Menos delicado que la langosta de Charles Bukowski

Norteamericano

—¡Qué cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la muerte. Vámonos por ahí.

—¿Por ahí, adónde? —preguntó ella.

—A cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.

—Jorg —dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?

—Comer, dormir, coger, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.

—Yo necesito seguridad.

—Todos la necesitamos.

—Escucha, no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.

—No hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.

Arlene estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.

—Dices que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la lista?

—Tú eres la cinco mil una.

—¿Crees que no podría conseguir otro hombre?

—No tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.

—¿Crees que necesito un gran pintor?

—No, nada de eso. Bastaría con un buen compañero.

—Sí, siempre que me amase.

—Por supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.

Bajaron las escaleras desde la última planta. Todas eran viviendas baratas, llenas de cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por ahí fumando, limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando, rascándose o dormitando delante de la televisión. En el mundo son muy pocos los que tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir. Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada para las hemorroides. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.

—Idiotas —dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician sus vidas parloteando y me joden la mía.

—Oh, Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?

Jorg la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha cogía como una experta y resultaba agradable tenerla a mano… casi siempre.

Llegaron al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor se sentía, era cuando mejor se sentía.

—Mierda —dijo—, todo caga hasta que se muere.

Arlene caminaba meneando el trasero, sin el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol parecía mirar hacia abajo y exclamar: jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero hasta fechas muy recientes sus obras no se habían vendido un carajo. Los dos habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado. Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escaleras. En los rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba cogiendo a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la puerta.

La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.

—¡Te pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón… pasen.

—¿Pero qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.

—Siéntense. Creí que era Lila…

—¿Juegas al escondite con Lila?

—No, no…

—Serge, tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.

—Me afila los lápices.

—Serge, es demasiado joven para ti.

—Tiene treinta años.

—Y tú sesenta. Son treinta años.

—¿Treinta años es demasiado?

—Pues claro.

—¿Y veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.

—Veinte años es aceptable. Treinta es indecente.

—¿Por qué no se buscan los dos mujeres de sus edades? —preguntó Arlene.

Ambos la miraron.

—Le gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.

—Sí —dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo…

Lo siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.

—¿Ves? ¿Te das cuenta? Todas las comodidades.

Serge tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al techo.

—Es por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.

—¿Quién te mezcla los colores?

—Lila. Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a estar por ahí tumbado, leyendo revistas.

Oyeron a Lila que subía las escaleras. Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.

—Vaya —dijo—, el viejo asqueroso está pintando.

—Sí —dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.

—Yo no dije eso.

—Vamos por ahí a comer algo —dijo Arlene.

Serge se incorporó con un gemido.

—Es la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida acostado como un sapo enfermo.

—Necesito un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.

Bajaron juntos a la calle, se dirigieron a La Garrapata de la Oveja. Dos jóvenes de unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban suéteres de cuello alto.

—Hola, son Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?

—¡Largo! —dijo Serge.

Jorg blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la rodilla.

—Mierda —dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!

—Ojalá —dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!

Siguieron hacia La Garrapata de la Oveja. Cuando entraron en el local, de entre los comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos haciendo reverencias, esgrimiendo el menú y soltando gentilezas en italiano, ruso y francés.

—¿Has visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es realmente asqueroso!

—Sí —dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!

—¡Traiga cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a la mejor mesa.

El jefe de camareros se evaporó.

—Ustedes son un par de pendejos —dijo Lila.

Jorg le empezó a subir la mano por la pierna.

—A dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.

—Quítame la mano de la vulva, Jorg.

—No es tu crica. Es propiedad de Serge.

—Pues quita la mano de la vulva de Serge o empiezo a gritar.

—Mi voluntad es muy débil.

Ella gritó. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.

—Es una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!

—¿Todas?

—Todas, sí, pendejo. ¡Y rápido!

—Es torpe —dijo Serge—. Míralo. ¿Cenamos?

—¿Cenar? —dijo Arlene—. Ustedes lo único que hacen es beber. No creo que los haya visto comer nunca más de un huevo pasado por agua.

—¡Fuera de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.

El camarero se esfumó.

—No deben hablarle así a la gente, muchachos —dijo Lila.

—Hemos pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.

—Eso no les da ningún derecho —dijo Arlene.

—Supongo que no —dijo Jorg—, pero es interesante.

—La gente no tiene por qué aguantalos —dijo Lila.

—La gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.

—Lo que la gente quiere es las pinturas de ustedes, nada más —dijo Arlene.

—Nosotros somos nuestros cuadros —dijo Serge.

—Las mujeres son tontas —dijo Jorg.

—Ten cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas…

Se pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.

—El hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.

—El hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.

—Ustedes son pendejos genuinos —dijo Lila.

—Desde luego —dijo Arlene.

—Vamos a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.

—Oh, no —dijo Arlene—, de eso nada.

—Nada de eso —dijo Lila.

—Ahora tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.

—Yo también tengo ganas de pintar —dijo Serge.

—Larguémonos de aquí —dijo Jorg.

—Esperen —dijo Lila—, no han pagado la cuenta.

—¿Cuenta? —gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar dinero por esta mierda de vino?

—Venga, vamos —dijo Jorg.

Cuando se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.

