El adiós por Rubén García García

Sendero

Llegué hasta la «madre». Dejé trabajo en la oficina y en el portafolio venía otro tanto. Urgía un trago. Desde ayer, barrunté que el clima cambiaría. Sintonicé un canal de jazz y, al compás de «Take Five», sorbía mi Old Parr en las rocas. Mi esposa no tardaría en llegar del gimnasio. Escuché el ruido del motor frente a mi casa. Hice a un lado la cortina y, sí, era ella. Empezaba a llover. Frente al portón había un carro que no era el suyo. Entró con prisa y, al besar mi mejilla, apenas si la rozó, se fue directo al dormitorio.

Ella acomodaba su ropa con una rápida precisión, cada movimiento llegaba al espacio adecuado. —¿Te vas de viaje? —No. Me voy de la casa. —Me miró a los ojos, sus ojos brillosos y fríos—. Lo nuestro no funciona.

Hace ocho días habíamos retozado como recién casados. Estaba pasmado. —Hace una semana no decías lo mismo. —No quería hacerte sentir mal. Pero me sirvió para confirmar que no está aquí lo que me satisface. —¿Y a dónde irás? —Eso no es de tu incumbencia. A su tiempo tendrás noticias.

La lluvia arreció. Las gotas eran botines que taconeaban sobre el vidrio, el viento se hizo frío. La vi decidida, me retiré. Mi boca seca reclamaba mi trago. Parado frente a la ventana, entendí los besos descuidados y los gemidos, como si regresaran para decirme que eran fingidos. Regresé cuando la puerta del clóset dejaba escapar el olor de vainilla con el que aromatizaba su ropa interior.

Sentado y sorbiendo, escuché que había cerrado la maleta. El viento había cesado. Con voz menos alterada me preguntó: —¡Qué! ¿No vas a decir nada? —Ya lo decidiste. —Me tembló la quijada. Cerré la boca. Afuera, el agua de la chorrera caía sobre el pavimento. —Por favor, devuélveme los mil dólares que te facilité. —Tragué saliva y saqué mi cartera, tomé quinientos dólares y se los di. —Tengo tu número de cuenta. En la quincena te los deposito. —Los necesito en este momento. —¡No los tengo! Espérate a que cobre.

Hizo una mueca y miró hacia la ventana. El sonido de un claxon sonó repetidamente. Ella abrió la puerta y gritó: —¡Espérame! Miré el carro, la luz apenas me permitió distinguir un auto compacto. Estaba por abrir la puerta llevando su maleta, cuando se regresó y, abrazándome, me dijo: —Algún día me lo agradecerás…

Salió. Yo me quedé en el corredor. En la cajuela del coche metió su maleta y se introdujo en el asiento del copiloto. Vi con tristeza cómo se dejaba besar y el auto que poco a poco se perdía en la calle lluviosa y solitaria. El portafolio lo aventé con fuerza a uno de los muebles, me serví otro trago y el solo de la batería de Dave Brubeck sonaba en mis oídos como una pelota que no dejaba de rebotar.

Apagué la música, sorbí mi copa de un solo trago y salí al patio a sentir la fría llovizna, tan helada que me hizo titiritar. Respiré profundo y, si hubo lágrimas, no me di cuenta. Lejos se oía la música de una banda.

Te llaman por Rubén García García

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La mano que reposaba sobre su cadera llevaba un anillo que reconoció al instante. Era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que plácido dormía a su lado. La habitación cortinada en seda con tonos joya la destanteó. Con el corazón acelerado, se retiró la mano de encima. Una vez fuera de la cama y ya vestida, salió hacia la calle. Respiró aliviada al mezclarse con tanto transeúnte

Entonces, detrás de ella escuchó la voz aflautada de su esposo:

—Laura, despiértate, que Toño ya viene en camino.

El pifas por Rubén García García

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El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. «Qué mala suerte del occiso —comentó el periodista al vecino—, que al pasar le haya caído la barda de cantera».

