Nasrudin siempre escoge mal, anónimo árabe

Todos los días Nasrudin iba a pedir limosna a la feria, y a la gente le encantaba hacerlo tonto con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, una valiendo diez veces más que la otra. Nasrudin siempre escogía la de menor valor.
La historia se hizo conocida por todo el condado. Día tras día grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas, y Nasrudin siempre se quedaba con la de menor valor. Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver a Nasrudin siendo ridiculizado de aquella manera. Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:
—Siempre que te ofrezcan dos monedas, escoge la de mayor valor. Así tendrás más dinero y no serás considerado un idiota por los demás.
—Usted parece tener razón —respondió Nasrudin—. Pero si yo elijo la moneda mayor, la gente va a dejar de ofrecerme dinero para probar que soy más idiota que ellos. Usted no se imagina la cantidad de dinero que ya gané usando este truco. No hay nada malo en hacerse pasar por tonto si en realidad se está siendo inteligente.
Nasrudin

Augusto Monterroso y el cuento

Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.
Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.
La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

AUGUSTO-MONTERROSO

Augusto Monterroso Bonilla
Tegucigalpa, Honduras, 21 diciembre 1921 – México, D. F. 7 febrero 2003

Un poema de Rupi Kaur

Rupi_Kaur_reading_from_her_book_milk_and_honey_in_Vancouver_-_2017
¿Pensaste que era una ciudad
lo suficientemente grande como para una escapada de fin de semana?
Soy el pueblo que la rodea
del cual nunca escuchaste hablar
pero por el que siempre pasaste.
No hay luces de neón aquí
ni rascacielos o estatuas
pero hay trueno
pues hago temblar a los puentes.
No soy fritanga
soy mermelada casera
lo suficientemente espesa como para cortar
la cosa más dulce que tus labios tocarán.
No soy sirenas de policía
soy el chasquido en una chimenea.
Te quemaría y tú no apartarías la mirada de mí
porque me vería tan hermosa haciéndolo que te sonrojarías.
No soy un cuarto de hotel. Soy hogar.
No soy el whiskey que quieres
soy el agua que necesitas.
No vengas aquí con expectativas y tratando de hacer de mí una vacación. 

Rupi Kaur, Honey and Milk (2014)

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Bianca Li (1984) Estudiante de Humanidades y Sociales.

https://twitter.com/bla_camflo

Aki Shimazaki: El quinteto Nagasaki frag.

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Llueve desde la muerte de mi madre. Estoy sentada junto a la ventana que da a la calle. Espero al abogado de mi madre en su oficina, donde trabaja una sola secretaria. Estoy aquí para firmar todos los papeles de la herencia: el dinero, la casa y la tienda de flores de la que se ocupaba desde el deceso de mi padre, muerto de un cáncer de estómago hace siete años. Soy la única hija de la familia, y la única heredera declarada.
Mi madre le tenía cariño a la casa. Es una vieja casa rodeada de una cerca de arbustos. Atrás, un jardín con un pequeño estanque redondo y una huerta. En un rincón, algunos árboles. Entre los árboles, mis padres habían plantado camelias poco después de comprar la casa. Las camelias le gustaban a mi madre.
El rojo de las camelias es tan vivo como el verde de las hojas. Las flores caen al final de la estación, una por una, sin perder su forma: corola, estambres y pistilo permanecen siempre juntos. Mi madre recogía las flores del suelo, todavía frescas, y las arrojaba al estanque. Las flores rojas de corazón amarillo flotaban en el agua unos días.
Una mañana le dijo a mi hijo: «Me gustaría morir como una tsubaki. Tsubaki es el nombre japonés de la camelia».
Ahora, como era su deseo, sus cenizas están dispersas en la tierra alrededor de las camelias, y su lápida está junto a la de mi padre en el cementerio.
Aunque solo anduviera por los sesenta, decía que ya había vivido lo suficiente en este mundo. Tenía una grave enfermedad pulmonar. Era una sobreviviente de la bomba atómica que había caído en Nagasaki tres días después de Hiroshima. Esta segunda bomba causó ochenta mil víctimas en un instante e hizo que Japón capitulara. Allí también murió su propio padre, mi abuelo.
Nacido en Japón, mi padre partió después de la guerra rumbo a este país, donde su tío le había ofrecido trabajar en su pequeña empresa. Era un taller de ropa de algodón inspirada en la forma del kimono, recta y simple. Antes de irse, mi padre quería casarse. Una pareja de su familia organizó un miai con mi madre: se trata de un encuentro convenido con vistas al matrimonio. Mi madre era hija única, su madre había muerto también, de leucemia, cinco años después de la bomba atómica. Como se había quedado sola, mi madre decidió aceptar casarse con mi padre.
Con él trabajó sin descanso para desarrollar la empresa; luego, cuando se jubilaron, dedicó mucho tiempo a la tienda de flores que abrieron juntos. Asistió a mi padre hasta el último momento. En el funeral me dijeron que debía de haber sido feliz con una mujer tan dedicada como mi madre.
Solo después de la muerte de mi padre pudo llevar una vida más tranquila y discreta en compañía de una empleada doméstica extranjera, la señora S. Esta dama no entendía japonés ni la lengua oficial del lugar. Solo necesitaba dinero y una habitación, y mi madre necesitaba a alguien que pudiera ocuparse de ella en la casa. A mi madre no le gustaba la idea de vivir conmigo o en un asilo, menos aún en una clínica. En caso de necesidad, hacía llamar a su médico por la señora S., que apenas podía decirle por teléfono: «Venga a casa de la señora K.».
Mi madre, además, confiaba en la señora S. «Nos arreglamos», le contestó a mi hijo cuando le preguntó cómo se comunicaban entre ellas. «Me siento bien sin hablar. La señora S. es una persona discreta. Me ayuda y no me molesta en absoluto. No es una persona instruida. No me importa. Lo que cuenta para mí son sus modales.»
En cuanto a la guerra y la bomba atómica que cayó en Nagasaki, mi madre se negaba a hablar del asunto. Más aún, me prohibía decir en público que era una sobreviviente de la bomba. Pese a toda la curiosidad que yo había sentido desde niña, tenía la obligación de dejarla en paz. Me parecía que seguía sufriendo la pérdida de su padre, a quien la carnicería se había llevado.
Fue mi hijo, sin embargo, quien en su primera adolescencia empezó a hacerle las mismas preguntas que siempre me habían preocupado. Cuando se ponía demasiado insistente, mi madre le gritaba que volviera a su casa.
En sus tres últimas semanas nos decía que le costaba dormir. Le pidió somníferos a su médico. Fue en ese período cuando, de pronto, se puso a hablar de la guerra hasta por los codos. Mi hijo y yo íbamos a verla casi todas las tardes. Mi madre siguió hablándole del asunto incluso la víspera de su muerte.
Estaba sentada en un sillón de la sala, frente a la cocina, donde yo leía un libro. Podía verlos y oírlos a los dos.
Mi hijo le preguntó:
—Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?
—Porque en ese momento solo tenían dos —dijo ella con franqueza.
La miré. Me pareció que bromeaba, pero su rostro estaba serio. Asombrado, mi hijo dijo:
—¿Quiere decir que si hubieran tenido tres habrían tirado la tercera en otra ciudad de Japón?
—Sí, creo que hubiera sido posible.
Mi hijo hizo una pausa y dijo:
—Pero los norteamericanos ya habían destruido la mayoría de las ciudades antes de tirar las bombas, ¿no es cierto?
—Sí, en los meses de marzo, abril y mayo, cerca de cien ciudades habían sido destruidas por los B-29.
—De modo que para ellos era evidente que Japón no estaba en condiciones de seguir combatiendo.
—Sí. Por otro lado, los dirigentes norteamericanos sabían que, en junio, Japón, por intermedio de Rusia, intentaba emprender negociaciones de paz con los norteamericanos. Japón también temía ser invadido por los rusos.
—Entonces ¿por qué lanzaron de todos modos esas dos bombas, abuela? La mayoría de las víctimas eran civiles inocentes. ¡Mataron a más de doscientas mil personas en unas semanas! ¿Qué diferencia hay con el Holocausto de los nazis? ¡Es un crimen!
—Así es la guerra. Solo se piensa en ganar —dijo ella.
—Pero ¡si ya habían ganado la guerra! ¿Para qué hacían falta las bombas? A mi bisabuelo lo mató una bomba que, en mi opinión, era totalmente inútil.
—No eran inútiles para ellos. Una acción siempre tiene razones y ventajas.
—Entonces dígame, abuela, ¿qué ganaron lanzando esas dos bombas atómicas?
—Amenazar a un enemigo más grande, Rusia.
—¿Amenazar a Rusia? Entonces ¿por qué no era suficiente con una sola bomba atómica?
—¡Buena pregunta, nieto mío! Creo que los dirigentes norteamericanos querían mostrar a los rusos que tenían más de una bomba atómica. Tal vez también quisieran ver qué efecto producía cada bomba, sobre todo la segunda, pues eran dos bombas distintas: la que cayó en Hiroshima había sido fabricada con uranio; la de Nagasaki, con plutonio. Gastaron en secreto muchísimo dinero en esas bombas. El norteamericano común no sabía de su existencia. Ni siquiera Truman, el vicepresidente de la nación, había sido informado. Puede que se vieran obligados a usarlas antes de que la guerra terminara.
Mi hijo no se conformó con esa respuesta. Siguió interrogándola:
—Si las bombas eran para amenazar a Rusia o para probar nuevas armas, ¿por qué lo hicieron con Japón, donde ya no quedaba nada por destruir? ¿Por qué no en Alemania?
—¡Ah, otra pregunta curiosa! Alemania ya había renunciado oficialmente a la guerra. Incluso de no ser así, los norteamericanos no se habrían atrevido a tirar bombas atómicas en el centro de Europa. Son descendientes de europeos, después de todo. Los norteamericanos consideraban que todos los japoneses, civiles o militares, eran sus enemigos, pues no eran hakujin.
—¿Incluso los cristianos? —preguntó.
—Por supuesto —contestó ella sin vacilar—. Cuando vivía en Nagasaki conocí a gente católica. Nagasaki es famosa por sus creyentes. Un día, una muchacha católica de mi escuela me dijo muy seria: «Los norteamericanos son cristianos. Si ven cruces en nuestra ciudad, pasarán de largo sin arrojar las bombas». Le dije enseguida: «Para ellos, los japoneses son japoneses». Y la bomba atómica cayó frente a una iglesia.
Mi hijo estaba callado. En realidad, la mitad de su ascendencia es europea. Sus bisabuelos eran alemanes. Su abuelo, nacido también en Alemania, pero criado en Estados

