La señal de Inés Arredondo

Mexicana

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.

Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lucido, tan lucido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por que yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.

Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

FIN


El duende de Elena Garro

Sendero

A las tres de la tarde el sol se detenía en limitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Solo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y ve­nir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

Eva, ¿te da miedo morir?

No, el otro mundo es tan bonito como este.

—¿Cómo lo sabes?

Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un or­den diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. “El otro mundo es tan bonito como este”… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego la puerta que la esperaba y que conducía al vacío volvió a to­mar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a pre­cipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Solo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito co­mo este?

Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recor­dar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió ver­güenza al sorprender a Eva en una mentira.

¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ra­mas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía colum­piarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las Jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron a los linderos del terreno y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas que rezu­maba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo, las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cor­tó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimien­tos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. “Estoy envenenada”, se dijo.

No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. “Estoy envenenada”, se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasa­ba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y solo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúscu­las las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni de­jarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su herma­na. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. “¡Dios mío, haz que se las coma!” Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. “¡Dios mío, que se muera!” Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. “El otro mundo es tan bonito como este, allí no se suda porque no tenemos cuerpo”… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blan­co. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocu­pada.

¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amis­tad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja ver­de les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estu­por al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pu­sieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asus­tados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habita­ción, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.
Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos se­gundos hacia la cama de Eva. Los niños lo siguieron. Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida es­cuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre to­mó en brazos a su hermana y salió con ella de la habita­ción. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero es­ta sólo le contesto con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le inte­resaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desapa­recido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! iBum! ¡Bum! de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumenta­ban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pre­gunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asus­tados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó par­simoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró par­padeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, solo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas y enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita per­maneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

Estrellita, dime ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

No. Desde allí solo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solem­nidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la ho­ja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávi­da, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… no me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gus­tar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la co­locó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcan­zar un vaso de refresco.

Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Solo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados.

En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las Jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por menti­rosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la es­palda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una de­cisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pictórico de ho­jas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvi­dado que Eva no tenía ningún secreto.

Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, par­padeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrelli­ta Garro.

Dos Niñas Pequeñas Que Se Sientan En La Hamaca En La Playa Fotos, Retratos,  Imágenes Y Fotografía De Archivo Libres De Derecho. Image 46165756.

Menos delicado que la langosta de Charles Bukowski

Norteamericano

—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.

—¿Por ahí, adónde? —preguntó ella.

—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.

—Jorg —dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?

—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.

—Yo necesito seguridad.

—Todos la necesitamos.

—Escucha, no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.

—No hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.

Arlene estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.

—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la lista?

—Tú eres la cinco mil una.

—¿Crees que no podría conseguir otro hombre?

—No tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.

—¿Crees que necesito un gran pintor?

—No, nada de eso. Bastaría con un buen compañero.

—Sí, siempre que me amase.

—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.

Bajaron las escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando, rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.

—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mía.

—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?

Jorg la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.

Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.

—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.

Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.

La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.

—¡Te pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.

—¿Pero qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.

—Siéntense. Creí que era Lila…

—¿Juegas al escondite con Lila?

—No, no…

—Serge, tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.

—Me afila los lápices.

—Serge, es demasiado joven para ti.

—Tiene treinta años.

—Y tú sesenta. Son treinta años.

—¿Treinta años es demasiado?

—Pues claro.

—¿Y veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.

—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.

—¿Por qué no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.

Ambos la miraron.

—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.

—Sí —dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo…

Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.

—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.

Serge tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.

—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.

—¿Quién te mezcla los colores?

—Lila. Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.

Oyeron a Lila que subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.

—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso está pintando.

—Sí —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.

—Yo no dije eso.

—Vamos por ahí a comer algo —dijo Arlene.

Serge se incorporó con un gemido.

—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.

—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.

Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.

—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?

—¡Largo! —dijo Serge.

Jorg blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la rodilla.

—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!

—Ojalá —dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!

Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando gentilezas en italiano, ruso y francés.

—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!

—Sí —dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!

—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.

El jefe de camareros se evaporó.

—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.

Jorg le empezó a subir la mano por la pierna.

—A dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.

—Quítame la mano de la vulva, Jorg.

—No es tu crica. Es propiedad de Serge.

—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.

—Mi voluntad es muy débil.

Ella gritó. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.

—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!

—¿Todas?

—Todas, sí, pendejo. ¡Y rápido!

—Es torpe —dijo Serge—. Míralo. ¿Cenamos?

