Troya de Fernando Ainsa

Troya

Eres un pescador que vive feliz con su familia de los productos de este mar generoso frente al que se levanta tu aldea. No conoces otro horizonte y cuando sales de madrugada con tu barca y las redes, das las gracias por no haber tenido que emigrar como otros y porque la naturaleza te brinda sus frutos al alcance de la mano, merced a tus reconocidas habilidades en el arte de la pesca.
Hoy, cuando estabas mar adentro, te ha sorprendido descubrir como el horizonte se iba cubriendo con la silueta de trirremes acercándose a la costa al ritmo pausado de sus remos. Son más de diez, aunque no los has contado.
Has regresado apresuradamente y has visto como la flota acostaba en la playa. De su borda saltan guerreros armados y remeros de anchas espaldas que han empezado a levantar tiendas de campaña cerca de la orilla.
Luego, todo ha sido un trajinar de soldados y de un grupo de oficiales que ha venido a vuestra aldea a reclutar soldados para la tropa que debe conquistar Troya, la nueva ciudad que se alza en lo alto de los arenales. Os ofrecen trabajo por unos días; deberán todos vestirse con los uniformes griegos que os entregan, enarbolar lanzas y escudos y avanzar en tropel, pero en riguroso orden militar, hacia esas murallas. Eres alistado como voluntario y estás contento : saldrás de la rutina de tu vida como pescador y, si la suerte te acompaña, vivirás algún instante de gloria.

Al parecer se trata de rescatar a Helena de las manos de Paris, príncipe de esta ciudad que la robó a su esposo Menelao, rey de Micenas. Al mando de las tropas griegas está Aquiles —hijo de la Diosa Tetis y el mortal Peleo— un joven de aire petulante que se pasea altanero con su coraza brillante al sol. Es rubio, atlético y lo miras desde lejos con admiración.
El día de la batalla luces tu uniforme de cuero con orgullo. Tu familia te ha despedido con cierta preocupada tristeza, pero ya hacen planes de lo que comprarán con la mesada que te han prometido.
Son más de mil los integrantes de la tropa y estás entre ellos.
Soldado anónimo, perdido en la masa que avanza al ritmo de trompetas y tambores, quisieras ser —aunque fuera por el instante en que los focos de esta guerra que no es tuya te iluminen— el protagonista de una toma. Corres, tratas de acercarte a Aquiles, para entrar en el marco del enfoque de su cuerpo dando grandes zancadas espada en mano rumbo a las murallas de Troya. Con tu pesada lanza enarbolada vas cubriendo los metros que te separan de su aguerrida silueta. Quieres que las cámaras colgadas de las grandes grúas que con sus traveling van filmando los pasos de Aquiles, te encuadren.
Quieres estar junto a Brad Pitt al entrar en Troya y cuando lo logras te giras y sonríes a los objetivos que te inmortalizan en esta película que se filma el tórrido verano del 2003 en tu aldea, cerca de Los Cabos, en Baja California, en México. Tu perfil, en3primer plano se reflejará por un instante en la pantalla, junto a un desconcertado Aquiles.
Luego, en el fragor del combate en que el héroe cae con su talón herido, arderá la Troya de cartón piedra que han levantado sobre los arenales : con sus cien metros de longitud y cincuenta de altura, todo reducido a cenizas.Tú sobrevivirás con alegría para contar la historia a todo aquel que quiera escucharla ahora —yo, entre ellos— y enseñarás las maltrechas fotos con tu uniforme de soldado griego que llevas en el bolsillo como prueba de que fuiste extra de la película Troya, dirigida por Wolfgang Petersen y con Brad Pitt como protagonista,esa película que dejó en la región un beneficio de veinticinco millones de dólares y a ti —como era previsible— muchísimos menos, aunque lo intentas compensar vendiendo a los turistas copias CD piratas de la película.