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Reseña de la librería de Mitzuko de Aki Shimazaki de Wilson Pérez Uribe

Esa sutil inocencia de las palabras en la obra de Aki Shimazaki: Hôzukim la librería de Mitsuko

Las cosas extrañas portan una sutileza encantadora. Vienen de a poco, nos son dadas gradualmente, como si tuviéramos que habituarnos a ellas para recibirlas. Quizá, sin titubeos, sea esta la experiencia que se deshilvana en la lectura de Hôzukim la librería de Mitsuko (2017)de Aki Shimazaki (Gifu, Japón, 1954), novelista y traductora canadiense de origen japonés. Un libro para acompañarnos durante un viaje o en una tarde de tibio sol. Traducida por Íñigo Júregui y publicado por Nórdica Libros, se nos ofrece una novela ligera por su extensión y no menos diciente por lo que se permite sugerir entre sus líneas.
Mitsuko vive con su hijo Tarô Tsuji y su madre, una anciana católica. Ella pasa sus días en una librería de su propiedad, especializada en la venta de libros de filosofía. Descubrimos una vida serena, apacible, la cual se complementa con un trabajo un poco distinto al habitual. Cada viernes en la noche cambia su tranquila posición de mujer vendedora de libros para trabajar en un bar de alta gama. Allí presta sus servicios y no se priva de variadas y particulares conversaciones con intelectuales y escritores. Mitsuko, de reservada personalidad, dice: “Cada uno tienen una vida única y problemas que pueden ser increíbles. Como se suele decir: ‘La realidad a menudo supera la ficción’. Pero, después de todo, la vida del prójimo no es asunto de nadie”. No le han interesado los problemas de las demás personas, no ha asistido al encadenamiento que impone otro ser. Hay en ella una ingenuidad que le permitía recordar una vida pasada donde abundaron los amantes, los viajes a otros países y algunas marcas propias de la vida que no reservarían esa áspera línea entre la alegría y la tristeza.
Tarô, hijo de Mitsuko, es sordomudo. En la novela se particulariza su condición a través de la mención de esa antigua lengua de señas que el niño aprende para comunicarse con su madre y su abuela. Sin embargo, no desconoce los ideogramas chinos (kanji) ni la escritura silábica japonesa (hiragana). En la infancia todos los comienzos son posibles: suerte de natalidad frente al mundo, acontecimiento de la mirada, experiencia de una poética del sentido. En este sentido, Aki Shimazaki ha recreado en Tarô la figura de un personaje inolvidable. Aficionado a la pintura, aprenderá ese silencio musical con el que se pueden mirar la cosas, no solo de su madre, sino también de su gato Sócrates, quien fue encontrado, en medio de la intemperie, por Mitsuko. Tarô, de siete años, conoce a Hanako, una niña que ingresa con su madre Sato a la librería buscando algunos libros de filosofía y psicología. El encuentro entre ambos niños será determinante para que otra historia vincule a las dispares Mitsuko y Sato. Un encuentro, único e indefinible, entre dos vidas que llegan a vincularse más allá del tiempo y del espacio, más allá de disímiles percepciones sobre la verdad y la mentira, dando a la historia un giro entrañable y sensato.
Si en la infancia asistimos a ese comienzo posible, es porque Torô nos revela otra dimensión del ser niño. Es decir, la inocencia es el fruto de una mirada honesta frente al mundo. No nos podemos privar de compartir este fragmento que resulta ser luminoso:

“Le explico a Tarô el significado de la palabra confesión.

—Si admito ante el cura el mal que hice, ¿de verdad Dios va a perdonarme? —pregunta, confundido.

—No lo sé, pero es lo que creen los católicos. A condición de que no repitas tu falta.

—¿El cura no le cuenta a nadie lo que ha oído?

