POR QUÉ “LIMPIAR” EL OCÉANO Y LAS PLAYAS NO ARREGLARÁ EL PROBLEMA DE LA BASURA MARINA — Crónicas de un Amonite

Pretender “limpiar” las playas y el océano de la basura que llevamos vertiendo durante años es como intentar achicar agua de un bote, sin tapar el agujero por el que entra el agua; o como explican en “The Story of Plastics”, como intentar vaciar de agua una bañera sin siquiera cerrar el grifo que la […]

POR QUÉ “LIMPIAR” EL OCÉANO Y LAS PLAYAS NO ARREGLARÁ EL PROBLEMA DE LA BASURA MARINA — Crónicas de un Amonite

Minificciones de José Manuel Ortiz Soto

Mejor comprar un perro

Allí estaba, otra vez, al abrir la puerta: fresca y vaporosa, con su inconfundible y penetrante olor a mierda de perro. Un charco de orín daba origen a un arroyito que iba a despeñarse por la escalera. Era la meada de un perro pequeño y no llegaría a la planta baja.

Él se asomó al vacío: la cascada ambarina había goteado y formado un charquito insignificante en el noveno piso, y no iba más allá. Se contuvo de llamar al apartamento 1123 para exigir una explicación, pues recordó que su vecino, a pesar del perro faldero que tenía por mascota, era un tipo alto y musculoso, ¡todo un atleta! En tan desiguales condiciones, no era difícil suponer quién llevaba las de perder.

—Está bien, no hay bronca —dice para sí, pasa la escoba por el excremento que se desmorona y deja sobre el piso unas manchas oscuras y mucosas—. Ah, pero mañana me compro un revólver y un rottweiler.

Dar de comer al hambriento

A tío Chicho se le ve por el mercado con una bolsa de mandado en cada mano. Los dependientes de los puestos lo saludan con familiaridad porque seguro tienen un aparato electrónico o una máquina de escribir que tío Chicho reparó alguna vez, y le ofrecen sus mejores chiles, cilantro, jitomates, cebollas. Como también es administrador de la Unión Ganadera local, eso le asegura a la familia de tío Chicho barbacoa y montalayo de primera; las carnitas y el chicharrón más frescos; los bistecs y las costillas más suaves. Fruta de temporada, jugos de naranja y de zanahoria, tortillas y semitas, dulce de membrillo y gelatinas con rompope completan el mandado.

Es por todo eso que a media mañana los sobrinos, hermanos y cuñadas de tío Chicho se aparecen sorpresivamente por la casa. Entre saludos y bostezos, Lalín sepulta el trozo de barbacoa en sus dos tortillas con salsa pico de gallo. «¡Uta, pica un chingo!», se queja el Gabo Gordo, y pide a Toni que le sirva un vaso de jugo de naranja. A eso de la una de la tarde el lugar comienza a vaciarse. La última en dejar el comedor es tía Trini, que muy seria le dice a su esposo que no deje remojar tanto los trastes, porque se apestan.

—¡Y apúrate a ir al mercado, Chicho, que ya casi es hora de comer!

Sobremesa

El salero es la puta de la mesa, pero no le incomoda el mote. Nunca ha necesitado de sicólogos que lo ayuden a aceptar su circunstancia de ir de mano en mano. «Yo no soy el problema —lo dice desde su condición masculina, porque se escucharía extraño decir la salera—, me acepto cual soy. El conflicto, en todo caso, lo tienen la vajilla y los cubiertos, que apuestan a que un poco de jabón y agua borren sus tres infidelidades diarias».

Objeto sexual

Se estremece al sentir encima los dos cuerpos desnudos, sudorosos. A pesar del cojín sobrepuesto, el asiento de mimbre adquiere el contorno de las escuetas nalgas masculinas. Tras un breve lapso de indecisión, extiende los brazos engarrotados y prodiga los senos de la joven en caricias y gemidos.

Al fin dejó de ser solo un objeto exánime llamado silla.

Botones

Los hay de formas, tamaños y colores caprichosos, pero ninguno como el botón que se cae de la camisa minutos antes de la boda. Pasado el azoro inicial, agradeces que no haya sido el que mantiene cerrado el cuello, ese terco que gusta de asomar detrás del nudo de la corbata y atraer las miradas en las fotografías. Por fortuna, nunca falta un alma comedida que saque un costurero portátil y repare el daño. No sabes cómo agradecer su buena acción, pero le dices que te da gusto que aún haya personas así. La miras con detenimiento y la reconoces, le preguntas: «¿Dónde estabas?» La mujer se sonroja, suelta la falda de tu camisa que sostenía entre sus manos.

—El botón está otra vez en su sitio —dice.

—Gracias —te enterneces.

A dos años del suicidio de tu esposa, llevas el amor prendido firmemente a un botón de camisa.

El peine

Le sorprendió encontrar el peine de Luis en su bolso. Para no extraviarlo, lo dejó sobre el tocador, junto a las cremas y cepillos que necesita su pelo rizado y abundante. Cada día, al despertar y al acostarse, contemplaba con curiosidad ese objeto masculino encallado en su mundo de mujer. Aunque lo veía responder al coqueteo de los frascos de perfume, excitarse al roce de los labiales o las toallas humectantes, el peine de Luis siempre parecía envuelto en el manto de los desterrados. Enternecida, cómplice, Diana lo llevó una noche hasta su cama y le ofreció el calor de su cuerpo. El peinecito le correspondió acariciando su pubis desnudo.

Ganchos para colgar ropa

Generalmente son delgados y sobrios; de madera, metal o plástico; diseño humano, anatómico, porción superior del torso doblemente cercenado de la Venus de Milo. Los ganchos, amos y señores del clóset, fueron diseñados por Albert J. Parkhouse para mantener intacta la forma de los trajes, camisas y vestidos. Una sola arruga puede ser motivo de feroz disputa; a mi familia le tocó sufrirlo: Tía Julia recibió de su marido una tremenda golpiza porque la raya medial del pantalón, al llegar a la altura de las rodillas y las corvas, se volvía un screwball indómito. Plancha, ganchos, pantalones y el cuerpo de tía Julia terminaron en el basurero que había detrás de su casa.

Cuando fue detenido por la policía, el feminicida dijo haber actuado conforme a derecho. «Si tu pinche vieja no sirve ni para planchar, ¿entonces para qué chingados la quieres?», dijo descaradamente. Por suerte, el longevo juez no concordaba con aquella tesis y le mandó prisión perpetua, pero no alcanzó a cumplir la condena: a mi tío político lo mató el Gancho, un tipo enorme y cruel que ahorcaba a sus víctimas.

