UN RAYO DE INCIDENCIA

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Sin ser azules
Sin tener estrellas
Hay rincones
que parecen cielos…
… te invitan a sentir el aire
como un viaje de luz
en el silencio.

Sin calles, sin aceras
Sin farolas
Sin párpados
que miren de costado
los encuentros…
…sabemos, que es a solas
cuando nos puede el beso.

A contraluz
destellan nuestros labios
son reflejos
de la llama que quema
el Universo…
porque somos espejo
de luces en la sombra. 

Sin ser azules
Sin tener estrellas
En la distancia del fugaz empeño
tú sabes que hay rincones
creados para el beso…

©Julie Sopetrán

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La mujer que no

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de en medio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

un cuento de Jorge IbargüengoitiaDespués del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.

¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.

Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.

Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.

Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.

Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.

Pasaba el tiempo.

Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.

Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en tíos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida…

La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.

Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.

Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”.

Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.

Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos… Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.

Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!”. Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. A él le dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el sacro y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba riada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre cíe sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él… y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente de  o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria) son más numerosas que las arenas del mar.

Un cuento de Jorge Ibargüengoitia: La mujer que no

 

A puerta cerrad Rosalba Campra

 

Hay una ciudad donde los ríos nunca pasan. Ni los peregrinos, ni los pájaros que van hacia el Sur.La ciudad está cerrada por tres filas de murallas cada una con una puerta, cerrada. El rey las mandó cerrar cuando murió su hijo pero era demasiado tarde, la muerte ya había salido, y no pudieron alcanzarla.Tampoco volvió a entrar. Todos estamos ahí, y esperamos, y la arena se amontona en los aljibes, pero lo peor de todo es la memoria.

La recién descubierta 'ciudad perdida' de México tenía 40.000 ...

Recopilación de ficción argentina por Clara Obligado

Ulises, las sirenas y yo

También como Ulises escuché cantar a las sirenas.
Él, el gran capitán;
yo, esclavo remero de la nave.
Él pidió a sus hombres que lo ataran, yo desobedecí la orden de tapiarme los oídos con cera.
A los dos nos hipnotizó el canto de las sirenas.
Así,mientras él imploraba;
Yo remaba hacía su canto.
Él siguió vivo, cada vez más cerca de Itaca.
Tres días floté en el mar, sin cadenas, orlado de espuma y entregado a la delicia de sus voces.

El mito de las sirenas y Ulises | Mitos y fábulas griegas

Flannery O’Connor, el geranio

Flannery O’Connor nació en Savannah, Georgia, en 1925, hija única de una acomodada
familia sureña de ascendencia irlandesa. La futura escritora siguió estudios
universitarios en el Georgia State College for Women y en 1945 se licenció en ciencias
sociales. Aunque su primer relato vio la luz en 1946, la revelación literaria de Flannery
O’Connor se produjo en 1952 con la aparición de su novela Sangre sabia, años más
tarde adaptada al cine por John Huston. Aquejada desde 1951 de una grave
enfermedad en la sangre, que le afectó los huesos de las piernas y la obligó a andar
con muletas, la escritora pasó los trece últimos años de su vida en la granja familiar de
Milledgeville, dedicada a la literatura y a la cría de pavos reales. La publicación de su
magnífico libro de relatos A Good Man is Hard to Find (1955) y de su segunda novela,
The Violent Bear It Away (1960), cimentaron su prestigio como una de las narradoras
norteamericanas más vigorosas y originales de su generación. Consumida por la
enfermedad incurable que la aquejaba, Flannery O’Connor, demócrata y católica, cuyo
humor atormentado y sombrío la llevó a describir como nadie el primitivismo religioso
del Sur bíblico y protestante, falleció el 3 de agosto de 1964, a los treinta y nueve
años. La aparición póstuma de su libro de relatos Everything that Rises Must Converge
(1965) representó la consagración definitiva de su prodigioso talento narrativo.