—Este vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedirle a nadie que pagase por semejante mierda! ¡La prueba está en los orines!

Serge cogió una botella de vino aún a mitad, le abrió al camarero la camisa de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros los miraba desconcertado. Era un buen mozo, de largas uñas, que vivía en un departamento de lujo. Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y lo golpeó, con fuerza, justo bajo la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg lo golpeó otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.

Se dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta elegancia, había en ellos algo único. Llegaron a la puerta y salieron.

En una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado todo. El joven parecía inteligente; solo una verruga bastante grande que tenía casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.

—¿Estuvieron magníficos, verdad? —dijo el joven.

—Son dos pendejos —dijo la joven.

El joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche difícil.

Cantinas CDMX | TRAVEL MANIA MEXICO CITY
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Consejos de Alberto Bustos, blog de la lengua

Tomado de Fb

Sendero

  1. Sé breve
    Si puedes expresarlo en tres párrafos, no lo estires hasta llegar a cinco. Si puedes despacharlo en dos oraciones, no te empeñes en que sean cuatro. Si basta con una palabra, no me obligues a leer dos. Y si puedes embutirlo en palabras breves y concisas, no rebusques las más largas y complicadas que contiene el diccionario. La atención del lector es el bien más preciado y escaso que existe. No te lo vamos a regalar para que tú te dediques a divagar. Si tu texto se alarga, pódalo. Si tus párrafos se estiran como el chicle, córtalos. Si a tus oraciones no se les ve el final, pártelas. Y si acumulas palabras de siete leguas, cámbialas por sinónimos breves y certeros.
    Por ejemplo, si puedes decir «hoy», evita «contemporáneamente». Si basta con «influir», manda a paseo a «influenciar». Si quieres decir «el mal tiempo», que no se te ocurra convertirlo en «las inclemencias de la climatología». Que tus palabras, que tus escritos estén cargados de significado. Que sean como una sandía de esas que pesan, de las que son dulces y jugosas cuando las abrimos. Lo que no conviene es que tus escritos sean como paja. La paja tiene mucho aire y poca sustancia. ¡La paja, para las cabras! ¡No la queremos!
    El único peligro que debes evitar aquí es el estilo telegráfico. Pero puestos a pasarnos, más vale que sea por el lado de la brevedad que por el de la verborrea.
  2. Sé sencillo
    Nada de estructuras retorcidas, nada de giros rebuscados. Te conviene evitar las palabras rimbombantes. Busca siempre el vocabulario que es de uso común, pero sin caer tampoco en lo vulgar: las palabras que podría entender una persona de cultura media sin necesidad de acudir al diccionario. El gran poeta Antonio Machado lo tenía claro. En su obra Juan de Mairena, proponía el siguiente ejemplo de mala prosa:
    (1) Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.
    Si el ejemplo (1) lo queremos expresar en buen español y con buen estilo, se convierte en esto otro:
    (2) Lo que pasa en la calle.
    Ni más ni menos.
    Y lo siguiente es fundamental: si no sabes lo que significa una palabra, si no entiendes lo que significa una expresión, no la digas. No la escribas. Ve a buscarla al diccionario y te evitarás algún que otro traspié. Te voy a dar una pista: las expresiones que suenan muy importantes suelen ser incorrectas. Casi siempre te impresionan porque no son de uso general y no son de uso general porque no se deben usar. Pero cuando escribimos con sencillez y naturalidad, es muy difícil meter la pata. Y llegado el caso de que cometamos un desliz, hasta los errores serán más disculpables.
  3. Sé claro
    Si no se entiende, no sirve. La claridad se consigue con el orden. No se consigue amontonando palabras. No se consigue amontonando oraciones. No se consigue amontonando en el texto todo lo que se te va viniendo a la cabeza.
    Primero hay que poner una idea, después otra y, cuando haya terminado esa, entonces viene la siguiente. Y mientras las colocas bien colocaditas, asegúrate además de que la primera sea la más importante. Te voy a proponer un ejemplo:
    (3) Es un líder que, incluso en los momentos más críticos, cuando todos le abandonaban, supo, por encima de todo, creer en sus ideales.
    El ejemplo (3) contiene ideas anidadas. Se trata de una oración compleja con muchas nociones incrustadas unas dentro de otras. Lo que conviene es romper esta oración. Hay que sacar esas ideas de ahí. Hay que liberarlas. Vamos a ponerlas sueltas, una detrás de otra y bien ordenadas. Vas a ver cómo se entiende mejor. La oración (3) se convierte en lo siguiente:
    (4) Es un líder que supo creer en sus ideales por encima de todo. Lo hizo incluso en los momentos más críticos, cuando todos le abandonaban.
    Como puedes comprobar, en (4) he utilizado puntos y comas para separar y ordenar lo que en (3) era un revoltijo.
    Además, la claridad la consigues seleccionando un vocabulario que se entienda con facilidad. Acabo de mencionar esto, pero voy a añadir un ejemplo. Yo podría deslizar en algún párrafo de este artículo el adjetivo abstruso, que suena fantástico. Si lo leo en voz alta, se me llena la boca de abstruso. Pero ¿de qué me sirve usar esa palabra si quienes me están leyendo no se van a enterar de que eso significa ‘difícil de entender’?
    Para expresarte con claridad, también es fundamental que utilices sabiamente los signos de puntuación. Una cosa es esto:
    (5) Vamos a comer, niños.
    Y otra cosa muy diferente es esto otro:
    (6) Vamos a comer niños.
    Lo del ejemplo (6) no solo es cruel, sino que está muy castigado por la ley. Bromas aparte, en (5) y (6) la presencia o ausencia de una simple coma pone patas arriba todo el significado.
    La claridad también la conseguirás leyéndole tu texto a alguien. Así comprobarás si se entiende o si necesitas mejorarlo.
    Como ves, la claridad da mucho de sí. La claridad es básica, es fundamental en cualquier escrito.
  4. Sé preciso
    Para esto, lo primero es que tú tengas claro lo que quieres decir. No podrás afinar mucho la redacción si el texto se cae por la base. La base es el contenido: las ideas que quieres expresar. Cuando tengas esto solucionado, puedes empezar a plantearte algunas claves que te doy a continuación.
    4.1. Evita la ambigüedad
    Que todas tus oraciones admitan una interpretación y solamente una interpretación. De lo contrario, es que algo ha fallado. Mira el ejemplo (7):
    (7) La primera ministra afirmó que no dimitiría, como le pedían muchos miembros de su partido.
    ¿Qué le pedían los miembros del partido? ¿Que dimitiera o que afirmara que no pensaba dimitir? Este ejemplo te lo dejo ahí para que lo repases y busques una forma más acertada de expresar lo uno y lo otro.
    4.2. Utiliza el vocabulario con propiedad
    El epígrafe 4.2 significa simplemente lo siguiente: que todas las palabras signifiquen lo que tú crees que significan. El diccionario es tu amigo. Consulta todas las palabras que te hagan dudar, pero también unas cuantas de las que tienes claras. Ahí es donde suelen acechar los errores.
    4.3. Utiliza vocabulario específico
    Procura siempre escribir sobre petunias, no sobre flores. Construye viviendas, no te conformes con hacerlas. En tus textos, los cuervos deben graznar. No basta con que griten o chillen.
  5. Revisa, revisa, revisa
    No des nunca un texto por terminado sin releerlo. Me da igual que sea un tuit, un correo electrónico, un artículo para un blog o tu tesis doctoral. Antes de enviarlo, tienes que repasarlo. Tú lo tienes que releer. Eso está claro. Pero recuerda que cuatro ojos ven más que dos. A menudo necesitarás la opinión de otra persona. Y cuanto más criterio tenga esa persona, más valdrá esa opinión.

