Minificción: Nina Berbérova

25/05/2017

 

Rusia, 1901 – USA, 1993. Biógrafa, periodista, una de las narradoras rusas más importantes. Emigró a Francia en los años 20 y luego en los años 50 a Estados Unidos. Publicó muchos libros de narrativa y memorias. Los textos que aquí reproducimos pertenecen a “El cuaderno negro”, última parte de sus memorias 

Junio (1941)

G. y su mujer son nuestros vecinos (su hija sale con soldados alemanes). Al otro lado de nuestra cerca, ya en terreno de G., crece un joven ciruelo. Está completamente inclinado hacia nuestro lado y, por tanto, sus frutos, maduros y dulces, caen en casa. Debe de haber unas cien libras. A la casa vecina no cae ni uno. Encontré a la mujer de G. y le dije que viniera a casa a coger fruta cuando quisiera. Nosotros la recogemos a diario y hago compota para el invierno ya que es imposible hacer mermelada por falta de azúcar. Sin embargo, la vecina no vino y, un buen día, al salir al jardín, vi que G. había cortado el maravilloso arbolito. Allí yacía, al otro lado de la cerca, con sus frutos, destrozado y muerto. “Es pura maldad”, dijo Marie-Luise. No recogían las ciruelas y lo hicieron “por pura maldad”. El árbol quedó allí, en aquel estado, hasta que los pájaros se comieron todas las ciruelas y las ramas se desecaron. Cada día, contemplábamos durante un buen rato las hojas retorcidas, el tronco quebrado, delgado y duro. Por más que reflexionamos sobre lo sucedido no logramos dar con una explicación plausible que lo justificara y llegamos a la conclusión de que G. solo pudo haber actuado llevado por un odio feroz hacia nosotros.

**

Abril (1942)

Relato de una madre y una hija, ambas francesas

En junio, huyeron de los alemanes. La madre es una aristócrata y la hija le es totalmente sumisa. Llegan a una granja abandonada y empiezan a ordeñar a las vacas que van hacia ellas mugiendo para que las ordeñen. En el sótano, encuentran a un senegalés herido, al que reaniman y curan. Una vez sano, el senegalés se convierte en su criado. Es un hombre maravilloso, servicial, semianalfabeto, tierno, en una palabra, una especie de príncipe Mishkin negro. Las dos mujeres, que ya no son jóvenes, recobran repentinamente el placer de vivir. Regresan los tres a París; pero, cuando llegan a la zona ocupada, un soldado alemán mata al Negro.

**

Noviembre (1942)

Basta leer dos números del periódico ruso berlinés Palabra Nueva para comprender la nulidad, el servilismo, la bajeza y la venalidad del ruso cuando intenta obtener el favor de los poderosos.

**

Julio (1943)

Un apicultor vino a revisar las colmenas. Marie-Louise me contó la siguiente historia respecto a él:

Tenía treinta años y su padre sesenta. Poseían un centenar de colmenas y contrataron a una mujer para que les ayudara. Por la noche, la mujer cenó con ellos y les preguntó dónde iba a acostarse. El padre le dijo que eligiera a quien quisiera, a él o a su hijo. La mujer eligió a este último y allí se quedó. El viejo murió. Ahora ambos tienen setenta años. Antes, la mujer había vivido en París donde ejercía la prostitución callejera, en el bulevar Montmartre. Alquilaba su sitio y, cuando se marchó al campo, lo vendió muy ventajosamente.

**

Agosto (1943)

La señora Chaussade y su marido se han instalado en la casa vacía del guardabarreras (hace mucho tiempo que el ferrocarril quedó exento de sus funciones). Ha acogido en su casa a tres niñas judías, a las que esconde. El Comité judío les paga la pensión. Los padres de las niñas fueron deportados a Auschwitz hace tiempo.