De esa época impera en mi familia una ley no escrita, una que prohíbe a sus mujeres planchar la ropa. Demás está mencionar que, para nosotros, vestir con arrugas se ha convertido en sello de distinción.

Pasos

Ahí estaban, junto a la cama, los zapatos de papá. Los usaba siempre al volver a casa: pregonaban su andar inconfundible. Viejos, eternos, tan suyos. «Si por mí fuera, ya los habría tirado», decía mamá con rastros de melancolía en la voz.

Crecí mirando aquellos zapatos. Cada mañana, al despertar, iba hasta la habitación de mamá a ver si continuaban en su sitio. No perdía oportunidad de meter mis pies y sentir, en sus abismos, un poco de lo que había sido mi padre.

Ayer, cuando mamá escuchó el sonido fantasmal de pasos acercándose desde el pasado, se sobresaltó. Su rostro se relajó al ver que era yo. «¡Cuánto has crecido!», me dijo.

Esta noche, mis zapatos descansan junto a nuestra cama.

Fuga

Parece que las cosas comienzan a cambiar. De la nada, mi mujer recupera el deseo perdido y me brinda la noche más intensa de la que tengo memoria. En el trabajo, el jefe me llama a su oficina y me da el resto de la semana a cuenta de vacaciones extraordinarias. «El lunes hablaremos del ascenso que está pendiente», agrega.

Hace mucho que no camino por la ciudad a esta hora. Las avenidas, apenas transitadas por unos cuantos carros, lucen vacías. El cielo —de un azul clarito, casi trasparente— permite fisgonear a pleno sol la silueta opaca de la luna y las estrellas. ¿Adónde voy? No tengo idea. Solo sé que así estoy bien y no volveré atrás.

José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Guanajuato, México, 1965). Es médico cirujano egresado de la UNAM, con especialización en Pediatría y Cirugía Pediátrica. Ha publicado los libros de poesía Réplica de viaje, poemario (2006) y Ángeles de barro (2011); antologa El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (2012) y junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (2013); participa en las antologías Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (2012), I Antología Triple C Microrrelatos reunidos (Argentina, 2012) y De antología, la logia del microrrelato (España, 2013), entre otros. Es tallerista en la Marina de Ficticia y miembro del comité editorial de la revista especializada en microrrelato Internacional Microcuentista y tallerista en la Marina de Ficticia. Administra el blog Cuervos para tus ojos y coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.

1) ¿Cuánto hace que escribe y qué lo impulsó a escribir? 
Tendría 15 años cuando escribí mis primeros textos. La ruptura con una novia fue el detonante. De pronto, me di cuenta que me era más fácil expresarme a través del lenguaje escrito, que de manera verbal.


2) ¿Qué clase de lector es? No me queda muy clara la pregunta, pero diría que soy un lector emocional y apasionado que gusta de la poesía y la prosa fantástica, impregnada de matices absurdos, pero siempre que te permita la lectura entre líneas.


3) ¿Cuáles han sido sus principales fuentes de inspiración llegado el momento de escribir –ya sean del campo literario u otros? La vida en general, sobre todo el entorno en que me muevo a diario. En un principio, aquellos sucesos que me pasaban a mí mismo, sentía la necesidad de externarlos. Después me di cuenta que podía cortar el cordón umbilical que nos unía sin ningún remordimiento. Sí, que un texto personal puede evolucionar completamente a uno impersonal sin mayor problema. O quedarse en vivencias. No tengo conflicto con ello.


4) ¿Cuando escribe, piensa en el «lector», si así fuera, quién / cómo / dónde está? De inicio no pienso en nadie, a veces ni siquiera en mí. Escribo en automático o porque quiero decir algo o porque en mi cabeza parece una idea que considero interesante. Sin embargo, ya en el proceso, un texto puede tomar diversos caminos: que la idea, en un inicio genial, naufrague o que el texto se logre pronto o después de reposar un buen rato. Durante esta etapa puedo pensar o no en el lector. Con las redes sociales y blogs, muchas veces se sube un texto en apariencia terminado, pero las diversas lecturas que se hacen de él te dicen lo contrario. Al final, todo autor busca ser leído.


5) Cuando está falto de inspiración, ¿dónde o cómo la encuentra de nuevo?¿Me creerías si te digo que siempre tengo un pretexto para escribir? No me importa adónde vaya lo escrito, lo que busco es mantenerme ejercitado. O tal vez escribo tantas cosas y las retomo otras tantas, que vivo con la falsa idea de que siempre estoy inspirado.


6) ¿Nos puede hablar un poco de los microrrelatos traducidos aquí?Tirones” es un micro muy joven, que hace meses comenzó como poema. Yo manejaba de casa al trabajo y, de pronto, apareció en mi cabeza “las palabras son nudos en la punta del cabello”. Quizá mi subconsciente recordó la época en que peinaba a mis hijas antes de llevarlas al colegio. Me apuré a llegar al consultorio (soy médico de profesión) y me puse a escribir.“La hora del café”… no recuerdo el momento en que lo escribí, pero sí puedo decir por qué lo hice: no me gustan los funerales. Cuando yo muera, quiero ser cremado en completo anonimato, para que nadie se sienta con obligación de asistir; y que mis cenizas sean colocadas en una urna en forma de libro y depositadas en mi librero. Si fuera posible, que se me permitiera no asistir a mi propio funeral.“Bajo las sábanas”. Este micro lo escribí cuando tenía dieciocho o veinte años. Luego lo desempolvé en el taller la Marina de Ficticia. Tiene algo de autobiográfico.
En la ópera”. Este micro lo escribí para una amiga amante de la ópera, y a la que de cariño llamo “Sirena”. El gato está emparentado con el gato que aparece al final de La espuma de los días, de Boris Vian, autor a quien admiro.


7) ¿Qué impresión le causa saber que sus textos están siendo traducidos? Me emociona, ya que permite a mis textos llegar a lectores que de otra manera no tendrían. Pero sobre todo porque en mi juventud estudié lengua francesa en L’Institut Français d’Amérique Latine(IFAL).Recuerdo que en una ocasión una profesora nos pidió escribir un texto y yo traduje un poema en prosa de mi autoría, pero Nicole —creo que así se llamaba— no me creyó.


