Tono solemne o sombrío

El cuento La escuela de Donald Barthelme es un buen ejemplo de una historia con un tono solemne o sombrío.
Cuento la escuela Donald Barthelme
Bueno, nosotros tuvimos todos esos chicos plantando árboles, vea, porque nosotros nos figurábamos que… aquello era parte de su educación, o sea, usted sabe, lo de la vegetación y las raíces… y además el sentido de la responsabilidad, cuidando las cosas, siendo individualmente responsables. Entiende lo que quiero decir. Y todos los árboles se murieron. Eran árboles naranjas. Yo no sé por qué se murieron, solamente se murieron. Algo mal en el suelo posiblemente o quizá el material que trajimos del invernadero no era el mejor. Nos quejamos sobre eso. De modo que hemos tenido treinta chicos allí, cada chico tenía su arbolito que plantar, y nosotros treinta arbolitos muertos. Todos esos chicos mirando esos palos castaños, era deprimente.
Eso no sería tan malo excepto porque un par de semanas después del asunto de los árboles, murieron las serpientes. Pero yo pienso que lo de las serpientes; bueno, la razón por la que las serpientes espicharon fue que… usted recordará, la caldera del agua estuvo parada cuatro días por la huelga, y eso lo explicaba. Era algo que uno podría explicar a los chicos, lo de la huelga. Quiero decir, ninguno de sus familiares los dejó cruzar y molestar en la línea policial, de manera que así ellos supieron qué era una huelga y qué es lo que significa. Entonces cuando las cosas recomenzaron y encontramos las serpientes muertas, ellos no estaban muy trastornados.
Con lo de las gardenias fue probablemente un caso de exceso de riego, y al menos, ellos ahora saben que no hay que regarlas demasiado. Los chicos eran muy conscientes con las gardenias y sus probabilidades de… usted sabe, equivocarse al deslizar una pequeña cantidad extra de agua. O quizá… bueno, no quiero pensar en sabotaje, si bien nos ocurrió. Quiero decir, algo así pasó por nuestras mentes. Estábamos pensando que fue el camino probable porque antes de que los gerbos murieran, y los ratones blancos murieran, y las salamandras… bueno, ahora ellos saben que no hay que arrastrarlos por ahí en bolsas de plástico.
Por supuesto que nosotros esperábamos ya que los peces tropicales murieran, eso no fue una sorpresa. Todos ellos destrozados, estaban panza arriba en la superficie del agua. Pero la lección decía que lo llamemos “el gasto total de la energía de los peces”, allí no había nada que pudiéramos hacer, pasa todos los años, sólo que tiene prisa en pasar.
Jamás nos propusimos tener un cachorro.
Jamás nos propusimos tener uno, sólo fue un cachorro que la chica Murdoch encontró debajo del camión de Gristede y ella tuvo miedo de que el camión le pasara por encima al cachorro cuando el conductor hiciera su descubrimiento, así que ella lo escondió en su mochila y lo trajo a la escuela.
Entonces tuvimos un cachorro. Tan rápido como vi el cachorro, pensé, Oh, Cristo, ojalá viva por lo menos dos semanas, y entonces… Y aquello ha pasado. No se supone que ocurrió en el aula del todo, hay cierta clase de regulación sobre eso, pero uno no puede decirles que no pueden tener un cachorro cuando el cachorro ya está allí, justo enfrente de ellos, corriendo por el piso y gimoteando. Ellos lo llamaron Edgar (eso es, le pusieron nombre a mis espaldas). Se divirtieron a lo grande corriendo atrás de él y gritando: “¡Aquí, Edgar! ¡Lindo Edgar!” En aquel entonces ellos reían como el infierno. Ellos disfrutaban la ambigüedad. Yo disfrutaba de mí mismo. No imagino que fuera broma. Ellos fabricaron una pequeña casa para el cachorro en el placard suplementario que hay y eso fue todo. No sé por qué murió. Falta de aclimatación, supongo. Es probable que no haya habido ningún francotirador. Me quedé fuera de allí antes de que los chicos llegaran a la escuela. Yo chequeaba el placard suplementario cada mañana, por rutina, porque yo sabía que esto iba a pasar. Le entregué el cadáver al custodio.
