Mi colega me dice: me da pánico sólo pensar en mi jefe. No puedo dormir, toda la noche pienso en cómo me va a gritar cuando ve que no he terminado el trabajo. Mi pregunta es: ¿está estresado? Claro, por supuesto, él describe lo que siente con la palabra muy precisa: PÁNICO.
Ahora, que ya sabemos alguito sobre las reacciones corporales al estrés, vamos a analizar qué está sucediendo con mi colega.
Imagínese un chico en sus treintas (40s, 50s, con cada decena se pone peor) siente un miedo tan fuerte que lo describe como pánico. Está bajo los efectos de estrés y el cuerpo desencadena sus reacciones: el sistema digestivo deja de funcionar, se inhibe la producciòn de las hormonas sexuales, el sistema cardiovascular, de lo contrario, se activa porque tiene que intensificar el abastecimiento de los músculos con el oxígeno y energía. Ante todo, se acelera…
A veces los mejores epitafios no vienen de uno mismo, sino de los demás. En la tumba de Julio Cortázar, en el cementerio francés de Montparnasse, París –una especie de bazar donde a menudo hay notas, lápices, dibujos, flores, pintalabios…–, apareció escrito un día la inscripción: “Aquí yace el cronopio mayor”. Como buen cronopio, seguro que salió corriendo después.
Rust in Peace es un interesante corto de ciencia ficción escrito y dirigido por Will Welles e interpretado por los actores Rhys Coiro y Douglas Tait. Un robot abandonado despierta solo en un depósito de chatarra. Viaja a casa, al rancho de su creador, para ver si el amor que siente le es correspondido.
A las moscas les valió madre que no hubiese letreros en el arca de Noé dándoles la bienvenida. Se posaron sobre las deyecciones que eran abundantes y empezaron a proliferar. Al mes, era tal su cantidad que su asedio de mosqueteos y trompetas se volvió intolerable. La lluvia fértil y monótona. Al siguiente día vieron una neblina que envolvió a la nave. Horas después se dispersó la bruma y también las moscas.
Algunas por tenacidad sobrevivieron, mismas que en la actualidad nos siguen jodiendo.
Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.
Terminaba el arreglo de la oficina escolar donde apoyaba medio día como secretaria en una escuela primaria dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.
—Sí… escuela “Divina Providencia” a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.
Soy lobo. Habla lobo. Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. —¿eres tu, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.
Le repito, habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?
Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz, clara, con un siseo musical…¿Sabes donde estoy? —sin esperar la respuesta prosiguió. Estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.
Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que le temblase los dedos y la palidez se apropiara de su rostro juvenil.
—¿Quién era novicia?
—Teléfono equivocado, Superiora.
Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.