El geranio

El viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su cuerpo, miró
por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra ventana enmarcada en
ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los nuestros sí que son geranios —pensó el viejo Dudley—, no como esta cosa rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol. Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la garganta. Entró su hija y le preguntó:
—¿No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—¿Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los ojos se le
pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se daría cuenta. Se
había dado cuenta otras veces y había sentido pena por su padre. También había
sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber ahorrao —pensó el viejo Dudley—, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese dejao que se quedara allá en el pueblo y no se
hubiese empeñao en cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación
lanzando un fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó
otra vez el momento aquel —de eso ella no tenía la culpa— en que, de repente, le
habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los meses, se las
arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él. Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera. Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito Pero, claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había visto Nueva York en una película. BigTown Rhythm se llamaba. Las grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. ¡El lugar igualito al que había visto en el cine tenía un sitio para él! ¡Un lugar importante y tenía sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que sí. El
estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber que al final
consiguió convencerlo. Vamos a ver, ¿por qué tuvo su hija que ir al pueblo a darle la barra? Con lo bien que se arreglaba él. La jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo se pagaba el cuarto de la pensión.
Por la ventana de aquel cuarto veía pasar el río, denso y rojo, lo veía superar con
esfuerzo las piedras y las curvas. Trató de pensar cómo era, además de rojo y lento.
Añadió las manchas verdes de los árboles en las dos orillas, y en algún punto, río
arriba, una mancha marrón para indicar la basura. Él y Rabie iban hasta ahí todos los miércoles a pescar en una barca. Rabie se conocía el río de arriba abajo en un tramo de treinta kilómetros. En todo el condado de Coa no había ni un solo negro que lo conociese como él. A Rabie le encantaba el río, pero al viejo Dudley no le decía nada. A él lo que le interesaban eran los peces. Le gustaba volver por la noche con una larga ristra de pescados y echarlos en el fregadero. «Traigo unos cuantos qu’he pescao»,
decía. «Hacía falta un hombre para pescar unos pescaos así», comentaban siempre las viejecitas de la pensión. El y Rabie salían los miércoles bien temprano y pescaban todo el día. Rabie se encargaba de encontrar los sitios buenos y de remar; el viejo Dudley se encargaba de pescarlos. A Rabie no le interesaba demasiado pescar, a él lo que le gustaba era el río.
—¿Pa qué le vale echar el sedal ahí, jefe? —decía—. Si ahí no queda ni un pescao. Este
viejo río no esconde nada por aquí, no señor.
Reía como un tonto y llevaba la barca río abajo. Así era Rabie. Para robar tenía más
arte que las comadrejas, pero sabía dónde había buena pesca. El viejo Dudley siempre
le regalaba los pescados chicos.
El viejo Dudley había vivido en la planta de arriba de la pensión, en el cuarto de la
esquina, desde la muerte de su esposa en el año 1922. Protegía a las ancianitas. Era el
hombre de la casa y hacía las cosas que se supone que debe hacer el hombre de la
casa. La tarea era aburrida por las noches, cuando las viejecitas se sentaban en la sala
a rezongar y a hacer ganchillo y el hombre de la casa estaba obligado a escuchar y a
hacer de juez en las guerras de cotorreos y chillidos crispantes. Pero durante el día
estaba Rabie. Rabie y Lutisha vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba
de la limpieza y del huerto, pero menudo era para escaquearse con la faena a medio
hacer e irse a echarle una mano al viejo Dudley en alguna de sus empresas: construir
un gallinero, pintar una puerta. Le gustaba escuchar, que le contaran cosas de Atlanta,
de cuando el viejo Dudley estuvo allí, y de cómo se montaban los fusiles y un montón
de cosas más que el viejo sabía.
A veces, por las noches, iban a cazar zarigüeyas. Nunca cogían ni una zarigüeya, pero,
de vez en cuando, al viejo Dudley le gustaba librarse de las señoras y la caza era una
buena excusa. A Rabie no le gustaba ir a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ni una
zarigüeya, ni siquiera conseguían hacer que alguna se subiera a un árbol; además,
Rabie era más bien un negro de río.
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—Esta noche no vamo a cazar zarigüeyas, ¿eh, jefe? Tengo algo que hacer —decía
cuando el viejo Dudley se ponía a hablar de sabuesos y escopetas.
—¿A quién le vas a robar las gallinas esta noche? —preguntaba Dudley sonriendo.
—Me parece qu’esta noche toca cazar zarigüeyas —suspiraba Rabie.
El viejo Dudley sacaba la escopeta, la desmontaba y, mientras Rabie limpiaba las
piezas, le explicaba el mecanismo. Después volvía a montarla. A Rabie le maravillaba
la forma en que conseguía volver a montarla. Al viejo Dudley le hubiera gustado
explicarle a Rabie cosas de Nueva York. Si hubiera podido enseñársela a Rabie, la
ciudad no habría sido tan grande y él no habría notado aquella presión cada vez que
salía, «Tan grande no es le habría dicho—. No te dejes agobiar, Rabie. Es una ciudad
com’otra cualquiera, y a la final las ciudades tampoco no son tan complicadas».
Lo eran. De pronto Nueva York era todo bullicio y actividad y al cabo de nada lo veías
sucio y sin vida. Su hija ni siquiera vivía en una casa. Vivía en un edificio, en medio de
