El gran Basho

Lluvia de flores.
Un cuervo busca en vano su nido

¡Cuánto movimiento!

¿Puedes verlo?

Centenares de flores caen del cerezo y un cuervo (que no encuentra su nido) revolotea a su alrededor.

Al nombrar dos hechos inconclusos (la lluvia que sigue cayendo y el cuervo que aún no ha encontrado el nido), Bashō nos obliga a imaginar una escena en movimiento.

Las palabras, estáticas en apariencia, crean movimiento en la imaginación siempre que nombran una situación que implica movimiento. Tan simple como eso.

No desaproveches este recurso, hará que la experiencia de lectura de tu historia sea mucho más intensa.

Juicio final de Enrique Anderson Imbert

Raúl se hizo amigo de su Ángel de la Guarda. Conversaban horas y horas. De historia, de arte, de filosofía. Un día el ángel —que era un alma de cántaro— le reveló el secreto:

—El Juicio Final comenzará a toques de trompeta, pero será lento. Todas las naranjas formarán una naranja ideal. Todas las esmeraldas entrarán en una pura esmeralda. Todos los hombres apretarán en un arquetipo de hombre… Y así con todo. Cuando las innumerables cosas, bien clasificadas, se hayan reducido a piezas únicas, Dios las conservará como un museo.

Guatemala reclama piezas arqueológicas robadas que se exhiben en ...

Tomado de Fb

Análisis literario de «Un pacto con el diablo» de Juan José Arreola por Luis Quintana

Un pacto con el diablo, el proyecto de gran visión

por Luis Quintana Tejera
Art. publicado el 03/06/2009…http://www.critica.cl/html/quintana_03.htm

El relato aparece planteado en un marco de aparente irrealidad que se resuelve al final con la explicación onírica presentada por el focalizador interno fijo, es decir el narrador personaje que al contar la historia explica y perfila sus verdaderos sentimientos. Cual nuevo Fausto y perseguido por la pobreza que no lo autoriza ni siquiera a asistir al cine con su mujer, el personaje se encuentra frente a la pantalla la cual parece funcionar como un espejo que refleja sus propias necesidades e inquietudes. A su lado, el curioso Mefistófeles observa la proyección con marcado interés.

En el plano intertextual el tema de Fausto se ha repetido a través de la historia literaria de manera insistente y siempre renovada. El mito fáustico que abarca un extenso recorrido legendario, desde el libro popular impreso por Spies en 1587, la adaptación de Widmann en 1599, la insolente y paródica propuesta de Cristopher Marlowe en el Renacimiento inglés, las visiones alemanas de Pfizer (1674) de Meynendem (1725), de Stranitzky (1715) y del propio Bäverle en 1817, pasando por el magistral Goethe y sin olvidar la propuesta de Maximiliam Klinger (1791) arribando en el siglo XX a Thomas Mann —sólo por mencionar algunos de los múltiples planteamientos en torno al acendrado valor inter textual de este tema—, ha representado el ideal de búsqueda personal que se vuelve colectivo gracias al trabajo del símbolo y ha planteado también un paradigma antropológico en donde hunden sus raíces los complicados enfoques que nos muestran a un hombre entregado a la búsqueda científica insaciable, al mismo tiempo que halla en el camino engañosamente metafísico de la magia una respuesta aleatoria, momentánea y fugaz.

Aquí también los elementos que actualizan la lejana propuesta se parecen bastante. No hay un deseo de conocimiento, pero sí está —supuestamente— la magia y ese intenso afán de superar las contrariedades de esta vida por un acto fortuito que nos vuelva ricos de un momento al otro. El problema radica en cuánto habrá que pagar para alcanzar tal cosa.

