Soledad casera de Rubén García García

Sendero

La casa está sola, se siente sola. El enorme mango no se mueve. El sopor asfixia. Hago llevadero el instante con tragos de cerveza fría, y ráfagas del ventilador. La estridencia proviene de la fiesta que da el vecino. Tiene tres días que no estás. “tres días sin verte mujer” Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de “Chente” y “juanga”, el taconeo de tus pasos en la madera, el aroma de hierba en tus cabellos, el sudor de tu axila… hay un enorme vacío que nadie lo llena. Mi esposa se va mañana con su mamá.

Reclamo de Rubén García

sendero

Inició con su voz de remilgo, sabía que algo no marchaba bien.

—Te cuidas exageradamente. Tomas café descafeinado a la misma hora con galletitas de la sierra. Visitas al jardín, más tarde das tu caminata habitual con Tobi. 

—Si, si todo eso hago, ¿a dónde quieres llegar?

—Eres muy predecible, si te quisieran hacer daño, lo harían fácilmente.

—¿Entonces para qué estás?

—Para cuidarte. Ahora tienes cuarenta años y desde que tienes conciencia siempre haces lo mismo. El único día que tuviste acción fue cuando fuiste a la biblioteca. Ya me cansé y estoy pensando en solicitar un cambio. «cuidar a este sujeto es tan tedioso que contar la arena del Gobi”». Necesitas incorporar a tu vida un suceso que rompa con tu monotonía.

«Este ángel de la guarda tal vez quisiera que fuese un Chapo Guzmán; me gusta vivir sin sobresaltos».

Lo convencí de contarle mis secretos y que se acercara, que me tuviera paciencia. Mis palabras murmuraron en su oído y mi piel rozó el nacimiento de sus plumas. Toda la noche se quedó a mi lado.

Ahora, me cuida hasta de mi sombra.

En la bañera de Rubén García García

sendero

En la bañera

El niño tocaba su pene y preguntó a su madre:

—Mamá ¿este es mi cerebro, —todavía no, hijo…

poesia de Rubén García García

sendero

La tarde pasa,

rueda la lluvia

por la ventana.

Sobre el cristal,

opaco por el vaho,

pinto tus labios

con llamaradas de higo.

En el jardín

dobla el viento la dalia

la que un día sembramos.

Miedo de Rubén García García

Sendero

Hace una semana servía la comida a los vaqueros. Sus manos grandes y callosas, parecían pinzas. Vi un brillo en su pupila. Ahora casi derramo la sopa al sentir su mirada. En la cena me hizo una seña: balanceó el puño como un martillo. Era claro…

Tocan quedo. La noche es oscura y fría. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo al deseo de sentir su mano tosca. Es la tercera vez que lo escucho. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Me muevo con torpeza; entreabro la puerta.

Ya no está. Fue él, percibo su aroma de campo y sudor agrio. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche, y sé que tocará…

Mal de montaña de Rubén García García

Sendero

Yo reposaba la comida en mi cuarto y luego llegaba Marsella a preguntarme por las partes que había conocido. Traía una almohada de su dormitorio y acostados acariciaba su pelo y le cuchicheaba lo bien que me sentía a su lado. La cama de superficie dura me permitía libertad de movimientos. Esa vez me preguntó si me sentía bien, yo le dije que sí, No te sientes mareado, insistió. Le referí que al parecer la altura de la ciudad no me había afectado.

A las tres de la tarde el taxi llegaba por ella y a las seis volvía. Esa vez llegó acompañada de un buen amigo, y entre la charla y unos tragos de whisky, el tiempo se deslizó. La visita se despidió y nos quedamos solos. Ella se fue a su recámara, yo a la mía. Sin embargo, no tenía sueño, y toqué a la suya. Me ofreció un asiento en el borde de la cama, pero al resbalar por las sábanas de seda, me acomodé más al centro para evitarlo

Una cama que era tan blanda que parecía tener hoyos y me sumí tanto que pensé que era de agua. En esa posición, rodeé su cintura con el brazo mientras ella acariciaba mis cabellos . Empezamos a mimarnos y las caricias se volvieron atrevidas. En uno de los besos me sofocó. Ella tuvo la idea de situarse sobre mí y el colchón abrió sus fauces y sentí desaparecer. Fue como aquella vez de niño, estando en el río, caminando cerca de la orilla, pisé una enorme hondonada y me sumí. No podía respirar.

