La soledad del almendro

Me conmueve mirarlo sin hojas. Arriba hay un cielo borroneado y el agua finita y fría duele, como si las gotas trajesen espinas. Es una tarde entintada de sepia que estremece mis huesos. Los truenos son pisadas que se acercan. La luz apenas se unta en la frontera lejana y en los bordes de los árboles; me envuelve a cada paso la congoja y me aterra el relámpago que ilumina el almendro y lo exhibe, como una radiografía, en su precariedad.

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Marcus Clark

Novelista, cuentista, ensayista y editor australiano. Nació en Londres, Inglaterra, fue educado por su padre, ya que su madre había muerto. Asistió a Highgate, donde fue amigo del poeta Gerard Manley Hopkins. En 1863, cuando su padre enfermó y perdió su fortuna, Clarke emigró a Australia. Trabajó en un principio en el Banco de Australia en Melbourne y más tarde en una sucursal en Wimmera, Victoria. Pero fue en Melbourne donde comenzó su carrera literaria, con colaboraciones regulares en diversas publicaciones entre las que cabe citar el Argus y el Australasian. Acuciado siempre por problemas financieros, sus opositores políticos le denegaron el puesto de bibliotecario público en 1881. Falleció poco después de pleuresía y en bancarrota total. Las novelas de Clarke aparecieron inicialmente por entregas, antes de su publicación como libros. Entre ellas cabe incluir Interminable apuesta (1869), Su vida natural (1874) y Entre la sombra y el fulgor (1875). Publicó también varias colecciones de cuentos cortos, ensayos históricos, críticas, artículos periodísticos, obras de teatro y hasta una ópera. Su obra Su vida natural le dio la fama; es una novela melodramática, de rencores sorprendentes, pero con excelentes incursiones en los horrores y fallos del sistema judicial.

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«En torno a las siete en punto la prisión quedó sumida en la conmoción. Se propaló la noticia de que había despertado en los reos el amor febrífugo a la libertad, adormilado por causa de la monotonía durante la primera parte del viaje. Ante la manifiesta amenaza de la muerte, anhelaban con fiereza la posibilidad de escapar que parecía la tributaria concesión de los hombres libres. Cada hombre enardeció a su amigo gritando «¡Salgamos!» «Hemos sido encerrados aquí como un rebaño a la espera de su sacrificio» Los rostros de los hombres concitaban una mirada sombría y abatida, y a través de la lóbrega oscuridad lanzaban miradas feroces que iluminaban su negrura, como el flash de un relámpago que morbosamente iluminara el aturdimiento índigo de una nube tormentosa. Poco a poco, y de un modo inexplicable, comprendieron que se cernía sobre ellos una conspiración, que iban a ser liberados de sus ruinas y que entre ellos había quienes habían sido sediciosos en pos de esta anhelada libertad. El aliento fétido se entremezclaba con el denuedo ansioso y sospechoso de una ansiosa respiración. El predominio de esta influyente idea se mostró por un inopinado desplazamiento de átomos. La concurrente masa de la villanía, la ignorancia y la inocencia comenzó a verse animada por un movimiento uniforme. Las afinidades naturales se despertaron en silenciosa armonía, como piezas vítreas o cuentas de colores en un caleidoscopio que asumiera formas de proporciones matemáticas. El estruendo de siete campanas determinó que la prisión se hallaba dividida en tres partes -desesperados, tímidos y cautelosos. Ese ser tripartito convergía de forma natural. Los amotinados, instigados por Gabbett, Vecht y el Parásito, se encontraban en la cercanía de la puerta; los tímidos -jóvenes, ancianos, pobres infelices condenados por pruebas circunstanciales o personalidades rústicas abocadas al latrocinio para sobrevivir- se hallaban en el último extremo, acurrucados y alerta; y los prudentes -es decir, todos los demás, estaban prestos para luchar, avanzar o retroceder, ayudar a las autoridades o a sus compañeros, según los caprichos de la diosa fortuna- ocupaban el espacio intermedio. Los amotinados no excederían de la treintena, de los cuales sólo una media docena sabía realmente lo que estaban a punto de hacer. «

