15 de mayo día del maestro: José Negrete Herrera

Tomé clases de anatomía con el Dr José negrete herrera, él era un libro frente al cadáver. decía: “hacemos la incisión, alejamos el tejido graso, no usen instrumentos de corte, solo de disección. Vean, cuento uno, cuento dos y tres y aquí debe de estar el nervio circunflejo”. y lo mostraba a los estudiantes.  Pintamos a la vena de azul, a la arteria de rojo y al nervio de verde y esto lo llamamos disectocromia. ande, ande, toquen… el que no toca no siente, el que no siente es como el que no ve y el que no ve, no sabe”. Escribió su libro de anatomía bajo una óptica clínica,” este tipo de anatomía sirve más al médico general, pues relaciona los puntos anatómicos con el quehacer de la clínica” En él Había un valor mayor, la de ser humano. un compañero  me confesó: vivo solo con mi madre, y ella tenía un dolor en el vientre y fiebre, le hablé al maestro explicándole, y apresuradamente me dijo que la llevara a urgencias del hospital Juárez que él, allí estaría.  Diagnosticó un abdomen agudo  y operó de inmediato, se había reventado la apéndice. Mi madre vive por el”.

Pendientes de sus manos cuando él tomaba los instrumentos, como un mago siempre nos sorprendía. Lo conocí cuando sus condiciones físicas mermaban por las mordidas de la diabetes, pero su pulso se mantuvo firme, su deseo de ofrecer su sapiencia inmutable. Tuvo y creo siempre tendrá el sentimiento de las personas que aman el mundo en que viven- Enseñando lo que sabía y amando a las personas que lo rodeaban, sobre todo a los estudiantes

ha pasado mucho tiempo, sé que te has integrado a la naturaleza, tu presencia en muchas conciencias persiste, tu estatura moral sirva a nuestro México y al mundo, tan necesitado de valores.

Leo de nuevo esto y sin duda  ahora más que nunca la necesitamos.

L4487 Jose Negrete Herrera -- Anatomia Clinica Tomo 1 | Mercado Libre

Un mayo diferente poesía japonesa de Rubén García García

sendero

Mayo se disfrazó de invierno: gotas afiladas, caen sobre un naranjo que no sabe dónde guardó la gabardina, pues él esperaba un chubasco que lo lavara del polvo cotidiano de los días y no la insolencia de una aguja fría que lo estremece.

Un mayo helado

sorprendió al naranjo:

Flor a flor tiembla

La borrasca tira al suelo hasta el 80% de los cítricos en algunas parcelas  del litoral valenciano

Fernando Iwasaki

Peruano

Vamos al colegio

Como todas las mañanas, he vestido a los niños y los he colocado en el asiento trasero para que sigan durmiendo. Enciendo el coche y el motor se va calentando, desentumeciendo. El invierno es crudo y prefiero no abrir la ventana para que los niños no pasen frío. Corro a la cocina a preparar sus bocadillos y no hay mantequilla, el queso también se ha terminado y tengo que abrir una lata de atún. Cuando encuentro el abrelatas ya se nos ha hecho tarde. Corro al garaje. Apenas puedo respirar. Los niños no se despiertan.

La cueva

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.

He oído que ha muerto mamá

Peter Pan

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Ajuar funarario: El cómic | Crítica Clásico con gusanos

Arqueología popular

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

Haciendo arqueología de la cultura popular, se pueden encontrar este tipo de «joyas». Se trata de un recortable de «Mariquita (legionaria)» un personaje infantil muy popular en España a comienzos del siglo XX.

Tras conflictos originados por la sublevación de las tribus del Rif (África) contra las autoridades coloniales españolas y francesas. La propaganda española publicó fotografías en la que soldados españoles sostenían las cabezas decapitadas de sus enemigos abatidos (pueden encontrarse fotografías en la red, pero por decidí no compartir ninguna aquí por una cuestión de buen gusto. Aunque estemos hablando de un tiempo pretérito, a veces hay que evitar ser demasiado literal en estos asuntos). En el recortable los niños podían vestir a la muñeca -que portaba la cabeza decapitada de una víctima- con todos los complementos del uniforme de legionario, y que de manera adjunta también incluía a varios niños negros amordazados de diversos pueblos.

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El beso e Rubén García García

sendero

El beso

Ella tenía veinte años y yo era un chamaco. Su cabello largo bamboleaba al caminar.

Un día le pedí un beso, ella movió la cabeza y creí verla sonreír cuando me dio la espalda. La miraba en silencio todos los días. Una tarde me llamó.

 Parecía decirme con la mirada «no soporto tu mirada pedinche».  Había almendra en sus ojos y una corona de oro en el marfil. Cerré mis ojos, percibí sus labios en mi frente, por un momento me sentí engañado. Pensé  salir corriendo, pero sus labios encontraron los míos. Fue suave, tierno, lleno de mujer. Soy un viejo, pero si me toco el centro de mi labio  me humedezco. Me baño en su recuerdo y me elevo.

Shutterstock

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5 poemas que se convirtieron en canciones – Infobae

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El Barón de Dunsany

“El irlandés Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIIIº barón de Dunsany, más conocido por la posteridad literaria como Lord Dunsany, es considerado un maestro del relato y uno de los padres de la fantasía moderna, aunque su talento va mucho más allá de cualquier etiqueta con la que se le quiera encasillar. Los elementos oníricos y maravillosos de sus narraciones se conjugan de una manera sugerente, extraña e inconfundible. Amigo de Yeats, admirado por Jorge Luis Borges, la huella de Dunsany puede rastrearse en una larga lista de autores en la que se encuentran Tolkien o el cineasta Guillermo del Toro, sin olvidar a H. P. Lovecraft, que consideraba a Dunsany su máxima influencia, junto con Poe”.

