Katherine Mansfield de Nueva Zelanda

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Fiesta en el jardín


Y, después de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cielo sin una nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro pálido velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde habían estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a todos interesan. Cientos, sí, literalmente cientos habían abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran visitado.
No había concluido el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.
-¿Mamá, dónde quieres poner la carpa?
-Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año las niñas se encarguen de todo. Olviden que soy la madre. Trátenme como a un invitado de honor.
Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso verde y encima su kimono.
-Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.
Allá fue Laura, con su pedazo de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.
Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.
-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.
Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
-¡Oh, ustedes vienen…! ¿es por la carpa?
-Así es, señorita -replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole-. Es para eso.
Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle: “¡Ánimo, no te vamos a comer!” ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de negocios: la carpa.
-Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?
Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior; el más alto frunció el ceño.
-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.
-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.
-Hum, ¿van a tener una orquesta? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
-Sólo una pequeña orquesta -dijo Laura con dulzura.
Si la orquesta era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto la interrumpió.
-Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la carpa?
Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, se llevó el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
Tienen la culpa -decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo… Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: “¿Estás bien ahí, camarada?” “¡Camarada!” El compañerismo, el… el… Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué cómoda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura dio un gran mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sentía como una pequeña obrera.
-¡Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la casa.
-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.
-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.
-¡Ya lo creo!
De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.
-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? -murmuró Laura.
-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-. Rápido, al teléfono, chica.
El teléfono.
-Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sándwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; espera. Mamá me llama-. Laura se sentó. -¿Qué, mamá? No oigo.
La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.
-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.
-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se enderezó en el asiento. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así? Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:
-Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.
-¿Qué hay, Sadie? -preguntó Laura entrando en el pasillo.
-Es el florista, señorita.
Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.
-Está bien -dijo con calma-. Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?
Apretó el brazo de Laura.
-Pasaba por la florista ayer y los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.
-Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.
Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.
-Queridita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad? No hagas eso. Aquí está el hombre.
Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.
-Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la señora-. ¿No te parece, Laura?
-Oh, sí, mamá.
En el salón, Meg, Josefinafina y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
-Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
-Bueno.
-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra y… un momento, Hans…
A Josefinafina le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.
-Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.
-Muy bien, señorita Josefinafina.
Se volvió hacia Meg.
-Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar “Esta vida es triste”.
¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.
Esta vida es tris-te,
Una lágrima… un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima… un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces… ¡adiós!
Pero en la palabra “adiós”, y aunque el piano parecía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.
-¿Estoy en voz, mamita? -sonrió.
Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sueño… un despertar.
Pero Sadie interrumpió el canto:
-¿Qué hay, Sadie?
-Por favor, señora, la cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para los sándwiches.
-¿Las tarjetas para los sándwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.
-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
Sadie desapareció.
-Bueno, Laura -dijo la madre rápidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto. Niñas ¿me oyen, o tendré que decírselo a su padre cuando vuelva esta noche a casa? Y… y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.
Al fin el sobre apareció detrás del reloj del comedor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.
-Una de ustedes debe de haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente… queso fresco y cuajada con limón. ¿Lo escribieron?
-Sí.
-Huevo y… -la señora Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece atún, pero no puede ser, ¿verdad?
-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.
-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!
Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.
-Nunca he visto sándwiches tan exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¿Cuántas clases hay? ¿Quince?
-Quince, señorita Josefina.
-Bueno, la felicito.
La cocinera recogió las cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.
-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.
Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.
Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar sobrante.
-¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.
-Supongo que sí -respondió la práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.
-Tomen uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará cuenta.
Oh, imposible, ¡pastelitos de crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de batida.
-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa. ¡Son tan simpáticos!
Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
Algo pasaba.
-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien contaba la cosa.
-¿Qué hay, qué ha sucedido?
-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.
-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato.
-¿Sabe, señorita, aquellas casitas allá abajo?
¿Conocerlas? Claro que ella las conocía.
-Bueno, allí vive un muchacho carretero, se llama Scott. A su caballo lo asustó esta mañana un camión y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Murió.
-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.
-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.
Y dirigiéndose a la cocinera:
-Deja una mujer y cinco chicos.
-Josefina, ven acá -Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.
-Josefina -le dijo horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?
¡Suspender todo, Laura! -gritó Josefina atónita-. ¿Qué quieres decir?
-Suspender la fiesta en el jardín, claro-. ¿POr qué fingía Josefina?
Pero Josefina estaba cada vez más asombrada.
-¿Suspender la fiesta? Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extravagante.