Cómo se rodó Troya? - Canal Hollywood
Fernando Ainsa
Escritor y ensayista hispano-uruguayo de origen aragonés. Vice-presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores y director de la revista IMÁN. Autor de numerosos ensayos sobre literatura latinoamericana. De su obra de creación destacan las novelas El paraíso de la reina María Julia (1994–2006) y Los que han vuelto (2009) y los relatos Naufragios del mar del Sur (2011). En 2007 publicó su primer libro de poesía, Aprendizajes tardíos (2007), seguido de Bodas de Oro (2011), Poder del buitre sobre sus lentas alas (2012) y Clima húmedo (2012). Es autor de libros de aforismos y textos breves De aquí y de allá (19Travesías. Juegos a la distancia (2000) y Prosas entreveradas (2009) y figura en varias antologías del microrrelato: Quimera, Universidad de Salamanca, Los cuadernos del vigía, Ediciones Thule, Páginas de Espuma, Universidad de Tucumán, Argentina. Algunos han sido traducidos al francés y al rumano.

https://www.citaenlasdiagonales.com.ar/minificciones_fernando_ainsa.php

Minipo

Rubén García García

Pronuncio despacio tu nombre.
¡Qué escuche el golpe de mi lengua!
como el agua que golpea sobre las lajas
y humedece las estrellas.

Frag. De las caras de la medalla de J. Cortázar

Muro de Dina Grijalva.

«…no supimos hacer
ni decir otra cosa…
ni siquiera supimos callarnos…abrazarnos
en cualquier esquina…
encontrarnos
en cualquier mirada…»
*Julio Cortázar/ «Las caras de la medalla»(fragmento)

Un hombre en la oscuridad frag., de Paul Uster

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Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hijaúnica, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.

Luz radiante, y luego oscuridad. El sol fulgurando por todos los rincones del cielo, seguido de la negrura de la noche, el silencio de las estrellas, el viento que agita las ramas. Ésa es la monotonía diaria. Llevo viviendo más de un año en esta casa, desde que me dieron de alta en el hospital. Miriam insistió en que viniera, y al principio estábamos los dos solos, junto con la enfermera que me cuidaba durante el día cuando mi hija se iba a trabajar. Luego, tres meses después, a Katya se le cayó el mundo encima, y entonces dejó la escuela de cine en Nueva York y se vino a Vermont a vivir con su madre.

Sus padres lo llamaron como al hijo de Rembrandt, ese pequeño de los cuadros, el niño de cabellos dorados y gorro escarlata, el pupilo distraído que no comprende la lección, la criatura transformada en un joven devastado por la enfermedad que murió a los veintitantos años, igual que el Titus de Katya. Es un nombre maldito, un nombre que debería retirarse para siempre de la circulación. Pienso a menudo en el fin de Titus, la horrorosa historia de su último trance, las imágenes de su agonía, las demoledoras consecuencias de su muerte en mi atribulada nieta, pero no quiero entrar en eso ahora, no puedo caer en ello, tengo que alejarlo lo más posibles de mi pensamiento. La noche aún es joven, y sin moverme de la cama, con los ojos clavados en la oscuridad, en una tiniebla tan impenetrable que no se alcanza a ver el techo, me pongo a recordar la historia que empecé anoche. Eso es lo que hago cuando no logro conciliar el sueño. Me quedo tumbado en la cama y me cuento historias. Quizá no sean gran cosa, pero siempre y cuando no me salga de ellas, me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar. La concentración, sin embargo, puede darme problemas, y las más de las veces mis pensamientos acaban derivando de la historia que pretendo contar a las cosas en las cuales no quiero pensar. No hay nada que hacer. Fracaso una y otra vez, hay más chascos que aciertos, pero eso no quiere decir que no ponga todo mi empeño.

Lo metí en un hoyo. Parecía un buen comienzo, una prometedora manera de poner las cosas en marcha. Situar a un hombre dormido en un pozo, para luego ver lo que pasa cuando se despierte e intente salir trepando. Me refiero a una profunda concavidad en el suelo, de unos tres metros de onda, excavada en forma de círculo perfecto, con paredes verticales de tierra sólida, muy compacta, tan dura que la superficie tiene una textura de arcilla modelada, de vidrio incluso. En otras palabras, cuando el hombre abra los ojos no conseguirá salir del hoyo. A menos que disponga de una serie de aparejos de montaña –martillo y crampones, por ejemplo, o una cuerda para echar un lazo a un árbol cercano–, pero este hombre no tiene herramientas, y una vez que recobre la conciencia, enseguida comprenderá la naturaleza del aprieto en que se encuentra.

