En la navidad

Los dias y la vida son breves. Disfruten la compañía de quienes aman. Qué la noche buena que se acerca sea de paz y armonía.
Desea al mundo, a los amigos, a los blogueros un tal Sendero.

flornochebuena

CON AMOR ELENA DE STELLA MANTRANA

Un cuento de Stella. hay que disfrutarlo.» Privilegiada sudamericana, nacida en el país de los Pájaros Pintados, amante de la hermosa costa uruguaya, y orgullosa de pertenecer a la ciudad más arbolada y austral de América del Sur.

 

Avatar de Rubén Garcia García - SenderoPUROCUENTO

Cuando la señora Adela  atendió el llamado de la puerta, un cadete le entregó un ramo de flores, y le dijo que era para ella. Le hizo firmar un recibo, y  comenzó esta pequeña historia.

Cerró, la puerta, con un gran ramo de flores, envuelto, en plástico, que asemejaba a un papel, de celofán, y al abrirlo fué inmensa  su sorpresa, era un ramo grande alargado, que consistía en claveles, a su alrededor, y en el centro dos orquídeas, y todo ello adornado con espárrago. Sujetaba, todo ese conjunto, unas cintas finas blancas, que formaban una pequeña moña.

Buscó la tarjeta, y no la encontró, fué cuando empezó su pesquisa.  No había ningún aniversario, que ameritara, tal atención, no estaba cerca, navidad, ni su cumpleaños, y  lo fundamental, no tenía admirador alguno, porque si existiera,  era como para decir “Locas pasiones a los 70 años” ,o “Conseguir lo imposible sin…

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El trapecista

El trapecista
en las alturas
anhela ser un pájaro.
ya no baja a comer
silba como sinsonte
y de cuando en cuando
picotea su pinole-
El trapecista
cantando morirá.

trape,irene mala

 

Navidad en la selva RGG

En la noche, bajo la ceiba platicaba Don Sapo con el Topo, que traía lentes oscuros, por ser luna. llena. .
―¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo .
―¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Aquí tengo unos dibujos de Santa .
El Topo se quitó los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas .
―¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dice Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad .
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
―¡Claro que sí! – refiere el topo
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel .
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
―¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta , armaron un plan y cada quien se fue por su lado . La noticia corrió de hocico en hocico . Santa Closs vendría a la selva y daría a los cachorros que se hubiesen aplicado en sus quehaceres un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios .
¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá ! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva . ¡Eso no se hace ! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. Dijo el señor Lechuza .
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos , Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―exclama el Topo .
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camelotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
―¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó emocionado, don Sapo .
―¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los animalitos del monte, si en la navidad encontraran en su casa un regalo.
―Pero, ¿y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora le confeccionaré su traje de Papa Noel.
―¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones prestos, llegaron.
―Esta noche traigan muchos juguetes. Ordenó; «cada ratón debe de traer dos por lo menos» .
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
―¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán .
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar, como nuevos, los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo , todos exclamaron: ¡ohh ! fue entonces , que recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO . Don Sapo empezó a practicarla , pero no era convincente , sin embargo , en su corazón retumbaba el JO JO JO .
Un camelote fue adaptado como balsa. Éste fue reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Lo esencial es que esté protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa . Por momentos  parecía decir véanme, y en otras se envolvía entre las nubes . En el primer tercio corrió sin sorpresas; gritos en la lejanía, chicharras en coro. Al llegar a la mitad del trayecto la luna se ocultó. La noche se hizo densa, la brisa se calmó. Ahora, el viento llegaba frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse; se oían silbidos, y el agua del río se encrespó .
Los ojos de Don Sapo no daban crédito. En el agua había círculos de colores. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada le latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre la superficie y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas se ordenaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos los mantenían casi cerrados porqué podrían ser hipnotizadas . Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo  una de ellas logró de un salto descomunal llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo bocado el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante , el Jaguar de un zarpazo le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del río: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso. Las Ratas olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos ! Hay muchos que están de rivera a rivera . Las Nutrias dejaron de avanzar. Los caimanes nadaban lentamente hacia el camelote. La luna abrió un instante dejando ver una fila de ojos de donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes de la isla se agruparon; al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes colas se adelantaron dispuestos a golpear y al derribarlos de la ínsula serían victimados con facilidad . Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
– ¡Cierren los ojos ! ¡cierren los ojos !
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos prendiendo y apagando su luz, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en sus párpados, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Así, mientras los infantes dormían fue dejando a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

SAPO NAVEÑO.

