“La manera más simple de entender lo que aprendí en África es a través de una parábola sobre por qué los seres humanos tenemos dos orejas y una lengua. ¿Por qué? Probablemente porque deberíamos escuchar dos veces más de lo que hablamos.

En África, escuchar es un principio guía. Ese principio se fue perdiendo con la continua cháchara del mundo occidental, donde nadie parece tener ganas o tiempo para escuchar al otro. Por mi propia experiencia, he notado que tengo que responder más rápidamente en las entrevistas televisivas en comparación con el tiempo que tenía hace diez años, o cinco. Es como si se hubiese perdido la habilidad de escuchar. Hablamos, hablamos, hablamos, y terminamos asustados por el silencio, el refugio de quienes no tienen una respuesta.

Recuerdo cuando la literatura de América del Sur se instaló en la conciencia popular y cambió para siempre nuestra visión de la condición humana y lo que significa “el ser”. Ahora pienso que es el turno de Africa.

En todas partes, los africanos escriben y cuentan historias.

Estoy convencido de que muy pronto la literatura africana irrumpirá en el mundo, de manera similar a lo que ocurrió con la literatura Sudamericana años atrás, cuando Gabriel Garcia Marquez y otros grandes escritores lideraron una revuelta tumultuosa y emocional contra la “verdad fosilizada”.

Pronto la literatura Africana ofrecerá una nueva perspectiva sobre la condición humana. El escritor de Mozambique: Mia Couto, por ejemplo, ha creado un nuevo “realismo mágico” que mezcla el lenguaje escrito con lo más importante de la tradición oral de Africa.

Si somos capaces de escuchar, descubriremos que muchas narraciones africanas tienen estructuras completamente distintas a las que estamos acostumbrados. La literatura occidental generalmente es lineal, va desde el principio al fin sin mayores digresiones, en tiempo y espacio.

Este no es el caso en Africa. Aquí, en lugar de una narrativa lineal, existe una narrativa desmedida y exuberante, que salta hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y mezcla el pasado y el presente de manera conjunta. Alguien que murió hace mucho tiempo, por ejemplo, puede intervenir con toda “naturalidad” en una conversación entre dos personas que están vivas.

Los nómades, que todavía habitan el desierto de Kalahari, se cuentan historias unos a otros cuando caminan, durante días, para recolectar raíces comestibles y cazar animales. A menudo se cuentan más de una historia simultáneamente. A veces narran tres o cuatro historias aparentemente independientes pero, antes de volver al lugar donde pasarán la noche, se las arreglan para entretejer las historias  o bien dividirlas definitivamente: darles un final diferente cada uno.

Hace unos años me senté en un banco de plaza, en Maputo. Dos viejos africanos, que estaban sentados antes de mi llegada, me hicieron un lugar. En Africa no solo se comparte el agua, los africanos son también generosos con la sombra.

Escuchaba a los dos hombres hablar acerca de un tercero que había muerto recientemente. Uno de ellos dijo, “Estaba visitándolo en su casa. El me contó una historia fascinante sobre algo que le había pasado cuando era joven. Era una larga historia. Se hizo de noche y la historia no había terminado. Quedamos en que yo regresaría al día siguiente para escuchar el resto.

Cuando volví, ansioso por escuchar el final del relato, él estaba muerto”.

El hombre calló. Decidí no dejar el banco hasta escuchar la respuesta del otro hombre. Tuve el presentimiento de que iba a ser algo muy importante.

Finalmente, el otro hombre habló:

“Esa no es una buena manera de morir. No hay que morirse antes de contar el final de la historia”

Mientras escuchaba a estos dos hombres se me ocurrió que una mejor definición de “Homo Sapiens” debía ser “Homo Narrans”, hombre que cuenta, que narra.

Lo que nos diferencia de los animales es la posibilidad de escuchar los sueños, los miedos, las alegrías, las tristezas, los deseos, los fracasos de los otros, y que ellos pueden escuchar los nuestros.

Mucha gente comete el error de confundir información con “conocimiento” o “sabiduría”. No es lo mismo.  El conocimiento acarrea la interpretación de la información. El conocimiento demanda escucha.

Por eso, si estoy en lo cierto respecto a que somos “criaturas narrantes”, y mientras nos permitamos quedarnos callados un rato de vez en cuendo, la narración continuará para siempre. 

Muchas palabras serán escritas en el viento y en la arena, o terminarán en algún oscuro medio digital. Pero el contar historias continuará mientras haya, al menos, un ser humano que pueda contar.

En ese momento, ese ser humano debería enviar la gran crónica de la humanidad hacia el espacio eterno. 

Quién sabe. Quizás haya alguien allí afuera, deseando escuchar.”

 

Extraído de un texto de Henning Mankell, publicado en “The New York Times” (10-12-11).

 

Maputo, Mozambique.

 

Henning Mankell es sueco.

Eligió ir a África porque el boleto de avión era más barato que uno para Sudamérica o para Asia. Se quedó en Mozambique un tiempo y fue viviendo un tiempo en África, un tiempo en Suecia, alternadamente durante veinticinco años. El motivo de vivir en dos países, en dos continentes, tuvo que ver con su deseo de “poder ver más claramente, comprender”.

 

 

 

Traducción: María Copeiro.

Adaptación: Humberto Guido Meoli.

Tomado del Fb