La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo y me detenía en los signos de su frente. ¡Qué feliz me haces! Y su mano buscaba la mía. No advertía que después de su sonrisa, frucía leve el entrecejo.
Movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Comprendí que no era el varón que deseaba. Amablemente me despedí.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atras con dos hijos. Esperaban el urbano. No pude evitar mi reproche conmigo mismo por no ser perseverante. Sin duda la amé y lo que vi me duele. Los tiempos nunca vuelven igual.
El sedoka rara vez se ve hoy. Es necesario remontarse a una época antes de que se consideraran la mayoría de las formas poéticas, nadie sabe cuándo surgió el sedoka por primera vez, su estilo está basado en el chino, pero era popular como forma poética común en Japón en los albores de la literatura japonesa , En el momento en que el sedoka estaba pasando de moda, los primeros poemas japoneses estaban escritos (aunque todavía se usaban caracteres chinos) y el waka / tanka comenzaba a convertirse en la forma / estilo más utilizado. Estos evolucionaron a partir del sedoka, la tercera y cuarta líneas del sedoka se fusionaron en una para convertirse en kakekotobe (pivote / puente) para suavizar la yuxtaposición de las dos imágenes. Eso fue hace más de 1300 años, (la población de Europa se redujo a la mitad por plagas y Beowulf se escribió por primera vez, y América estaba aún por descubrir), fue hace tanto tiempo.Con el evento del tanka y también el alejamiento de los japoneses de todo lo que era chino, el sedoka cayó en desuso.
La estructura se compone de dos Katauta (5-7-7 onji) el primero muestra una escena, generalmente una imagen basada en la naturaleza, el segundo generalmente mostrará la misma escena pero desde un ángulo / perspectiva diferente o en versiones posteriores mostraría una respuesta a la primera o una reacción, a menudo representando emociones de los poetas muy parecidas al tanka que lo reemplazó.
Como el sedoka (y su hermana forma el Mondô) eran una forma hablada, muy pocas piezas clásicas quedan hoy, aparte de las pocas recogidas en Man’yoshu.
SendMe jubilé. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el patio las hojas se podrían. Me enfermé. Nada grave, quedé como perro de carnicería. Agua, pan duro y una bolsa de papas o de maní era mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestía con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo. El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino. Recargado en la poltrona miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas. Una de esas tardes de bochorno, dijo: – Dentro de un mes termino mi manda. -¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté. – Si viera que ya me he acostumbrado. – Entonces, ¿no se quitará el hábito? No la dejé responder y le lancé otra pregunta aprovechando el espacio que me daba. – ¿La manda, por qué fue? Ella se quedó callada. Tal vez, removí algo y pequé de imprudente. Así que agregué: – No me conteste, sino desea. – Le diré que después de casi veinticinco años de vivir con mi marido, se fue, no sé si con otra mujer o simplemente, se cansó de mí. Me dije que lo esperaría un año. Se quedó en silencio y se fue a la cocina a lavar trastos. Para no verla con su atuendo le dejaba víveres y salía a visitar a mis amigos o a sentarme en el parque leyendo algún libro de interés. Llegaba a la hora de la comida y de reojo veía su cara, enmarcada por el velo y el vestido cerrado desde el cuello hasta la punta del tobillo. Estaba contento. Sin embargo, me horrorizaba contemplarla con el atuendo de monja medieval. -¿Se quitará su vestido de monja? -Se lo dije en tono de broma. – Ya me acostumbré a éste y, tal vez, me sea difícil. -Le propongo un trato, ¿qué le parece, si al menos en casa se viste como yo deseo? El hábito parece que le pone diez años más. Tragó saliva, arrugó la frente y sonrió forzadamente. -Por supuesto que usted no comprará nada. Todo