Hokku

La noche es oro,
se excitaron los grillos;
despierta el gato…

Es una luna brillante, en el silencio se oyen los grillos y un gato despierta en alguna parte.  son diecisiete versos,  y hay tres imágenes enlazadas. la imagen de la luna, se da por el primer verso que es una metáfora y por eso no puede ser Haykú.  Hay lo que se llama kigo que es mencionar una estación, no se dice, se intuye una noche de verano. Hay kireji, que es mencionar otra idea,hacer un corte,  en este caso hay tres ideas en tres versos.

No se dice, pero al despertarse el gato iniciará su ronda de caza.

Sitio Oscuro En La Silueta De Un Gato Que Se Sienta En Una Ventana ...

Los 50 mejores libros de relatos de todos los tiempos – Portal del Escritor

https://portaldelescritor.com/articulos/los-50-mejores-libros-de-relatos-de-todos-los-tiempos/

Leer es un placer. Es vivir en otras vidas paladeando la imaginación y la palabra RGG

Mary Jo de GABO

Mary Jo, de dos años de edad, está aprendiendo a jugar en tinieblas, después de que sus padres, el señor y la señora May, se vieron obligados a escoger entre la vida de la pequeña o que quedara ciega para el resto de su vida. A la pequeña Mary Jo le sacaron ambos ojos en la Clínica Mayo, después de que seis eminentes especialistas dieron su diagnóstico: retinoblastoma. A los cuatro días después de operada, la pequeña dijo: “Mamá, no puedo despertarme… No puedo despertarme”.
A la cama sin peleas: ¿cómo conseguirlo sin lágrimas?

Cuánto se divertían de Isac Asimov, año luctuoso

 

Isaac Asimov (Rusia-Estados Unidos, 1920-1992)

“Isaac Asimov fue un escritor estadounidense de origen ruso que se destacó en el género de la Ciencia Ficción y la divulgación científica. Con más de 500 títulos publicados, el autor poseía una perspectiva optimista respecto del progreso que traería el uso racional de la ciencia y la tecnología. En cuanto a la divulgación trabajó sobre diversos campos como la historia, las matemáticas, la psicología y la sociología. También desarrolló materiales para el público juvenil, en las que combinaba ficción con elementos históricos y científicos.
En una entrevista realizada en 1988 en el programa televisivo “El mundo de las ideas” por Bill Moyers, Asimov plantea su visión sobre el futuro de la educación. Sorprendentemente realiza una profecía que se cumpliría tiempo después con la creación de Internet. Plantea que en el surgimiento de la educación existía una relación uno a uno entre un profesor como fuente de información y el alumno tutelado como consumidor de esa información. Luego puntualiza que con la educación masiva se generó la estructura un profesor para muchos. Entre estos modelos de relación uno a uno para pocos o relación de uno a muchos para la mayoría, Asimov prevé un tercer modelo en el que todos puedan tener un profesor en la forma de acceso al vasto conocimiento de la especie humana. El escritor sostiene que existirá un modelo de educación uno a uno cuando cada chico en su casa pueda de modo complementario a la escuela contar con una computadora y así investigar sobre lo que él esté interesado en saber, un lugar donde pueda hacer todas la preguntas que quiera, a su velocidad, a su propio ritmo, porque en definitiva todos somos diferentes. De este modo, se podrá disfrutar el aprender”.

 

Biografia de Asimov Isaac Resumen Vida y Obra del Cientifico
Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
-Caray -dijo Tommy-, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
-Lo mismo digo -contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía trece-. ¿En dónde lo encontraste?
-En mi casa -Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo-. En el ático.
-¿De qué trata?
-De la escuela.
-¿De la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un santiamén.
El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie.
-No es culpa de la niña, señora Jones -le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio. -Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
Así que le dijo a Tommy:
-¿Quién querría escribir sobre la escuela?
Tommy la miró con aire de superioridad.
-Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años -y añadió altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: siglos.
Margie se sintió dolida.
-Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo -Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
-Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
-¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?
-Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
-Un hombre no es lo bastante listo.
-Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro.
-No es posible. Un hombre no puede saber tanto como un maestro.
-Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso.
-Yo no querría que un hombre extraño viniera a casa a enseñarme.
Tommy soltó una carcajada.
-Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos iban allí.
-¿Y todos aprendían lo mismo?
-Claro, siempre que tuvieran la misma edad.
-Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
-Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
-No he dicho que no me gustara -se apresuró a decir Margie.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
-¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista.
-Todavía no, mamá.
-iAhora! -chilló la señora Jones-. Y también debe de ser la hora de Tommy.
-¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? -le preguntó Margie a Tommy.
-Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular.
La pantalla estaba iluminada.
-La lección de aritmética de hoy -habló el maestro- se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
La pantalla del maestro automático centelleó.
-Cuando sumamos las fracciones ½ y ¼…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos.
Pensaba en cuánto se divertían.