una hilera de edificios todos iguales, grises y rojos, manchados de tizne, con gentes de
boca agria asomadas a las ventanas para ver otras ventanas y otras gentes que las
miraban a su vez. Y dentro, subías y bajabas, y solo veías corredores, como cintas de
medir donde las puertas indicaban los centímetros. Recordó que la primera semana
aquel edificio lo había dejado aturdido. Se despertaba con la esperanza de que durante
la noche los corredores hubiesen cambiado, se asomaba a la puerta y ahí estaban,
alargados como pistas para pasear perros. Y las calles, tres cuartos de lo mismo. Se
preguntaba adonde llegaría si caminaba hasta el final de alguna de ellas. Una noche
soñó que lo hacía y que acababa al final del edificio: en ninguna parte.
A la semana siguiente tomó algo más de conciencia de su hija, su yerno y su nieto: se
pusiera donde se pusiera, siempre estaba en medio. Su yerno sí que era curioso. Era
camionero y solo estaba en casa los fines de semana. Decía «naa» en lugar de «no» y
en la vida había oído hablar de zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en el cuarto con su
nieto de dieciséis años, con el que no se podía hablar. Algunas veces, cuando el viejo
Dudley y su hija se quedaban solos en el apartamento, ella se sentaba y hablaba con
él. Primero tenía que pensar en qué iba a decirle a su padre. Normalmente la
conversación se terminaba antes de que ella considerase llegado el momento de
levantarse y ponerse a hacer otra cosa, y entonces él se veía obligado a decir algo.
Siempre trataba de pensar en algo que no le hubiese dicho ya. Ella nunca lo escuchaba
la segunda vez. Lo que ella veía era que su padre pasaba sus últimos años con su
familia y no en una pensión de mala muerte, llena de viejas a las que les temblaba la
cabeza. Ella cumplía con su deber. No como sus hermanos.
Una vez lo llevó de compras, pero él estuvo de lo más torpe. Fueron en el «metro», un
ferrocarril que iba por debajo de la tierra, por una especie de cueva inmensa. La gente
salía de los trenes como hormigas, subían las escaleras y llegaban a las calles. Y
dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: blancos, negros,
amarillos, mezclados como verduras en la sopa. Aquello era un hormiguero. Los trenes
entraban como flechas en los túneles, iban por canales y de repente se detenían. Los
que bajaban se abrían paso a empujones entre los que subían y el tren salía otra vez
disparado. El viejo Dudley y la hija tuvieron que tomar tres distintos antes de llegar a
donde iban. El se preguntó para qué salía la gente de su casa. Notaba como si se
hubiese tragado la lengua. Ella lo sujetaba de la manga y tiraba de él entre el gentío.
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También viajaron en un tren que iba por encima del suelo. Ella lo llamaba «elevado».
Para tomarlo tuvieron que subir a un andén muy alto. El viejo Dudley se asomó por
encima de la barandilla y, allá abajo, vio a la gente y los coches pasar muy, muy
rápido. Le entraron ganas de vomitar. Se agarró de la barandilla y se dejó caer sobre el
suelo de madera del andén. La hija lanzó un grito y lo apartó del borde.
Pero ¿qué haces, quieres caerte y matarte? —le gritó.
Por una rendija en las tablas entrevió el fluir de coches en la calle.
—No m’importa —murmuró—. No m’importa si vivo o si muero.
—Anda, vamos —le dijo ella—, te sentirás mejor cuando lleguemos a casa.
—¿A casa? —repitió.
Allá abajo, los coches avanzaban a su ritmo.
—Anda, vamos —repitió ella—, que ya viene; estamos justo a tiempo de pillarlo.
Les hubiera dado tiempo de pillarlos todos.
Consiguieron subirse a ese. Volvieron al edificio y al apartamento. En el apartamento
estaban demasiado apretados. Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien.
La cocina daba al lavabo y el lavabo daba a todo lo demás, así que siempre estabas en
el lugar de partida. Allá en el pueblo tenías la planta de arriba, el sótano, el río y el
centro, delante de Fraziers… y dale, otra vez la garganta.
Hoy el geranio se retrasaba. Eran las diez y media. Normalmente, a eso de las diez y
cuarto ya lo habían sacado.
En alguna parte del corredor una mujer chilló algo ininteligible a la calle; una radio
gemía con la música cansina de una radionovela; un cubo de basura cayó con estrépito
por la escalera de incendios. Se oyó un portazo en el apartamento de al lado y unos
pasos decididos se alejaron por el corredor.
—Será el negro —masculló el viejo Dudley—. El negro de los zapatos relucientes.
Llevaba allí una semana cuando el negro se mudó. Ese jueves, cuando se asomó a la
puerta para mirar por los corredores largos como pistas para pasear perros, vio al
negro entrar en el apartamento de al lado. Llevaba un traje gris mil rayas, y una
corbata color habano. El cuello duro y blanco le dibujaba una línea bien definida en la
piel. Los zapatos relucientes también eran color habano a juego con la corbata y la
piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No sabía que la gente que vivía apretada en un
edificio pudiera pagarse un sirviente. Rió entre dientes. Para lo que les iba a servir un
negro endomingado. A lo mejor este negro conocía el campo de los alrededores… o a
lo mejor sabía cómo se llegaba al campo. En una de esas podían ir de caza. Podían
buscar un arroyo en alguna parte. Cerró la puerta y fue al cuarto de la hija.
—¡Oye! —le gritó—, los d’aquí al lao tienen un negro. Será pa que limpie. ¿Tú crees
que lo van a hacer venir to los días?
Sin dejar de hacer la cama, su hija levantó la cabeza y le preguntó:
—¿Se puede saber de qué me estás hablando?
—Digo que los d’aquí al lao tienen un criado, un negro, va to endomingao.
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La hija se fue al otro lado de la cama y le dijo:
—A ti te falta un tornillo. El apartamento de al lado está vacío, además, en este edificio
nadie puede pagarse un criado.
—Te digo que lo vi —insistió el viejo Dudley riendo burlón—. Entró derechito en
l’apartamento y llevaba corbata, cuello blanco y zapatos con punta.