se lo daré yo. -¿Me está pidiendo que me vaya? -De ninguna manera. Solamente, deseo verla diferente, menos monja., más ¿Qué me dice? Terminando su labor, vuelve a ponerse su ropa. Destensó su frente. Su mirada se iba hacía el patio donde el durazno se había cubierto de flores. – Bajó los ojos, y las manos se sujetaban una a la otra. A veces, movía imperceptiblemente, la cabeza. Entendí que tenía una lucha interior. Así que saqué de mi chistera otra propuesta. -Le aumentaré el sueldo, pero si acepta, será la ropa que yo elija y esto incluye un nuevo look. -Déjeme pensarlo. No fue al siguiente día, y estuve de malas. Pensé que a lo mejor ya no vendría, pero una semana después llegó. Creí que vendría a pedirme el dinero que le correspondía, pero grande fue mi sorpresa cuando me dijo: – ¿Y mi uniforme? Este día lo dedicaremos a hacer compras -le dije. También, deseo dejarla en un centro de belleza para que usted disponga de un nuevo corte de cabello y lo que le sugieran las encargadas. Mientras, yo iré a una central de uniformes y le escogeré su ropa de trabajo. Cuando regresamos a la casa, estaba por anochecer. Ella volvía con su traje de monja, su velo cubriéndole la cabeza y sólo los ojos oscuros dejaban ver una lucecilla juguetona. Nos bajamos en silencio. -Si gusta bañarse, ya sabe donde está todo. Le dejé su ropa en la cama. Tengo una reunión de amigos. Luego, regreso. Le dije. En realidad, iba a hacer tiempo a un café para darle su espacio de intimidad que toda mujer requiere. Le había comprado su uniforme. También, otro vestido estampado de un estilo juvenil. Así como otros artículos de belleza. En el trayecto, adquirí una docena de rosas rojas, que se verían bien en el centro de la mesa. Como no se había hecho comida, pedí que llevaran una pizza. Puse las rosas en el florero. Ella apareció minutos después, tapándose la cara. Era evidente el cambio. Las del centro de belleza, le habían dejado con un corte moderno, con un color acorde a su piel, arreglaron sus cejas, y ella puso algunas sombras que resaltaban sus ojos negros. El uniforme verde enmarcaba sus formas y sólo ella sabía que no tenía sujetador, pero era evidente que los años habían respetado la vitalidad de sus senos. La hice darse una vuelta y encontré una mujer dotada de sensualidad. -¡Se ve estupenda! ¡Qué cambio! ¿Ya se vio en el espejo? ¡Mírese! ¡Está usted irreconocible! Hoy es un día diferente, así que le invito a comer. -Pero… Si no he hecho la comida. -No se preocupe, ya viene en camino una pizza. Los días siguientes, hacía sus quehaceres con otra energía. La cadencia al caminar volvió, y la sonrisa perdida -aún tímida- abría la ventana. Mis amigos me visitaban con más frecuencia, y ella se daba cuenta de que sus miradas la recorrían. En confianza, le decía que no se avergonzara que si el Señor le había dado esa armonía que, entonces, la luciera. Hoy, cuando estoy sentado y ella limpia las ventanas, ayudándose de una escalera, veo de reojo sus muslos cálidos. Ella lo sabe y de vez en cuando me lanza una mirada viva y una sonrisa cocoroca.
EL SECUESTRADOR de caracolas no pretende rescates: caracola que le arrebata a un mar la devuelve en otro. Con su mochila llena de conchas va persiguiendo el rastro del verano. Su nombre está conservado en sal.
A ROSA la desean de Este a Oeste, sin importar su asimetría en esa dirección, bien disimulada por el aire de sus hombros al caminar. Del Norte poco saben, pues ella es apenas silbido. Del Sur todo lo imaginan, en las noches en las que no descansa el viento.
CADA VERANO vuelven con el bálsamo para aliviar el ardor de la tierra que nos abrasa. Año tras año tienen que ir más al norte en su cacería, pierden hombres y reclutan niños, pero siguen trayendo el hielo. Son venerados por su valor, temidos por su silencio. No parecen envejecer. A algunos el verano ya no les alcanza a derretir la coraza que se solidifica sobre sus pieles, en los ojos, dentro.
EN CUANTO dejé de someterla, la historia me tragó de una pieza.