No hay que complicar la felicidad M. Denevi

Un parque. Sentados bajo los árboles, Ella y Él se besan.

-El: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Él se pone violentamente de pie.
-Él: ¡Basta! ¿Siempre lo mismo? ¿Por qué, cuando te digo que
te amo, no contestas que amas a otro? -Ella: ¿A qué otro?
-Él: A nadie. Pero lo dices para que yo tenga celos. Los celos alimentan el amor. Despojado de ese estímulo, el amor languidece. Nuestra felicidad es demasiado simple, demasiado monótona. Hay que complicarla un poco. ¿Comprendes?
-Ella: No quería confesártelo porque pensé que sufrirías. Pero lo has adivinado.
-Él: ¿Qué es lo que adiviné?
Ella se levanta, se aleja unos pasos.
-Ella: Que amo a otro.
-Él: Lo dices para complacerme. Porque yo te lo pedí. -Ella: No. Amo a otro.
-Él: ¿A qué otro?
-Ella: No lo conoces.
Un silencio. Él tiene una expresión sombría.
-Él: Entonces ¿Es verdad?
-Ella: (dulcemente) Sí. Es verdad.
Él se pasea haciendo ademanes de furor.
-Él: Siento celos. No finjo, créeme. Siento celos. Quiero matar
a ese otro.
-Ella: (dulcemente) Está allí.
-Él: ¿Dónde?
-Ella: Allí, detrás de aquellos árboles.
-Él: ¿Qué hace?
-Ella: Nos espía. También él es celoso.
-Él: Iré en su busca.
-Ella: Cuidado. Quiere matarte.
-Él: No le tengo miedo.
Él desaparece entre los árboles. Al quedar sola, Ella ríe.
-Ella: ¡Qué niños son los hombres! Para ellos, hasta el amor es un juego.
Se oye el disparo de un revólver. Ella deja de reír.
-Ella: Juan.
Silencio.
-Ella: (más alto) Juan.
Silencio.
-Ella: (grita) Juan!
Silencio. Ella corre y desaparece entre los árboles. Al cabo de unos instantes se oye el grito desgarrador de Ella.
-Ella: ¡Juan!
Silencio. Después desciende el telón.

Pintura Al óleo Sobre Lienzo, Pareja De Enamorados Bajo Una ...

Falsificaciones. Thule ediciones S.L. 2006

A mi padre RGG

Soy más anciano que mi padre, me duele serlo; dolor íntimo, petrificado. Padre, si hubieses llegado a mi edad tendrías la canasta llena de mañanas olorosas a café, pan y a sonrisas de nietos. Cargo piedras que ruedan sobre mi espalda herida. Dolor que hace bolas o se estira; es tan pequeño, como inmenso fue el tuyo. Nada comparado con tu sufrimiento. Tan joven que eras el día que te fuiste y yo tan viejo, y todavía estoy.

Actividad 7- Figura y fondo - ORT Argentina - Campus Virtual ORT

CUARENTENA Y CEREBRO: incompatibilidad sostenida

¿Cómo llevan la cuarentena?

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

los que decian hace poco: vaya, podré avanzar mi libro, podré terminar mi tesis, podré escribir lo que quería(yo!!) para mi blog… ahora se sienten sorprendidos, frustados, con algo de culpa, engordados, aburridos… agreguen lo que falta. incluso los que seguimos trabajando(eso sí que doy la razón a los que trabajan desde la casa — nada facil cuando toda la familia está en casa 🙂 hay que atender a todos; nada facil cuando tu familia no está — no hay escusa de parar y así, ni almuerzas) — pocos pueden cumplir con las tareas intelectuales en la cuarentena. es facil limpiar la casa, cocinar, ver TV, quedarse en facebook por horas, pero producir intelectualmente no es facil.