Abrí los ojos y su cabello estaba en mi nariz. Intenté respirar y no pude. Su cuerpo, su cabello, sus labios sobre mí y el colchón tragándome. Logré hacerla a un lado sin ser brusco, aunque lo fui, y me rodé hacia el suelo. Me paré tratando de respirar. “Es la altura”, dijo ella. “La montaña”, dije yo. Me senté en una silla y de reojo veía las sábanas de seda, y me dije que yo no mimaría en aquel colchón.

Un Bar cerca del mar de Rubén García García

Sendero

Acaso fue una mano húmeda quién la acarició del pelo, ¿y los dos brazos en sus caderas? Iba a protestar, cuando un muñón la mimaba con destreza dándole un placer fuera de este mundo. Se deslizó en un tobogán que la cimbró de rubor, asfixia y gritos de place. llegó a su casa sin saber nada del furtivo amante. Regresó la película y tuvo un episodio de incredulidad y de risa. ¿sería un calamar? y volvió la risa y río como jamás se había reído.

El instante de Rubén García García

Sendero

El rumor del agua,

el zarandeo de la rosa,

el matiz de la luz;

la voz del pájaro.

Todo se detiene

cuando el colibrí

sin moverse

llena su corazón de miel.

Terrible decisión de Rubén García García

Sendero

Si la inclino se mueve una avalancha de semillas.

Cuando el viento bambolea su pelo, se prenden los oboes al caer la tarde.

Si me abraza entre sus pechos escucho el tam tam y me traslado a un baile en la prehistórica sabana.

Mi corazón es azuzado por el azogue de su ombligo.

Cerrando los ojos, la dejé ir

Paola Tena

CORDÓN COLORADO
(selección)
Paola Tena

Tierra removida
Pase si quiere esperarlo, pero no sé a qué horas vuelve. Siéntese, estoy haciendo café. Aunque quién sabe si él podrá ayudarle, seguro vendrá borracho. En eso se parece a mi primer marido, ¿sabe usted?, el que se mataba trabajando todo el día y luego se iba a beber en cuanto bajaba el sol, como queriendo compensar. Hoy estuvo cavando toda la mañana en el jardín, quería plantar un árbol, me dijo. Pero el alcohol le ha afectado la cabeza. Se pone violento, se imagina cosas. Que la sopa está muy fría o muy caliente, pero siempre tiene la misma temperatura, se lo aseguro. Mi primer marido era igual. Muy salada la sopa, muy sosa la sopa. ¿Y qué puede hacer una para defenderse, qué puede contestar cuando no la dejan ni hablar?
      ¿Quiere un trozo de pan? Lo hice yo misma. Alcánceme el cuchillo, haga favor. Sí, ese sobre la mesa. Como le dije antes, no sé a qué hora vuelve. Todos los hombres son iguales. Mi primer marido me dijo una noche que no se tardaba y desde entonces ya no está. Pero no lo lamenté. No era bueno, ¿sabe usted? Ah, pero estoy divagando. Mi esposo no ha estado bien, piensa cosas que no son. Por ejemplo hoy, que cuando estaba cavando me dijo que había desenterrado unos huesos largos, como de animal grande. Se le salían los ojos de la cara de puro miedo. ¿Se va usted tan pronto? No pise la tierra recién removida, por favor. Hoy tengo que plantar un árbol.

Tamaduste
¿Te acuerdas, Marisa, que cuando éramos niños bajábamos a escondidas a Tamaduste para lanzarnos al agua fría? Del fondo del mar recogías piedras lisas que no tenías dónde guardar, y me las hacías meter en el calzoncillo rojo que usaba para nadar porque no tenía traje de baño. Volvíamos escurriendo agua salada y las piedras hacían rac rac rac cuando se me movían dentro. Tú te reías sin parar. ¿Y ese día que casi me ahogué? Pensaste que estaba fingiendo para asustarte, pero cuando empecé a manotear angustiado te lanzaste al agua y me diste respiración boca a boca como habías visto en Guardianes de la bahía, y casi te ahogas tú también por el esfuerzo. Luego te fuiste a la universidad y yo me quedé en el pueblo, trabajando, en el taller de mi padre. Y mira cómo es la vida, hoy volví a verte después de años, pero sin reconocerte del todo y cuando te dije «hola» tú no recordabas ni siquiera mi nombre. Nunca te confesé que aquel día, hace años, fingí lo desmayado otro rato para sentirte la boca un poco más. Hay veces, Marisa, en que creo que sí nos morimos ese día y desde entonces andamos difuntos por la vida sin darnos cuenta, y los únicos que siguen vivos son ese par de niños lanzándose al agua fría de Tamaduste, cogidos de la mano.