José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: ‘¿Qué día es hoy?’ Aureliano le contestó que era martes. ‘Eso mismo pensaba yo’, dijo José Arcadio Buendía. ‘Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes.’ Acostumbrado a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. ‘Esto es un desastre –dijo–. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.’ Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando por Prudencio Aguilar, por Melquíades. Por los padres de Rebeca, por su papá y mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte…Gabriel G.Márquez, Cien años de soledad
Así me llaman. Llega una hora del día en que lamo mi pelaje con el cepillo de mi lengua. Lamo mis patas y con ellas me froto la cara. Limpio bien entre los dedos y también otras partes, todas las que alcanzo. La cosa es estar presentable, bien peinado. Si el humano me toca: me lamo; si el viento me despeina o la lluvia me moja: me lamo; si termino de comer, también me lamo. Cualquiera diría que es la vanidad la que me mueve. Ysi fuera así, tiene su precio. No es lindo que, por tanto lamer, dentro de la panza se me formen bolas de pelo. Por eso, de vez en vez, como hierbitas, de preferencia pasto. Entonces vienen las arcadas. Me transformo en el monstruo vomitapelos, y hay que ver el horror y el asco en la cara del humano cuando la bola sale: se le olvida que lo salvo de los ratones, de las arañas, se le olvida que cazo moscas y cucarachas, se le olvida que de noche protejo a sus niñas y niños para evitar duendes y malos sueños. Pero, monstruo, duro menos de un minuto. Los humanos grandes me acarician de nuevo; niñas y niños, ellos siempre me aman, ellos se bañan con jabón y agua. Me subo a tomar el sol en la ventana. Ahí, me lamo y me relamo. Somos felices en esta casa. Hasta la próxima bola de pelos, hay que estar lindos, limpios y bien peinados.
Marti Lelis (México, 1968). Escritor para niños grandes y pequeños, cuentos cortos o largos y, de vez en vez, poemas. Publicó en 2016 el libro A propósito de San Juan y otras miniaturas, Premio Estatal “Beatriz Espejo” en 2015 en Tlaxcala, México. También obtuvo el Premio “Dolores Castro” por su libro de poemas Salvar caracoles con palabras en 2016 (Tlaxcala, México). Comparte sus escritos en su página de ceremoniadepalabras.com.mx
Pretender “limpiar” las playas y el océano de la basura que llevamos vertiendo durante años es como intentar achicar agua de un bote, sin tapar el agujero por el que entra el agua; o como explican en “The Story of Plastics”, como intentar vaciar de agua una bañera sin siquiera cerrar el grifo que la […]
Allí estaba, otra vez, al abrir la puerta: fresca y vaporosa, con su inconfundible y penetrante olor a mierda de perro. Un charco de orín daba origen a un arroyito que iba a despeñarse por la escalera. Era la meada de un perro pequeño y no llegaría a la planta baja.
Él se asomó al vacío: la cascada ambarina había goteado y formado un charquito insignificante en el noveno piso, y no iba más allá. Se contuvo de llamar al apartamento 1123 para exigir una explicación, pues recordó que su vecino, a pesar del perro faldero que tenía por mascota, era un tipo alto y musculoso, ¡todo un atleta! En tan desiguales condiciones, no era difícil suponer quién llevaba las de perder.
—Está bien, no hay bronca —dice para sí, pasa la escoba por el excremento que se desmorona y deja sobre el piso unas manchas oscuras y mucosas—. Ah, pero mañana me compro un revólver y un rottweiler.
Dar de comer al hambriento
A tío Chicho se le ve por el mercado con una bolsa de mandado en cada mano. Los dependientes de los puestos lo saludan con familiaridad porque seguro tienen un aparato electrónico o una máquina de escribir que tío Chicho reparó alguna vez, y le ofrecen sus mejores chiles, cilantro, jitomates, cebollas. Como también es administrador de la Unión Ganadera local, eso le asegura a la familia de tío Chicho barbacoa y montalayo de primera; las carnitas y el chicharrón más frescos; los bistecs y las costillas más suaves. Fruta de temporada, jugos de naranja y de zanahoria, tortillas y semitas, dulce de membrillo y gelatinas con rompope completan el mandado.
Es por todo eso que a media mañana los sobrinos, hermanos y cuñadas de tío Chicho se aparecen sorpresivamente por la casa. Entre saludos y bostezos, Lalín sepulta el trozo de barbacoa en sus dos tortillas con salsa pico de gallo. «¡Uta, pica un chingo!», se queja el Gabo Gordo, y pide a Toni que le sirva un vaso de jugo de naranja. A eso de la una de la tarde el lugar comienza a vaciarse. La última en dejar el comedor es tía Trini, que muy seria le dice a su esposo que no deje remojar tanto los trastes, porque se apestan.