De nada le sirve al pájaro estar en una jaula de oro cuando lo que ...

uno diría: estoy calmado, no entré en pánico, no estoy enfermo, tengo mi lindo hogar y los míos conmigo, puedo salir, al menos al banco o supermercado, no es una carcel ¿ por…

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La niña olvidada de Dino Buzzati


La señora Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada por sus primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos. Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un tal Imbastaro, tipo inteligente, pero antipático. Decía:

-Siempre que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! -continuaba, riendo así, sin motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?-. Salgo, por decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la portería, la única persona que soporta allí el verano, recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro, con cirios, el sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?

-No siempre -dijo con gravedad Tormenti-, por fortuna.

-No siempre, es verdad. Pero usted, señora, por ejemplo, ¿podría jurar haber dejado su casa en perfecto orden, no haberse olvidado nada? Piénselo bien, piénselo bien. ¿Exactamente en orden?

A estas palabras Ada se puso del color de los muertos; de repente tuvo un horrendo pensamiento. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de cuatro años a una tía.O mejor dicho, había decidido llevarla. Porque ahora, al volver a pensar en ello, con todo y estar segura de haberlo hecho, no conseguía recordar cómo y cuándo había llevado a Luisella a casa de su tía. ¡Qué extraño! No recordaba ni cuándo habían salido de casa juntas, ni el camino recorrido, ni las despedidas en casa de su tía. Como si en su memoria se hubiese abierto un agujero.

En resumen, la duda era la siguiente: que ella, Ada, se había olvidado de llevar a la niña a casa de su tía y sin advertirlo, al irse, la había encerrado en casa, Era una sospecha absurda; pero la imaginación fabrica a veces cosas muy extrañas. Insensato, de loco, pero bastaba, no obstante, para helarle la sangre en las venas. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la compañía de todos. Uno preguntó a Imbastaro:

-Perdone, pero, ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable?

-¿Yo? Nada de particular, ¡je, je! No comprendo.

Ada entró en la casa y, sin decir nada a nadie, se dirigió al teléfono. Llamó urgentemente a Milán, dando el número de casa. Esperó, retorciéndose las manos.

La comunicación se la dieron casi en seguida. En el acto.

-¿Es usted quien ha llamado a Milán, al 40079277?

-Sí, sí.

-Hablen.

-¿Hable?

¿Con quién? Al llamar, esperaba que nadie le respondería. ¿No estaba la casa cerrada y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba, por lo tanto, que su primera sospecha estaba fundada, que Luisella se había quedado encerrada dentro. (Aunque apenas tuviera cuatro años, sabía contestar al teléfono). Habían pasado ya 10 días; hacía un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado de comida. ¡El calor! En los días de la canícula se cuecen los muebles en las casas abandonadas, y se quedan sin aliento los seres vivos, si permanecen en ellas. Ada se sintió morir. Temblando, dijo:

-¡Oiga!

-Diga -dijo desde Milán una voz de hombre.

Y con la velocidad de un relámpago, Ada imaginó lo ocurrido: Luisella, encerrada y sola en casa, incapaz de abrir la puerta, sus gritos, la primera alarma en el barrio, la policía, la puerta forzada, la niña enloquecida de miedo.

-Diga. ¿Quién es? -preguntó el hombre.

-Soy yo, la mamá. Pero, ¿quién es usted?

-¿Qué mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número.

Y colgó.

Ada volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). Dio el número exacto, oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió.

Respiró aliviada. Menos mal. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se puso unos pocos polvos y salió afuera al jardín. La miraron, pero nadie dijo nada.

Sin embargo, cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el plúmbeo silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces de los grillos, volvió a sentir miedo. En aquella hora imaginó a la niña, muerta de calor y de hambre que, de rodillas, agarrada al pestillo de la puerta y con los ojos desorbitados, lanzaba sus postreros lamentos. Pensó que, en el peor de los casos, alguien debía de haber oído sus gritos. Otra voz, pérfida, objetaba: si alguien la hubiese oído, ya la habrían socorrido; ya han pasado 10 días y a estas alturas te habrían avisado. Pudo ocurrir también que los pisos contiguos estuvieran desocupados en este período de vacaciones. La portera, cinco pisos más abajo, ¿qué podía oír?