-Pero no es posible celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimeneas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Josefina, en sus andanzas, solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.
-Estoy pensando lo que será la música de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.
-¡Oh, Laura! -Josefina empezó a irritarse seriamente.
-Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú-. Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea-. No vas a resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos -dijo blandamente.
-¡Borrachón! ¿Quién ha dicho que estaba borracho? -Laura se volvió furiosa hacia Josefina. Dijo justamente lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo.
-Ve, querida -dijo Josefina con un arrullo.
-Mamá, ¿puedo entrar? -Laura hizo girar el picaporte de cristal.
-Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada? -La señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.
-¿Pero no en el jardín? -interrumpió la madre.
-¡No, no!
-¡Ah, qué susto me has dado! -la señora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.
-Pero escucha, mamá -dijo Laura. Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia-. Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y la gente llegando. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.
-Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están vivos en esos oscuros agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.
-Mamá, ¿no es una falta de consideración de nuestra parte? -preguntó.
-¡Vidita! -la señora Sheridan se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plantó en la cabeza-. ¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Es demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! -y levantó su espejo de mano.
-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Josefina.
-Laura, te estás volviendo absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
-No entiendo -dijo Laura, y salió apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. Allí, por pura casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y de aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaré nuevamente después de la fiesta. decidió. Desde todos los puntos de vista le pareció el mejor plan…
Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
¡Querida! -aulló Kitty Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.
Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.
-¡Lorenzo!
-¡Hola! -estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más elegante!
Laura dijo a media voz:
-¿Te parece?… -le sonrió, y no le contó nada.
Poco después empezó a llegar la gente a montones. La orquesta rompió a tocar; los sirvientes de alquiler corrían de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo… ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
-¡Laura, querida, qué bien estás!
-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!
-Laura, pareces española. Nunca te he visto más admirable.
Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: “¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta son especiales”. Corrió adonde estaba su padre y suplicó:
-Papaíto querido, ¿le podemos servir algo de beber a la orquesta?
Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
“Nunca hubo fiesta más deliciosa…” “Un gran éxito…” “La más grande…”
Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
-Se acabó, se acabó, gracias al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.
-Toma un sándwich, papaíto. Yo escribí el nombre.
-Gracias -el señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro-. ¿Supongo que no han sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.
-Querido -dijo la señora Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.
-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.
-¡De todos modos, es un asunto horrible -dijo el señor Sheridan-. Además, el hombre era casado. Vivía en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de chiquillos.
Hubo un silencio embarazoso. La señora no sabía qué hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de papá…
De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
-Ya sé -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y, además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡Qué suerte que estén listos! ¡Laura! -se levantó de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.
-Pero, mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.
Y otra vez ¡qué raro! parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?
-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora…
-¡Oh, bueno!
Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
-Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.
-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la práctica Josefina.
Es cierto, muy a tiempo.
-Entonces sólo la canasta. Pero Laura -la madre la siguió hasta afuera de la carpa-, de ningún modo…
-¿Qué, mamá?
No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.
-Nada, vete pronto.
Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el portón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creerlo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fue: “Sí, ha sido todo un éxito la fiesta”.
Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.
Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando; ¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería mejor volver?
No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:
-¿Es aquí la casa de la señora Scott?
Y la mujer, sonriendo de un modo raro:
-Aquí es, señorita.
¡Oh, salir de esto! Repetía: “Ayúdame, Dios mío”, mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé, decidió. No voy a esperar que la vacíen.
Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.
Laura preguntó:
-¿Es usted la señora Scott?
Pero con gran horror suyo, la mujer contestó:
-Entre, por favor, señorita -y se encontró encerrada en el pasillo.
-No, no quiero entrar; sólo quería dejar esta cesta. Mamá envió…
La mujer en el pasillo oscuro no pareció oírla.
-Por acá, si gusta, señorita -dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
Llegó a cocina pequeña, bajita y maltrecha, iluminada por una lámpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante el fuego.
-Emilia -dijo la mujer que la dejó entrar-. ¡Emilia!… es una señorita. -Se volvió hacia Laura. Dijo humildemente: -Soy la hermana. Discúlpela, señorita.
-¡Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo… yo sólo quería dejar…
Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
-Está bien, querida -dijo la otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra vez-: Discúlpela, señorita -y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al dormitorio en que yacía el muerto.
-¿No quiere verlo? -dijo la hermana de Emilia, y empujó a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, señorita -y su voz era cariñosa, confidencial. Tiernamente bajó la sábana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.
Laura la siguió.
Ahí estaba un joven dormido, profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la orquesta tocaba, había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz… feliz… Todo está bien, decía el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.
Pero aún así hacía llorar, y Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Sollozó como una niña.
-Perdone mi sombrero -le dijo.
Y no esperó esta vez a la hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
Surgió de la sombra.
-¿Eres tú, Laura?
-Sí.
-Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?
¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo, se apretó contra él.
-¿Pero no estás llorando, verdad? -le preguntó el hermano.
Laura movió la cabeza. Estaba llorando.
Lorenzo le pasó un brazo por el cuello:
-No llores -dijo con su voz afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?
-No -sollozó Laura-. Era maravilloso. Pero Lorenzo…
Se detuvo, miró a su hermano.
-La vida es… -tartamudeó-. La vida es…
No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él comprendió.
-¿Verdad que es, queridita? -dijo Lorenzo.