Poco antes había sonado la alarma de terremoto. Nadie lo esperaba; un día soleado, el cielo azul, la gente sin suéter. Los árboles apenas si se movieron, pero aquella barda, de dos metros, se desmoronó.

—¿Usted conoce al muerto?

—Sí, el «chambas», el albañil del barrio. No se llevaba bien con las mascotas.

El cadáver ya había sido levantado, solo quedaba una cruz de cal entre las piedras. El reportero se disponía a irse, pero el vecino lo detuvo.

—La muerte de él, en parte, es culpa del «Pifas». Se odiaban. Yo vi cuando lo picó con una varilla, el dóberman saltó la reja, y el «chambas», por salvarse, cruzó al convento… y justo entonces le cayeron las piedras de cantera.

—¿Y el perro?

—El «Pifas» aulló con las sirenas y saltó de vuelta; y como si nada se echó para seguir royendo un hueso de plástico que se lo dan para que se entretenga.

Un gato en el tejado

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Soy el gato del tejado. Es un día soleado de otoño. Me gusta trepar por los techos, caminar por las tejas, sentir su tibieza bajo mis patas. Bostezo, me estiro y veo al sol asomarse entre la arboleda, dejando monedas doradas desperdigadas en el suelo. Los gallos me aturden con sus gritos estridentes, pero hay una extraña armonía en sus cantos: se encadenan sin huecos de silencio, como si un director invisible los coordinara.

El sol empieza a quemar mi lomo. Me estiro una vez más y busco un hueco en el ramaje. Desde aquí, diviso a los transeúntes.

¿Ven a ese niño de pelo oscuro, ojos grandes como lunas y mochila azul? Es Armando. Regresa de la escuela con la cabeza llena de estrellas, sin notar que está a punto de tropezar con un tronco. Sueña con ser astronauta y viajar al espacio.

Aquella que sonríe con hoyuelos es María, su amiga. Su risa suena como campanitas movidas por el viento. Van juntos a la misma escuela.

—¡Te vas a tropezar, Armando! ¡Mira por dónde andas! —le grita con una voz que corta el aire como el vuelo de un ave.

Armando reacciona, esquiva el tronco y le lanza un saludo agradecido.

—¡Gracias!

María quiere ser doctora, para curar a su papá y a los vecinos del barrio. Ayer, recogió un tordo con el ala rota y lo cuidó con la paciencia de una sanadora que ama su oficio.

Cuando los naranjas y violetas del atardecer comienzan a rasgar el cielo, sé que es momento de regresar. La anciana que me espera ya debe de estar oliendo el aroma del café. Me echará de menos si no me froto contra sus piernas y la miro con ojos de pedinche. Ella me dirá, fingiendo enojo:

—¿Dónde andas, bribón?


Discretos y apresurados por Rubén García García

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Despiertas, porque hay partes que gritan de tanto estar inmóviles. Recurres a la poca fuerza en tus brazos. El codo, huesudo y débil, se vuelve palanca y logras alzarte apenas cinco miserables centímetros. Un soplo fresco, un alivio que tu cuerpo, agotado, agradece. Duermes, no sabes cuánto, pues el tiempo podrías medirlo por el goteo que cae del frasco de vidrio y se desliza hacia tu red venosa. Cuentas las gotas, una tras otra, como si el tiempo fuese una acróbata de circo, descendiendo por una cuerda invisible. Un minuto para seguir, un minuto para resistir.

Un olor a yodo flota desde algún rincón del cuarto.

Se oyen pasos y voces.

—¿Cómo está?

—Sigue dormido.

—¿Ya revisó los frascos de suero, el de la orina y el drenaje de las secreciones?

—Ya. Todo está en orden, doctora.

No le quite el ojo al monitor. A veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se desvanecen, como un susurro en la niebla. Esos son los discretos y apresurados; los que parecen estar bien y sin hacer ruido se van.