Miró el reloj, eran las cuatro. A las seis salía un tren. Ada saltó de la cama, se vistió, hizo la maleta. Acaso empieza así la locura, se dijo. Pero no podía contenerse.

Dejó una nota excusándose, Cautelosamente salió, abrió la puerta del jardín y se dirigió a la estación. Había cuatro kilómetros de camino.

Cuanto más avanzabael tren, mayor era su angustia. Llegó a Milán hacia las tres de la tarde. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Balbuceando, dio al taxi la dirección.

¡Por fin, su casa! No se notaba nada anormal. Las persianas del piso estaban todas bajadas, como las había dejado días antes.

Pasó corriendo ante la portería. La portera le hizo el acostumbrado saludo. Bendito sea Dios, pensó Ana. Ha sido todo una pesadilla, nada más.

Silencio y quietud en el rellano del quinto piso. Pero, ¿por qué temblaba tanto su mano al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. Al abrirse la puerta, salió un vaho caliente y denso.

De pronto, cuando abrió la puerta interior, Ada sintió en el pecho un nudo doloroso; porque, un poco por encima de su cabeza, flotó, ansioso de huir, un pequeñísimo e incomprensible humo, una minúscula nubecilla, oblonga y pálida, que no despedía olor.

Corrió a la ventana del recibidor, abrió los postigos y se volvió.

Sobre el suelo, a dos metros de ella, se veía algo, como una larga y recortada mancha, pero de notable espesor. Se acercó, la tocó con el pie. Cenizas. Estaban esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Aquel nudo que tenía en el pecho se hizo fuego, infierno. Las cenizas tenían exactamente la forma de Luisella.

 

Dino Buzzati, un italiano imprescindible y raro - La Web de la Cultura

Belluno, 1906 – Milán, 1972) Escritor y poeta italiano que fue uno de los pocos representantes en su país de esa narrativa surrrealista o metafísico-existencial que tuvo en Franz Kafka a su máximo exponente. Tras doctorarse en derecho en la Universidad de Milán, inició en 1928 una extensa carrera de periodista en el Corriere della sera, diario en el que también desarrolló labores de redactor y enviado especial. Más tarde se empleó como redactor jefe en la Domenica del corriere.

Debutó en el campo de las letras con Barnabó delle montagne (1933), pero fue en su segundo libro, Il segreto del Bosco Vecchio (1935), una fantástica presentación de un mundo de gigantes, de animales que hablan y de hechos prodigiosos, donde se hicieron evidentes algunos de los motivos fundamentales de su obra: el gusto por la magia y la alegoría, una inclinación a la fabulación y al romanticismo descriptivo y un clima de leyenda nórdico-gótica.

Su mayor logro fue El desierto de los tártaros (1940), historia de jóvenes oficiales que consumen toda su existencia en una solitaria fortaleza fronteriza, esperando en vano la invasión de los tártaros, en la que se retrata el ansia, la renuncia y la soledad del hombre, incapaz de escapar a su propio destino. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas. El resto de su obra, entre la que destacan Siete mensajeros (1942) o Sessanta racconti (1958), con el que obtuvo el premio Strega, ahondan en su tendencia a lo grotesco, en el misterio y la angustia de lo cotidiano o en el absurdo e inexplicable destino humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN

 

 

Ana María shua dice…

no tengo la suerte de ser uno de esos escritores a quienes las ideas los persiguen y los desbordan. Para mí­, la escritura siempre ha sido un acto volitivo. Como escribir es una decisión voluntaria, pienso primer en qué género quiero avanzar y me lanzo en esa dirección. Por ejemplo, en el caso de los microrrelatos, dejo pasar varios años entre un libro y otro para no repetirme: en esos años no escribo ni un solo breví­simo, simplemente no se me ocurren. Es poco lo que puedo decir sobre el proceso de creación. Lo que siento es que produzco cada género con una operación tan distinta como si utilizara otra parte de mi cerebro. Jamás un microrrelato creció para convertirse en cuento, nunca un cuento se me transformó en novela. Primero elijo el género en el que quiero escribir, y después busco una idea adecuada para ese género.

Ana María Shua, premio de minificción | Segundo Enfoque

 

El gran Basho

Lluvia de flores.
Un cuervo busca en vano su nido

¡Cuánto movimiento!

¿Puedes verlo?