Es dado observar el carácter lúdico del presente relato que nos conduce al espacio (real o figurado, esto lo sabremos después) del cine y de la proyección de una película. El personaje ha llegado tarde y se atreve a preguntarle a su vecino de butaca —“un hombre de aspecto distinguido”— qué ha ocurrido en la pantalla. Por ende, se trata de dos solitarios que dialogarán brevemente en el lugar silencioso y obscuro. El contenido de esa plática lo resumimos así:

  • En palabras del desconocido, se trata de la historia de Daniel Brown quien ha hecho un pacto con el diablo.
  • Nuestro personaje quiere saber las condiciones de éste.  Y la respuesta es: el diablo se compromete a proporcionar riqueza a Daniel Brown durante siete años a cambio de su alma.
  • El recién llegado insiste de una forma que ya podría considerarse impertinente si no tuviéramos en cuenta que el que responde lo hace con un premeditado interés. Ante la pregunta: “¿Siete nomás?”  (Arreola, 1985: 122), el aludido complementa: “El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.” (Arreola, 1985: 122).
  • Hasta aquí, el que había llegado tarde reconoce que puede completar sin problemas el argumento de la película con los datos proporcionados hasta el presente, pero parece que la plática le ha resultado más agradable de lo previsto y quiere conocer ahora algo más. La interrogante que sigue se ubica en el terreno de la opinión en torno a lo que está sucediendo en el marco virtual de lo observado: “—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más? (Arreola, 1985:122) La respuesta emerge radical y profunda: “El diablo”. ¿Por qué? Porque el alma de Daniel no valía gran cosa en el momento en que la otorgó.
  • El pícaro Mefistófeles continúa mirando con interés la representación de la realidad y el narrador comenta: “Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche mi vecino añadió: —Ya llegarás al séptimo año, ya. (Arreola, 1985:123).

Resultan así claramente presentados los temas que se ofrecen en el desarrollo de esta historia. Nos sigue pareciendo curiosa la forma de relacionar la diégesis con la metadiégesis. Al conocer la historia proyectada en la pantalla accedemos a la metadiégesis y nos movemos lentamente en el marco de una diégesis que paulatinamente será explicada hasta sus últimas consecuencias. En un conocido juego de espejos —bien podríamos denominarlo “ludismo especular”—el recién llegado comienza a identificarse con el personaje virtual, ve en él sus propias carencias y sin darse cuenta al principio que está sentado junto al mismo demonio, el diálogo entablado con él los conducirá al peligroso terreno de la seducción. Porque, no podía ser menos, Mefistófeles anda de cacería y no va a desaprovechar la oportunidad que se le ofrece.

El personaje, en primer lugar cae en la propia trampa de sus aspiraciones cercenadas en la obscura cotidianidad de la pobreza. Y dice:

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos. (Arreola, 1985: 123)

Es ésta la proyección ya mencionada y el pobre hombre —vencido diariamente por la necesidad— se imagina un mundo en donde tales carencias no existieran ya. El objeto de su amor es Paulina; por ella lo daría todo. A Daniel Brown le sucede lo mismo y él también tiene mujer a quien adora, y él también lo ha dado todo por ella. Insistimos, si las películas proyectan la vida de los hombres, ésta en particular parece expresar la existencia de nuestro anónimo focalizador. Las identidades se suceden poco a poco y sólo falta plasmar la identidad final en donde el narrador del cuento pactaría él también con el demonio pensativo en esa tarde.

Para poder observar las características del proceso que conduce —a la manera griega— a la anagnórisis, al reconocimiento por parte de la voz que habla de su propia condición, es importante plantear aquí algunos momentos de ese mismo proceso:

  • Primer tema, de connotado alcance axiológico: ¿Cuánto vale realmente el alma de Daniel Brown? El demonio ha dicho que vale muy poco en el momento de iniciar el pacto. Pero parece que este valor aumenta, se acrecienta como producto metafísicamente inflacionariopara dar como resultado un alma que se ha vuelto de mayor valía como consecuencia de los remordimientos que la aquejan.
  • Segundo motivo de reflexión: el arrepentimiento. En términos de curiosa intromisión el personaje opina que Daniel debe cumplir dado que el demonio ha cumplido a su vez de manera intachable. Algunas veces pensamos que la objetividad en el marco de determinados temas está sobrando o, por lo menos, parece revestirse de una cierta ingenuidad. Si los enfrentados son el bien —aunque un poco ambicioso— y el mal, no es factible concebir el triunfo del segundo sobre los dominios imponderables del primero.
  • Tercer tema:   la seducción que comienza a gestarse en la interrogante: ¿Qué habría hecho usted en lugar del individuo del celuloide? Obsérvese que el parlanchín narrador no sabe ni qué ni cómo responder. Esto nos conduce al cuarto momento:
  • Reflexión ofrecida: La opulencia no da la felicidad. El tiempo devora en su propio fluir todo lo alcanzado en instantes de placer. Y aunque hay personas que consideran que es mejor ser infeliz, pero con los bolsillos llenos; hay otras —así sucede en el marco axiológico aquí desarrollado— que prefieren una conciencia limpia en medio de la pobreza de cada día.
  • Quinto motivo de análisis: La perdición del alma. Cuando el personaje influido por el filme deja escapar: —“Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina” (Arreola, 1985: 125), el otro, ese imponderable otro que no ha dejado de llamar nuestra atención a lo largo del relato, le pregunta: “—¿Su alma? (Arreola, 1985: 125), la interrogante queda en suspenso e inclusive parece no llegar con claridad a los oídos del personaje central. Deciden abandonar la sala y continuar la plática en los pasillos del cine.

La estrecha relación que existe entre nuestro personaje y la obsesiva fijación con la historia que aquí aparece proyectada se refleja nuevamente cuando al abandonar la sala mira por última vez a la pantalla: “Daniel Brown confesaba llorando  a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.” (Arreola, 1985: 125) El protagonista parece no comprender a Daniel y llega a creer en este instante que la mejor solución radica en pactar  convenientemente con la potencia infernal. Lo que sigue incluye una serie de variaciones en torno al mismo tema de la pobreza que conducen al demonio a la propuesta concreta: “Me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…” (Arreola, 1985: 126) El aludido no entiende a qué se refiere su interlocutor; se suceden las aclaraciones del caso y he ahí el momento del pacto. No perdamos de vista el carácter paródico que este encuentro propiciado entre un inocente y un corruptor conlleva. Además, la búsqueda por parte de uno y otro resulta curiosamente antropocéntrica; porque son, por un lado, las necesidades de un hombre sumido en la miseria de cada día; y por el otro, la búsqueda del tesoro de un alma para ensanchar las arcas del infierno. Uno y otro tienen sus motivos para mostrar así su mejor empeño; uno y otro desean alcanzar un triunfo en el marco de esa misma tarea; lo diverso radicará en que esas motivaciones se adueñan de territorios metafísicos completamente contrarios.

Inclusive llama la atención de qué manera el nuevo Daniel Brown le pone condiciones al inocente Mefistófeles: quiere terminar la película y luego estará en sus manos. A partir de esta solicitud, regresan a la sala, lo cual representa para nosotros, lectores, el retorno a la realidad virtual proyectada en la pantalla. Allí nos enteramos de la suerte corrida por el señor Brown. Todo había regresado al comienzo y vivía en la misma casita campesina de sus inicios: han elegido la paz de la conciencia en lugar de las bolsas llenas. Aquella reflexión de la mujer: “Tu alma vale más que todo eso…” (Arreola, 1985: 129), nos permite asumir qué es lo que ha sucedido. Y nuestro personaje sale del cine en medio del tumulto  y escapa de este demonio cazador de almas.