—No. Su función es guardar el secreto.

—Incluso si le robo a alguien, ¿no me llevará la policía?

—No. El cura tratará de convencerte de que vayas tú mismo a la policía.

—Si me niego a ir, ¿llamará a la policía?

—No. Aun así, debe guardar el secreto.

—¿Y si la policía le pide que diga la verdad?

—Intentará convencerte, peo no te traicionará.

—¡Qué valiente! —exclama Tarô, impresionado.

—Sí, mucho, pero tú tampoco debes traicionarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú te arrepientes de lo que has hecho y no lo repites.

—Si todo funciona así —dice —, no hace falta policía ni cárcel”.

Aki Shimazaki propone en su novela una relación fría y tensa, en un principio, pero que se irá construyendo, a la manera de fragmentos que forman un objeto concreto. A través de Mitsuko y la distinguida señora Sato, la autora explorará la temática, siempre frágil y compleja, de la maternidad, el abandono, el aborto y la adopción. El lector que propone es un lector activo, como lo pensara Julio Cortázar. El lector habitará la historia, anudará las luces que se ocultan entre sombras, construirá una casa donde ambas mujeres habitarán en un destino común y compartido. La cercana amistad entre los dos niños, Tarô y Hanako, será ese puente entre el presente y el pasado. La analepsis abunda y el tejido tomará tramas y texturas no avizoradas. Será el lector quien las descubra, quien perciba al final un otro decir, para ligarse con hechos y recuerdos donde resuena, siempre, una cierta lección del amor.
Aki Shimazaki, en Hôzukim la librería de Mitsuko, nos comparte una visión íntima sobre cómo se anudan los lazos humanos. Es una novela que sigue diciendo luego de ser leída. La sugerencia ha sido una de las características más destacables en la literatura japonesa. No representar el mundo completamente, sino graduarlo para que se convierta en encuentro, en acontecimiento y, por qué no, en la felicidad de unos hechos que precisan de nuestra mirada para tomar la forma de la memoria en esa sutil inocencia de las palabras.

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Mini biografía

Aki Shimazaki nació en Gifu (Japón) en 1954, pero vive en Montreal (Canadá) desde 1991. Sus libros han sido traducidos al inglés, japonés, serbio, alemán, ruso y húngaro. Con «El quinteto de Nagasaki» ganó el Premio Ringuet de la Academia de las Letras de Quebec, el Premio Literario Canadá-Japón y el Premio Gouverneur-Général en 2005. Tras un segundo ciclo de cinco novelas titulado Au coeur du Yamato, en 2015 comenzó un tercero, Azami. Es también autora de las novelas «Tonbo» (2012) y «Hôzuki, la librería de Mitsuko» (2016)

Wilson Pérez Uribe (@WilsonP_U). Escribe poesía y ensayo. Algunos de sus poemas y ensayos han sido publicados en Colombia, España y México en revistas como La TaguaAurora BorealSuma CulturalOtro PáramoPeriódico de poesía UNAM, Literariedad, Desván y Cronopio, periodismo cultural, entre otros. entre sus poemarios destacan El amor y la eterna sinfonía del mar (Hombre Nuevo Editores, 2011) y  Movimientos (Universidad de Antioquia, 2018).

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El viaje de Ednodio Quintero

Al fin, después de tantos años la pareja estuvo lista para iniciar el viaje. Todos los preparativos anteriores se habían frustrado ante un olvido de último momento. Esta vez habían tomado en cuenta el más mínimo detalle. Conservaban el propósito de partir sin que sus vecinos se enteraran. Sin embargo en la esquina se arremolinaba un montón de curiosos cuando pasó el coche fúnebre.

Biografía

Ednodio José Quintero Montilla nació en Las Mesitas, Trujillo, Venezuela el 11 de marzo de 1947. Se mudó a Mérida, en 1965, para estudiar Ingeniería Forestal. Ha sido profesor en la Escuela Nacional de Artes Audiovisuales de la Universidad de Los Andes, y fue promotor de diversos proyectos culturales en Mérida como la revista y editorial Solar, el taller literario TAL y la Bienal Nacional de Literatura «Mariano Picón Salas».

Publicó en 1974 su primer libro de cuentos, La Muerte Viaja a Caballo, le siguieron Volveré con mis Perros, de 1975 y El Agresor Cotidiano, de 1978. Tras una crisis personal, no volvió a publicar hasta 1988 los cuentos La Línea de la Vida, y su primera novela La danza del jaguar, de 1991. También ha escrito novelas cortas como La Bailarina de Kachgar, de 1991; El rey de las ratas, de 1994, y El cielo de Ixtab, de 1995 y los libros de cuentos Cabeza de cabra y otros relatos, de 1993, El combate, publicado en 1995, y El corazón ajeno, en 2000, y la novela Lección física, a la que siguieron Mariana y los Comanches, de 2004; Confesiones de un Perro Muerto, de 2006; El Hijo de Gengis Khan, de 2013 y El amor más frío que la muerte, de 2017.
Ha publicado también los ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997) y dos guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975), Cubagua (1987).

 En la tumba de Orson Welles:

«No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores».

(Kenosha, Estados Unidos, 1915 – Los Ángeles, 1985) Director, productor, guionista y actor de cine estadounidense. Hijo de un hombre de negocios y de una pianista, Welles fue un niño prodigio que a los dieciséis años comenzó su carrera teatral en el Gate Theatre de Dublín y cinco después (1936) debutó como actor y director en Nueva York. Durante su etapa teatral alcanzó notoriedad gracias a diversos montajes shakespearianos, como el de Macbeth, obra íntegramente representada por actores negros, o Julio César, todos ellos producidos por la Mercury Theatre, compañía fundada por el propio Welles y su socio John Houseman en 1937.
Su versión radiofónica del original literario de H. G. Wells La guerra de los mundos(1938) fue hasta tal punto realista que sembró el pánico entre miles de oyentes, convencidos de que realmente se estaba produciendo una invasión de extraterrestres. Avalado por este éxito, firmó con la productora RKO un contrato que le otorgaba total libertad creativa, circunstancia que aprovechó hasta el límite en su primer filme, Ciudadano Kane (1941).
Considerada como una de las obras más significativas de la historia del cine, esta especie de biografía imaginaria del magnate de la prensa William Randolph Hearst, protagonizada por el propio Welles -coautor también del guión, que escribió en colaboración con Herman J. Mankiewicz-, fue capital a la hora de sentar las bases del moderno lenguaje narrativo cinematográfico.
Sin embargo, el propio Hearst aprovechó los resortes de su poder para criticar duramente la película, que no consiguió el éxito esperado en Estados Unidos, mientras que hasta después de la Segunda Guerra Mundial no se estrenaría en Europa, donde enseguida se convirtió en una cinta de culto minoritaria.

 

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Otras frases
«Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos».

«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».

«Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude».

«El escritor necesita una pluma, el pintor un pincel, el cineasta todo un ejército».

«No rezo porque no quiero aburrir a Dios».