—Si entró en el apartamento de al lado, seguro que se lo limpia él —masculló.
Se fue hasta el tocador y empezó a revolver las cosas. El viejo Dudley lanzó una
carcajada. Cuando quería, la hija resultaba bien cómica. Y le dijo:
—Bueno, me parece que voy ir a ver cuándo le dan el día libre. En una d’esas lo
convenzo que le gusta la pesca. —Y se dio una palmada en el bolsillo haciendo tintinear
las dos monedas de veinticinco centavos.
Antes de que consiguiera salir del todo al corredor, ella salió corriendo a buscarlo y tiró
de él para hacerlo entrar.
—¿Es que no me oyes? —le gritó—. Te hablo en serio. Si entró en el apartamento es
que lo tiene alquilado para él. Ni se te ocurra preguntarle nada ni hablar con él. No
quiero líos con estos negros.
—¿Quieres decir que va vivir aquí al lao? —murmuró el viejo Dudley.
—Supongo —contestó ella encogiéndose de hombros—. Y tú no te metas en lo que no
te importa —agregó—. Tú con ese no tienes nada que ver.
Se lo dijo tal cual. Como si él no tuviera sentido común. Pero ahí mismito le echó la
bronca. Se las cantó bien claritas y bien que lo entendió.
—¡No es así como t’han educao! —le dijo con voz atronadora—. No t’han educao pa
vivir apretujada con estos negros del norte que se creen que valen lo mismo que tú, ¡y
encima te piensas que yo tendría tratos con un tipo así! Si te piensas que me quiero
mezclar con ellos, estás loca.
Tuvo que calmarse un poco porque se le hacía un nudo en la garganta. Ella se puso
tiesa y le dijo que vivían donde podían permitírselo y que hacían lo que podían. ¡Con
sermones a él! Después salió toda tiesa sin decir una palabra más. Así era ella. Trataba
de mostrarse solemne echando los hombros hacia atrás estirando el cuello. Ni que él
fuera un tonto. Ya sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta
principal y sentarse en sus sillones, pero lo que no sabía era que su propia hija
educada como estaba mandado, se iría a vivir justo al lado de ellos, y que después
pensaría que él tenía tan poco sentido común para mezclarse con esa gentuza. ¡Justo
él!
Se levantó y cogió un diario que había en otra silla. Ya puesto cuando ella volviera a
entrar, haría como que estaba leyendo. No tenía sentido que se estuviera ahí parada,
mirándolo fijamente, convencida de que debía buscarle alguna ocupación. Miró por
encima del periódico la ventana al otro lado del callejón. Todavía no estaba el geranio.
Nunca había tardado tanto. El primer día que lo había visto estaba sentado ahí mismo,
asomado a la ventana, mirando la otra ventana, y entonces le había echado un vistazo
al reloj para calcular cuánto tiempo había pasado desde el desayuno. Al levantar la
vista, lo vio. Dio un respingo. No le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una
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flor. Se parecía a Grisby, el chico enfermo del pueblo, y era del mismo color que las
cortinas que las ancianas tenían en la sala, y el lazo de papel de la maceta se parecía
al que Lutish llevaba en la espalda del uniforme de los domingos. Lutish era aficionada
a los lazos. «Como la mayoría de las negras», pensó el viejo Dudley.
La hija volvió a pasar. Él se había propuesto que cuando pasara lo viera leyendo el
diario.
—Hazme un favor, ¿quieres? —le dijo ella como si acabara de inventarse un favor para
que él tuviera que hacérselo.
Ojalá no lo mandara otra vez a la tienda de comestibles. La última vez se había
perdido. Esos malditos edificios eran todos iguales. Asintió con la cabeza.
—Baja al tercer piso y pídele a la señora Schmitt que me preste el patrón de la camisa
que usa para Jake.
¿Por qué no lo dejaba quedarse ahí sentado? No necesitaba el patrón de la camisa.
—De acuerdo —le dijo—. ¿Qué apartamento es?
—El diez… y está en el mismo sitio que este. Justo aquí debajo, bajando tres pisos.
El viejo Dudley siempre temía que al salir a aquellas pistas para pasear perros se
abriera de repente una puerta y uno de los hombres de morro fino que se sentaban en
camiseta en los alféizares de las ventanas le gruñeran: «¿Y tú qu’haces aquí?». La
puerta del apartamento del negro estaba abierta y vio a una mujer sentada en una
silla, al lado de la ventana. «Negros yanquis», masculló. La mujer llevaba unas gafas
sin montura y sobre el regazo tenía un libro. «Las negras no se sienten elegantes hasta
que no llevan gafas», pensó el viejo Dudley. Se acordó de Lutish y de sus gafas. Había
ahorrado trece dólares para comprárselas. Y entonces fue al médico, le pidió que le
revisara la vista y le dijera cómo de gruesas tenían que ser las gafas. El hombre la
mandó mirar unos dibujos de animales a través de un espejo, le puso una luz muy
cerca de los ojos y le observó la cabeza por dentro.
Y después le dijo que no necesitaba gafas. Lutish se enojó tanto que durante tres días
seguidos se le quemó el pan de maíz, y después de todos modos se compró unas gafas
en la tienda de baratillo. No le costaron más que un dólar con noventa y ocho centavos
y se las ponía todos los sábados. «Así eran las negras», rió entre dientes el viejo
Dudley. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se tapó la boca con la mano. A ver si
lo oía alguno de los que vivían en los apartamentos.
Bajó el primer tramo de escaleras. En el segundo, oyó unos pasos que subían. Se
inclinó por encima del pasamanos y vio que era una mujer, una gorda con el delantal
puesto. Desde arriba se parecía un poco a la señora Benson, la del pueblo. Se preguntó
si la mujer iba a hablarle. Cuando los separaban apenas cuatro escalones, él la miró de
reojo, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en el mismo escalón, le echó
un vistazo rápido y comprobó que lo miraba a la cara, como si nada. Entonces lo
adelantó. No le había dicho una sola palabra. El viejo Dudley sintió un peso en el
estómago.
Bajó cuatro pisos en vez de tres. Volvió a subir uno y encontró el número 10. La
señora Schmitt dijo que bueno, que esperara un momento, que iría a por el patrón.
Mandó a uno de los niños a que se lo llevara a la puerta. El chico ni abrió la boca.