A veces, la señora Chaussade viene a casa con ellas. Se trata de dos gemelas de quince años, y de Regina, que tiene once. Dado que no tienen cartilla de racionamiento, la señora Chaussade decidió cultivar un huerto e incluso compró algunas gallinas. Todo hubiera ido bien si el señor Chaussade no se hubiera comportado de una manera un tanto extraña. Se encaprichó de una de las gemelas y se la sentaba en las rodillas. La señora Chaussade temía por la pequeña y se pasaba las noches errando por la casa y vigilando a las niñas. Al final, se vieron obligadas a encerrarse. El señor Chaussade degolló a las gallinas, puso un candado al huerto, no les dio comida y amenazó con denunciarlas a la Gestapo.

Fui a París y me dirigí al Comité judío donde, entre otros, trabaja P.A. Berlin. Me prometieron trasladar a las niñas a otro lugar.

**

Junio (1944)

Fuimos a bañarnos a un riachuelo bordeado de sauces llorones, a tres kilómetros de Longchêne. El agua solo nos cubría hasta las rodillas, pero bastó para refrescarnos. El agua era transparente y, en el fondo, se veían los cantos rodados. N.V.M. y Marie-Louise intentaban nadar y a M. y a mí nos dio un ataque de risa. De repente, durante el camino de regreso, oímos el zumbido de los aviones: eran dos cazas norteamericanos. Nos vieron, descendieron en picado y abrieron fuego sobre el saucedal. N.V.M., Marie-Louise y M. se arrojaron al suelo, entre los matorrales, y yo, completamente vestida, me metí en el agua. Cuando los aviones desaparecieron, seguimos tumbados boca abajo durante unos instantes (yo seguía en el agua); luego, regresamos a casa, sucios, deprimidos y amedrentados.

**

Septiembre (1947)

El hombre con quien ahora vivo (pero no por mucho tiempo) no es alegre, ni bueno, ni amable. Nada le salió bien, ha olvidado cuanto sabía y no ama a nadie. Poco a poco, uno también deja de amarle.

Nota sobre la autora

Nina Berberova publicó los siguientes títulos: Los últimos y los primeros (1930); La soberana (1932) La acompañante (1935); El camarero y su amiga (1937); Crónicas de Billancourt (1930-1940); Tchaikovski (1936); Borodin (1938); Sin ocaso (1938); Alexandr Blok y su tiempo (1947); Destino mitigado (1949); El cabo de las tormentas (1950-1951); El hombre pensante (1958); La peste negra (1959), entre otros. Su libro de memorias El subrayado es mío (1969) es una joya literaria y también un doloroso testimonio de los años del zarismo, la revolución soviética y la Segunda Guerra Mundial. Agradecemos al escritor y profesor Arnaldo Valero que nos pusiera en la pista de estos textos brevísimos en El cuaderno negro, última parte de las memorias de Berberova.

http://atodomomento.com/entretenimiento/minificcion-los-jueves-nina-berberova/

La acompañante de Nina Berbérova fragmento

Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Philadelphia, 1993) abandonó Rusia en 1922 e inició un exilio que la llevaría a varios países europeos y a Estados Unidos. Poeta, novelista, ensayista, periodista, biógrafa, gran parte de su obra gira en torno a la vida de los exiliados rusos en Europa. Una buena muestra de su maestría literaria es La acompañante, novela corta que se publicó en 1935 y cuya traducción al francés, que apareció cinco décadas después, cuando la autora contaba ochenta y cuatro años, supuso su reconocimiento internacional.
Ambientada en San Petersburgo, Moscú y París, entre otras ciudades, La acompañante explora la ambivalente relación que se establece entre Sonia, la hija ilegítima y poco agraciada de una humilde profesora de música, y María Trávina, una diva rebosante de talento y belleza. En el San Petersburgo de 1919, asolado por el hambre y la miseria, la joven y tímida Sonia se convierte en la acompañante al piano de la ambiciosa soprano, a quien seguirá hasta París en el camino de esta última hacia el estrellato, que nada ni nadie parece capaz de detener.
Zenda publica las primeras páginas de La acompañante (publicada por Contraseña editorial).

