Ya dile de Irma Balderas Arrieta


Papá prende el cuarto o quinto cigarrillo, no sé, ya perdí la cuenta. Nos abraza la niebla en el bosque.
Quiero contarle que sí tengo pareja, que no quiero que me siga ridiculizando frente a sus amistades o en las bodas. Dice que quiere nietos antes que lo mate el enfisema. Me paro con la intención de decírselo pero él no parece darse cuenta, o si se da cuenta no le importa. Sigue caminando, en una mano lleva el cigarro y en la otra una vara que levantó en el sendero.

Lo alcanzo, pero ahora él es quien se para de tajo y me encara.

—Ya agarra una mujer, aunque sea de segunda mano, quiero decir, pues, con hijos.
La sangre caliente está a punto de reventarme las mejillas, quiero aventar la bufanda, pero voy decidido.
Las palabras de Efrén suenan recio en mi cabeza “ya dile, ya dile”. Agarro fuerza y aclaro la garganta.

—No me vayas a salir como el hijo de los Benítez, que dizque andaba en África aplicando vacunas y resultó que vivía en Minneapolis con otro puto.

Me desarma otra vez. De forma inconsciente tomo la postura que siempre intentó corregirme, siento hincharse mi corazón empujando el tórax con fuerza.

—¡Si yo fuera su padre ya le habría descargado el revólver en el culo! Discúlpame, hijo —se dirige a mí
apuntándome con la vara—, ¿ibas a decirme algo?
Camino varios pasos adelante, no quiero que me vea llorar.


Irma Balderas Arrieta

(Huitzila. Tizayuca, Hidalgo). Fue becaria del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo. Ha impartido talleres de creación literaria con población infantil y adolescente en su estado natal. Coautora de Líneas de vida, Una puerta al ayer (Elementum, 2019).

Para conocerla más una entrevista en esta dirección: https://www.facebook.com/watch/?v=1025435904249232

Panel regional – Villa de Tezontepec | Secretaría de Cultura

Siesta desapacible de Clara Gonorowsky

Clara Gonorowsky. Finalista en diferentes concursos
realizados por las editoriales Diversidad Literaria, Letras con Arte,
Letras como Espada, en España; Mis escritos, Bruma ediciones,
Editorial Dunken, Argentina; SALAC, Córdoba. Textos publicados:
«Ficciones en familia», «Entre cuentos y poemas», «Desafíos»,
«Acrobacias», antología colectiva de Taller de escritura, «Obrador»,
antología colectiva de Taller de Escitura y «Chiquilladas», antología
ilustrada de poesías infantiles. Colaboradora en la Revista de Cartagena
Letras de Parnaso.

Clara Gonorowsky - Argentina | Perfil profesional | LinkedIn

Le gustaba dormir la siesta bajo la acacia. La tenue transparencia que dejaba pasar algunos rayos de sol, atemperaba su carácter irascible y misántropo pero había algo que perturbaba el ritual, se sentía observado desde detrás de la tapia, una mirada invasiva. Un día, escondió entre su ropa el revólver y simuló dormir. Con los ojos entrecerrados divisó unos grandes faros negros debajo de un flequillo. Al instante disparó un tiro certero en la frente.
Se dio vuelta y se durmió. Así cada uno encontró la paz, a su manera.

O dispara usted o disparo yo. Selección por Lilian elphick

Epitafio de Begoña

“Hoy dices de mi lo que mañana dirán de ti. Ha muerto.” En la puerta del
cementerio de las Calzadas de Mallona en el barrio bilbaíno de Begoña.

Comentario a «perdiendo velocidad» de Samanta Schweblin por David Núñez

Ganadora del Premio Casa de las Américas, en 2008, por su estupendo conjunto de relatos Pájaros en la boca, y elegida entre los mejores 22 narradores jóvenes en español por la influyente revista británica Granta, la escritora argentina Samanta Schweblin (1978) ha logrado, a punta de historias refinadamente perturbadoras, convertirse en una de las narradores más inquietantes y originales del siempre exigente medio literario trasandino.

