Al cabo de una sesión vespertina agotadora, el viejo fotógrafo recoge su equipo, se pone la gabardina y se despide de su ayudante y de la joven modelo, que ha entregado sin descanso su cuerpo desnudo a la mirada focal del artista. Abandona el estudio y camina hacia su apartamento. Sabe bien que el lastimero maullar de los gatos que lo acompañan por el callejón presagia una noche de tormenta, y que en esas noches merodea cerca el asesino. Piensa en la joven, en su obstinado propósito de alcanzar la fama antes de cumplir los veinte años. La luna desaparece detrás de las nubes y la silueta de la ciudad se esfuma con la primera lluvia. El fotógrafo, que empieza a sentir el cansancio de mantener dos oficios, se refugia en las sombras y aguarda.

callejones

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