Estas notas me las entregó el señor P. R. Se las compró a un chamarilero en la calle de la Roquette, junto con un grabado de unas vistas de la ciudad de Pskov en 1775 y una lámpara de bronce que en otro tiempo funcionaba con queroseno y que ahora, por lo demás, iba provista de un cable eléctrico bastante decente. Al comprar el grabado, el señor P. R. le preguntó al chamarilero si tenía algo más de procedencia rusa. «Sí», respondió el vendedor, y sacó de un polvoriento armario que estaba en un rincón de la vieja tienda un cuaderno forrado de hule, uno de esos que desde hace muchísimo tiempo han servido, sobre todo a los jóvenes, para escribir diarios.

El chamarilero le explicó que había comprado ese cuaderno unos cinco años antes por cincuenta céntimos, junto con algunas partituras y dos o tres libros rusos —por desgracia, no los encontró—, en un hotel de mala muerte, donde había vivido y fallecido una mujer rusa. Después la propietaria saldó —como pago por la habitación— los vestidos, la ropa de cama y otros objetos de la difunta: es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer.
El señor P. R. primero escuchó todo el relato y solo luego abrió el cuaderno. Le interesaron las pri­meras líneas con las que sus ojos se toparon, así que pagó, tomó la lámpara con una mano, el grabado con la otra y el cuaderno bajo un brazo. En casa lo leyó hasta el final sin reconocer quién era la autora.
He modificado algunos detalles de estas notas, porque no todo el mundo puede ser tan poco perspicaz. La mujer que escribió y no quemó este cuaderno vivió entre nosotros, y muchos la cono­cieron, la vieron y la oyeron. La muerte, al parecer, la pilló por sorpresa. Si fue una enfermedad, debió de ser breve y virulenta, pues le resultó imposible poner en orden sus asuntos en este mundo; si se trató de un suicidio, fue tan repentino que a la di­funta no le dio tiempo de saldar ciertas cuentas…
En cualquier caso, esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.
1
Hoy hace un año que murió mamá. Dije esa palabra varias veces en voz alta: mis labios se habían desacos­tumbrado. Resultó extraño y agradable. Luego se me pasó. Algunas personas llaman «mamá» a sus madrastras, otros llaman así a la madre de su ma­rido; una vez oí a un señor mayor llamar «mamaíta» a su mujer —que era diez años más joven que él—. Yo solo tuve una «mamá» y nunca tendré otra. Se llamaba Yekaterina Vasílievna Antónovskaia. Tenía treinta y siete años cuando nací yo, su primera y única hija.
Era profesora de música, y ninguno de sus alumnos se enteró de que me dio a luz… Solo su­pieron que durante todo un año había estado gra­vemente enferma, que se había marchado a alguna parte. Esperaron pacientemente su regreso. Antes de que yo naciera, algunos de ellos iban a su domi­cilio. Cuando aparecí yo, mamá dejó de recibirlos en casa. Se pasaba los días fuera. A mí me cuidaba una vieja cocinera. Vivíamos en un piso pequeño de dos habitaciones. La cocinera dormía en la cocina; mamá y yo, en el dormitorio, y la otra estancia la ocupaba el piano de cola, por lo que la llamábamos «la habitación del piano». Comíamos allí. El día de Año Nuevo los alumnos varones enviaban flores a mamá, mientras que las chicas le regalaban retratos de Beethoven y máscaras de Liszt y de Chopin. Un domingo íbamos por la calle —yo debía de tener unos nueve años— y nos encontramos a las dos her­manas Svéchnikova, que acababan de terminar sus estudios en el liceo. Se pusieron a besar y a abrazar a mamá tan efusivamente que yo, del susto, me eché a gritar.
—¿Quién es esta criatura, Kátish Vasílievna? —pre­guntaron aquellas señoritas.
—Es mi hija —respondió mamá.
A partir de ese día, todo se supo, y, al cabo de una semana, mamá perdió tres alumnos; un mes después ya solo le quedaba Mítenka.
