La construcción de la novela por Eduardo Benavides*

* Fin de la serie de los apuntes de narrativa que fueron realizados entre 3008-2009 por el destacado escritor.
Cada vez estoy más convencido de que escribir una novela no es inventar un mundo, es descubrirlo. Me explico: hay un momento en que nuestra invención, -la trama de la novela, la biografía de los personajes, la exactitud de las relaciones entre ellos- ha generado una malla tan complicada, vasta y exacta de interconexiones, que termina por superarnos. Y es entonces en que el novelista intuye que hay un mundo del que él apenas conoce una mínima parte. Se trata de un universo complejo que el hecho de escribir va descubriendo lentamente ante sus ojos, y produciendo en su ánimo la exasperante ofuscación de quien se esfuerza por atrapar un recuerdo lejano o un sueño. Naturalmente, para que esto ocurra, es necesario haber dedicado infinitas horas a poner en marcha el andamiaje de esa suerte de pesada máquina renacentista que es la novela. En contra de lo que habitualmente se cree, la novela requiere una estrategia que sólo se vislumbra después de muchas, muchísimas horas batallando con obstinación con la bruma inicial.
Por eso, para escribir una novela hay que tener una cierta vocación esquizofrénica, una arriesgada actitud de entrar y salir de ese otro mundo en construcción (o en proceso de descubrimiento) mientras mantenemos un pie en este, en el real, en el mundo de lo cotidiano, donde llora un hijo, suena el teléfono, llama un colega para tomar las cañas o, como dice un vieja amiga mía: «si no es una cosa, es tu madre». Sin ese proceso de abstracción absoluta es imposible entender el universo de la novela que estamos generando y que sólo puede estar lleno de exactitudes, exactitudes autorreferenciales claro. Una novela es una mentira con todas las coartadas posibles. El novelista lo intuye. Y hacia allí avanza.

Una novela, como toda buena ficción literaria, esta fundada no en la veracidad de lo que cuenta sino en la persuasión con que se cuenta. Esto significa que resulta ocioso buscar en ella elementos de la realidad que se ajusten incontrastablemente a la misma. La novela, habíamos dicho, es fundamentalmente autorreferencial, lo que significa que su grado de realidad -de persuasión- depende por completo del rigor con el que sus elementos constitutivos se nutran entre sí, se expliquen sin exceder el marco donde operan. El lector que se alarma porque en Soldados de Salamina, de Javier Cercas se apele con tanta contundencia a hechos y personajes que han existido pero que sin embargo no responden con exactitud a la veracidad histórica está cometiendo un error de fondo: se ha acercado a la novela buscando un ensayo, una pieza sociológica o histórica en lugar de acercarse a ella buscando su carácter esencialmente equívoco, vale decir, novelístico. Pero ello suscita, para el novelista, un problema que debe ser capaz de resolver: el de la persuasión. El novelista debe ser pues capaz de suspender, gracias al hechizo de su narración y a la impecable disposición de sus elementos, la natural suspicacia del lector que empieza las primeras páginas de su historia. Una novela se basa en la deliciosa esgrima de la seducción, es un hechizo en el que tanto el hechizado como el hechicero saben que establecen el pacto necesario que requiere la ficción. El novelista miente con conocimiento y convicción, dispone a sus personajes y edifica la trama que los vincula, en tanto el seducido -el lector- acepta la seducción siempre y cuando esta no presente fisuras ni contradicciones. Saber esto es vital para quien se dedica a escribir ficciones: que una novela plenamente documentada puede resultar absolutamente inverosímil en tanto una novela arbitraria y antojadiza puede ser capaz de hacernos cambiar nuestra percepción del mundo.

Eduardo Benavides

orge Eduardo Benavides nació en Arequipa, Perú, en 1964. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en Lima, ciudad donde trabajó dictando talleres de literatura, y posteriormente como periodista radiofónico, como jefe de Redacción de los noticieros de Antena Uno Radio, donde además llevaba un espacio cultural.

Desde 1991 hasta el 2002 vivió en España, en la isla de Tenerife, donde colaboró con el suplemento dominical de Diario de Avisos y también como jefe de redacción de Siglo XXI.

Ha colaborado con revistas literarias como Renacimiento y los suplementos culturales Babelia, de El País, y Caballo Verde, de La Razón, así como con diversos medios de su país.