El regreso a la casa se produce y su esposa parece estar de acuerdo con las opiniones de su igual del celuloide. Lo curioso, lo único interesante, parece que todo ha sido un sueño. El protagonista le narra a su mujer lo vivido en la virtualidad onírica y ella al oírlo se ríe intensamente. El relato concluye así:

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de la puerta. (Arreola, 1985: 130)

Hay entonces una reticencia implícita que conduce al lector a una duda. ¿Soñó? ¿Realmente lo vivió? Es mejor dejar que este carácter dubitativo prevalezca. El mundo quizás pueda seguir viviendo sin esos Mefistófeles que cada día lo recorren. El hombre, inmerso en su problemática de cada momento continuará  esperando también un acto de magia que lo ubique más allá de esos mismos problemas. Faltaría saber si vale la pena la donación de nuestra alma en bien de la obtención de otros recursos nada significativos en el marco de esta misma propuesta.

En fin, es el eterno drama fáustico resuelto de diferente manera por cada uno de los autores que lo retomaron; a diferencia de Arreola, casi todos ellos aceptan el pacto, pero luego condenan o salvan al personaje. Por ejemplo, en C. Marlowe Fausto se pierde en medio de los remordimientos que su conciencia reformista y cristiana le hace vivir; En W. Goethe, Fausto se salva y se justifican sus acciones amparados en el concepto de realización universal que el panteísmo ofrece; en Arreola, el personaje ni siquiera intenta el pacto y en un marco evidentemente católico renuncia antes de involucrarse.
Son las acciones humanas retomadas por diversos medios y que la literatura valora en un marco menos comprometido quizás, pero sí altamente representativo de la condición humana y sus aspiraciones y metas.

Pacto con el diablo Juan José Arreola

Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

-¿Siete nomás?

-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

-El diablo.

-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.

-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

-Entonces el diablo…

-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

-Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:

-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

-Siendo así…

-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:

-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?

-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.

-¿Y si Daniel se arrepiente?…

Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:

-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces…

-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.

-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.

-¿Qué dice usted?

-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.

-Por ejemplo… -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.

-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.

A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.

-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.

-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.

-Usted, ¿cumpliría?

No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!

Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.

Hice un esfuerzo y dije:

-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.

-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?

-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.

-¿Su alma?

Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:

-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.

No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.

Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.

-Usted, ¿es pobre?

Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:

-Usted, ¿es muy pobre?

-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.

-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?

-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.

-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.

-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.

-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra…

-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina…

-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida…

Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:

-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo…

Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:

-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.

Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:

-Aquí, en la cartera, llevo un documento que…

Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?

Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.

“Daría cualquier cosa porque nada te faltara.” Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:

-Trato hecho. Sólo pongo una condición.

El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:

-¿Qué condición?

-Me gustaría ver el final de la película -contesté.

-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.

La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:

-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.

Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:

-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.

-¿Me da usted su palabra?

-Sí.

Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.

En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.

Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.

Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:

-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?

La mujer respondió lentamente:

-Tu alma vale más que todo eso, Daniel…

El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.

Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.

Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.

Paulina me esperaba.

Echándome los brazos al cuello, me dijo:

-Pareces agitado.

-No, nada, es que…

-¿No te ha gustado la película?

-Sí, pero…

Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:

-¿Es posible que te hayas dormido?

Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:

-Es verdad, me he dormido.

Y luego, en son de disculpa, añadí:

-Tuve un sueño, y voy a contártelo.

Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.

Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

FIN

Un pacto con el diablo, el proyecto de gran visión

Sin título de Carmen leñero

La empatía entre los cuerpos lleva a una inercia de imitación: cuando salíamos apresurados del hotel, a media tarde, traías uno de mis aretes puesto.

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Hayku el hombre

Se entrega al vuelo
la monarca en el viento.
Crepita el bosque.

Las monarcas llegan al Mariposario de Chapultepec, México | WWF

 

Doloroso. muy doloroso. que un ser que pesa más un dedo de nuestra mano sea capaz de volar cientos de kilómetros para llegar a su bosque y lo encuentre en llamas por la mano del hombre.