8) ¿Qué opinión le merecen las nuevas tecnologías en lo que a literario se refiere? No estoy peleado con ellas. Todo lo que sea pretexto para que la gente lea y escriba, bienvenido. Aunque ahí todo es efímero. Al final será el tiempo quien diga qué se va y qué se queda.


9) ¿Si estuviera en el lugar de Rilke, qué consejos le daría a un «joven poeta / escritor»?¡Qué gran honor estar en el lugar de Rilke! Desde el discreto sitio que me toca, le diría a los jóvenes escritores lo que me digo a mí mismo: escribe, no te preguntes qué o para qué, solo escribe y disfrútalo. Si llegara el momento en que tú o los demás deban cuestionar y sufrir lo escrito (literariamente hablando), sigue escribiendo y disfrútalo. Hace 33 años que el objetivo primordial de mi vida es escribir.

Lorena Escudero física y escritora

Española

Arquitectos*

NO HA SIDO difícil aprender vuestro idioma. Conocemos las
imágenes de vuestros sueños, todas las formas de nombrarlas.
Somos los arquitectos: sumamos las piezas con las que cada noche
construís sin saberlo vuestra eternidad individual. Desde hace
milenios seleccionamos vuestros anhelos y diseñamos una imagen
única, hermosísima, uniéndolos. Pero ya no caben más. Tenemos
que advertiros: ya no hay espacio. Podéis dejar de soñar. Nosotros
suponemos pues nuestra extinción y nos despedimos. Fin del
mensaje.


TRAS LA ESTACIÓN de trenes hay un verdadero cementerio de
bicicletas. Somos muy listos y lo hacemos muy rápido. En cada
fila caben exactamente cincuenta y dos bicis, y cada sábado
temprano se completan las primeras filas. Entonces actuamos
nosotros, muy deprisa. Abrimos los candados de las bicicletas de
la primera fila y las movemos a la última. Después permutamos
todos los candados. Tenemos que darnos prisa, tardamos casi
toda la mañana en realizar esta operación. Pero somos muy listos,
y cuando los dueños regresan, ninguno es capaz de llevarse su
bici: o no la encuentran o su llave no sirve. Así se van olvidando,
abandonando, perecen cada sábado cincuenta y dos bicicletas
más, crece el cementerio. Nos divertimos mucho y somos muy
listos, aunque en realidad no sabemos qué sucede con las que
dejamos en la última fila. Van desapareciendo cada semana, se las
comen los gusanos.

Resultado de imagen de Lorena Escudero física

Después de la media noche Carmen de la Rosa


Suenan las doce campanadas. Desaparecen los zapatos de cristal de Cenicienta, el vestido de noche, se deshace su peinado. Descalza, consu traje viejo y roto, mira al príncipe. Él se quita la chaqueta cargada de condecoraciones y los zapatos de charol. Bailan hip-hop hasta el amanecer.

Resultado de imagen de hip hop

Carmen de la Rosa (España). Sus relatos y microrrelatos están
editados en Todo vuela, Acordeón; las antologías: Somos Solidarios,
99 crímenes cotidianos, Ellas, Eros y Afrodita en la minificción,
Perdone que no me calle, 100 palabras para mamá, Antología de
Minificción Española en Redes; y en revistas y blogs: Fahrenheit XXI,
Plesiosaurio, Minificción, Antología Mundial de Minificción, Brevilla y
Lectures d´ailleurs. Ganó el I y X concurso de relatos breves “Mujeres”
del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Cinco poemas de Tomás Segovia | Letras Libres

«Cinco poemas de Tomás Segovia | Letras Libres» https://www.letraslibres.com/mexico/literatura/cinco-poemas-tomas-segovia