Laura Nicastro

EN CASA DEL HERRERO

La lima reinaba en la herrería porque ningún metal podía con ella.

Un día entró una vieja serpiente y empezó a roerla. Creyendo que el reptil se la quería comer, la lima le dijo riendo:

– ¡Qué tonta! Si yo deshago el mismo hierro, ¿cómo vas a romperme?

A lo que contestó la serpiente:

– Sólo estoy afilando mis colmillos gastados.

Y se fue, sinuosa.

MEDICINA MODERNA

Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera.

– Hay que operársela –diagnosticaron.

Le sacaron la cabeza de fémur. Ahora camina sin dolores y sin memoria.

POLIZONTE EN EL UNIVERSO

Era una partícula, una nada, suspendida por un rato entre el cielorraso y el vacío, colgada de su hilo plateado. Alpinista invertida sin montaña, empezó a hipar metódicamente ese hilo que surgía de los laberintos microscópicos de su plexo. ¡Acróbata loca, motita roja con sus ocho levísimas patas: hay que tener agallas para ser tan poca araña! Abajo, los papeles, la alfombra, la aspiradora, la muerte.

Un dedo índice intercepta su liana vertiginosa. Otro destino, sí, pero ¿cuál? Sin práctica, es muy arduo ser Dios.

Hay un macetón coronado por un enorme helecho. Allá va el dedo, con liana y tejedora. En cuanto ella toca terreno firme, se larga verde abajo por el puente vegetal. ¡Rápido, a cumplir con su sino!

Cuando días después casi invisibles arañitas bermejas se afanan entre los tallos, surge la pregunta: ¿igual a nosotros?

2 cuentos de la escritora argentina Laura Nicastro

De laura Nicastro: «La omisión del evangelio»

Argentina

Según el Evangelio de San Marcos, Capítulo 10, versículo 25, es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos.

Antiguamente se llamaba “ojo de aguja” a una puerta estrecha, secundaria, abierta en las murallas de las ciudades. Se utilizaba durante la noche tras haber sido clausurado el portalón principal. Fuertemente custodiada, después de la caída del sol permitía el ingreso individual a los viajeros rezagados para que no quedaran expuestos a los salteadores. El “ojo de aguja” sólo podía ser franqueado por viajeros de a pie, sin armas y sin equipaje. Ningún evangelista hizo esta aclaración pues jamás sospecharon que las ciudades cambiarían su diseño.

Ahora los ricos pueden abrigar nuevas esperanzas: es cuestión de que se enteren.

Reflexiones de Manuel: Nuestra lengua: "El ojo de una aguja"
https://revistabrevilla.blogspot.com/2015/07/microrrelatos-de-laura-nicastro.html

Fragmentos literarios de Emmanuel Carrére, Limónov

Sendero

“A nosotros, que vamos, venimos y tomamos aviones a nuestro antojo, nos cuesta comprender que la palabra emigrar, para un ciudadano soviético, significaba un viaje sin retorno. Nos cuesta comprender estas palabras tan simples como un hachazo: para siempre. Y no hablo aquí de los tránsfugas, de artistas como Nureyev y Barýshnikov, que aprovecharon una gira por el extranjero para pedir asilo político: de aquellos de los que en Occidente se decía que habían «elegido la libertad» y a los que Pravda calificaba de «traidores a la patria». Hablo de la gente que emigraba de forma totalmente legal. En los años setenta era posible emigrar, aunque difícil, pero el que solicitaba el pasaporte sabía que, si se lo daban, nunca podría volver. Ni siquiera de visita, ni siquiera para una estancia corta, ni siquiera para abrazar a su madre moribunda. Lo cual te hacía reflexionar, y por eso muy pocos querían partir, y sin duda el poder lo tenía previsto cuando abrió esa válvula de escape.

Los últimos días eran desgarradores. Reír con un amigo, sentarse debajo de un tilo, subir entre las filas de hachones la escalera mecánica de la estación de metro Kropótkinskaia y salir al aire libre, entre los quioscos de floristas, con el olor de la primavera en Moscú: te percatabas con una especie de estupor de que todo esto, que habías hecho miles de veces sin darte cuenta, lo hacías por última vez. Cada partícula de este mundo tan familiar estaría pronto y definitivamente fuera de tu alcance: sería un recuerdo, una página pasada que no podrás releer, un objeto de nostalgia incurable. Abandonar la vida que siempre habías conocido y partir hacia otra de la que esperabas mucho pero no sabías casi nada, era una forma de morir. Y los que se quedaban, si no te maldecían, se esforzaban en estar alegres, pero a la manera de los creyentes que acompañan a sus allegados hasta las puertas de un mundo mejor. ¿Había que alegrarse porque serían más felices allá que aquí? ¿O llorar porque no volverías a verles? Ante la duda, bebían. Algunas de estas rondas de adioses se transformaron en zapói tan frenéticos que los candidatos a partir sólo emergían de ellas, aturdidos, después de despegar el avión. Ya no habría otro, la puerta se había cerrado y no volvería a abrirse, sólo quedaba beber otro trago sin saber si era para ahogar una desesperación ya sin remedio o, como repetían los amigos, dando fuertes empellones, agradecer el haberse librado de una buena. «Se está mejor aquí, ¿no? Juntos. En casa.»”

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Limónov

Emmanuel Carrère

Tres novelas de Emmanuel Carrère en un solo volumen | Aristegui Noticias
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