En uno de sus textos más breves y concisos, Perdiendo velocidad, la autora argentina delinea la figura de dos solitarios artistas circenses venidos a menos y que de pronto se encuentran ante la obligación de tomar consciencia respecto a la inevitable pérdida del pintoresco talento que un día hizo a la multitud rendirse ante sus pies. El atractivo de la narración es que el texto también puede leerse como el abismo al que eventualmente se enfrenta todo artista en algún momento de su vida: la confirmación de una llama que empieza poco a poco a extinguirse, y ante la cual no cabe otra alternativa más que sentarse a esperar un desenlace tan cruel como fulminante, y que en palabras de Tego, uno de los protagonistas del relato, sucede cuando “uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer.”

Con un estilo preciso y carente de adornos, la prosa de Schweblin clava, de este modo, un certero puñal en el ego del artista contemporáneo, haciendo emerger, en un abrir y cerrar de ojos, la permanente fragilidad a la que todos estamos expuestos.

Picture
http://www.eucaliptica.com/eordm-presenta/perdiendo-velocidad-samanta-schweblin

Perdiendo velocidad de Samanta Schweblin

Este es un cuento breve y desolador de Samanta Schweblin (1978), narradora argentina y una de las escritoras más celebradas, traducidas y premiadas de nuestro tiempo. En este año en que las autoras latinoamericanas se han destacado enormemente, su libro más reciente es la novela Kentukis (2018), pero Schweblin se dio a conocer en especial por sus colecciones de cuento. De la segunda de ellas: Pájaros en la boca (2009, ganadora del Premio Casa de las Américas), proviene este relato de vida cotidiana y decadencia, que ha aparecido en diversas antologías virtuales (pero no había llegado a ésta).

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Tardó en sacar la vista de los huevos.

—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.

Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.

—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

Miró los huevos.

—Creo que me estoy por morir.

Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.

Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

—¿Café? —pregunto.

—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

madhuntercollectionblog |
Cuento de Samanta Schweblin: Perdiendo velocidad

Ocho ejercicios fundamentales para empezar a escribir historias

Por Alberto Chimal|22/11/2012|Categorías: CuadernoTaller literario|Etiquetas: Cómo empezar a escribir historiascreatividadCuadernoejercicios creativosejercicios literariosescrituraescritura creativala disciplina de la escriturala tarea del escritorPrograma Nacional de Salas de LecturaTaller literario|49 Comentarios×ACTUALIZACIÓN: EL MANUAL DE ESCRITURA AL QUE SE REFIERE ESTA NOTA YA ESTÁ EN CIRCULACIÓN, Y ADEMÁS PUEDE DESCARGARSE GRATUITAMENTE DESDE ESTA PÁGINA. https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/ocho-ejercicios-fundamentales-para-empezar-a-escribir-historias/

Este año trabajé en el último tramo de la novela La torre y el jardín, en un par más de libros propios que me tuvieron sumamente atareado, y en un proyecto aparte que me parece muy interesante: el escribir un cuaderno para el Programa Nacional de Salas de Lectura, que se propone difundir libros entre ciudadanos de a pie (no especialistas ni académicos); a su vez, éstos los mantienen en sus propios domicilios y los ofrecen a sus comunidades.

La propuesta fue que escribiera un manual de escritura para principiantes: de hecho, para gente que tal vez no sólo se iniciaría en la escritura sino incluso en la lectura. El resultado fue un librito: Cómo empezar a escribir historias, que empezará a circular pronto entre los miembros del programa de Salas de Lectura.

De ese libro dejo aquí un pequeño extracto: ocho ejercicios propuestos para personas que nunca han escrito nada y quieren comenzar a hacerlo. Los dejo para lo que pueda servir.

* * *

Antes de empezar con las cuestiones teóricas –ideas y conceptos que pueden ser útiles para comprender qué sucede cuando se cuenta y se lee una historia–, es conveniente simplemente empezar a contar: ver «qué se siente», en qué consiste la experiencia.

Y una persona que no haya escrito jamás: que no haya tenido aún esa experiencia, puede comenzar aquí mismo. Los que vienen a continuación son ocho ejercicios básicos que se pueden realizar con rapidez y sin ninguna restricción, en papel o en cualquier otro medio del que se disponga. Es recomendable intentarlos antes de seguir adelante.