A veces mi barquito de papel sube río arriba — El Blog de Joaquín Sarabia

Foto de Joaquín Sarabia A veces Mi barquito de papel Sube rio arriba. Buscando el origen Buscando el pasado…. Llega la noche Y mi barquito De papel Navega junto a los salmones…. Rio arriba Navega mi barquito de papel….. Y todo es pasado Y todo es duro Y todo es feroz….. Y mi barquito Navega […]

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Concordancias

Ella vive en un pueblo donde los varones son lampiños, y las féminas de senos generosos. Él habita en un pueblo distante, y los hombres son de pelo en pecho; con mujeres de escaso busto.
Después de los correos, pasaron al Messenger, se vieron en la pantalla. Los ojos de ella escrutaron su pecho y él disfruta verla con vestidos de profundos escotes.

senos

Enrique Jardiel Poncela, Epitafio

“Sí buscáis los máximos elogios, moríos”

Atacado en vida por su fina ironía, sus palabras no siempre eran bien entendidas. Sin embargo, su epitafio no puede derrochar más verdad.

Minibiografía

Enrique Jardiel Poncela fue un escritor y dramaturgo español que nació en Madrid el 15 de octubre de 1901 y falleció en la misma ciudad el 18 de febrero de 1952. Relacionado habitualmente con el teatro del absurdo, su obra, novedosa para su época, fue ampliamente criticada, y tuve varios percances con la censura franquista. Sin embargo, a día de hoy se ha reconocido su enorme valor como literato y escritor de obras de teatro.

Fragmento

No somos viejos, porque tenemos treinta años, pero… tampoco
somos jóvenes.
Con el pelo negro —y hasta un poco ondulado, ¡ qué caramba!,
todo hay que decirlo — con la frente tersa, con los músculos bien
dispuestos y los nervios excelentemente templados… uno no es
joven ya. Y al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia
las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como
aquéllas, ni siente y piensa como éstas.
En Religión, aquellas juventudes pasadas hicieron de Dios un personaje imprescindible.
Las juventudes actuales no se acuerdan de Dios para nada.
Y uno se acuerda de Él de vez en cuando.
En política las juventudes pasadas se lanzaban briosamente a la
lucha por la libertad.
Las de ahora corren a combatir por la igualdad y por la fraternidad.
Y uno —que tiene siempre presente el espectáculo del Universo—
al oír hablar de igualdad, de libertad y de fraternidad, vomita.
Patrióticamente, aquellas juventudes desaparecidas poseyeron un
riego entusiasmo que las empujó a guerras horribles, al grito de «¡Adelante por la victoria!»
Las juventudes de hoy, con la otra ceguera de la solidaridad universal, no quieren pelear y proclaman: «Hay que suprimir las guerras,
que son una bestialidad inútil».
Y uno —ni guerrero ni pacifista— piensa, con la seguridad de ser
el único que acierte: «Las guerras son una ley, como la gravedad o la
atracción de las masas, y habrá guerras siempre, mientras el Mundo
sea Mundo.
En Amor, aquellas juventudes crearon el romanticismo y sé suicidaron de un pistoletazo ante el daguerrotipo de una dama cualquiera,
tenida por pura y excepcional.
.Las juventudes actuales sustituyen el romanticismo con el deporte,
y son indiferentes.
Y uno piensa que suicidarse por una mujer no está mal cuando esa
mujer merece la pena; pero deja transcurrir la vida sin descubrir entre
las mujeres conocidas la mujer merece la pena de suicidarse.
Ante el matrimonio, las juventudes pasadas adoptaron una actitud de
sometimiento y se casaron enamoradas.
Las juventudes presentes se casan también, pero sin saber bien ú
están enamoradas o no.
Yuno retrocede siempre ante el matrimonio, como un caballo
queviese cruzada en el camino una culebra.
Yen lo Divino…
En lo divino, las juventudes pretéritas tenían fe y creían. Las
juventudes actuales no tienen fe ni creen.
Y uno cree… y no tiene fe.

Gardiel Poncela

 

De Gabo a Cortázar

EL ARGENTINO
QUE SE HIZO QUERER DE TODOS[1]
Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. No solo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: «La noche de Mantequilla». Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos mejor acabados —«El otro cielo»—, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió así: «Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

8 películas sobre escritores de todas las épocas y géneros de Manola Díaz-Cano A.

