La carretilla roja de William Carlos Williams

William Carlos Williams fue un escritor estadounidense vinculado al modernismo y al imagismo. Es especialmente conocido por su obra poética. Además de ejercer como médico y de escribir dramas y prosa variada, Williams es uno de los poetas modernistas más innovadores y admirados. Wikipedia

Se conoce como movimiento imagista a una corriente poética, inserta en el modernismo, que tuvo una corta vida pero una gran influencia recíproca con los «ismos» artísticos y estéticos de su época: el vorticismo, el impresionismo, el expresionismo, el cubismo, el objetivismo o el surrealismo, por nombrar algunos.

Aunque los poemas imagistas empiezan a aparecer a principios del siglo XX, el movimiento fue fundado oficialmente por Ezra Pound, en marzo de 1913, con la publicación de un libro de poemas entre los que aparece su In the Station of the Metro, junto con otros poemas imagistas y el manifiesto fundacional de esa corriente literaria.

Sin embargo, si tuviera que elegir un poema imagista, sin duda les diría que mi favorito sería éste:

so much depends / tantas cosas
upon / dependen de
a red wheel / una carretilla
barrow / roja
glazed with rain / lustrosa por el agua
water / de la lluvia
beside the white / junto a los pollos
chickens. / blancos.

Estos sencillos versos corresponden a uno de los poemas más conocidos del poeta norteamericano William Carlos Williams (1883-1963): The Red Wheelbarrow (La carretilla roja). Williams es considerado uno de los mejores poetas en lengua inglesa del siglo XX. Este poema de dieciséis palabras, publicado en 1923, fue recibido como un manifiesto del modernismo norteamericano y ha inspirado innumerables debates sobre su significado.

No cabe duda de que Williams, al escribir el poema, estaba intentando ser provocador. De hecho, muchos lectores se han sentido molestos y frustrados con su lectura, por considerarlo no ya una obra maestra de la literatura en lengua inglesa, sino un poema perezoso e infantil. Nada más lejos de la realidad. El poema es una pieza literaria altamente sofisticada, en la que se aprecia la influencia del dadaísmo, especialmente de Marcel Duchamp, que podía crear una obra de arte utilizando objetos tan cotidianos como un urinario o una rueda de bicicleta (sus célebres «ready-mades»).

En efecto, Williams era capaz de crear una obra de arte con sólo dieciséis palabras y, al igual que Duchamp, con los objetos más cotidianos que uno pueda imaginar: una carretilla roja y unos pollos blancos, cuyos colores contrastan de la misma forma con que lo hace la inmovilidad del artilugio con el movimiento que se supone a los animales.

Guadañazos para la BeLLA ViLLA: La carretilla roja por William ...

El uso de la fuerza de William Carlos Williams:

Eran unos pacientes nuevos, todo lo que sabía era el nombre, Olson. Por favor, venga lo más rápido que pueda, mi hija está muy grave.

Cuando llegué salió a recibirme la madre, una mujer enorme de aspecto asustado y muy limpio, que se disculpó y dijo simplemente: ¿Es usted el médico?, y me hizo entrar. Una vez en el fondo añadió: Debe disculparnos, doctor, la tenemos en la cocina donde está más caliente. A veces aquí hay mucha humedad.

La niña estaba completamente vestida y sentada en las rodillas de su padre cerca de la mesa de la cocina. El hombre intentó levantarse, pero le hice el gesto de que no se molestara, me quité el abrigo y me puse a echar un vistazo. Notaba que todos estaban muy nerviosos y que me miraban de arriba abajo con recelo. Como suele pasar en esos casos, no me decían más de lo necesario, me tocaba a mí informarles; para eso iban a pagarme tres dólares.

La niña casi me comía realmente con sus ojos fríos, fijos, y sin ninguna expresión en la cara. No se movió y parecía, interiormente, tranquila; una criatura extraordinariamente atractiva, y en apariencia tan fuerte como una novilla. Pero tenía la cara encendida, respiraba agitadamente, y me di cuenta de que tenía mucha fiebre. Tenía un magnífico y abundante pelo rubio. Una de esas niñas de foto reproducidas a menudo en los prospectos de anuncios y en los suplementos dominicales en fotograbado de los periódicos.

Lleva tres días con fiebre, empezó el padre, y no sabemos de dónde procede. Mi mujer le ha dado cosas, ya me entiende, como hace la gente, pero no sirvieron de nada. Y ha habido muchas epidemias por aquí. Conque será mejor que la reconozca y nos diga qué tiene.

Como suelen hacer los médicos empecé a disparar preguntas para empezar. ¿Ha tenido dolor de garganta?

Ambos padres contestaron al unísono: No… No, ella dice que la garganta no le duele.

No te duele la garganta, ¿verdad?, preguntó la madre a la niña. Pero la expresión de la pequeña no cambió ni apartó sus ojos de mi cara.

¿Ha mirado usted?

Lo he intentado, dijo la madre, pero no consigo ver nada.

Como le decía, ha habido unos cuantos casos de difteria en el colegio al que iba la niña durante aquel mes, y todos, al menos aparentemente, pensábamos en eso, aunque ninguno había hablado todavía de la cuestión.

Bien, dije yo, supongo que le echaré una ojeada a la garganta antes de nada. Sonreí del modo más profesional y después de preguntar cómo se llamaba la niña, dije: Mathilda, abre la boca y déjame verte la garganta.

Nada que hacer.

Venga, vamos, insistí pacientemente, sólo tienes que abrir mucho la boca y dejarme echar una ojeada. Mira, dije, abriendo las dos manos, no tengo nada en las manos. Ábrela y déjame ver.

Es un hombre muy bueno, intervino la madre. Fíjate en lo amable que es contigo. Vamos, haz lo que te dice. No te va a hacer daño

Al oírlo me rechinaron los dientes molesto. Si al menos no hubieran utilizado la palabra «daño» quizá habría podido conseguir algo. Pero no me permití andar con prisas o sentirme molesto, así que hablaba tranquilamente y lentamente me acerqué de nuevo a la niña.

Cuando acercaba la silla, de repente con un movimiento felino las dos manos de la niña salieron disparadas a clavarse instintivamente en mis ojos y casi los alcanzan. De hecho mandó mis gafas por el aire, que cayeron sin romperse, como un metro más allá, en el suelo de la cocina.

La madre y el padre casi se deshicieron pidiendo disculpas avergonzados. Eres una niña muy mala, dijo la madre, agarrándola por un brazo y dándole unos meneos. Mira lo que has hecho. Un hombre tan bueno…

Por el amor de Dios, interrumpí yo. No le diga que soy un hombre bueno. He venido a verle la garganta por si acaso tiene difteria y pudiera morir de ella. Pero eso a ella no le importa. Escucha, le dije a la niña, vamos a mirarte la garganta. Eres lo bastante mayor para entender lo que te digo. ¿Vas a abrir la boca ahora mismo o te la tendremos que abrir?

Ni un movimiento. Ni siquiera varió su expresión. Su respiración, sin embargo, se hizo más rápida. Entonces empezó la batalla. Yo tenía que hacerlo. Necesitaba hacer un cultivo de su garganta por su propio bien. Pero antes les dije a los padres que era una cuestión suya por completo. Expliqué el peligro, pero que no insistiría en reconocer la garganta mientras ellos no se responsabilizaran.

Si no haces lo que dice el médico tendrás que ir al hospital, le reconvino seriamente su madre.

¿Ah, sí? Tuve que sonreír para mí mismo. Después de todo, ya me había enamorado de aquella fierecilla, sus padres me resultaban despreciables. En la lucha que siguió cada vez se volvieron más abyectos, desagradables, mientras la niña alcanzaba las más elevadas alturas de una loca furia nacida del terror que yo le producía

El padre hizo todo lo que pudo, y era un hombre grande, pero el hecho de que fuera su hija, su vergüenza ante su comportamiento y su temor a hacerle daño, hizo que la soltara justo en el momento crítico varias veces cuando yo casi conseguía mi propósito, hasta que me entraron ganas de matarle. Pero su miedo a que pudiera tener difteria le hizo decir que siguiera, que siguiera aunque él mismo vacilaba, mientras la madre se acercaba y se alejaba de nosotros alzando y bajando las manos en una agonía aprensiva.

Colóquela delante de usted, en el regazo, ordené, y agárrela por las muñecas.

Pero en cuanto lo hizo, la niña soltó un grito. Me estás haciendo daño. Suéltame las manos. Suéltalas, te digo. Luego chilló histéricamente aterrada. ¡Para! ¡Para! ¡Me vas a matar!

No creo que la niña lo pueda resistir, doctor, dijo la madre.

La soltaste tú, le dijo el marido a la mujer. ¿Quieres que la niña muera de difteria?

Acérquese usted y agárrela, dije yo.

Luego sujeté la cabeza de la niña con la mano izquierda y traté de meterle el depresor de madera entre los dientes. Ella se resistió, con los dientes apretados, desesperadamente. Pero ahora yo me había puesto furioso… por culpa de una niña. Traté de contenerme pero no puede. Sabía cómo abrir una boca para reconocer una garganta. E hice todo lo que pude. Cuando por fin metí la espátula de madera entre los dientes y casi alcanzaba la cavidad de la boca, la niña la abrió un instante pero antes de que yo pudiera ver nada, la volvió a cerrar y agarró la espátula de madera entre los molares reduciéndola a astillas antes de que yo pudiera sacarla.

¿No te da vergüenza?, le gritó su madre. ¿No te da vergüenza comportarte así delante del médico?

Deme una cucharilla de mango liso cualquiera, le dije a la madre. Vamos a terminar con esto.

La boca de la niña ya estaba sangrando. Tenía un corte en la lengua y soltaba chillidos histéricos. A lo mejor yo debería haber desistido y regresado dentro de una hora más o menos. Sin duda habría sido mejor. Pero había visto al menos dos niños morir en la cama por falta de atención en casos así, y considerando que debía hacer un diagnóstico ahora o nunca volví a la carga. Pero lo peor de todo era que yo también había perdido la razón. Podría haber hecho pedazos a la niña y disfrutar haciéndolo. Era un placer atacarla. Me ardía la cara.

Hay que proteger a la fierecilla de su propia estupidez, se dice uno a sí mismo en esos casos. Otros deben protegerse contra ella. Es una necesidad social. Y todas esas cosas son verdad. Pero una furia ciega, una sensación de vergüenza de adulto, alimentada por un deseo de relajación muscular son eficaces. Uno va hasta el final.

En un irracional y definitivo asalto conseguí dominar el cuello y las mandíbulas de la niña. Forcé la pesada cuchara de plata más allá de sus dientes y alcancé la garganta hasta que ella tuvo náuseas. Y allí estaba: las dos amígdalas cubiertas de membranas. La niña había luchado valientemente para impedirme conocer su secreto. Había estado escondiendo aquella garganta enferma al menos durante tres días, mintiéndoles a sus padres con objeto de evitar un final así.