Y después estuvo el huérfano coreano que la clase adoptó a través del Programa de Ayuda a los Niños, todos los chicos lo traían un cuatrimeste, esa era la idea. Fue una cosa desafortunada, el nombre del chico era Kim y quizá nosotros lo adoptamos demasiado tarde o algo así. La causa de la muerte no estaba especificada en la carta que recibimos, ellos nos sugerían que adoptemos otro chico a cambio y nos enviaron un montón de historiales de chicos, pero nosotros no tuvimos corazón. La clase lo tomó muy duramente, ellos comenzaron ―yo lo creo así, aunque nadie jamás me dijo nada directamente― a sentir que quizá había algo malo en la escuela. Pero yo no pienso que haya algo malo en la escuela, particularmente, yo he visto tiempos mejores y peores. Fue sólo una racha de mala suerte. Tuvimos un extraordinario número de padres que fallecieron, por ejemplo. Hubo, yo creo, dos ataques al corazón y dos suicidios, un ahogado, y cuatro muertos en accidentes de automóvil. Un quebrado. Y tuvimos el usual alto índice de mortalidad entre abuelos o quizá fue muy duro este año para todos, me parece. Y finalmente la tragedia.
La tragedia ocurrió cuando Matthew Wein y Tony Mavrogordo estaban jugando sobre la excavación que se hacía para el nuevo edificio de la oficina federal. Estaban esas grandes vigas amontonadas, usted sabe, hacia el final de la excavación. Hay un caso del tribunal sobre eso, ahora, los padres reclaman que las vigas estaban negligentemente amontonadas. Yo no sé cuál es la verdad y cuál no. Ha sido un año extraño.
Olvidé mencionar al padre de Billy Brandt, quien fue acuchillado fatalmente cuando él enfrentó a un intruso enmascarado en su casa.
Un día tuvimos una discusión en clase. Ellos me preguntaron, ¿Dónde fueron? Los árboles, la salamandra, el pez tropical, Edgar, los papis y las mamis, Matthew y Tony, ¿dónde fueron? Y yo dije, No lo sé, no lo sé. Y ellos dijeron, ¿Quién lo sabe?, y yo dije, Nadie sabe. Y ellos dijeron, ¿Es la muerte la que le da sentido a la vida? Y yo dije, No, es la vida la que le da sentido a la vida.
Entonces ellos dijeron, pero si no es la muerte, considerada como dato fundamental, el sentido por el cual damos por sentado que la trivialidad de todos los días podría ser trascendida en la dirección de…
Yo dije, Sí, podría ser.
Ellos dijeron, no nos gusta.
Yo dije, Así suena.
Ellos dijeron, ¡es una vergüenza sangrienta!
Yo dije, Así es.
Ellos dijeron, ¿haría el amor con Helen (nuestra asistente de estudios) de modo que podamos ver cómo todo ha sido hecho? Nosotros sabemos que a usted le gusta Helen.
Sí me gusta Helen pero dije que yo no podría.
Hemos oído mucho sobre éso, dijeron, pero nunca hemos visto el inicio de la vida.
Dije que podría ser despedido y que nunca o casi nunca haría una demostración. Helen miraba a través de la ventana.
Ellos dijeron, por favor, por favor haga el amor con Helen, nosotros necesitamos una afirmación del valor de alguien, nosotros estamos asustados.
Yo dije que ellos no deberían estar asustados (aunque yo suelo asustarme) y que había valor en todas partes. Helen vino y me abrazó. La besé algunas veces en la frente. Nos tomamos el uno al otro. Los chicos estaban excitados.
Entonces, hubo un golpe en la puerta, yo la abrí, y el nuevo gerbo venía caminando hacia nosotros. Y los chicos chillaron salvajemente.