Ejercicios posteriores en este libro (los del capítulo 3, «El acto de contar») están pensados para discutirse y analizarse. Estos no: no se requiere ningún tipo de evaluación. Basta fijarse en las sugerencias que se ofrecen junto con las instrucciones: su objetivo es que quien empieza a escribir se haga consciente de varios elementos importantes del proceso de contar, que usamos incluso en nuestra vida cotidiana aunque no necesariamente pensemos en ellos.

1. Recordar un suceso importante o interesante de la última semana y contarlo: escribir simple y brevemente qué sucedió, en primera persona («yo hice», «yo dije», etcétera). Hecho el ejercicio, observar que lo escrito muestra casi con seguridad algo que cambió, aunque sea pequeño, en la existencia de quien vivió el hecho.

2. Pedir a otra persona que cuente un suceso importante o interesante. Luego, escribirlo en tercera persona («ella hizo», «él dijo», etcétera). Observar que este es otro modo fundamental de contar: no lo que uno mismo hizo, vivió o presenció, sino las experiencias de otros.

3. Escribir una nueva versión del ejercicio anterior, cambiando de tercera persona a primera persona: contar exactamente los mismos hechos pero modificando la redacción (en vez de «él hizo», «yo hice», por ejemplo). El resultado será un escrito donde alguien que no es quien escribe parece contar su propia historia: un cambio de perspectiva (de punto de vista) de la historia contada previamente.

4. Encontrar un noticia interesante en el periódico, relacionada con personas que no se conozcan. Luego, escribir una versión del suceso desde el punto de vista de alguna de esas personas (en vez de la narración más impersonal que suelen tener las notas periodísticas). ¿Cómo experimentó un robo la víctima del mismo? ¿Qué pensaba una estrella que llegó al estreno de su película? Casi con seguridad será necesario imaginar más de lo que la noticia dice: detalles de la acción, del lugar, de los pensamientos. Este es un paso importante, pues lleva a la creación de personajes.

5. Ver una película y hacer un resumen o sinopsis de la misma, es decir, escribir todos los hechos relevantes que suceden en la historia, del principio hasta el final. Un resumen puede ser mucho más breve que la historia de la que parte y a la vez dar una idea general de la totalidad de ella. (A veces, la palabra sinopsis se emplea para referirse a los resúmenes cortados que se encuentran en cajas de películas o en notas de espectáculos, y que no cuentan el final de las historias; en este caso, es necesario llegar hasta el final para ver esa totalidad.)

6. Escribir en tercera o en primera persona un sueño que se haya tenido. Mientras más extraño el sueño, mejor. No se trata de interpretarlo: simplemente hay que relatar los sucesos raros, y a veces imposibles, que se pueden experimentar cuando se sueña. Éste es otro paso importante: sirve para empezar a contar cosas que no sucedieron, es decir, a escribir ficción.

7. Imaginar a una persona con algún rasgo de carácter distinto del propio: si se es tímido, imaginar a alguien extrovertido, por ejemplo; si se es impulsivo, imaginar a alguien que piensa mucho antes de actuar, o cualquier otra alternativa semejante. Luego, recordando el ejercicio 1, imaginar qué habría pasado si el suceso que se contó en ese ejercicio le hubiera pasado a esa persona (o más bien, a ese personaje: a ese individuo inventado). ¿Todo habría sido igual, algo habría cambiado, la conclusión hubiera sido la misma? Por último, escribir una nueva versión del ejercicio 1, en primera o tercera persona, en la que el personaje inventado sea quien vive los hechos.

8. Imaginar otra cosa interesante que pudiera haberle pasado al personaje inventado en el ejercicio anterior y escribirla como una nueva historia. Esto ya es invención pura, como la de la mayoría de las historias que encontraremos (y que tal vez haremos) en la literatura.