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El viejo Dudley empezó a subir las escaleras. Tenía que ir más despacio. Se cansaba al
subir. Se cansaba con todo, o eso parecía. Claro que cuando Rabie corría por él la cosa
era distinta. Rabie era un negro ágil de pies. Capaz de meterse en un gallinero sin que
ni siquiera las gallinas se enteraran y de sacar el pollo más gordo de todos sin darle
tiempo a pipiar. Rápido, además. Dudley siempre había sido pesado de pies. En los
gordos era natural. Se acordó de una vez, cuando él y Rabie estaban cazando
codornices cerca de Molton. Llevaban entonces un sabueso que te encontraba los nidos
más rápido que el más lindo de los pointers. Eso sí, no servía para traértelas de vuelta,
pero las encontraba siempre, y después se quedaba más tieso que un palo mientras tú
apuntabas a los pájaros. Aquella vez el perro se paró en seco.
—Va ser grand’el nido ese —susurró Rabie—. Lo noto.
El viejo Dudley levantó la escopeta despacio a medida que caminaban. Tuvo que poner
cuidado al andar sobre la pinaza. Con tanta pinaza, el suelo se volvía resbaladizo.
Rabie pasaba el peso de una pierna a la otra, levantaba y apoyaba los pies sobre la
pinaza blanda como la cera con un cuidado instintivo. Miraba al frente y avanzaba
deprisa. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia delante y con el otro el suelo, que
empezaría a bajar y él resbalaría peligrosamente hacia delante, o, cuando quisiera
subir con esfuerzo una pendiente, resbalaría hacia atrás.
—Jefe, ¿no vale más qu’esta vuelta coja yo los pájaros? —sugirió Rabie—. Los lunes no
anda usté muy ligero de pies. Si se cae en una d’esas pendientes, los pájaros se
desparramarán antes que pueda usté apuntar con l’escopeta.
El viejo Dudley quería coger toda la nidada. Habría podido darle a cuatro sin problema.
—Los cogeré yo —masculló.
Levantó la escopeta para apuntar y se inclinó hacia delante. Patinó con algo y se
deslizó con los pies por delante. La escopeta se disparó y toda la nidada salió volando.
—Aah, dejamos escapar unos pájaros maníficos —suspiró Rabie.
—Encontraremos otra nidada —dijo el viejo Dudley—. Y ahora sácame de este maldito
agujero.
Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Podría haberlos
volteado como latas en una verja. Acercó una mano a la oreja y extendió la otra hacia
delante. Podría haberlos volteado como en el tiro al plato. ¡Pum! Un crujido en la
escalera lo obligó a volverse, mientras con los brazos seguía sosteniendo una escopeta
invisible. El negro subía las escaleras que parecía que se comía los escalones, iba hacia
él, una sonrisa divertida le estiraba el bigote cuidado. El viejo Dudley se quedó
boquiabierto. El negro hacía muecas, como aguantando la risa. El viejo Dudley fue
incapaz de moverse. Tenía la vista clavada en la línea bien definida que el cuello de la
camisa marcaba sobre la piel del negro.
—¿Qué está cazando, veterano? —le preguntó el hombre con una voz que recordaba la
risa de un negro y la sorna de un blanco.
El viejo Dudley se sintió como un crío con una pistola de aire comprimido. Se había
quedado con la boca abierta y la lengua inmóvil en el centro. Notó una flojera justo
debajo de las rodillas. Perdió pie, resbaló tres escalones y cayó sentado.
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—Será mejor que tenga cuidado —le dijo el hombre—. Podría lastimarse en estas
escaleras.
Le tendió la mano para que pudiera agarrarse y levantarse. Era una mano larga y
estrecha, de uñas limpias y cortadas rectas. Daban la impresión de estar limadas. Las
manos del viejo Dudley colgaban inertes entre sus rodillas. El negro lo agarró del brazo
y tiró de él.
—¡Uff! —soltó—, ¡cómo pesa! Venga, colabore un poquito.
Al viejo Dudley se le destrabaron las rodillas y se levantó con dificultad. El negro lo
tenía agarrado del brazo.
—De todas maneras voy para arriba —le dijo—. Lo ayudo.
El viejo Dudley echó una ojeada desesperada a su alrededor. A sus espaldas, las
escaleras parecían echársele encima. Subía las escaleras con el negro. El negro lo
esperaba en cada escalón.
—¿Así que caza? —le preguntó el negro—. Déjeme pensar. Una vez fui a cazar ciervos.
Me parece que usamos una Dodson calibre treinta y ocho para coger esos ciervos.
¿Usted qué usa?
El viejo Dudley miraba sin ver los relucientes zapatos color habano.
—Escopeta —farfulló.
—Me gustan las armas, más que ir de caza —le decía el negro—. Nunca se me dio bien matar nada. Da pena acabar con la reserva de caza. Eso sí, si tuviera tiempo y dinero, coleccionaría armas.
En cada escalón esperaba a que el viejo Dudley lo subiera. Mientras, le iba hablando de
armas y marcas. Llevaba unos calcetines grises con motas negras. Terminaron de subir
las escaleras. El negro lo acompañó por el corredor, agarrándolo del brazo. Seguro que
daba la impresión de que iba enlazado al brazo de aquel negro.
Fueron derechitos a la puerta del viejo Dudley. Y ahí el negro le preguntó:
—¿Es de por aquí?
El viejo Dudley negó con la cabeza, la vista clavada en la puerta. Todavía no había
mirado al negro. Mientras subían las escaleras, no había mirado al negro.
—Ya verá —le dijo el negro—, es un sitio estupendo… cuando se acostumbre.
Le dio una palmada en la espalda al viejo Dudley y entró en su apartamento. El viejo
Dudley entró en el suyo. El dolor de la garganta se le extendió por toda la cara y le
empañó los ojos.
Se acercó arrastrando los pies a la silla junto a la ventana y se dejó caer en ella. La
garganta estaba a punto de estallarle. La garganta estaba a punto de estallarle por
culpa de un negro yanqui, un negro condenado que le daba palmadas en la espalda y
lo llamaba «veterano». A él que sabía que eso no podía ser. A él que había venido de
un lugar decente. Un lugar decente. Un lugar donde eso no podía ser. Notó algo raro
en los ojos. Le estaban creciendo dentro de las órbitas y de un momento a otro se iban
a quedar sin sitio. Estaba atrapado en ese lugar donde los negros te llamaban