Dicen los que saben Agustín cadena

Una amiga escritora me confió en estos días su preocupación con un problema técnico muy común en nuestro trabajo. Su pregunta era: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?
En primer lugar, habría que preguntarse por qué los escritores de esta época le tenemos tanto miedo al melodrama. Después de todo, como dijo T.S. Eliot,: “No es posible definir drama y melodrama de modo que se excluyan uno al otro; los grandes dramas suelen tener algo de melodramático, y los mejores melodramas llegan a participar de la grandeza del drama”. Por su parte, Fanger y me parece que también algún otro historiador de la literatura definieron al melodrama como tragédie populaire. Cierto: aquí había que atender a las definiciones clásicas de lo trágico, que señalan terror y piedad como sus principales ingredientes, incompatibles con el elemento patético que en cambio es característico del melodrama y del sentimentalismo popular.
Tal vez la repugnancia que sentimos los escritores hacia el melodrama sea precisamente temor a caer en lo patético, a querer representar un gran momento de la vida humana y hacer el ridículo en el intento. Entonces mejor no nos arriesgamos, dado el caso, mejor recurrimos a la elipsis o a la narración indirecta o de plano no nos acercamos a esos momentos. O también, como lo han hecho muchos de nuestros colegas siguiendo la moda imperante, optamos por una visión trivialista de la vida, un discurso deconstruccionista sobre el desmantelamiento de los mitos de la vida emocional, o algo así.
Por otra parte se ha argüido que caer en lo melodramático le quita verosimilitud a la narración. Argumento bastante discutible, porque alguien que sabe hacerlo no tiene por qué padecer ese problema. Y una cosa más que hay que tener en cuenta es que la mayoría de los lectores prefieren una buena novela cursi que una mala novela artística. Después de todo, como Agustín Lara sentenció alguna vez: todo el que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi.
En fin, todo esto viene a que creo que lo más importante ante esta cuestión es relajarse, no tomárselo tan en serio. Total, siempre hay oportunidad de revisar lo escrito y, viéndolo bien, es muy larga la lista de escritores notables a quienes el público lector ha perdonado un párrafo o varias páginas de melcocha, si en el balance general ésta alcanza a justificarse.
En cualquier caso es útil examinar las artes con que algunos maestros han salido airosos del problema. Y de todos los ejemplos que conozco, el que me parece más interesante se encuentra en la obra que Virginia Woolf y muchos otros críticos han aplaudido como la mejor novela de toda la literatura: La guerra y la paz. Como hemos de recordar, una de sus principales líneas argumentales cuenta el romance entre Natasha Rostov y el príncipe Andrei Bolkonsky. Ellos se conocen porque tenían que conocerse (como suele suceder en las novelas y en la vida), se enamoran a primera vista y deciden casarse. Pero ante la oposición de su padre y la necesidad de recuperarse totalmente de una herida de guerra, Andrei le pide a Natasha que pospongan un año la boda. Muy de malas, ella acepta. El príncipe se va a Alemania y desde allá le escribe regularmente a su prometida. Ella le responde del mismo modo. Se extrañan con pasión, como enamorados. Pero ya cerca de que termine el plazo, Natasha se deja deslumbrar por el efébico Anatole Kuragin, desatándose así un conflicto maravilloso que le permitirá a Tolstoy explorar con máxima intensidad sus grandes temas.
Ahora bien, poco después de que los enamorados se conocen, la familia Rostov organiza una partida de caza. Natasha insiste en unirse, a pesar del poco entusiasmo con que los patriarcas de la familia ven su espíritu amazónico. Tolstoy dedica a narrar la cacería dos capítulos admirables, llenos de tensión narrativa, de violencia épica, de poesía. Al final vemos una loba acorralada por los cazadores y los perros. La vemos luchar por su vida con esa ferocidad trágica del que sabe que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. El momento de su muerte es muy poderoso: la imagen se queda en la mente del lector. Luego de este episodio hay un regreso a la vida cotidiana, se vuelve a las otras líneas argumentales y uno ya no piensa más en la loba ni en su mirada a punto de enfrentar a los perros. Pero cuando Natasha, finalmente, confiesa su traición y es interrogada por su familia, Tolstoy ya sólo necesita una pincelada para hacernos entrar en sus emociones: la infiel se queda mirando a sus parientes “como un animal herido mira a la jauría que la acorrala”. No se dice más. No es necesario. No hay lágrimas ni grandes palabras. La imagen de la loba aterrada en medio del bosque salta a la imaginación fundiéndose con la de Natasha y cargando la escena con un sentido ominoso. Es una formidable respuesta a la pregunta de mi amiga: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?
#AgustínCadena

