Cuando perdió el brazo derecho, comenzó a escribir con la mano izquierda. Cuando perdió el brazo izquierdo, comenzó a escribir con el pie derecho. Cuando perdió la pierna derecha, comenzó a escribir con el pie izquierdo. Cuando perdió la segunda pierna, dejó de escribir. Como soldado hubiese sido un mártir. Sin embargo, con 150 centímetros, nunca pasará de ser un escritor mediocre.
Fernando Dinis nació en 1976. Estudió piano. Publicó en 2003 el primer libro de poesía Dá-me-te, (Hugin Editores). En 2006 participó en la antología bilingüe Poema Poema-Antología de Poesía Portuguesa Actual (Uberto Stabile – Huelva).
Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos aterrada, y se hundió con él. Los otros bañistas aún no habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin esperanza de los animales que buscan esconderse de la tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una fuerza poderosa arrastraba hacia dentro la piel del mundo poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de la nada.
Siempre he creído que somos momentos… momentos en los que nos reímos, cantamos; en los que somos felices y nos enamoramos. Siempre he creído que somos lugares… lugares en los que fuimos, lloramos; en los que dejamos una parte de nuestra alma y nos olvidaron. By: Ana Carranza.
Le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar.
“Ya es muy tarde”,
“no lo es”,
“y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos”,
No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto.
¿Estás seguro?,
claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio, así mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas.
Eso se lo dije hace tres meses. Días después de haber hecho el corte dejó de hablarme y me evitaba, ahora me hizo la seña de que me esperaba bajo el mango.
No estaba lejos, diez minutos a buen paso, el árbol vivía casi pegado al arroyo. Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y cuando terminábamos sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde habíamos cortado mangos verdes, cocoyos y otros de un amarillo que invitaba.
Le hincamos la muela, el diente y toda la arcada a los mangos. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. La tarde si hizo parda, así que me embarré de mango y le dije: te toca a ti… “no va a querer”, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y con la lengua y labios sorbíamos el arroyo de dulce que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
El árbol solo es dormitorio de tordos. Le reclamé a la Cristina porque no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces la tomé de la cintura y la besé, ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no. Qué estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores. Qué mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: cortas mandarinas…
Fuimos a cazar conejos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Teníamos sombreros rojos. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Otros llevaban las manos vacías. Laura iba desnuda. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Teníamos un plan completo. Todos los detalles habían sido previstos. Había cazadores solitarios, y había grupos de dos, de tres o de quince. En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes.
Yo sentía pinchazos en las piernas. Al principio no les daba importancia; lo atribuía al pasto y a los yuyos. Pero luego, cuando el dolor fue subiendo, y un poco más tarde aún, cuando el dolor y el mareo me hicieron vacilar y caer, vi —antes de que la vista se me nublara y cuando mi cuerpo comenzaba a retorcerse en los espasmos de la muerte—, vi la araña con ropas de cazador y sombrero rojo, y mirada perversa y divertida, arrojándome sin pausa los darditos envenenados a través de su pequeña cerbatana.
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora. De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías? Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento. Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.
Al escuchar historias ajenas sobre eventos extraordinarios, increíbles o paranormales, a mi mente llegaron recuerdos de sucesos similares que deseché por creer que eran producto de mi imaginación o consecuencia de fuerzas físicas o naturales. Recordé que en nuestra primera morada en el centro de la ciudad, sucedían eventos raros e inexplicables a los cuales […]
Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicadossin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera, con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las investigaciones de su asesinato. —Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.
José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Gto., 1965).
Libros de poesía publicados: Réplica de viaje, y Ángeles de barro; de minificción, formato digital, Doble cámara falsa de Gesell, La moraleja del cuento, Las cincuenta cabezas de la hidra, Las historias de cada quien, y formato tradicional, Cuatro caminos y Las metamorfosis de Diana/Fábulas para leer en el naufragio; es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario y, junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras
Frankensteiniana El señor Gerardo de la Torre fue arrollado por el tren de Cuernavaca. Como es costumbre, trató de pasar primero y no supo calcular la velocidad de la máquina. De su cuerpo despedazado, según informaron médicos del Banco Nacional de Reconstrucción Humana, sobreviven algunos dedos de la mano derecha, la pierna izquierda, y la […]
Para Camila Ixchel, Sofía Valentina y Austin Manuel
Dictado de palabras José Manuel Ortiz Soto
Lápiz en mano, Noecilla está lista para tomar el dictado. —Duna —dicta mamá al pasar junto a ella. “Duna”, escribe Noecilla en el cuaderno. Una montaña de arena arrastrada por el viento cubre la llanura de la hoja. El sol cala fuerte. Noecilla siente su cuerpo seco y arrugado, cual pasita de uva. —Masa —dicta mamá desde algún lugar en la casa. La palabra “masa” toma forma en la hoja del cuaderno: el desierto se hace blanco, suave y húmedo, como la masa del pan que hace su familia para vender. Un agradable olor a pan recién horneado flota ya en el aire. —Lluvia —dicta mamá, acercándose. Antes de que la palabra “lluvia” vaya a estropearle la tarea, Noecilla cierra el cuaderno, y le dice a mamá que necesita un descanso.