Olga Tokareczuck fragmentos

Mis padres no eran del todo una tribu sedentaria. Se mudaron muchas veces de un lugar a otro hasta que finalmente se asentaron por un tiempo en una escuela de provincias, lejos de cualquier estación de tren y de toda carretera merecedora de tal nombre. El mero hecho de cruzar la linde para ir a la pequeña ciudad comarcal se convertía en todo un viaje. La compra, el papeleo en la oficina municipal, el peluquero de siempre en la plaza del mercado junto al ayuntamiento, ataviado con el mismo delantal lavado y blanqueado una y otra vez, sin éxito, porque los tintes de pelo de las clientas dejaban en él manchas caligráficas, ideogramas chinos. Cuando mamá se teñía el pelo, papá la esperaba en el café Nowa, en una de las dos mesas que instalaban fuera. Leía el periódico local, cuya sección más interesante siempre era la de sucesos, con sus crónicas de robos de mermeladas y pepinillos de los sótanos donde se guardaban.

Esos viajes vacacionales suyos, un poco acobardados, en un Škoda cargado hasta los topes. Largamente preparados, planeados durante las tardes preprimaverales, apenas se fundía la nieve, pero la tierra aún no volvía en sí; había que esperar a que por fin entregara su cuerpo a arados y azadas, a que se dejara inseminar, entonces los tendría ocupados desde la mañana hasta la noche.

Olga Nawoja Tokarczuk nació en Sulechów (Polonia). Se graduó en psicología en la Universidad de Varsovia y más tarde trabajó en una clínica de salud mental. Su debut como escritora lo hizo en 1979 como redactora en la revista Na przelaj. Allí forjó sus primeras historias y lo hizo bajo el seudónimo de Natasza Borodin.

Olga Tokarczuk, Nobel de Literatura, o las claves para leer y ...

 

Transmisión…

Es tan cabrón el codiv-19 que ya se reportan brotes en algunos cementerios.

Réplicas en cadena

Un conjunto de coronavirus penetra en el tejido adiposo de una muestra recogida de un paciente estadounidense a finales de febrero. Cada virus puede llegar a crear de una sola vez entre 10.000 y 100.000 réplicas. Además, este tipo de virus pueden infectar células cercanas o desplazarse a través de pequeñas gotitas que escapan de los pulmones, de ahí la enorme capacidad de contagio de estos virus. En cada proceso de replicación el virus destruye la célula infectada, por lo que puede acabar causando estragos a los pacientes, que pueden desarrollar neumonía y llegar a morir.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/fotografias-reales-coronavirus-bajo-microscopio_15335/4

El personaje y su contrucción

Cómo construir un buen personaje, porque son estos quienes van a conducir al lector a través de la historia. Y son quienes vamos a recordar siempre, incluso cuando olvidamos los detalles del libro al que pertenecen, porque los buenos personajes son como gente de verdad que nos despiertan sentimientos y nos producen esa sensación de realidad. Yo, por ejemplo, estoy convencida de haber conocido a Jean Valjean de Los miserables, de haber tenido largas conversaciones con mi querida Anna Karenina y alguna que otra discusión con Horacio Oliveira de Rayuela. Estos son tan solo tres de mis mejores amigos, aunque hay muchos más, lógicamente.

A todos nos gustaría construir personajes inolvidables. ¿Pero cómo hacerlo? Por supuesto que no es lo mismo uno para un cuento que para una novela. En el primero, a veces basta con resaltar tan solo el aspecto físico o psicológico del personaje que determina algo en la narración. Ya sabemos que en un cuento todo lo que no aporta nada a la historia simplemente sobra. En la segunda, sin embargo, los personajes son más complejos, suelen ser muchos, entre principales y secundarios, e interactúan todo el tiempo. Además, la escritura de una novela es un proceso largo, por tanto el autor pasa mucho tiempo junto a los mismos personajes, pero ellos cambian, evolucionan, y hay que ir conociéndolos poco a poco. Todo esto implica un mayor trabajo.

No existen reglas para construir un buen personaje. Cuando empezamos a escribir nos sentimos un poco perdidos, pero no hay que asustarse. Sabemos que el lector tiene que poder ver al personaje, tiene que sentir que existe, que está vivo y para esto el personaje tiene que estar bien caracterizado. Y si bien no existen reglas, sí existen algunos trucos para caracterizarlos y presentarlos de manera que resulten reales.