Agustin cadena

Agustín Cadena Rubio nació en el Valle del Mezquital, Ixmiquilpan, Hidalgo, en 1963. Es licenciado en Letras Inglesas y maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Ha sido becario del INBA y del FONCA. Tuvo la beca de Creadores con Trayectoria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo. En 1992 recibió el premio Universidad Veracruzana de ensayo y narrativa; en 1998, el de los Juegos Florales de Lagos de Moreno, Jalisco, en narrativa, y en el mismo año, el Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004. Premio Nacional de Cuento José Agustín, 2005. De 1997 a 2000 fue tutor académico en el Programa de Jóvenes Creadores del FONCA

 

 

Recuerdos que perduran

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Pasarán vientos fríos,tormentas sin fin, penurias socavando, pérdidas horarias que bajarán a diario. Siempre encontrás horcones para sostenerte. Recuerdos que apuntalan lo hermoso que es la vida. Momentos  imborrables como el primer beso, el amor que se acurrucó en tus brazos o bien el reconocimiento del lugar donde naciste.

Los pinches tiranos de Carlos Castaneda

…-¿Usted encontró a un pinche tirano, don Juan?
-Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí. Sin embargo, en aquel entonces, yo me sentía como tú, no podía considerarme afortunado, aunque mi benefactor me decía lo contrario.
Don Juan dijo que su penosa experiencia comenzó unas semanas antes de conocer a su benefactor. Apenas tenia veinte años de edad en aquel entonces. Había conseguido un empleo como jornalero en un molino de azúcar. Siempre había sido muy fuerte, y por eso le era fácil conseguir trabajos para los que se requerían músculos. Un día, mientras movía unos pesados costales de azúcar llegó una señora. Estaba muy bien vestida y parecía ser mujer rica y de autoridad. Dijo don Juan que la señora quizá tenía unos cincuenta años de edad, y que se le quedó viendo, luego habló con el capataz y partió.
El capataz se acercó a don Juan, diciéndole que si le pagaba, él lo recomendaría para un trabajo en la casa del patrón. Don Juan le respondió que no tenía un centavo. El capataz sonrió y le dijo que no se preocupara, que el día de pago tendría bastante. Palmeó la espalda de don Juan y le aseguró que era un gran honor trabajar para el patrón.
Don Juan dijo que, puesto que él era un humilde indio ignorante que vivía al día, no solo se creyó hasta la ultima palabra, sino que hasta creyó que una hada benévola le había hecho un regalo. Prometió pagarle al capataz lo que quisiera. El capataz mencionó una considerable suma, que tenia que pagarse en abonos.
De inmediato, el capataz llevó a don Juan a la casa del patrón que quedaba bastante lejos del pueblo, y ahí lo dejó con otro capataz, un hombre enorme, sombrío y de físico horrible que le hizo muchas preguntas. Quería saber acerca de la familia de don Juan. Don Juan le contestó que no tenía familia alguna. Eso agradó tanto al hombre que llegó a sonreír, mostrando sus dientes carcomidos.
Le prometió a don Juan que le pagarían mucho, y que incluso estaría en posición de ahorrar dinero, porque no tendría que gastarlo ya que iba a vivir y comer en la casa.
La manera como el hombre se rió aterró tanto a don Juan que de inmediato trató de salir corriendo. Llegó hasta la entrada, pero el hombre le cortó el camino con un revólver en la mano. Lo amartilló y lo empujó con fuerza contra el estómago de don Juan.
-Estás aquí para trabajar como burro -dijo-. Que no se te olvide.
Con mucha fuerza empujó a don Juan, y le pegó con un garrote. Lo arrastró a un costado de la casa y después de comentar que él hacía trabajar a sus hombres de sol a sol y sin descanso, puso a trabajar a don Juan, desenterrando dos enormes troncos de árbol cortados. También le dijo a don Juan que si otra vez intentaba escapar o acudir a las autoridades lo mataría a balazos.