Aleteo de una mariposa
A la tía Ana le dio por estornudar todos los días a las cinco de la tarde. Al principio, sus estornudos eran cuando mucho estridentes, lo justo para despertar a la abuela y asustar a Sansón, nuestro gato. Luego fueron subiendo en intensidad, como una vez que sacudieron el aire del salón y el retrato de boda de mis padres cayó al suelo. Otro día cimbraron los muros con tal magnitud que la casa entera se llenó de grietas. Pero una tarde la tía Ana estornudó quedito y nosotros, que ya temíamos lo peor a las cinco de cada día, nos miramos perplejos y aliviados hasta que entró el vecino: «¿Ya se enteraron del sismo en Japón?»

Belén
Cuando nos desviamos de la ruta espacial fijada siguiendo un cometa, un desperfecto en el mando central hizo caer una de las naves cerca del meridiano de un planeta inexplorado; afortunadamente, nuestro cosmonauta fue rescatado por dos nativos. Sin embargo, todo lo que sucedió después aún no sabemos cómo interpretarlo.

Se alquila habitación
En el 1B habita un viejo chapado a la antigua que disfruta arrastrando cadenas toda la noche, cosa que desquicia, y con razón, a la vecina del 1A, que se colgó de una viga a causa del mal de amores y deambula por el salón con el rostro violáceo. La del 2B era una actriz de teatro, o eso creemos, porque se asoma a la ventana con cara de pena y le pregunta a los escasos transeúntes en el más rancio inglés británico si han visto a sus pupilos, justo como la institutriz de James. El del 2A es un fulano alemán de mucho cuidado, que ha destrozado todo lo que ha podido; lo apodamos Poltergeist y nos asusta incluso a nosotros, imagínese. Nos queda libre el sótano pero no por mucho, así que decídase pronto y coja por fin ese revólver, que la vida no dura para siempre.

Semillas de limón
Jamas creí que lo que decía mi abuela fuera cierto, eso de que a quien se traga las semillas de limón le brota un limonero en la barriga. Nos reíamos, pero ella no se enfadaba porque siempre nos ha querido. Prueba de ello es que cada mañana sale sin falta al jardín para regarnos las raíces.

Esta muestra de minificciones proviene del libro Cordón colorado (2020), de la escritora Paola Tena (México, 1980): una serie de narraciones brevísimas con gran variedad de tonos y argumentos. Pediatra e ilustradora además de narradora, ella imparte talleres de escritura creativa y elaboración de fanzines, y ha publicado en antologías y revistas dedicadas a la minificción. Entre sus otros libros están las colecciones de minificción Las pequeñas cosas (2017), Cuentos incómodos (2019), MiniBestiario (2020), Versión no autorizada (2021), Kit de emergencia (2022) y Fumadores (2023), y el libro de cuentos Rosa mexicano (2020

Choka de Rubén García García

Sendero

El viento es frío.

Por la tarde migraron

Las mariposas.

Las llamas del fogón

queman el vidrio

nublado por el vaho.

Sorbo el café,

y veo en tu mirada

la sola vastedad.

Haiku de Rubén García García

Sendero

Gritan los tordos
entre las ramas de la ceiba.
Tarde fría.

Cómo decirte de Rubén García García

Sendero

Me atrae tu pelo negro que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma que al viento complace. Me gusta escuchar tu voz de lluvia sobre el tejado. Deseo estar contigo mirando el barco que se hunde en el horizonte. Es una pena verte tomada de una mano fina y larga, y dentro de un auto nuevo, que tu amante lo presume como suyo.

En la media noche de Rubén García García

Sendero

Casi medianoche y las cuentas no cuadran. Me falta leer y mi espalda reclama descanso. El calor es intenso; el ventilador no es suficiente. Abriré un poco la cortina metálica para que ventile. A esta hora, la gente se retira a sus casas. Soy contador, superviso los estados financieros y calculo los impuestos que los comerciantes pagarán al estado. Tener tacto para tratar con los jefes, los empleados que agilizan los trámites y quienes nos contratan es un trabajo arduo que exige discreción. Revisaré la correspondencia, nunca se sabe qué puede venir. El estilete para abrir cartas lo guardo en la bolsa de mi camisa, si lo dejara en el escritorio desaparecería entre tantos papeles. Veamos, esta es del diario de la federación donde manifiestan un cambio en la norma 00325. Por suerte, se refiere a las iglesias. Mis cincuenta años ya se hacen notar. Ahora comprendo el esfuerzo que el viejo tuvo que hacer para comprar este local. ¡Me lo dejó en herencia! A los sesenta, seguía con la fabricación manual de zapatos. Es un espacio en la planta baja de un edificio de principios del siglo XX. Con el tiempo, ha quedado en el corazón de la ciudad.