Kim Thúy Vietnam

Kim_Thúy_-_Atlantide_2018

«cada domingo iba yo a la ribera de un estanque de lotos en las afueras de Hanói, donde siempre había dos o tres mujeres de espalda arqueada, de manos temblorosas, que, sentadas en el fondo de una barca redonda, se desplazaban por el agua con la ayuda de una pértiga para colocar hojas de té dentro de las flores de loto abiertas. Regresaban al día siguiente para recogerlas, una a una, antes de que los pétalos se marchitasen, después de que las hojas aprisionadas hubieran absorbido durante la noche el perfume de los pistilos. Me decían que cada hoja de té conservaba así el alma de aquellas efímeras flores.”

“… así es hasta la posibilidad de este libro, hasta ese instante en que mis palabras resbalan por la curva de vuestros labios, hasta esas hojas blancas que toleran mi surco o, más bien, el surco de quienes caminaron ante mí, por mí. He avanzado en la huella de sus pasos como en un sueño despierto donde el perfume de una peonía abierta no es ya un olor sino un florecimiento; donde el rojo profundo de una hoja de arce en otoño no es ya un color, sino una gracia; donde un país no es ya un lugar, sino un arrullo.”

 

Yo era dueña de la eternidad, porque el tiempo es infinito cuando no se espera nada.

Cuando el futuro no existe, porque no se espera nada, el presente consiste en viajar constantemente al pasado. Un presente vivido entre sabores y aromas, como compañeros de viaje hacia el pasado, hacia los pasados…

Todo un placer leer a Kim Thúy.

Algunos fragmentos:

p. 31:
“Por eso me llamo Mân, que quiere decir ‘enteramente colmada’ o ‘que no tiene nada más que desear’, o ‘a quien se le han concedido todos los deseos’.”

p. 50:
“Según él, las golondrinas profesaban un amor paciente e infinito a sus polluelos porque eran las únicas que fabricaban sus nidos sólo con ayuda de su saliva. Al comer los nidos, tendríamos más oportunidades de ser padres a nuestra vez.”

p. 52:
“De entre tanta preciosa recolecta, se me había quedado la palabra ‘indolencia’ del libro Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, ‘languidez’ de Verlaine y ‘penitenciario’ de Kafka. Además Mamá me explicó qué significaba ‘ficción’ con la siguiente frase de Albert Camus en El extranjero: ‘Por la noche, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella’, pues para nosotras era impensable que una mujer pudiese manifestar tal deseo. Y luego, sin conocer ni el principio ni el final de la historia de Marius, de Los miserables, lo había erigido en héroe porque, una vez, nuestra ración mensual de cerdo había venido envuelta en la frase: ‘La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza son campos de batalla que cuentan con sus héroes; héroes oscuros, más grandes a veces que los héroes ilustres…’.”

p. 84:
“Mamá me repetía a menudo que, en caso de conflicto, es mejor retirarse que insultar a alguien, aunque esa persona sea quien tenga la culpa. Si mancillamos al otro, nos ensuciamos la boca, ya que antes deberemos llenarla de ira, de sangre y de veneno.”

p. 89:
“Descubrí las Amapolas de Monet en el Museo de Orsay…”

p. 98:
“Me pareció particularmente menuda y envejecida. Parecía haber franqueado ese umbral donde dejaba que el tiempo la meciera no porque lo estipula el contrato, sino con ternura, como si se confiasen uno a otro y se burlasen con afecto de los torbellinos de la juventud.”

#AdoptaUnaAutora | ¿Quién es Duong Thu Huong?

Vietnam

Avatar de Isa MartínezReadings in the North

El 2017 no fue un año fácil y eso repercutió tanto en mis lecturas como en mi actividad en el blog. Debido a esto el blog estuvo bastante abandonado y por ello no pude centrarme tanto como quería en el proyecto Adopta una autora. Este año retomo este proyecto, con muchas ganas y por partida doble. Por un lado seguiré ahondando en la obra y vida de Nina Berberova, y por otro lado os daré a conocer a Duong Thu Huong. Precisamente hoy, en esta entrada, quiero crear una primera presentación de mi nueva autora adoptada, Duong Thu Huong

voyage-vietnam_litterature-vietnamienne-portrait-duong-thu-huong-1Duong Thu Huong nació en Thai Binh, en el norte de Vietnam, y creció con la Guerra de Vietnam como fondo y en pleno apogeo. Cuando estaba estudiando en el Colegio de Artes se animó y se ofreció para servir en una brigada de mujeres jóvenes en la…

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Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

 

¿Quieres leer escritoras pero no sabes por dónde empezar? Desde CANINO intentamos arrojar algo de luz a esta cuestión presentándote a diez escritoras contemporáneas de gran calidad con pequeñas píldoras que te ayuden a escoger no sólo la escritora, sino la obra que más se adapte a tus gustos.

Mientras la mayoría de lectores, nada más comenzar el año, planifican una serie de retos para motivar la lectura de libros, yo suelo plantearme proyectos que se convierten en un leitmotiv que me sirve de excusa para lo mismo (leer libros) pero se mantienen durante todo el año. O más, incluso. Mi proyecto actual, el que voy a seguir en el 2016, similar a la decisión que tomó Azul Corrosivo y que también explicó en CANINO, tiene que ver con leer únicamente a mujeres, las razones las explico en este post y me está ofreciendo no pocos descubrimientos, además de nuevas perspectivas.

En mi caso particular no es que no leyera mujeres, pero es cierto que leía muchos más hombres. De ahí que este año quiera equilibrarlo un poco más, además de aprovechar para dar difusión a autoras menos conocidas. Me gustaría que se tratase de una evolución y, como tal, me planteo una base: aquellas escritoras que, a día de hoy, sin haber profundizado más, considero imprescindible leer. He establecido otros dos hitos: a los seis meses y al finalizar el año, en los cuales me gustaría ampliar el listado con otro buen grupo de buenas escritoras. Es ambicioso pero va a valer mucho la pena.

Chimamanda

Chimamanda Ngozi Adichie (1977): Esta nigeriana es una de mis últimas devociones. Después de leer Americanah (2013) es difícil no rendirse ante su talento. Una novela completísima que trata todo tipo de cuestiones relativas al género y al colonialismo y que, sin embargo, adopta perspectivas diferentes a las habituales sin perder un tono ligero -a pesar de los temas tratados-. Lo bueno de ella es que no es autora de una sola obra, solamente hay que transitar por Medio Sol Amarillo (2006)donde, además, desgranaba parte de la historia de Nigeria o, sencillamente, disfrutar de su clarividencia en ese discurso maravilloso (Todos deberíamos ser feministas) en el que es capaz de demoler el patriarcado en apenas sesenta páginas. Si os gusta, tenéis la suerte de poder encontrar toda su obra publicada y disponible con cierta facilidad. Un verdadero lujo

lorrie-moore

Lorrie Moore (1957): Esta americana, junto a una canadiense que mencionaré más adelante, es una de las mayores especialistas en las distancias cortas de la actualidad. Dos obras considero claves para saber si te gusta. Su recopilación de relatos Pájaros de américa (1998) es excepcional, presenta la realidad de la sociedad americana desde lo terriblemente cotidiano y con un estilo exquisito adaptado a cada una de las temáticas. El sueño americano no es dulce en sus afiladas palabras. El segundo libro para descubrirla es, curiosamente, una novela, Al final de la escalera (2009). Me consta que mucha gente no ha disfrutado tanto cobn ella pero, sin embargo, la considero un culmen de su estilo, ese lirismo cínico que destila, ese reflejo lacerante de un mundo que no es tan feliz como podríamos pensar. Una gran aspirante a pertenecer al canon de la Gran Novela Americana.

