Con el zoom veo en los ojos del niño, el plumaje de un pájaro. El ave nerviosa brincotea en el alfeizar de la ventana. ¡Cuánto asombro tiene la cara del niño! En el cristal, los veo de cuerpo entero, se miran tranquilos y platican como dos viejos amigos.
Todas las madrugadas la gata llegaba a la recámara de él, se lamía el cuerpo con insistencia y antes que despertara, desaparecía. Una noche tuvo un acceso tan intenso de tos, que se le detuvieron los pulsos. Los paramédicos lo encontraron con los ojos fuera de las orbitas. La gata a su lado maullaba.
«Seguro que era su mascota preferida», dijo uno de los camilleros cuando lo sacaron de la recámara.
yer se fue el gallo, el único que le quedaba. Lo vendió su marido. El niño lloraba. Oía los ronquidos de él. Era mejor dormido que despierto. Anoche le dijo, «mañana vas con los Martínez, y pregunta si no tienen ropa para lavar». El niño tenía un año y pedía. Había escondido un billete; con el podían vivir una semana a lo más. El esposo seguía roncando. La vieja maleta estaba debajo de la cama, así que solo tomó a la cría y salió sigilosamente. Irse con su madre, ¡para qué!, si ella la corrió cuando supo del embarazo. Tenía la dirección de un exnovio que le rogó para que se casara con ella. «Te dejo mi dirección de la ciudad, por si algo se te ofrece». ¿acaso era el orgullo más poderoso, que el amor que sentía por su hijo?
Todas las noches en el sueño termino una historia, ya para pasarla en limpio, llega Morfeo y me ordena que la deje sobre la mesa, que él la revisará. Todas las mañanas trato de recordar lo que soñé y por más vueltas que le doy, solo recuerdo la sonrisa burlona del dios.
Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia, que había llegado sin anuncio previo. Vio a la persona que amablemente la resguardó y no pudo menos que sonreír y decirle— no se moleste — no es molestia le contestó. Ella intentó salirse, pero él volvió a decir:
— así me enseñaron a ser. No desconfié.
Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. y le dio las gracias tímidamente
— Me llamo Roberto, para servirle
— Soy Estela. Estela Romero
— ¿Espera el transporte, al parque América?
— Si.
— Está tardando mucho
— Si.
— ¿Por allá trabaja?
— Si.
— ¿Se me hace que la invito a tomar un café
— Y, ¿qué le hace pensar eso?
— Que a todo dice sí.
Ella intentó salirse del paraguas a pesar de que la lluvia arreciaba
— por favor es una broma, no se moleste, no quise ….
Ella con seriedad le respondió:
— ¡No me gustan mucho las bromas!, así qué… ahora … invíteme el café.