—¡Y apúrate a ir al mercado, Chicho, que ya casi es hora de comer!
Sobremesa
El salero es la puta de la mesa, pero no le incomoda el mote. Nunca ha necesitado de sicólogos que lo ayuden a aceptar su circunstancia de ir de mano en mano. «Yo no soy el problema —lo dice desde su condición masculina, porque se escucharía extraño decir la salera—, me acepto cual soy. El conflicto, en todo caso, lo tienen la vajilla y los cubiertos, que apuestan a que un poco de jabón y agua borren sus tres infidelidades diarias».
Se estremece al sentir encima los dos cuerpos desnudos, sudorosos. A pesar del cojín sobrepuesto, el asiento de mimbre adquiere el contorno de las escuetas nalgas masculinas. Tras un breve lapso de indecisión, extiende los brazos engarrotados y prodiga los senos de la joven en caricias y gemidos.
Al fin dejó de ser solo un objeto exánime llamado silla.
Botones
Los hay de formas, tamaños y colores caprichosos, pero ninguno como el botón que se cae de la camisa minutos antes de la boda. Pasado el azoro inicial, agradeces que no haya sido el que mantiene cerrado el cuello, ese terco que gusta de asomar detrás del nudo de la corbata y atraer las miradas en las fotografías. Por fortuna, nunca falta un alma comedida que saque un costurero portátil y repare el daño. No sabes cómo agradecer su buena acción, pero le dices que te da gusto que aún haya personas así. La miras con detenimiento y la reconoces, le preguntas: «¿Dónde estabas?» La mujer se sonroja, suelta la falda de tu camisa que sostenía entre sus manos.
—El botón está otra vez en su sitio —dice.
—Gracias —te enterneces.
A dos años del suicidio de tu esposa, llevas el amor prendido firmemente a un botón de camisa.
El peine
Le sorprendió encontrar el peine de Luis en su bolso. Para no extraviarlo, lo dejó sobre el tocador, junto a las cremas y cepillos que necesita su pelo rizado y abundante. Cada día, al despertar y al acostarse, contemplaba con curiosidad ese objeto masculino encallado en su mundo de mujer. Aunque lo veía responder al coqueteo de los frascos de perfume, excitarse al roce de los labiales o las toallas humectantes, el peine de Luis siempre parecía envuelto en el manto de los desterrados. Enternecida, cómplice, Diana lo llevó una noche hasta su cama y le ofreció el calor de su cuerpo. El peinecito le correspondió acariciando su pubis desnudo.
Ganchos para colgar ropa
Generalmente son delgados y sobrios; de madera, metal o plástico; diseño humano, anatómico, porción superior del torso doblemente cercenado de la Venus de Milo. Los ganchos, amos y señores del clóset, fueron diseñados por Albert J. Parkhouse para mantener intacta la forma de los trajes, camisas y vestidos. Una sola arruga puede ser motivo de feroz disputa; a mi familia le tocó sufrirlo: Tía Julia recibió de su marido una tremenda golpiza porque la raya medial del pantalón, al llegar a la altura de las rodillas y las corvas, se volvía un screwball indómito. Plancha, ganchos, pantalones y el cuerpo de tía Julia terminaron en el basurero que había detrás de su casa.
Cuando fue detenido por la policía, el feminicida dijo haber actuado conforme a derecho. «Si tu pinche vieja no sirve ni para planchar, ¿entonces para qué chingados la quieres?», dijo descaradamente. Por suerte, el longevo juez no concordaba con aquella tesis y le mandó prisión perpetua, pero no alcanzó a cumplir la condena: a mi tío político lo mató el Gancho, un tipo enorme y cruel que ahorcaba a sus víctimas.
De esa época impera en mi familia una ley no escrita, una que prohíbe a sus mujeres planchar la ropa. Demás está mencionar que, para nosotros, vestir con arrugas se ha convertido en sello de distinción.