-Trabajarás aquí hasta que te mueras -le dijo-. Y después otro indio tomará tu puesto, así como tú estás tomando el puesto de un indio muerto.
Don Juan dijo que la casa parecía una fortaleza inexpugnable, con hombres armados con machetes por doquier. Así que hizo lo único sensato que podía hacer: ponerse a trabajar y tratar de no pensar en sus cuitas. Al final de la jornada, el hombre regresó y, porque no le gustó la mirada desafiante en los ojos de don Juan, se lo llevó a patadas hasta la cocina. Amenazó a don Juan con cortarle los tendones de los brazos si no le obedecía.
En la cocina una vieja le sirvió comida, pero don Juan estaba tan perturbado que no podía comer. La vieja le aconsejó que comiera todo porque tenía que fortalecerse ya que su trabajo jamás terminaría. Le advirtió que el hombre que ocupaba su lugar había muerto el día anterior. Estaba demasiado débil y se cayó de una ventana del segundo piso.
Don Juan dijo que trabajó en la casa del patrón por tres semanas, y que el hombre abusó de él a cada instante. Bajo la amenaza constante de su cuchillo, pistola o garrote, el capataz lo hizo trabajar en las más peligrosas condiciones, haciendo los trabajos más pesados que es posible imaginar. Cada día lo mandaba a los establos a limpiar los pesebres mientras seguían en ellos los nerviosos garañones. Al comenzar el día, don Juan tenia siempre la certeza de que no iba a sobrevivirlo. Y sobrevivir sólo significaba que tendría que pasar otra vez por el mismo infierno al día siguiente.
Lo que precipitó la escena final fue la petición que don Juan hizo en un día feriado. Pidió unas horas para ir al pueblo a pagarle el dinero que le debía al capataz del molino de azúcar. Era un pretexto. El capataz se dio cuenta y repuso que don Juan no podía dejar de trabajar, ni siquiera un minuto, porque estaba endeudado hasta las orejas por el solo privilegio de trabajar allí.
Don Juan tuvo la certeza de que ahora si estaba perdido. Entendió las maniobras de los dos capataces: estaban de acuerdo para hacerse de indios pobres del molino, trabajarlos hasta la muerte y dividirse sus salarios. Al darse cabal cuenta de todo esto don Juan explotó. Comenzó a dar gritos histéricos; gritando atravesó la cocina y entró a la casa principal. Sorprendió tan por completo al capataz y a los otros trabajadores que pudo salir corriendo por la puerta delantera. Casi logró huir, pero el capataz lo alcanzó y en medio del camino le pegó un tiro en el pecho y lo dio por muerto.
Don Juan dijo que su destino no fue morir; ahí mismo lo encontró su benefactor y lo cuidó hasta que se repuso.
-Cuando le conté toda la historia a mi benefactor -prosiguió don Juan-, apenas logró contener su emoción. “Ese capataz es un verdadero tesoro” dijo mi benefactor. “Es algo demasiado raro para ser desperdiciado. Algún día tienes que volver a esa casa”.
“Se deshacía en elogiar a mi suerte de encontrar un pinche tirano, único en su género, con un poder casi ilimitado. Pensé que el señor estaba loco. Me tomó años entender cabalmente lo que me dijo en ese entonces.
-Este es uno de los relatos más horribles que he escuchado en mi vida -dije-. ¿Realmente volvió usted a esa casa?
-Claro que volví, tres años después. Mi benefactor tenia razón. Un pinche tirano como aquel era único en su género y no podía desperdiciarse.
-¿Cómo logró usted regresar?
-Mi benefactor ideó una estrategia utilizando los cuatro atributos del ser guerrero: control, disciplina, refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno.