https://blog.lengua-e.com/2021/cinco-consejos-para-redactar-mejor/?fbclid=IwAR3L_PF15dtrunxEWpXmJiVmAhZaOPAPK_2AuvLuJ1Vd7tyo23qz0F1ixHk

En primavera de Jhumpa lahiri

Hindu

En primavera sufro; la estación no me estimula, la encuentro agotadora. La nueva luz me aturde, la naturaleza fulminante me hace sufrir, el aire cargado de polen me irrita los ojos. Todas las mañanas necesito una pastilla para mitigar las alergias, pero me da somnolencia. Me entra modorra, no hay modo de concentrarme, y a la hora del almuerzo solo tengo ganas de irme a la cama. De día sudo y por la noche me muero de frío. No existen zapatos adecuados para esta época caprichosa del año.

Todas las huellas amargas de mi vida están relacionadas con la primavera. Todos los golpes duros. Por eso me acongojan el verde intenso de los árboles, los primeros melocotones en el mercado, las faldas acampanadas y ligeras que llevan las mujeres de mi barrio. Estas cosas me remiten a pérdidas, traiciones, decepciones. Me molesta despertarme y sentirme empujada inevitablemente hacia delante. Pero hoy es sábado y no tengo que salir. Qué gozada despertar y no levantarse

Jhumpa Lahiri Biography | Chicago Public Library
Nilanjana Sudeshna Lahiri conocida como Jhumpa Lahiri es un escritora indobritánica-estadounidense. Nació el 11 de julio de 1967 en Londres (Reino Unido). Jhumpa Lahiri ganó el Premio Pulitzer de novela (2000) por su primera colección de cuentos, «Intérprete de las enfermedades» (1999), y escribió su primera novela, «El buen nombre» (2003), que fue adaptado al cine del mismo nombre en marzo de 2007, dirigida por Mira Nair y protagonizada por Kal Penn como Gogol y estrellas de Bollywood Tabu y Irrfan Khan como sus padres.
Obras
https://malsalvaje.com/2020/12/20/en-primavera-un-minicuento-de-jhumpa-lahiri/

Cocinando la minificción de Paola tena, imperdible.

Medica, pediatra y gran escritora.

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=5380826231988381&id=100001831719500

Una inteligencia artificial lo ha confirmado, sólo existen seis tipos de historias literarias

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/inteligencia-artificial-ha-confirmado-solo-existen-seis-tipos-historias-literarias-1

Un cuento de Ray Bradburi

Norteamericano

—Tom —dijo Douglas—, prométeme algo, ¿sí?

—Prometido, ¿qué es?

—Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?

—¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?

—Bueno… aún eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.

—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?

—Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.

—¡Tener barba, Dios!

—Como te digo. No te separes y que no te pase nada.