Y así es. El hombre se despierta y descubre que está tendido de espaldas, mirando al cielo de un atardecer sin nubes. Se llama Owen Brick, y no tiene ni idea de cómo ha ido a parar allí, no guarda recuerdo alguno de cómo ha caído en ese agujero cilíndrico, que según sus cálculos tendrá aproximadamente tres metros y medio de diámetro. Se incorpora. Para su sorpresa, va vestido con un uniforme pardusco de lana áspera. Tiene la cabeza cubierta con una gorra, y lleva un par de robustas y gastadas botas de cuero negro, bien atadas por encima de los tobillos con una doble lazada. En las mangas de la chaqueta ostenta dos galones, lo que indica que el uniforme pertenece a un militar con el rango de cabo. Esa persona podría ser Owen Brick, pero el hombre del hoyo, cuyo nombre es Owen Brick, no recuerda haber servido en el ejército ni combatido en guerra alguna en ningún momento de su vida.

A falta de otra explicación, supone que ha perdido temporalmente la memoria a consecuencia de algún golpe recibido en la cabeza. Sin embargo, al pasarse la punta de los dedos por el cuero cabelludo en busca de rasguños o chichones, no encuentra indicios de bultos, ni heridas ni arañazos, nada que sugiera la existencia de ese golpe. ¿Qué ha sido, entonces? ¿Ha sufrido algún trauma que le ha mermado las facultades, haciéndole perder el uso de gran parte del cerebro? Tal vez. Pero a menos que le venga de pronto el recuerdo de ese trauma, no tendrá medio de saberlo. Seguidamente, empieza a explorar la posibilidad de que esté durmiendo en la cama, en su casa, atrapado en un sueño extrañamente lúcido, un sueño tan verosímil y absorbente que la frontera entre lo real y lo imaginario se ha difuminado hasta casi desaparecer. Si eso es cierto, entonces no tiene más que abrir los ojos, levantarse de la cama y dirigirse a la cocina a prepararse el café del desayuno. Pero, ¿cómo se pueden abrir los ojos cuando ya están abiertos? Parpadea unas cuantas veces, en un intento pueril de romper el encantamiento; pero no hay hechizo alguno, y la cama mágica no llega a materializarse.

En lo alto, una banda de estorninos atraviesa su campo de visión durante cinco o seis segundos, desapareciendo luego hacia el crepúsculo. Brick se pone en pie para inspeccionar su entorno, y entonces nota que le abulta un objeto en el bolsillo delantero izquierdo del pantalón. Resulta ser una cartera, la suya, y además de setenta y seis dólares estadunidenses, contiene un carné de conducir expedido por el estado de Nueva York a un tal Owen Brick, nacido el 12 de junio de 1977. Eso confirma lo que Brick ya sabe: que es un individuo cercano a la treintena con domicilio en Jackson Heights, en el barrio de Queens. Sabe asimismo que está casado con una mujer llamada Flora y que durante los últimos siete años ha trabajado como mago profesional, actuando principalmente en fiestas de aniversario infantiles por toda la ciudad con el nombre artístico del Gran Zavello. Tales hechos no hacen sino ahondar el misterio. Si tan seguro está de quién es, ¿cómo ha acabado entonces en el fondo de ese pozo, vestido con uniforme de cabo, nada menos, sin documentos, ni placa ni identificación que acredite su condición militar?

No tarda mucho en comprender que escapar de allí es totalmente imposible. La pared circular es muy alta, y cuando le da un puntapié con la bota con idea de hacer una marca y crear una especie de punto de apoyo que le permita escalarla, sólo consigue hacerse daño en el dedo gordo. La noche cae rápidamente, y va haciendo frío, un frío húmedo de primavera que le va calando hasta los huesos, y aunque ha empezado a tener miedo, de momento está más confuso que asustado. Sin embargo, no puede por menos de gritar pidiendo auxilio (…)

Ximena y el muerto

Rubén García García.

Ximena y el muerto
Ximena, la hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.
En los siguientes días su padre la noto alejada, desatenta.
¿No has dormido bien?
-No.
-¿pesadillas?
No sé
-¿ qué sientes?
Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después me desofoco y respiro asustada, sudorosa y una languidez que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.
La llevaron con la sanadora y les dijo seria:
a la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.
Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspies. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó.
Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.

Richard Feynman y el arte de comunicar y enseñar

Carlos Ruiz tomado del Financiero.

Richard Feynman (1918-1988), autor, escritor de novelas gráficas, intelectual, filósofo, es considerado uno de los físicos más importantes de todos los tiempos. Fue pionero en el campo de la electrodinámica cuántica. Su estilo para explicar las cosas de manera clara y sencilla hizo que le llamaran el ‘Gran Explicador’.