La Antartida

La antartida | PUROCUENTO teecuento.wordpress.com Antártida Cada vez que la mujer felizmente casada salía, se preguntaba cómo sería dormir con otro hombre. Ese fin de semana estaba decidida a descubrirlo. Era diciembre; sintió que se corría un telón sobre otro año. Quería hacer eso antes de ponerse demasiado vieja. Estaba segura de que se iba a desilusionar. El viernes a la noche tomó el tren a la ciudad, se sentó a leer en un vagón de primera clase. El libro no llegó a interesarle; ya podía prever el final. Del otro lado de la ventana, las casas iluminadas pasaban veloces en la oscuridad. Había dejado afuera un plato de macarrones y queso para los chicos, había ido a buscar a la tintorería los trajes de su marido. Le había dicho que iba a hacer las compras de Navidad. No había razón para que no confiara en ella. Cuando llegó a la ciudad, tomó un taxi hasta el hotel. Le dieron un cuarto pequeño y blanco, con vista a Vicar’s Close, una de las calles más antiguas de Inglaterra, una hilera de casas de piedra, con altas chimeneas de granito, donde vivía el clero. Esa noche se sentó en el bar del hotel a beber tequila con lima. Los viejos leían periódicos, no había mucho movimiento, pero no le importó, necesitaba una noche de descanso. Se metió en la cama que pagó y cayó en un sueño sin sueños, y se despertó con el sonido de las campanas que repicaban en la catedral. El sábado fue hasta el shopping. Las familias habían salido a empujar cochecitos, a través de la muchedumbre matinal, un espeso torrente de personas que circulaba por las puertas automáticas. Compró regalos inusuales para los chicos, cosas que pensó no iban a imaginarse. Al hijo mayor le compró una afeitadora eléctrica —ya era hora—, un atlas para la niña y, para su marido, un costoso reloj de oro con esfera plana y blanca. A la tarde se vistió, se puso un vestido color ciruela, tacos altos, su lápiz labial más oscuro y volvió al centro. Una canción de fonola, «La balada de Lucy Jordan», la atrajo al pub, una cárcel transformada, con barrotes en las ventanas y un techo bajo brillante. En un rincón, titilaban las máquinas tragamonedas y, en el momento en que se sentó en el taburete junto a la barra, por la canaleta cayó un montón de monedas. —Hola —le dijo el tipo que estaba sentado al lado de ella—. No te había visto antes. Tenía tez rojiza, una cadena de oro debajo de la camisa hawaiana de cuello abierto, cabello color barro y su vaso estaba casi vacío. —¿Qué estás tomando? —preguntó ella. Resultó ser un verdadero parlanchín. Le contó la historia de su vida, que trabajaba por las noches en un geriátrico. Que vivía solo, era huérfano, que no tenía familiares, salvo un primo lejano al que nunca había conocido. No llevaba anillo en el dedo. —Soy el hombre más solitario del mundo —dijo—. ¿Qué hay de ti? —Soy casada —le dijo, antes de saber lo que estaba diciendo. Él se rio. —Juguemos al pool. —No sé jugar. —No importa —dijo el hombre—. Te enseñaré. Vas a embocar esa negra antes de darte cuenta. Puso monedas en una ranura y tiró de algo, y un pequeño estruendo de bolas de billar se derramó dentro de un agujero oscuro debajo de la mesa. —Rayadas y lisas[1] —dijo, poniéndole tiza al taco—. O eres unas o eres otras. Yo empiezo. Le enseñó a inclinarse y medir la bola, a observar la bola del taco cuando le daba, pero no la dejó ganar ni un juego. Cuando ella fue al baño, estaba borracha. No pudo encontrar la punta del papel higiénico. Apoyó la frente contra el frío del espejo. No recordaba haber estado tan borracha alguna vez. Bebieron sus copas y salieron. El aire le dolía en los pulmones. Las nubes se estrellaban unas contra otras en el cielo. Dejó caer la cabeza hacia atrás para verlas. Deseó que el mundo pudiera volverse de un rojo fantástico y escandaloso para combinar con su humor. —Caminemos —dijo él—. Te llevaré a dar una vuelta. Caminó a la par de él, oyendo el crujido de su campera de cuero, mientras él la guiaba por una vereda donde se curvaba el foso que había alrededor de la catedral. Afuera del Palacio del Obispo había un viejo que vendía pan duro para los pájaros. Le compraron y se quedaron junto al borde del agua, alimentando a cinco cisnes cuyas plumas se estaban poniendo blancas. Unos patos marrones cruzaron el agua volando y aterrizaron en el foso con un leve y delicado movimiento. En el momento en que un labrador negro se apareció a los saltos por la vereda, un desorden de palomas levantó vuelo al mismo tiempo, y se posó mágicamente sobre los árboles. —Me siento como si fuera San Francisco de Asís — dijo ella riéndose. Empezó a llover; sintió que la lluvia caía sobre su rostro como si fuera pequeñas descargas eléctricas. Volvieron sobre sus pasos hasta el mercado, donde se habían montado puestos protegidos por una lona alquitranada. Vendían de todo: libros hediondos de segunda mano y porcelana, grandes estrellas federales rojas, coronas navideñas, adornos de cobre, pescado fresco que yacía sobre hielo, con ojos muertos. —Ven a casa —le dijo él—. Te cocinaré. —¿Me cocinarás? —¿Comes pescado? —Como de todo —dijo la mujer y él parecía divertido. —Conozco a las de tu tipo —dijo el hombre—. Eres salvaje. Eres una de esas mujeres salvajes de clase media. Escogió una trucha que se veía como si todavía estuviese viva. El pescadero le cortó la cabeza y la envolvió en papel metalizado. A una mujer italiana que atendía el puesto al final de la feria el hombre le compró un frasco de aceitunas negras y un pedazo de queso feta. Compró limas y café de Colombia. Siempre, cuando pasaban delante de los puestos, le preguntaba a ella si quería algo. Era desprendido con el dinero, lo llevaba arrugado en los bolsillos, como si fuera facturas viejas, ni siquiera alisaba los billetes cuando los daba. Camino a la casa de él, se detuvieron en una licorería, compraron dos botellas de Chianti y un número de la lotería, todo lo cual ella insistió en pagar. —Si ganamos, dividimos —dijo la mujer—. Vamos a las Bahamas. —Sí, puedes esperar sentada —le dijo el hombre y la vio cruzar la puerta que él le había abierto. Pasearon por calles adoquinadas, dejaron atrás una barbería en la que un hombre, sentado con la cabeza hacia atrás, estaba siendo afeitado. Las calles se hicieron angostas y serpenteantes: ahora estaban fuera de la ciudad. —¿Vives en los suburbios? —preguntó la mujer. Él no respondió, siguió caminando. La mujer sintió el olor del pescado. Cuando llegaron a un portón de hierro forjado, él le dijo «dobla a la izquierda». Pasaron debajo de una arcada que daba a un callejón sin salida. Él abrió la puerta de una casa de esa cuadra y la siguió escaleras arriba en dirección al piso más alto. —Sigue caminando —le decía, cuando ella se detenía en los descansos. Ella se reía nerviosa y subía, volvía a reírse nerviosa y volvía a subir. Arriba de todo se detuvo. La puerta necesitaba aceite; los goznes