—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.

—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.

El camarero se esfumó.

—No deben hablarle así a la gente, muchachos —dijo Lila.

—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.

—Eso no les da ningún derecho —dijo Arlene.

—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.

—La gente no tiene por qué aguantalos —dijo Lila.

—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.

—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.

—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.

—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.

—Ten cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas…

Se pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.

—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.

—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.

—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.

—Desde luego —dijo Arlene.

—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.

—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.

—Nada de eso —dijo Lila.

—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.

—Yo también tengo ganas de pintar —dijo Serge.

—Larguémonos de aquí —dijo Jorg.

—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.

—¿Cuenta? —gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?

—Venga, vamos —dijo Jorg.

Cuando se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.

—Este vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está en los orines!

Serge cogió una botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.

Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos algo único. Llegaron a la puerta y salieron.

En una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo. El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.

—¿Estuvieron magníficos, verdad? —dijo el joven.

—Son dos pendejos —dijo la joven.

El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difícil.

Cantinas CDMX | TRAVEL MANIA MEXICO CITY
https://narrativabreve.com/2021/03/relato-corto-realismo-sucio.html

Consejos de Alberto Bustos, blog de la lengua

Tomado de Fb

Sendero

  1. Sé breve
    Si puedes expresarlo en tres párrafos, no lo estires hasta llegar a cinco. Si puedes despacharlo en dos oraciones, no te empeñes en que sean cuatro. Si basta con una palabra, no me obligues a leer dos. Y si puedes embutirlo en palabras breves y concisas, no rebusques las más largas y complicadas que contiene el diccionario. La atención del lector es el bien más preciado y escaso que existe. No te lo vamos a regalar para que tú te dediques a divagar. Si tu texto se alarga, pódalo. Si tus párrafos se estiran como el chicle, córtalos. Si a tus oraciones no se les ve el final, pártelas. Y si acumulas palabras de siete leguas, cámbialas por sinónimos breves y certeros.
    Por ejemplo, si puedes decir «hoy», evita «contemporáneamente». Si basta con «influir», manda a paseo a «influenciar». Si quieres decir «el mal tiempo», que no se te ocurra convertirlo en «las inclemencias de la climatología». Que tus palabras, que tus escritos estén cargados de significado. Que sean como una sandía de esas que pesan, de las que son dulces y jugosas cuando las abrimos. Lo que no conviene es que tus escritos sean como paja. La paja tiene mucho aire y poca sustancia. ¡La paja, para las cabras! ¡No la queremos!
    El único peligro que debes evitar aquí es el estilo telegráfico. Pero puestos a pasarnos, más vale que sea por el lado de la brevedad que por el de la verborrea.
  2. Sé sencillo
    Nada de estructuras retorcidas, nada de giros rebuscados. Te conviene evitar las palabras rimbombantes. Busca siempre el vocabulario que es de uso común, pero sin caer tampoco en lo vulgar: las palabras que podría entender una persona de cultura media sin necesidad de acudir al diccionario. El gran poeta Antonio Machado lo tenía claro. En su obra Juan de Mairena, proponía el siguiente ejemplo de mala prosa:
    (1) Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.
    Si el ejemplo (1) lo queremos expresar en buen español y con buen estilo, se convierte en esto otro:
    (2) Lo que pasa en la calle.
    Ni más ni menos.
    Y lo siguiente es fundamental: si no sabes lo que significa una palabra, si no entiendes lo que significa una expresión, no la digas. No la escribas. Ve a buscarla al diccionario y te evitarás algún que otro traspié. Te voy a dar una pista: las expresiones que suenan muy importantes suelen ser incorrectas. Casi siempre te impresionan porque no son de uso general y no son de uso general porque no se deben usar. Pero cuando escribimos con sencillez y naturalidad, es muy difícil meter la pata. Y llegado el caso de que cometamos un desliz, hasta los errores serán más disculpables.