Centenares de flores caen del cerezo y un cuervo (que no encuentra su nido) revolotea a su alrededor.

Al nombrar dos hechos inconclusos (la lluvia que sigue cayendo y el cuervo que aún no ha encontrado el nido), Bashō nos obliga a imaginar una escena en movimiento.

Las palabras, estáticas en apariencia, crean movimiento en la imaginación siempre que nombran una situación que implica movimiento. Tan simple como eso.

No desaproveches este recurso, hará que la experiencia de lectura de tu historia sea mucho más intensa.

Juicio final de Enrique Anderson Imbert

Raúl se hizo amigo de su Ángel de la Guarda. Conversaban horas y horas. De historia, de arte, de filosofía. Un día el ángel —que era un alma de cántaro— le reveló el secreto:

—El Juicio Final comenzará a toques de trompeta, pero será lento. Todas las naranjas formarán una naranja ideal. Todas las esmeraldas entrarán en una pura esmeralda. Todos los hombres apretarán en un arquetipo de hombre… Y así con todo. Cuando las innumerables cosas, bien clasificadas, se hayan reducido a piezas únicas, Dios las conservará como un museo.

Guatemala reclama piezas arqueológicas robadas que se exhiben en ...

Tomado de Fb

Análisis literario de «Un pacto con el diablo» de Juan José Arreola por Luis Quintana

Un pacto con el diablo, el proyecto de gran visión

por Luis Quintana Tejera
Art. publicado el 03/06/2009…http://www.critica.cl/html/quintana_03.htm

El relato aparece planteado en un marco de aparente irrealidad que se resuelve al final con la explicación onírica presentada por el focalizador interno fijo, es decir el narrador personaje que al contar la historia explica y perfila sus verdaderos sentimientos. Cual nuevo Fausto y perseguido por la pobreza que no lo autoriza ni siquiera a asistir al cine con su mujer, el personaje se encuentra frente a la pantalla la cual parece funcionar como un espejo que refleja sus propias necesidades e inquietudes. A su lado, el curioso Mefistófeles observa la proyección con marcado interés.

En el plano intertextual el tema de Fausto se ha repetido a través de la historia literaria de manera insistente y siempre renovada. El mito fáustico que abarca un extenso recorrido legendario, desde el libro popular impreso por Spies en 1587, la adaptación de Widmann en 1599, la insolente y paródica propuesta de Cristopher Marlowe en el Renacimiento inglés, las visiones alemanas de Pfizer (1674) de Meynendem (1725), de Stranitzky (1715) y del propio Bäverle en 1817, pasando por el magistral Goethe y sin olvidar la propuesta de Maximiliam Klinger (1791) arribando en el siglo XX a Thomas Mann —sólo por mencionar algunos de los múltiples planteamientos en torno al acendrado valor inter textual de este tema—, ha representado el ideal de búsqueda personal que se vuelve colectivo gracias al trabajo del símbolo y ha planteado también un paradigma antropológico en donde hunden sus raíces los complicados enfoques que nos muestran a un hombre entregado a la búsqueda científica insaciable, al mismo tiempo que halla en el camino engañosamente metafísico de la magia una respuesta aleatoria, momentánea y fugaz.

Aquí también los elementos que actualizan la lejana propuesta se parecen bastante. No hay un deseo de conocimiento, pero sí está —supuestamente— la magia y ese intenso afán de superar las contrariedades de esta vida por un acto fortuito que nos vuelva ricos de un momento al otro. El problema radica en cuánto habrá que pagar para alcanzar tal cosa.

Es dado observar el carácter lúdico del presente relato que nos conduce al espacio (real o figurado, esto lo sabremos después) del cine y de la proyección de una película. El personaje ha llegado tarde y se atreve a preguntarle a su vecino de butaca —“un hombre de aspecto distinguido”— qué ha ocurrido en la pantalla. Por ende, se trata de dos solitarios que dialogarán brevemente en el lugar silencioso y obscuro. El contenido de esa plática lo resumimos así:

  • En palabras del desconocido, se trata de la historia de Daniel Brown quien ha hecho un pacto con el diablo.
  • Nuestro personaje quiere saber las condiciones de éste.  Y la respuesta es: el diablo se compromete a proporcionar riqueza a Daniel Brown durante siete años a cambio de su alma.
  • El recién llegado insiste de una forma que ya podría considerarse impertinente si no tuviéramos en cuenta que el que responde lo hace con un premeditado interés. Ante la pregunta: “¿Siete nomás?”  (Arreola, 1985: 122), el aludido complementa: “El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.” (Arreola, 1985: 122).
  • Hasta aquí, el que había llegado tarde reconoce que puede completar sin problemas el argumento de la película con los datos proporcionados hasta el presente, pero parece que la plática le ha resultado más agradable de lo previsto y quiere conocer ahora algo más. La interrogante que sigue se ubica en el terreno de la opinión en torno a lo que está sucediendo en el marco virtual de lo observado: “—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más? (Arreola, 1985:122) La respuesta emerge radical y profunda: “El diablo”. ¿Por qué? Porque el alma de Daniel no valía gran cosa en el momento en que la otorgó.
  • El pícaro Mefistófeles continúa mirando con interés la representación de la realidad y el narrador comenta: “Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche mi vecino añadió: —Ya llegarás al séptimo año, ya. (Arreola, 1985:123).

Resultan así claramente presentados los temas que se ofrecen en el desarrollo de esta historia. Nos sigue pareciendo curiosa la forma de relacionar la diégesis con la metadiégesis. Al conocer la historia proyectada en la pantalla accedemos a la metadiégesis y nos movemos lentamente en el marco de una diégesis que paulatinamente será explicada hasta sus últimas consecuencias. En un conocido juego de espejos —bien podríamos denominarlo “ludismo especular”—el recién llegado comienza a identificarse con el personaje virtual, ve en él sus propias carencias y sin darse cuenta al principio que está sentado junto al mismo demonio, el diálogo entablado con él los conducirá al peligroso terreno de la seducción. Porque, no podía ser menos, Mefistófeles anda de cacería y no va a desaprovechar la oportunidad que se le ofrece.

El personaje, en primer lugar cae en la propia trampa de sus aspiraciones cercenadas en la obscura cotidianidad de la pobreza. Y dice:

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos. (Arreola, 1985: 123)

Es ésta la proyección ya mencionada y el pobre hombre —vencido diariamente por la necesidad— se imagina un mundo en donde tales carencias no existieran ya. El objeto de su amor es Paulina; por ella lo daría todo. A Daniel Brown le sucede lo mismo y él también tiene mujer a quien adora, y él también lo ha dado todo por ella. Insistimos, si las películas proyectan la vida de los hombres, ésta en particular parece expresar la existencia de nuestro anónimo focalizador. Las identidades se suceden poco a poco y sólo falta plasmar la identidad final en donde el narrador del cuento pactaría él también con el demonio pensativo en esa tarde.

Para poder observar las características del proceso que conduce —a la manera griega— a la anagnórisis, al reconocimiento por parte de la voz que habla de su propia condición, es importante plantear aquí algunos momentos de ese mismo proceso:

  • Primer tema, de connotado alcance axiológico: ¿Cuánto vale realmente el alma de Daniel Brown? El demonio ha dicho que vale muy poco en el momento de iniciar el pacto. Pero parece que este valor aumenta, se acrecienta como producto metafísicamente inflacionariopara dar como resultado un alma que se ha vuelto de mayor valía como consecuencia de los remordimientos que la aquejan.
  • Segundo motivo de reflexión: el arrepentimiento. En términos de curiosa intromisión el personaje opina que Daniel debe cumplir dado que el demonio ha cumplido a su vez de manera intachable. Algunas veces pensamos que la objetividad en el marco de determinados temas está sobrando o, por lo menos, parece revestirse de una cierta ingenuidad. Si los enfrentados son el bien —aunque un poco ambicioso— y el mal, no es factible concebir el triunfo del segundo sobre los dominios imponderables del primero.
  • Tercer tema:   la seducción que comienza a gestarse en la interrogante: ¿Qué habría hecho usted en lugar del individuo del celuloide? Obsérvese que el parlanchín narrador no sabe ni qué ni cómo responder. Esto nos conduce al cuarto momento:
  • Reflexión ofrecida: La opulencia no da la felicidad. El tiempo devora en su propio fluir todo lo alcanzado en instantes de placer. Y aunque hay personas que consideran que es mejor ser infeliz, pero con los bolsillos llenos; hay otras —así sucede en el marco axiológico aquí desarrollado— que prefieren una conciencia limpia en medio de la pobreza de cada día.
  • Quinto motivo de análisis: La perdición del alma. Cuando el personaje influido por el filme deja escapar: —“Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina” (Arreola, 1985: 125), el otro, ese imponderable otro que no ha dejado de llamar nuestra atención a lo largo del relato, le pregunta: “—¿Su alma? (Arreola, 1985: 125), la interrogante queda en suspenso e inclusive parece no llegar con claridad a los oídos del personaje central. Deciden abandonar la sala y continuar la plática en los pasillos del cine.