Svetlana-nobel

Svetlana Alexiévich (1948): La última galardonada con el premio Nobel de literatura es otra de las últimas escritoras que he añadido a mi selección particular. La culpa la tienen dos libros excelentes: Voces de Chernóbil (1997) y La guerra no tiene rostro de mujer (1985).Su técnica consiste en coger un conflicto de algún tipo (el desastre de de Chernóbil o la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo) y realizar entrevistas a personajes que tuvieron que ver con él y que, sin embargo, nunca han podido dar voz a sus vivencias. La autora enlaza todos los testimonios para dejar por escrito una verdadera historia oral, la de aquellos olvidados. Naturalmentese centra en la mujer y consigue dotar de perspectivas radicalmente distintas a las esperablesa la narración. Esto es especialmente palpable en el segundo de estos libros, donde el típico relato guerrillero se centra en aspectos de otra índole que enriquecen cualquier pensamiento que pudiéramos tener preconcebido. Estamos de suerte: en marzo se publica otro libro de la bielorrusay hay un tercero disponible. Es buen momento para disfrutarla.

Atwood

Margaret Atwood (1939): Llevo ya mucho tiempo siguiendo a la canadiense. Estacomprometida ecologista y feminista es un caudal de buena literatura en la que no falta la ciencia-ficción o la novela policíaca, pasando por la poesía y el relato corto.Conocerla es amarla, pero hay que conocerla bien, y para ello lo mejor es irse a dos de sus obras clave: El cuento de la criada (1985) y El asesino ciego (2000). La primera es una distopía muy particular que le sirve como reflejo del papel de la mujer en la sociedad; la segunda es un relato aparentemente más decimonónico que se alterna con una serie de narraciones de género que parecen ir paralelas a la narración original. Ambas son prodigiosas, utilizando diferentes estrategias. Si no te gustan estas obras, es muy probable que no sea tu escritora. Sin embargo, si te gustan, probarás con todo. 

JCO

Joyce Carol Oates (1938): La estajanovista literaria por excelencia,una de las autoras actuales más prolíficas y, como muchos que me conocen saben, una de mis escritoras preferidas desde hace mucho tiempo. El problema de enfrentarse a ella viene, precisamente, de esta virtud; hay tantos libros, de tantos géneros y con tantos estilos diferentes que es muy probable que, si no dispones de alguna orientación, no encuentres la obra que te una definitivamente a ella; máxime teniendo en cuenta que no toda su obra está en castellano. Mientras pienso en acometer una Guía para Principiantes más detallada en el futuro os pongo varias de las obras que podrían servir para acercarse a ella: si te gustan los cuentos con tintes de género (policíaco o terror) Infiel: historias de transgresión (2001)es una buena opción; si prefieresla larga distancia y te gustan los experimentos postmodernistas y los juegos de estilo, Puro fuego (1993) o Hermana mía mi amor(2008)serían opciones excelentes; si por el contrario prefieres una narración más clásica, A media luz (2001)desborda por su elegancia; si, al fin y al cabo, no te quieres arriesgar demasiado pero quieres que se desgarre el corazón al leer entonces ve a por Violación: Una historia de amor (2003). No será por falta de posibilidades.

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Alice Munro (1931): En efecto, esta arquitecta del relato corto siempre consigue que disfrute con cada una de sus palabras. No encontraréis relatos largos en su caso; me gusta avisarlo porque no todo el mundo gusta de los relatos breves. Teniendo en cuenta esto, hay dos vertientes que utiliza para crear sus antologías: unir las historias por un nexo común argumental (al estilo de un ciclo de relatos) o bien ligarlas de manera más difusa, por temáticas o hilos más sutiles (con lo cual cada relato parece unitario). En el primer tipo una buena aproximación es La vida de las mujeres (1971), y en el segundo, Las lunas de Júpiter(1982) es apasionante y presenta una variedad de mujeres que vale la pena descubrir.

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A.S. Byatt (1936): Posesión (1990) es La Novela de Campus, sin más. Complejísima aproximación al subgénero que goza aquí, posiblemente, de su mayor estado de gracia, con una prosa que se une indisolublemente a lo poético y donde la autora demuestra una inteligencia sobrenatural, una cultura muy por encima de lo que estamos acostumbrados y, sí, por qué no decirlo, una erudición no exenta de calidez. Podría recomendar otras obras suyas más accesibles (como Ángeles e insectos -1992.), pero no vale la pena. A las/los buenas/os escritoras/es hay que descubrirlas/los con lo mejor que han hecho.

Mantel

Hilary Mantel (1952): Esta escritora británica ha despertado no pocas polémicas con su visión de la época de los Tudor; sobre todo por su particular aproximación a ciertos personajes y hechos que desafían profundamente la versión historicista (y más conocida). Independientemente de esto, En la corte del lobo (2009) es un intento maravilloso de alejarse de cánones y, mediante una perspectiva distinta (la de Cromwell), construir una novela magnífica que no puedo dejar de recomendar. Siempre me sorprende el tono de su prosa, distante, aparentemente frío y, sin embargo, totalmente cautivador.

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Siri Hustvedt (1955): No voy a decir que es la esposa de equis, como hacen en todos los medios. Sinceramente, esta novelista estadounidense merece por sí misma el éxito que tiene. No he leído muchas novelas suyas pero El mundo deslumbrante (2014)es tan buena que muy malas tendrían que ser las anteriores para quitarme esta opinión. No es fácil de leer y los temas que trata no son sencillos, pero es una novela completísima donde une el arte con el papel de la mujer y lo confronta con el patriarcado estructural de una manera muy elegante, donde la estructura es muy ingeniosa y los géneros se diluyen en una mezcla de autobiografía, ensayo y novela. Sin duda vale la pena tenerla en la mesilla de noche.

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Jhumpa Lahiri (1967): Su exotismo (hindú-americana nacida en Londres) y juventud no deben ensombrecer una carrera sólida (hasta tiene un Pulitzer) en la que se ha adentrado en estudios postcolonialistas mediante la presentación de protagonistas inmigrantes, tanto de primera como de segunda generación. Su foco en la crítica a los regímenes imperialistas (que también realiza a la perfección Chimamanda) es firme pero no monopoliza una narración llena de claroscuros y en la que se dignifica y enriquece el papel de la mujer en nuestra sociedad. En cuanto a las opciones para introducirse en su carrera, tanto Tierra desacostumbrada (2008) como La hondonada (2013)parecen buenos comienzos.