chirriaron cuando se abrió. Las paredes del departamento no tenían adornos y estaban amarillentas, los alféizares estaban polvorientos. En la pileta de la cocina había una taza sucia. Un gato persa blanco saltó de un sofá en la sala de estar. Estaba abandonado, como un lugar donde ya no viviera nadie; olor a humedad, ningún signo de teléfono, ninguna foto, adornos, árbol de Navidad. El gomero del living se arrastraba por la alfombra en dirección a un cuadrado de luz que venía de la calle. Había en el baño una gran bañera de hierro fundido, con patas de acero azul. —Un baño —dijo ella. —¿Quieres un baño? —preguntó el hombre—. Pruébala. La llenas y te metes. Vamos, adelante. La mujer llenó la bañera, mantuvo el agua tan caliente como pudo soportarla. Él entró y se desnudó hasta la cintura, y se afeitó en el lavabo, dándole la espalda. Ella cerró los ojos y lo escuchó batir la espuma de afeitar, golpear la navaja contra el lavabo, afeitarse. Era como si ya lo hubieran hecho antes. Pensó que él era el hombre menos amenazador que hubiese conocido. Se apretó la nariz y se deslizó debajo del agua, oyendo cómo la sangre le bombeaba en la cabeza, el ajetreo y la nube en su cerebro. Cuando emergió, él estaba ahí, entre el vapor, limpiándose rastros de espuma de afeitar del mentón, sonriente. —¿Te diviertes? —preguntó él. Cuando él se puso a enjabonar una toalla de mano, ella se incorporó. El agua le caía por los hombros y le chorreaba por las piernas. Él comenzó por los pies y fue subiendo, enjabonándola lenta y enérgicamente. La mujer lucía bien a la luz amarilla de la espuma; levantaba los pies y los brazos y, ante su requerimiento, se daba vuelta como una niña. La hizo meterse nuevamente en el agua y la enjuagó. La envolvió en una toalla. —Ya sé lo que necesitas —le dijo él—. Necesitas que te cuiden. No hay una sola mujer en el mundo que no necesite que la cuiden. No te muevas —añadió y salió para volver con un peine y comenzar a peinarle los nudos del cabello—. Mírate. Eres una verdadera rubia. Tienes vello rubio, como un durazno. —Y los nudillos de él se deslizaron por su nuca y siguieron por su columna. Su cama era de bronce con un acolchado blanco de duvet y fundas de almohada negras. Ella le desabrochó el cinturón, se lo sacó de las presillas. La hebilla tintineó cuando tocó el suelo. Lo liberó de los calzoncillos. Desnudo no era bello, aunque había algo voluptuoso en él, algo inquebrantable y recio en su constitución. Tenía la piel caliente. —Suponte que eres América —le dijo ella—. Yo seré Colón. Debajo de la ropa de cama, entre la humedad de los muslos del hombre, ella exploró su desnudez. El cuerpo de él era una novedad. Cuando los pies de ella se enredaron en las sábanas, se las sacó de encima. En la cama, ella tenía una fortaleza sorprendente, una urgencia que lo lastimaba. Lo tomó del cabello y le llevó la cabeza hacia atrás, borracha con el olor de un extraño jabón en el cuello de él. El hombre la besó y la besó. No había ningún apuro. Sus palmas eran las manos ásperas de un obrero. Lucharon contra su deseo, combatieron contra lo que al final les iba a ganar. Después, fumaron; ella no había fumado en años, había dejado después del primer hijo. Se estiraba para buscar el cenicero, cuando, debajo de su radio reloj, vio un cartucho de escopeta. —¿Qué es eso? Lo levantó. Era más pesado de lo que parecía. —Ah, eso. Es algo que me regalaron. —Qué regalo —dijo la mujer—. Parece que no solo te gustan los tiros del pool. —Ven acá. Ella se acurrucó contra él y rápidamente se durmieron, el adorable sueño de niños, y se despertaron en la oscuridad, hambrientos. Mientras él se hacía cargo de la cena, ella se sentó en el sofá, con el gato en el regazo, y miró un documental sobre la Antártida, millas de nieve, pingüinos que arrastraban las patas con vientos bajo cero, el Capitán Cook navegando en busca del continente perdido. Él se apareció con una servilleta en el hombro y le ofreció una copa de vino helado. —Tú —le dijo— tienes algo con los exploradores. —Y se inclinó sobre el respaldo del sofá y la besó. —¿Con qué te ayudo? —preguntó la mujer. —Con nada —respondió él y volvió a la cocina. Ella bebió su vino y sintió cómo el frío le bajaba por el estómago. Lo podía oír cortando verduras, el hervor del agua sobre la hornalla. El olor de la cena flotó por los cuartos. Coriandro, jugo de lima, cebollas. Podría seguir borracha; podría vivir así. Él volvió y dispuso los cubiertos en la mesa, encendió una vela verde y gorda, dobló las servilletas de papel. Se veían como pirámides pequeñas y blancas, bajo la vigilancia de la llama. Ella apagó el televisor y acarició al gato. Su pelo blanco cayó en la bata azul oscura, de talla mucho más grande que la suya. Vio el humo del fuego de otro hombre del otro lado de la ventana, pero no pensó en su marido, y su amante tampoco mencionó la vida hogareña de ella ni una vez. En cambio, con ensalada griega y trucha grillada, por alguna razón la conversación tuvo al infierno como tema. De niña, le habían dicho que el infierno era diferente para cada persona, la peor de las situaciones posibles que uno imaginara. —Siempre pensé que el infierno sería un sitio insoportablemente frío, en el cual una estaría medio congelada, pero sin perder la conciencia y sin sentir verdaderamente nada —dijo la mujer—. No habría nada, salvo un sol frío y el diablo, allí, mirándote. Tembló y se sacudió. Estaba colorada. Llevó la copa a sus labios e inclinó el cuello hacia atrás mientras tragaba. Tenía un cuello hermoso y largo. —En ese caso —dijo él—, para mí, el infierno estaría desierto; no habría nadie. Ni siquiera el diablo. Siempre quise considerar que el infierno está poblado. Todos mis amigos irán al infierno. El hombre le echó más pimienta a su plato de ensalada y arrancó un pedazo blanco del centro del pan. —En la escuela —dijo la mujer, sacándole la piel a su trucha—, la monja nos dijo que el infierno iba a durar toda la eternidad. Y cuando le preguntamos cuánto iba a durar la eternidad, nos contestó: «Piensen en toda la arena del mundo, todas las playas, toda la arena de las canteras, el lecho de los océanos, los desiertos. Ahora imagínense todos esos granos en un reloj de arena, una clepsidra gigante. Si por año cae un grano de arena, la eternidad es el lapso que a toda la arena del mundo le toma atravesar ese vidrio». ¡Qué te parece! Nos aterrorizó. Éramos muy niñas. —Aún no crees en el infierno —dijo él. —No. ¿Qué te creíste? Ojalá la hermana Emmanuel pudiera verme ahora, cogiéndome a un completo desconocido. Qué risa —dijo y, sacándole una escama a la trucha, comió un pedazo con las manos. Él dejó los cubiertos de lado, apoyó las manos sobre sus propios muslos y se la quedó mirando. Estaba satisfecha, jugaba con la comida. —De modo que piensas que también todos tus amigos irán al infierno —dijo la mujer—. Qué bien. —Pero no al de tu monja. —¿Tienes