Don Juan dijo que su benefactor, al explicarle lo que él tenía que hacer en la casa del patrón para enfrentar a aquel ogro de hombre, también le reveló que los nuevos videntes consideraban que habían cuatro pasos en el camino del conocimiento. El primero es el paso que dan los seres humanos comunes y corrientes al convertirse en aprendices. Al momento que los aprendices cambian sus ideas acerca de sí mismos y acerca del mundo, dan el segundo paso y se convierten en guerreros, es decir, en seres capaces de la máxima disciplina y control sobre si mismos. El tercer paso, que dan los guerreros, después de adquirir refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno, es convertirse en hombres de conocimiento. Cuando los hombres de conocimiento aprenden a ver, han dado el cuarto paso y se han convertido en videntes.
Su benefactor recalcó el hecho de que don Juan ya había recorrido el camino del conocimiento lo suficiente para haber adquirido un mínimo de los dos primeros atributos: control y disciplina.
-En aquel entonces, me estaban vedados los otros dos atributos -prosiguió don Juan-. El refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno quedan en el ámbito del hombre de conocimiento. Mi benefactor me permitió el acceso a ellos a través de su estrategia…
…-Ese señor no era nada en comparación con los verdaderos monstruos que los nuevos videntes enfrentaron durante la Colonia. Todo parece indicar que aquellos videntes se quedaron bizcos de tanta diversión. Probaron que hasta los peores pinches tiranos son un encanto, claro esta, siempre y cuando uno sea guerrero.
Don Juan explicó que el error de cualquier persona que se enfrenta a un pinche tirano es no tener una estrategia en la cual apoyarse; el defecto fatal es tomar demasiado en serio los sentimientos propios, así como las acciones de los pinches tiranos. Los guerreros por otra parte, no solo tienen una estrategia bien pensada, sino que están también libres de la importancia personal. Lo que acaba con su importancia personal es haber comprendido que la realidad es una interpretación que hacemos. Ese conocimiento fue la ventaja definitiva que los nuevos videntes tuvieron sobre los españoles.
Dijo que estaba convencido de que podía derrotar al capataz usando solamente la convicción de que los pinches tiranos se toman mortalmente en serio, mientras que los guerreros no.
Siguiendo el plan estratégico de su benefactor, don Juan volvió a conseguir trabajo en el mismo molino de azúcar. Nadie recordó que él trabajó allí; los peones trabajaban en el molino de azúcar por temporadas.
La estrategia de su benefactor especificaba que don Juan tenia que ser esmerado y circunspecto con quien fuera que llegara buscando otra víctima. Resultó que la misma señora llegó, como lo había hecho años antes y se fijó inmediatamente en don Juan, quien tenía aún más fuerza física que la vez anterior.
Tuvo lugar la misma rutina con el capataz. Sin embargo, la estrategia requería que don Juan, desde el principio, rehusara pago alguno al capataz. Al hombre jamás se le había hecho eso, y quedó asombrado. Amenazó con despedir a don Juan del trabajo. Don Juan lo amenazó por su parte, diciendo que iría directamente a la casa de la señora a verla. Le dijo al capataz que él sabía donde vivía ella, porque trabajaba en los campos aledaños cortando caña de azúcar. El hombre comenzó a regatear, y don Juan le exigió dinero antes de aceptar ir a casa de la señora. El capataz cedió y le entregó algunos billetes. Don Juan se dio perfecta cuenta de que el capataz accedía sólo como ardid para conseguir que aceptara el trabajo.
El mismo me llevó de nuevo a la casa -dijo don Juan-. Era una vieja hacienda propiedad de la gente del molino de azúcar; hombres ricos que o bien sabían lo que pasaba y no les importaba, o eran demasiado indiferentes para darse cuenta.
“En cuanto llegamos ahí, corrí a buscar a la señora. La encontré, caí de rodillas y besé su mano para darle las gracias. Los dos capataces estaban lívidos.