Ahí estaban, junto a la cama, los zapatos de papá. Los usaba siempre al volver a casa: pregonaban su andar inconfundible. Viejos, eternos, tan suyos. «Si por mí fuera, ya los habría tirado», decía mamá con rastros de melancolía en la voz.
Crecí mirando aquellos zapatos. Cada mañana, al despertar, iba hasta la habitación de mamá a ver si continuaban en su sitio. No perdía oportunidad de meter mis pies y sentir, en sus abismos, un poco de lo que había sido mi padre.
Ayer, cuando mamá escuchó el sonido fantasmal de pasos acercándose desde el pasado, se sobresaltó. Su rostro se relajó al ver que era yo. «¡Cuánto has crecido!», me dijo.
Esta noche, mis zapatos descansan junto a nuestra cama.
Fuga
Parece que las cosas comienzan a cambiar. De la nada, mi mujer recupera el deseo perdido y me brinda la noche más intensa de la que tengo memoria. En el trabajo, el jefe me llama a su oficina y me da el resto de la semana a cuenta de vacaciones extraordinarias. «El lunes hablaremos del ascenso que está pendiente», agrega.
Hace mucho que no camino por la ciudad a esta hora. Las avenidas, apenas transitadas por unos cuantos carros, lucen vacías. El cielo —de un azul clarito, casi trasparente— permite fisgonear a pleno sol la silueta opaca de la luna y las estrellas. ¿Adónde voy? No tengo idea. Solo sé que así estoy bien y no volveré atrás.
José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Guanajuato, México, 1965). Es médico cirujano egresado de la UNAM, con especialización en Pediatría y Cirugía Pediátrica. Ha publicado los libros de poesía Réplica de viaje, poemario (2006) y Ángeles de barro (2011); antologa El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (2012) y junto con Fernando Sánchez Clelo, Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (2013); participa en las antologías Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (2012), I Antología Triple C Microrrelatos reunidos (Argentina, 2012) y De antología, la logia del microrrelato (España, 2013), entre otros. Es tallerista en la Marina de Ficticia y miembro del comité editorial de la revista especializada en microrrelato Internacional Microcuentista y tallerista en la Marina de Ficticia. Administra el blog Cuervos para tus ojos y coordina la Antología Virtual de Minificción Mexicana.
1) ¿Cuánto hace que escribe y qué lo impulsó a escribir? Tendría 15 años cuando escribí mis primeros textos. La ruptura con una novia fue el detonante. De pronto, me di cuenta que me era más fácil expresarme a través del lenguaje escrito, que de manera verbal.
2) ¿Qué clase de lector es? No me queda muy clara la pregunta, pero diría que soy un lector emocional y apasionado que gusta de la poesía y la prosa fantástica, impregnada de matices absurdos, pero siempre que te permita la lectura entre líneas.
3) ¿Cuáles han sido sus principales fuentes de inspiración llegado el momento de escribir –ya sean del campo literario u otros? La vida en general, sobre todo el entorno en que me muevo a diario. En un principio, aquellos sucesos que me pasaban a mí mismo, sentía la necesidad de externarlos. Después me di cuenta que podía cortar el cordón umbilical que nos unía sin ningún remordimiento. Sí, que un texto personal puede evolucionar completamente a uno impersonal sin mayor problema. O quedarse en vivencias. No tengo conflicto con ello.
4) ¿Cuando escribe, piensa en el «lector», si así fuera, quién / cómo / dónde está? De inicio no pienso en nadie, a veces ni siquiera en mí. Escribo en automático o porque quiero decir algo o porque en mi cabeza parece una idea que considero interesante. Sin embargo, ya en el proceso, un texto puede tomar diversos caminos: que la idea, en un inicio genial, naufrague o que el texto se logre pronto o después de reposar un buen rato. Durante esta etapa puedo pensar o no en el lector. Con las redes sociales y blogs, muchas veces se sube un texto en apariencia terminado, pero las diversas lecturas que se hacen de él te dicen lo contrario. Al final, todo autor busca ser leído.
5) Cuando está falto de inspiración, ¿dónde o cómo la encuentra de nuevo?¿Me creerías si te digo que siempre tengo un pretexto para escribir? No me importa adónde vaya lo escrito, lo que busco es mantenerme ejercitado. O tal vez escribo tantas cosas y las retomo otras tantas, que vivo con la falsa idea de que siempre estoy inspirado.