  3. Sé claro
    Si no se entiende, no sirve. La claridad se consigue con el orden. No se consigue amontonando palabras. No se consigue amontonando oraciones. No se consigue amontonando en el texto todo lo que se te va viniendo a la cabeza.
    Primero hay que poner una idea, después otra y, cuando haya terminado esa, entonces viene la siguiente. Y mientras las colocas bien colocaditas, asegúrate además de que la primera sea la más importante. Te voy a proponer un ejemplo:
    (3) Es un líder que, incluso en los momentos más críticos, cuando todos le abandonaban, supo, por encima de todo, creer en sus ideales.
    El ejemplo (3) contiene ideas anidadas. Se trata de una oración compleja con muchas nociones incrustadas unas dentro de otras. Lo que conviene es romper esta oración. Hay que sacar esas ideas de ahí. Hay que liberarlas. Vamos a ponerlas sueltas, una detrás de otra y bien ordenadas. Vas a ver cómo se entiende mejor. La oración (3) se convierte en lo siguiente:
    (4) Es un líder que supo creer en sus ideales por encima de todo. Lo hizo incluso en los momentos más críticos, cuando todos le abandonaban.
    Como puedes comprobar, en (4) he utilizado puntos y comas para separar y ordenar lo que en (3) era un revoltijo.
    Además, la claridad la consigues seleccionando un vocabulario que se entienda con facilidad. Acabo de mencionar esto, pero voy a añadir un ejemplo. Yo podría deslizar en algún párrafo de este artículo el adjetivo abstruso, que suena fantástico. Si lo leo en voz alta, se me llena la boca de abstruso. Pero ¿de qué me sirve usar esa palabra si quienes me están leyendo no se van a enterar de que eso significa ‘difícil de entender’?
    Para expresarte con claridad, también es fundamental que utilices sabiamente los signos de puntuación. Una cosa es esto:
    (5) Vamos a comer, niños.
    Y otra cosa muy diferente es esto otro:
    (6) Vamos a comer niños.
    Lo del ejemplo (6) no solo es cruel, sino que está muy castigado por la ley. Bromas aparte, en (5) y (6) la presencia o ausencia de una simple coma pone patas arriba todo el significado.
    La claridad también la conseguirás leyéndole tu texto a alguien. Así comprobarás si se entiende o si necesitas mejorarlo.
    Como ves, la claridad da mucho de sí. La claridad es básica, es fundamental en cualquier escrito.
  4. Sé preciso
    Para esto, lo primero es que tú tengas claro lo que quieres decir. No podrás afinar mucho la redacción si el texto se cae por la base. La base es el contenido: las ideas que quieres expresar. Cuando tengas esto solucionado, puedes empezar a plantearte algunas claves que te doy a continuación.
    4.1. Evita la ambigüedad
    Que todas tus oraciones admitan una interpretación y solamente una interpretación. De lo contrario, es que algo ha fallado. Mira el ejemplo (7):
    (7) La primera ministra afirmó que no dimitiría, como le pedían muchos miembros de su partido.
    ¿Qué le pedían los miembros del partido? ¿Que dimitiera o que afirmara que no pensaba dimitir? Este ejemplo te lo dejo ahí para que lo repases y busques una forma más acertada de expresar lo uno y lo otro.
    4.2. Utiliza el vocabulario con propiedad
    El epígrafe 4.2 significa simplemente lo siguiente: que todas las palabras signifiquen lo que tú crees que significan. El diccionario es tu amigo. Consulta todas las palabras que te hagan dudar, pero también unas cuantas de las que tienes claras. Ahí es donde suelen acechar los errores.
    4.3. Utiliza vocabulario específico
    Procura siempre escribir sobre petunias, no sobre flores. Construye viviendas, no te conformes con hacerlas. En tus textos, los cuervos deben graznar. No basta con que griten o chillen.
  5. Revisa, revisa, revisa
    No des nunca un texto por terminado sin releerlo. Me da igual que sea un tuit, un correo electrónico, un artículo para un blog o tu tesis doctoral. Antes de enviarlo, tienes que repasarlo. Tú lo tienes que releer. Eso está claro. Pero recuerda que cuatro ojos ven más que dos. A menudo necesitarás la opinión de otra persona. Y cuanto más criterio tenga esa persona, más valdrá esa opinión.

https://blog.lengua-e.com/2021/cinco-consejos-para-redactar-mejor/?fbclid=IwAR3L_PF15dtrunxEWpXmJiVmAhZaOPAPK_2AuvLuJ1Vd7tyo23qz0F1ixHk

En primavera de Jhumpa lahiri

Hindu

En primavera sufro; la estación no me estimula, la encuentro agotadora. La nueva luz me aturde, la naturaleza fulminante me hace sufrir, el aire cargado de polen me irrita los ojos. Todas las mañanas necesito una pastilla para mitigar las alergias, pero me da somnolencia. Me entra modorra, no hay modo de concentrarme, y a la hora del almuerzo solo tengo ganas de irme a la cama. De día sudo y por la noche me muero de frío. No existen zapatos adecuados para esta época caprichosa del año.