A raíz del estreno el mes pasado de Tolkien, sobre el autor de El señor de los anillos, selecciono hoy otras 8 películas sobre escritores. Evidentemente hay muchas más, pero después de un sondeo me he decidido por estas. Seguro que cada cual tiene las suyas, por supuesto, u otras más preferidas. De momento van estos títulos sobre DickensLorcaAusten, las hermanas Brontë, H. C. Andersen, Agatha Christie y Shakespeare.

Tolkien

La protagoniza Nicholas Hoult, muy conocido por ser la Bestia en las últimas películas sobre la primera generación de los X-men. Y cuenta la influencia que tuvo el paso por la Primera Guerra Mundial del escritor y sus amigos de universidad. Aquel hecho y las relaciones con ellos marcaron la creación de esa Comunidad del Anillo y esos mundos y lenguajes que propiciaron el éxito mundial de lo que fue la trilogía de libros de fantasía quizás más famosa de la Historia.

La mujer invisible – The invisible woman

Sobre Charles Dickens hay más películas, la más reciente fue esta. Y no digamos de sus novelas, que dan para bastantes artículos más. Pero por motivos más prosaicos, léase mi devoción por Ralph Fiennes, hoy me quedo con esta que dirigió y protagonizó en 2013.

Está basada en la novela de Claire Tomalin, escritora y periodista inglesa conocida por sus biografías grandes autores como el mencionado Dickens, Thomas Hardy o Jane Austen. Cuenta cómo, en el apogeo de su carrera, Dickens, casado y con 46 años, conoce a una joven de 18 que se convierte en su amante secreta hasta su muerte.

El fabuloso Andersen

Quizás sea más por el recuerdo de la niñez que tengo que por su calidad o relevancia. Pero esta versión musical de 1952 sobre la vida del escritor danés más popular de cuentos infantiles es una de mis preferidas. Hay más versiones posteriores, pero esta se quedó en mi corazón también por el retrato tan amable, lleno de humor y en tecnicolor que hizo Danny Kaye.

Shakespeare in love

Archiconocida, ganadora de varios premios Óscar, entre ellos el de mejor película, con otro Fiennes de por medio… Poco importa que se ajuste más o menos a la realidad, siempre con tantos recovecos y misterios del más famoso bardo inglés de todos los tiempos. Tampoco importa que derive en comedia de equívocos marca de su autor. Esta versión de 1998 se ha quedado ya en el top de las muchas que se han hecho sobre él.

Que levante la mano quien no recuerde esta magnífica serie de televisión sobre Federico García Lorca. Y son muchas. La dirigió Juan Antonio Bardem y se estrenó a finales de 1987. Constaba de 6 episodios y puede volver a verse cuando se quiera en A la Carta de RTVE. Juntó a lo más granado de la interpretación española, aunque la protagonizó Nickolas Grace, un gran actor inglés al que se había visto en otra de esas exquisitas series británicas de los 80, Retorno a Brideshead.

La joven Jane Austen

De 2007. Está dirigida por Julian Jarrold y protagonizada por Anne Hathaway, James McAvoy, Julie Walters o James Cromwell entre otros. Basada en las evidencias estudiadas sobre un romance de la famosa escritora victoriana con el joven abogado Tom Lefroy, la película recreó esta historia para ahondar en las bases del romanticismo de sus obras.

Las hermanas Brontë

Las novelas de las hermanas Brontë tienen mil y una versiones en el cine, pero de ellas como protagonistas hay muchas menos. La más posterior es de 2016, pero me quedo con esta aproximación que hicieron desde Francia en 1979. Dirigida por André Téchiné, está protagonizada por Isabelle Huppert, Isabelle Adjani y Marie-France Pisier. Y hace un repaso muy reposado sobre la vida de estas tres hermanas tan excepcionales de la literatura universal.

Agatha

Y remato con otra película de 1979 que firma b y protagonizan dos pesos pesados del cine como Dustin Hoffman y Vanessa Redgrave. Esta última encarna a Agatha Christie y Hoffman es el periodista americano que investiga su misteriosa desaparición en 1926.