“El capataz de la casa me hizo lo mismo que antes. Pero yo estaba preparadísimo para tratar con él; tenía yo control y disciplina. Todo resultó tal como lo planeó mi benefactor. Mi control me hizo cumplir con las más absurdas necedades del tipo. Lo que generalmente nos agota en una situación como ésa es el deterioro que sufre nuestra importancia personal. Cualquier hombre que tiene una pizca de orgullo se despedaza cuando lo hacen sentir inútil y estúpido.
“Con gusto hacía yo todo lo que el capataz me pedía. Yo estaba feliz y lleno de fuerza. Y no me importaban un comino mi orgullo o mi terror. Yo estaba ahí como guerrero impecable. El afinar el espíritu cuando alguien te pisotea se llama control.”
Don Juan explicó que la estrategia de su benefactor requería de que en lugar de sentir compasión por sí mismo, como lo había hecho antes, se dedicara de inmediato a explorar el carácter del capataz, sus debilidades, sus peculiaridades.
Encontró que los puntos más fuertes del capataz eran su osadía y su violencia. Había balaceado a don Juan a plena luz del día y ante veintenas de espectadores. Su gran debilidad era que le gustaba su trabajo y que no quería ponerlo en peligro. Bajo ninguna circunstancia intentaría matar a don Juan dentro de la propiedad, durante el día. Su otra gran debilidad consistía en que era hombre de familia. Tenia una esposa e hijos que vivían en una casucha cerca de la casa.
-Reunir toda esta información mientras te golpean se llama disciplina -dijo don Juan-. El hombre era un demonio. No tenia ninguna gracia que lo salvara. Según los nuevos videntes, el perfecto pinche tirano no tiene ninguna característica redentora.
Don Juan dijo que los dos últimos atributos del ser guerrero, que él aún no tenia en aquel entonces, habían quedado automáticamente incluidos en la estrategia de su benefactor. El refrenamiento es esperar con paciencia, sin prisas, sin angustia; es una sencilla y gozosa retención del pago que tiene que llegar.
-Mi vida era una humillación diaria -prosiguió don Juan-, a veces hasta lloraba cuando el hombre me pegaba con su látigo, y sin embargo, yo era feliz. La estrategia de mi benefactor fue lo que me hizo aguantar de un día a otro sin odiar a nadie. Yo era un guerrero. Sabía que estaba esperando y sabía qué era lo que esperaba. Precisamente en eso radica el gran regocijo del ser guerrero.
Agregó que la estrategia de su benefactor incluía acosar sistemáticamente al hombre, escudándose siempre tras un orden superior, así como habían hecho los videntes del nuevo ciclo, durante la Colonia, al escudarse con la iglesia católica. Un humilde sacerdote era a veces más poderoso que un noble.
El escudo de don Juan era la señora dueña de la casa. Cada vez que la veía se hincaba ante ella y la llamaba santa. Le rogaba que le diera la medalla de su santo patrón para que él pudiera rezarle por su salud y bienestar.
-Me dio una medalla de la virgen -prosiguió don Juan-, y eso casi aniquiló al capataz. Y cuando conseguí que las cocineras se reunieran a rezar por la salud de la patrona casi sufrió un ataque al corazón. Creo que entonces decidió matarme. No le convenía dejarme seguir adelante.
“A manera de contramedida organicé un rosario entre todos los sirvientes de la casa. La señora creía que yo tenia todas las características de un santo.
“Después de aquello ya no dormía profundamente, ni dormía en mi cama. Cada noche me subía al techo de la casa. Desde allí vi dos veces al hombre llegar a mi cama con un cuchillo.
“Todos los días me empujaba a los pesebres de los garañones con la esperanza de que me mataran a patadas, pero yo tenia una plancha de tablas pesadas que apoyaba en una de las esquinas. Yo me escondía detrás de ella y me protegía de las patadas de caballo. El hombre nunca lo supo porque los caballos le daban náuseas; era otra de sus debilidades, la más mortal de todas, como resultó al fin.