Ahora estaba furiosa de verdad. Antes había estado a la defensiva pero ahora atacó. Trató de soltarse de su padre y saltar hacia mí, mientras lágrimas de derrota le llenaban los ojos

William Carlos Williams

Autopsia de Sandro W. Centurión

Autopsia ! El sujeto está desnudo, es de estatura mediana, tez morena, complexión robusta, de entre 35 y 40 años. En la región torácica se observa una herida cortante de 5,2 cm de largo y 2 cm de ancho producida probablemente por un objeto filoso, punzante, metálico, y probablemente antiguo. En la frente se observa un orificio entre las cejas, de 7cm de profundidad que atraviesa el cráneo y en cuyo fondo aún reside una bala de revólver calibre 38 que produjo el deceso del individuo. Se desconoce la identidad del sujeto. Por lo demás, el cadáver se encuentra en perfecto estado de conservación. El occiso fue hallado en la página 23, a unas líneas del final del capítulo 5. !

Sandro W. Centurión (1975) escritor y profesor en Letras. Reside en la ciudad de Formosa, Argentina. Sus textos han sido recogidos por numerosas antologías. Ha publicado libros de cuentos y de microficción. En 2015 publicó Yo también maté a un terminator, editado por Macedonia Ediciones.

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Tomado de » o dispara uste o disparo yo»

La noche boca arriba de Julio Cortázar

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.

La noche boca arriba, un cuento de Cortázar
Escritor argentino Julio Cortázar

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Microdecamerón: Encuentro de Ildiko Nassr

Diez extraños reunidos en una casa. Sillones y pisos blancos. Una enorme biblioteca. Los unen el miedo y la expectativa. Tienen objetivos claros, pero no saben muy bien cómo llegar a ellos. Saben que no pueden salir y que tienen que poner mucho de sí mismos. El taller literario intensivo durará diez jornadas y cada quien debe finalizar un libro propio. Cada uno habla de lo que más le agrada y se suceden los chocolates, las canciones de amor, la lluvia, las medias de colores, los días de sol, la playa, el mar, los perros, los gatos, los dragones, la espumadera de la cocina. No saben, todavía, lo que les espera.

Los Simpson 04x16: Sin Duff - Síndrome de abstinencia ...

Las lunas de Jupiter de Alice Munro

Encontré a mi padre en el ala de cardiología, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitación semiprivada. La otra cama estaba vacía. Dijo que su seguro hospitalario cubría solo una cama en el pabellón, y que estaba preocupado por que pudieran cobrarle un suplemento.

–Yo no he pedido una semiprivada –dijo.

Le dije que probablemente las salas estuvieran llenas.

–No. He visto algunas camas vacías cuando me llevaban con la silla de ruedas.

–Entonces será porque te tenían que conectar con esa cosa –le dije–. No te preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.

–Eso será probablemente –dijo–. No querrían esos trastos en las salas. Supongo que eso estará cubierto.

Le dije que estaba segura de que sí.

Tenía cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba por encima de su cabeza. En ella, una línea brillante y dentada parpadeaba continuamente. El parpadeo iba acompañado de un nervioso zumbido electrónico. El comportamiento de su corazón estaba a la vista. Intenté ignorarlo. Me parecía que prestarle tanta atención –exagerar, de hecho, lo que debería ser una actividad totalmente secreta– era buscar problemas. Cualquier cosa exhibida de aquel modo era propensa a estallar y volverse loca.

A mi padre no parecía importarle. Decían que le tenían con tranquilizantes. “Ya sabes –decía–, las pastillas de la felicidad”. Parecía tranquilo y optimista.

Había sido distinto la noche anterior. Cuando le llevé al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y con la boca cerrada. Abrió la puerta del coche, se quedó de pie y dijo despacio:

–Quizá sea mejor que me traigas una de esas sillas de ruedas.

Utilizaba la voz que siempre ponía en una crisis. Una vez, nuestra chimenea se incendió; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor poniendo alfileres en un vestido que estaba haciendo. Entró y dijo con aquella mismo voz flemática y admonitoria:

–Janet, ¿sabes dónde hay polvos de levadura?

Los quería para echarlos al fuego. Luego dijo:

–Supongo que ha sido culpa tuya… Coser en domingo. Tuve que esperar durante más de una hora en la sala de espera en urgencias. Llamaron a un especialista de corazón que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo pasar a una sala y me explicó que una de las válvulas del corazón de mi padre se había deteriorado tanto que debía ser operado inmediatamente.

Le pregunté qué sucedería si no.

–Tendría que estar en la cama –dijo el médico.

–¿Cuánto tiempo?

–Quizá tres meses.

–He querido decir, ¿cuánto tiempo vivirá?

–Eso es lo que yo también he querido decir –dijo el doctor.

Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama que había en el rincón, con la cortina descorrida.

–Es malo, ¿verdad? –me preguntó–. ¿Te ha dicho lo de la válvula?

–No es tan malo como podía ser –le dije. Luego repetí, incluso exageré, cualquier cosa esperanzadora que el médico me hubiese dicho– No estás en peligro inmediato. Tu condición física es buena, por lo de demás.

–Por lo demás –dijo mi padre con pesimismo.

Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish, preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo. Yo había estado en Inglaterra durante dos meses, de modo que no había visto antes aquel artículo, pero me pasó por la cabeza mientras lo estaba leyendo que mi padre lo habría leído. Podía oírle decir: “Bueno, no he visto nada sobre t en Maclean´s”. Y si hubiese leído algo sobre mí diría: “Bueno, no tengo una gran opinión de ese reportaje”. Su tono sería festivo e indulgente, pero produciría en mí una familiar tristeza de espíritu. El mensaje que recibí de él era sencillo: Hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdón por ella. Tanto si la consigues como si no, tú tendrás la culpa.

No me sorprendieron las noticias del médico. Estaba preparada para oír algo parecido y estaba contenta conmigo misma por contármelo con calma, del mismo modo que estaría contenta conmigo misma por vendar una herida o por mirar desde el endeble balcón de un edificio alto. Pensé: Sí, es la hora; tiene que haber algo, aquí está. No sentí la protesta que habría sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que él la sentía, que el rechazo le subía de un salto tan prontamente como si hubiese tenido treinta o cuarenta años más joven, mi corazón se endureció, y hablé con una especie de atormentadora alegría.

–Por lo demás, estás pletórico –dije.

Al día siguiente era de nuevo él mismo.

Así es como yo lo habría expresado. Dijo que ahora le parecía que el joven, el médico, pudiera haber estado demasiado impaciente por operar.

–Un bisturí un poco fácil –dijo. Estaba burlón y alardeando de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor le había examinado, un hombre mayor, y le había expresado su opinión de que descanso y medicación podrían surtir efecto.

Yo no pregunté qué efecto.

–Dice que tengo una válvula defectuosa. Está ciertamente dañada. Querían saber si tuve fiebres reumáticas cuando era niño. Yo le dije que no lo creía, pero entonces la mitad de las veces n te diagnosticaban lo que tenías. Mi padre no era ciertamente alguien que fuese a buscar al médico.

El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me había imaginado como sombría y peligrosa –la modesta granja, las hermanas atemorizadas, el padre severo–, me hicieron menos resignada ante su muerte. Pensé en él huyendo para irse a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vías del ferrocarril hasta Gorderich, a la luz del anochecer. Acostumbraba a contar aquel viaje. En algún lugar de la vía encontró un membrillo. Los membrillos son raros en nuestra zona del país; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontró mi padre, aunque una vez nos llevó de excursión para ir a buscarlo. Pensó que conocía el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No pudo encontrar el fruto, desde luego, pero quedó impresionado por su existencia. Le hizo pensar que había llegado a una nueva parte del mundo.

El muchacho fugado, el superviviente, un anciano atrapado aquí por su corazón estropeado. Yo no buscaba estos pensamientos. No me importaba pensar en su personalidad de joven. Incluso su torso desnudo, fornido y blanco –tenía el cuerpo de un trabajador de su generación, raramente expuesto al sol– era un peligro para mí; parecía tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos manchados por la edad, la estrecha y comedida cabeza, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecían más a lo que yo estaba acostumbrada.

–¿Y para qué quiero que me operen? –decía mi padre razonablemente–. Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Eso es todo lo que se puede hacer a mi edad. Tu actitud cambia, ¿sabes? Se sufren cambios mentales. Parece más natural.

–¿El qué? –le pregunté.

–Bueno, la muerte. No hay nada más natural. No, a lo que yo me refiero, en particular, es a no operarme.

–¿Eso parece más natural?

–Sí.

–Tienes que decidirlo tú –le dije, pero yo lo aprobaba. Eso era lo que yo habría esperado de él. Siempre que hablaba a la gente de mi padre subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su paciencia. Trabajaba en una fábrica, trabajaba en su jardín, leía libros de historia. Podía hablar de emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba.

Judith, mi hija pequeña, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el chico co el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me quedaría en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que no tengo mi centro de operaciones en Vancouver.

–¿Dónde está Nichola? –pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis.

Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del conservatorio, después se hizo camarera, luego se quedó sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se habría echado el cabello hacia atrás con elegancia y habría dicho: “¿Planes?”, como si fuese una palabra que yo hubiese inventado.

–Sabía que lo primero que harías sería preguntar por Nichola.

–No es así. He dicho hola y…

–Bueno, coge tu maleta –dijo Don con voz neutral.

–¿Está bien?

–Estoy segura de que sí –dijo Judith en un falso tono de burla–. No estarías sí si fuese yo quien no estuviera aquí.

–Pues claro que sí.

–No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.

–Yo debería saberlo.

Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que Nichola se había ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la había telefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podría decir, que Nichola telefonee) para decir que quería estar incomunicada durante un tiempo, pero estaba bien.

–Le dije que te ibas a preocupar –dijo Judith más amablemente, camino de la camioneta. Don estaba delante, con mi maleta–. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.

La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que él oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que debían de haber tenido, Don y Judith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Do, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocía. Habría hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando opiniones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No habrían hecho eso. Los chicos probablemente no pueden saber tanto de una.

Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigos en la cafetería de la facultad, o por la noche, tomando café en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenía la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenía a ella en un capazo, o revolviéndose en mi regazo, y tomaba también café todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba desconcertada por su situación, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algún tiepo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres, lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones o su miedo a la ambición, con cuánta competencia los archivamos, los definimos más allá de cualquier posibilidad de cambio. Qué presunción.

Observé a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un estudiado asomo de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas de mí misma que probablemente yo había olvidado? Decía que su barba y su estilo de peinados eran afectados.

Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:

–¿Sabes? Esos años en los que crecías…, bueno, son solo una especie de impresión borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.

Yo me ofendí. No recordaba cada año distinto con dolor y claridad. Podría haber dichola edad que tenía cuando iba a ver los trajes de noche en el escaparate de Benbow´s Ladies´Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado –el de lentejuelas y tui, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompón–, y yo, una adoradora de la fangosa acera. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en un boletín de malas notas, cuando tuve el sarampión, cuando empapelamos la habitación delantera. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando yo vivía con su padre, sí, borrosos sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres secuces, Divertirama. Cuando empezaba Divertirama era el momento de dar la luz y hacer la cena. Pero no podía diferenciar los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un barrio dormitorio: dormir, dormitorio, dormilón…, algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y los biberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa Oeste.

Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por l noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que me despertara; servía carne y patatas y una de las cuatro verduras que él toleraba. Comía con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que seríamos en la edad madura.

Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus mentes.

–¿No quería verme Nichola? –le pregunté a Judith.

–La mitad de su tiempo no quiere ver a nadie –respondió.

Judith se adelantó y tocó el hombro de Don. Yo conocía un gesto: una disculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que estás haciendo por ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. Ver a mi hija tocar a un hombre –a un chico–, de ese modo me hacía sentirme más mayor de lo que me harían sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, podía predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ¿Por qué iba yo a pensar que ella no sería susceptible, que siempre sería directa, de paso firme, independiente? Del mismo modo que voy por ahí diciendo que Nichola es tímida y solitaria, fría, seductora. Muchas personas deben de conocer cosas que contradirían lo que yo digo.

Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí. Telefoneé a un antiguo amante mío, pero respondió un contestador: “Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono”.

La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abría la boca para preguntarle el significado de ese disparate. Después colgué. Sentí como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiésemos quedado en encontrarnos en un lugar público y luego no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.

Me puse un vaso de vermut, aunque aún no eran las doce, y telefoneé a mi padre.

–¡Vaya! –dijo–. Quince minutos más tarde y no me habrías encontrado.

–¿Ibas a ir al centro?

–Al centro de Toronto.

Me explicó que se iba al hospital. Su médico de Dalgleish quería que los médicos de Toronto le echasen un vistazo, y le había entregado una carta para que la enseñara en la sala de urgencias.

–¿En la sala de urgencias? –dije.

–No es una urgencia. Parece ser que él cree que esta es la mejor forma de hacerlo. Conoce el nombre de alguien de allí. Si tuviese que darme hora, podría ser cuestión de semanas.

–¿Sabe tu médico que piensas conducir hasta Toronto? –le pregunté.

–Bueno, no me dijo que no pudiera.

El resultado de esto fue que alquilé un coche, fui hasta Dalgleish, volví con mi padre a Toronto y estaba con él en la sala de urgencias a las siete de la tarde.

Antes de que Judith se fuera le dije:

–¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aquí?

–Bueno, yo se lo he dicho –me contestó.

A veces sonaba el teléfono, pero siempre era un amigo de Judith.

–Bueno, parece que me la voy a hacer –dijo mi padre. Aquello fue el cuarto día. Había cambiado completamente de postura en una sola noche–. Parece que no haya razón para no hacerlo.

No sabía qué quería que redijera. Pensé que quizá esperaba de mí una protesta, un intento de disuadirle.

–¿Cuándo lo harán? –pregunté.

–Pasado mañana.

Le dije que iba al lavabo. Fui hasta donde estaban las enfermeras y encontré allí a una mujer que pensé que era la enfermera jefe. En todo caso, tenía el pelo cano, era amable y parecía seria.

–¿Va a ser operado mi padre pasado mañana? –le pregunté.

–Sí.

–Solo quería hablar de ello con alguien. Creí que se había acordado la decisión de que era mejor no hacerlo. Por su edad.

–Bueno, es su decisión y la del médico –me sonrió con condescendencia–. Es duro tomar estas decisiones.

–¿Cómo están sus pruebas?

–Bueno, no las he visto todas.

Yo estaba segura de que sí. Al cabo de un momento dijo:

–Tenemos que ser realistas, pero los médicos son muy buenos aquí.

Cuando volví a la habitación mi padre dijo, con voz sorprendida:

–Mares sin playa.

–¿Cómo? –dije.

Me pregunté si se había enterado de cuánto, o de qué poco tiempo podía esperar vivir. Me pregunté si las pastillas le habían dado una euforia precaria. O si había querido jugar. Una vez que me hablaba sobre su vida, me dijo: “El problema era que yo siempre tenía miedo a arriesgarme”.

Yo acostumbraba a decirle a la gente que él nunca hablaba con pesar de su vida, pero eso no era cierto. Era solo que yo no lo escuchaba. Decía que debería haberse alistado en el ejército, que habría estado en mejor posición. Decía que debería haberse instalado por su cuenta, como carpintero, después de la guerra. Debería haberse ido de Dalgleish. Una vez dijo: “¿Una vida malgastada, eh?”. Pero se estaba burlando de sí mismo al decir aquello, porque era algo muy dramático. También cuando recitaba poesía tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer.

–Mares sin playa –dijo de nuevo–. Detrás de él las grises Azores,/ detrás las puertas de Hércules;/ delante de él sin traza de playas,/ delante de él solo mares sin playa. Eso era lo que tenía en la cabeza anoche. Pero ¿crees que podía recordar qué clases de playas? No podía. ¿Playas solitarias? ¿Playas vacías? Estaba en el buen camino, pero no podía acordarme. Pero ahora, cuando has entrado en la habitación y no estaba pensando en ello, me vino la palabra a la cabeza. Siempre ocurre lo mismo, ¿verdad? No es tan sorprendente. Le hago una pregunta a mi mente. La respuesta está allí, pero yo no puedo ver todas las relaciones que está estableciendo mi mente para llegar a ella. Como un ordenador. Nada fuera de sitio. ¿Sabes?, en mi situación sucede que, si algo que no puedes explicar de inmediato, hay una gran tentación de, bueno, de hacer de ello un misterio. Hay una gran tentación de creer en…, ya abes.

–¿El alma? –dije, con delicadeza, sintiendo un asombroso torrente de amor y entrega.

–¡Oh, supongo que se le puede llamar así? ¿Sabes?, cuando llegué a esta habitación había un montón de periódicos al lado de la cama. Alguien los había dejado allí, eran de esa clase de publicaciones sensacionalistas que nunca había leído. Empecé a leerlos. Habría leído cualquier cosa fácil. Había una serie de experiencias personales de gente que había muerto, médicamente hablando, la mayoría de paro cardíaco, y que había vuelto a la vida. Era lo que ellos recordaban del tiempo en que estuvieron muertos. Sus experiencias.

–¿Agradables o no? –le dije.

–Agradables. Sí, sí. Flotaban un poco más y reconocían a algunas que conocían y que había muerto antes que ellos. No es que los vieran exactamente, sino que era algo así como si los percibiesen. A veces había un canturreo y a veces una especie de…, ¿cómo se llama esa luz o ese color que hay alrededor de una persona?

–¿Aura?

–Oh, no sé. Todo se basa en si quieres creer en esa clase de cosas o no. Y si vas a creértelas, a tomártelas en serio, me imagino que tienes que tomarte en serio todo lo demás que publican esos periódicos.

–¿Qué más publican?

–Basura: curas de cáncer, de calvicie, cólicos en la generación joven y en los holgazanes ricos. Disparates de las estrellas de cine.

–Ah, sí, ya.

–En mi situación, hay que vigilar –dijo–, o empezarías a gastarte jugarretas a ti mismo. –Luego dijo–: Hay unos cuantos pormenores prácticos que deberíamos poner en orden –y me habló de su testamento, de la casa, del solar del cementerio. Todo era sencillo.

–¿Quieres que telefonee a Peggy? –le pregunté. Peggy es mi hermana. Está casada con un astrónomo y vive en Victoria.

Se lo pensó.

–Supongo que deberíamos decírselo –dijo finalmente– Pero no los alarmes.

–De acuerdo.

–No, espera un momento. Sam va a ir a una conferencia a finales de esta semana, y Pegy estaba pensando en acompañarle. No quiero que se planteen cambiar de planes.

–¿Dónde es la conferencia?

–En Ámsterdam –dijo con orgullo.

Se enorgullecía realmente de Sam, y estaba al corriente de sus libros y de sus artículos. Cogía uno y decía: “Mirátelo, ¿quieres? ¡Y yo que no entiendo ni una palabra!”, con un voz maravillada que conseguía no obstante mostrar una sombra de ridículo.

–El profesor Sam –decía–. Y los tres pequeños Sams.

Así es como llamaba a sus nietos, que se parecían a su padre en inteligencia y en un casi atractio empuje, un inocente y enérgico alardeo. Iban a una escuela privada que apoyaba la disciplina anticuada y que comenzaba el cálculo en el quinto grado.

–Y los perros –podía seguir enumerando–, que han ido a la escuela de adiestramiento. Y Peggy…

–Pero si yo decía:

–¿Crees que ella también ha ido a una escuela de adiestramiento? –él no seguía el juego.

Yo imagino que cuando estuviera con Sam y Peggy hablaría de mí del mismo modo: aludiría a mi arbitrariedad del mismo modo que aludía a su gravedad, haría bromas suaves a mi costa, no ocultaría del todo su sorpresa (o haría ver que no la ocultaba) por que la gente pagase dinero por cosas que yo había escrito. Tenía que hacer esto para que no pareciese nunca que alardeaba, pero paraba cuando las bromas se hacían demasiado pesadas. Y, desde luego, después encontré en la cas cosas mías que había guardado: unas cuantas revistas, recortes de periódicos, cosas por las que yo nunca me había preocupado.

En aquel momento sus pensamientos iban de la familia de Peggy a la mía:

–¿Has sabido algo de Judith? –preguntó.

–Aún no.

–Bueno, aún es pronto. ¿Iban a dormir en la furgoneta?

–Sí.

–Supongo que será lo suficientemente segura, si paran en los lugares adecuados.

Sabía que tenía que decir algo más y sabía que surgiría como una broma.

–Supongo que pondrán una tabla en medio, como los pioneros.

Yo sonreí, pero no respondí.

–Entiendo que no tienes nada que objetar.

–No –le dije.

–Bien, yo siempre lo vi así. No te metas en los asuntos de tus hijos. Yo intenté no decir nada. Nunca dije nada cuado dejaste a Richard.

–¿Qué quieres decir con “no dije nada”? ¿Criticar?

–No era asunto mío.

–No.

–Pero eso no quiere decir que me gustase.

Me sorprendió, no solo por lo que decía, sino porque considerase que no tenía ningún derecho, ni siquiera ahora, a decirlo Tuve que mirar por la ventana, al tráfico de abajo, para controlarme.

Hace mucho tiempo, me dijo de ese modo afable suyo:

–Es curioso. La primera vez que vi a Richard me recordó lo que mi padre acostumbraba a decirme. Decía: “Si aquel tipo fuese la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad”.

Me volví para recordarle aquello, pero me encontré mirando la línea que iba describiendo su corazón. No era que pareciese que algo funcionaba mal, que hubiera alguna diferencia en los zumbidos y en los puntos. Pero allí estaba.

El vio dónde miraba.

–Ventaja desleal –dijo.

–Lo es –le respondi–. A mí también van a tener que conectarme.

Reímos, nos dimos un beso formal y me fui. Al Menos no me había preguntado por Nichola, pensé.

