El ocaso

 

 

Vendrá el ocaso.
Las nubes aúllan al sol.
Nada interrumpe
mi voluntad de tejer el recuerdo
como eficaz hilandera.
 
Hay dolores que revientan y no duelen
 o felicidades que no envanecen.
Alabo el sacerdote que nunca ha dejado de ser pobre y que ahora es viejo y amado.
Admiro a la mujer que es feliz,
así sean murmurados sus quehaceres.
A mi edad nada me asombra;
me perturban culpas que no puedo remediar y vivo con ellas.
 La mujer oscura duerme a mi lado y me acicala en la profundidad del sueño.
Me admiran las garzas que llegan, el croar de las ranas y los gritos de las chachalacas,
Me admira la hierba que siempre florece
Me entusiasma vivir, pero entiendo que todo lo que inicia termina y mi vida tiene aroma a barro.

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También la veo mirar el cielo

La intensa lluvia,
opacó el parabrisas
detuve el carro
y entre mimos y besos
se encendió el fuego.
ahora miro el cielo
escrutando las nubes.

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De la soledad

Desde niños conocemos la soledad. La percibimos cuando mamá no está por ninguna parte, pero después de estar concientes del hecho, algo más intimo e intenso nos abraza. Viviremos con ella toda la vida y es necesaria para encontrarnos, pero si se hace presente día a día, minuto a minuto, entonces se hace indeseable y destructiva.

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La sala de espera Ana María Shua

 En la sala de espera, los pacientes intercambian información sobre sus enfermedades. El doctor es impuntual, la espera es larga, el doctor es tacaño, no hay revistas. La secretaria se queja: hay que rehacer una y otra vez las historias clínicas cuando los pacientes, aburridos, se entretienen intercambiando enfermedades. Una noche, la señora que limpia el consultorio encuentra en el cenicero atestado de colillas una obstrucción del colédoco con la que nadie se quiso quedar.

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Ana María Shua

Alfajores

Tu boca de alfajor.
Lengua húmeda,
que degusto con mi lengua.
Lenguas abrasadas,
suspiros que gimen.
Boca de pan crujiente
con miel de azahares.
enfriemos el tiempo
que se quede inmovil
en su escondite de ambar.

alfajor

Trotando

Al trotar rompe el silencio de la madrugada fría y se escuchan chillidos que llegan de la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la torre de la iglesia ilumina el rocío de la hierba. La mirada de ella se fuga; surge el color del pasado. Recuerda su cara, que es la que ahora ve en sus hijos.
Al pasar por la escuela en la que estudió la primaria, se mira con sus amigas, ¿qué habrán hecho de su vida? Reconoce la casa donde vivió con sus hermanos, parece oír la voz de su madre, que la abrazaba en las noches heladas. Amanece, se oye el chiflido de los pájaros, el aroma de los pinos, el color rosa de la alborada que cruza la cordillera. Aparece en la mente el novio, que al tiempo sería su esposo. Suspira. Se entregó a él sin condiciónes; en un siempre que se perdió.
Al subir el lomerio la respiración se hace asmática, el sudor recorre su piel. Los días de criansa fueron intensos, acostándose después de la media noche y levantándose antes de que el sol asome. El tiempo corre. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que los hijos están convertidos en hombres. Al dar la vuelta, en una esquina, se topa con la mujer que barre la calle. Es la misma de años atrás. Falda larga, negra, su escoba hecha de ramas que día a día le sirve para recoger la basura, y de lo encontrado, mantiene la prole. Al pasar a su lado, siente su mirada vacía. Muerde sus labios, desea darle los buenos días y sólo levanta la mano en un intento fallido de saludo.
En su carrera escucha el golpeteo que hacen los  tenis sobre el pavimento. Va aclarando el día. divisa los cerros que parecen puños levantados. En el horizonte, el sol está saliendo, deja en las paredes del caserío un color de naranja suave. En el descenso, el sudor se desvanece por el viento frío. Un rocío cae y baña su espalda produciéndole escalofrío.
De la oscuridad del pensamiento corren como bolas de fuego los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo a pesar de que tiene nudos en el pecho; y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso, logra seguir y seguir; pareciera que corre por inercia. Del paisaje llega una ventisca con olor de frutas. Su mirada cae sobre el bermellón de las montañas. Trota con fuerza; es ave que levanta el vuelo saliendo de los abismos. El día abre.popo jose maria velasco

 

 

 

El crimen perfecto de René Avilés Favila

—dijo a la concurrencia el escritror de novelas policíacas— es aquel donde no hay a quien perseguir, donde el culpable queda sin castigo; es, desde luego, el suicidio.

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No me hables al oído

Me hablas al oído y no sé qué decirte.
La frase es chicle y resbala al desconcierto.
Las palabras que susurras parecen palomas que se ocultan entre la neblina.
Cuando hablas así, 
solo escucho el reverbero de tus labios.
No me cuchichees al oído;
porque respondo al silbido de tu aliento y después no sé que me da por despintar la luna de tus pezones.

 

 

 

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Amor de secundaria de Paloma casado

Solo esperar la salida me produce tal desasosiego, que no me deja pensar en otra cosa que no sea si él estará en la puerta, si me llevará a casa en el coche impregnado de su olor a tabaco rubio y colonia, si me preguntará ¿qué tal las clases? con una sonrisa de gato de Cheshire.
Si viene, sé que me encontraré con sus ojos en el espejo retrovisor y ya no me los podré quitar de encima cuando trate de estudiar en mi cuarto, ni cuando me vaya quedando dormida para soñar otra vez con él. En mis sueños, nos encontramos por casualidad los dos solos en cualquier parte y me invita a un helado, o llueve y me resguarda bajo su paraguas y vamos sorteando los charcos y nos paramos bajo los portales de la plaza vacía y entonces sucede. Estamos tan cerca, que nuestras bocas no pueden dejar de juntarse y temblando, hago mío ese sabor de tabaco y saliva sabia y pienso que no me importa que esté casado.
No puedo soportar más tiempo la incógnita y disimulando mi ansiedad, le pregunto a mi compañera de pupitre: ¿Vendrá hoy tu padre a buscarte?

mujer Roman Frances