 

 


(Kathleen Beauchamp; Wellington, Nueva Zelanda, 1888 – Fontainebleau, Francia, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James Joyce, D. H. Lawrence, Virginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.

Choka a la inmensidad.

Inmensidad
de la sustancia oscura;
del mar profundo,
del mapa astral;
en tus ovarios,
en tu mama que nutre.
Grandeza al hacer vida.

No lleva título,No lleva rimas consonantes
Es posible usar rimas asonantes
Admite todo tipo de recursos líricos y retóricos
La cantidad de versos es variable:
Puede ser tan largo como el poeta guste
La cantidad mínima de versos, dada su configuración métrica, es de 7 versos, para diferenciarlo de un tanka, como ya veremos más adelante
Un chöka debe terminar en un katauta de 3 versos con métrica 5-7-7 y contener 2 o más pares de versos 5-7; de esta cuenta, su métrica mínima es: 5-7, 5-7,5-7-7

Las 25 mejores películas del siglo hasta ahora – The New York Times — » Una Voz en el Silencio «

https://www.nytimes.com/interactive/2017/06/13/arts/25-peliculas.html

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Veinte años un canción cubana o del mundo

Veinte años’ es una canción del género ‘habanera’ que cuenta una historia de amor que termina en desilusión luego de dos décadas de momentos compartidos. La canción fue escrita por la compositora cubana Guillermina de Aramburu en 1935 y musicalizada por su amiga de la infancia María Teresa Vera, quien la interpretó durante 27 años, transformándola en una joya de la cultura cubana.

Además, el tema cuenta con adaptaciones de decenas de intérpretes entre los que destacan Pablo Milanés, Diego El Cigala y Omara Portuondo, quien siempre la incluye en su repertorio con el Buena Vista Social Club.

La interpretación de Nora e Isaac y su impacto en la audiencia han demostrado que el tema es un clásico de todos los tiempos capaz de renacer en cuántas voces existan dispuestas a interpretarlo.

Tiene ochenta y cuatro años y parece que la hicieron ayer. Y es que las cosas buenas no tienen edad.

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María Teresa Vera (Guanajuay, Cuba, 6 de febrero de 1895-La Habana, 17 de diciembre de 1965) es una cantante, compositora y guitarrista cubana.

A muy temprana edad empezó a darse a conocer en los ambientes de bohemia y trova. Empezó a cantar en 1911 y el cantante Manuel Corona le aconsejó que aprendiera a tocar la guitarra . María Teresa conformó un dúo de leyenda junto a Rafael Zequeira y entre 1914 y 1924 grabaron casi 200 canciones, muchas de las cuales fueron exitos populares inmediatos como «A llorar a Papá Montero» . Conoce a Ignacio Piñeiro y le enseña a tocar el contrabajo. En 1926 funda el Sexteto Occidente, dentro de la tradición cubana de sextetos de son. También cantó en el Grupo Típico de Carlos Godínez.