La tarde siguiente no fui al hospital, porque a mi padre tenían que hacerle más pruebas, para prepararlo para la operación. Tenía que ir por la noche. Me encontré paseando por las tiendas de ropa de Bloor Street, probándome vestidos. Me había entado una preocupación por la moda y por mi propio aspecto parecida a un rabioso dolor de cabeza. Miré a las mujeres por la calle, la ropa en as tiendas, intentando descubrir cómo podría llevar a cabo una transformación, qué tendría que comprar. Reconocía que era una obsesión, pero tenía problemas para desprenderme de ella. Había gente que me había dicho que esperando noticias de vida o muerte se había quedado delante de una nevera abierta comiendo cualquier cosa que viera: patatas hervidas frías, salsa de chile, cuencos de nata. O había sido incapaz de dejar de hacer crucigramas. La atención se limita a algo –alguna distracción–, se agarra a ella, se vuelve frenéticamente seria. Revolví prendas de los percheros, me las probé en pequeños probadores en los que hacía calor, delante de crueles espejos. Sudaba; una o dos veces creí que iba a desmayarme. De nuevo en la calle, pensé que debía alejarme de Bloor Street, y decidí ir al museo.

Recordaba otra vez, en Vancouver. Fue cuando Nichola iba al jardín de infancia y Judith era un bebé. Nichola había ido al médico por un resfriado, o quizá para un examen de rutina, y el análisis de sangre mostraba algo en sus glóbulos blancos, o que había demasiados o que se habían hecho grandes. El médico pidió más análisis y yo llevé a Nichola al hospital para que se los hicieran. Nadie mencionó la leucemia, pero yo sabía, desde luego, lo que estaban buscando. Y cuando llevé a Nichola a casa le pedí a la canguro que había estado con Judith que se quedase por la tarde, y me fui de compras. Me compré el vestido más atrevido que haya tenido nunca, una especie de funda de seda negra con algún adorno de encaje en el delantero. Recuerdo aquella radiante tarde de primavera, los zapatos altos en los grandes almacenes, la ropa interior con estampado de leopardo.

También recordaba la vuelta a casa desde el hospital de St. Paul por el puente de Lions Gate en el autobús atestado, llevando a Nichola sobre mis rodillas. De repente ella recordó el nombre que le daba de pequeñita al puente y me dijo en voz baja: “Pente, po el pente”. No evité tocar a mi hija –Nichola era esbelta y grácil incluso entonces, con un culito precioso y un cabello oscuro y fino–, pero me di cuenta de que la estaba tocando de una forma distinta, aunque yo no creía que ello pudiera ser nunca detectado. Había un cuidado –no exactamente un retraimiento sino un cuidado– para no sentir demasiado. Vi que las formas del amor se pueden mantener con una persona condenada, pero con el amor en realidad medido y disciplinado, porque hay que sobrevivir. Se podía hacer de forma tan discreta que el objeto de dicho cuidado no sospecharía, del mismo modo que tampoco sospecharía la misma sentencia de muerte. Nichola no sabía, no lo sabría. Le llegarían juguetes y besos y bromas; nunca lo sabría, auque a mí me preocupaba que sintiera el viento por entre las grietas de las vacaciones inventadas, de los días normales inventados. Pero todo estaba bien. Nichola no tenía leucemia. Creció, aún seguía viva, y probablemente feliz. Incomunicada.

No podía pensar en qué quería ver realmente del museo; de modo que fui hasta el planetario. Nunca había estado enano. La sesión iba a empezar dentro de diez minutos. Entré, compré una entrada y me puse a la cola. Había una clase entera de colegiales, quizá dos, con profesores y madres voluntarias llevando el grupo. Miré alrededor para ver si había otros adultos sueltos. Solo uno, un hombre con a cara roja y los ojos hinchados, que parecía estar allí para evitar ir a un bar.

Una vez dentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cómodos que estaban reclinados hacia atrás de modo que estabas en una especie de hamaca, con la atención dirigida a la parte cóncava del techo, que pronto se convirtió en azul oscuro, con un ligero reborde de luz alrededor. Había una música espléndida e impresionante. Los adultos iban haciendo callar a los niños, intentando que dejasen de hacer crujir sus bolsas de patatas fritas. Entonces la voz de un hombre que salía de las paredes, una voz profesional y elocuente, comenzó a hablar, despacio. La voz me recordaba un poco a la forma en que los locutores de radio anunciaban una pieza de música clásica o describían el avance de la familia real hasta la abadía de Westminster en uno de sus eventos reales. Había un ligero efecto de cámara de resonancia.

El oscuro techo se estaba llenado e estrellas. No salían todas a la vez, sino una detrás de otra, de la forma en que las estrellas salen realmente por la noche, aunque más rápidamente. Apareció la Vía Láctea, se acercó, las estrellas flotaban en el brillo y seguían, desapareciendo más allá de los límites de la pantalla estelar, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente de luz continuaba, la voz presentaba los sorprendentes hechos. “Hace unos cuantos años luz –anunciaba–, el sol aparece como una estrella brillante, y los planetas no son visibles. Hace unas cuentas docenas de años luz, es solo aproximadamente la milésima parte de la distancia desde el sol hasta el centro de nuestra galaxia, un galaxia que contiene unos doscientos mil millones de soles. Y es, a su ve, una entre millones, quizá miles de millones, de galaxias”. Repeticiones innumerables, variaciones innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como fogonazos.

Luego se abandonaba el realismo, en aras del artificio familiar. Un modelo del sistema solar iba dando vueltas con su elegante estilo. Un aparato brillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Puse mi esquiva y evasiva mente a tomar firmemente nota de los hechos. La masa de Júpiter, dos veces y media la de los demás planetas juntos. La gran mancha roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a la excéntrica órbita de Plutón, los helados anillos e Saturno. De nuevo en la Tierra y pasando al caliente y brillante Venus. La presión atmosférica, noventa veces la nuestra. Mercurio, sin luna, que da tres vueltas de rotación mientras gira dos veces alrededor del sol; un arreglo extraño, no tan satisfactorio como el que nos contaban: que daba una vuelta de rotación mientras giraba alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos despu´s que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el fluorescente suelo rojo.

Cuando terminó la sesión me quedé en la silla mientras los niños trepaban por encima de mí sin comentar nada de lo que acababan de ver o de oír. Estaban importunando a sus cuidadores para que les dieran chucherías y más diversión. Éstos habían hecho un esfuerzo por captar su atención, para apartarlas de las palomitas y de las patatas fritas y fijarla en distintas cosas conocidas y desconocidas y en inmensidades horribles, y parecían haber fracasado. Algo bueno, también, pensé. Los niños tienen una inmunidad natural, la mayoría de ellos, y no deberá ser alterada. En cuanto a los adultos que lo lamentaran, quienes habían promovido aquel espectáculo, ¿no eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podían añadir los efectos de la cámara de resonancia, la música, la solemnidad eclesiástica, simulando el temor que suponín que los niños debían de sentir? Temor… ¿qué se suponía que era?¿Escalofríos al mirar por la ventana? Una vez que se sabía lo que era, no se podía provocar.

Llegaron dos hombres con escobas para barrer los desperdicios que la audiencia había dejado a su paso. Me dijeron que la siguiente sesión empezaría al cabo de cuarenta minutos. Mientras tanto, tenía que salir.

–Fui a la sesión del planetario –le dije a mi padre–. Fue muy interesante… Sobre el sistema solar.  –Pensé en la palabra tan tonta que había utilizado: “interesante”–. Es como un templo ligeramente falsificado –añadí.

Él ya estaba hablando:

–Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde esperaban encontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte –recitaban–. Júpiter, Saturno, Nept… no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es así?

–Sí –dije. Me alegraba de que no hubiese oído lo que había dicho del templo falsificado. Lo había dicho para ser sincera, pero sonaba a tramposo y a superior–. Dime las lunas de Júpiter.

–Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?

–Dos, pero no son nuevas.

–Nuevas para nosotros –dijo mi padre–. Te has vuelto muy descarada ahora que me van a rajar.

–“Rajar”. Qué expresión.

Aquella noche no estaba en la cama, su última noche. Le habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a una ventana. Tenía las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo pero de buen humor, un anfitrión afable.

–Ni siquiera has dicho las antiguas –le dije.

–Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.

–Ya has empezado.

–Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio –djo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo–. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io, Europa, Ganímedes, Calisto. Ahí las tienes.

–Sí.

–Io y Europa eran novias de Júpiter, ¿verdad? Ganímedes era un chico. ¿Un pastor? No sé quén era Calisto.

–creo que también era una novia –le dije–. La mujer de Júpiter –la mujer de Jove– la convirtió en un oso y la colocó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era su niña.

El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.

–Te veré cuando salgas de la anestesia –le dije.

–Sí.

Cuando llegué a la puerta me llamó.

–Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.

Cuando me marché del planetario aquella tarde, atravesé el museo hacia el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en un banco que daba a Bloor Street. A través de los matorrales siempre verdes y la alta verja de hierro observé a la gente pasar a la luz de la caída de la tarde. El espectáculo del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo; me había tranquilizado, me había secado. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa de comestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecía mucho a ella, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría por alguna calle quizá no lejos de allí, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personas adultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.

Si realmente la veía, podría quedarme sentada y mirar, pensé. Me sentía como una de aquellas personas que habían flotado en el cielo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre había escogido y Nichola había escogido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero equivalía a lo mismo.

Pensé en levantarme y acercarme hasta la tumba, para ver las tallas en relieve, los cuadros en piedra, que están a su alrededor. Siempre pensaba en verlos y nunca lo hacía. Tampoco lo haría esta vez. Hacía frío fuera, de modo que entré, a tomar un café y a comer algo antes de volver al hospital.

Alice Munro, Las lunas de Júpiter, Debolsillo, 2010

Alice Munro. Una comarca, un mundo por Clara Obligado

En una escritora como Alice Munro cohabitan muchas facetas, pero, lo primero que hay que festejar en esta ocasión es que se conceda un Premio Nobel de Literatura a una cuentista, a una mujer, a una mujer vieja y, además, canadiense. Ella no pertenece a ninguna órbita de evidente. No es exótica, no pertenece a un país que esté de moda, es decir, no es de las autoras que, de antemano, piensas que van a ganar un galardón como éste. Con ella gana, básicamente, la gran literatura.