muchos amigos? Supongo que conoces gente del trabajo. —A algunos —respondió—. ¿Y tú? —Tengo dos buenos amigos —dijo ella—. Dos personas por quienes moriría. —Tienes suerte —le dijo el hombre, y se levantó para hacer el café. Esa noche, él fue voraz, entregándose totalmente a ella. No había nada que no habría hecho. —Eres un amante generoso —le dijo ella más tarde, pasándole un cigarrillo—. Eres muy generoso y punto. El gato se trepó a la cama y la sobresaltó. Había algo escalofriante en ese gato. Las cenizas del cigarrillo cayeron sobre el acolchado, pero estaban demasiado borrachos como para preocuparse. Borrachos y descuidados y en la misma cama la misma noche. En realidad, todo era muy simple. Del departamento de abajo comenzó a subir música navideña. Canto gregoriano, monjes cantando. —¿A quién tienes de vecino? —Oh, a una viejita. Sorda como una tapia. Canta, también. Ahí abajo está en su mundo, tiene horarios extraños. Se dispusieron a dormir; ella, con la cabeza apoyada en el hombro de él. Él le acariciaba el brazo, arrullándola como a un animal. La mujer imitó el ronroneo de un gato, haciendo sonar las erres de la manera en que le habían enseñado en las clases de castellano, mientras el granizo golpeteaba contra los cristales de las ventanas. —Te voy a extrañar cuando te vayas. Ella no dijo nada, se quedó ahí mirando cómo cambiaban los números rojos de la radio reloj hasta que se quedó dormida. El domingo la mujer se despertó temprano. Durante la noche había caído una helada blanca. Se vistió, lo observó dormir, con la cabeza sobre la almohada negra. En el baño, miró dentro del botiquín. Estaba vacío. En el living, leyó los lomos de los libros. Estaban ordenados alfabéticamente. Atravesando el pavimento traicionero, se encaminó al hotel para pagar la cuenta. Se perdió y tuvo que preguntarle cómo seguir a una señora de aspecto preocupado y con un caniche. En el lobby del hotel resplandecía un gran árbol de Navidad. Su valija estaba abierta sobre la cama. La ropa olía a humo de cigarrillo. Se duchó y se cambió. La mucama llamó a las diez, pero ella le indicó que se fuera, le dijo que no la molestara, le dijo que nadie debería trabajar los domingos. En el lobby, se sentó en la cabina de teléfono y llamó a su casa. Preguntó por los chicos, por el tiempo, le preguntó a su marido cómo había sido su día, le contó los regalos que les había comprado a los chicos. Volvería a los cuartos desordenados y revueltos, a los pisos sucios, a las rodillas lastimadas, a un vestíbulo con bicicletas y skates. Preguntas. Cortó, se dio cuenta de que detrás de ella había una presencia que esperaba. —Nunca dijiste adiós. Ella sintió la respiración de él en su cuello. Ahí estaba, una gorra de lana negra le cubría las orejas, ocultándole la frente. —Dormías —respondió. —Te escabulliste —le dijo el hombre—. Eres discreta. —Yo… —¿Querías escabullirte para almorzar y emborracharte? —dijo, empujándola dentro de la cabina y besándola, un beso largo y húmedo—. Me desperté a la mañana con tu olor en las sábanas —le dijo—. Fue hermoso. —Envásalo —respondió ella— y nos haremos ricos. Almorzaron en un lugar con paredes de dos metros, ventanas en arco y piso de lajas. Su mesa estaba al lado del fuego. Comiendo carne asada con Yorkshire pudding, volvieron a emborracharse, pero no hablaron mucho. Ella bebía Bloody Marys y le decía al mozo que no fuera tímido con la salsa tabasco. Empezaron con cerveza, luego pasaron a los gin tonics, todo lo que pudiese alejar la perspectiva inminente de su separación. —Por lo general, yo no bebo así —dijo la mujer—. ¿Y tú? —No —dijo él y le hizo una seña al mozo para que trajera otra ronda. Se tomaron más tiempo del debido con el postre y los diarios dominicales. Vino la patrona y echó más leña al fuego. En un momento dado, mientras daba vuelta la página del diario, ella levantó la vista. Él le estaba mirando fijo la boca. —Sonríe —dijo el hombre. —¿Qué? —Sonríe. Sonrió y él se estiró para poner la punta de su dedo índice contra los dientes de ella. —Listo —le dijo, mostrándole un pedacito de comida —. Ya está. Cuando pasaron por el mercado, caía una niebla espesa sobre la ciudad, tan espesa que ella apenas podía leer los carteles. Los vendedores domingueros rezagados, salidos para hacer las ventas de Navidad, mostraban sus porcelanas. —¿Terminaste con las compras de Navidad? —preguntó ella. —No. ¿Acaso tengo a alguien a quien regalarle algo? Soy huérfano. ¿Recuerdas? —Lo siento. —Vamos. Caminemos. Él la tomó de la mano y la condujo por una calle sucia que daba a un bosque negro, más allá de las casas. Le apretaba la mano; a ella le dolían los dedos. —Me estás lastimando —le dijo. Dejó de apretarla, pero no se disculpó. La luz abandonaba el día. El atardecer avanzaba sobre el cielo, sobornando a la luz para que oscureciese. Caminaron un buen rato sin hablar, limitándose a sentir el silencio del domingo, oyendo a los árboles que se tensaban contra el viento helado. —Me casé una vez, estuve en África de luna de miel —dijo repentinamente el hombre—. No duró. Tenía una casa grande, muebles, de todo. Era una buena mujer; también, una maravillosa jardinera. ¿Viste la planta esa que hay en mi living? Bueno, era suya. Durante años estuve esperando que se muriese, pero la mierda esa sigue creciendo. Ella recordó la planta que reptaba por el piso, del tamaño de un hombre adulto, con una maceta no más grande que una cacerola, las raíces secas enmarañadas sobre la maceta. Un milagro que todavía estuviera viva. —Hay cosas sobre las que uno no tiene control —dijo el hombre, rascándose la cabeza—. Me dijo que sin ella no duraría ni un año. Ja, se equivocó —agregó y la miró sonriéndole, una extraña sonrisa de victoria. Para entonces ya se habían adentrado mucho en el bosque; salvo por el sonido de sus pasos sobre el camino y por la franja de cielo entre los árboles, ella podría no haber estado segura de dónde estaba el sendero. De pronto, él la agarró y la tiró debajo de los árboles, la empujó contra un tronco. Ella no podía ver. Sintió la corteza a través del abrigo, el vientre de él contra el suyo, pudo oler el gin en su aliento. —No me olvidarás —le dijo él, sacándole el cabello de los ojos—. Dilo. Di que no me olvidarás. —No te olvidaré. En la oscuridad, pasó sus dedos por el rostro de ella, como si fuera un ciego tratando de memorizarla. —Tampoco yo te olvidaré. Algo de ti quedará latiendo acá —dijo el hombre, tomándole la mano y poniéndola dentro de su camisa. Ella sintió latir el corazón del hombre debajo de su piel caliente. Él la besó entonces como si en la boca de ella hubiese algo que quería. Palabras, probablemente. En ese momento repicaron las campanas de la catedral y ella se preguntó qué hora era. Su tren partía a las seis, pero había empacado todo, no había prisa. —¿Ya dejaste el hotel? —Sí —se rio ella—. Creen que soy la pasajera más pulcra que jamás