Ha publicado las recopilaciones de cuentos Cuentario y otros relatos  y La noche de Morgana y las novelas Los años inútiles, El año que rompí contigo y Un millón de soles. Recibió el premio de Cuentos José María Arguedas de la Federación Peruana de Escritores de 1988. Ha sido finalista en la Bienal de Cuentos de COPE en 1989 y también en la del certamen de cuentos NH (España) del año 2000, en el Premio Tigre Juan de 2003 y en el prestigioso Premio Rómulo Gallegos de ese mismo año. Ha recibido asimismo el Premio Nuevo Talento FNAC en 2003.

Como profesor de escritura creativa y talleres de creación literaria, Jorge Eduardo Benavides ha impartido seminarios y cursos en universidades y centros culturales de Tenerife, Madrid, Granada, A Coruña, Lima, Boston, Miami, Ginebra y Viena. Dirigió el curso de escritura creativa On Line del Boomeran (Grupo Prisa): http://www.elboomeran.com hasta el año 2009.

Colabora con diversos medios informativos y culturales como El País, Letras Libres, Eñe y la revista Mercurio.

 

OBRA

Cuentario y otros relatos (1989)

Los años inútiles (2002)

El año que rompí contigo (2003)

La noche de Morgana (2005)

Un millón de soles (2008)

La paz de los vencidos (2009)

Acerca del recuerdo

Me despedí de ella hace tantos años, pero la memoria no entierra ni lo que besa, ni lo que muerde.

aguacero

Boludo…

La palabra BOLUDO:
A pesar de que muchos se están cayendo de la silla, deseo contarles la etimologia de ésta palabra tan particular. Su historia comienza en los años 1810/1815 aprox. Cuanto se lleva a cabo la Revolución de Mayo, en ese entonces llamado el Virreinato del Río de la Plata, cae el Virrey Cisneros y obviamente el país queda a la deriva. Se le otorga la tarea de defender nuestro territorio al Gral. José de San Martin, en pocas palabras, pide al Gral. Artigas que vaya a defender la frontera del norte del Virreinato, pero al tener desacuerdos políticos, San Martin, lo desecha de su lado e invita a unirse a la lucha al Gral Martin Miguel de Gūemes, se transforma en un gran aliado y que también era un exelente estratega. El Gral. Gūemes pide a San Martin que le enviara tropas para defender la frontera, pero por cuestiones políticas, económicas y de gran distancia, nunca llegarían. Al ver la inminente invasión española, el Gral. Gūemes decide armar sus tropas con los lugareños, los famosos «gauchos», provistos únicamente con tres elementos, unas boleadoras, un poncho y un cuchillo. Estos gauchos poseían la ventaja de conocer el territorio pero además eran muy habiles con éstas tres «armas», sí, así es, armas. La boleadora era para erredar las patas del ganado y hacerlo caer, de ésta manera hacían caer a los jinetes españoles de sus caballos y llegando al lugar eran enredados con el poncho y acuchillados. La historia es un poco mas larga, pero los que iban al frente de la batalla eran los que tenían boleadoras, por ende, eran también los primeros en morir a causa de los fusiles españoles, nadie quiere morir primero, de ahí se deriva a «boludo». Tal fue su habilidad que se venció al ejército español en el norte del Virreinato y los españoles los llamaron «centauros», ya que su unión con el caballo era única e inigualable. Éste incidente se conoce como «La guerra gaucha» hombres a los que debemos nuestra independencia. Espero les guste este poco de historia y la verdad debería agradecer con honra a aquel que me diga «boluda».
Un saludo grande desde Argentina, y por cierto, aquel que desee agregar lo faltante de la historia será bienvenido.Tomado del fb. Colgado por Gabriela Suárez

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La importancia del inicio por Eduardo Benavides