Alice Munro se formó, en gran medida, leyendo textos de mujeres. Descubrió «Cumbres borrascosas» y, eso la lanzó a la pasión por la lectura. Después llegaron Mavis Gallant y Edna O’Brien. También Cheever y Salinger. Y, sobre todo, Chéjov. De hecho, en Canadá se la llama «la Chéjov femenina». Como el gran autor, ella parte de lo cotidiano para llegar a niveles inesperados. Recuerdo un cuento que comienza con una chica probándose un vestido, y a partir de este detalle nimio surge toda la historia. Es decir, a través de los detalles alcanza la esencia, en ese universo minúsculo reside algo que es mucho más amplio.En cierta ocasión le preguntaron qué hubiera ocurrido si se hubiera encontrado con el escritor ruso, y ella respondió: «Se habría enamorado de mí». Luego añadió: «Aunque tal vez no, porque soy una mujer demasiado independiente». Y ésta es una de las características más evidentes de su obra: la independencia de su pensamiento. De hecho, aunque ve el mundo desde una perspectiva de mujer, no es nada convencional en sus apreciaciones, suele ser muy crítica con respecto a los roles tradicionales femeninos. Tuvo que cuidar a una madre enferma, y presenta toda la ambigüedad de esta situación, vista muchas veces como una carga tremenda. También frente a la maternidad siente emociones encontradas, y reconoce que hubiera preferido tener a sus hijas en otro momento de la vida. Una vida difícil, ya que nació en 1931 y que dio a luz por primera vez con 21 años en una sociedad donde las mujeres no estaban emancipadas y ni siquiera existía la píldora. Tampoco recibió ningún apoyo de su medio, ya que venía de una familia con pocos recursos, rural. Su padre arrancaba las pieles a los zorros para venderlas, los medios eran escasos y la responsabilidad de la niña, excesiva. De este mundo aparentemente poco atractivo va a surgir su literatura. Tólstoi decía «pinta tu comarca, y pintarás el mundo». Eso es exactamente lo que ella hace. Como escritora es soberbia, y en ella encontramos una mezcla de un realismo casi tradicional, propio de Di-ckens o Jane Austen, con estructuras muy modernas, experimentales. Trabaja en el límite del cuento y la novela, y utiliza ambos géneros para crear algo absolutamente novedoso. En cuanto a sus historias, a pesar de que parte de pequeños hechos o detalles, siempre sentimos que gravitan sobre el texto los grandes temas de la humanidad: la piedad, la culpa, la presión social, el mal, la relación con los ancestros, la libertad… Todo esto hace de ella una gran escritora. Sus textos, aunque en definitiva, son muy intelectuales, no expulsan al lector normal, que puede acercarse a sus libros y disfrutarlos en una primera lectura, pero que debe aceptar que, para encontrar el sentido completo debe animarse a bucear en las palabras. Munro es una autora para leer y releer, y siempre gana. Es decir, siempre hay algo más, algo que se despliega ante la admiración del lector que descubre hasta qué nivel la literatura puede explicar el mundo, cuestionarlo, sin caer en ningún dogmatismo.

Creo que es una autora de enormes dimensiones porque establece vínculos entre lo masculino y lo femenino, el cuento y la novela, la vanguardia y la tradición, el pensamiento y la ficción. Antes de recibir el Nobel ya tenía en España su pequeño club de fans, entre los que se cuentan Javier Marías y Antonio Muñoz Molina, verdaderos activistas de su obra, pero hace relativamente poco que sus textos, ahora abundantes, son fáciles de encontrar en nuestro país. Si tuviera que decir por qué me gusta, diría que Alice Munro logra algo increíble: conmover con las palabras, hacernos pensar. Me gusta porque experimenta, porque me conmueve. Porque su escritura me produce mucha envidia. Cuando termino alguno de sus cuentos, siento que he vivido una gran experiencia.

Clara OBLIGADO…https://escrituracreativa.com/sin-categoria/una-comarca-un-mundo-3811/

Cuento corto de Alice Munro: Las lunas de Júpiter

Sobre el amor de Clara Obligado. Recuerda la película: los puentes de Madison

¿Hizo bien Francesca al permanecer junto a su esposo o hubiera sido mejor que se bajara del coche para seguir camino con su amante? Siempre me inquietó la incógnita que dibuja la película “Los puentes de Madison”, basada en la novela de Robert James Waller y dirigida por Clint Eastwod. El cuento que publiqué en el periódico juega con esta idea. Os invito a comentarlo y a conversar sobre un tema persistente en la literatura y en el cine: el del amor romántico. Madison, los puentes de. Clara Obligado

En lugar de seguir con su marido, como cuenta la película, en ese instante tenso bajo la lluvia, detenida ante el semáforo, la mujer baja del coche familiar y se sube al de su amante. No da explicaciones, ni tiene tiempo de dejar una carta. Tampoco puede despedirse de sus hijos, pero todo el mundo sabe lo que es la fuerza de la pasión. En la platea, los espectadores lanzan un suspiro de alivio, les gusta el nuevo final de Los puentes de Madison y, con su dosis de romanticismo intacta, salen del cine.

Más allá de las cámaras, sentada en el asiento del copiloto, la mujer comienza el viaje. Conoce a su amante desde hace días, pero son suficientes para desear una vida juntos, ha sabido despertar en ella el eco de una juventud aletargada. No se trata de una mujer cualquiera. Hace años, empujada por este fuego incontenible, dejó Italia y siguió a un soldado para casarse con él. Era un héroe norteamericano, y ella, sin dilación, aceptó ser la esposa de un hombre bueno y acompañarlo a una granja en los EEUU, donde le nacieron dos hijos.

Vuelve la cabeza y observa cómo ese soldado, que ahora es un granjero, se pierde en la distancia. Se siente culpable, pero no demasiado, ¿quién habría podido resistirse al llamado de la pasión? El amante apoya la mano en su rodilla. Como no llevan maletas, antes de coger el avión en Nueva York él le regala ropa para el viaje. La mujer siente que ha cambiado de piel y ahora es otra: más joven, más elegante, más ágil. Mientras conoce la ciudad él hace entrevistas, visita bibliotecas, le hace conocer en dos días más gente que la que le ha presentado su marido en años de convivencia. Se siente satisfecha de haberse unido a un fotógrafo de fama internacional. Es la amante de un artista, de un bohemio y, cuando él la abraza en la habitación del hotel en Tanzania, ella flota. Dormir velada por el tul del mosquitero, despertarse con el rugir del león, ser una hembra ansiosa que espera la brama, asomarse a la tienda para descubrir amaneceres como brasas, vadear ríos que revientan en cascadas, cobijarse de tormentas pavorosas, repasar las imágenes de las fotografías una y otra vez, hasta encontrar el mejor encuadre, preparar con manjares desconocidos una cena para dos, viajar sin dirección fija. Al cabo de un tiempo ha visto 20 países, cientos de atardeceres, miles de caras. En los raros momentos de descanso, en algún hotel perdido, escribe a sus hijos. No recibe respuesta y lo achaca a los constantes cambios de domicilio. Esto la hace sufrir y su amante le recomienda que no piense en ello.

Una mañana se despierta con una corazonada. Están ahora en el norte de Rusia, entrevistando a un pastor de renos que ha descubierto, entre la nieve eterna, el cuerpo de un mamut. Es una cría, y permanece, en su estado de congelación, en la misma postura en la que se topó con la muerte. Está plegado sobre sí mismo, como si fuera un niño con miedo. Ella vuelve al hotel enferma, siente que en lugar del antiguo animal se ha topado con su propio dolor. Es una sensación helada que la hace encerrarse en el baño y vomitar, parece que tuviera que arrancarse de las entrañas cubitos de hielo. Por la tarde, aprovechando que su amante no está, pide una comunicación con su antigua casa y, mientras el teléfono suena, lo imagina sobre la mesa de siempre con su carpeta de ganchillo, junto a los sillones de flores, la chimenea encendida y los visillos abiertos. Lo imagina en esa vida donde nada cambia. Desea, cómo desea, hablar con sus hijos. Desea también conversar con su marido, preguntarle cómo está. Pero nadie lo coge. Esa noche duerme mal.

Como el hielo bajo el que se ocultaba el animal, algo se ha quebrado dentro del corazón de la mujer. Ya no le gustan tanto los viajes y se siente sola cuando su amante, a veces durante semanas, tiene que dejarla en el hotel ordenando fotografías, repasando su contabilidad, organizando las entrevistas. Hace tiempo que es además su secretaria, todos admiran la inteligencia de esta unión apasionada. “¡Qué romántico!”, exclaman, cuando él cuenta en público su historia, y la miran como si fuera una heroína, alguien capaz de sacrificarlo todo.

Un día él le comunica que tiene que hacer un reportaje en Roma. La mujer se conmueve. Piensa ahora que puede volver a casa de su madre, que podrá hablar con alguien de su pasado. Está nerviosa durante todo el viaje que, a causa de los compromisos de él, dura varias semanas.

Aprovecha que él tiene una reunión importante para tomar un autobús hasta su pueblo. Todo ha cambiado, donde la guerra había sembrado destrucción hay ahora villas hermosas, campos de vides, aire de riqueza. Casi no la reconoce su madre, pero se abrazan hasta hacerse daño. “Cómo has cambiado”, le dice. “Estás muy guapa”, le dice también. Prefiere no responder, su madre es ahora una anciana. Luego, cuando por fin se calman, la invita a entrar en casa, se sientan frente a frente, se cogen las manos y se miran sin saber qué decirse. Por fin la madre suelta. “Hija, lo siento mucho”. Ella se sorprende y le pregunta por qué. “Por lo de tu esposo, dice. Era un buen hombre”. Así se entera de que es viuda, aunque su madre no sabe qué tipo de enfermedad fue la que terminó con esa vida. Le cuenta, sí, que los hijos escriben a su abuela muy de tanto en tanto y que parece que están bien. Le muestra una foto. De pronto la mujer siente que su vida, su vida verdadera, está desplegada sobre esa mesa, en esa casa que dejó hace siglos para seguir a un hombre. Piensa qué hubiera pasado con ella si hubiera elegido un marido del pueblo, si se hubiera afincado allí. Piensa también en esos hijos que le parecen extraños. No dice nada de lo que siente y regresa a tiempo al hotel para que su amante no le pregunte dónde ha estado.

Aunque se quedan varios meses en Roma, no vuelve a visitar a su madre. Ha adelgazado y le sienta bien, cada vez asiste a recepciones más lujosas y la fama de su amante la precede. Él es ya un hombre casi viejo, ella una mujer casi joven. Los separan 15 años que ahora se notan. No obstante, el cuerpo de él sigue despertándole ternura, aunque no sería reticente con alguien más joven. Tiene alguna oportunidad y la aprovecha, pero sale de la aventura sintiéndose mal. “En realidad, piensa, ese muchacho debe de tener la edad de mi hijo”.

A veces recuerda los abrazos del amante bajo los puentes de Madison. Otras, la cría de mamut. Un día recibe una carta, es de sus hijos. “Querida mamá, le dicen, ya somos mayores, nos gustaría verte. No te guardamos rencor, sólo queremos hablarte de nuestro padre. Mi hermano y yo nos preguntamos cómo, en un hombre tan sencillo, podía caber tanta pasión. Tú, que lo conociste bien, podrás darnos una respuesta. Te dejó un sobre, que te enviamos”. La mujer despliega el papel donde navega una sola frase: “te querré hasta la muerte”, dice. A partir de entonces sueña con él. A veces se pregunta si ha acertado al bajarse del coche en aquella mañana lluviosa. Cuando el dilema la punza trata de espantarlo, como si fuera una mosca.