Don Juan dijo que la habilidad de escoger el momento oportuno es una cualidad abstracta que pone en libertad todo lo que está retenido. Control, disciplina y refrenamiento son como un dique detrás del cual todo está estancado. La habilidad de escoger el momento oportuno es la compuerta del dique.
El capataz sólo conocía la violencia, con la cual aterrorizaba. Si se neutralizaba su violencia quedaba casi indefenso. Don Juan sabía que el hombre no se atrevería a matarlo a la vista de la gente de la casa, así. que un día, en presencia de otros trabajadores y también de la señora, don Juan insultó al hombre. Le dijo que era un cobarde y un asesino que se amparaba con el puesto de capataz.
La estrategia de su benefactor exigía que don Juan estuviera alerta para escoger y aprovechar el momento oportuno y voltearle las cartas al pinche tirano. Cosas inesperadas siempre suceden así. De repente, el más bajo de los esclavos se burla del déspota, lo vitupera, lo hace sentirse ridículo frente a testigos importantes, y luego se escabulle sin darle tiempo de tomar represalias.
-Un momento después -prosiguió don Juan-, el hombre enloqueció de rabia, pero yo ya estaba piadosamente hincado frente a la patrona.
Don Juan dijo que cuando la señora entró a su recamara, el capataz y sus amigos lo llamaron a la parte trasera de la casa, supuestamente para hacer un trabajo.
El hombre estaba muy pálido, blanco de ira. Por el tono de su voz don Juan supo lo que el hombre pensaba hacer con él. Don Juan fingió obedecer, pero en vez de dirigirse adonde el capataz le ordenaba corrió hacia los establos. Confiaba en que los caballos harían tanto ruido que los dueños de la casa saldrían a ver lo que pasaba. Sabía quo el hombre no se atrevería a dispararle, y que tampoco se acercaría adonde estaban los caballos. Esa suposición no se cumplió. Don Juan había empujado al hombre más allá de sus límites.
-Salté al pesebre del más salvaje de los caballos -dijo don Juan-, y el pinche tirano, cegado por la rabia, sacó su cuchillo y se metió tras de mí. Al instante, me escondí detrás de mis tablas. El caballo le dio una sola patada y todo acabó.
“Yo había pasado seis meses en esa casa,. y durante ese periodo ejercí los cuatro atributos de ser guerrero. Gracias a ellos había triunfado. Ni una sola vez. sentí compasión por mí mismo, ni lloré de impotencia. Sólo sentí regocijo y serenidad. Mi control y mi disciplina estuvieron afilados como nunca lo estuvieron. Además, experimenté directamente, aunque no los tenía, lo que siente el guerrero impecable cuando usa el refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno.”
“Mi benefactor explicó algo muy interesante. Refrenamiento significa retener con el espíritu algo que el guerrero sabe que justamente debe cumplirse. No significa que el guerrero ande por ahí pensando en hacerle mal a alguien, o planeando cómo vengarse y saldar cuentas. El refrenamiento es algo independiente. Mientras el guerrero tenga control, disciplina y la habilidad de escoger el momento oportuno, el refrenamiento asegura que recibirá su completo merecido quienquiera que se lo haya ganado.”
-¿Triunfan alguna vez los pinches tiranos, y destruyen al guerrero que se les enfrenta? -pregunté.
-Desde luego. Durante la Conquista y la Colonia los guerreros murieron como moscas. Sus filas se vieron diezmadas. Los pinches tiranos podían condenar a muerte a cualquiera, por un simple capricho. Bajo ese tipo de presión, los videntes alcanzaron estados sublimes.
Aseguró don Juan que, en esa época, los videntes que sobrevivieron tuvieron que forzarse hasta el límite para encontrar nuevos caminos.