A los padres de Mítenka les traía sin cuidado si mi madre estaba casada o no, cuántos hijos tenía y de quién. Mítenka era un chico con talento, y sus padres pagaban bien, pero era imposible vivir únicamente de esas clases. Despedimos a la coci­nera, vendimos el piano y, sin pensarlo mucho, nos mudamos a San Petersburgo. Allí mamá se en­contró con algunos conocidos del conservatorio. En esa ciudad también la querían. Despacio, la­boriosamente, conquistó una vida tanto para ella como para mí. Y en el primer invierno volvía a ir de aquí para allá todo el día, lloviera o helara. A mí me matriculó en el conservatorio, en el curso preparatorio. Entonces yo ya tocaba el piano con total corrección.
No se me ocurrió pensar si mamá sufrió al aban­donar nuestra ciudad natal, donde había crecido sola con su madre, también profesora de música. Su padre —mi abuelo— había muerto prematura­mente, y las dos se quedaron solas, como nosotras luego, y todo era muy parecido, salvo que en su caso no había vergüenza. La abuela envió a mamá a estudiar a San Petersburgo cuando tenía dieciséis años. Terminó sus estudios en el conservatorio, re­gresó a N., dio un concierto, tocó en veladas bené­ficas y poco a poco empezó a dar clases a pequeños principiantes.
Nunca pensé en cómo había vivido sola después de la muerte de su madre, ni en cómo se acercó a la treintena, ni en lo que pasó después ni en quién era mi padre. No cerraba con llave los cajones de su escritorio, pero nunca encontré cartas ni fotografías. Recuerdo que una vez, cuando yo aún era muy pequeña, le pregunté si tenía un papá. Ella me contestó:
—No, Sónechka mía, no tenemos papá. Nuestro papá murió.
Dijo «nuestro», y lloramos juntas un rato.
Me enteré de todo de una manera muy sencilla. Tenía quince años cuando vino a San Petersburgo una amiga de mamá, profesora de francés en el liceo de N. Era por la tarde, sobre las seis. Mamá había salido. Yo estaba tumbada en nuestro pequeño sofá destartalado y leía a Tolstói. El timbre. Besos. Exclamaciones. «Pero ¡cómo has crecido! ¡Qué mayor estás!».
Pasamos mucho rato solas, ya era de noche, la lámpara estaba encendida; al otro lado de la pared alguien cantaba. Charlamos, recordamos los años lejanos en N., mi infancia. No sé cómo fue, pero me explicó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que entonces tenía solo diecinueve años, y que, antes de él, mi madre no había amado a nadie. Ahora estaba casado y tenía hijos. No le pregunté ni su nombre ni su apellido.
Llegó mamá. Entonces tenía ya más de cincuenta años. Era menuda, con el cabello cano, como la mayoría de las madres, y, por alguna razón, le empezaban a salir pecas en las manos. Yo misma no supe qué me pasaba: sentí pena por ella, tanta que me apetecía acostarme y llorar y no levantarme hasta que me quedara sin lágrimas. Me ofuscaba cuando pensaba en el causante de la ofensa: si en ese instante hubiese entrado por la puerta, me habría abalanzado sobre él, le habría sacado los ojos y mordido la cara. Pero, además, tenía vergüenza. Comprendí que mamá era mi deshonra, del mismo modo que yo era la suya. Que toda nuestra vida era una vergüenza irreparable.
Pero eso pasó. En el conservatorio, nadie me preguntó nunca por mi padre… Por lo demás, no llegué a establecer una amistad íntima con nadie. Había guerra. Yo ya me había hecho mayor. Poco a poco me hice a la idea de que tendría que elegir un trabajo: oficio ya tenía.
Llamaba a mi padre «ofensor». Más tarde comprendí que no era del todo así. Él tenía diecinueve años. Para él, mi madre solo había sido una etapa hacia la madurez. Lo más probable es que ni siquiera sospechase que ella, a su edad, aún fuera virgen. ¿Y ella? Con cuánto desespero y pasión, a pesar de la cercanía, debió de amarlo para entablar una relación con un chico que habría podido ser su hijo y dar a luz a una niña fruto de esa breve relación, la única de su vida. ¿Qué le quedaría de todo eso en la memoria y en el corazón?