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Richard Nathanson

El tono en la literatura

Hace unos días, mientras investigaba un poco para Héroes de cajón y terminaba las preparaciones del Taller literario en línea, que realicé con mis suscriptores en el 2016, no pude dejar de pensar en el hecho de que una misma historia puede variar si el autor decide cambiar el registro o tono con el que la está contando.
Nos confundes, Piper.
Sí, tienes razón, hombre confundido, seré más específico.
Cuando escribía Héroes de cajón comprendí que en vez de enfocarme en las habilidades o poderes de los personajes, la trama debía girar en torno a qué pasaría si se contara en un entorno más subdesarrollado, más latinoamericano, más Colombiano.
Por la personalidad de la protagonista decidí que la mejor opción para mi novela era el narrador en primera persona, pues me permitió inyectarle cierta dosis de humor y sarcasmo al relato y mayor libertad en los diálogos. Sin embargo, en algunas escenas sentí que debería usar el tercera persona y ser más dramático.

Tras pensarlo mejor llegué a la conclusión de que con este cambio de tono solo lograría darle un vuelco a mi historia. Pasaría de ser un Civil War: Capitán América (Nótese la combinación casi desapercibida de idiomas) a un Batman vs Superman.

Pero… ¿Qué es el tono cuando escribimos?

Cuando hablamos del tono literario de un texto nos referimos a la actitud del narrador hacia lo que él o ella narra. En otras palabras, el tono es la emoción principal que reflejamos al escribir.
Veamos el siguiente GIF para entrar a trabajar con esto de los tonos.
No te burles… no te burles…
Tono jocoso.
—¡Oye!… ¡mira que!… ¡ja, ja, ja!
—Ya, cuéntame. Qué pasó.
—¡Es que es muy chistoso! ¡Un viejito hoy en la piscina se dio un porrazo cuando se fue a tirar!
—¡ja, ja, ja! —Carlos se retorció en su silla y se le escapó un pedo—. ¡No me digas!
 
Tono sombrío
—¿Por qué estás tan serio? —preguntó mientras servía la mesa con lentitud—. No has dicho ni una sola palabra.
—Es que hoy sucedió algo terrible en el club. Un hombre ya anciano sufrió un accidente al resbalarse.
—Oh, que horrible.
—Sí, creo que se fracturó la cadera.
Ahí encontramos una misma historia en dos tonos diferentes, pero, ¿Por qué es importante el tono en que escribamos nuestras historias? Porque a medida que vamos escribiendo, empezamos a sentirnos cómodos en un registro específico y así vamos puliendo nuestro estilo literario.
¿No me crees? Quizás si lees lo que dijo el escritor Mario vargas Llosa de su novela, Pantaleón y las visitadoras, te de una mejor idea de la importancia del tono:
La historia está basada en un hecho real —un «servicio de visitadoras» organizado por el Ejército peruano para desahogar las ansias sexuales de las guarniciones amazónicas—, que conocí de cerca en dos viajes a la Amazonía —en 1958 y 1962—, magnificado y distorsionado hasta convertirse en una farsa truculenta. Por increíble que parezca, pervertido como yo estaba por la teoría del compromiso en su versión sartreana, intenté al principio contar esta historia en serio. Descubrí que era imposible, que ella exigía la burla y la carcajada. Fue una experiencia liberadora, que me reveló —¡sólo entonces!— las posibilidades del juego y el humor en la literatura. A diferencia de mis libros anteriores, que me hicieron sudar tinta, escribí esta novela con facilidad, divirtiéndome mucho, y leyendo los capítulos a medida que los terminaba a José María Gutiérrez, y a Patricia Grieve y Fernando Tola, mis vecinos de la calle Osio.
Ahora te entiendo mucho mejor, Piper. Continuemos con el siguiente ejemplo:
¿De cuántas formas y en qué tonos se puede narrar la historia de un hombre que pretende crear y dar vida a otro ser semejante a un humano?
De muchas formas. Podría ser una novela infantil, como Pinocho; un relato de terror, como Frankeinstein; una historia fantástica como El joven manos de tijeras, o un relato filosófico como Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges. Mismo tema, diferente tono.
urantiansojourn.com
La elección del tono depende de la personalidad del autor y sus intenciones.
También es recomendable el uso de diferentes tipos de tonos en una misma historia, con lo cual se puede crear una sensación de ritmo y se mantiene interesado al lector. Ahora veamos otro ejemplo, pero esta vez en el cine.
¿De cuántas formas y en qué tonos se puede narrar el tema de los campos de concentración?
Puede usarse un tono tierno y cómico como en la película La vida es bella, de Roberto Begnini, o el crudo y real de La lista de Schindler, de Steven Spielberg.
Existen diferentes tonos, pero los más comunes en la literatura son:
· El tono trágico

· El tono irónico

· El tono paródico
· El tono íntimo
· El tono jocoso
· El tono serio
· El tono formal
· El tono informal o familiar
· El tono moralista
· El tono realista
· El tono idealista
· El tono melancólico
· El tono sombrío
· El tono condescendiente
· El tono parco
· El tono periodístico
Debes sentarte, y, como dijo Vargas Llosa, liberarte en el tono que mejor te dé. Quién sabe, quizás esa obra de arte que duerme en el cajón de tu cuarto solo deba ser escrita de forma diferente. Incluso, ahora que lo pienso, muchas de las dificultades y bloqueos que presentan varios escritores que acuden buscando una asesoría se deben a que no están usando el tono adecuado en sus historias o, por el deseo de seguir a su escritor favorito, tratan de escribir imitando el tono de otro escritor.
¿Y tú? ¿Qué tono o tonos estás usando en tu última historia?
https://www.antronarrativo.com/2016/09/el-tono-para-narrar-una-historia.html

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La mesa del balcón de Amélie Olais

Pedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.

Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubre uno detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.

Al abrir las paginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.

Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta como regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.

Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar perdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar.  He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.

Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?

Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.

Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias  ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me de el acicate para detener la angustia.

Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mi, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continua para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.

Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación.  Tal vez por eso te extraño ahora.

Vuelvo a mirar las letras y me pregunto  ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mi? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?

Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano.  Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero  que  suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.

Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mi y al establecer contacto visual, ¡puaff!  el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco  hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mi y sube rumbo al infinito.

Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.

No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.

En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.

Zozobra y deseo RGG

Esteban deja saber que le gusto. En la reunión, él trata de ofrecerme su compañía. Me mira entornando los ojos y lo hago tartamudear. Fingiendo ir hacia mis adentros me pregunta como si alguien le sacará las palabras con un sacacorchos
-¿ En qué piensa?
Si él supiera que deseo que el tiempo se escurra para encontrarme con el hombre que deseo y amo.
En algún momento, cuando menos lo espero me ofrece algún piropo. Suspira. Cuenta algún chiste y no puede evitar que lo perturbo; y se retira en silencio al percibir la indiferencia.
Si tú fueras como esteban, jamás hubiese conocido la zozobra y este deseo que cada día se convierte en leña dispuesta para vos.

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de Banana Yoshimoto

De un viaje llamado vida
Hasta ahora nunca he sido capaz de cuidar una planta de romero. Es una hierba aromática muy útil para espolvorear sobre un pollo antes de asarlo, o para añadir una ramita recién cortada a fin de mejorar la salsa boloñesa que ha salido mal. En todos los casos, los platos adquieren un buen sabor. Si se trata de patatas, resulta una combinación perfecta tanto para cocerlas como para freírlas.
El problema es que el romero se muere rápidamente si no se riega de forma adecuada todos los días y si no se le procura una buena exposición al sol, por muy grande y hermoso que estuviera al comprarlo. Incluso se pueden utilizar las hojas secas para cocinar, pero el resultado no tiene nada que ver con el conseguido con el romero verde y fresco. La primera planta que compré se echó a perder porque mi perra hizo pis encima. La segunda se secó mientras estuve de viaje mucho tiempo. La tercera se marchitó mientras guardaba cama por estar enferma. La cuarta también porque mi tortuga escarbó en la raíz. Y ahora llevo un año cuidando la quinta a la que, por fin, le han salido gran cantidad de preciosas flores de color malva.
El año pasado, al poco de haber comenzado a cuidar esa quinta planta de romero, fui a Sicilia no sin antes haberle insistido a mi novio, incluso con palabras amenazantes, para que me la regase. Sicilia, a principios de primavera, era un paraíso de flores. Hinojo, jazmines, cactus, almendros en plena floración, crecían por doquier llenando toda la ciudad con un dulce perfume. Asimismo numerosas plantas desconocidas para mí abrían sus flores multicolores en los jardines más pequeños, en los laterales de las escaleras y alrededor de las ruinas.
A tiro de piedra del hotel donde me alojaba, había una especie de arbustos muy frondosos que desprendían un fuerte aroma. Estaban cuajados de flores de un azul intenso que parecían a punto de caer. Como su perfume me resultaba un tanto familiar, me fijé bien en ellos y, entonces, descubrí con gran sorpresa que lo que parecían arbustos en realidad era romero. Con unas ramas de aspecto sólido, unas enormes hojas frondosas y una cantidad de flores como para aburrir, desprendían un perfume tan intenso me resultaba casi asfixiante. Me quedé completamente asombrada preguntándome si ese era el auténtico romero silvestre. En comparación, la planta menuda de mi casa plantada en una maceta (aun así, hasta entonces, creía que era bastante grande) parecía de juguete. Pensando en lo que me había afanado en cuidar aquel romero de aspecto tan débil, me sentí ridícula.