Sus estudios para ayudar a los científicos a comprender la interacción de la luz y la materia hicieron que se le otorgara el Premio Nobel (Física) en 1965. Su trabajo ha influido directamente en los campos de nanotecnología, computación cuántica y física de partículas.

En 1986, su investigación y explicaciones fueron fundamentales para ayudar a comprender la causa del desastre del transbordador espacial Challenger.

Además de su investigación profunda, Feynman fue un brillante, elocuente y apasionado pensador. En el mundo de la ciencia, se destacó por su capacidad para sintetizar y explicar conocimientos científicos complejos. Sus conferencias son legendarias: Albert Einstein asistió a sus charlas como estudiante de posgrado, y Bill Gates quedó tan inspirado por su pedagogía que llamó a Feynman, “el mejor maestro que nunca tuve”.

Las conferencias de Feynman estaban dirigidas a estudiantes que no tenían conocimientos previos de física o ciencia profunda. Eliminar el misterio de principios científicos complejos era el fuerte de Feynman. Sus conferencias siempre transmitían convicción y pasión por la ciencia.nullPUBLICIDADnull

Richard Feynman desarrolló una técnica para comunicar y enseñar información o conceptos complicados, utilizando conceptos concisos y un lenguaje muy simple, una técnica que desarrolló en su época de estudiante en Princeton.

Básicamente, su técnica es la siguiente:

1. Identifique el tema. Escriba todo lo que sepa sobre el tema. Cada vez que se encuentre con fuentes nuevas de información, agréguelas.

2. Enséñeselo a un niño. Si le puede explicar el concepto a un niño, ya la hizo. Comience con una nota en blanco y escriba el tema o materia que desea enseñar. Luego, debajo de ese tema, vaya escribiendo todo lo vaya aprendiendo al respecto. El truco consiste en escribirlo de manera simple y sencilla, de modo que un niño pueda entender de qué está hablando.

Al hacer esto utilice términos sencillos. Los niños no entienden ‘jerga’ o vocabulario denso. La ciencia está llena de terminología compleja (por eso los diagramas que hacía Feynman se volvieron tan valiosos). Sus gráficos ilustraron cosas sobre las que otros científicos daban conferencias maratónicas, densas y complicadas.

Cuando hablamos sin ‘jerga’, nos liberamos de escondernos detrás de conocimientos que no tenemos. Las grandes palabras y los conceptos turbios o ‘esponjosos’ nos incapacitan para ir al grano y transmitir conocimientos a los demás.

Sea muy breve: la capacidad de atención de un niño requiere que imparta conceptos como si estuviera presentando una idea de negocio durante un breve ‘viaje en elevador’ (el famoso elevator pitch: explicar una idea en 30 segundos). Explique el concepto brevemente. Los niños no tienen la habilidad o la capacidad mental para comprender algo que lleva más de 30 segundos de explicación.

¿Tuvo dificultades para poner pensamientos en su nota y explicarlo breve y claramente? Eso demuestra que tiene margen para mejorar. Aquí también es donde el poder de la creatividad puede ayudarle a alcanzar nuevas alturas en el aprendizaje. Para Feynman, gran parte del placer de la ciencia estaba en este primer paso: desentrañar sus niveles de comprensión.

3. Identifique sus lagunas de conocimiento (knowledge gaps)

Este es el punto donde ocurre el verdadero aprendizaje. ¿Qué le falta? ¿Qué es lo que no sabe?

Resaltar las lagunas de conocimiento lo ayudará cuando recopile y organice sus notas en una historia coherente (siguiente paso). Aquí puede recurrir a su material original (notas de clase, ideas, etcétera) cuando tenga preguntas del tema. Y si no sabe algo, vaya a los libros. Vuelva al material de origen y recopile información que le ayude a llenar sus huecos de conocimiento.

4. Organizar, simplificar y contar una historia

Empiece a contar su historia. Junte sus notas y comience su relato con explicaciones concisas, reuniendo los conocimientos más importantes sobre el tema.

Practique leyendo su historia en voz alta. Pretenda que se la cuenta a un grupo de estudiantes. De esa manera, escuchará cuando su lenguaje deje de ser simple. Si hay tropiezos pueden indicar pensamientos incompletos. Use analogías y oraciones simples para fortalecer su comprensión de la explicación.

No hay duda: la mejor manera de aprender bien algo, es tener que enseñarlo.

El autor es profesor decano del área de Política de Empresa (Estrategia y Dirección) en el IPADE.

Dos pequeficciones escritas por dos excelentes escritores.