Aserrín aserrán

La noche de San Juan el pueblo bullía de alegría, aserrín, aserrán, la observé desde la ventana, aserrín, aserrán, tiraba maderas a la fogata y reía a carcajadas. Yo la había invitado a la fiesta pero había pretextado un resfriado, aserrín, aserrán, y allí estaba muy ufana de la mano de Eduardo, aserrín, aserrán.
No acostumbraba a ser desairado, aserrín, aserrán, y me daba vueltas a la cabeza la canción que me había enseñado mi madre, aserrín, aserrán, aserrín, aserrán; bajé las escaleras desquiciado, la tomé
del brazo y me la llevé al final de la calle, donde la fiesta ya no era fiesta, donde la luz ya no brillaba, aserrín, aserrán y mientras canturreaba con los dientes apretados, más me acercaba a poner en
práctica el final de la canción, aserrín, aserrán…

Siesta desapacible

Le gustaba dormir la siesta bajo la acacia. La tenue transparencia que dejaba pasar algunos rayos de sol, atemperaba su carácter irascible y misántropo pero había algo que perturbaba el ritual,
se sentía observado desde detrás de la tapia, una mirada invasiva. Un día, escondió entre su ropa el revólver y simuló dormir. Con los ojos entrecerrados divisó unos grandes faros negros
debajo de un flequillo. Al instante disparó un tiro certero en la frente.
Se dio vuelta y se durmió. Así cada uno encontró la paz, a su manera.

Clara Gonorowsky.

Finalista en diferentes concursos realizados por las editoriales Diversidad Literaria, Letras con Arte,
Letras como Espada, en España; Mis escritos, Bruma ediciones,
Editorial Dunken, Argentina; SALAC, Córdoba. Textos publicados «Ficciones en familia», «Entre cuentos y poemas», «Desafíos»,
«Acrobacias», antología colectiva de Taller de escritura, «Obrador»,
antología colectiva de Taller de Escitura y «Chiquilladas», antología
ilustrada de poesías infantiles. Colaboradora en la Revista de Cartagena
Letras de Parnaso.

O dispara usted o disparo yo antología

Antología de Microrrelatos Policiales "Dispara usted o disparo yo ...

Azul sentencia de Sergio Astorga


Frente a sus ojos los gestos de los otros se le pegaban al vestido arrastrando ese parpadeo hostil, esa mirada sostenida, destellante, que dejaba el aire irrespirable.De niño, tacones y ese polvo azul de su hermana delineando sus ojos. De adolescente, ese arete de filigrana de corazones partidos. Hoy, segura, al fin libre, camina altiva, desafiante. Aprendió a resbalar las miradas por su cuerpo. Y otro azul ilumina el cielo amoratado de su pasado ya sin suelo.


Sergio Astorga (Ciudad de México). Radica en Porto, Portugal. Estudió la licenciatura en Comunicaciones Gráficas en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y Letras Hispánicas e Iberoamericanas en la UNAM.
Impartió el taller de Dibujo durante doce años. Ha publicado en suplementos culturales y en revistas tanto textos como dibujos. Ha publicado un libro de poemas llamado Temporal.

Diversidades. Minificciones alternas

Poesías - Enrique Delgadu

Buen termino de karla Barajas


—Regálame un peso para mi comida —me dice el hombre que por las noches duerme en la banca del parque. Un peso, aunque sé que me está pidiendo la cuota y me golpeará si no le doy lo que gané limpiando parabrisas. Le doy cien pesos y drogas; sé que se narcotizará porque esta semana su adicción empeoró. Recibe mi capital con la mano izquierda, el zurdo se inyecta heroína esa misma noche y se aprieta el corazón antes de fallecer. Diría que tengo remordimientos, pero sería mentira porque ahora duermo en su lugar, no en el piso, y aunque recojo la cuota de los otros, jamás los golpeo.