Grito en la madrugada

Hay un ruido que pareciera un murmullo y una luz tibia en el dormitorio, no es más que el acondicionador de aire que refresca los cuerpos del matrimonio López Pérez, que siendo las tres de la mañana duermen a pierna suelta. Él ronca, ella, hecha un ovillo y sueña. Sueña que llega el auto de su cónyuge en horas en que normalmente no está, se angustia y grita: ¡mi marido, mi marido! Él esposo se sobresalta, deja su ronquido a un lado, busca sus pantalones, camisa y sale del edificio sin ponerse los calcetines. A mitad de la cuadra, se detiene abruptamente y regresa al hogar, ¡qué susto! dice en voz baja…

Literatura australiana por Jorge Navarro

Las obras iniciales tienden a ser de una gran variedad, con historia sobre la nueva frontera del outback australiano. Escritores tales como Rolf Boldrewood, Marcus Clarke y Joseph Furphy personifican esta época con relatos que intentar registrar de forma precisa la lengua vernácula de los australianos comunes. Estos novelistas también proveyeron de información valiosa sobre las colonias penales que ayudaron a formar el país, así como sobre los primeros asentamientos rurales. Las visiones románticas del outback y los personajes recios que lo habitaban desempeñan un papel importante en la formación de la psique de la nación australiana, así como los cowboys del Viejo oeste estadounidense y los gauchos de la pampa argentina se convirtieron en parte de la propia imagen de estas naciones. La primera novela australiana, Quintus Servinton: A Tale founded upon Incidents of Real Occurrence, fue escrita y publicada en Tasmania en 1831. Su autor fue el falsificador convicto inglés Henry Savery y publicada anónimamente, aunque su autoría se convirtió en un secreto a voces. Esta obra es vista como una autobiografía encubierta destinada a demostrar cómo su equivalente ficticio era diferente de la población convicta general.1 En 1838, la novela gótica The Guardian: a tale de Anna Maria Bunn fue publicada en Sydney. Se trataba de la primera novela australiana publicada en la Australia continental y la primera novela australiana escrita por una mujer.

Andrew Barton Paterson

(Australia 1964 -1941)

  Escritor australiano, autor de la novela Bailando el vals con Matilde y uno de los poetas más famosos del país. Nació cerca de Orange en Nueva Gales del Sur y creció en la estación de Illalong. Después de estudiar en Sydney trabajó en un bufete de abogados, pero en 1899 abandonó su carrera para viajar a África como corresponsal en la Guerra Bóer y, más tarde, a China para informar sobre la rebelión Bóxer. De regreso a Australia se convirtió en director del Evening News de Sydney y después del Town and Country Journal. Durante la I Guerra Mundial fue soldado en Oriente Próximo, y después volvió al periodismo, dirigiendo el Sydney Sportsman. Su carrera como escritor abarca casi toda su vida. En un principio se dio a conocer publicando poemas en Bulletin, firmados con el seudónimo de The Banjo, pero en 1895 logró un éxito importante con la publicación de su primer libro, El hombre de Río Nevado y otros poemas, al que siguieron La última corriente del río Grande y otros poemas (1902); Saltbush Bill, juez de paz, y otros versos (1917), en el que aparece Bailando el vals con Matilde, poema basado en una canción tradicional bosquimana, y Los animales que olvidó Noé (1933), un libro de poemas para niños. Bailando el vals con Matilde lo escribió en 1895 y en 1903 lo publicó como partitura. Su poesía, muy inspirada en las experiencia de su infancia en la estación, crea un folclore australiano. Sus baladas, llenas de fuerza y color, dibujan un retrato emocionado de la antigua vida australiana. También escribió dos novelas, Matrimonio interior (1906) y El potro de los Shearer (1936); un libro de cuentos, Tres elefantes de vapor y otros relatos (1917) y Envíos felices (1934), recuerdos semiautobiográficos.

Henry Lawson

(Australia, 1867-1922)

  Escritor de cuentos y poeta australiano. Nació en Grenfell, Nueva Gales del Sur, mayor de cuatro hijos Niels Hertzberg (Peter) Larsen, noruego minero, y su esposa Louisa, Née Albury. Larsen después de muchos viajes, llegó a Melbourne en 1855, donde se unió a la fiebre del oro. Henry Lawson, que nació en 1867 en los yacimientos de oro de Grenfell en Nueva Gales del Sur, fue tal vez el mejor relator de esas épocas: escribía con simplicidad y compasión sobre la solidaridad, la dignidad humana y las vidas de los hombres y mujeres del campo. Murió en Sidney en 1922.