El mérito de Nora e Isac es que la regresaron del tiempo para conocimiento de los jóvenes. Les presento  tres versiones: la de los niños, la de buena vista,  con la voz de Omara y la silvia Pérez que no tenía el gusto, pero me quito el sombrero por su voz y su belleza y la emocionalidad de su interpretación.  Que la disfruten… Encontre otra… se las pongo también…

 

 

 

 

Mi camino y la palabra

Mi camino está cerca del final. Reflexiono que lo mejor de nosotros lo llevamos dentro. Por eso, abro mis ventanas y azuzo los pensamientos para que tengan oportunidad de ser. He vivido entre las hojas de los libros y hoy entre las pantallas. Encontré hospedaje a lado de la palabra. Ella es mi otro corazón. Me complace lanzarla al espacio y admirar sus giros, me embelesa como la flor, el cielo o el mar.

Craig Silvey: Jasper Jones, Australia

Madrid.- «Jasper Jones», la nueva novela del escritor australiano Craig Silvey, propone una historia cargada de odio e hipocresía ambientada en un tranquilo pueblo australiano donde nada es lo que parece, y donde sólo un Hacleberry Finn moderno, Jasper Jones, se alza como voz disonante.
«Madurar es muy diferente a hacerse adulto», ha explicado Craig Silvey hoy en una entrevista con Efe, y de madurar y de lo que «hay dentro» de las personas y de la sociedad habla la novela.
«Jasper Jones» (Seix Barral) arranca cuando Jasper, un mestizo rebelde y marginado que sufre la discriminación de la comunidad, visita durante la noche a Charles Bucktin, un chico poco popular que quiere ser escritor, para pedirle ayuda.
Charles acompañará a Jasper hasta un claro del bosque, donde se convertirá en cómplice de su horrible descubrimiento, un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
«Es una novela dura y cargada, en cierto sentido, de furia, pero muchos buenos libros lo están. También hay esperanza, puede que sea triste, pero creo que al final hay redención; y luz», ha explicado Silvey.
La voz del libro, conducido por el propio Charlie Bucktin, analiza desde ese primer encuentro cómo la burbuja de su infancia «explota» ante el lector, y cómo los protagonistas empiezan a descubrir el mundo «como realmente es».
«Todo el mundo se convierte en un adulto, adquieres derechos, tienes que pagar impuestos y ser un ciudadano responsable; todo el mundo puede hacer eso. Madurar es muy diferente, porque es algo que sucede cuando aprendemos a mirar más allá de nosotros mismos», remarca Silvey.
Para el autor, que considera que esa capacidad de «entender» que da el madurar es lo que hace «rico» al ser humano, los personajes de la novela se enfrentan al mundo «según su valentía».
Charlie es para él el ser «insatisfecho» que no comprende el comportamiento de los adultos.
«Aprende durante la novela cosas horribles y no sabe qué hacer con ello, y no entiende por qué tantos adultos viven sus vidas tratando de ignorar esas cosas. Hay momentos de absoluto pánico cuando rompes con la infancia, pero tienes que hacerlo, porque la otra vía es fingir que el mundo es algo diferente a lo que es», subraya.
Frente a la inocencia que se rompe de Charlie está el personaje de Jasper, que «da sentido a la historia» porque representa «todo» de lo que trata el libro: la dignidad, la integridad y la honestidad.
«Jasper es lo que Charlie está buscando, y lo que falta en la ciudad. Es algo que le falta también a mucha gente, más allá del libro», confiesa Silvey.
Con un marcado estilo «southern gothic» -utilizado por escritores como William Faulkner («El ruido y la furia») o Harper Lee («Matar un ruiseñor»)- «Jasper Jones» parte de un hecho inusual para desarrollar una historia que va más allá del misterio y explora la sociedad revelando sus características culturales.
«He crecido adorando estas historias del sureste americano, y creo que los pueblos pequeños de Australia tienen la misma atmósfera, con comunidades donde siguen existiendo las tradiciones arraigadas, los estereotipos y la discriminación por ser diferente», destaca el autor.
Comparado con clásicos como «Hucleberry Finn», «Matar a un ruiseñor» o «El guardián entre el centeno» por su temática, «Jasper Jones» da ahora el salto internacional a 15 países precedido por el éxito de crítica en Australia y la venta de los derechos para hacer una película.
«Las comparaciones son excesivas, las hacen por la temática, porque el género es el mismo, pero sería ridículo sentirme mínimamente comparable a esos autores», concluye SilveyVera blanco

https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/literatura/un-huckleberry-finn-moderno-llamado-jasper-jones_DKm9Zmf1tjlJFMGhjrjWw1/

CraigSilveyAustralia

Escritor y músico australiano, Craig Silvey está considerado como uno de los mejores jóvenes autores de su país.