COMMENTS ( 45 )
  1. Anonymous   REPLYme encanto el cuento!! que bueno, coincido con vos, en que ese hubiera sido el otro final de la pelicula,
    demostras la manera en que uno puede dar vuelta una realidad adversa (el final de la pelicula real) mediante el ejercicio de la literatura (donde todo absolutamente todo puede pasar!!) pero que al final el director de la pelicula tenia razon…como que la realidad no se puede torcer por mas artilugios artisticos que se utilicen
    al fin y al cabo demostras tambien que en cuanto al amor, los “imposibles” son mucho mas atractivos, como lo es el imaginar “que hubiera pasado si…”, lo que hubiera pasado, segun tu cuento, es eso, que ahora el marido era el “imposible” y ella añora esa vida perdida…
  2. lucia t   REPLYel fotografo es viejo…ella se aburre…el marido es un heroe perdido, los hijos son unas maravillas que esperan y comprenden…y todo eso se lo pierde la protagonista! c omo en el cine lo pierde al fotografo…
  3. julieta   REPLYO sea, que siempre se pierde algo, ¿o es que lo romántico se basa en la pérdida? Lo que dice el cuento es que todo lo que se consigue termina aburriendo o cansando un poco…
  4. María   REPLYA mi me parece que la versiòn pasional es màs “de occidente”, por cada 10 textos sobre el amor imposible, difìcil, fracasado o terminado aparece uno sobre el amor feliz. ¿Alguien puede mandarme títulos de cuentos o novelas que narren la felicidad en la pareja? Propongo una bibliografía interesante: “El amor y Ocidente” de Denis de Rougemont. Ed Sur, Buenos Aires,1959. El texto origilal es de Librairie Plon, Parìs 1939.
    El autor sostiene que el hecho de que aparezcan más romances frustrados que felices viene desde Tristàn e Isolda, y que los que hablan del amor logrado en la pareja son los orientales. Es un tema muy interesante, la verdad…
  5. Clara Obligado   REPLYSe me ocurren dos ejemplos. Uno es “El beso”, de Chejov, donde el amor romántico alimenta una vida… pero en la imaginación. El no ser real (o no ser cotidiano) es el precio que el personaje paga por arder en ese sentimiento. Y otro ejemplo es un cuento que acabo de leer, de Alice Munro, “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”. Es un cuento de amor feliz, aunque la idea de Munro sobre la felicidad en el amor y cómo se llega a ella no deja de ser curiosa. En todo caso,no es nada “romántica”, en el estilo de los Puentes de Madison…
  6. Ani Shua   REPLY¡Clara, qué emoción y qué dolor! Tu cuento me gustó muchísimo. Mientras lo leí, me olvidé que lo habías escrito vos, me olvidé que alguien lo había escrito. Sólo quería saber qué le había pasado a esa mujer. ¡Y eso que no vi los Puentes de Madison! Así que no hay salida. No importa lo que hagamos, siempre vamos a lamentar lo que no hicimos. Eso es más que ser mujer: es ser humano.
    En el largo plazo el romanticismo no funciona, no alcanza. Está bien para un rato, es perfecto en los amores truncos. Sobre ese tema hay un cuento de Maupassant maravilloso que se llama “Una Pasión”
    Seguro que el pobre fotógrafo tampoco se sentía tan feliz. Tristeza nao tein fim. Pero ves? Estoy hablando de los personajes como si fueran gente. Prueba de la calidad del cuento.
  7. Ani Shua   REPLY¡Clara, qué emoción y qué dolor! Tu cuento me gustó muchísimo. Mientras lo leí, me olvidé que lo habías escrito vos, me olvidé que alguien lo había escrito. Sólo quería saber qué le había pasado a esa mujer. ¡Y eso que no vi los Puentes de Madison! Así que no hay salida. No importa lo que hagamos, siempre vamos a lamentar lo que no hicimos. Eso es más que ser mujer: es ser humano.
    En el largo plazo el romanticismo no funciona, no alcanza. Está bien para un rato, es perfecto en los amores truncos. Sobre ese tema hay un cuento de Maupassant maravilloso que se llama “Una Pasión”
    Seguro que el pobre fotógrafo tampoco se sentía tan feliz. Tristeza nao tein fim. Pero ves? Estoy hablando de los personajes como si fueran gente. Prueba de la calidad del cuento.
  8. Raul Brasca   REPLYClara, es un cuento hermoso y muy bueno esde todo punto de vista. Tiene una estructura ceñida y un muy hondo conocimiento del personaje que se cuenta. Me gustó muchísimo. Y no tengo nada que discutir sobre hombres y mujeres (como me propones), nosotros somos buenísimos y sensatos; ustedes buenísimas y volubles, soñadoras, imposibles de conformar permanentemente porque idealizan todo y fatalmente terminan decepcionándose de uno. Ah, además pretenden que nosotros las adivinemos. Por lo menos, es lo que pasa en el amor romántico. Reconozco que las chicas de hoy han mitigado un poco esas tendencias. Felicitaciones por el cuento.
  9. patro   REPLYEs un cuento lleno de fuerza, Clara, me gusta la imagen de la cría de mamut, a veces algo del mundo real, con lo que nos topamos de pronto y por pura casualidad, nos devuelve una imagen exacta de quiénes somos, de las partes que duelen como si estuvieran congeladas y alguien les aplicara bruscamente calor.
    Un abrazo, Patro.
  10. Manuel   REPLYAunque ya te dije, Clarita, que los sentimientos del final no se espantan como una mosca, y tú me contestaste que sí, por persistencia e incomodidad, insisto en que Meryl está ya cansada de Clint y muy jodida porque no conoce a los nietos y no sabe cómo comunicárselo a los hijos, cansada ya de preparar las maletas para el siguiente viaje con el fotógrafo de las narices. Ella, por edad, ya sabía que estaba eligiendo pasión frente a rutina y aburrimiento, aliados en la lucha, sempiterna también, contra la soledad. Meryl está psicológicamente más débil en el final de tu cuento de lo que te piensas, querida, así que el sentimiento lo espantó como si fuese una apisonadora…, y tuvo dificultades para conseguirlo.
  11. Clara   REPLYBienvenido, Manuel, a la tertulia. En esta historia yo estoy del lado del marido, que al final de la película, y también del cuento, demuestra que también él, con su carga de rutina, es capaz de sentir pasión. Y que la rutina compartida es tal vez, también, una forma de la pasión. A mi me gusta ese hombre bueno, como me gustan en general todos los hombres buenos, me parece que bondad e inteligencia son dos cosas que siempre van juntas. ¿Y cómo vas a espantar un sentimiento con una apisonadora? Aplastarlo, dirás…
  12. Isabel González   REPLY¡Cuántas veces he rememorado esta escena, Clara! Me parece muy valiente armar un cuento con el otro final que todos hemos imaginado. Y me encantó. Me encanta el mamut y me encanta la mosca. Son los dos animales principales y por lo tanto han de estar relacionados. El mamut es el gran dolor que sobreviene cuando el marido está todavía vivo y ella puede dar marcha atrás. Ese dolor es gigante y no puede espantarse. La mosca acude al cadáver del mamut descongelado cuando todo el dolor ha salido a la luz. El granjero ha muerto y ella ya no puede dar marcha atrás. Sus hijos son mayores. El dolor es más ‘punzante’ pero más llevadero y puede espantarlo, ya lo creo que sí, como una mosca.
    El cuento de amor logrado más hermoso que he leído últimamente es un micro de Shua que se llama ‘El circo de mis sueños’. Otra historia de amor logrado a pesar de las dificultades es la que aparece en la novela ‘El hombre del traje gris’ de Sloan Wilson.
    A mí también me gustan los hombres buenos, pero sin peto vaquero por favor.
  13. Clara   REPLYIsabel, si te apetece, y aprovechando que es una minificción, podrías copiar para nosotros el cuento de Ani Shua, así ampliamos el debate… Gracias por tus comentarios y espero leer pronto algo tuyo…
  14. Isabel González   REPLYAquí va el cuento de Ani Shua:EL CIRCO DE MIS SUEÑOS
    No hay payasos borrachos ni ecuyeres, no está el domador ni los sumisos tigres, no hay gitano con oso bailarín, no hay tirador de cuchillos con ‘partenaire’ puro coraje, no hay acróbatas, ni trapecistas, ni vendedores de golosinas, ni malabaristas, no están los enanos, no hay carpa, ni banderines, ni delicados elefantes, ni mago de veloces dedos. Pero estamos vos y yo. Y nos aplauden.¿No es una maravilla?P.D: Ojalá, Clara.
  15. carola   REPLYY me pregunto: ¿Tampoco a su amante puede revelarle la necesidad de contactar con su vida pasada, sus hijos, su famila..? AAgg, me digo, algo hay ahí que esta autora endiablada no nos quiere contar… Porque es obvio que, si bien en este relato la sociedad no parece castigar a nuestra prota “adúltera”, ella tiene que bajarse de coches casi en marcha, ocultar su rastro, sus emociones al amante, a los hijos, a la madre, incluso a sí misma… Este relato es un fantástico mapa biográfico-emocional de una mujer que tiene que mantener en secreto su ansia por vivir plenamente. Y lo logra. Sin embargo, hay algo muy duro que no cesa de golpear a esta humilde lectora: un gusto amargo, triste… ¿Por qué me recuerda tanto a Ana Karenina? Es, creo, sospecho, el dolor que produce la clandestinidad. Aún hoy, para las mujeres, la libertad tiene un precio demasiado alto.
  16. Clara   REPLYSi lo pensamos desde ese ángulo el cuento dice que no hay que subirse a coches que otros conducen porque te llevan hacia donde ellos quieren, o en la dirección en la que avanzaban, que puede no ser la propia. En realidad la protagonista, en los dos casos, se enamora de propuestas ajenas, para mi ese es el error, o la tragedia. Me gusta mucho la imagen de la película, que es la que todos recordamos, y que señala la necesidad de bajarse de un coche para subirse a otro. Ninguno de los dos lo conduce ella… Sí, un poco Karenina la cosa, me gusta mucho la idea, la tragedia de poner la vida propia vida en manos de otro…
  17. Rafael   REPLYHola:
    Sólo vi la pelicula y me encantó.En cuanto a las cosas que decis aqui, me gustaria manifestar mi opinion,y es que como alguien dice, todo lo que se consigue, muere. Vamos, que no estamos contentos con lo que tenemos y parece ser que la aventura es lo que nos motiva.Porque nacemos libres, pero luego nos encantan las cadenas- la novia, el perro, la hipoteca, ser madre -y a todo esto nos atamos de por vida. Me pregunto si no seria mejor que mandasemos a freir esparragos la idea de la casa confortable y el cochecito, y nos convirtieramos en una especie de Crusoes, y asi corretear libres y desnudos…que os parece?
    El cuento me gustó. Felicidades.
    Un saludo a todos.
    Rafael Prieto Q.
  18. carola   REPLYEs el negativo de Ana Karenina: el deprecio y el castigo que recibe Ana versus la indiferencia total aparente o “Laisser faire” gélido como la cría de mamut. Nadie le echa nada en cara pero está aislada realmente del mundo emocional de los demás… es como una agresividad pasiva, un ser políticamente correcto… sin embargo esta mujer respira un dolor muy hondo, que si bien no llega al extremo de la deseperación y muerte voluntaria de Ana, roza ese campo emocional. En fin, sí, son los projectos de otros a los que se une, se baja de coches que ella no conduce… pero tiene las narices de bajarse, la fuerza de cambiar su propio rumbo, aunque la historia se repita con un amante al que ha de ocultar sus inquietudes intimas.. En fin, gran cuento.
  19. Clara   REPLYGracias por tus comentarios, Rafael, y bienvenido. Sí, es cierto, lo que se consigue, cansa. Hay una imagen de Malraux en “La condición humana”, una novela que ya muy pocos leen, que te puede gustar. Dice que la vida es como una manzana que cae por una pendiente. La condición humana es correr tras ella, sabiendo que nunca la vamos a alcanzar. También nos cansaríamos de nuestro estado salvaje, según esto, de andar desnudos y de alimentarnos con frutos del bosque. Aunque es cierto que la disconformidad también nos mueve, nos hace buscar.
  20. Clara   REPLYsí, Carola, el cuento tiene algo de tragedia griega. Cometido el error (vivir la vida de otro), no queda más que el castigo. Hay libertad para optar, en el cuento señala también la posibilidad de haberse quedado en Italia, por ejemplo, sin seguir a nadie, ¿por qué no?
    Claro que ese castigo que se desencadena es interior, no como en la tragedia, pero el personaje no puede escapar de él, la diosa Até está suelta… O sea, llegado un momento, toda jugada es mala. Pero no es un cuento ético, no pretende enseñar nada, simplemente muestra algo, un estupor.