Tanto en una novela como en un cuento las primeras frases tiene una importancia capital en el desarrollo de la historia. Naturalmente, no de la misma manera pues el cuento requiere el brío de la inmediatez, mientras que la novela echa a andar desplegando muy lentamente la fuerza necesaria para poner en marcha una historia de muchas páginas. En el cuento, que es el caso que nos ocupa, la dificultad de un buen inicio tiene que ver con la capacidad del narrador para mostrar en pocas palabras las líneas de tensión de toda la historia, de manera condensada y al mismo tiempo sugerida. Quiere decir que esas primeras líneas del cuento deben registrar todo lo que se va a contar… pero naturalmente sin revelarlo, apenas apuntándolo. También deben ser líneas sugestivas, que más que ofrecer una respuesta se formulen como una pregunta, como un enigma, como algo que nos invita a seguir leyendo: el inicio de un buen cuento suele plantear una crisis. Y casi nunca se limita a describir una situación estática o un mero paisaje pues eso suele quitarle a la historia el ímpetu necesario para arrancar: «El sol ya se ocultaba en el horizonte y los pescadores lentamente volvían a sus casas comentado la dura jornada….» pues no. La cuestión es que el inicio debe ser fundamentalmente dinámico, ágil, lleno de preguntas e imágenes. Muchas veces ese primer párrafo tiene que trabajarse, pulirse o simplemente borrarse, pues como sabemos por experiencia, lo primero que uno escribe a la hora de abordar un cuento, no siempre es lo que queda en la última versión, por eso propónganse un ejercicio: cuando tengan el cuento terminado busquen quitar, sin más, las primeras cinco o diez líneas del texto y pregúntense si acaso así no entramos directamente en materia, si acaso no estamos suprimiendo líneas innecesarias. Verán entonces en cuántas ocasiones esas primeras líneas no sirven o son muy flojas, o muy explícitas, o demasiado estáticas.

Admirando a Basho

 

Una rana se sumerge
en el viejo estanque…
el ruido del agua

Este es el haiku* más conocido de todos (no solo de Matsuo Bashō sino también de cualquier otro autor) y lo usaré para hablar de los denostados adjetivos.
Sin duda habrás oído que abusar de los adjetivos diluye tu prosa y que deberías esforzarte en evitarlos. Y es cierto, pero esto no implica que no debas usarlos nunca.
Este haiku demuestra que un adjetivo bien usado puede ser muy eficaz. Prueba, si no, a releer el poema sin la palabra «viejo».
El estanque necesita ser «viejo» para crear el ambiente estancado y lleno de hojarasca en el que medran las ranas. En este caso, el adjetivo resulta clave para crear la atmosfera.
Cuando escribas, ten un ojo puesto en tus adjetivos. Si tu texto podría funcionar si ellos, elimínalos sin piedad. Pero si un adjetivo, o incluso una serie de ellos, lo enriquecen, no tengas reparo en conservarlos.

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Los mejores haikus de Matsuo Bashō (y lo que puedes aprender de ellos)

-* Basho nunca escribió haykú, el hayku se debe a Shiki

Cercanía RGG

Mis aguas ya no tienen el brío del felino;
los árboles florean por la magia de la vida.
Tienes frente a ti… un espejismo;
tan frágil, que un aleteo lo fragmentaría.
Frente al mar,
la lejanía del horizonte se acerca poderosa…

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Construcción del escenario dos de Eduardo Benavides