¿Cómo caracterizarlos?

Vamos a probar a crear el personaje principal de una novela. Un buen ejercicio es hacer una caracterización de éste, digamos, en frío. Si nos cuesta trabajo, entonces podemos probar primero a hacerla con una persona que conocemos.

Por ejemplo, imaginemos que quiero describir a mi hermano. Tomo una hoja de papel y empiezo a escribir todas sus características. Comienzo por su identidad: cómo se llama, qué edad tiene, de qué país es, en qué ciudad nació, cuáles son su profesión y su estado civil, o sea, todos esos datos que normalmente están en un documento de identidad. Luego voy a su descripción física, que puede incluirlo todo, si suda mucho, si es de esos que llaman “de lágrima fácil”, si estornuda porque es alérgico, si tiene algún tic, si fuma, si cojea o si usa objetos o accesorios que lo hacen distinto de los otros, pienso por ejemplo en espejuelos de miope, bastón, sombrero, cosas así (cualquier detalle que lo vuelva particular puede ser muy útil). Continúo con la descripción psicológica: cómo es su carácter, cómo se comporta, qué le gusta y qué no le gusta, qué música escucha, etc. Por último, voy a su situación de vida: sobre su presente me interesa qué es lo que está viviendo, en qué situación se encuentra y sobre su pasado, los aspectos importantes que de algún modo hayan determinado su manera de ser o que lo hayan llevado al punto en que se encuentra en estos momentos.

Una vez hecho esto con mi hermano, que es alguien a quien conozco más o menos bien, voy a probar a hacerlo con un personaje de ficción. Claro, como ya tengo el trabajo hecho con mi hermano, se me ocurre que puedo partir de ahí y empezar a modificar sus características. Digamos que mi personaje se llama Z. Mi hermano entonces será “el molde” del Señor Z que iré creando y ajustando según mi conveniencia. De este modo, poco a poco, el Señor Z va ir tomando cuerpo y haciéndose real ante mis ojos, lo que luego puede provocar el mismo efecto en el lector.

Ahora bien, este ejercicio es válido para familiarizarnos con el personaje, para conocerlo y, una vez que lo tengamos visto, para poder hablar de él con mucha más facilidad y coherencia. Pero es importante comprender que en nuestra novela no tienen necesariamente que salir todas las características del personaje, tan solo las que nos interesen para lo que estamos narrando. Lo que sabemos de él es como un iceberg, pero en la novela por lo general sólo va a emerger una parte de él.

Una vez que ya tenemos “visto” a nuestro personaje toca entonces presentárselo al lector, aunque esto no tiene que hacerse de una sola vez. En una novela, los rasgos de los personajes pueden irse mostrando poco a poco. De hecho, es así como ocurre en la mayoría de los casos, el lector va conociendo al personaje a medida que las páginas avanzan.

¿Cómo presentarlo?

El narrador, el mismo personaje u otro personaje pueden presentar al protagonista de manera directa, o sea diciendo sus características ya sean físicas o psicológicas («Se llamaba Señor Z, era muy bajito, de hombros anchos y nariz larga»). Estas descripciones pueden estar hechas por uno o por todos de manera que los diferentes puntos de vista, ya sea el del narrador, el del mismo personaje o el de otro personaje, den un retrato más amplio («Yo solía hablar muy despacio para que repararan en mí, porque siempre me pareció que las personas no miran a los que somos de baja estatura»).

El personaje también puede ser presentado de manera indirecta, dando elementos a partir de los cuales el lector pueda sacar sus propias conclusiones. O sea, sin necesidad de decir “era así o era asá”, podemos poner al personaje en plena acción, o podemos reflejar lo que está pensando o lo podemos poner a hablar con alguien. De este modo el lector estará asistiendo a la escena y se irá dando cuenta de cómo es el personaje.