tuvieron. Mi equipaje está en el lobby. —Ven a mi casa. Te llamaré un taxi, voy a despedirte. Ella no estaba de ánimo para sexo. Mentalmente, ya se había ido, se encontraba con su esposo en la estación. Se sentía limpia, plena y afect ; lo único que ahora quería era un buen sueñito en el tren. Pero, finalmente, no pudo pensar en ninguna razón para no ir y, a modo de regalo de despedida, le dijo que sí. Salieron de la oscuridad del bosque, caminaron por Vicar’s Close y aparecieron debajo del foso, no lejos del hotel. Había gaviotas. Revoloteaban sobre las aves acuáticas, se lanzaban en picada y se apoderaban del pan que un grupo de estadounidenses les arrojaba a los cisnes. Ella recogió la valija y caminó por las calles resbalosas hasta la casa de él. Las habitaciones estaban frías. Los platos sucios del día anterior habían quedado en remojo en la pileta, había un reborde de agua grasienta sobre el aluminio. Un resto de luz se filtraba por el espacio que quedaba entre las cortinas, pero el hombre no encendió la luz. —Ven —le dijo. Se sacó la campera y se arrodilló ante ella. Le desabrochó las botas, desatando los cordones lentamente, le sacó las medias, le bajó la bombacha hasta los tobillos. Se incorporó y le abrió cuidadosamente la blusa, contempló los botones, le bajó el cierre de la falda, deslizó el reloj de la mujer hasta tenerlo en la mano. Luego, buscó debajo del cabello de ella y le sacó los aros. Eran aros colgantes, hojas de oro que el marido le había regalado para su cumpleaños. La desnudó; tenía todo el tiempo del mundo. Ella se sentía como una niña a la que van a acostar. No tenía que hacer nada con él, para él. Ningún deber, lo único era estar ahí. —Acuéstate —le dijo. Desnuda, se dejó caer sobre el acolchado. —Podría dormirme —dijo, cerrando los ojos. —Todavía no —respondió él. El cuarto estaba frío, pero él transpiraba; ella podía oler su transpiración. Con una mano, le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza y le besó la garganta. Una gota de sudor cayó sobre el cuello de ella. Se abrió un cajón y algo hizo un ruido metálico. Esposas. La mujer se sobresaltó, pero no pensó con la suficiente rapidez como para oponerse. —Te va a gustar —le dijo él—. Confía en mí. La esposó a la cabecera de la cama de bronce. Una parte de la mente de ella entró en pánico. Había en él algo premeditado, algo callado y avasallador. Más gotas de sudor cayeron sobre ella. Sintió el gusto picante de la sal en la piel de él. Retrocedía y avanzaba, la hizo pedir más, acabar. El hombre se levantó. Salió y la dejó allí, esposada a la cabecera. Se encendió la luz de la cocina. Ella olió el café, lo oyó cascar huevos. Volvió con una bandeja y se sentó a su lado. —Tengo que… —No te muevas —dijo con tranquilidad. Estaba absolutamente sereno. —Sacame las… —Shhhh —dijo—. Come. Come antes de irte. —Y le extendió un pedazo de huevo revuelto pinchado a un tenedor, y ella lo tragó. Tenía gusto a sal y pimienta. Volvió la cabeza. En el reloj se leía 5.32. —Dios, mira la hora que… —No blasfemes —le dijo—. Come. Y bebe. Bebe esto. Ya traigo las llaves. —¿Por qué no…? —Vamos, bebe. Anda. Bebí contigo, ¿recuerdas? Todavía esposada, bebió el café de la taza que él le acercó a la boca. Fue apenas un minuto. Sintió una sensación cálida y oscura, y luego se durmió. Cuando despertó, él estaba de pie, en la brutal luz fluorescente, vistiéndose. Seguía esposada a la cama. Trató de hablar, pero estaba amordazada. Uno de sus tobillos también estaba esposado a la pata de la cama con otro par de esposas. Él continuaba vistiéndose, abrochándose la camisa de jean. —Tengo que ir a trabajar —dijo, atándose los cordones—. No tengo otra. Salió y volvió con una palangana. —Por si te hace falta —dijo, dejándola sobre la cama. La arropó y luego la besó, un beso rápido y normal, y apagó la luz. Se detuvo en el vestíbulo y se volvió hacia ella. Su sombra se irguió amenazante sobre la cama. Ella abrió grandes los ojos, suplicante. Trató de alcanzarlo con los ojos. Él estiró las manos y le mostró las palmas. —No es lo que crees —le dijo—. No es para nada eso. Te amo. Trata de comprender. Y entonces se dio media vuelta y se fue. Lo oyó irse, lo oyó en las escaleras, un cierre relámpago que se cerraba. La luz del vestíbulo se apagó, el portazo, lo oyó caminar sobre el pavimento, los pasos menguantes. Frenética, hizo lo que pudo para sacarse las esposas. Hizo de todo para liberarse. Era una mujer fuerte. Intentó separar la cabecera, pero cuando logró zafar de un codazo la sábana, descubrió que estaba sujeta con pernos al elástico. Durante un buen rato se sacudió en la cama. Quería gritar «¡Fuego!». Eso es lo que la policía les decía a las mujeres que gritaran en una emergencia, pero, con la venda, no podía articular. Se las arregló para apoyar el pie libre en el suelo y para patear sobre la alfombra. Luego se acordó de la abuela sorda del piso de abajo. Pasaron horas antes de que se calmase para pensar y oír. Su respiración se estabilizó. Oyó que en el cuarto de al lado la cortina golpeaba. Él había dejado abierta la ventana. Con la conmoción, el acolchado había caído al piso y ella estaba desnuda. No podía alcanzarlo. Entraba frío, inundando la casa, llenando los cuartos. Tembló. El aire frío baja, pensó. De a poco, los temblores pasaron. Un entumecimiento persistente le fue ganando el cuerpo; se imaginó que la sangre reducía la velocidad en sus venas, que el corazón se le encogía. El gato saltó y aterrizó en la cama, trazando círculos sobre el colchón. Su rabia embotada se transformó en terror. Eso también pasó. Ahora, la cortina de la habitación de al lado golpeaba más rápido: el viento era más fuerte. Pensó en el hombre y no sintió nada. Pensó en su esposo y en sus hijos. Tal vez nunca la encontrarían. Tal vez nunca volvería a verlos. No importaba. Podía ver su propio aliento en la oscuridad, sentir el frío que le atenazaba la cabeza. Empezaba a emerger sobre ella un frío y lento sol que iluminaba el este. ¿Era su imaginación o era la nieve que caía más allá de los vidrios de las ventanas? Contempló el reloj sobre la mesa de luz, los números rojos que cambiaban. El gato la observaba, sus ojos oscuros como semillas de manzana. Pensó en la Antártida, en la nieve y en el hielo y en los cuerpos de los exploradores muertos. Luego pensó en el infierno; después, en la eternidad. Anuncios En ocasiones, es posible que tus visitantes vean un anuncio aquí, así como un banner sobre privacidad y cookies en la parte inferior de la página. Para esconder estos anuncios completamente, mejora tu plan con una de nuestras versiones de pago. Mejora tu plan ahora Ignorar mensaje Me gusta esto: Relacionado CON AMOR ELENA DE STELLA MANTRANAEn «1» SECUESTRO EXPRESS POR STELLA URUGUAYEn «CUENTOS LATINOAMERICANOS» EMA WOLF CINCO CUENTOS :FILOTEA, EL REY QUE…,UNA ARTISTA,LUPERTIO SE ENOJA…LA NONAEn «CUENTO INFANTIL»