Y llegó la revolución. Para cada cual la vida anterior acabó en un momento diferente: para uno, al subir a bordo de un barco en Sebastopol; para otro, cuando los hombres de Budionni1 entraron en su pequeña ciudad de las estepas; para mí, en la vida apacible de San Petersburgo. No había clases en el conservatorio. Mítenka, que desde hacía un mes daba vueltas por San Petersburgo —había venido a estudiar composición—, llegó a nuestra casa en la mañana del 25 de octubre. Mamá estaba resfriada. Mítenka tocó el piano, después comimos, y luego él se durmió… Ah, ¡qué bien me acuerdo de ese día! Por alguna razón, yo estaba muy ocupada cosiendo algo. Por la noche, los tres jugamos a las cartas. E incluso recuerdo que, para cenar, tomamos pescado.
Hijo de unos ricos comerciantes de N., Mítenka era el único alumno que mamá conservaba, por decirlo así, de los tiempos de la «vergüenza». Era un joven flemático, unos tres años mayor que yo, completamente indiferente a la vida, en general, y a la suya, en particular. Tenía peculiaridades: era un chico distraído y somnoliento; a sus tutores les había costado inculcarle hábitos de limpieza.
No sentía una gran devoción por la música; él era una suerte de vehículo de sonidos caóticos que, a través de él, se arrancaban de la nada y emergían a la realidad. Después de matricularse en el curso de composición, sorprendió a todo el mundo por sus ideas avanzadas, revolucionarias. Pero, cuando mantenía una conversación, estaba indefenso y no podía explicar ni defender nada. Mamá se desesperaba cada vez más con sus cacofonías, que de una manera estúpida y atroz se estaban apoderando de él.
A mí Mítenka me era indiferente. Ese otoño, después de tantos años lejos de N., me fijé por primera vez en él de verdad. Tenía veinte años. No era atractivo, había empezado a crecerle una barba que no siempre se afeitaba, pero en la cabeza ya le raleaba el pelo. Además, llevaba unas grandes gafas de pinza plateadas, tenía la voz gangosa y, cuando escuchaba, daba fuertes resoplidos. Pero quería mucho a mamá. Se disculpaba por sus corales con letra de Jlébnikov2 y decía que llegaría el momento en que no quedaría nada: ni caminos, ni puentes ni alcantarillado…; solo música.
Mis conocidos del conservatorio, que venían a visitarnos a casa, consideraban a Mítenka un cretino, pero nadie dudaba de su genialidad como músico. A mí me traían sin cuidado sus corales o su afecto. Me inquietaban los acontecimientos, me preocupaba el futuro y, en especial, un tal Yevgueni Ivánovich, empleado en la secretaría del conservatorio, que se había ido a Moscú y con quien había tenido, un mes antes, la siguiente conversación:
Él: —¿Es usted perspicaz?
Yo: —Me parece que sí.
—Hay algo que quiero decirle, pero no puedo. Tiene que adivinarlo.
—Muy bien.
—Responda: ¿sí o no?
Se me aceleró el corazón.
—Sí…
Pero no fue Yevgueni Ivánovich el destinado a dar un giro a mi vida, sino el paliducho y necio de Mítenka. El primero partió a Moscú y nunca regresó. Mis esperanzas de boda resultaron infundadas. Ese invierno, mientras repasaba mi conversación con él y seguía esperando que me escribiera, que viniese, a veces empezaba a tener la impresión de que no me había hecho ninguna declaración de amor, de que debía de haber tenido en mente algo del todo distinto: por ejemplo, pedirme que le prestase algo de dinero o que saludara de su parte a alguna chica por la que debía de estar interesado. Pero ¡allá él! Centrémonos, en su lugar, en un nuevo encuentro que resultó para mí «fatídico». En el invierno de 1919, Mítenka me presentó a María Nikoláievna Trávina.
——————————
Autora: Nina Berbérova. Traductora: Marta Rebón. TítuloLa acompañanteEditorial: Contraseña Editorial. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.
Nina berberova rusia