Niño dormido sobre un banco del parque Fotografía de stock - Alamy

del minidecameron de Paola Tena

La voz femenina y la Sonora Santanera

Fragmentos históricos

Tras firmar contrato con Columbia, la Sonora Santanera lanzó su trabajo debut La Boa / Los Aretes De La Luna (1960), sencillo que en poco tiempo se convirtió en un total éxito, dando así a conocer a la nueva Santanera. En ese entonces el grupo estaba conformado por: Carlos Colorado, Juan Bustos, Silvestre Mercado, Andrés Terrones, Rodolfo Montiel, Josué Ramos, Antonio Casas, Héctor Aguilar, David Quiroz, Sergio Celada y Armando Espinoza; formación que cambiara con el paso de los años.  Un año después de su debut, se unió a la agrupación Sonia López, quien ese entonces era menor de edad. Ésta debutó con la agrupación en 1961, a través del álbum ¡A Gozar! (1961), trabajo discográfico de doce canciones, entre las cuales estaban incluidas: Saca La Botella, Botecito De Vela y Por Una Cosa, tema que fue interpretado a dúo por López y Bustos.

Institución musical sobresaliente de México

Ese mismo año, la agrupación publicó su tercer LP titulado Sonora Santanera (1961), disco en el que Sonia o la Chamaca de Oro, como seria conocida desde entonces, interpretó éxitos como: Mi caprichito y De México a La Habana. Este trabajo fue seguido por Baile A Los Ritmos Tropicales De Sonora Santanera (1961) y Sonora Santanera Canta Sonia López (1962), álbum que llevaría al grupo a la cima. Este último fue interpretado íntegramente por La Chamaca de oro, constó de doce canciones e incluyo éxitos como: Ya No Vuelas Conmigo, Corazon De Acero, Besame Por Favor, Canela Pura, El Ladron y Semana De Amor.  El éxito de este trabajo fue tal, que a partir de entonces la Santanera dedicó un espacio en cada presentación para introducir algunos de los temas del álbum interpretados por la Chamaca de Oro. En 1963, López abandonó la banda para iniciar su carrera como solista.

 

 

 

 

 

 

 

 

La esperanza Villiers de L’Isle Adam

Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares1 del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, “duro como su piel”, había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:

-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse… pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos… ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.

Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso, ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.

*

El rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin atención precisa la puerta cerrada. “¿Cerrada?…” Esta palabra despertó en lo más íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el dedo con suma precaución, atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.

El rabino arriesgó una mirada hacia afuera.

A favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que había labrados unos escalones; y en lo alto, después de cinco o seis peldaños, una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no le era posible entrever, desde abajo, más que los primeros arcos.

Se arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire; el fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.

Sin titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.

De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta senda de piedra. Tembló, la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.

Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía. ¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible. Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.

De nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.

Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.

Desfalleciente, sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.

Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. Esta idea atravesó su cerebro: ¿No me ven porque estoy muerto? Sobre las rodillas, sobre las manos, sobre el vientre, prosiguió su dolorosa fuga, y acabó por entrar en la parte oscura del espantoso corredor.

De pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó: Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.

*

La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento. Fue un éxtasis.

Entonces creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado, bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos los ojos de lágrimas y con el aire del pastor que encuentra la oveja descarriada.

Mientras el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los brazos del Inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:

-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?

Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, Conde de Villiers de l’Isle-Adam; Saint-Brieuc, 1838-París, 1889) Escritor francés. Autor de cuentos considerados como obras maestras del género, que presentan una novedosa síntesis de cuento filosófico, relato de terror, ciencia ficción y esoterismo, sus primeras obras (Dos ensayos de poesía, 1858; Primeras poesías, 1859) no permiten deducir lo que fue su producción posterior, una vez que hubo conocido a Charles Baudelaire (1859) y a Stéphane Mallarmé (1864), y descubierto la filosofía de Hegel. En 1866 colaboró en el Parnasse Contemporain. En 1867 fundó la Revue des Lettres et des Arts y escribió El Intersigno, su primer «cuento cruel». En 1870 tomó partido por la comuna; en 1883, la publicación de sus Cuentos crueles le valió cierta notoriedad, pero sus condiciones de vida siguieron siendo precarias hasta su muerte. Entre sus restantes obras destacan las novelas Isis (1862) y La Eva futura (1886), la novela corta Claire Lenoir (1867) y el drama Axël (1890).

