El gato Tobi es alimentado, querido y mimado. Por las noches se escapa para hacer su ronda. Se involucra en peleas por alguna gata en celo. Mientras tanto, el matrimonio duerme. La señora, inquieta en su sueño, parece escuchar ruidos propios de una cerradura que responde a una llave. Presa del miedo, exclama: «¡Mi marido!». El esposo, por reflejo, busca sus pantalones y escapa por la salida de emergencia. En la calle desierta, desaparece y, después de dos cuadras, se detiene, sonríe y regresa, al mismo tiempo que Tobi, que maulla. La esposa, al recuperarse de la pesadilla y darse cuenta de la ausencia de su marido, grita alarmada: «¡Qué haces!»
Las hormigas salieron de su nido, ni ellas intuyeron que arribaría un aguacero. Fue el día que llegaste. De los retoños del páramo salieron en fila mariposas amarillas. Cerca de la nopalera se abrió del viejo cactus una flor. Cansada del viaje me pediste agua y día a día te fui dando todo. «No será para siempre» —me dijiste.
Ahora que ya no estás ha quedado la voz de tu silencio y la ansiedad del gato que te busca todos los días en el tejado.
En mis sueños escuché en la lejanía tus balbuceos como murmullos entre el agua. Pasaron años. Sigo incorrupto en mi tumba. Hoy vino mi nieta a contarme que habías nacido y que tú nombre sería el que llevé. Tu susurro era un anuncio que solo estaba atorado en el tiempo.
Estoy en mi velorio, oculto, por las coronas de flores, veía a mis deudos; mi esposa no está entre ellos. Camino por los pasillos de la vetusta casa y del muro, de improviso, salen unas manos que me ahorcan; desesperado intento zafarme tratando de romper el abrazo. Mis dedos rodearon sus nudillos; reconozco la protuberancia del anillo y es el mismo que le regalé, una noche antes, de que la sepultara con su amante.
El médico le ordenó a Catarino reposo y tranquilidad. Rentó una choza a la orilla del lago. Desempacó una tarde de primavera y, mientras lo hacía, llegaba una brisa fresca y el canto de los pájaros. Suspiró profundo y exhaló por pausas. Sábanas oliendo a jabón y las almohadas con fundas de lino, como hechas para su cuello.
A media noche, lo despertó el ruido de un monstruo que, rompiendo el himen del agua, le enseñaba su boca ensangrentada. «Es una pesadilla», se dijo. Cuando caía en el sueño, el chillido de un mosquito rondaba cerca de su oído.
Al amanecer, fue a la cocina para prepararse un café; en el primer sorbo, llegó una parvada de patos haciendo un ruido infernal. Más tarde, un centenar de motociclistas armó un campamento. Regresó a su departamento. Cuando llegó al cementerio, se dijo que por fin descansaría. Su tumba quedó entre un gritón de lotería y un comerciante que, sintiéndose vivo, no dejaba de gritar: «¡Llévelo, llévelo, todo a diez pesos! ¡Barato, barato!».
Una mañana, a finales del invierno, me levanté a escuchar la alborada. Respiré la envoltura del frío. Tenía el color de rosa del amanecer en mi cara y la brisa iba de árbol en árbol. De regreso, entre las ramas, el chiflido del sinsonte.
Si ese momento fuese una vida, nada mas glorioso que irse con las dianas del ave.
Más sabe el diablo… de RRubén García GarcíaTerminaba el arreglo de la oficina escolar dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.
—Sí… a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.
—Soy lobo. Habla lobo. —Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. ´
—¿eres tú, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.
—Habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?
—Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz: clara, con un siseo musical… ¿sabes dónde estoy?, sin esperar la respuesta prosiguió, estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.
Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que la palidez se apropiara de su rostro juvenil.
—¿Quién era novicia?
—Teléfono equivocado, Superiora.
Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.
Te veo luego, espérame, leí en el celular. La espera ha sido larga. Ya van dos veces que hago el intento de retirarme, pero el mesero me convence, sorbo mi brandy español y escucho a Piazzola.
Había pagado la cuenta, cuando me sorprende con un vestido largo de fiesta. En su rizada cabellera traía abundante arroz y confeti.
«Pensé que no te encontraría, me escapé de la fiesta, no recordaba que este día era madrina de la boda de mi prima. ¿Me quieres así?»
Uno a uno le quité arroces y confeti, por cada beso que le daba comía papelitos con cereal.
Hoy la recordé, pero, ¿ella recordará todos los arrocitos que le quité?
«El cono es turgente, tiene forma de copa, con un apéndice oscuro al extremo —se interroga— ¿Cuánto líquido puede alojar? Suponiendo que estuviese hueco» —Es una buena pregunta para sus inquietudes aritméticas, pero cada vez que inicia las mediciones una mano deforma las medidas.
Bastó un balazo, y fue viuda esa noche. Lo cubrió con una manta, puso debajo de la poltrona de mimbre papel periódico; a temprana hora hablaría a las autoridades. Mañana será un día agitado y se durmió.