Del libro Pequeficciones Antología por Chris Morales y José Manuel Ortiz

Héroe sádico
Leonardo Dolengiewich
Se acercó hasta el borde del precipicio, mucho más allá del límite
indicado por el guía. Todos lo miraron, alguno le gritó que volviera, que
no se arriesgara. Se arrojó sin más.
Cuando no estaba salvando al mundo, Peter Parker se divertía
a costa de los turistas que visitaban la ciudad.
Leonardo Dolengiewich (Argentina, 1986). Soy escritor y psicólogo.
Tengo dos libros de microficción publicados: La buena cocina (2015) y
Colibríes feroces (2019). Durante 2020, publicaré La gente no es
buena, mi primer libro de cuentos. Desde hace cinco años, coordino el
taller literario “Con premeditación y contundencia”, dedicado al cuento
y la microficción.

Érase una vez
José Manuel Dorrego Sáenz
—Érase una vez…
—Papá, ese cuento ya me lo has contado mil veces, ¿es que no
te sabes otro?
—Perdona, hijo. Aver este: Érase una vez…
—¿Otra vez, papá? Estás un poco tonto hoy. ¿De verdad no te
sabes un cuento nuevo? Por lo menos, uno que me hayas contado
hace mucho y ya no lo recuerde. Yo alucino contigo.
—Déjame pensar, hijo…
—Sí, pero date prisa que tengo sueño.
—Mmm… ¡Ya sé! Éste seguro que no lo has oído antes porque
me lo acabo de inventar.
—Aver, cuenta, cuenta…
—Érase una vez y colorín colorado. ¿Te gusta?
—Pss… No está mal, papá, aunque el final ya lo veía venir.
—Bueno, ahora a dormirte y mañana te cuento otro.
—Vale, pero no lo repitas, ¿eh?
José Manuel Dorrego Sáenz (España). Escribo en corto desde muy
joven porque siempre he pensado que hay demasiadas historias que
contar como para recrearse más tiempo del necesario en una sola. He
publicado el libro de microrrelatos El contrabajista del Titanic, tengo
otros tres terminados y ando con un cuarto de género indefinible que,
COVID-19 mediante, espero que vea la luz este año.

Las canciones y las letras se cruzan en el Le Parc - Sin Retorno
Sandra Almazán | Blog y taller literario del grupo de escritores:  Primaduroverales

Quintilla de minificciones cinco: Adriana A. Rodríguez, Julio Cortázar, vicente Huidobro, Rubén Dario, Lydia Davis

Mexico, Argentina, Chile, Nicaragua, Estados unidos

Fin de Adriana Azucena Rodríguez

En un intento por hallar la cura contra toda enfermedad mortal, se obtuvo la madre de todas las vacunas: una zombificación que derivó en el agotamiento de cada recurso sobre la tierra. Así se produjo el nuevo orden mundial que sucedió al capitalismo: el canibalismo económico-político.

Los cíclopes de J.Cortázar

Toco tu boca con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

La joven de abrigo largo de Vicente Huidobro Chile

Cruza todos los días la plaza en el mismo sentido.
Es hermosa. Ni alta ni baja, tal vez un poco gruesa. Grandes ojos, nariz regular, boca madura que azucara el aire y no quiere caer de la rama.
Sin embargo, tiene un gesto amargado y siempre lleva un abrigo largo y suelto. Aunque haga un calor excepcional. Esta prenda no cae jamás de su cuerpo. Invierno y verano, más grueso o más delgado, siempre el sobretodo como escondiendo algo. ¿Es que ella es tímida? ¿Es que tiene vergüenza de tanta calle inútil?
¿Ese abrigo es la fortaleza de un secreto sentimiento de inferioridad? No sería nada raro. Por eso tiene un estilo arquitectónico que no sabría definir, pero que, seguramente, cualquier arquitecto conoce.
Tal vez tiene el talle muy alto o muy bajo, o no tiene cintura. Tal vez quiere ocultar un embarazo, pero es un embarazo demasiado largo, de algunos años. O será para sentirse más sola o para que todas sus células puedan pensar mejor. Saborea un recuerdo dentro de ese claustro lejos del mundo.
Acaso quiere sólo ocultar que su padre cometió un crimen cuando ella tenía quince años.