«veterano». No se dejaría atrapar. No se dejaría. Movió la cabeza contra el respaldo de
la silla para estirar el cuello, lo notaba agarrotado.
Un hombre lo miraba. Desde la ventana, al otro lado del callejón, un hombre lo miraba
fijamente. El hombre estaba viendo cómo lloraba. En ese lugar era donde tendría que
haber estado el geranio, pero no, allí había un hombre en camiseta, que lo veía llorar y
esperaba a que se le reventara la garganta. El viejo Dudley le sostuvo la mirada a
aquel hombre. En ese lugar tendría que haber estado el geranio. Ese era el sitio del
geranio y no del hombre.
—¿Y el geranio, dónde está? —le gritó pese a que se le cerraba la garganta.
—¿Pa qué llora? —le preguntó el hombre—. En mi vida no había visto a un hombre
llorar así.
—¿Y el geranio, dónde está? —preguntó el viejo Dudley, tembloroso—. Ahí tendría que
estar el geranio y no usté.
—Esta ventana es mía —le aclaró el hombre—. Tengo derecho a sentarme aquí, si me
da la gana.
—¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. La garganta se le había abierto un poco.
—Se cayó pa abajo, si tanto l’interesa —le contestó el hombre.
El viejo Dudley se levantó y se asomó por encima del alféizar de la ventana. Seis pisos
más abajo, en el callejón, alcanzó a ver una maceta hecha añicos sobre un montón de
tierra desparramada y algo de color rosa que asomaba en medio de un lazo verde de
papel. Seis pisos más abajo, destrozado.
El viejo Dudley miró al hombre que mascaba chicle y esperaba a ver cómo se le
reventaba la garganta.
—No tenía qu’haberlo puesto tan cerca del borde —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge?
—¿Por qué no lo recoge usté, agüelo?
El viejo Dudley se quedó con la vista clavada en el hombre que ocupaba el sitio donde
debería haber estado el geranio.
Eso haría. Bajaría y lo recogería. Lo pondría en su ventana, y, si le daba la gana, se
quedaría todo el día mirándolo. Se alejó de la ventana y salió del cuarto. Caminó
despacio por la pista para pasear perros y llegó a las escaleras. Las escaleras se abrían
hacia abajo como una herida en el suelo. Penetraban por un agujero como una caverna
y bajaban, bajaban en picado. Y él había subido un tramo de esas escaleras un poco
por detrás del negro. Y el negro lo había ayudado a levantarse y lo había llevado
agarrado del brazo y había subido con él las escaleras y le había contado que cazaba
ciervos, «veterano», y lo había visto empuñar una escopeta que no existía y lo había
visto sentado en la escalera como un niño. Llevaba zapatos relucientes, color habano, y
hacía muecas para no reírse y todo aquello era de risa. A lo mejor, en cada escalón
había un negro con motas negras en los calcetines, haciendo muecas para no reírse.
Las escaleras bajaban y bajaban en picado. No podía bajar y arriesgarse a que los
negros le dieran palmadas en la espalda. Volvió al cuarto y a la ventana, se asomó y,
allá abajo, vio el geranio.