Incisiones libro de Lorena Escudero

Española


8
RECOJO uno de los billetes de lotería del suelo. Son antiguos, reconozco el formato de antes, casi tan grande como una cuartilla. Me traen nostalgia porque los conozco bien: mi padre los compraba cada semana. Si le tocaba el premio, prometía, se despedía del trabajo y de nosotros y desaparecía en algún paraíso.
Cada semana los compraba y cada semana los perdía. Se los dejaba en el bar, en alguna chaqueta, se los robaban sus compañeros. No sabía cómo pero pocas eran las semanas que podía contrastar su número con el ganador. Siempre creí que los tiraba e inventaba su pérdida porque nunca ganó nada. Ahora hay
viejos boletos de lotería por todo el suelo del salón, mi hija juega con ellos. Me dice que se los ha dado la abuela, que tenía varias cajas llenas. Algunos son de antes de que yo naciera

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Soneto de Carilda Oliver Labra

Me desordeno amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno

cuando voy en tu boca, demorada;

y casi sin por qué, casi por nada,

te toco con la punta de mi seno. 

Te toco con la punta de mi seno

y con mi soledad desamparada;

y acaso sin estar enamorada;

me desordeno, amor, me desordeno. 

Y mi suerte de fruta respetada

arde en tu mano lúbrica y turbada

como una mal promesa de veneno;

 y aunque quiero besarte arrodillada,

cuando voy en tu boca, demorada,

me desordeno, amor, me desordeno.

Resultado de imagen de Carilda Oliver Labra
La poetisa Carilda Oliver Labra, una leyenda de la lírica de Cuba, ajena a los prejuicios y con una obra privilegiada por la popularidad que arrastró su fascinante personalidad, será recordada en la isla por las rimas intimistas de su mítico y más repetido soneto, «Me desordeno, amor, me desordeno».

El monstruo de la laguna verde de Fernándo Iwasaki

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ajuar-funerario-seleccion/html/7883f92c-64f8-4fd2-90fc-9130c99a52e5_2.html

Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los , pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en lasyemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad. Después me perdí en la laguna.

Mascara de Laguna Verde | Noche de halloween, Terrorifico, Halloween

El discreto encanto de ser humano (Parte I de III) — El Blog de Arena

. . La foto con la que abro (y con las que cerraré) esta entrada forman parte de la obra de fotomontaje de Mostafá Heravi, fotógrafo de origen iraní. La idea general del trabajo habla por sí misma y, lo más importante, si no nos quedamos sólo con el aspecto estético, el cual aquí, por […]

El discreto encanto de ser humano (Parte I de III) — El Blog de Arena

Angélica Santa Olaya

Pequeficciones, antología por Chris Morales y José Luis Oeriz Soto

Los ojos del camello
Angélica Santa Olaya

Enojado estaba el sol en el desierto porque la luna no quería irse adormir. Así que ese día amaneció más caliente que de costumbre. Resoplando de coraje abrió la puerta del día y se asomó; lo primero
que vio fue a un camello que esperaba a su dueño para llevar los dátiles recolectados el día anterior hasta el mercado. Sopló el sol su mal humor y su soplido, caliente y pesado, cayó sobre el camello junto
con un montón de arena. El camello, sin inmutarse, acomodó con lentitud los tres párpados que la naturaleza le había puesto en cada ojo y, sonriendo, movió de arriba a abajo sus dobles y largas pestañas. Ni la arena ni el vaho del sol pudieron molestarlo. Tomó el sol su coraje y lo puso a refrescar bajo la sombra de una palmera. El camello cerró los ojos para echarse una siestecita mientras una nube, desde arriba, sonreía; porque no hay en el mundo un mal genio que pueda con los
inteligentes y prevenidos ojos de un camello.

Angélica Santa Olaya (México, 1962).

Poeta, escritora, historiadora,
maestra de Español y Creación Literaria. Dos primeros premios de
cuento breve e infantil. Autora de trece libros y publicada en
numerosas antologías de minificción, cuento, poesía y teatro, así
como en diversos diarios y revistas en América, Europa y Medio
Oriente. Jurado en concursos de poesía, narrativa y minificción
nacionales e internacionales. Traducida al rumano, portugués, inglés,
italiano, catalán y árabe.

ORIZONTURI POETICE - HORIZONTES POÉTICOS : ”Rug”-”Hoguera”de Angélica Santa  Olaya. #Traducere/ #Traducción © #poem #poema

Mi nombre es Rubén lo escuche en el velatorio

Escuché mi nombre en el velatorio y volteé identificando a un sujeto que nombraba a otro señor de marcada edad, risueño, apoyaba sus manos en el bastón. (o sea había tres Rubenes en un círculo de cinco metros cuadrados)-¿Qué haces tocayo? Aquí, despidiendo al amigo, se me adelantó por poco y como bien ves, esperando el camión. Sonrió lo suficiente para decirnos que pronto le tocaría a él.

Se realizó sepelio de la mujer asesinada en bus | Seguridad | Noticias | El  Universo