Juan Mattio nació en Hurlingham (provincia de Buenos Aires), Argentina, en 1983. Como escritor, publicó las novelas Punto Ciego (escrita en colaboración con Kike Ferrari) y Tres veces luz (formando parte de la colección Negro Absoluto, dirigida por Juan Sasturain). Además, colaboró para revistas culturales y tuvo un breve paso por el periodismo policial y […]
El atrevido oso acarició el rabo de la elefanta. Nunca supo cómo es que llegó a estar a tres metros del suelo y cogido por la trompa de la paquidermo. Frente a ella, un gorila se daba de golpes en el pecho, se llevaba las manos a los genitales y después daba de vueltas levantando ambos brazos y gritando ua ua ua pa pa pa… El oso hizo contacto con el piso y la elefanta caminó moviendo sus caderas con femenina armonía
Romeo y julieta y el burrito que no quería estudiar
Romeo y Julieta
El libro fue a estrellarse contra el cristal de la ventana, que aguantó firme el impacto. Cuando el tintinar de vidrios rotos no fue más que un temor sin fundamento, el bibliotecario dejó su sitio en el sillón y se acercó a contemplar su obra, satisfecho. Levanta del suelo el viejo libro a medio despastar.
—No siempre se tiene tan grande honor: ser dos moscas copulando y morir aplastadas por la pasión de William Shakespeare.
El burrito que no quería estudiar
Hace mucho tiempo, existió un burrito pardo de enormes orejas y el mal hábito de jugar en exceso. Cuando tuvo edad escolar, su esperanzado padre lo conminó:
—Es tiempo de que asistas a la escuela, pues un borrico que no sabe leer ni escribir es bestia sin provecho.
El chico rezongó, contrariado. Dijo a su arcaico progenitor que ni el más sabio maestro normalista sería capaz de recortar con enseñanzas un milímetro a sus enormes orejas, símbolo indiscutible de la pesadez de cerebro que distingue a su raza.
—¡Jijoooooo, jijoooooo! —estalló el padre, furioso―. ¡Las orejas no las despuntará maestro alguno, pedazo de animal! Pero nunca será lo mismo el burro de recua que va por la vida con el lomo pelado, que el borrico de un bufete jurídico.
Y a punta de coces, condujo al chiquillo al colegio.
Con el devenir de los años, aquel burrito pardo de enormes orejas que no quería estudiar, llegó a ser magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia de su país.
Antología coordinada por Jose Manuel Ortiz Soto y Chris Morales
A mamá le gusta que nos sentemos a comer todos juntos, pero nunca lo hemos hecho por los horarios. Vamos a aprovechar que tenemos que estar encerrados en casa para conocernos mejor, dice papá a su favor. Mi hermano gemelo y yo sabemos que las cosas se van a complicar. Se darán cuenta de quién es el más débil y cuál le hace los deberes al otro. Pero lo peor es que descubrirán que soy yo el que se come la comida de los dos por esa manía de mi hermano de alimentarse con los insectos que atrapa en el jardín mientras papá y mamá almuerzan.
Sara Coca (España).
Licenciada en Ciencias de la Información, graduada en Gestión Cultural y postgraduada en Escritura Creativa. Ha publicado los libros: Puentes (2005), Micromundos (2009), A qué sabe lo que somos (2012) y No quieras saber tanto (2018). Participa en las antologías Resonancias (2018), Brevirus (2020) y 1 byte de horror (2020) y obtuvo mención especial en el I Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM en 2020. Coordina los libros de relatos colectivos: Escrinautas (2014) y Gente Rara (2018).
Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del departamento y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa. Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que solo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, solo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. -Por si la necesita -dijo. Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: -Qué buena persona es usted. -Bueno, bueno -dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. -Esto le irá bien -dijo, y añadió-: Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad. Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor. La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: -Ahora estoy bien, gracias a usted. -Bueno, no se ponga solemne -me interrumpió-, todo ha ido perfectamente. En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo. -Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera -contestó-, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo. Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: -Me temo que piensa demasiado bien de mí. -Oh, no -contestó-, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo. Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: -Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor? -Ah sí, muy mayor: Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla. A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. -Supongo que usted también es así -dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: -Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo.