Con su segunda novela, Jasper Jones, Silvey dio el salto al mercado internacional, llegando a ser publicado en Inglaterra, España, Italia y Francia.

Además, Silvey es el cantante del grupo musical The Nancy Sikes!

En el 2017 es llevada al cine

https://www.imdb.com/title/tt5091014/videoplayer/vi1657648665?ref_=tt_ov_vi

 

 

Epitafio con humor

«Al fin polvo», epitafio en la tumba de una solterona en el cementerio de Madrid, es una de las divertidas frases plasmadas en lápidas que seleccionamos de personas que se tomaron con humor lo que la mayoría ve con temor.

Alegoria a la muerte

Posada

https://www.eldefinido.cl/actualidad/mundo/2386/Epitafios_para_morirse_de_la_risa_Esta_permitido_burlar_a_la_parca/

El enano

Dormía al lado de los bonsái… Soñaba que un ejercito de hombrecillos lo sujetaban con cuerdas, y lo herían con afiladas lanzas. Despertaba con madres y chingaos en la boca, y quitándose las hormigas.
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Dormidos David Lagmanovich

Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás m al». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
Tomado del Fb

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Costumbres raras de Daniel frini

— ¡Ahí viene otra vez! ¡Escóndanse! — dijo el sapo más viejo
— ¡Te llena la jeta de saliva! — acotó un sapito
— ¡Repugnante! —sentenció el sapo educado
La princesa, etérea y radiante, iniciaba su ronda habitual de besos.
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Es viernes y el cuerpo lo sabe

La Sonora Santanera e invitados

 

 

La Sonora Dinamita e invitados

 

Para descansar y oír  dos veracruzanos Natalia y Agustín Lara

 

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El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. de José Luis añvarado