Sobre la marcha de José Manuel Dorrego

Hoy se cumplen cuarenta y ocho horas desde que nos precintaron el circo con público y todo en el interior. Para ser una situación anómala y por sorpresa, creo que el personal lo está llevando
bastante bien en líneas generales. Lo que más me preocupaba eran los espectadores, porque al fin y al cabo nosotros nos hemos quedado como encerrados en nuestra casa. Para ellos, esto es
como ir a visitar a un pariente lejano y que no te dejen salir. Les he explicado la situación y, aparentemente, la aceptan, pero no me fío. De momento, se mantienen en sus butacas, aunque cada vez se les nota más inquietos, como que a cada rato se revuelven más en sus asientos. Para amenizarles el día, de vez en cuando alguno de nosotros hace un número en la pista central que yo suelo presentar con todo el entusiasmo del que soy capaz. Hasta ahora, las actuaciones están siendo respondidas con ovaciones más que aceptables. Para mañana les he prometido el número del unicornio que habla alemán con acento francés y han respondido con una considerable ovación. Ya iremos viendo de dónde sacamos un unicornio…

La magia del Circo | Ilustración de unicornio, Dibujos, Fondos de ...

Del Microdecamerón. Coordinadora Paola Tena

José Manuel Dorrego Sáenz

Empezó a escribir cuentos “cortos y raros” desde muy pequeño, pero no fue hasta que encontró, en el año 2002, a Ficticia (www.ficticia.com) en Internet, la página decana del cuento en la red. Ahí se enteró de que lo que escribía tenía un nombre, “microrrelatos”, y desde entonces sigue escribiendo y colaborando semanalmente en esa página. Ha sido ganador o finalista de concursos de relatos organizados por “El País”,  “ABC”, “La Razón”, “Onda Madrid”, “RENFE”, “Augusto Monterroso”, “Museo de la Palabra” o “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser, donde ha sido finalista en 8 ocasiones y este año 2015 estará presente en la final anual. Tiene escritos otros dos libros de microrrelatos (ambos con micronovela incluida, por supuesto) y está preparando un libro de relatos con el mundo del cine como protagonista. 

La lotería de Shirley Jackson

a mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería —igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween— era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.

El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.

Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.

Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.

Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin.

En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.

—Me había olvidado por completo de qué día era —le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo bajo—. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando leña —prosiguió la señora Hutchinson—, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.

Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:

—De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.

La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:

—Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.

—No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? —respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.

—Muy bien —anunció sobriamente el señor Summers—, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?

—Dunbar —dijeron varias voces—. Dunbar, Dunbar.

El señor Summers consultó la lista.

—Clyde Dunbar —comentó—. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?

—Yo, supongo —respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.

—La esposa saca la papeleta por el marido —anunció el señor Summers, y añadió—: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?

Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.

—Horace no ha cumplido aún los dieciséis —explicó la mujer con tristeza—. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.

—De acuerdo —asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego preguntó—: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?

Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.

—Aquí estoy —dijo—. Voy a jugar por mi madre y por mí.

El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».

—Bien —dijo el señor Summers—, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?

—Aquí estoy —dijo una voz, y el señor Summers asintió.

Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.

—¿Todos preparados? —preguntó—. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?

Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.

—Allen —llamó el señor Summers—. Anderson… Bentham.

—Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras—. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.

—Desde luego, el tiempo pasa volando —asintió la señora Graves.

—Clark… Delacroix…

—Allá va mi marido —comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.

—Dunbar —llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Ánimo, Janey», y otra decía: «Allá va».

—Ahora nos toca a nosotros —anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.

—Harburt… Hutchinson…

—Vamos allá, Bill —dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.

—Jones…

—Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería —comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre —añadió, irritado—. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.

—En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería —apuntó la señora Adams.

—Eso no traerá más que problemas —insistió el viejo Warner, testarudo—. Hatajo de jóvenes estúpidos.

—Martin… —Bobby Martin vio avanzar a su padre.— Overdyke… Percy…

—Ojalá se den prisa —murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor—. Ojalá acaben pronto.

—Ya casi han terminado —dijo el muchacho.

—Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre —le indicó su madre.

El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.

—Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería —proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la multitud—. Setenta y siete loterías.

—Watson… —el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.

—Zanini…

Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:

—Muy bien, amigos.

Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:

—Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:

—Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.

—Ve a decírselo a tu padre —ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.

Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:

—¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!

—Tienes que aceptar la suerte, Tessie —le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:

—Todos hemos tenido las mismas oportunidades.

—¡Vamos, Tessie, cierra el pico! —intervino Bill Hutchinson.

—Bueno —anunció, acto seguido, el señor Summers—. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.

Consultó su siguiente lista y añadió:

—Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?

—Están Don y Eva —exclamó la señora Hutchinson con un chillido—. ¡Ellos también deberían participar!

—Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie —replicó el señor Summers con suavidad—. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.

—No ha sido justo —insistió Tessie.

—Me temo que no —respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior pregunta del director del sorteo—. Mi hija juega con la familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.

—Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya —declaró el señor Summers a modo de explicación—. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?

—Sí —respondió Bill Hutchinson.

—Cuántos chicos tienes, Bill? —preguntó oficialmente el señor Summers.

—Tres —declaró Bill Hutchinson—. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.

—Muy bien, pues —asintió el señor Summers—. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?

El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.

—Entonces, ponlas en la caja —le indicó el señor Summers—. Coge la de Bill y colócala dentro.

—Creo que deberíamos empezar otra vez —comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible—. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.

El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.

—¡Escúchenme todos! —seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.

—¿Preparado, Bill? —inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.

—Recuerden —continuó el director del sorteo—: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.

El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.

—Saca un papel de la caja, Davy —le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una risita—. Saca solo un papel —insistió el señor Summers—. Harry, ocúpate tú de guardarlo.

El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.

—Ahora, Nancy —anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado—. Bill, hijo —dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta—. Tessie…

La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.

—Bill… —dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.

Los espectadores habían quedado en silencio.

—Espero que no sea Nancy —cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.

—Antes, las cosas no eran así —comentó abiertamente el viejo Warner—. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.

—Muy bien —dijo el señor Summers—. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.

El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.

—Tessie… —indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.

—Es Tessie —anunció el señor Summers en un susurro—. Muéstranos su papel, Bill.

Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.

—Bien, amigos —proclamó el señor Summers—, démonos prisa en terminar.

Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.

—Vamos —le dijo—. Date prisa.

La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:

—No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.

Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.

—¡No es justo! —exclamó.

Una piedra la golpeó en la sien.

—¡Vamos, vamos, todo el mundo! —gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.

—¡No es justo! ¡No hay derecho! —siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella. https://www.zendalibros.com/la-loteria-cuento-shirley-jackson/

La lotería, un cuento de Shirley Jackson

Shirley Jackson es una de las narradoras de terror más interesantes de la literatura estadounidenses. En ella se han inspirado algunas de las voces que más han calado en la tradición del género y sus obras siguen siendo reeditadas por algunos de los sellos más relevantes de la literatura contemporánea.
Jackson nació el 14 de diciembre de 1916 en un pueblo del estado de Vermont. Vivió allí hasta la adolescencia, momento en el que se mudó a New York. La extrañeza del nuevo sitio seguramente la marcó tanto que se convirtió en uno de los temas que atravesarían su escritura.
De pequeña, Shirley se sentía rara y esto la llevó a desear más la compañía de los libros que de los niños. Esto provocó un gran descontento en su madre, y fue el inició de una relación conflictiva que duraría para siempre. No obstante, esta inclinación por los libros y la soledad le permitieron a Shirley encontrar su vocación y en el futuro convertirse en una de las escritoras más valiosas de su país.
Una de las cosas que siempre se dicen de Jackson es que no le gustaba aparecer en los medios. Rechazaba las entrevistas y no le interesaba promover su trabajo. Además, estaba convencida de que un buen escritor no necesita explicar sus libros, porque ellos se explican perfectamente solos.
Shirley Jackson falleció el 8 de agosto de 1965 de un ataque al corazón. Tenía tan sólo cuarenta y ocho años pero sufría de sobrepeso y era una fumadora compulsiva: sin duda estas dos cuestiones afectaron severamente su salud. https://www.bestialectora.com/2019/08/shirley-jackson.html