 

Diez escritoras contemporáneas que deberías empezar a leer ya mismo (si no lo estás haciendo)

Minificción: Nina Berbérova

25/05/2017

 

Rusia, 1901 – USA, 1993. Biógrafa, periodista, una de las narradoras rusas más importantes. Emigró a Francia en los años 20 y luego en los años 50 a Estados Unidos. Publicó muchos libros de narrativa y memorias. Los textos que aquí reproducimos pertenecen a “El cuaderno negro”, última parte de sus memorias 

Junio (1941)

G. y su mujer son nuestros vecinos (su hija sale con soldados alemanes). Al otro lado de nuestra cerca, ya en terreno de G., crece un joven ciruelo. Está completamente inclinado hacia nuestro lado y, por tanto, sus frutos, maduros y dulces, caen en casa. Debe de haber unas cien libras. A la casa vecina no cae ni uno. Encontré a la mujer de G. y le dije que viniera a casa a coger fruta cuando quisiera. Nosotros la recogemos a diario y hago compota para el invierno ya que es imposible hacer mermelada por falta de azúcar. Sin embargo, la vecina no vino y, un buen día, al salir al jardín, vi que G. había cortado el maravilloso arbolito. Allí yacía, al otro lado de la cerca, con sus frutos, destrozado y muerto. “Es pura maldad”, dijo Marie-Luise. No recogían las ciruelas y lo hicieron “por pura maldad”. El árbol quedó allí, en aquel estado, hasta que los pájaros se comieron todas las ciruelas y las ramas se desecaron. Cada día, contemplábamos durante un buen rato las hojas retorcidas, el tronco quebrado, delgado y duro. Por más que reflexionamos sobre lo sucedido no logramos dar con una explicación plausible que lo justificara y llegamos a la conclusión de que G. solo pudo haber actuado llevado por un odio feroz hacia nosotros.

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Abril (1942)

Relato de una madre y una hija, ambas francesas

En junio, huyeron de los alemanes. La madre es una aristócrata y la hija le es totalmente sumisa. Llegan a una granja abandonada y empiezan a ordeñar a las vacas que van hacia ellas mugiendo para que las ordeñen. En el sótano, encuentran a un senegalés herido, al que reaniman y curan. Una vez sano, el senegalés se convierte en su criado. Es un hombre maravilloso, servicial, semianalfabeto, tierno, en una palabra, una especie de príncipe Mishkin negro. Las dos mujeres, que ya no son jóvenes, recobran repentinamente el placer de vivir. Regresan los tres a París; pero, cuando llegan a la zona ocupada, un soldado alemán mata al Negro.

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Noviembre (1942)

Basta leer dos números del periódico ruso berlinés Palabra Nueva para comprender la nulidad, el servilismo, la bajeza y la venalidad del ruso cuando intenta obtener el favor de los poderosos.

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Julio (1943)

Un apicultor vino a revisar las colmenas. Marie-Louise me contó la siguiente historia respecto a él:

Tenía treinta años y su padre sesenta. Poseían un centenar de colmenas y contrataron a una mujer para que les ayudara. Por la noche, la mujer cenó con ellos y les preguntó dónde iba a acostarse. El padre le dijo que eligiera a quien quisiera, a él o a su hijo. La mujer eligió a este último y allí se quedó. El viejo murió. Ahora ambos tienen setenta años. Antes, la mujer había vivido en París donde ejercía la prostitución callejera, en el bulevar Montmartre. Alquilaba su sitio y, cuando se marchó al campo, lo vendió muy ventajosamente.

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Agosto (1943)

La señora Chaussade y su marido se han instalado en la casa vacía del guardabarreras (hace mucho tiempo que el ferrocarril quedó exento de sus funciones). Ha acogido en su casa a tres niñas judías, a las que esconde. El Comité judío les paga la pensión. Los padres de las niñas fueron deportados a Auschwitz hace tiempo.

A veces, la señora Chaussade viene a casa con ellas. Se trata de dos gemelas de quince años, y de Regina, que tiene once. Dado que no tienen cartilla de racionamiento, la señora Chaussade decidió cultivar un huerto e incluso compró algunas gallinas. Todo hubiera ido bien si el señor Chaussade no se hubiera comportado de una manera un tanto extraña. Se encaprichó de una de las gemelas y se la sentaba en las rodillas. La señora Chaussade temía por la pequeña y se pasaba las noches errando por la casa y vigilando a las niñas. Al final, se vieron obligadas a encerrarse. El señor Chaussade degolló a las gallinas, puso un candado al huerto, no les dio comida y amenazó con denunciarlas a la Gestapo.

Fui a París y me dirigí al Comité judío donde, entre otros, trabaja P.A. Berlin. Me prometieron trasladar a las niñas a otro lugar.

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Junio (1944)

Fuimos a bañarnos a un riachuelo bordeado de sauces llorones, a tres kilómetros de Longchêne. El agua solo nos cubría hasta las rodillas, pero bastó para refrescarnos. El agua era transparente y, en el fondo, se veían los cantos rodados. N.V.M. y Marie-Louise intentaban nadar y a M. y a mí nos dio un ataque de risa. De repente, durante el camino de regreso, oímos el zumbido de los aviones: eran dos cazas norteamericanos. Nos vieron, descendieron en picado y abrieron fuego sobre el saucedal. N.V.M., Marie-Louise y M. se arrojaron al suelo, entre los matorrales, y yo, completamente vestida, me metí en el agua. Cuando los aviones desaparecieron, seguimos tumbados boca abajo durante unos instantes (yo seguía en el agua); luego, regresamos a casa, sucios, deprimidos y amedrentados.

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Septiembre (1947)

El hombre con quien ahora vivo (pero no por mucho tiempo) no es alegre, ni bueno, ni amable. Nada le salió bien, ha olvidado cuanto sabía y no ama a nadie. Poco a poco, uno también deja de amarle.

Nota sobre la autora

Nina Berberova publicó los siguientes títulos: Los últimos y los primeros (1930); La soberana (1932) La acompañante (1935); El camarero y su amiga (1937); Crónicas de Billancourt (1930-1940); Tchaikovski (1936); Borodin (1938); Sin ocaso (1938); Alexandr Blok y su tiempo (1947); Destino mitigado (1949); El cabo de las tormentas (1950-1951); El hombre pensante (1958); La peste negra (1959), entre otros. Su libro de memorias El subrayado es mío (1969) es una joya literaria y también un doloroso testimonio de los años del zarismo, la revolución soviética y la Segunda Guerra Mundial. Agradecemos al escritor y profesor Arnaldo Valero que nos pusiera en la pista de estos textos brevísimos en El cuaderno negro, última parte de las memorias de Berberova.

http://atodomomento.com/entretenimiento/minificcion-los-jueves-nina-berberova/

La acompañante de Nina Berbérova fragmento

Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Philadelphia, 1993) abandonó Rusia en 1922 e inició un exilio que la llevaría a varios países europeos y a Estados Unidos. Poeta, novelista, ensayista, periodista, biógrafa, gran parte de su obra gira en torno a la vida de los exiliados rusos en Europa. Una buena muestra de su maestría literaria es La acompañante, novela corta que se publicó en 1935 y cuya traducción al francés, que apareció cinco décadas después, cuando la autora contaba ochenta y cuatro años, supuso su reconocimiento internacional.
Ambientada en San Petersburgo, Moscú y París, entre otras ciudades, La acompañante explora la ambivalente relación que se establece entre Sonia, la hija ilegítima y poco agraciada de una humilde profesora de música, y María Trávina, una diva rebosante de talento y belleza. En el San Petersburgo de 1919, asolado por el hambre y la miseria, la joven y tímida Sonia se convierte en la acompañante al piano de la ambiciosa soprano, a quien seguirá hasta París en el camino de esta última hacia el estrellato, que nada ni nadie parece capaz de detener.
Zenda publica las primeras páginas de La acompañante (publicada por Contraseña editorial).