Escucho el taconeo de la gente y el sonido de una sirena. Masajeo mi cintura tratando de apaciguar el dolor; pero éste no cede. Decido reposar en el sofá que dispongo para mis clientes, digo que solo serán unos minutos. Boca abajo y levantando un poco la cabeza es como mejor descanso. En esa posición, mis ojos pueden mirar hacia la calle y ver los zapatos y oír el taconeo de las personas que transitan…

Ocho días después, despierto sobresaltado en la cama de un hospital. Una luz tenue sale de la lámpara que está sobre el buró. Mi esposa duerme en una poltrona. Trato de ubicarme. ¿Cómo es que llegué a este lugar?

Hace un mes el trabajo se duplicó; sin que se duplicaran los ingresos económicos. Pedí préstamos para contratar personal, pago de horas extras y hubo gastos extraordinarios en casa. Dormía y en el sueño me veía en un bar departiendo con amigos, cuando el peso de una mirada me obligó a voltear era una mujer de pelo abundante y ensortijado que alzaba su copa y su ceja. Como si le diese vuelta a la hoja me miraba correr por una vereda desconocida, sembrada de arbustos con espinas y a lo lejos el estridente rumor del mar que parecía estrellarse con algún arrecife. Corría sin saber cómo orientarme y salir. Luego en mi oficina con el escritorio colmado de papeles y acostado boca abajo. Recuerdo que antes de sumergirme en el sueño, vi borrosamente las zapatillas de una mujer y el ruido que hace un cuerpo al recargarse en la cortina metálica. Al mirar sus piernas una mano alzaba su falda. Ella respondía con suspiros entrecortados. En un instante, el individuo levantó la cortina y se introdujo en el local. Retozaban sobre la alfombra sin percatarse de mi presencia. Con la blusa abierta, él destrabó el corpiño y besaba sus pechos. Ella acariciaba su abundante cabellera. Me quedé estupefacto cuando él sacó un delgado puñal que hundió de un golpe.

«¡Estúpida, mil veces estúpida!», le gritaba. «A mí no me engañas. ¿Acaso crees que no me daría cuenta de que tú y el dueño de este sitio tienen amores?» Después de esa exclamación de odio, sacó el puñal del pecho de ella y se abalanzó sobre mí. Cuando me di la vuelta para enfrentarlo, parte de la luz cayó sobre su rostro y con sorpresa vi que se trataba de una mujer. Fue lo último que recuerdo antes de sentir la punta acerada en mi carne y la sangre que corría humedeciendo mi camisa.

La llegada del médico al cuarto interrumpió mis pensamientos. «Le daré el alta», dijo luego de revisarme, y agregó: «No me explico su estado de inconsciencia, ya que la herida no afectó ninguna zona vital.»

Tampoco comprendió la tensión muscular en mi expresión ni la crispación de mis manos cuando le pregunté por el cadáver de la mujer.

«¿Cuál mujer, cuál cadáver?», contestó tartamudeando.

«La que mataron frente a mí.»

«¿Se siente bien? No había ningún cadáver, usted estaba solo, tirado sobre un sillón, boca abajo, con parte del estilete clavado muy cerca de la arteria axilar. ¡No había nadie más!», y se retiró moviendo de un lado al otro la cabeza.

Me quedé abrumado. Es cierto, todo un mes trabajando hasta la medianoche, sumergido entre el debe y el haber de mis clientes que insistían en llamar a mi teléfono para saber cuánto tendrían que pagar al ministerio.

Tiempo después, cuando estaban remodelando el despacho, ordené que quitaran el piso de madera para cambiarlo por uno de cerámica. El obrero encontró un pequeño puñal, fino, largo, que parecía de juguete. Miró furtivamente a ambos lados y, sigilosamente, lo escondió debajo de sus ropas.

Yo bajé la mirada y preferí callar.

Haiku de Rubén García García

Sendero

Cae la nieve
sobre el árbol lleno de nidos.
Pelea de ratas.