El nacimiento de la col de Rubén Dario Nicaragua

En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios. -Eres bella. -Lo soy -dijo la rosa. -Bella y feliz -prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero… -¿Pero?… -No eres útil. ¿No miras esos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco… La rosa, entonces -tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura. Pasó el buen Dios después del alba siguiente. -Padre -dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil? -Sea, hija mía -contestó el Señor, sonriendo. Y entonces el mundo vio la primera col.

La treceaba mujer de Lidia Davis Estados unidos de N.

En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.

Paginas consultdas

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/temas/sea-breve-por-favor/2331-la-minificcion-en-chile.html

https://www.vicentehuidobro.uchile.cl/cuento_la_joven_del_abrigo_largo.htm

https://minisdelcuento.wordpress.com/category/julio-cortazar/

El nacimiento de la col de Rubén Darío

La treceava mujer de Lydia Davis

Después de ti de Yurena González Herrera

Antología coordinada por Lilián Elpick «O dispara usted o disparo yo»

Después de ti
Sarah Bloom era el prototipo de detective quemado por los
años. Tenía instinto para el crimen, se movía rápido y tenía intuición.
Le gustaba limpiar sus armas los viernes pero desde hacía semanas un
caso le impedía trabajar. Empezó a crecer en su interior el miedo: su
peor asesino se había escapado y prometía que la mataría pronto. No
parecía ella, sino la piel y los huesos de Sarah, un zombie que no
dormía ni comía, qué buena era oliendo el peligro. Estudió el caso de
Jakson varias veces: era un sociópata que encontraba placer en el
triunfo, en la impunidad.
—Después de ti —le dijo ella en la puerta del salón de
interrogatorios, tres años atrás.
—Tuviste mucha suerte, rata, no soy fácil de atrapar. Algún día
te despertarás y todo lo que te rodee estará muerto, incluido tu perro.
Ella sonrió y le sostuvo la mirada durante lo que le pareció una
eternidad, el reloj marcó las tres de la tarde, fin de la visita.
Ahora le esperaba en su piso, con sus armas limpias, cargadas, a
punto. Pero Sarah se durmió, le venció el cansancio ante tanta tensión
acumulada. Y soñó con su perro ahogado en sangre, y su casa llena de
cinta amarilla de escena de crimen. Se despertó atada a una silla, frente
a una cámara. Ya buscaba cómo desatarse cuando Jackson apareció
con cables.
—Después de ti, Jackson.
Gritos en un almacén abandonado de la 5ª con Harrison.

Yurena González Herrera (Tenerife, 1980).

Historiadora y bibliotecaria, se ha formado como docente y Gestora
Cultural. Ha publicado en obras colectivas y revistas del género del
microrrelato en España y Suramérica. Ha participado en diversos
congresos literarios, simposios y festivales internacionales. Ha
intervenido en actos culturales y programas de radio con lectura de sus
textos y difusión del Proyecto Encuentro de Minificciones e imparte
talleres de creación literaria. En 2016 publica su primera obra, El diablo
se esconde en los detalles (Escritura entre las nubes).

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Ana Grandal (Madrid, 1969) Mensaje

O dispara usted o disparo yo Antología de Lilian Elphick


«Lo hcms sta noxe n kasa a ls 9». Enviar. Una centésima de
segundo más tarde se da cuenta de su error: ha mandado el mensaje a
María. No a Mario, a María. A su esposa. La precipitación y la similitud
gráfica le han jugado una mala pasada.
Un sudor frío le recorre la espalda. «Calma». Es imposible que
María descodifique la información contenida en la escueta frase. Tal
vez piense que es una invitación al sexo, ese sexo que, durante un año,
ella le ha negado. Por otra parte, ¿no es verdad que, a pesar de su
costosísimo celular ultraligero de niña pija, de rica heredera caprichosa,
siempre olvida recargarlo? No puede evitar una sonrisa. Quizás, a las
nueve, cuando Mario entre en su casa a descerrajarle a María un tiro en
plena nuca, comprenda inútilmente su significado.

HOLA , TE QUIERO , YA NO , ADIOS. PRESENTACION DEL NUEVO LIBRO DE ANA  GRANDAL - Arte-Factor

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce
como traductora científica freelance desde 1996. Ha traducido diversos
libros de divulgación y la compilación de poesía incluida en Mina Loy.
Futurismo, Dadá, Surrealismo (2016). Cuenta con varios premios
literarios. Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme
(2015), al que pertenece el microrrelato «Mensaje». Coedita con
Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (2016),
donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales
La Ignorancia y La Charca Literaria.