En la construcción del escenario no hay solamente esas palabras que constituyen frases y esas frases que componen párrafos finalmente organizados en escenas, no; en la construcción del escenario, además de adjetivos bien utilizados y novedosos (sin ser extravagantes), de verbos conectores que permiten establecer un circuito entre ellos y proporcionarle fluidez a la representación que hemos creado para los lectores/espectadores, también encontramos otro nivel descriptivo que permite definir con mayor precisión y plasticidad el orden más abstracto de lo que estamos mostrando, es decir, la parte intangible de nuestro escenario, aquel que está dotado del espíritu que queremos conferirle a un lugar preciso: la casa del viejo general retirado, el decrépito hospital donde pasa sus últimos días un anciano, la penumbra fresca de la casa solariega donde nuestro personaje vive un verano siendo niño. No basta pues que este escenario sea nítido, luminoso, movilizado por verbos que sugieren acciones y potencia, es decir, por el movimiento de los personajes. Hay además que insuflarle un cierto carácter, una personalidad determinada, por decirlo así. Y para lograrlo, el narrador debe pensar detenidamente qué es exactamente lo que quiere representar: la época en la que ocurre o más bien, el espíritu de la época en la que ocurre, de tal manera que el lector entiende ese pequeño espacio que es el escenario narrativo como una parte proporcional de algo más grande: la época, por ejemplo, o si la sociedad de la que forma parte es conservadora, progresista, está sumida en el caos… o bien si el entorno familiar del personaje y del escenario donde se mueve es íntimo, amable, hostil. Veamos la descripción que hace Antonio Muñoz Molina del Café Moka, en Ardor guerrero, para entenderlo un poco mejor.
«En el Moka el comercio invisible de la heroína era como una danza de fantasmas repetidos en los espejos, moviéndose en apariciones y huidas simultáneas, y las caras expectantes y ansiosas se duplicaban aritméticamente en un delirio visual que acentuaba el efecto del hachís y se volvía baile de vampiros por la luz fluorescente que bañaba el lugar, una luz de nevera que hacía aún más pálidas las caras más pálidas de San Sebastián y subrayaba el dibujo de las venas en los brazos, el brillo de las tachuelas y de los colgantes metálicos y el color negro de las ropas que vestían los yonquis y las yonquis, los reflejos de piel de reptil de la cazadoras y las botas de cuero de los yonquis más pijos.
El café Moka tenía en la puerta un letrero caligráfico de los años cincuenta, una dignidad ajada de espejos y mármoles que conocieron tiempos mejores: contaban que había sido un sitio de mucho prestigio en San Sebastián, una tienda de toda la vida en la que se molía para los clientes el mejor café o se le servía humeante, aromático y negro en pequeñas tazas de porcelana, pero ahora era una lonja de los venenos más letales y una ruina invadida por los primeros zombis de la década. El camarero, fortificado en su taquilla circular, servía y cobrara los cafés y no miraba a nadie a los ojos ni decía más que el precio de cada consumición.» ( Ardor Guerrero. Alfaguara, pág. 320-321)

La construcción del escenario de Eduardo Benavides

Una buena narración tiene siempre un espacio, un lugar físico donde ocurren las peripecias que les suceden a los personajes, de lo contrario, el lector tendría siempre la sensación de que las voces de estos así como la accion entera se esfuma, convirtiéndose en una mera abstracción. Si no hay escenario, las palabras no producen las imágenes imprescindibles para que el lector deje de leer y empiece a «ver», a descubrir ese sueño vívido y continuo del que habla John Gardner en su libro Para ser novelista. Pues bien, ese escenario donde transcurre la acción se recrea teniendo en cuenta, al menos, dos aspectos. Por un lado, debe estar lleno de objetos, quiero decir de cosas tangibles, fácilmente identificables como únicas gracias a los pequeños detalles que las individualizan y les confiere la nitidez de sus contornos gracias a adjetivos limpios, brillantes, así como a comparaciones plásticas que nos alejen de la abstracción. El segundo aspecto requerido para la construcción del escenario son los verbos que conectan a estos elementos y que permiten que la descripción no sea estática (ver la clase II, dedica a tal propósito) sino que parezca fluir en la página. De manera pues que estos sustantivos y sus respectivos adjetivos, así como los verbos  que indican acción y desplazamiento producen un conjunto dinámico, plástico, lleno de sugerencias. Fijaros en este fragmento de El mono aullador de los manglares, la excelente novela de Ibsen Martínez:
«Antonieta invitó a Katberine Mansfield, Virginia Woolf, Julia Kristeva, Marguerite Duras y Ana Ajmátova a una velada cuya piéce de resistence sería mirar la transmisión de Trono de Sangre.  Las cinco fueron llegando desde el anochecer, con intervalos de quince minutos entre una y otra. Hacían con el claxon la señal acordada con Antonieta para que yo bajase a recibirlas.
Recuerdo haber dicho ya que el apartamento fue regalo de bodas del padre de Antonieta. No he dicho que se trataba de un apartamento de tercera mano, en el cuarto piso de un edificio sin elevador, construido durante el boom petrolero de los años cincuenta. Vivíamos en un distrito que abraza al golfo que en el mapa de Caracas dibuja la Ciudad Universitaria.
La nuestra era una calle fresca y corta, de aceras arboladas, y en ella las latiniparlas estacionaban sus escarabajos y para cuando yo salía a su encuentro ya habían encendido el primer cigarrillo. Hubo una de ellas -¿Katherine Mansfield? ¿Virginia Woolf? ¿La Duras?- que ensayó el ascenso sin dejar de fumar. Fumaba escalando -o escalaba fumando- y se detenía, jadeante, en cada entresuelo.
Cada latiniparla trajo un paquetito con una delicadeza que añadir al obsequio de vinos, quesos y carnes fiambres que Antonieta había dispuesto.»
Pueden ver el acierto de la descripción, la manera fluída en la que los personajes suben, escalan, fuman, salen al encuentro, disponen… así como los adjetivos que le dan luminosidad y plasticidad a lo que describe: la calle es «fresca y corta», el apartamento está en el «cuarto piso de un edificio sin elevador»… lean con atención el fragmento y verán que nítido y qué preciso nos resulta todo. Ello porque el narrador ha esquivado los verbos obvios, polisémicos, por otros que dotan al escenario de singularidad. Ha evitado los lugares comunes, las abstracciones y la vaga generalidad prestando atención a sustantivos y adjetivos precisos, originales, llenos de vida.