Con todo, sin embargo, y aunque parezca extraño, ahora, cada vez que miro mi romero, cómo comienza a abrir sus flores con su modesto perfume en el balcón de mi apartamento, bajo el cielo del sur, vuelven a mi mente aquellos romeros impactantes de Sicilia, su fragancia, el color del cielo infinitamente transparente y azul, e incluso la sensación de la brisa fresca. Es algo realmente agradable. Así que ahora el romero que tengo ante mis ojos me parece una presencia muy valiosa que se conecta con algo realmente inmenso.
Si voy de todos modos
Una muy querida amiga me enseñó unas fotos de cuando estaba estudiando en Italia. ¡Estaba tan gorda que parecía otra persona! Me quedé muy sorprendida. Me comentó que pesaba unos doce o trece kilos más que ahora. Aunque lo había oído comentar, el impacto que me produjo ver la imagen era otra cosa totalmente diferente. Dije con sincera admiración:
«¿Cómo has podido recuperar la figura de antes?».
Una vez paseé con ella por la ciudad donde había estudiado. En cada rincón me iba contando sus recuerdos. En esa hermosa ciudad llena de antiguos monumentos, me habló no solamente de haber engordado de tanto comer, sino también de sus ansiedades, de la dificultad de las relaciones personales, y del mal de amores que le hacía moverse entre el cielo y el infierno. Me contó que una vez que había estado muy deprimida, esa hermosa ciudad le había parecido completamente gris y que ese hecho le había sorprendido.
Me imagino que entre las personas que fueron a estudiar al extranjero, habría mucha gente que engordó y nunca recuperó su aspecto de antes, o que se enamoró y fue incapaz de seguir con sus estudios, o que se limitó a vivir allí relacionándose solo con japoneses, o que se estresó y regresó sin lograr nada, etcétera.
Pero ella, en solo un año de estancia, aunque se hundió hasta el límite (o, más bien, engordó hasta el límite…), también probó todo el placer de la gastronomía sin preocuparse de ganar trece kilos, y se entregó al amor, pues conoció a su novio en profundidad y se separó de él; con todo, aprendió el italiano y nunca dejó de estudiar. Mi amiga, como era joven, no se acobardaba, y fue capaz de enfrentarse con entusiasmo a cualquier experiencia asimilando todo lo que podía aprender de ella. Creo que todas aquellas personas que piensan demasiado o les falta confianza en sí mismas y dudan, no se atreverían a vivir la vida con la intensidad que ella la vivió.
En definitiva, su autenticidad dio sus frutos. Después de regresar a Japón, adelgazó por completo, consiguió uno tras otro trabajos en los que podía aprovechar el italiano, y se tomó el tiempo necesario para olvidar los dolorosos recuerdos del desamor; se ha convertido en una mujer adulta y atractiva. También sigue manteniendo una buena amistad con la gente a la que conoció en aquellos tiempos. Todo esto es una recompensa por sus continuos esfuerzos y por su alma abierta que la impulsó a intentar hacer las cosas que le interesaban sin preocuparse de lo que dijeran los demás.
Siempre se muestra humilde, porque es una persona realmente excepcional. Creo que una persona capaz de llegar tan lejos en un año es rara. Por lo común, en una estancia de un año, uno no sabe si ha ido de vacaciones o de viaje, o para aprender idiomas, o para conocer una cultura diferente, o para buscar el amor, pero finalmente se regresa habiendo dejado todas las cosas a medias, o ¿no?
He conocido a muchas personas que tuvieron diversas experiencias, que aprendieron el idioma o se casaron después de haber permanecido más tiempo, pero no conozco a nadie más que ella que aprovechara un año con tanta intensidad. De hecho, cuando la conocí, estaba convencida de que había pasado más de cinco años en Italia por su capacidad lingüística y su comportamiento.
Mirando a mi amiga mientras me relataba ese año extraordinario como si tal cosa, pensé seriamente que ya que uno se va al extranjero invirtiendo su dinero, al menos vivir cada día con la mente abierta en lugar de ver las paredes que llevamos en nuestro interior puede aportarnos un resultado diferente.
banana yashimoto

Sabadito de danzón

El Danzón tiene su cuna en Cuba. al llegar a México, lo adopta como parte de su cultura. Una muestra de un ritmo que se mete, suave, y nos hace mover los pies, la cadera y nos  hace bailar. Escucharlo complace, es dulce como una caña de azúcar.