6) ¿Nos puede hablar un poco de los microrrelatos traducidos aquí?“Tirones” es un micro muy joven, que hace meses comenzó como poema. Yo manejaba de casa al trabajo y, de pronto, apareció en mi cabeza “las palabras son nudos en la punta del cabello”. Quizá mi subconsciente recordó la época en que peinaba a mis hijas antes de llevarlas al colegio. Me apuré a llegar al consultorio (soy médico de profesión) y me puse a escribir.“La hora del café”… no recuerdo el momento en que lo escribí, pero sí puedo decir por qué lo hice: no me gustan los funerales. Cuando yo muera, quiero ser cremado en completo anonimato, para que nadie se sienta con obligación de asistir; y que mis cenizas sean colocadas en una urna en forma de libro y depositadas en mi librero. Si fuera posible, que se me permitiera no asistir a mi propio funeral.“Bajo las sábanas”. Este micro lo escribí cuando tenía dieciocho o veinte años. Luego lo desempolvé en el taller la Marina de Ficticia. Tiene algo de autobiográfico. “En la ópera”. Este micro lo escribí para una amiga amante de la ópera, y a la que de cariño llamo “Sirena”. El gato está emparentado con el gato que aparece al final de La espuma de los días, de Boris Vian, autor a quien admiro.
7) ¿Qué impresión le causa saber que sus textos están siendo traducidos? Me emociona, ya que permite a mis textos llegar a lectores que de otra manera no tendrían. Pero sobre todo porque en mi juventud estudié lengua francesa en L’Institut Français d’Amérique Latine(IFAL).Recuerdo que en una ocasión una profesora nos pidió escribir un texto y yo traduje un poema en prosa de mi autoría, pero Nicole —creo que así se llamaba— no me creyó.
8) ¿Qué opinión le merecen las nuevas tecnologías en lo que a literario se refiere? No estoy peleado con ellas. Todo lo que sea pretexto para que la gente lea y escriba, bienvenido. Aunque ahí todo es efímero. Al final será el tiempo quien diga qué se va y qué se queda.
9) ¿Si estuviera en el lugar de Rilke, qué consejos le daría a un «joven poeta / escritor»?¡Qué gran honor estar en el lugar de Rilke! Desde el discreto sitio que me toca, le diría a los jóvenes escritores lo que me digo a mí mismo: escribe, no te preguntes qué o para qué, solo escribe y disfrútalo. Si llegara el momento en que tú o los demás deban cuestionar y sufrir lo escrito (literariamente hablando), sigue escribiendo y disfrútalo. Hace 33 años que el objetivo primordial de mi vida es escribir.
NO HA SIDO difícil aprender vuestro idioma. Conocemos las imágenes de vuestros sueños, todas las formas de nombrarlas. Somos los arquitectos: sumamos las piezas con las que cada noche construís sin saberlo vuestra eternidad individual. Desde hace milenios seleccionamos vuestros anhelos y diseñamos una imagen única, hermosísima, uniéndolos. Pero ya no caben más. Tenemos que advertiros: ya no hay espacio. Podéis dejar de soñar. Nosotros suponemos pues nuestra extinción y nos despedimos. Fin del mensaje.
TRAS LA ESTACIÓN de trenes hay un verdadero cementerio de bicicletas. Somos muy listos y lo hacemos muy rápido. En cada fila caben exactamente cincuenta y dos bicis, y cada sábado temprano se completan las primeras filas. Entonces actuamos nosotros, muy deprisa. Abrimos los candados de las bicicletas de la primera fila y las movemos a la última. Después permutamos todos los candados. Tenemos que darnos prisa, tardamos casi toda la mañana en realizar esta operación. Pero somos muy listos, y cuando los dueños regresan, ninguno es capaz de llevarse su bici: o no la encuentran o su llave no sirve. Así se van olvidando, abandonando, perecen cada sábado cincuenta y dos bicicletas más, crece el cementerio. Nos divertimos mucho y somos muy listos, aunque en realidad no sabemos qué sucede con las que dejamos en la última fila. Van desapareciendo cada semana, se las comen los gusanos.