  21. Pies descalzos y Arena en los bolsillos   REPLYA menudo idealizamos el amor. Con el tiempo observamos a nuestro alrededor y cuando descubrimos que hemos caido en la monotonía en vez de intentarlo y de recuperar la magia acabamos por lanzar nuestras alas rumbo a lo desconocido.Con esta historia nos pasa lo mismo. Francesca abandona su tierra en pos de un hombre al que ama, se establece y con el tiempo que te dan los años, su matrimonio cae en la monotonía.
    En el momento adecuado, en ese instante en el que se piensa que cualquier acontecimiento tiene que pasar porque está escrito de antemano, aparece un desconocido que trae nuevos aires, un hombre capaz de alejarla de la rutina en la que convertido su vida.Cuando llega el momento decide respirar esa brisa fresca, sin explicaciones, sin excusas; sólo toma ése nuevo rumbo, tal vez con la misma intensidad que cuando decidió irse con el soldado, con su futuro marido.¿qué si se arrepiente? de nada sirve porque ya no puede dar marcha atrás, no puede recuperar lo que tenía pues el héroe ha fallecido diciendola que la querrá hasta la muerte, como así ha sido.En mi opinión todos, alguna vez en la vida, nos encontramos con la tesitura de lanzarnos a un precipio pensando que nuestras alas remontarán el vuelo. Francesca lo tenía todo pero en ese momento de su vida no era suficiente y sólo se da cuenta cuando ya no le queda nada. No todas las decisiones son acertadas y por supuesto no con todas puedes dar marcha atrás. Ella tenía a un hombre bueno que la amaba, pero no se conformó sólo con él…En fin Clara, me encanta tu indicación a descubrir el blog del taller…Nos vemos pronto en clase, Anabel.
  22. Clara   REPLYBienvenida al blog, Anabel, espero que estés por aquí muchas veces para conversar de literatura… Y sí, la tuya es una lectura interesante del cuento… ¿Tenemos que valorar lo que tenemos y no ir más allá?
  23. Pies descalzos y Arena en los bolsillos   REPLYClara,Si, tenemos que valorar lo que tenemos y considerar la posibilidad de equivocarnos al tomar la decisión de ir más allá. ¿Y si nuestro inconformismo sólo es cuestión de una rutina pasajera? ¿Y si en realidad lo nuevo al final resulta que es también pasajero? Bien cierto es que nunca hay que optar por resignarnos con lo que tenemos si la visión del futuro se aprecia fascinante. La resignación no conduce a ningún sitio, sólo a más rutina.Francesca debería tomar las riendas de su vida y no ser conducida por nadie a un futuro incierto, si bien es cierto que ella demuestra decisión al bajarse de un coche sólo es para ser conducida en otro y por otro. Al final se demuestra que ella en su andadura por su nuevo futuro, camina a veces mirando hacia atrás y es que lo que dejó, era sólo rutina, rutina y amor. Y esos pasos la han llevado demasiado lejos, tanto que ya no puede desandar lo andado.Besos Clara,
    Anabel.
  24. evohe   REPLYA mí, que los puentes de Madison siempre me pareció un poco ñoña y la peor de las pelis dirigidas por el grandísimo Clint Eastwood, capaz de azotar con saña en la esencia de la sociedad,(no he leído el libro), me gusta mucho la versión Clara, aunque en mi visión ella no viviera la vida de él, sino su propia vida con la pasión, quizá hasta la destrucción… en fin, otro modelo, más salvaje. Por lo demás, referente a tu final, Clara,creo que todos, especialmente las mujeres, nos arrepentimos en la vida de lo que no nos atrevimos a hacer, no de lo que hicimos mal…
    Carmen Peire
  25. Hipólito   REPLYEstoy con Carmen Peire, Clara. Esa película siempre me pareció también un poco ñoña. Me gusta mucho más tu cuento, sobre todo por el regreso a Italia. Regresar no tanto a esa granja americana sino a un tiempo todavía anterior. A mí me encanta fantasear con los caminos no tomados, con mis otras vidas no vividas. A todos nos pasa, ¿no? Pero también me gusta conducir mi propio coche, eso sí. Qué buenísima observación la tuya, chiquilla…
    Poli
  26. Clara   REPLYPoli y Carmen, he de reconocer que a mi las películas y las novelas románticas me encantan porque pienso que el amor no es un tema menor. Normalmente respetamos más temas del acerbo de lo masculino, como el valor, la lucha, la venganza, la conquista. Incluso el fracaso, gran tema literario. ¿Por qué el amor no? ¿Por qué se lo considera “cursi”? A mi no me parece una película ñoña, el final si lo es, un bodrio, y los hijos, no sé. Pero la historia en sí me encanta, creo que es un universal, eso de tener que elegir… Y las otras vidas, claro, las otras vidas posibles…
  27. evohe   REPLYQuerida Clara: permíteme disentir y aclarar cosas que estás uniendo y que creo, no he dicho y creo que Poli tampoco. ¿Es el amor un tema menor? en absoluto. Las historias de amor son universales, pero pueden ser tratadas desde la ñoñez, desde un punto de visto ñoño. Hay películas y novelas románticas que no son ñoñas ni cursis. Pongo un ejemplo: ¿es madame Bovary una rnovela romántica? Sí. ¿Es ñoña? ¡¡En absoluto!! El amor como tema universal se puede tratar desde diferentes puntos de vista. Me viene a la cabeza una novelita de Elisabeth Von Arnim, que he recomendado, Sr. Skeffington. Trata una historia de amor, de una mujer que no soporta que su marido le haya puesto los cuernos y se separa de él. Intenta llevar una vida alocada, todo esto en la Europa de entreguerras, donde la frivolidad en la forma de vida se da la mano con la ascensión del nazismo. Es una historia de amor,al final ella regresa con el marido, está llena de ironía y el final hiela la sangre.
    Alice Munro, último descubrimiento, escribe historias de amor y desamor. ¿Es ñoña? ¡¡Para nada!!
    Una vez aclarado todo esto, me reafirmo en lo dicho: los puentes de Madison siempre me pareció un poco ñoña, ¡qué se le va a hacer!. Prefiero quedarme con Million Dolar Baby, del mismo director, historia de amor y canto a la amistad, donde una mujer, sola, despreciada por su familia, con un trabajo de mierda, decide redimirse con el arte del boxeo (metáfora, lease aquí literatura, pintura, música) Al principio se lo niegan, porque es ya mayor para eso y si hubiera tenido talento se hubiera descubierto antes (seguimos con la metáfora), pero ella, erre que erre hasta conseguirlo. Al final gana y pierde, por las pérfidas artes de una contrincante. muere ayudada por Eastwood que la desconecta. Entre medias, en la peli, puyazos contra la iglesia, la hipocresía familiar,social…soy mas de ese estilo.
    Besitos y hasta otra
    Carmen Peire
  28. Clara   REPLYchica dura, Carmen, chica dura. Lo que pasa es que a mi siempre me han gustado las historias de princesas, los libros de la Condesa de Segur, los zapatos con brillo y la ropa de seda. Por suerte, se me nota poco…
  29. evohe   REPLYPueda ser, Clara, pero tu cuento no es ñoño, es mucho mejor, expresé mi claro favoritismo por él ¿o no te habías dado cuenta? O sea, que te gusta el fru fru, pero menos…
    Carmencita Peire
  30. evohe   REPLYPueda ser, Clara, pero tu cuento no es ñoño, es mucho mejor, expresé mi claro favoritismo por él ¿o no te habías dado cuenta? O sea, que te gusta el fru fru, pero menos de lo que dices…
    Carmencita Peire
  31. Anonymous   REPLYClara un placer comentarte. Tu cuento delicioso, el porqué no lo sé, pero desde el momento que cambiastes el final sabía que sería un final triste igual que lo fue el primero. ¿Debemos deducir que estamos abocados a desilusionarnos? ¿Qué entendemos por realización/felicidad?.
    Un beso aunque ya no te disfrute de cerca.
    ROSA.
  32. Clara Obligado   REPLYRosa, gracias por tu comentario. No sé qué debemos deducir del cuento, en todo caso la pobre Francesca no sabe elegir demasiado bien, o posicionarse bien. O tal vez, como dice Doris Lessing, no estamos en el mundo para ser felices, la felicidad es un estado pasajero que hay que disfrutar cuando está…
  33. María Sainz   REPLYHola Clara, acabo de descubrir el blog.
    No se si leerás este comentario que ya parece que trata de un tema antiguo.
    Tanto Los puentes de Madison como tu final me sugieren algo: cuando tomas una decisión siempre pierdes la otra posibilidad.
    Entonces viene otra decisión: vivir plenamente la opción que has elegido o pasar el tiempo pensando cómo sería si te hubieras encaminado en la otra dirección.
    Me parece que Francesca toma la segunda decisión en ambos finales.
    Creo que esta es una lección de vida.
    Un beso
  34. Clara   REPLYGracias, María, por apuntarte al blog. Y sí, tienes razón, aunque bien es cierto que la pobre Francesca lo tiene difícil. El cuento reflexiona sobre la pasión, que es un tema que tiene múltiples miradas, y en particular sobre la pasión femenina. La verdad es que nos podríamos pasar horas dándole vueltas al tema, a mi me resulta muy interesante…
  35. amiga de yolanda y alberto   REPLYEste comentario ha sido eliminado por el autor.
  36. cecilia   REPLYEste comentario ha sido eliminado por el autor.
  37. cecilia   REPLYMe gusta mucho la peli, pese a que algunos la traten de ñoña. Yo no lo creo, es tierna, real y toca “la fibra”. La mayoría nos quedamos con ganas de que se suba a ese coche, como tú escribes. Me encanta tu cuento, además de estar muy bien narrado, desarrolla esa fantasía que tenemos de lo que hubiera podido ser. Me recuerda a “Las otras vidas”, de Clara Obligado. Creo que está en todos ese “qué hubiera pasado si…” y ahí radica el interés de tu cuento, para mi. En realidad, el inconformismo ¿no?
  38. Clara   REPLYGracias, Cecilia, qué bien tenerte por aquí. Sí, el inconformismo, o ese bendito “nada es perfecto” que siempre nos persigue, el famoso “¿qué hubiera pasado si…?” Es cierto, yo dediqué todo mi libro de cuentos a este tema y no es raro, porque como soy extranjera clausuré toda una etapa de mi vida para elegir otra, es una sensación que me acompaña siempre. Qué cosa, el ser humano, ¿no?
  39. María   REPLYHola Cecilia: “què hubiera pasado si…”Borges trabaja en “El jardìn de senderos que se bifurcan”, que todo de alguna manera pasa…en un nivel u otro…èl imagina una historia donde suceden los contrarios….fantàstica, claro.
  40. terelusi   REPLY¡Hola Clara! finalmente acepte tu sugerencia…Te repito mi pensamiento ¡cuantos habremos lagrimeado al final de la peli, cuando ella no se va con el!
    Mas alla de pensar si era o no lo correcto…¡solo porque no parecia, en ese momento haber triunfado ese amor-pasion! Pero es el eterno dilema de muchas mujeres,(por lo menos de las de mi generacion de 50 y tantos)entre lo que deberiamos hacer y lo que quisieramos hacer…En la peli, Francesca se anima a vivir ese momento, algo distinto en su rutinaria vida, y que seguro atesorara para siempre…
    Y por otro lado,tu cuento, donde triunfa ese amor…Tiene la vida que siempre soño,una vida de aventuras, pero… nos deja (por lo menos a mi ) un sabor amargo al final; a pesar de haber seguido los deseos de su corazon,no parece completamente feliz.
    Que se yo,creo que en estas cuestiones romanticas,las mujeres somos dificiles de conformar…y un poco… ¿indecisas? Cariños
  41. Manuel   REPLYVaya temporadita que me estais dando. Llevo todo el verano con el destornillador ajustando el mando interior de la puerta del coche. Aflojando cuando se acerca la que podría ser mi amante…., apretando cuando está dentro mi mujer por si algún sospechoso se pone delante…´,jolines…, y siempre con la sensación de que no está bien la pastelera palanca.
  42. Anonymous   REPLYHola, Teresa, bienvenida. Se me ocurre, al hilo de tu comentario, pensar en esa frase de Doris Lessing que dice que la felicidad no es un estado del ser humano, sino un instante. En todo caso, esperar toda la felicidad de una pareja no parece ser demasiado razonable, ¿no?
  43. Clara   REPLYHola, Manuel, me encanta tu comentario. Es que los que sois parte de la nueva masculinidad estáis un poco confusos, ¿no? Claro que es la actitud más valiente, la de reconocerse perdido. Cuando decidas qué hacer con esa puerta me lo cuentas, me muero de intriga.
  44. Anonymous   REPLYClara, es un cuento interesante y perfecto. De lo que se trata, entonces, es de guardar siempre una ilusión, estar siempre en otro sitio. Mantener un deseo insatisfecho. Es lo que se dice del deseo femenino. Pero, ¿porqué no se le ocurre a la buena mujer estudiar una carrera o matricularse en un taller de escritura? ¡Ay!, esa manía de delegar nuestra felicidad en los hombres.
  45. Clara Obligado   REPLYsí, es un pésimo negocio. En todo caso, siempre lo es delegar la felicidad en algo que no dependa de nosotros mismos…
  46. https://escrituracreativa.com/sin-categoria/sobre-el-amor-762/#comments
Cine Para Crecer: Los Puentes de Madison