Jacinto Cenobio canciones de tierra adentro, de Pancho madrigal

La primera vez que escuche esta canción me golpeo, y la sigo escuchando y me vuelve a emocionar, se las comparto.es de la sutoria de un compositor mexicano

 

Pancho Madrigal, compositor, pintor y escritor de gran talento, nació el 19 de mayo de 1945 en Guadalajara, Jalisco. Empezó a componer canciones y a hacer giras por el centro y occidente del país. Fue premiado por su labor de difusión y por su aportación personal a la música mexicana, por gobiernos y asociaciones civiles de Jalisco. Con corridos humorísticos Pancho intenta parodiar y caricaturizar uno de los grandes vicios de la conducta del mexicano, como es el machismo, abordando para esto, temas como la pendencia, el bandolerismo, y otros, que fueron algunos de los asuntos más comunes en los corridos de épocas anteriores, pero despojándolos, por medio del humor, de la carga de dramatismo y del tono sangriento que caracterizaban originalmente a este género. Mezcla de narrador y cantador de corridos, Pancho Madrigal ingresó en 1968 al Coro Folclórico de la Universidad de Guadalajara, poco más tarde comenzó a componer canciones y a hacer giras por el país, integrándose a la corriente de la nueva canción latinoamericana, entre 1974 y 1979 encabezo el conjunto “Los Masiosares”, después volvió a la actividad como solista. En la actualidad Pancho Madrigal sigue activo a sus 72 años, se presenta en Guadalajara en un lugar denominado “Rojo café”, en donde interpreta sus temas acompañado de su grupo llamado “El borlote”.

Entrevista con Pancho Madrigal, autor de Jacinto Cenobio, entre otras canciones

 

“Jacinto Cenobio” es una canción popular mexicana en donde se narra el deseo de muchos campesinos y habitantes de la provincia mexicana: viajar a la capital para formar una nueva vida y la búsqueda de oportunidades, cosa que rara vez encuentran. Esta composición fue hecha famosa por el grupo Sanampay, donde era vocalista Guadalupe Pineda y posteriormente la acuñó como una de sus piezas más representativas en su carrera artística.

Despertar a la mañana — Casiopea

Comienza a despertar el día, tiene sus propios ruidos y pensamientos. A repetir el ciclo, la historia y expectativas. Que aburrida la película cuando ya la conoces y el final no cambia. Nadie espera al final del puente. Sonríe, quisa sea el último despertar de la mañana, Karonte en algun lugar aún duerme.

a través de Despertar a la mañana — Casiopea

Abajo de, debajo de

 

Redacción sin Dolor
3 de septiembre de 2012 a las 9:22
Pensamiento para hoy acerca de las frases «abajo de – debajo de»
«Abajo» es un adverbio de lugar que, empleado con verbos de movimiento —sea este explícito o implícito—, significa
«hacia una parte inferior»: “Veo abajo para no marearme”; “Voy abajo para ver si todavía funciona esa estufa eléctrica que guardamos el año pasado”. También alude a cualquier lugar de posición inferior: “Mi mamá vive abajo, en el primer
piso”; “Helena está muy abajo en el ranquin de los tenistas
internacionales”.
Es perfectamente legítimo que lo anteceda una preposición como «de», «desde», «hacia», «para» o «por»: “Llegó desde abajo”; “Se dirigió hacia abajo”; “La miró de arriba abajo”.
En México y otros países de este lado del océano Atlántico es común escuchar la locución ⓧ»abajo de». En el habla y la escritura esmeradas lo aconsejable es «debajo de»: “Siempre tiro mi ropa sucia debajo de la cama”.

Los quehaceres del río.

