Osada, desafiante. Veloz para esconder el diálogo que manteníamos si llegaba un intruso. Viajé por su ciudad, me mostró su casa, “por si vienes, te diré cómo entrar”. Rincones que ella conocía. Allí, si llegara alguien, te escondo y sonreía. “chist parece el carro de mi jefe no te muevas”. Hoy la recordé. Las pláticas de media noche quedaron mochas, luego enterradas. Nunca más supe de ella. Su muro se pintó con una cruz verde. El suicidio en las redes es menos complicado que en la realidad. -me dije. O su alter ego, quizá platique con más osadía con otro. Aún tengo la oveja que me hizo llegar, blonda y pachona y ella no sé si guarde el perro ovejero.
Llevan las pelotas de ropa que han lavado en el río. No tarda la noche y sabenque el marido las estará esperando para que busque algunas tortillas que con frijoles, chile verde saben ricas. Él quedará con la panza llena. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro con piloncillo se conforma. Hay que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero se haya dormido. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.
Un soldado de guardia se sonrojaría al verte caminar de un lado a otro. Sosiégate, “la cosa es calmada” como dice el cómico Clavillazo. Atiende, el padre Rentería, ¿qué quién es?, el que oficiaba misas en la Media luna. Sí, ese que servía a Pedro Páramo, dará un curso de cómo alcanzar la paz eterna, en solo tres lecciones. La inscripción no tiene costo. Decídete, ya tus hijos están grandes y total, no hay nada que perder.
Pongamos un lunes. Tiene una pinta de lunes increíble, porque después de un domingo descansado y casi ocioso, se despereza y trata de sacudirse la flojera para enfrentar el trabajo nuevamente y este lunes cualquiera, que comienza despacio, como a regañadientes y con un “boost” de café (“a la vena”, como decía un amigo), empieza […]
Fergus (Fergusson Wright) Hume (1859–1932), fue un autor de novela policíaca, de manera predominante, que se caracterizó por la estructuración de sus tramas (novedosa, para su tiempo y tan habitual hoy día, dentro del género de misterio y policíaco); por buscar un realismo verosímil, y por tener una producción continua y nutrida. Su fama dentro […]
Sonó el timbre. Pensé en el primo Augusto, y de la alegría pasé a la inquietud. ¿y si fuese la mamá de Conchita? Cuando salía de la escuela la jaloneaban de los cabellos niñas más grandes. Es vecina y la defendí. Ahora, cada vez que me ve, toma impulso y se cuelga de mí y me abraza con sus piernas. Le dije que no fuese tan efusiva, y no me contestó. Sucedió frente a su casa, cuando me dirigía a la universidad. Creí ver a su mamá observándonos tras la ventana.
Abrí la puerta, era Conchita que me traía un recado de su mamá, me invitaba a comer. Al ir hacia su casa miles de cosas pasaron por mi mente. desde un “gracias ya Conchi me contó” hasta la advertencia de un acoso.
Al entrar al patio fue la niña quien me dio un beso frente a su mamá, con el estilo de aventarse y sujetarse a mi cuello y abrazándome con sus piernas. Es mi héroe. le dice a su mamá. La evité lo más que pude y si permitía su elocuencia la tomaba por sus axilas y la levantaba. Con el tiempo se hizo moderada y solo me abrazaba efusivamente y sentía su beso en la mejilla…
Abrí mi despacho de contador y mi auxiliar me dijo que era una señorita
Era conchita que, al verme y fiel a su estilo infantil, corrió hacía mí, abrió sus piernas, me abrazó por el cuello y me dio un efusivo beso a la mejilla, no aflojó sus piernas, y su boca me dijo al oído. Sabes, ya soy mayor de edad…
Tu presencia hubiera sido una estrella a mi lado. ¿Cómo ocultarte? si el amor no admite espejismos ¡Cómo no llamar la atención! si todos ven caer la lluvia sobre la palma de mis manos.
Zancadillas que nos da la vida, todo hubiese sido mejor en la secreta complicidad.
Tallos sustentados por un muro viejo, evitan el derrumbe, la destrucción inevitable, que perfora el tiempo. Visión; raices que horadan cimientos, ladrillos de barro, agua estancada de amarronada data, donde tratan de vivir los yuyos tan nuestros, por ajenos; junto con las iniciales de amores muertos. Te contemplo, con respeto, por ser la imágen de […]
Me perturba con solo escuchar su voz. ¡no lo aguanto! He decidido matar a mi marido. Lo conozco bien. El momento idóneo es por la tarde, al tomar su café. Es gordo, de presión alta y azucarado. Tenemos en común, que estamos enfermos de la presión. A él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café; no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón es factible. Lo atenderé como siempre: y a esperar. Lo que venga primero: un infarto es rápido. He comprado un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Ese día calcé el vestido negro, maquillaje discreto. Mi esposo y yo, no tan solo coincidíamos en la presión arterial, sino en la intención. Al verme en el velatorio, los familiares exclamaban. ¡qué hermosa se ve! hasta parece que está dormida.