Estas notas me las entregó el señor P. R. Se las compró a un chamarilero en la calle de la Roquette, junto con un grabado de unas vistas de la ciudad de Pskov en 1775 y una lámpara de bronce que en otro tiempo funcionaba con queroseno y que ahora, por lo demás, iba provista de un cable eléctrico bastante decente. Al comprar el grabado, el señor P. R. le preguntó al chamarilero si tenía algo más de procedencia rusa. «Sí», respondió el vendedor, y sacó de un polvoriento armario que estaba en un rincón de la vieja tienda un cuaderno forrado de hule, uno de esos que desde hace muchísimo tiempo han servido, sobre todo a los jóvenes, para escribir diarios.

El chamarilero le explicó que había comprado ese cuaderno unos cinco años antes por cincuenta céntimos, junto con algunas partituras y dos o tres libros rusos —por desgracia, no los encontró—, en un hotel de mala muerte, donde había vivido y fallecido una mujer rusa. Después la propietaria saldó —como pago por la habitación— los vestidos, la ropa de cama y otros objetos de la difunta: es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer.
El señor P. R. primero escuchó todo el relato y solo luego abrió el cuaderno. Le interesaron las pri­meras líneas con las que sus ojos se toparon, así que pagó, tomó la lámpara con una mano, el grabado con la otra y el cuaderno bajo un brazo. En casa lo leyó hasta el final sin reconocer quién era la autora.
He modificado algunos detalles de estas notas, porque no todo el mundo puede ser tan poco perspicaz. La mujer que escribió y no quemó este cuaderno vivió entre nosotros, y muchos la cono­cieron, la vieron y la oyeron. La muerte, al parecer, la pilló por sorpresa. Si fue una enfermedad, debió de ser breve y virulenta, pues le resultó imposible poner en orden sus asuntos en este mundo; si se trató de un suicidio, fue tan repentino que a la di­funta no le dio tiempo de saldar ciertas cuentas…
En cualquier caso, esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.
1
Hoy hace un año que murió mamá. Dije esa palabra varias veces en voz alta: mis labios se habían desacos­tumbrado. Resultó extraño y agradable. Luego se me pasó. Algunas personas llaman «mamá» a sus madrastras, otros llaman así a la madre de su ma­rido; una vez oí a un señor mayor llamar «mamaíta» a su mujer —que era diez años más joven que él—. Yo solo tuve una «mamá» y nunca tendré otra. Se llamaba Yekaterina Vasílievna Antónovskaia. Tenía treinta y siete años cuando nací yo, su primera y única hija.
Era profesora de música, y ninguno de sus alumnos se enteró de que me dio a luz… Solo su­pieron que durante todo un año había estado gra­vemente enferma, que se había marchado a alguna parte. Esperaron pacientemente su regreso. Antes de que yo naciera, algunos de ellos iban a su domi­cilio. Cuando aparecí yo, mamá dejó de recibirlos en casa. Se pasaba los días fuera. A mí me cuidaba una vieja cocinera. Vivíamos en un piso pequeño de dos habitaciones. La cocinera dormía en la cocina; mamá y yo, en el dormitorio, y la otra estancia la ocupaba el piano de cola, por lo que la llamábamos «la habitación del piano». Comíamos allí. El día de Año Nuevo los alumnos varones enviaban flores a mamá, mientras que las chicas le regalaban retratos de Beethoven y máscaras de Liszt y de Chopin. Un domingo íbamos por la calle —yo debía de tener unos nueve años— y nos encontramos a las dos her­manas Svéchnikova, que acababan de terminar sus estudios en el liceo. Se pusieron a besar y a abrazar a mamá tan efusivamente que yo, del susto, me eché a gritar.
—¿Quién es esta criatura, Kátish Vasílievna? —pre­guntaron aquellas señoritas.
—Es mi hija —respondió mamá.
A partir de ese día, todo se supo, y, al cabo de una semana, mamá perdió tres alumnos; un mes después ya solo le quedaba Mítenka.
A los padres de Mítenka les traía sin cuidado si mi madre estaba casada o no, cuántos hijos tenía y de quién. Mítenka era un chico con talento, y sus padres pagaban bien, pero era imposible vivir únicamente de esas clases. Despedimos a la coci­nera, vendimos el piano y, sin pensarlo mucho, nos mudamos a San Petersburgo. Allí mamá se en­contró con algunos conocidos del conservatorio. En esa ciudad también la querían. Despacio, la­boriosamente, conquistó una vida tanto para ella como para mí. Y en el primer invierno volvía a ir de aquí para allá todo el día, lloviera o helara. A mí me matriculó en el conservatorio, en el curso preparatorio. Entonces yo ya tocaba el piano con total corrección.
No se me ocurrió pensar si mamá sufrió al aban­donar nuestra ciudad natal, donde había crecido sola con su madre, también profesora de música. Su padre —mi abuelo— había muerto prematura­mente, y las dos se quedaron solas, como nosotras luego, y todo era muy parecido, salvo que en su caso no había vergüenza. La abuela envió a mamá a estudiar a San Petersburgo cuando tenía dieciséis años. Terminó sus estudios en el conservatorio, re­gresó a N., dio un concierto, tocó en veladas bené­ficas y poco a poco empezó a dar clases a pequeños principiantes.
Nunca pensé en cómo había vivido sola después de la muerte de su madre, ni en cómo se acercó a la treintena, ni en lo que pasó después ni en quién era mi padre. No cerraba con llave los cajones de su escritorio, pero nunca encontré cartas ni fotografías. Recuerdo que una vez, cuando yo aún era muy pequeña, le pregunté si tenía un papá. Ella me contestó:
—No, Sónechka mía, no tenemos papá. Nuestro papá murió.
Dijo «nuestro», y lloramos juntas un rato.
Me enteré de todo de una manera muy sencilla. Tenía quince años cuando vino a San Petersburgo una amiga de mamá, profesora de francés en el liceo de N. Era por la tarde, sobre las seis. Mamá había salido. Yo estaba tumbada en nuestro pequeño sofá destartalado y leía a Tolstói. El timbre. Besos. Exclamaciones. «Pero ¡cómo has crecido! ¡Qué mayor estás!».
Pasamos mucho rato solas, ya era de noche, la lámpara estaba encendida; al otro lado de la pared alguien cantaba. Charlamos, recordamos los años lejanos en N., mi infancia. No sé cómo fue, pero me explicó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que entonces tenía solo diecinueve años, y que, antes de él, mi madre no había amado a nadie. Ahora estaba casado y tenía hijos. No le pregunté ni su nombre ni su apellido.
Llegó mamá. Entonces tenía ya más de cincuenta años. Era menuda, con el cabello cano, como la mayoría de las madres, y, por alguna razón, le empezaban a salir pecas en las manos. Yo misma no supe qué me pasaba: sentí pena por ella, tanta que me apetecía acostarme y llorar y no levantarme hasta que me quedara sin lágrimas. Me ofuscaba cuando pensaba en el causante de la ofensa: si en ese instante hubiese entrado por la puerta, me habría abalanzado sobre él, le habría sacado los ojos y mordido la cara. Pero, además, tenía vergüenza. Comprendí que mamá era mi deshonra, del mismo modo que yo era la suya. Que toda nuestra vida era una vergüenza irreparable.
Pero eso pasó. En el conservatorio, nadie me preguntó nunca por mi padre… Por lo demás, no llegué a establecer una amistad íntima con nadie. Había guerra. Yo ya me había hecho mayor. Poco a poco me hice a la idea de que tendría que elegir un trabajo: oficio ya tenía.
Llamaba a mi padre «ofensor». Más tarde comprendí que no era del todo así. Él tenía diecinueve años. Para él, mi madre solo había sido una etapa hacia la madurez. Lo más probable es que ni siquiera sospechase que ella, a su edad, aún fuera virgen. ¿Y ella? Con cuánto desespero y pasión, a pesar de la cercanía, debió de amarlo para entablar una relación con un chico que habría podido ser su hijo y dar a luz a una niña fruto de esa breve relación, la única de su vida. ¿Qué le quedaría de todo eso en la memoria y en el corazón?
Y llegó la revolución. Para cada cual la vida anterior acabó en un momento diferente: para uno, al subir a bordo de un barco en Sebastopol; para otro, cuando los hombres de Budionni1 entraron en su pequeña ciudad de las estepas; para mí, en la vida apacible de San Petersburgo. No había clases en el conservatorio. Mítenka, que desde hacía un mes daba vueltas por San Petersburgo —había venido a estudiar composición—, llegó a nuestra casa en la mañana del 25 de octubre. Mamá estaba resfriada. Mítenka tocó el piano, después comimos, y luego él se durmió… Ah, ¡qué bien me acuerdo de ese día! Por alguna razón, yo estaba muy ocupada cosiendo algo. Por la noche, los tres jugamos a las cartas. E incluso recuerdo que, para cenar, tomamos pescado.
Hijo de unos ricos comerciantes de N., Mítenka era el único alumno que mamá conservaba, por decirlo así, de los tiempos de la «vergüenza». Era un joven flemático, unos tres años mayor que yo, completamente indiferente a la vida, en general, y a la suya, en particular. Tenía peculiaridades: era un chico distraído y somnoliento; a sus tutores les había costado inculcarle hábitos de limpieza.
No sentía una gran devoción por la música; él era una suerte de vehículo de sonidos caóticos que, a través de él, se arrancaban de la nada y emergían a la realidad. Después de matricularse en el curso de composición, sorprendió a todo el mundo por sus ideas avanzadas, revolucionarias. Pero, cuando mantenía una conversación, estaba indefenso y no podía explicar ni defender nada. Mamá se desesperaba cada vez más con sus cacofonías, que de una manera estúpida y atroz se estaban apoderando de él.
A mí Mítenka me era indiferente. Ese otoño, después de tantos años lejos de N., me fijé por primera vez en él de verdad. Tenía veinte años. No era atractivo, había empezado a crecerle una barba que no siempre se afeitaba, pero en la cabeza ya le raleaba el pelo. Además, llevaba unas grandes gafas de pinza plateadas, tenía la voz gangosa y, cuando escuchaba, daba fuertes resoplidos. Pero quería mucho a mamá. Se disculpaba por sus corales con letra de Jlébnikov2 y decía que llegaría el momento en que no quedaría nada: ni caminos, ni puentes ni alcantarillado…; solo música.
Mis conocidos del conservatorio, que venían a visitarnos a casa, consideraban a Mítenka un cretino, pero nadie dudaba de su genialidad como músico. A mí me traían sin cuidado sus corales o su afecto. Me inquietaban los acontecimientos, me preocupaba el futuro y, en especial, un tal Yevgueni Ivánovich, empleado en la secretaría del conservatorio, que se había ido a Moscú y con quien había tenido, un mes antes, la siguiente conversación:
Él: —¿Es usted perspicaz?
Yo: —Me parece que sí.
—Hay algo que quiero decirle, pero no puedo. Tiene que adivinarlo.
—Muy bien.
—Responda: ¿sí o no?
Se me aceleró el corazón.
—Sí…
Pero no fue Yevgueni Ivánovich el destinado a dar un giro a mi vida, sino el paliducho y necio de Mítenka. El primero partió a Moscú y nunca regresó. Mis esperanzas de boda resultaron infundadas. Ese invierno, mientras repasaba mi conversación con él y seguía esperando que me escribiera, que viniese, a veces empezaba a tener la impresión de que no me había hecho ninguna declaración de amor, de que debía de haber tenido en mente algo del todo distinto: por ejemplo, pedirme que le prestase algo de dinero o que saludara de su parte a alguna chica por la que debía de estar interesado. Pero ¡allá él! Centrémonos, en su lugar, en un nuevo encuentro que resultó para mí «fatídico». En el invierno de 1919, Mítenka me presentó a María Nikoláievna Trávina.
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Autora: Nina Berbérova. Traductora: Marta Rebón. TítuloLa acompañanteEditorial: Contraseña Editorial. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.
Nina berberova rusia