—Confía en mi.

—No me preocupas tú —dijo Douglas—, sino el modo como Dios gobierna el mundo.

Tom pensó un momento.

—Bueno, Doug —dijo—, hace lo que puede

https://malsalvaje.com/2020/12/20/prometeme-algo-un-cuento-de-ray-bradbury/

Choka de Rubén García García

Sendero

Duerme el silencio.

Hay oscuridad, frío.

La noche tiembla.

Alguien está soñando.

y sé que no está vivo.

Cripta Del Cementerio En La Noche Stock de ilustración - Ilustración de  ilustraciones, noche: 54489905

Elena Garro de Marco Aurelio Carballo

Tomado del material de lectura e UNAM

Elena Garro (1920) quería ser coreógrafa, bailarina o general, y de pronto se puso a escribir cuentos. Pero ha escrito más novelas que cuentos, si pudiera hacerse esa clase de equiparación contando el número de cuartillas publicadas. Mientras la mayoría de los escritores afirma que desde siempre ambicionaba escribir, Elena Garro sostiene, en cuanto se lo preguntan, que su vocación era otra. Quizá por esa otra vocación escribió también, antes que las novelas, varias obras de teatro que figuran en el libro Un hogar sólido, con seis piezas en un acto, y Felipe Ángeles, obra en tres actos.

Lo cierto es que la Garro ha escrito muchos cuentos y algunos, si no es que la mayoría, extraordinarios. Hasta antes de su autoexilio —Nueva York, Madrid, París— los antologadores decían que su mejor historia corta es “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Ni aquéllos, los antologadores, ni los críticos han hecho un balance acerca de los más recientes cuentos publicados como para señalar que tal o cual texto es el mejor de lo que se ha creado en los últimos años.

Elena Garro ha dicho que sus esfuerzos, con una salud minada a partir de un corazón roto, están dedicados a escribir una novela en torno a la Revolución Rusa, más que historias cortas. En ese libro se sostendría la tesis de que la Gran Duquesa María —hija del Zar a la que se dio por desaparecida, salvándose en apariencia de la matanza— podría haber aparecido en el mundo occidental, y desde luego en el cine, con el nombre de Greta Garbo. Nadie puede asegurar, sin embargo, que no haya escrito cuentos en seguida de Andamos huyendo Lola, volumen editado por Joaquín Mortiz, aunque publicara hasta ahora otras tres novelas, luego de Los recuerdos del porvenir, la primera y más conocida. El otro libro de cuentos es La semana de colores, editado por la Universidad Veracruzana.

Los años pasan —unos ocho desde que anunció la escritura de la novela sobre la Revolución Rusa— pero se ignora si el libro está terminado y si hay algún editor comprometido ya a publicarla, como se ignoran muchas cosas de Elena Garro. Por ejemplo que tenía una máquina de escribir desvencijada y que luego pasó mucho tiempo sin máquina. Habría que especular que la novela sobre la Revolución Rusa está escrita de tal forma novelada que, a lo largo de sus páginas, habrá, seguro, minihistorias tejidas de tal suerte que el lector salte de una a otra, fascinado por el lenguaje electrizante y encantador de la Garro.

En alguna ocasión la escritora dijo en Madrid que escribía las novelas a vuelamáquina. Urgían los adelantos, en cuanto a regalías, para sobrevivir en ese país, España. Por extraños móviles iba de un hostal a otro, de un hotel a otro, huyendo de sombras inidentificables que la acosaban a ella y también a su hija, Helena Paz Garro. Quizá no fue con esa misma rapidez, empleada en las novelas, como escribió Andamos huyendo Lola, cuyos textos están bien trabajados. Aun cuando los personajes principales de los cuentos sean una madre y una hija y dos gatos que andan a salto de urbes y de países, merodean alrededor de ellos otros seres que dan fe con sus actos de lo terrible que puede ser la condición humana, hablen de ellos en inglés, en francés o en español castizo. No es el caso de que hayan sido escritos con celeridad y con descuido —se insiste—, porque son textos redondos.

Henry Miller nunca daba a leer un texto escrito tres años antes, al contrario de Juan José Arreola que cuando se ha releído, según palabras suyas, ha descubierto que sus cuentos fueron publicados sin que, al releerlos, sintiera que algo sobraba o la necesidad de agregar algo. Por supuesto, para Elena Garro, Henry Miller no es uno de los autores de su predilección, como para que siguiera ejemplos que el escritor norteamericano sugiriera copiar. Elena Garro se identifica con autores como Francis Scott Fitzgerald, por mencionar a uno, cuyos personajes son opuestos del todo a los de Henry Miller. En lugar de hombres andrajosos y de amores sórdidos, son caballeros y damas que viven y aman como gente civilizada.

Alguna vez la escritora mexicana —originaria de Puebla y que vivió su niñez en Iguala, Guerrero— deploró la existencia actual de jóvenes de arete, maquillaje, aturdidos de ruido por la música moderna, drogados y salvajes, y se preguntó: “¿Dónde están los bellos y los hermosos, llenos de ideales y de valor?”. Ella misma se respondió: “Desaparecidos para siempre”. Habría que preguntar si con la desaparición de los jóvenes bellos y valientes desaparecerán también los personajes de Elena Garro, es decir, sus cuentos, novelas y obras de teatro.