El hombre seguía sentado donde debería haber estado la planta.
—Oiga usté, que no l’he visto recogerlo —le dijo.
El viejo Dudley lo miró fijamente.
—A usté lo tengo visto de otras veces —le dijo el hombre—. Lo veo ahí sentao, to los
días en esa silla vieja, mirando por la ventana, mirando lo qu’hacemos en mi
apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿s’entera? No me
gusta que la gente mire lo que yo hago.
Estaba tirado allá abajo, en el callejón, con las raíces al aire.
—Y mucho cuidado, yo aviso una sola vez —dijo el hombre, y se apartó de la ventana.

 

 

¡Qué dificil! Lydia Davis

Por años mi madre me decía que yo era egoísta, descuidada, irresponsable, etc. Se molestaba constantemente. Si discutía, se tapaba los oídos. Ella hizo lo que pudo para cambiarme pero nunca cambié, o si cambié, no puedo estar segura de haberlo hecho, porque nunca llegó el momento en que mi madre me dijera “Ya no eres egoísta, descuidada, irresponsable, etc.” Ahora soy yo quien me digo “¿Por qué no puedes pensar primero en los demás? ¿Por qué no pones atención a lo que haces? ¿Por qué no recuerdas lo que tienes que hacer?” Estoy molesta. Me compadezco de mi madre. ¡Qué difícil soy! Pero no le puedo decir esto porque al mismo tiempo que quiero decirlo, también estoy aquí en el teléfono, escuchándola, lista para defenderme.

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El corazón del bosque de Sylvia Iparraguirre

Las botas del guardabosque hunden el tapiz de hojas marchitas. Es el fin del otoño. En el aire se huele el humo acre de las fogatas, que la madrugada ha sofocado con su aliento frío de huérfana. Un rayo de sol, recto y exacto, brilla verde sobre una hoja. Más en lo profundo, otros rayos disipan la tenebrosidad de las ramas entrelazadas. De pronto, un claro del bosque se abre y se ilumina. En el centro, una niña, sentada sobre su amplio vestido, apoya una mano en la corteza de la encina. La otra mano sostiene sobre la falda al pequeño unicornio, delgado, trémulo, de delicados ojos grises. El cuerno es también gris, con una veta clara que sube como una cinta de plata de la base hasta el vértice.
Cruje una rama. Los cuatro ojos alarmados miran al guardabosque antes de desaparecer.

Unicornio Bosque Imagen De La - Foto gratis en Pixabay

Antologia de ficciones argentinas, recopilación de Clara Obligado.

 

Prueba de vuelo Eugenio Mandrini*

Si evaporada el agua el nadador todavía se sostiene,
no cabe duda: es un ángel.

piscina olimpica

*Antologia de minificciones  argentinas. Clara Obligado.

Guillermo Samperio: La señorita Green

Esta era una mujer, una mujer verde, verde de pies a cabeza. No siempre fue verde, pero algún día comenzó a serlo. No se crea que siempre fue verde por fuera, pero algún día comenzó a serlo, hasta que algún día fue verde por dentro y verde también por fuera. Tremenda calamidad para una mujer que en un tiempo lejano no fue verde.

Desde ese tiempo lejano hablaremos aquí. La mujer verde vivió en una región donde abundaba la verde flora; pero lo verde de la flora no tuvo relación con lo verde de la mujer. Tenía muchos familiares; en ninguno de ellos había una gota de verde. Su padre, y sobre todo su madre, tenían unos grandes ojos cafés. Ojos cafés que siempre vigilaron a la niña que algún día sería verde por fuera y por dentro verde. Ojos cafés cuando ella iba al baño, ojos cafés en su dormitorio, ojos cafés en la escuela, ojos cafés en el parque y los paseos, y ojos cafés, en especial, cuando la niña hurgaba debajo de sus calzoncitos blancos de organdí. Ojos, ojos, ojos cafés y ojos cafés en cualquier sitio.

Una tarde, mientras imaginaba que unos ojos cafés la perseguían, la niña se cayó del columpio y se raspó la rodilla. Se miró la herida y, entre escasas gotas de sangre se descubrió lo verde. No podía creerlo; así que, a propósito, se raspó la otra rodilla y de nueva cuenta lo verde. Se talló un cachete y verde. Se llenó de raspones y verde y verde y nada más que verde por dentro. Desde luego que, una vez en su casa, los ojos cafés, verdes de ira, la nalguearon sobre la piel que escondía lo verde.

Más que asustarse, la niña verde entristeció. Y, años después, se puso aún más triste cuando se percató del primer lunar verde sobre uno de sus muslos. El lunar comenzó a crecer hasta que fue un lunar del tamaño de la jovencita. Muchos dermatólogos lucharon contra lo verde y todos fracasaron. Lo verde venía de otro lado. Verde se quedaría y verde se quedó. Verde asistió a la preparatoria, verde a la Universidad, verde iba al cine y a los restoranes, y verde lloraba todas las noches.