Tomo pues a mi Señor Z y voy a colocarlo en el cine a ver una película junto a una mujer que le interesa y con quien sale por primera vez. En la película hay una escena muy intensa y el Señor Z no puede evitarlo, siente que una lágrima se le acaba de salir. Entonces inclina ligeramente la cabeza hacia un lado y, con disimulo, se pasa un dedo por la cara. Sin necesidad de que nadie se lo diga, el lector se da cuenta de que el Señor Z es un sentimental, un hombre muy sensible pero, además, el lector descubre que Z no quiere que esa mujer, a quien él aún conoce poco, piense que es un sentimental.

Puedo hacer que el lector descubra las características del personaje usando también sus propios pensamientos. Por ejemplo, siguiendo con la misma situación. El Señor Z está en el cine junto a esa mujer que le interesa, llega la escena intensa, a él se le escapa una lágrima y piensa. Sus pensamientos podemos mostrarlos: Lo que me faltaba, qué idea se va a hacer de mí esta mujer si me ve llorando como un niño en el cine, pensó el Señor Z. O podemos contarlos: El Señor Z pensó que no le gustaría que aquella hermosa mujer descubriera que, en el fondo, él era un sentimental y que ciertas películas lo emocionaban demasiado.

Por último, de manera algo parecida a como hacemos con el pensamiento podemos hacer con el lenguaje. En un diálogo se presentan las palabras de los personajes y estas pueden decir mucho de lo que cada uno es. Tanto los silencios, las cosas no dichas, como las dichas nos permiten ver de algún modo al personaje. También en este caso se puede mostrar el discurso, o sea escribir el diálogo tal cual se produce. O se puede contar, como le contamos a un amigo la conversación que tuvimos con otra persona. Esto es útil sobre todo para agilizar la narración, porque nos ahorramos muletillas o intervenciones que en sí no aportan mucho.

En fin, hay muchas maneras de presentar a nuestros personajes pero lo más importante para comenzar, creo yo, es conocerlo bien, saber quién es, escucharlo, dejar que vaya tomando cuerpo en nuestras cabezas hasta que sintamos casi que podemos tocarlo, porque él existe. Y eso le transmitiremos al lector para que no lo olvide.

https://elasombrario.com/escueladeescritores/como-se-construye-un-personaje/

Cuál de las tres películas de El Padrino es la mejor? - VIX

Serendipia — yo solita

Es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado. Regalos que se cruzan en nuestro camino en el momento más oportuno. Personas de luz o situaciones positivas que llegan a nuestra vida de manera imprevista pero que la cambian por completo.La serendipia contiene un ingrediente mucho más profundo y mágico que el azar o […]

a través de Serendipia — yo solita

Del muro de Julia Santibañez

Va un texto de la uruguaya Marosa di Giorgio. Es un poco narrativo, otro cacho poesía, todo ello provocador. Me gusta cómo en segundos me lleva a otra realidad, más compleja y estridente.

MISAL DE LA VIRGEN

-Usted nunca tuvo hijos.
-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres lagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.
-Eh.
-Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Se hundieron en el piso.
-Oh.
-Pero, antes, oí un alarido, como si dijesen: ¡Mamá! ¡Ay, madre! ¡Ay!
-Oh.
-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (del izquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.
-…!
Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo que siempre había parecido:
Una princesa india, abajo de su anacahuita.

Algo ha cambiado de Salvador Terceño Raposo

Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. Me habla sin miedo, como se hablan las parejas. Me mira a los ojos sin parpadear. Yo la acaricio, la beso… A veces la aseo como puedo y cepillo su cabello. Ya casi no llora o, al menos, parece evitarlo cuando estoy delante. No ha vuelto a intentar gritar y, alguna vez, me ha parecido que esbozaba una sonrisa cuando le doy de comer esa crema de calabaza con picatostes que tanto le gusta. Temo equivocarme, precipitarme, pero siento en mi interior que pronto podré desatarla. Al menos las manos, para que po damos abrazarnos.

Tomado de Fb