José Manuel Ortiz Soto (México, 1965). Pediatra y cirujano pediatra. Ha publicado los libros de minificción en formato tradicional, Cuatro caminos y Las metamorfosis de Diana; es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario y, coantólogo de Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve y El Tótem de la rana. Catapulta de microrrelatos. Miembro de La Internacional Microcuentista. Coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.
Laura gateaba en el pasto. La cosquilla de los yuyos la excitaba, y entonces aparecía un conejo. Ella lo atrapaba entre sus piernas. Era lindo de ver la cabecita blanca asomando y hociqueando sobre esas nalgas también blancas. Ella decía preferir los conejos a los hombres; que los conejos eran de pelo más suave y cuerpo más cálido. Y si ella apretaba un poco demasiado con sus muslos, al conejo se le nublaban los ojos y moría dulcemente, graciosamente, o aun con indiferencia
La ciudad es un hormiguero de alientos. El mismo rostro con diferente gesto. Las calles son cordones que se mueven a pausas, temblorosos, enganchados a la prisa y la ansiedad.Un cielo con grises que presumen agua. El viento tiene olor a metal y cuero; mueve tendederos, antenas y anuncios . Los pájaros nómadas se van huyendo del smog y del frío.Estoy guarecido bajo una cornisa y la gente corre. Algunos se cubren con los periódicos. A mi lado, en una tienda de ropa, le están colocando un vestido azul y una peluca rojiza a un maniquí; tiene los brazos abiertos y extendidos hacia adelante. Me prende el recuerdo.Un carro ronronea cerca, toca el claxon con insistencia. Me haces señas para que aborde; y tu mano, al girar, va de un do hasta un fa. Con la ceja saludo al viejo auto que a diario se rompe el espinazo por ti. Tenemos el deseo de besarnos en la mejilla, pero la luz del semáforo cambia a verde y la arrancada es violenta.Me acerco con la rutina que aprendí hace tiempo; tomas mi mano y la aprietas, como preguntando: ¿por qué no me has hablado? En un tris, haces un cambio en la palanca de velocidades y tu mano, que me sujetaba, se desplaza al volante. Hablas y hablas, y simulo una atención que estoy lejos de tener, mis monosílabos son evidencia de que deseo continuar en silencio. Tú sigues la plática como si entre nosotros nada hubiese ocurrido. Muestras tu imagen de anteayer, y no la de hoy. No quiero escucharte decir que la mañana es fría, que llueve a cantaros, que la polución, el tráfico. Maneja, sólo maneja, no deseo platicar contigo. Así que, ¡sólo maneja! Me miras sorprendida, pues antes no te hubiera hablado de ese modo; de haberte permitido continuar, tendría el fastidio de tu discurso como esferitas tintineando. Las calles encharcadas detienen el tránsito; el vehículo se asfixia, estornuda cada vez que el rojo lo obliga a suspender la marcha. La avenida es larga y el semáforo se reproduce en cada esquina.Aquella mañana cuando por primera vez nos encontramos, ya te conocía porque todos me hablaban de ti, de tu sonrisa, la charla, tu cercanía con la música; y también sabía del carro, que era viejito, pero… ¡qué cómodo! Jamás se quedaba, era un burrito de trabajo, sobre todo, para una mujer. Imagine en qué problemas si el carro se detuviera, ¡y con el tráfico de México! ¡Qué carácter bonito, nunca enojada!, y cómo cambiabas cuando tus manos iban y venían por el teclado del piano.Recuerdo cuando te sentaste a la mesa, los cabellos se tendieron en la superficie. Olías a mañana de pueblo que por la noche se lava después de un chubasco. Tus ojos negros, vivos, difíciles de atrapar, te otorgaban la belleza de un pez en movimiento.El café llenaba de olor la estancia y mientras platicábamos, aspiraba tu presencia. Te imaginé dentro de mí. Fue una delicia verte a mis anchas y enjuagarme con tu aroma. Te inventaba recovecos para dejarte en mis entrañas. escapaste.Me habías conocido con la barba de varias noches y ojos adormilados. ¿Abrirlos? ¡Para qué! Era ver lo mismo: los monitos de porcelana en actitud de darse un beso con una patita levantada, el reloj con el gorila que al aplaudir daba las horas.Así llegaste a mi vida. te entregué el ropero, el cajón de olores, las palabras rotas, mi insomnio, y tristeza adosada por años a mi equipaje. Mi piel fue cambio de textura, el color viejo se hizo más vivo, y se limpió de resabios. Poco a poco pude sentir que dentro de mí había un germen que respiraba. — Luces mejor que cuando te conocí –me decías – antes estabas cercano a la lejanía, escondido. Hoy eres diferente y tus manos hablan más. Era increíble, ¡me tomabas en cuenta! Tal vez te acercaste por un sentimiento mórbido, pero me habitaste la piel con tus caricias y mis ojos brillar cuando tu mejilla descansaba sobre mi pelo. El tiempo se volvía un instante.Me quitaste las ropas sucias y la barba de tantas noches. Estabas en mí, sin estarlo, y mi corazón presuroso brincaba queriendo salirse. Contemplarte era descubrir el mundo, tener un sol dentro de mí, un asombro. Observar tu carro doblando la esquina, me incitaba a seguirlo, a gritarle al semáforo que se quedara en rojo, pero fui dejando de ser, hasta que ya no pude ser sin ti. ¡Qué difícil explicármelo! Era como sumergirme en un río, bracear hasta el desmayo. Hundirme en el fondo enredarme en la hierba y el agua llegándome al alma y cuando al fin alcanzaba la orilla, volvía la soledad. Cabizbajo solía regañarme por no haber interpretado tus señales.Hoy, soy consciente de que yo era un papel que con cualquier remolino daría vueltas y vueltas y seguiría girando, aunque el torbellino no estuviera.