El río recuerda a las lavanderas: gustaba de verlas cada semana en sus orillas con su chorcha de hijos. El splash splash que cada una de ellas hacía al lavar y que se unía a los rumores de su corriente. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, y hacia silbar a las hojas. En otras se detenía, abriéndole las puertas al silencio.
Y el río complacía a la bóveda del cielo; entregándole su música alegre, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

John Locke  epitafio

John Locke también preparó a conciencia su epitafio. Es bastante extenso y le da para hacer un repaso a su vida y sus logros en diálogo con un interlocutor imaginado:

Detente, viajero. Aquí yace John Locke. Si te preguntas qué clase de hombre era, él mismo te diría que alguien contento con su medianía. Alguien que, aunque no fue tan lejos en las ciencias, sólo buscó la verdad. Esto lo sabrás por sus escritos. De lo que él deja, ellos te informarán más fielmente que los sospechosos elogios de los epitafios. Virtudes, si las tuvo, no tanto como para alabarlo ni para que lo pongas de ejemplo. Vicios, algunos con los que fue enterrado. Si buscas un ejemplo que seguir, en los Evangelios lo encuentras; si uno de vicio, ojalá en ninguna parte; si uno de que la mortalidad te sea de provecho, aquí y por doquier.

 

Wrington, Somerset, 1632 – Oaks, Essex, 1704) Pensador británico, uno de los máximos representantes del empirismo inglés, que destacó especialmente por sus estudios de filosofía política. Este hombre polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la medicina y mantuvo relaciones con reputados científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y alcanzó renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del pensamiento político liberal.

Resultado de imagen para john locke

El tigre blanco de Aravind Adiga Fragmento Literatura Hindú

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

Alfredo Álamo el 19 de noviembre de 2009 en Reseñas

Tigre Blanco

Desde una premisa un tanto peculiar, Tigre Blanco se compone de una serie de cartas – o notas, más bien- que un avispado empresario de Bangalore tiene a bien enviarle al primer ministro chino en su visita a la India, Adiga es capaz de retratar de manera magistral los últimos quince años de la India, alternando pinceladas delicadas con gruesos brochazos.

Lo que es en realidad la historia de un muchacho, al principio sin nombre aunque reciba el de Balram Halwal, y además el de Tigre Blanco, sin que eso quite que lleve alguno más a lo largo de su narración, se convierte en un excusa para enseñar lo que en la India llaman la Oscuridad, el interior del país, bañado por el Ganges y sumido en unos usos y costumbres rayanos en lo medieval. Es curioso como la narración podría haber sido igual sobre los años veinte o sobre los sesenta. Llega a sorprender encontrarse los primeros atisbos de tecnología, como un teléfono móvil, o un centro comercial, lugar donde sólo los ricos pueden entrar.

Adiga nos enseña la India de contrastes a través de la vida de un criado que se vuelve pícaro, un hombre que aspira a mucho más de lo que tiene, animado más por una curiosidad innata que por un sentimiento de maldad. Mientras hay hospitales abandonados para miles de personas, brillantes clínicas privadas florecen de Dheli. Ciudades enteras, en la Luz, es decir, en la costa, son caldo de cultivo para las subcontratas americanas, que dan prosperidad y espacio para que los empresarios autoeducados, como Balram, puedan hacer sus negocios.

El Tigre Blanco aparece uno en cada generación y Balram es uno de ellos, el elegido para abandonar la oscuridad y, por lo menos, acercarse hasta la luz, aunque para ello descubra, admire y reniegue de su propia naturaleza.

La obra de Adiga fue galardonada con el Man Booker de 2008 y la verdad es que es un auténtico placer adentrarse en la sociedad india de manos de un narrador ágil y que es capaz de contarte desde cómo se trabaja en un salón de té a la corrupción política estatal en apenas dos párrafos seguidos y conectados de manera magistral.

 

A inicio hay una liga, la vuelvo a poner:

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

No me permitió copiar,  es extenso, pero no tiene desperdicio, de esos autores que uno empieza y desea seguir.  Ojo: abre la liga bien y cuando se despliega hay una flecha con la punta hacia arriba, denle clik allí y los llevará al inicio. Disfruten del fragmento de un excelente escritor.