Lástima que los editores mexicanos poco hayan ofrecido más allá de Andamos huyendo Lola y de sus novelas: Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes, Testimonios sobre Mariana y La casa junto al río.

Se ignora si hay tantos más cuentos como para integrar un volumen, pero se sabe que cuando menos una novela —¿sobre la Revolución Rusa?— está terminada. No sería extraño que a Elena Garro empezaran a publicarle en francés y entonces principiara un reconocimiento que aquí se le ha regateado.

Marco Aurelio Carballo

“Estoy absolutamente sola, ya no tengo amigos”*: Elena Garro

Rendirán un homenaje a Amparo Dávila, maestra de la literatura fantástica

https://www.eluniversal.com.mx/cultura/rendiran-un-homenaje-amparo-davila-maestra-de-la-literatura-fantastica

Gajes del oficio de Karla Barajas

Mexicna


Entraremos al motel y no habrá besos, usaremos guantes
de látex para acariciarnos y mantendremos la boca
cubierta. Nos ducharemos al finalizar para no arriesgarnos,
advertí al cliente, quien a mitad de la copulación se quitó
el cubrebocas, arrancó el mío y me dejó cubierta con su
saliva y semen.
Aunque me preocupa contraer el virus porque tengo
más de sesenta, sé que son gajes del oficio.

Mujeres, hombres, niños, ancianas: la prostitución en TJ

Las sobrina de Rubén García García

Sendero

Compré el libro de Inga en mi juventud, y quedó en los anaqueles, como uno más entre los adquiridos por tres generaciones. Había decidido remozar la biblioteca, por lo que se tendría que limpiar, seleccionar y resguardar los textos. Esta área se ubica en la parte alta y al fondo del extenso patio y era independiente de la nave central de la casa. Colinda con un callejón poco transitado del viejo pueblo, del cual mi abuelo fue uno de los fundadores. Hombre de trabajo, pero amante de las letras. Construyó su espacio y cuando se enclaustraba a leer, decía a la abuela:
-¡No estoy para nadie!
Estantes de cedro, donde duermen cientos de libros, abajo un sofá de piel suave, mullido. Un escritorio resistente, como para soportar el peso de un elefante. Hay un baño completo, cuadros al oleo, y escaleras.
Una de las paredes del fondo, la que colinda con el callejón, tiene un deterioro, -quizá es el tiempo y la humedad—. Se aprecia una grieta en forma de ele.

Pocas veces había estado allí, yo soy proclive a la fiesta, a la música, al convite, y no a estar en soledad. Mi padre, siempre fuera del país, o en la capital, pues fue un político apreciado.
Platiqué con mi esposa acerca de remozar la biblioteca.
—Es mejor que la tires y allí podemos construir un jardín de juegos para los nietos. El tiempo se va rápido.
—Preferí el silencio.
—Pero si vas a contratar gente para limpiar libros y quitar telarañas, entonces le diré a mi sobrina, que necesita recursos para seguir estudiando.

—Dile que venga el próximo lunes.

El trabajo de limpieza no estaba exento de riesgos, por lo que deseaba una mujer apta. Cuando la entrevisté, calculé diecisiete años de edad, morena, de cabello corto, cutis manchado por el acné y seria. Llamaba la atención una verruga que nacía en su hombro derecho y que trataba de ocultar con un saquito de mezclilla. Ese día traía una falda que dejaba ver unas rodillas con cicatrices profundas que hablaba de haber sido una niña inquieta. La contraté. Se llama Elen.
Abandonaba su sitio de trabajo, para tomar sus alimentos, o para retirarse. Yo, después de llegar a casa, me servía un café o una bebida; después veía el avance del trabajo y a darle indicaciones.
Siempre la vi en su quehacer. Me daba las buenas tardes con susurros, y seguía su labor. No era una mujer para asombrarse, pero había en ella una sutil manera de ser, que alteraba, y sobrevenía el deseo de saber de ella. Sin embargo no lo permitía y, discreta se guardaba los pormenores. Una tarde la vi arriba de la escalera, de espaldas, absorta, y aunque llevaba un pantalón holgado, se definían armónicamente sus formas.
Aquella tarde no esperaba verla, mas la encontré sentada en el sofá, con la pierna cruzada y leyendo. Tan concentrada estaba, que no escuchó mis pasos cuando me acerqué por detrás. Leía a Inga.

Una novela que fue un hallazgo. La compré en un tiradero de libros viejos cuando estaba en la capital estudiando. Trataba de una joven rubia, impetuosa, muy bella, que vivía en una ciudad sueca con una tía madura a quien confiaba buena parte de su vida, sus novios, sus dificultades. Novela que me llevó al cielo en noches de soledad y que casi memorice. Ella seguramente leía el capítulo tres, donde Inga conversaba en la sala con su tía:

— Deseo tener relaciones sexuales.

La tía no se inmutó, para su óptica, estas cosas no son tabú sino parte de la vida.