Jacinto Cenobio canciones de tierra adentro, de Pancho madrigal

La primera vez que escuche esta canción me golpeo, y la sigo escuchando y me vuelve a emocionar, se las comparto.es de la sutoria de un compositor mexicano

 

Pancho Madrigal, compositor, pintor y escritor de gran talento, nació el 19 de mayo de 1945 en Guadalajara, Jalisco. Empezó a componer canciones y a hacer giras por el centro y occidente del país. Fue premiado por su labor de difusión y por su aportación personal a la música mexicana, por gobiernos y asociaciones civiles de Jalisco. Con corridos humorísticos Pancho intenta parodiar y caricaturizar uno de los grandes vicios de la conducta del mexicano, como es el machismo, abordando para esto, temas como la pendencia, el bandolerismo, y otros, que fueron algunos de los asuntos más comunes en los corridos de épocas anteriores, pero despojándolos, por medio del humor, de la carga de dramatismo y del tono sangriento que caracterizaban originalmente a este género. Mezcla de narrador y cantador de corridos, Pancho Madrigal ingresó en 1968 al Coro Folclórico de la Universidad de Guadalajara, poco más tarde comenzó a componer canciones y a hacer giras por el país, integrándose a la corriente de la nueva canción latinoamericana, entre 1974 y 1979 encabezo el conjunto “Los Masiosares”, después volvió a la actividad como solista. En la actualidad Pancho Madrigal sigue activo a sus 72 años, se presenta en Guadalajara en un lugar denominado “Rojo café”, en donde interpreta sus temas acompañado de su grupo llamado “El borlote”.

Entrevista con Pancho Madrigal, autor de Jacinto Cenobio, entre otras canciones

 

“Jacinto Cenobio” es una canción popular mexicana en donde se narra el deseo de muchos campesinos y habitantes de la provincia mexicana: viajar a la capital para formar una nueva vida y la búsqueda de oportunidades, cosa que rara vez encuentran. Esta composición fue hecha famosa por el grupo Sanampay, donde era vocalista Guadalupe Pineda y posteriormente la acuñó como una de sus piezas más representativas en su carrera artística.