La estrecha relación que existe entre nuestro personaje y la obsesiva fijación con la historia que aquí aparece proyectada se refleja nuevamente cuando al abandonar la sala mira por última vez a la pantalla: “Daniel Brown confesaba llorando  a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.” (Arreola, 1985: 125) El protagonista parece no comprender a Daniel y llega a creer en este instante que la mejor solución radica en pactar  convenientemente con la potencia infernal. Lo que sigue incluye una serie de variaciones en torno al mismo tema de la pobreza que conducen al demonio a la propuesta concreta: “Me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…” (Arreola, 1985: 126) El aludido no entiende a qué se refiere su interlocutor; se suceden las aclaraciones del caso y he ahí el momento del pacto. No perdamos de vista el carácter paródico que este encuentro propiciado entre un inocente y un corruptor conlleva. Además, la búsqueda por parte de uno y otro resulta curiosamente antropocéntrica; porque son, por un lado, las necesidades de un hombre sumido en la miseria de cada día; y por el otro, la búsqueda del tesoro de un alma para ensanchar las arcas del infierno. Uno y otro tienen sus motivos para mostrar así su mejor empeño; uno y otro desean alcanzar un triunfo en el marco de esa misma tarea; lo diverso radicará en que esas motivaciones se adueñan de territorios metafísicos completamente contrarios.

Inclusive llama la atención de qué manera el nuevo Daniel Brown le pone condiciones al inocente Mefistófeles: quiere terminar la película y luego estará en sus manos. A partir de esta solicitud, regresan a la sala, lo cual representa para nosotros, lectores, el retorno a la realidad virtual proyectada en la pantalla. Allí nos enteramos de la suerte corrida por el señor Brown. Todo había regresado al comienzo y vivía en la misma casita campesina de sus inicios: han elegido la paz de la conciencia en lugar de las bolsas llenas. Aquella reflexión de la mujer: “Tu alma vale más que todo eso…” (Arreola, 1985: 129), nos permite asumir qué es lo que ha sucedido. Y nuestro personaje sale del cine en medio del tumulto  y escapa de este demonio cazador de almas.

El regreso a la casa se produce y su esposa parece estar de acuerdo con las opiniones de su igual del celuloide. Lo curioso, lo único interesante, parece que todo ha sido un sueño. El protagonista le narra a su mujer lo vivido en la virtualidad onírica y ella al oírlo se ríe intensamente. El relato concluye así:

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de la puerta. (Arreola, 1985: 130)

Hay entonces una reticencia implícita que conduce al lector a una duda. ¿Soñó? ¿Realmente lo vivió? Es mejor dejar que este carácter dubitativo prevalezca. El mundo quizás pueda seguir viviendo sin esos Mefistófeles que cada día lo recorren. El hombre, inmerso en su problemática de cada momento continuará  esperando también un acto de magia que lo ubique más allá de esos mismos problemas. Faltaría saber si vale la pena la donación de nuestra alma en bien de la obtención de otros recursos nada significativos en el marco de esta misma propuesta.

En fin, es el eterno drama fáustico resuelto de diferente manera por cada uno de los autores que lo retomaron; a diferencia de Arreola, casi todos ellos aceptan el pacto, pero luego condenan o salvan al personaje. Por ejemplo, en C. Marlowe Fausto se pierde en medio de los remordimientos que su conciencia reformista y cristiana le hace vivir; En W. Goethe, Fausto se salva y se justifican sus acciones amparados en el concepto de realización universal que el panteísmo ofrece; en Arreola, el personaje ni siquiera intenta el pacto y en un marco evidentemente católico renuncia antes de involucrarse.
Son las acciones humanas retomadas por diversos medios y que la literatura valora en un marco menos comprometido quizás, pero sí altamente representativo de la condición humana y sus aspiraciones y metas.