Todas las huellas amargas de mi vida están relacionadas con la primavera. Todos los golpes duros. Por eso me acongojan el verde intenso de los árboles, los primeros melocotones en el mercado, las faldas acampanadas y ligeras que llevan las mujeres de mi barrio. Estas cosas me remiten a pérdidas, traiciones, decepciones. Me molesta despertarme y sentirme empujada inevitablemente hacia delante. Pero hoy es sábado y no tengo que salir. Qué gozada despertar y no levantarse

Jhumpa Lahiri Biography | Chicago Public Library
Nilanjana Sudeshna Lahiri conocida como Jhumpa Lahiri es un escritora indobritánica-estadounidense. Nació el 11 de julio de 1967 en Londres (Reino Unido). Jhumpa Lahiri ganó el Premio Pulitzer de novela (2000) por su primera colección de cuentos, «Intérprete de las enfermedades» (1999), y escribió su primera novela, «El buen nombre» (2003), que fue adaptado al cine del mismo nombre en marzo de 2007, dirigida por Mira Nair y protagonizada por Kal Penn como Gogol y estrellas de Bollywood Tabu y Irrfan Khan como sus padres.
Obras
https://malsalvaje.com/2020/12/20/en-primavera-un-minicuento-de-jhumpa-lahiri/

Cocinando la minificción de Paola tena, imperdible.

Medica, pediatra y gran escritora.

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=5380826231988381&id=100001831719500

Una inteligencia artificial lo ha confirmado, sólo existen seis tipos de historias literarias

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/inteligencia-artificial-ha-confirmado-solo-existen-seis-tipos-historias-literarias-1

Un cuento de Ray Bradburi

Norteamericano

—Tom —dijo Douglas—, prométeme algo, ¿sí?

—Prometido, ¿qué es?

—Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?

—¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?

—Bueno… aún eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.

—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?

—Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.

—¡Tener barba, Dios!

—Como te digo. No te separes y que no te pase nada.

—Confía en mi.

—No me preocupas tú —dijo Douglas—, sino el modo como Dios gobierna el mundo.

Tom pensó un momento.

—Bueno, Doug —dijo—, hace lo que puede

https://malsalvaje.com/2020/12/20/prometeme-algo-un-cuento-de-ray-bradbury/

Choka de Rubén García García

Sendero

Duerme el silencio.

Hay oscuridad, frío.

La noche tiembla.

Alguien está soñando.

y sé que no está vivo.

Cripta Del Cementerio En La Noche Stock de ilustración - Ilustración de  ilustraciones, noche: 54489905

Elena Garro de Marco Aurelio Carballo

Tomado del material de lectura e UNAM

Elena Garro (1920) quería ser coreógrafa, bailarina o general, y de pronto se puso a escribir cuentos. Pero ha escrito más novelas que cuentos, si pudiera hacerse esa clase de equiparación contando el número de cuartillas publicadas. Mientras la mayoría de los escritores afirma que desde siempre ambicionaba escribir, Elena Garro sostiene, en cuanto se lo preguntan, que su vocación era otra. Quizá por esa otra vocación escribió también, antes que las novelas, varias obras de teatro que figuran en el libro Un hogar sólido, con seis piezas en un acto, y Felipe Ángeles, obra en tres actos.

Lo cierto es que la Garro ha escrito muchos cuentos y algunos, si no es que la mayoría, extraordinarios. Hasta antes de su autoexilio —Nueva York, Madrid, París— los antologadores decían que su mejor historia corta es “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Ni aquéllos, los antologadores, ni los críticos han hecho un balance acerca de los más recientes cuentos publicados como para señalar que tal o cual texto es el mejor de lo que se ha creado en los últimos años.

Elena Garro ha dicho que sus esfuerzos, con una salud minada a partir de un corazón roto, están dedicados a escribir una novela en torno a la Revolución Rusa, más que historias cortas. En ese libro se sostendría la tesis de que la Gran Duquesa María —hija del Zar a la que se dio por desaparecida, salvándose en apariencia de la matanza— podría haber aparecido en el mundo occidental, y desde luego en el cine, con el nombre de Greta Garbo. Nadie puede asegurar, sin embargo, que no haya escrito cuentos en seguida de Andamos huyendo Lola, volumen editado por Joaquín Mortiz, aunque publicara hasta ahora otras tres novelas, luego de Los recuerdos del porvenir, la primera y más conocida. El otro libro de cuentos es La semana de colores, editado por la Universidad Veracruzana.