Conduces rápido y tomas Insurgentes mientras los charcos se juntan en las esquinas. De la tercera velocidad pasas violentamente a la segunda, sacando una cortina líquida que moja a quienes esperan el urbano. Me miras y te encoges de hombros. —Como quiera ya estaban empapados, además, llegarán a sus casas a bañarse. No te he dicho, mis manos cada día son más hábiles, ya puedo tocar la tocata en fuga. Sabes de quién es, ¿verdad? –preguntas. —Déjame en la esquina, por favor. — ¡Oye, te vas a mojar! Si lo deseas te dejo en el metro. ¿Quieres? —No, gracias.El agua fría se escurre por mi cuello, no hago nada para evitar que siga por la espalda. A lo lejos, un muñeco de luz toma la guitarra y saca chispas que se pierden en la oscuridad de la noche. A mi lado un trolebús mueve pesadamente su carga. Es la gente que busca su cueva.
De la antología de Lilían Elphick » O dispara usted o disparo yo»
José Manuel Ortiz Soto Ojo de águila
Toni Ibargüengoitia despertó empapado en sudor. Vio que la pistola de cargo siguiera debajo de la almohada y se sentó en el borde de la cama. Mientras se tranquilizaba fumándose un cigarro Delicados sin filtro, trató de reconstruir la pesadilla que, de nueva cuenta, lo tenía en aquel estado. Pero como sucede en la vida real con tantos casos como aquel, las pistas recabadas no le alcanzaban para terminar de armar el rompecabezas completo. «¡Maldita suerte!», se dijo y aplastó la bachicha del cigarro contra el fondo opaco del cenicero de madera, con forma de alebrije oaxaqueño. Luego se recostó sobre la cama y esperó a quedarse nuevamente dormido para continuar con las investigaciones de su asesinato. —Un día de estos nos vemos las caras, pinche Cojo —le espetó Benito el Tuerto desde el Centro de Videovigilancia de la ciudad.
Diálogo en la oficina Perla Hermosillo
—¿Cuáles son las pistas?, pregunta el detective. Su compañera se levanta del escritorio y busca la información en el archivero. Él la mira con atención. Le gustan sus tacones negros que lucen sensuales en sus pequeños pies. Ese traje gris delinea su silueta a la perfección, aunque su falda no tiene bastilla. Lo que más le fascina son sus manos, muestra de una delicadeza exquisita. Nota una ligera mancha azul en su dedo índice. — Una pisada, un hilo y una nota suicida, responde la detective. —¿La huella en la tierra es aproximadamente del número 3? — Sí. —¿El hilo es de color gris? — Sí. —¿La nota está escrita con tinta azul? —Sí. Los dos detectives se miran a los ojos unos segundos. Ágatha le descarga la pistola en el pecho. Orgullosa, sonríe: esta vez superó a Poirot.
Dina Grijalva Autora intelectual
Es cierto: yo planeé el crimen, decidí el arma, la víctima y el victimario. Confieso que me dejé llevar por la pasión de ir armando cada detalle para conseguir el crimen perfecto. Pero la policía debe comprender que todo sucedió en las páginas de mi libro. El juez dijo: A mí no me venga con cuentos y me declaró culpable.
Diana Raquel Hernández Meza Archivo muerto
El capitán Márquez entró a la habitación y no pudo evitar las náuseas que el penetrante olor a sangre le provocaron. —Nunca se está listo para ver de nuevo a la que apenas te cogiste la noche anterior, ¿verdad? —dijo el sargento Sánchez, que entró detrás. Los peritos terminaban de recabar los indicios de la escena del crimen y estaban por llevar el cuerpo a la morgue. —No tengo nada qué decir, pudo ser cualquier cabrón. El capitán Márquez dio media vuelta, apesadumbrado; enamorarse con las primeras caricias siempre tiene riesgos.
Engel Islas Miedo No pagó la droga y lo iban a matar, lo sabía. Pero no sería de un tiro, era demasiada clemencia. Lo llevaban desnudo y amarrado, con la cabeza metida en un costal. Lo sentaron sobre lo que, imaginó, sería un carro de supermercado. Llegó la brisa vespertina, luego el frío de la noche y el sonido de un tren acercándose.