En los mejores cuentos infantiles no hay ni un gramo de amor familiar: los padres son seres viles que dejan a sus hijos a merced del mal sin ningún arrepentimiento. Y sin embargo, para la mayoría de los niños esos cuentos han sido la puerta de la literatura y, en parte, de la vida. La escritora australiana Christina Stead (1902-1983) escribió un terrible cuento para mayores de padres bondadosos y abominables, de hijos tan inocentes que parecen monstruos irracionales. El hombre que amaba a los niños (The Man Who Loved Children, 1940) es una gran novela que hay que leer para recordar que las mayores aberraciones pueden cometerse de puertas hacia dentro, en el acogedor y asfixiante seno familiar.
La historia se desarrolla en un momento también terrorífico: 1936. Pero hay una persona que es capaz de ver lo que los demás se niegan a comprender por la ceguera de sus pensamientos: él es Sam Pollit, hombre éticamente intachable, padre de seis hijos, marido paciente, amante de las libertades y el progreso, defensor de la eugenesia: solo en un mundo tan perfecto como el que él concibe tienen cabida las mentes más preclaras, los espíritus más progresistas, las conciencias tan perfectas como la suya. El resto de la población, el 90%, debería ser gaseado.
A su lado, habitando una cómoda casa de Washington, su mujer, Henny, mujer caprichosa descendiente de una familia adinerada, abocada ahora a la miseria que gana su marido, derrochadora nata, siempre enferma, siempre metida en su habitación por tal de no soportar los discursos interminables y optimistas de su marido, deseosa de una vez por todas de acabar con Sam y toda su prole con un cuchillo de cocina.
Y entre ellos, los niños: la mayor, Louie, una chiquilla de doce años, hijastra de Henny, que se hace cargo de las tareas del hogar, de mantener la convivencia en esa casa donde cinco niños más viven inocentes escenas en las que su madre y su padre discuten sin cesar, se reprochan cualquier cosa, no se aguantan pero tienen que aguantarse porque para Sam la familia es la base de su tierra prometida y para Henny no es más que la cueva donde poder lamerse las heridas a la espera de que su adinerado padre muera para poder disfrutar de su herencia.
Si en Walt Whitman el amor a la democracia y a la libertad es un canto expansivo lleno de alegría, en Sam Pollit es un medio para civilizar el mundo según su criterio, ajeno a los fanatismos religiosos, a las viejas costumbres caducas. En la naturaleza y en la tecnología se haya el futuro del mundo, pero parece que nadie quiere darse cuenta: por eso es el mayor profeta de su casa, el que se dedica incansablemente a sermonear a sus hijos pequeños acerca de las excelencias de su propio padre. Es, según su mujer Henny, el Gran Yo Soy, el iluminado, el mesiánico padre que tarda en comprender que, si bien Cristo nunca llegó a habitar la tierra, él puede ser ese Hombre Deseado que proclamará la Verdad algún día a través de las ondas radiofónicas, como hubiera hecho Jesús en estos tiempos.
Sam siempre tiene una palabra nueva que inventar para tratar de descubrir el mundo a sus hijos pequeños; siempre tiene un diminutivo para nombrar las cosas o las personas. Todos los siglos pasados únicamente han servido para que un solo hombre en Norteamérica comprenda la Verdad, y esa Verdad la posee él. Y mientras, sus hijos lo escuchan embelesados, creyendo en las profecías de su padre y en el cariño de su madre.
Uno se adentra desprevenido en la novela, y entre tanta palabrería, tarda en entender que aquello a lo que está asistiendo es a una monstruosa representación del egoísmo, una vomitiva escena que no cesa y en la que esos niños participan engañados por el calor familiar. También es verdad que en muchos momentos esa palabrería da paso a otras escenas menos idílicas, cuando sus padres se abofetean, cuando su madre llama a todos sus pequeños hijos con un gong para que asistan al infierno y se enteren bien de la monstruosidad en que puede convertirse un matrimonio.
Esta novela no tiene trampa: nada es tremendo ni repulsivo en sí. Vemos crecer a los hijos en la creencia de que sus padres son las mejores personas del mundo y vemos a los padres en la seguridad de que están dando la mejor educación a sus hijos. Pero todo lo que puede ir mal, terminará mal: el viejo padre de Henny muere dejando en herencia a sus hijos una gran deuda que tardarán años en saldar; Sam se queda sin trabajo, envidiado por su insoportable fervor por el futuro. La familia tiene que dejar Washington, la capital del mundo libre y civilizado según Sam, para tomar una casita medio derruida en un barrio marginal de Baltimore.
Sin trabajo, Sam se dedica cada vez más asfixiantemente a sus hijos, los adiestra en los misterios de la Verdad, se convierte en sus sombras, y los hijos van creciendo y la mayor va adentrándose en la adolescencia entre la pobreza y el idealismo que le ha metido su padre en la cabeza, en el que no cree y por el que se pone de parte de su madrastra. No hay un solo papel, un solo poema o un pensamiento escrito en su diario que su adorable padre no encuentre entre sus pertenencias y muestre en público al resto de los hermanos, para demostrar que su querida y pequeña Louie es una mente atontada que se ha ido alejando de sus maravillosas enseñanzas. Ya quedan pocas salidas para la adolescente Louie: o abandona su casa con apenas trece años, o envenena a sus padres. Solo tiene que hacer lo que le han enseñado a hacer en su monstruosa familia, como si fuera un instrumento del destino: el resultado final de tantos discursos vacíos y tantas peleas contempladas.
El hombre que amaba a los niños es una obra maestra del suspense: sabemos que en esa familia se esconde una bomba de relojería que tarde o temprano terminará por explotar, pero en cambio solo encontramos empalagosas palabras del padre e indolentes gestos de la madre, unos niños que no saben por qué hacen lo que hacen y una miseria de la que inexplicablemente van saliendo sin ningún dólar que entre por la puerta familiar.
Cuesta trabajo llegar al final de esta deslumbrante novela porque es de un meloso terror insoportable. Al final comprendemos que esos padres de los cuentos infantiles que abandonaban a sus hijos en el tenebroso bosque formaban una familia como ésta, irreprochablemente feliz, conmovedoramente unida, abominablemente corrupta.
El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. Pre-Textos.

El hombre que amaba a los niños. Christina Stead: El Gran Yo Soy

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