Javier Lozano*, buscaba uno y encontré a otro

A quién buscaba es un conocedor de la música clásica y de la opera y en el espacio de Leonardo Curzio  daba al público valiosas señales para entender y comprender la música clásica. La idea es buscar esa información y ofrecer el enlace con mi blog. Me encontré otro Javier y me emocionó. Espero la disfruten.
  • «Nacido en 9 de julio, un grano de arena verde en la vasta y llana provincia de Buenos Aires, Lozano se formó desde muy chico en conservatorios y, a la par, transitó como un entusiasta autodidacta que lo llevó a conocer los secretos de la música popular. En rigor, a poco de instalarse en la gran urbe se incorpora como pianista estable de la banda de Salinas, donde permanece durante veinte años y siete discos. En medio de ese devenir, Lozano anuda talentos con Guillermo Vadalá, Sergio Verdinelli y Gonzalo Aloras para secundar a Páez en dos discos…»

 

 

 

Basho…

Se extingue el día
pero no el canto
de la alondra

Una descripción puede (y debe) contener otros elementos a parte de los visuales.

Introducir detalles auditivos, táctiles o incluso gustativos, ayuda a crear una experiencia más completa de aquello que queremos contar. El «canto» de la alondra de este poema es un ejemplo perfecto de ello.

Cuando describas algo, menciona los sonidos, olores y sensaciones que lo acompañan. Ayudarás al lector a experimentar tu historia de un modo más rico.

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hay-kus  Carles Roselló…https://creatividadparaescritores.com

Narrativa y metáfora por Eduardo Benavides

Como todos sabemos, la metáfora es una figura literaria que establece una relación entre dos elementos y que gracias a la cual uno de ellos pasa a ser el sentido figurado del otro. Hay una comparación tácita que permite que este mecanismo funcione y que el lector acepte la frase «sus dientes eran perlas». Se trata de una metáfora básica que expresa no sólo el color, sino también una textura, un brillo, un cierto lujo que refuerza la idea de dientes sanos, agradables. (Aunque la metáfora sea ya manida…) Estas metáforas, llamadas de primer nivel, ponen en contacto dos elementos de forma más o menos explícita, como podemos deducir por el ejemplo citado. Pero también existen otras metáforas, llamadas de segundo nivel o de situación que permiten una conexión menos directa entre dos realidades, haciendo que ambas se insuflen vida, se contaminen -por así decirlo- mutuamente. Ya no se trata simplemente de dos elementos, uno de los cuales representa al otro, de manera figurada. Ahora hablamos de todo un sistema de elementos vinculados tácitamente entre sí y que, a ojos del lector, apenas dejan ver sus lazos. Se podría decir que no son del todo perceptibles en una primera lectura pero impregnan el ánimo del lector de manera contundente. Así, si lo que deseamos es contar la historia de un hombre que tiene problemas con su jefe y con sus compañeros de oficina, a través de una metáfora de situación podemos describirlo luchando contra la fotocopiadora, con la estrechez del cubículo que le han designado, atendiendo llamadas telefónicas que no le corresponden… elementos todos estos que permiten al lector establecer una conexión sutil con lo esencial: sus problemas laborales con los demás.

 

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