harry mandaba lo que podía, pero el problema era cómo conseguir dinero de su padre. Él decía que ella malgastaba el dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el dinero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirara por ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados por la noche siempre regresaba algo destemplado. Al final le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía intención de comprar las cosas de la cena del domingo. Entonces tenía que irse a la calle volando a hacer los recados, agarraba bien su monedero de cuero negro en la mano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casa ya tarde cargada de comestibles. Le costaba mucho trabajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentaran con regularidad. El trabajo era duro -la vida era dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear.
Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank. Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con él en el barco de la noche, y ser su esposa, y vivir con él en Buenos Aires, en donde le había puesto casa. Recordaba bien la primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de la calle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que no habían pasado más que unas semanas. Él estaba parado en la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, con el pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a conocerse bien. Él la esperaba todas las noches a la salida de la tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La muchacha de Bohemia, y ella se sintió en las nubes sentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se enteró de que la enamoraba, y, cuando él cantaba aquello de la novia del marinero, ella siempre se sentía turbada. Él la apodó Poppens, en broma. Al principio era emocionante tener novio, y después él le empezó a gustar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empezado como camarero, ganando una libra al mes, en un buque de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le recitó los nombres de todos los barcos en que había viajado y le enseñó los nombres de los diversos servicios. Había cruzado el estrecho de Magallanes y le narró historia de los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, decía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente. Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo y le prohibió que tuviera nada que ver con él.
-Yo conozco muy bien a los marineros -le dijo.
Un día él sostuvo una discusión acalorada con Frank, y después de eso ella tuvo que verlo en secreto.
En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. La blancura de las cartas se destacaba en su regazo. Una era para Harry; la otra para su padre. Su hermano favorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se había dado cuenta de que su padre había envejecido últimamente: le echaría de menos. A veces él sabía ser agradable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardar cama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y le hizo tostadas en el fogón. Otro día -su madre vivía todavía- habían ido de picnic a la loma de Howth. Recordó cómo su padre se puso el gorro de su madre para hacer reír a los niños.
Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada a la ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirando el olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida, podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extraño que la oyera precisamente esa noche para recordarle la promesa que le hizo a su madre: la promesa de sostener la casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre: de nuevo regresó al cuarto cerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera tocaban una melancólica canción italiana. Mandaron mudarse al organillero dándole seis peniques. Recordó cómo su padre regresó al cuarto de la enferma diciendo:
-¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí!
Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de su madre la tocó en lo más vivo de su ser –una vida entera de sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Temblaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con insistencia insana:
Dedevaun Seraun! ¡Dedevaun Seraun!
Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Escapar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Le daría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir. ¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad. Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos. Sería su salvación.
* * *
Esperaba entre la gente apelotonada en la estación en North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él le hablaba diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto negro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillas iluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y, en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara, que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un largo y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, mañana estaría mar afuera con Frank, rumbo a Buenos Aires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echaría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella? Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó moviendo los labios en una oración silenciosa y ferviente.
Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaban en su seno. Él tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos en la barandilla de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.
-¡Eveline! ¡Evvy!
Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento.

 

 

Renoir Tejedora

Dublineses (Dubliners, 1914), trad. Guillermo Cabrera Infante, Madrid, Alianza, 2001, págs. 34-39

Cuento breve recomendado: «Eveline», de James Joyce

Choka a la cascada

Se alza la espuma
al caer la cascada,
son trenzas de agua,
canciones de sirena
o rezos de montaña.

cascadas

Su ausencia

¡Qué bella es cuando la veo dormir! Su cabellera extendida es un río encrespado. Su pelo fulgura en la copa del cielo. Es mi señora y enriquece mis sentidos al jugar conmigo. Pero la congoja llega si ella se ausenta, y el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol.

mujer-desnuda-pintores-latinoamericanos-juan-carlos-boveri

Magia al ralenti de Elisa Armas

Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero enseguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.

sapo.

Se renta media cama…

poema musical e intimo. me gusta

Avatar de LetrologíasLetrologías

A quien le interese, se renta media cama.

Condiciones:

Ver el aleteo de mariposa de los ojos al despertar,

aceptar tener un juego entre sabanas,

una complicidad en las caricias,

sentir el calor de los versos sobre la piel,

media cama para quien disfrute del desvelo

y la compañía de libros sobre ella.

Se renta media cama…

para quien acepte un café al dormir

y un poema al despertar,

que sepa abrazar una fría espalda

y juegue con unos pequeños senos,

que desayune caricias y beba lágrimas de menta.

Se renta media almohada,

para quien quiera compartir sueños,

media almohada para escuchar pensamientos,

para quien acepte enredos mañaneros de cabello

y sueñe con pasear trigales al anochecer,

para quien proteja la frialdad de un cuarto…

Se renta media cama

Paola Andrea Hernández González.

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Nacida en Facatativá – Cundinamarca, en 1998, participante en distintos recitales como “ojo en la tinta…

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El Túnel de Federico Fuentes Guzmán

De nuevo sobrevino la luz. Lara se limpió los labios con el pañuelo amarillo. Parecía una mujer satisfecha. ¿Cuál de aquellos pasajeros la había besado en el ínterin oscuro del túnel?

pasajera fabio hurtado madrid

Dolor

Por la mañana supe que el velador que años cuidó de mi casa había muerto. Un día antes llegó a mi portón y después de su pago, arrancó en su bicicleta. Ni él, ni yo oteamos la muerte. Me duele su muerte. Con un bate le quitaron sus recuerdos, su vida y el amor que tuvo a sus hijos. Él cuidó mucho tiempo de nuestros árboles, carros, tendederos y, también de nuestros hijos. Me duele porque no fui capaz de sentir la muerte y avisarle.

paisaje 65

Servicios literarios para escritores noveles: ¿Un nido de aves rapaces?

Avatar de julioalejandreEl blog de Julio Alejandre

A lo largo de este y futuros artículos trataremos de analizar más en profundidad el abanico de servicios literarios para escritores noveles que han proliferado en los últimos tiempos. Trataremos de separar el grano de la paja con el objetivo de servir, en la medida de lo posible, de faro a escritores noveles como tú que quieren publicar su primera obra y se encuentran perdidos entre tantos servicios e información que se puede encontrar en internet.

“Planta un árbol, escribe un libro y ten un hijo”: el popular dicho de origen árabe forma, hoy en día, parte consustancial de nuestra sociedad y nuestra filosofía de vida. A medida que ha aumentado el tiempo libre y de ocio, la educación se ha hecho un bien universal y, sobre todo, se ha extendido el uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales, hay cada vez más gente aficionada a la…

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Cómo ocurrió por Isaac Asimov

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo…
Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevo. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro?- dije.
-¿Qué?
Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.
-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?
Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:
-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ése es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio…
-¿De veras han de ser solo seis días, Aaron?
– Seis días, Moisés -dije firmemente.

escriba. Zita dantas

Zita Dantas

Tanka de invierno

Las lanchas vienen
y van cruzando el río;
migran las aves.
Vuelve el frío insolente;
me iré con el recuerdo.

 

invierno Alfred Sisley