Miles Franklin

(Australia, 1879-1954)

  Novelista, periodista y feminista australiana, famosa por su primera novela Mi brillante carrera. Stella Maria Sarah Miles Franklin nació cerca de Tumut (Nueva Gales del Sur) y creció en una sucesión de granjas familiares. Empezó su carrera de escritora mientras vivía en el campo. Tras la publicación de Mi brillante carrera (1901), se instaló en Sydney y escribió artículos en periódicos participando en el movimiento feminista. En 1905 viajó a Estados Unidos y pasó nueve años en Chicago, donde dirigió la revista Life and Labour y apoyó el movimiento sindical de la mujer y el movimiento sufragista. Durante la I Guerra Mundial fue enfermera en Inglaterra, y al terminar la guerra trabajó en el National Housing and Town Planning Council de Londres. En 1932 volvió a Australia y se estableció en Sydney. Franklin siempre escribió con seudónimo masculino: abreviando su nombre como Miles Franklin, o como Brent of Bin Bin. Mi brillante carrera, que firmó como Miles Franklin, es una novela bastante autobiográfica en la que retrata a las mujeres defendiendo su derecho a imponer sus propias metas, frente a la obediencia de las costumbres, cuya única posibilidad de realizarse consiste en contraer matrimonio o trabajar como maestra. La obra supuso una considerable expansión en la narrativa australiana, pero su audacia causó un enorme escándalo y a pesar de que en 1910 escribió una continuación igualmente controvertida, Mi carrera se atasca, no pudo publicarla hasta 1946. Con su nombre publicó también El viejo Blastus de Bandicoot (1932), Trae al mono (1933) y la premiada saga familiar Los Swagger (1936). Como Brent of Bin Bin escribió seis novelas que tratan de la vida de los pioneros australianos, entre ellas País ardiente (1928), Diez arroyos (1930) y Regreso a Bool Bool (1931). Además de sus novelas, Franklin escribió artículos, revistas, crítica literaria y obras de teatro. En 1948 fundó el premio Miles Franklin de narrativa australiana.
Helen de Guerry Simpson
(Australia, 1897-1940)
Escritora australiana nacida en Sidney. A los diecisiete años se mudó con su madre a Inglaterra. Estudió en Oxford, donde sintió un profundo interés por el mundo del teatro, fundando la Sociedad de dramaturgas de Oxford, de donde fue expulsada por oponerse a sus estrictas reglas. En 1927 se casó con un notable pediatra inglés. Prolífica y versátil, entre sus obras cabe citar Boomarang (1932), galardonada con el premio James Tait Black y Under capricorn (1937), que fuera adaptada al cine por Alfred Hitchcock. Murió en 1940, aquejada de cáncer.

 

http://proyectoaustraliaprimersemestre.blogspot.com/2012/11/literatura-australiana-por-jorge-navarro.html

