No todas las palabras fueron creadas iguales.
Algunas son fuertes (marea, sangrar, abeto) y traen a la mente multitud de imágenes y asociaciones.
Otras son débiles (aparentemente, deprisa, completo) y apenas modifican el fluir del pensamiento.
Nombres y verbos suelen ser fuertes y, si tus frases reposan en ellos, tus historias cobran vida y los personajes saltan de la página y agarran al lector por la solapa.
Adjetivos y adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.
Si aprendes a usar menos adjetivos tus palabras reflejarán mejor tus ideas y maravillarán al lector igual como lo hacen contigo.
Conseguirlo requiere esfuerzo (¿qué vas a colocar en el lugar de ese adjetivo?), pero merece la pena.
Aquí tienes una guía que te ayudará a lograrlo.
1. Identifica los adjetivos y los adverbios
El primer paso para usar menos adjetivos y adverbios es encontrarlos. Así que, ¿cómo vamos de gramática?
Aquí tienes un repaso relámpago:
- Los nombres designan seres: casa, perro, abrigo.
- Los verbos designan acciones: amar, lanzar, frotar.
- Los adjetivos modifican a los nombres: la casa grande, el perro viejo, el abrigo gris.
- Los adverbios modifican a los verbos (y a otras palabras): amar apasionadamente, lanzar lejos, frotar enérgicamente.
Cuando acabes de escribir una frase o un párrafo, identifica los adjetivos y los adverbios. Esto te dará un primer diagnóstico.
Aquí tienes un ejemplo de lo que te estoy sugiriendo (adjetivos en rojo, adverbios en azul):
«Los adjetivos y los adverbios, en cambio, suelen ser débiles y cuando abusas de ellos tus textos se vuelven lentos, pesados, borrosos, imprecisos e, igual como ocurre con la frase que estás leyendo, aburren profundamente al lector que, soñoliento y confundido, comprensiblemente se plantea dejar de leer.»
2. No escuches los cantos de sirena: los adjetivos y los adverbios parecen bellos, pero no lo son.
Repite conmigo: «hablaba armoniosamente«.
Fíjate bien: «armoniosamente«.
¿No te parece bello el serpenteo envolvente con el que el «mente» arrastra a la armonía un poco más allá de lo que tenía previsto?
Cuando escribas, las palabras débiles intentarán seducirte. Y a menudo lo conseguirán.
¿Por qué?
Porqué a ti, que ves en tu cabeza aquello que quieres contar, te parecerá que ese adjetivo o adverbio lo describe perfectamente.
¿Acaso no es armoniosa su forma de hablar?, te dirás. ¿Por qué no puedo decir que «hablaba armoniosamente» si, realmente, hablaba armoniosamente?
Porque el lector no puede ver dentro de tu cabeza y decir que alguien hablaba armoniosamente, por cierto que sea, no le ayudará a sentir ninguna armonía.
Tu tarea como escritor o escritora no es decirle al lector lo que debe sentir, sino provocar en él ese sentimiento. Y eso no se consigue con adjetivos.
Cuando oigas cantos de sirena, tápate los oídos, o átate a un mástil, como hizo Ulises, pero no te dejes seducir. Evita los adjetivos y adverbios fáciles y esfuérzate en mostrar, mediante nombres y verbos, porqué su forma de hablar era armoniosa.
3. Elimina los adjetivos y adverbios redundantes
¿Qué tienen en común la blanca nieve, el frío invierno y las duras piedras?
Que las tres son expresiones redundantes.
Salvo excepciones, la nieve es blanca, el invierno frío y las piedras duras.
Reserva los adjetivos para la nieve azul, los inviernos cálidos y las piedras blandas y no malgastes la atención del lector con lo que ya sabe.
Algo parecido ocurre con los adverbios.
Alguien totalmente convencido está, simplemente, convencido.
Algo absolutamente perfecto es, simplemente, perfecto.
Tienes mucho que contar y la atención del lector está siempre a punto de abandonarte: ve al grano.
4. Busca alternativas para los que resistan
Una vez eliminados los redundantes, tu texto seguirá plagado de adjetivos y adverbios (los que hablan de nieves azules e inviernos cálidos).
No te rindas.
Aunque su función sea necesaria, aún puedes deshacerte de ellos y conseguir que tu frase impacte mejor al lector.
La primera alternativa es buscar un nombre (o verbo) que pueda sustituirlos:
- En lugar de «un niño pequeño» puedes escribir «una criatura».
- En lugar de «tocó dubitativamente» puedes escribir «tanteó».
- En lugar de «un niño travieso» puedes escribir «un pícaro».
- En lugar de «tocó tiernamente» puedes escribir «acarició».
Por último, si no encuentras ningún nombre o verbo que contenga la información que necesitas dar, intenta reconstruir la frase desde un ángulo distinto:
- En lugar de «tecleaba deprisa» puedes escribir «sus dedos corrían sobre las teclas»
- En lugar de «el metal brillaba» puedes escribir «el reflejo del sol, que daba de lleno sobre el metal, le deslumbró».
5. Quédate con los buenos
Los adjetivos y los adverbios no son palabras perversas que debas evitar a cualquier precio.
Debes evitar el abuso, que desafortunadamente es la tendencia natural. Pero cualquier palabra, usada con intención, puede ayudarte.
Josep Pla, un escritor catalán tan controvertido como brillante, era un maestro en el uso de los adjetivos.
No los evitaba en absoluto y, para colmo, solía utilizarlos de tres en tres.
Pero nunca los improvisaba y dice la leyenda que, en el tiempo que dedicaba a elegir uno, podía fumarse un cigarrillo.
Ahí va un ejemplo (adjetivos y adverbios en cursiva):
Conclusión: usa adjetivos y adverbios cuando no tengas alternativa, pero, incluso entonces, esmérate en tu elección.
Revélate contra la pereza
Minimizar el uso de adjetivos y adverbios te costará, sobre todo al principio.
Completar tus frases con ellos te permitiría decir algo pasable con poco esfuerzo, pero si quieres que tu prosa conmueva, necesitas hacerte amigo de los nombres y los verbos. Son duros de trabajar, pero son el camino.