— ¿Qué te ha motivado?
— Las lecturas, tus libros y aunque eres discreta, me he dado cuenta de tus cambios de humor cuando llega Iván. En otras ocasiones escucho tus quejas y suspiros. Y yo deseo saber.
— Estás en edad. No puedo evitarlo si así lo has decidido, sólo debes de hacerlo con responsabilidad y cuidarte de un embarazo no deseado.
—Soy exacta en mis menstruaciones y puedo precisar el día que estoy ovulando. Así que reconozco cuando podría estar en riesgo de un embarazo.
— Imagino, que tendrás candidato, procura ser cuidadosa en la elección y ya sabes, los feos no están permitidos, —le dijo bromeando.

Lo que Inga no dijo a su tía fue que el candidato favorecido era Iván, el amante de ella.

Una Noche Cuando recién terminaban de preparar la cena, y esperaban a Iván, la Tía Romi recibió una llamada de su jefe, para indicarle que pasaría por ella en media hora y que viajarían a la capital para resolver un negocio que estaba cayéndose. En un santiamén la tía preparó maletas y encargó a la sobrina que recibiese a Iván.

Inga le abrió la puerta con una blusa holgada, sin corpiño. La falda a través de la luz, dibujaba los muslos y ropa interior. Iván percibió el olor de la belleza y cuando supo que su compañera había tenido que viajar intempestivamente, quiso retirarse, pero Inga le dijo que la cena ya estaba servida.

— ¿Cómo deseas tu whisky? –Pregunto a Iván, desde el mueble donde guardaban las bebidas.

— Un poco de agua y dos hielos.
— Así sabe sabroso.
— ¿Qué te parece, si mientras busco la música me preparas el mío?

Iván se acercó a la cantina y en silencio preparó la bebida. No se había percatado de la sobrina, pero, cuanto parecido tenía con Romi. Cuando Inga caminó hacia el aparato de sonido, se dio cuenta de la amplitud de la cadera y el andar sinuoso de una adolescente que empieza a sentirse parte del mundo.
Después de la cena, él consideró prudente retirarse. Le dio las gracias, elogió el sabor de los alimentos y al besarla en la mejilla, ella lo atrajo y le dijo cerca del oído,
—quédate un rato más.
Supo entonces que un mundo de problemas vendría a su vida. Pero la fragancia también peleo un puesto y en esa cara de indecisión, resonó la voz de ella y atacó.

—Es que me siento sola.

Ya no dijo nada, la abrazó como dándole compañía. Pero ella no se apartó. Y estirando sus piernas, acercó su boca al oído y cuchicheándole en la oreja le dijo:

—No te arrepentirás.

Volvió con bocadillos. Se escuchaba un saxo.

—¿Me sacas a bailar?

Él sabía, por su experiencia, en lo que terminaría. Ella no ocultaba su intención, y la ocasión era propicia. A él le molestaba una idea. Pero Inga la deshizo.

— Sólo sigo los consejos de mi tía, además ella no tiene por que enterarse, al menos que se lo digas tú.

— Explícame.

— Nada, no deseo que te sientas culpable, ni tampoco deseo que dejes de ser amante de mi tía.

— Debes de tener muchos amigos de tu edad

— Son torpes, mal educados y bobos. Tú sabes tratar, veo y escucho como seduces y complaces a Romi.

Él siguió bailando, la atrajo más, y ella aceptó. Mucha de la tensión había desaparecido. Afloró en él un flujo cálido por piernas y manos. Tanto, que se atrevió a deslizarlas por las caderas y, percibió en la yema de los dedos, el roce de la tela cuando los glúteos tensaban y aflojaban a cada paso del baile.

Cuando su respiración cuchicheo en su oído, percibió la respuesta. Ella mordía su labio y una secuencia de olas de rubor hacía surcos en sus mejillas.

Ella sabía que esa noche dejaría de ser virgen. Él supo que ya no había retroceso.

Cuando me vio al lado de ella, se asustó en demasía, la calmé y le dije que siguiera la lectura, que leyera en voz alta, mientras iría a la cantina a preparar unas bebidas. El abuelo, había dejado muchas, así que no me fue difícil: una suave crema de almendras. Cuando regresé, apagué las luces generales y prendí una lámpara de pie, suficiente para continuar leyendo. Después de brindar y darle confianza, la insté a que siguiera la lectura en voz alta.

Iván era rodeado por los brazos de ella. La boca de él hacia recorridos desde el cuello hasta el lóbulo, se detenía en la mejilla y en la comisura. Ella abría la boca esperando los labios, pero él solamente llegaba a los linderos. Así, cuando la boca estuvo muy cerca, abrió fuego.
—Bésame.
Obedeció a la palabra, pero antes de empalmarse a los de ella, los humedeció. Labios que mordisquearon, y de un beso sutil, paso poco a poco a la sensación reciproca de unirse más y encontrarse con el calor, la textura, y admirarse de los tumultos de hormigueos que recorren vericuetos del cuerpo. Enlazadas las lenguas se succionaron con cadencia y movieron en la profundidad, las fuerzas de lo inevitable, el no retroceso.

Se detuvieron en la mitad de la sala.

—Apriétame.

Ella percibió su erección entre sus piernas e instintivamente abrió el compás. Él la acompañó con movimientos suaves y encontrados, siguiendo los compases de la música.