Miguel Aceves Mejía, A. Cervantes, Argentina y Perón

Entrevista para la Revista «El Mariachi Suena»: «Un día estaba yo cantando en el mayor cabaret de Buenos Aires, se llamaba el Embassy, y llega un señor ahí, que era el ministro de educación… no sé qué cosa.Para esto, iban a conmemorar en un de los mejores teatros de opera que hay en el mundo y que esta en Buenos Aires, un evento donde el presidente quería invitar a todos los artistas extranjeros que estaban en ese momento en Argentina.
Puros artistas extranjeros, no participaba nadie en esa fecha que fuera argentino. Siempre Argentina fue una meta, se ganaba mucho dinero e iban artistas de todo el mundo. Y me dijo el ministro que llegó ahí conmigo: ¿quiere usted participar en la función que se va a hacer en el Teatro Colón…?. «!Si cómo no! y con todo y mi mariachi!», le dije, porque yo fui el primero que llevó el mariachi a todo Sudamérica, no lo habían dado a conocer… No sabían lo que era mariachi. Bueno, total que me dejaron a mí al final, porque el mariachi era una sensación.
Yo ponía al mariachi a abrir con La Negra, luego salía yo cantando, y cerraba con Ruega Por Nosotros. Resulta, ya es el destino, que acababa de morir Evita Perón, la esposa de presidente de la República Argentina. Juan Domingo Perón estaba en el palco con sus ministros, y fue cuando yo cante Ruega Por Nosotros.
Cuando terminé de cantar, hubo un aplauso bárbaro, en el teatro se paró toda la gente y yo me hincaba cuando decía (cantaba):
«Señor, eterno dios
ante tu altar,
Estoy aquí de hinojos
Ella se fue
Y yo quiero morirme
Perdónanos señor…
Y ruega por nosotros
«Me platicaron después que estaba llorando (el presidente), cuando yo estaba cantando esa canción. Me mandó llamar, fui el único artista, y me hice muy amigo de él.
Nos invitó a desayunar con mi representante, que si quería ir con todo el mariachi a la Casa Rosada, dije «No, yo voy solo».Y a las siete de la mañana estaba una limusina en el hotel en el que estaba. Desayuné con él, y me dice: «Desde hoy, usted va a comer conmigo, invite a los muchachos todos los días a Olivos (Residencia presidencial)…»Como estuve tres meses en Buenos Aires, fue en donde más estuve, nos hicimos muy amigos, por eso le digo que Ruega Por Nosotros me abrió las puertas. Esta canción hizo que fuera yo íntimo amigo de Juan Domingo Perón». 

http://www.youtube.com/watch?v=tWTnJNvGxIAhttp://www.babab.com/no31/aceves_mejia.php

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Miguel Aceves Mejía ) Tiene una historia de amor que vale la pena escribirla.

Para escuchar la canción
El autor de la canción de»Ruega por nosotros» ES:

Raúl Cervantes González

Nació en Puebla el 9 de agosto de 1923. Inició su carrera artística en la Ciudad de México en 1938. Pedro Vargas grabó su primer bolero romántico, Mi gran amor.En lo que se refiere al bolero ranchero, el maestro Cervantes comentaba que surgió de manera accidental. Pedro Infante se quejaba con él de que en su repertorio sólo había boleros, y le insistía para que le compusiera algunas canciones rancheras. Fue así que Alberto Cervantes hizo arreglos rancheros de algunos de sus boleros. Sus temas han ocupado un lugar preferente en el gusto del público.Para recordar al creador de boleros rancheros como Ni por favor, La verdolaga, Di que no es verdad y Cien años

Uno de sus últimos trabajos fue la grabación con una dotación de cinco saxofones, cuatro trompetas, dos trombones, piano, bajo y batería. El resultado fue un sonido muy diferente del que se escuchaba en las orquestas tradicionales.El maestro Alberto Raúl Cervantes González falleció el 31 de octubre de 2001 en la Ciudad de México.

https://fonotecanacional.gob.mx/index.php/noticias/1304-y-si-vivo-cien-anos-homenaje-a-alberto-cervantes-1923-2001

Alberto Cervantes
Alberto Cervantes  el creador del bolero ranchero.

Emily Dickinson ( 1830-1886)

  • Emily Dickinson:

“Me llaman”

Es una de las poetisas norteamericanas más admirada de la historia. Su epitafio; corto, claro y conciso.
En esta liga viene una breve biografía y algunos poemas destacados.

6 poemas para entender a Emily Dickinson

emily-dickinson

Domingo de risa

Cantinflas es de los cómicos que no tienen tiempo,  su comicidad siempre se encuentra a flor de boca. Las veces que lo vea, siempre disfruto.
Esta escena con Chabelo -un niño grandote- que aún vive.

 

Cantinflas y chavelo

Los Panchos remasterizado

Los Panchos un trío de siempre, creadores de un estilo de presencia mundial. Dejaron su música en el espacio, el tiempo. Tienen un lugar en la cultura musical del mundo y en primer lugar de  México. Como trío nacieron en los Estados Unidos de Norteamérica. Dos Mexicanos y un Borriqueño:
Hernando Avilés P. rico
Alfredo gil ( el Guero Gil)
Jesús Navarro
Para este fin de semana, un tinto, un relax con música que permanece…. Abrazo y buen fin de semana

Los Panchos originales eeuu