Una semana antes de su graduación, se puso a reflexionar: “Los muchachos no me quieren porque temen que les pegue mi verdosidad; además, dicen que nuestros hijos podrían salir de un verde muy sucio, o verdes del todo. Me saludan de lejos y me gritan ‘Adiós, señorita Green’, y me provocan las más tristes verdes lágrimas. Pero desde este día usaré sandalias azul cielo, aunque se enojen los ojos cafés. Y no me importará que me digan señorita Green porque llevaré en los pies un color muy bonito”.

Y así, esa misma noche, la mujer verde empezó a pasear luciendo unas zapatillas azules que les recordaban el mar y las tardes de cielo limpio a quienes las miraban. Aunque dijo “un color muy bonito” un tanto cursi y verdemente, sin imaginar lo que implicaba calzarse unas sandalias azules, la suerte le cambió. Cuando la mujer verde pasaba por los callejones más aburridos, la gente pensaba en peces extraños y en sirenas atractivas; una inesperada imaginación desamodorraba las casas.


—Gracias mujer Verde— le gritaban a su paso.

Si la mujer verde salía a dar la vuelta en la madrugada, aquellos que padecían insomnio llenaban sus cabezas con aleteos alegres y cantos de aves y vuelos en cielos donde la calma reposaba en el horizonte; luego, dormían soñando que una mujer azul les acariciaba el pelo.

Pronto, la fama de la mujer verdiazul corrió por la ciudad, y todos deseaban desaburrirse, o curarse el insomnio, o tener sueños fantásticos, o viajar al fondo del cielo azul.

Una tarde, mientras la mujer verde descansaba en su casa, tocaron a la puerta. Ella se arregló su verde cabello y abrió. En el quicio de la puerta se encontraba un hombre, un hombre violeta, violeta de pies a cabeza. Se miraron a los ojos. La mujer verde vio un dragón encantador. El hombre violeta se acercó a la mujer verde y la mujer verde se acercó al hombre violeta. Entonces, un dragón violeta voló hacia la cascada y ahí se puso a jugar hasta que se dejó ir en la corriente de peces.

Luego, cerraron la puerta.

Tiempo libre

Todas las mañanas compro el periódico y todas las mañanas, al leerlo, me mancho los dedos con tinta. Nunca me ha importado ensuciármelos con tal de estar al día en las noticias. Pero esta mañana sentí un gran malestar apenas toqué el periódico. Creí que solamente se trataba de uno de mis acostumbrados mareos. Pagué el importe del diario y regresé a mi casa. Mi esposa había salido de compras. Me acomodé en mi sillón favorito, encendí un cigarro y me puse a leer la primera página. Luego de enterarme de que el jet se había desplomado, volví a sentirme mal; vi mis dedos y los encontré más tiznados que de costumbre. Con un dolor de cabeza terrible, fui al baño, me lavé las manos con toda la calma y, ya tranquilo, regresé al sillón. Cuando iba a tomar mi cigarro, descubrí que una mancha negra cubría mis dedos. De inmediato retorné al baño, me tallé con zacate, piedra pómez y, finalmente, me lavé con blanqueador; pero el intento fue inútil, porque la mancha creció y me invadió hasta los codos. Ahora, más preocupado que molesto, llamé al doctor y me recomendó que lo mejor era que tomara unas vacaciones, o que durmiera. Después, llamé a las oficinas del periódico para elevar mi más rotunda protesta; me contestó una voz de mujer, que solamente me insultó y me trató de loco. En el momento en que hablaba por teléfono, me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de una mancha, sino de un número infinito de letras pequeñísimas, apeñuzcadas, como una inquieta multitud de hormigas negras. Cuando colgué, las letritas habían avanzado ya hasta mi cintura. Asustado, corrí hacia la puerta de entrada; pero, antes de poder abrirla, me flaquearon las piernas y caí estrepitosamente. Tirado bocarriba descubrí que,además de la gran cantidad de letras hormiga que ahora ocupaban todo mi cuerpo, había una que otra fotografía. Así estuve durante varias horas hasta que escuché que abrían la puerta. Me costó trabajo hilar la idea, pero al fin pensé que había llegado mi salvación. Entró mi esposa, me levantó del suelo, me cargó bajo el brazo, se acomodó en mi sillón favorito, me hojeó despreocupadamente y se puso a leer.

(*) Cuando por invitación de Jorge Álvarez Máynez iniciamos Guardagujas en La Jornada Aguascalientes, me comuniqué con Guillermo Samperio para solicitarle un texto para el suplemento, por correo electrónico me dijo que tomara cualquiera de sus cuentos y los reprodujera, por extensión, elegí La señorita Green y Tiempo libre, me autorizó no sin antes decirme que no entendía por qué quería publicar cuentos tan viejos; al final, no salieron porque intentábamos sólo publicar inéditos. Ante el dolorosísimo fallecimiento, retomo ese permiso para compartirlos (Edilberto Aldán).