El Autor Kjell Askildsen Uno de los mejores narradores contemporáneos, de exigua pero contundente y espléndida obra, el noruego Kjell Askildsen (Mandal, 1929) no ha gozado de la difusión y reconocimiento internacional de otros grandes de su época. Askildsen tendría unos comienzos un poco accidentados. Su primer libro, de 1953, «A partir de ahora te acompañaré a tu casa» (incluido en el volumen de cuentos recopilatorio ahora aparecido con el título de «No soy así») fue prohibido por «inmoral», debido a su «alto contenido sexual». Algo que compartiría con el gran Strindberg. Aunque Askildsen también se adentraría en el campo de la novela, todos sus libros a partir de 1982 serían volúmenes de cuentos. (Web: ABC Cultura)
Llegó la abuela a cenar. Ella de por si come poco. Mal comió dos tamales de mole, su taza de chocolate y pellizco su pan de muerto y terminó con su copita de anis del mono. Cruzamos miradas, al mismo tiempo nos levantamos y ya en la puerta, nadie se animaba a encaminarla, hasta que mi madre le dijo: abuela usted ya conoce el camino. Bien sabe que al final fe la calle comienza el cementerio.
«Se llama La Jument y es uno de los faros más espectaculares de la costa francesa. Está a dos kilómetros aguas adentro de la isla de Ouessant y fue construido entre1904 y 1911 para señalizar unos peligrosísimos bajos en los que se habían producido multitud de naufragios.¿Cómo se realizó la fotografía? Fue tomada el 21 de diciembre de 1989. El fotógrafo francés especializado en imágenes de faros Jean Guichard sobrevolaba en helicóptero La Jument un día de fuerte tormenta buscando la foto perfecta de esas gigantescas olas del Atlántico golpeando contra la estructura del faro. Dentro, el farero Theophile Malgorn, que por aquel entonces rondaba la treintena de años, escuchó las repetidas pasadas del helicóptero y pensó que algo raro podía ocurrir; quizá el piloto estaba tratando de ponerse en contacto con él por un naufragio o por algún accidente. Y en una maniobra a todas luces descabellada abrió la puerta para ver qué pasaba.La acción completa duró apenas unos segundos. Guichard vio a aquel hombre en la puerta y su instinto de fotógrafo le dijo que allí había una composición perfecta: el hombre y la fuerza de la naturaleza. Empezó a disparar en modo ráfaga su cámara casi a la vez que una nueva ola gigante empezaba a abrazar con toneladas de agua embravecida la estructura del faro. En ese mismo instante, el farero Malgorn –asomado al quicio de la puerta- escuchó un trueno seco, como una estampida brutal (el impacto de la ola contra el frente del faro) y supo que había cometido un tremendo error. Tan rápido como abrió volvió a cerrar la puerta, justo una milésima de segundo antes de que la ola lo arrasara todo. Estaba vivo de milagro. En el carrete de Guichard quedaron impresas 9 imágenes –las que al motor de la cámara le dio tiempo a disparar – que le harían famoso de por vida y con las que en 1990 obtendría el segundo premio en el World Press Photo (el primero fue para la célebre foto de un manifestante chino parando él solo una columna de carros de combate en Tianammen).El farero Theophile Malgorn sigue viviendo en esta isla de Ouessant y no quiere recordar el aprieto en que se vio por la manera irresponsable en que abrió la puerta del faro; él salió a ver qué pasaba por profesionalidad y casi le cuesta la vida. Pero que poco después Guichard lo visitó en su casa, le regaló una foto firmada de aquel “momento decisivo” -que diría Cartier Bresson- y se hicieron muy amigos.Desde julio de 1991 el faro es controlado automáticamente. Los fareros son (o eran) gente muy especial. Seres solitarios y poco habladores, artistas con todo el tiempo del mundo para escribir, pintar o esculpir. Filósofos de una vida que muy pocos hubieran sido capaces de soportar.
”Texto: Paco NadalEl País Tomado de Bellas Artes y Cultura.
En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro del cofre vive una serpiente. –Esta serpiente –dice el moribundo– es tu hermano, fruto de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a tu cuidado. El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado a los bromistas.
Tres minutos antes de Gabriel Ramos Mex
La bala sale del hígado del heredero; sigue su trayectoria al reloj, cuyos fragmentos se ensamblan y regresan a su estado original. El proyectil entra al cañón de la pistola y se guarda en el cargador junto con los cinco restantes. La pistola regresa a su funda, el hombre da nueve apresurados pasos hacia atrás, sube a su automóvil. Cuando Víctor pasa por el cruce anterior, ve a su medio hermano, que recibió la herencia del padre, y en unos minutos recibirá el disparo.
La caída de Xavier villaurrutia Mex
Susana tenía entonces las mejillas pecosas de una fruta, pero ¿y Aurora? La podía reconocer por la cicatriz que debe llevar en la pierna, de resueltas de una caída. Creo que fue en la huerta. Aurora había subido a un manzano y me prometía un fruto; en vez de dejar caer la manzana se dejó caer ella, distraída.