Los años pasan —unos ocho desde que anunció la escritura de la novela sobre la Revolución Rusa— pero se ignora si el libro está terminado y si hay algún editor comprometido ya a publicarla, como se ignoran muchas cosas de Elena Garro. Por ejemplo que tenía una máquina de escribir desvencijada y que luego pasó mucho tiempo sin máquina. Habría que especular que la novela sobre la Revolución Rusa está escrita de tal forma novelada que, a lo largo de sus páginas, habrá, seguro, minihistorias tejidas de tal suerte que el lector salte de una a otra, fascinado por el lenguaje electrizante y encantador de la Garro.

En alguna ocasión la escritora dijo en Madrid que escribía las novelas a vuelamáquina. Urgían los adelantos, en cuanto a regalías, para sobrevivir en ese país, España. Por extraños móviles iba de un hostal a otro, de un hotel a otro, huyendo de sombras inidentificables que la acosaban a ella y también a su hija, Helena Paz Garro. Quizá no fue con esa misma rapidez, empleada en las novelas, como escribió Andamos huyendo Lola, cuyos textos están bien trabajados. Aun cuando los personajes principales de los cuentos sean una madre y una hija y dos gatos que andan a salto de urbes y de países, merodean alrededor de ellos otros seres que dan fe con sus actos de lo terrible que puede ser la condición humana, hablen de ellos en inglés, en francés o en español castizo. No es el caso de que hayan sido escritos con celeridad y con descuido —se insiste—, porque son textos redondos.

Henry Miller nunca daba a leer un texto escrito tres años antes, al contrario de Juan José Arreola que cuando se ha releído, según palabras suyas, ha descubierto que sus cuentos fueron publicados sin que, al releerlos, sintiera que algo sobraba o la necesidad de agregar algo. Por supuesto, para Elena Garro, Henry Miller no es uno de los autores de su predilección, como para que siguiera ejemplos que el escritor norteamericano sugiriera copiar. Elena Garro se identifica con autores como Francis Scott Fitzgerald, por mencionar a uno, cuyos personajes son opuestos del todo a los de Henry Miller. En lugar de hombres andrajosos y de amores sórdidos, son caballeros y damas que viven y aman como gente civilizada.

Alguna vez la escritora mexicana —originaria de Puebla y que vivió su niñez en Iguala, Guerrero— deploró la existencia actual de jóvenes de arete, maquillaje, aturdidos de ruido por la música moderna, drogados y salvajes, y se preguntó: “¿Dónde están los bellos y los hermosos, llenos de ideales y de valor?”. Ella misma se respondió: “Desaparecidos para siempre”. Habría que preguntar si con la desaparición de los jóvenes bellos y valientes desaparecerán también los personajes de Elena Garro, es decir, sus cuentos, novelas y obras de teatro.

Lástima que los editores mexicanos poco hayan ofrecido más allá de Andamos huyendo Lola y de sus novelas: Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes, Testimonios sobre Mariana y La casa junto al río.

Se ignora si hay tantos más cuentos como para integrar un volumen, pero se sabe que cuando menos una novela —¿sobre la Revolución Rusa?— está terminada. No sería extraño que a Elena Garro empezaran a publicarle en francés y entonces principiara un reconocimiento que aquí se le ha regateado.

Marco Aurelio Carballo

“Estoy absolutamente sola, ya no tengo amigos”*: Elena Garro

Rendirán un homenaje a Amparo Dávila, maestra de la literatura fantástica

https://www.eluniversal.com.mx/cultura/rendiran-un-homenaje-amparo-davila-maestra-de-la-literatura-fantastica

Gajes del oficio de Karla Barajas

Mexicna


Entraremos al motel y no habrá besos, usaremos guantes
de látex para acariciarnos y mantendremos la boca
cubierta. Nos ducharemos al finalizar para no arriesgarnos,
advertí al cliente, quien a mitad de la copulación se quitó
el cubrebocas, arrancó el mío y me dejó cubierta con su
saliva y semen.
Aunque me preocupa contraer el virus porque tengo
más de sesenta, sé que son gajes del oficio.

Mujeres, hombres, niños, ancianas: la prostitución en TJ