Tomás Moro y su deseo en el epitafio

Tomás Moro escribió poco más o menos la historia de su vida. Al final del relato, como lo que quería era descansar eternamente junto a las mujeres que lo habían hecho feliz, concluyó su largo epitafio con estos versos sorprendentes:

Aquí yace Juana, querida mujercita de Tomás Moro;
sepulcro destinado también para Alicia y para mí.
En los años de mi mocedad estuve unido a la primera:
gracias a ella me llaman padre un muchacho y tres chicas.
La otra fue para con ellos –cosa rara entre madrastras–
madre cariñosa, como si de hijos propios se tratara.
De igual modo vivo con ella como viví con la anterior:
difícil es decir cuál de las dos me es más querida.
¡Ay, qué gran suerte sería estar juntos los tres!
¡Ay, qué dicha si lo permitieran la religión y el destino!
Por eso pido al cielo que esta tumba nos cobije unidos,
concediéndonos así la muerte lo que no pudo la vida.

(Thomas More; Londres, 1478 – 1535) Político y humanista inglés. Procedente de la pequeña nobleza, estudió en la Universidad de Oxford y accedió a la corte inglesa en calidad de jurista. Su experiencia como abogado y juez le hizo reflexionar sobre la injusticia del mundo, a la luz de su relación intelectual con los humanistas del continente (como Erasmo de Rotterdam). Desde 1504 fue miembro del Parlamento, donde se hizo notar por sus posturas audaces en contra de la tiranía.
Su obra más relevante como pensador político fue Utopía (París, 1516). En ella criticó el orden político, social y religioso establecido bajo la fórmula de imaginar como antítesis una comunidad perfecta; su modelo estaba caracterizado por la igualdad social, la fe religiosa, la tolerancia y el imperio de la ley, combinando la democracia en las unidades de base con la obediencia general a la planificación racional del gobierno.
A pesar de haber mantenido en el plano teórico estas aspiraciones premonitorias del pensamiento socialista, Tomás Moro fue prudente y moderado en cuanto a la posibilidad de llevarlas a la práctica, por lo que no combatió directamente al poder establecido ni adoptó posturas ideológicas intransigentes.
Enrique VIII, atraído por su valía intelectual, le promovió a cargos de importancia creciente: embajador en los Países Bajos (1515), miembro del Consejo Privado (1517), portavoz de la Cámara de los Comunes (1523) y canciller desde 1529 (fue el primer laico que ocupó este puesto político en Inglaterra). Ayudó al rey a conservar la unidad de la Iglesia de Inglaterra, rechazando las doctrinas de Lutero; e intentó, mientras pudo, mantener la paz exterior.
Sin embargo, acabó rompiendo con Enrique VIII por razones de conciencia, pues era un católico ferviente que incluso había pensado en hacerse monje. Moro declaró su oposición a Enrique y dimitió como canciller cuando el rey quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón, rompió las relaciones con el Papado, se apropió de los bienes de los monasterios y exigió al clero inglés un sometimiento total a su autoridad (1532).
Su negativa a reconocer como legítimo el subsiguiente matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, prestando juramento a la Ley de Sucesión, hizo que el rey le encerrara en la Torre de Londres (1534) y le hiciera decapitar al año siguiente. La Iglesia católica lo canonizó en 1935.

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/moro_tomas.htm

De las arañas de la ceguera

Para disfrutar del ingenio y de la prosa.

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

De las arañas de la ceguera

Marti Lelis

Una vez por año, durante el mes de abril, las arañas de la ceguera invaden San Juan Chauburgo. Entonces no tenemos ganas de vernos y ensayamos nuestras mejores peores caras. Y no es aracnofobia, ni alergia a la telaraña o a la ponzoña; es el odio acerbo que se nos mete en las pupilas como un eclipse a mediodía; odio a nada y a todo, como darle rodillazos a un costal lleno de clavos y agujas. Las arañas, desde luego, tienen la culpa de nuestro carácter por tanto agitar sus patitas, un poco a lo Gregorio Samsa, pero más exasperante y piloso y con mucha seda. Cubren la ciudad con capullos y tienden líneas plateadas entre edificios. El efecto cegador es inmediato en cuanto aparece la primera. Sólo sabemos de su existencia porque hay videos que han sacado las cámaras de vigilancia.

Ver la entrada original 119 palabras más