 

tirano

(Carlos Castaneda : El fuego interno) 

El arte de escuchar de Henning Mankell

«La manera más simple de entender lo que aprendí en África es a través de una parábola sobre por qué los seres humanos tenemos dos orejas y una lengua. ¿Por qué? Probablemente porque deberíamos escuchar dos veces más de lo que hablamos.

En África, escuchar es un principio guía. Ese principio se fue perdiendo con la continua cháchara del mundo occidental, donde nadie parece tener ganas o tiempo para escuchar al otro. Por mi propia experiencia, he notado que tengo que responder más rápidamente en las entrevistas televisivas en comparación con el tiempo que tenía hace diez años, o cinco. Es como si se hubiese perdido la habilidad de escuchar. Hablamos, hablamos, hablamos, y terminamos asustados por el silencio, el refugio de quienes no tienen una respuesta.

Recuerdo cuando la literatura de América del Sur se instaló en la conciencia popular y cambió para siempre nuestra visión de la condición humana y lo que significa «el ser». Ahora pienso que es el turno de Africa.

En todas partes, los africanos escriben y cuentan historias.

Estoy convencido de que muy pronto la literatura africana irrumpirá en el mundo, de manera similar a lo que ocurrió con la literatura Sudamericana años atrás, cuando Gabriel Garcia Marquez y otros grandes escritores lideraron una revuelta tumultuosa y emocional contra la “verdad fosilizada”.

Pronto la literatura Africana ofrecerá una nueva perspectiva sobre la condición humana. El escritor de Mozambique: Mia Couto, por ejemplo, ha creado un nuevo «realismo mágico» que mezcla el lenguaje escrito con lo más importante de la tradición oral de Africa.

Si somos capaces de escuchar, descubriremos que muchas narraciones africanas tienen estructuras completamente distintas a las que estamos acostumbrados. La literatura occidental generalmente es lineal, va desde el principio al fin sin mayores digresiones, en tiempo y espacio.

Este no es el caso en Africa. Aquí, en lugar de una narrativa lineal, existe una narrativa desmedida y exuberante, que salta hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y mezcla el pasado y el presente de manera conjunta. Alguien que murió hace mucho tiempo, por ejemplo, puede intervenir con toda “naturalidad” en una conversación entre dos personas que están vivas.

Los nómades, que todavía habitan el desierto de Kalahari, se cuentan historias unos a otros cuando caminan, durante días, para recolectar raíces comestibles y cazar animales. A menudo se cuentan más de una historia simultáneamente. A veces narran tres o cuatro historias aparentemente independientes pero, antes de volver al lugar donde pasarán la noche, se las arreglan para entretejer las historias  o bien dividirlas definitivamente: darles un final diferente cada uno.

Hace unos años me senté en un banco de plaza, en Maputo. Dos viejos africanos, que estaban sentados antes de mi llegada, me hicieron un lugar. En Africa no solo se comparte el agua, los africanos son también generosos con la sombra.

Escuchaba a los dos hombres hablar acerca de un tercero que había muerto recientemente. Uno de ellos dijo, “Estaba visitándolo en su casa. El me contó una historia fascinante sobre algo que le había pasado cuando era joven. Era una larga historia. Se hizo de noche y la historia no había terminado. Quedamos en que yo regresaría al día siguiente para escuchar el resto.

Cuando volví, ansioso por escuchar el final del relato, él estaba muerto”.

El hombre calló. Decidí no dejar el banco hasta escuchar la respuesta del otro hombre. Tuve el presentimiento de que iba a ser algo muy importante.

Finalmente, el otro hombre habló:

“Esa no es una buena manera de morir. No hay que morirse antes de contar el final de la historia”

Mientras escuchaba a estos dos hombres se me ocurrió que una mejor definición de “Homo Sapiens” debía ser “Homo Narrans”, hombre que cuenta, que narra.

Lo que nos diferencia de los animales es la posibilidad de escuchar los sueños, los miedos, las alegrías, las tristezas, los deseos, los fracasos de los otros, y que ellos pueden escuchar los nuestros.

Mucha gente comete el error de confundir información con “conocimiento” o “sabiduría”. No es lo mismo.  El conocimiento acarrea la interpretación de la información. El conocimiento demanda escucha.

Por eso, si estoy en lo cierto respecto a que somos “criaturas narrantes”, y mientras nos permitamos quedarnos callados un rato de vez en cuendo, la narración continuará para siempre. 

Muchas palabras serán escritas en el viento y en la arena, o terminarán en algún oscuro medio digital. Pero el contar historias continuará mientras haya, al menos, un ser humano que pueda contar.

En ese momento, ese ser humano debería enviar la gran crónica de la humanidad hacia el espacio eterno. 

Quién sabe. Quizás haya alguien allí afuera, deseando escuchar.»

 

Extraído de un texto de Henning Mankell, publicado en “The New York Times” (10-12-11).

 

Maputo, Mozambique.

 

Henning Mankell es sueco.

Eligió ir a África porque el boleto de avión era más barato que uno para Sudamérica o para Asia. Se quedó en Mozambique un tiempo y fue viviendo un tiempo en África, un tiempo en Suecia, alternadamente durante veinticinco años. El motivo de vivir en dos países, en dos continentes, tuvo que ver con su deseo de “poder ver más claramente, comprender”.

 

 

 

Traducción: María Copeiro.

Adaptación: Humberto Guido Meoli.

Tomado del Fb