La voz de ella daba el acento adecuado a la lectura, pero entre silabas, se notaba otro tipo de inflexión. Percibí, pese a lo tenue de la luz, el enrojecimiento de sus labios y su blusa apenas si contenía la respiración. Sin pensarlo, puse mi mano sobre su muslo, si ella aceptaba, seguiría en la lectura, y si no, se levantaría indignada y afrontaría las consecuencias. Un Segundo después la quité. Me levanté y fui de nuevo a la cantinita. Al regresar con las copas, me acerqué a su oído y le cuchichee, “continua” Si bien mis labios no tocaron su piel, pude percibir el temblor de su oreja, el calor que fluyó hacia mis labios y la evidencia de una pezón levantando sus brazos. Un aroma dulce y acido brotaba por su nuca.

Decidí mantenerme de pie, detrás de ella, mientras seguía leyendo. Tenía a mi alcance la letra impresa del libro, el perfume, y la elevación acompasada de los pechos, que subían y bajaban. El silbido discreto, proveniente de las alas de la nariz, que ocasionaba fugaces claudicaciones atribuidas al fuego íntimo de la lectura, o bien a esa suave intensidad, cuando se vierte el licor en la sangre. Puse ambas manos sobre sus hombros y las dejé allí.

Las manos de Iván eran dos abanicos delicados que acariciaban desde la cadera hasta la redondez, suaves yemas alisando terciopelo. Las bocas descansaban, ella en el cuello y él lamiendo el lóbulo de sus orejas. La voz del saxo caía y se levantaba.
—Apriétame con más fuerza.
La atrajo hacía él, las manos se volvieron más enérgicas y abarcaron la redondez de sus nalgas y apretándola y desapretando. Susurró: —¿así?
Ella suspiró. Y él entendió que podía soportar las próximas envestidas.

Volví a su oído y le cuchicheé:
—Qué bien lees. —y puse mis labios en el lóbulo de la oreja, bajando después hacia la curva del cuello, las manos deslizaron por los hombros y sutilmente acariciaron sus brazos. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar la lectura.

-Tienes unos pechos increíbles-, y mordisqueó la tela que los ocultaba.

– Bésamelos. —al mismo tiempo, sus manos sacaron la blusa, por el cuello.

La orquesta acompañaba al saxo, el bajo apenas perceptible. Entrelazó sus manos sobre el pelo ondulado y rojizo de Iván, y hacía una discreta presión para que captara la señal. Él bajo su testa y sus labios humedecieron, respiraron y lamieron la cereza rojiza que sobresalía de sus pechos. Se dio cuenta en ese momento que la excitación entraba por su piel, por sus ojos y su oído era un receptáculo de placer cuando lo escuchaba gemir y decirle:
-Tu ombligo hermoso y profundo.

Mis manos dejaron de acariciarle los brazos, subieron a los hombros y lentamente descendieron hasta llegar a la suavidad de sus pechos. Se le quebró la voz. Mi boca abrevó en sus oídos, mis labios apretaron uno de sus lóbulos. Subía los senos, para que mis manos pudiesen sopesarlos. Ella ya no era ella, yo tampoco. Éramos palabra, lectura. Luz tibia que ardía entre libros, madera y olores que se despertaron de un tiempo ido.

La mano de Inga bajó hacía la entrepierna y bajó el cierre del jean. Metió la mano y palpó, lo que sólo conocía por imágenes de libro. No imaginaba que fuese así, tan duro, tan febril, como un pequeño ser vivo. Él ayudó, la destrabó del bóxer y dejó que saliera. Los dedos finos apretaron y se deslizaron para reconocer lo que ella sabía que estaría dentro de sí. Recordó entonces los gritos de su tía y se estremeció.

Ella leía con voz quebrada, yo arrodillado mordisqueando sus muslos. Al tiempo que desabrochaba la blusa para liberar los pezones del sostén. Mi boca buscaba la entrepierna y la voz se calló cuando mis labios acoplaron a sus labios íntimos y mi lengua atropellaba delicadamente sus interiores.
Recordé letra por letra de la novela, mientras corría la humedad de mi sobrina…

Sentados en el sofá, era besada en sus areolas y ella aprisionaba con su mano el brillo, los latidos. Sintiéndose asfixiada, se levantó, quitó sus bragas con rapidez y se sentó en su regazo. Ella lo guió hasta su centro, cerró los ojos y sin pensarlo se dejó caer, hasta que el pubis de él era acompañado por el de ella. Iván no daba crédito, al mirarla encontró en sus ojos un regato de lagrimas. Inga se dio cuenta que también se llora de placer y le dijo al oído. “no te muevas, que seré yo quién me desvirgue.