Agujero negro de José maría Merino

El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

Descifran la carta de amor de un hijo a su madre de una botella ...

Comentario al cuento el «beso» de Chejov

El beso de Chejov

https://wordpress.com/view/sendero.blog

El beso de Chejov comentario

Considerado uno de los relatos más representativos de Antón Chejóv, trata sobre Riabovich, un hombre tímido con dificultades para socializar y su pequeña «aventura» personal. Y digo «aventura» entre comillas, pues a partir de una nimiedad y un acto accidental y posiblemente sin relevancia, para él supuso toda una tormenta de emociones. Perdido en la casa de los Rabbek, una mujer lo confundió en la oscuridad y lo besó en la mejilla. A causa de su timidez, nunca había estado tan cerca de una mujer y tal acto le provocó turbación y confusión. Inmediatamente de aquello, al salir de la habitación, se sentía armado de nuevas emociones e incluso interés en lo que le rodeaba, incluso las mujeres, y se imaginaba cual de aquellas mujeres de la sala le había besado.

Normalmente, una persona habría reaccionado entendiendo que ha sido un error, y que la mujer posiblemente ni le viera la cara para reconocerlo posteriormente, pero Riabovich le ocurre lo contrario. Se «enamora» de ese momento, le da mil vueltas, lo repasa, se imagina a la mujer que le besó, dándole la misma importancia a que si fuera algo realmente relevante en su vida, cuando en realidad solo fue un accidente, un golpe de fortuna que no repercute en su vida en forma alguna, ni en su pasado, ni en su futuro. Un caso puntual. Pero él se va a dormir feliz y pasa los siguientes meses pensando en volver a casa de los Rabbek a ver a su «amada», cosa que no tiene ninguna parte racional. Atesora ese recuerdo y sueña con un posible futuro. Se ilusiona.

Cuando lo cuenta a sus camaradas, ellos, como es lógico, lo escuchan como una anécdota cualquiera, y cuentan las suyas propias, como algo trivial. Riabovich, al ver que sus compañeros no le daban importancia ni les parecía ni romántico ni nada del estilo (sino lo que es, algo trivial), se ofende, como si no mostraran el suficiente respeto por aquella historia ni a «ella». Esto carece de toda lógica, claro está, pero para Riabovich y su imaginación, ellos no eran capaces de alcanzar a entender de lo «romántico» y «bello» de aquella historia.

Cuando vuelven a donde viven los Rabbek, Riabovich arde en deseos que les invitan a la casa para verla a «ella», y pasa el día entero, hasta la noche, sin que los avisen. Esa noche se quedó pensativo y se dio cuenta de lo ridículo de todo eso, se da cuenta de su pequeña «locura» y regresa a la izba dispuesto a dormir, cuando le informan que finalmente se acercó la caballería de los Rabbek a invitarles a pernoctar. Riabovich, ante esto, el pecho se le encendió enseguida, pero seguidamente lo apagó y se fue a dormir. Se dio cuenta de que solo aumentaría su obsesión e ilusiones por algo que realmente no existe.

Con este relato Chejov nos muestra cómo el alma humana puede verse afectada por un pequeño momento trivial, pero que nos puede marcar, según la importancia que le demos. ¿Debería haber seguido Riabovich con la ilusión, ir a la casa, y seguir en busca de «su amada»? Reconozcamos que  eso solo ocurre en las películas y en los libros, pero no en la vida real. Riabovich hizo lo que cualquier hombre en su sano juicio haría, «quitarse de tonterías» y olvidarse del tema. ¿Pero vale la pena avivar las ilusiones por algo imposible, e incluso irreal? Riabovich simplemente soñaba con tener a una mujer a la que amar. ¿Tan ridículo hubiera sido ir a la casa por segunda vez y seguir avivando la llama, quizás con un final inesperado? El relato en parte nos muestra que sí, pues a medida que se describen las ilusiones de Riabovich y sus imaginaciones de futuro, se muestran de forma un tanto ridícula, y hasta paranoica. ¿Son las ilusiones humanas nimiedades en su fondo? De ahí que nos haga pensar Anton Chejov con este magnífico relato.

Anton Chéjov: biografía y obra - AlohaCriticón

Venganza de Ana María Caillet Bois


—Te lo advertí, soy una mujer muy celosa.
—Me enamoré perdidamente de Manuela, no puedo vivir sin
ella.
—Yo no puedo vivir sin vos.
Lentamente, Francisca fue levantando una a una las maderas del
piso, alzó la cabeza, miró a Alexis y vio el espanto dibujado en la cara
del hombre cuando lo dejó caer al vacío rumbo a la nada.

Ana María Caillet Bois. Escritora Argentina Vive en
Córdoba Capital. Ganadora de varios premios entre ellos el Premio
Municipalidad de Córdoba paras Autores Inéditos 2003. En el año
2007 presentó el libro Café para Dos junto al escritor Gilberto Grillo
que cuenta con el beneplácito de La Legislatura de la Provincia de
Córdoba y en el año 2011 presentó el libro Pequeñas Historias, editado
por Editorial Argos, Córdoba
.

Si te reclaman por tus celos, recuérdales a esta mujer que golpeó ...

El malentendido de Mónica Brasca

Las instrucciones eran precisas: la casa debía estar siempre reluciente y con todo en su lugar.
Eso fue lo que Rogelia trató de explicar cuando le tomaron declaración.Pero no encontró las palabras. O no le creyeron que fue por cumplir con su trabajo que se apuró a limpiar la sangre del sofá recién tapizado y a echar a la basura los papeles rotos, desparramados en el piso. Que le sacó el revólver de la mano a la señora, lo puso sobre la mesita de mármol, y recién después de que el living estuvo limpio llamó al señor. Porque a la patrona no le hubiera gustado que la encontraran así, sucia, tirada en el suelo en medio del desorden.

Los policías hablaron de escena del crimen alterada, de huellas dactilares en el arma homicida.
El marido dijo que no existían motivos para que su mujer hiciera algo semejante.
El abogado aseguró que Rogelia sí los tenía.

Por eso ahora está presa. Ocho años —dictaminó el juez— que pueden ser menos por buena conducta.
Pero si ella se portaba bien… Ella tenía todo siempre impecable.

Señora De La Limpieza En El Pasillo Del Hotel Con El Aspirador ...

Mónica Brasca. Nació en Rafaela, Santa Fe, Argentina,
en 1957. Es cuentista y traductora de inglés y portugués. Sus
minificciones han obtenido premios e integran antologías nacionales e
internacionales. Desde 2012 participa en el taller Marina, de Ficticia,
dirigido por el escritor mexicano Alfonso Pedraza. Tiene inédito el
libro de cuentos El camino de regreso. Actualmente vive en la ciudad de
Santa Fe


O dispara usted o disparo yo. Brevillia.