Fragmentos de «0jos de perro azul» de Gabriel García Márquez Col.
―No podía precisar cuánto tiempo estuvo así, entre esa noble superficie de sueños y realidades; pero sí recordaba que bruscamente, como si le hubiera sido cortada la garganta por una cuchillada, dio un salto en el lecho y sintió que su hermano gemelo, su hermano muerto, estaba sentado al borde de la cama‖. (La otra costilla de la muerte. P. 28).
Incomprensión Elena Casero Viana Esp.
Anoche me morí en tus brazos. Lo hice sin pensar, por cariño, como lo he hecho todo por ti. Pusiste cara de susto, pero te duró poco tiempo. Después, cuando yo ya había cerrado los ojos y creías que no te podía ver, te relajaste y sonreíste feliz. Me abandonaste en el sofá, tal como me había muerto, algo desmadejada. Entonces te escuché hablar con ella. Tu voz sonaba con un timbre pulido, tan diferente del que usas conmigo, que parece hecho de productos abrasivos, de los que arañan el corazón. Te cambiaste de ropa, te perfumaste y saliste de la habitación sin darme siquiera un triste beso. Esta mañana, he decidido no volver a morirme nunca más.
Se llama Gregorio S., pero nada tiene que ver con Franz Kafka. Gracias a oír las conversaciones de estudiantes e intelectuales que lo frecuentaban, supo de la vida y obra del célebre escritor checo. A través de la narración de un cineasta admirador de Orson Wells, acompañó al infortunado Josef K. en su viacrucis por la pantalla. En lo personal, su vida está lejos de ser la de un artista al que exhiben enjaulado; la de una cucaracha que añora su antigua condición humana; la de un hombre que busca con desesperación el reconocimiento de sí mismo. Pero si alguien le hubiera dado opción de elegir su propio destino, con toda seguridad habría sido otra cosa. Porque ser retrete y tener pesadillas, le parece terrible.
Cayó al pozo. Ocho días después se despertó la niña y los padres sonrieron. ¿ Dónde está mamá Lucha?, preguntó con claridad. Nadie de las mujeres se llamaba así.
De la antologíaa de Pequeficciones. Ant.: José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales
Abuelita lloró durante toda la cena. Las lágrimas licuaron sus ojos transparentes, mientras nosotros jugábamos en armonía, para que sonriera. Tratamos de consolarla, pero fue en vano. Luego la escuchamos hablar por celular: —¡No entiendo para qué le confesé mi edad, solo números! Estábamos tan enamorados. El mundo de los grandes es extraño, ¿tendrá que ver la matemática con el amor?
Mónica Cazón (Argentina). Escritora. Licenciada en Ciencias de la Educación. Especialista en LIJ. Gestora cultural, docente en Plat. Se desempeña en la UNT. Fundó y coordina #MicroLee, Asociación Lagmanovich, Microsaurias, Cidelij, y el Ciclo de Lecturas de Microficción de la BibVal en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Colabora en La Gaceta Literaria y en las revistas: La papa en la literatura tucumana y otros. Fue traducida al francés, italiano e inglés. Editó 15 libros.
Ella era María, él José, se casaron y tuvieron un hijo al que le pusieron Rafael. Rafita murió de una neumonía antes de cumplir tres años.
Tuvieron dos hijas más seguidas de otro hijo. Les dijeron que repetir el nombre era de mala suerte.
Ellos no atendieron la advertencia. Rafael II en su cumpleaños 19 asesinó a los dos.
La fuerza de la costumbre
La fuerza de la costumbre
Ayer fui al supermercado, tomé un carrito que fui llenando con todo aquello que hacía falta en casa. Siendo soltero, mis necesidades son pocas; fui a la sección de frutas y verduras, y al colocar en el carro el racimo de uvas me di cuenta que había un cuaderno para iluminar y unas crayolas; por supuesto que yo no necesitaba aquello, no tengo hijos. Pensé que alguien los había puesto ahí por equivocación. Llegué a la caja, pagué y salí del lugar, al llegar a mi auto y accionar el control remoto, la que abrió sus puertas fue la camioneta de al lado; subí y la eché a andar sin problema. Me dirigí a mi casa y la camioneta por alguna extraña razón tomó su propio camino. Me llevó hasta un edificio antiguo en donde automáticamente se detuvo. Sin pensarlo, subí en el elevador hasta el quinto piso, y con la llave que tenía en ese ajeno llavero, entré a un departamento en el que fui recibido por una bella pero extraña mujer que entusiasmada dijo: “Amor, qué bueno que llegaste”; y poco después con gritos de alegría, salió corriendo un niño que preguntó: “¿trajiste mi cuaderno?”.