Yo hacía, ella se dejaba y sólo las sombras confusas serían compañeras del desborde de una pasión que nunca había sentido. ¿Era Iván? ¿O era el estudiante que furioso se masturbaba en algún cuarto solitario de la ciudad? Mordisqueaba sus pechos, saboreando el olor de sus manos, pues ella en su arrebato, los tomaba y me invitaba a succionarlos, ofreciéndome el pezón alargado y rubiforme.
Acostados, desnudos, y a la breve luz de la lámpara, pude distinguir la finesa de sus formas: minúsculos pezones, duros los senos, como si estuviese dando de amamantar, piernas largas, gatunas que al sentirlas a los lados de la cintura, me abrazaban con tanta fuerza que nos hacía ser uno. Ella cerraba los ojos, y me ofrecía la boca, la rudeza de su respiración, y hondos suspiros que terminaban en gemidos. Quedamos en silencio, atarantados del exceso de placer y aún sin poder aterrizar la conciencia. Sonó el celular y ella presurosa contestó.
Al tiempo que ella terminaba de hablar con su mamá, escuché que el portón de la casa se abría y por el ruido del motor, sabía que era mi esposa que llegaba de su sesión de los viernes con las damas de caridad. Sabía también que me buscaría y al no encontrarme en la sala de la televisión, vendría a la biblioteca. La realidad llegaba pateando las puertas.
Ella entró al baño a retocar su imagen. Yo veía mentalmente los movimientos de mi esposa y planeaba el escape de ella. Sobre la puerta había una rejilla de ventilación, apoyado sobre la escalera miré y tenía a mi vista la parte posterior de la casa. Bajé y fui al fondo, pues los ruidos del callejón se escuchaban vivos. Pegué mi oído al dintel deteriorado y un apéndice, evitaba que mi oreja quedara plana a la pared. Vi que era una palanca semioculta en las imperfecciones del revoque. La enganché con el dedo, tiré y tronó, como si hubiese jalado de un gatillo. Por gravedad se deslizó la parte delgada de la pared dejando una salida hacia el callejón.
Cuando salía del baño, entré para reacomodarme la figura. Al salir le hice una seña de que no hablará y le mostré la puertecilla. La abrace con ternura, y al oído le dije “toma un taxi” mañana hablaremos y deslice en su bolsa lo suficiente para que pagase el servicio.

Minutos después tocaron a la puerta. Abrí. Era mi esposa. Regresé al escritorio, donde previamente había dejado varios libros.
– ¿Qué haces?
– Revisó los libros del abuelo
– ¿Vas a cenar?
– Claro. ¿Cómo te fue?
– Bien, pero contaron cada cosa. Apúrate, porque la cena no tardo en servirla y deseo acostarme temprano. Estuviste tomando…
– Sólo una crema y un whisky.
– ¿Y de cuando acá te gustan las cremas?

No le contesté, cerré la Biblioteca y pensaba en Inga, en ella, en el abuelo. Y también en su deseo de acostarse temprano. Generalmente se acostaba y ya. Cuando yo lo hacía la mayor de las veces dormía profundamente. Despertarla me costaba más sinsabores…
Con el baño me recuperé. Acostado, la luz de una pequeña lámpara conformaba el perfil de mi esposa.

-Estuvieron contando cada cosa, que me puse inquieta y me retiré. Entendí que a ella se le habían despertado sus deseos y cuando estaba de lado metí mis labios en la nuca. Después de lo acontecido, no había perdido deseos. Le mordisqué la nuca y dije suspirando: Inga.
Ella se volteo y me dijo:
¿Y quién es Inga?
Inga es una adolescente, que desea saber que es el sexo y decide investigarlo con el amante de su tía.

-Ah es una novela ¿y eso revisabas cuando fui a verte?
-sí.
– Pues que abuelo tan caliente tuviste.

Le di la razón. Esa puertecita que da al callejón, debe de tener su historia.

La Pacha de Alejandra Decurge de Umbrales virulentos, antología de la cincia ficción latina

Argentina

Dice mi mamá que la Pacha se fue alejando de a poco. Fue
dando avisos pero nadie quiso verlos. Se fue como se van los
decepcionados: una noche, de puntillas. Así contaba mi mamá,
mientras clavaba la pala en la tierra gris y fría del pastizal. Por eso
colgaron esos satélites de mierda, decía. Porque era eso o nos
moríamos.
Contaba que los de antes hacían rituales parecidos, pero que
ahora para qué iba a querer La Mama embriagarse de alcohol y cigarro.
Hay que ir hondo, decía mamá, porque ahí donde está más oscuro es
donde la luz más brilla.
Yo me sentaba, la miraba y no sabía si ayudarla o decirle basta.
Era horrible verla escarbar la tierra imaginando cómo la peste
escarbaba también en mi madre.
A mi mamá no le habían ofrecido lo de ponerse parches para ser
mitad carne y metal. No quieren, dijo, cuando salió del laboratorio. Para
ellos soy un peligro.
A mí, al principio, me gustaban los satélites que controlan el
clima, los colgaron una noche. Están ahí arriba, plateados como si los
lustraran a cada rato, como un móvil sobre una cuna. Mi mamá extraña
lo de antes: la sorpresa de una lluvia fría después de días de calor rojo, el
granizo, el viento que volaba las faldas.
El clima debe ser libre, dice mamá, y hunde la pala en el polvo
mientras sostengo la semilla ancestral que es como un ojo resguardado
por mil párpados. Ella me la dio para que mis manos la entibien. Dice que
a los niños, La Mama todavía puede escucharlos. Para ellos tiene un
oído y un corazón dispuesto.
Yo ya estoy perdida, dice y escarba, se agita, se asfixia pero
sigue.
Ya me explicó qué tengo que hacer cuando la peste termine de
comérsela por dentro: “Hundí la semilla en mi ombligo, hundime en La
Mama, encendé la semilla y que arda. Pedile a La Mama y esperá. Ella
escucha a los niños, vos pedile que vuelva”.


P

Manejo de Yuyo colorado en soja y maíz – Rem