La fiesta de Dionisio por Rubén García García

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Tenía el puñal de su mejor amigo en el pecho. En la lejanía silenciosa del sendero, los búhos ululaban. Respiraba con dolor. Qué ironía: él le había enseñado a atravesar el pantano para evitar el camino real, y ahora lo utilizaba. Sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax al tiempo que miraba a su esposa, quien le había insinuado que Julio no era de fiar. Todavía escuchó el griterío de los patos que regresaban al pantano…

Amancio, el escritor de historias, detuvo la narración, se volvió irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Por la distracción, la continuidad de la historia se esfumó mientras el aroma a rosas y miel lo invadía. Una boca aterciopelada depositó un beso húmedo en el lóbulo de su oreja y le susurró:

—Soñé que nos perdíamos en un bosque y que luego la escribías como un dios.

Aún molesto, abrazándola de la cintura, le respondió:

—Espérame, sobrina. La historia que deseas será escrita solo para ti… siempre y cuando todas las horas de inmensidad del regocijo, engarzadas en versos largos y pasionales, se consuman en el fuego. Así, ambos resucitaremos purificados por el fuego; porque el fuego todo lo purifica.

La suavidad de la seda del vestido hizo que la mano de él resbalara con cadencia por los meandros de su talle. Antes de que cayera al vacío, aprisionó el músculo y quedó respirando por las yemas. A punto de soltarse, dio un brinco hacia la planicie del abdomen, y el índice quedó atrapado en la coma del ombligo.

Ella acarició su pelo ensortijado, buscando acomodarlo de otra manera, o con la palma abierta y los dedos extendidos exploraba y los retraía, ofreciéndole las minucias de un prólogo de lo que vendría después.

—Eres mi tío preferido, lo sabes. Si deseas olvidar para calmar tu conciencia, es un derecho que tienes. Para mí, tus versos son piedras de rubí, con las que me haré un collar. Tus labios serán los versos, lucientes, escarlata, con los que dormiré por el resto de mis días. Ese será mi disfrute; será nuestro secreto. Mañana será un buen día: empiezan las fiestas a Dionisio, y la quinta será pequeña para nosotros.

Escribiendo, Amancio perdió la noción del tiempo, absorto en su trabajo. Por la mañana lo despertó un esclavo, llevándole su desayuno y una jarra de vino.

—Me dijo el ama que no la esperara, que ya iba en camino hacia el jardín con la familia de su padre, que no la busque, que mañana platicarían. ¿Necesita algún servicio?

—No, puedes tomarte el día.

Poco después llegó Carina, la sobrina. Después del baño, se vistió con la stola de fino algodón que enmarcaba las sinuosidades y salientes de su cuerpo. No se dieron descanso, corretearon por los jardines, los vericuetos de la casa, y por la noche ambos llenaron la tina con aceites y se sumergieron exhaustos.

En la alborada fortalecidos por el canto de los gallos se entregaron entre suspiros al vuelo de pasión de la libélula. Julio regresó y tuvo arreos de tomar la jarra de vino que dejó en el desayuno y durmió como un felino enroscado entre la Almohada.

Al mediodía, Aelia, la esposa, sin que nadie la viese, se metió a la recámara de la sobrina. Salió con una sonrisa. Estaba enterada de que su esposo se la pasó escribiendo y tomando vino, y Carina, su sobrina, estuvo en la cama por los fuertes dolores de su período. Ella jamás contaría que el mismo Dionisio la llevó a lo profundo del jardín, la cubrió de flores, la sentó sobre sus piernas, y una tras otra fueron sustituidas por el dulce de la uva, el entrecortado suspiro y la humedad.

Ximena por Rubén García García

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a hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.

En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.

—¿No has dormido bien?

—No.

—¿Pesadillas?

—No sé

—¿Qué sientes?

—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.

La llevaron con la sanadora y les dijo seria:

—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.

Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.

El cerdo por Rubén García García

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El carnicero arrea al enorme puerco, lo fuetea con una vara para que siga caminando. Apenas puede moverse; su peso lo sofoca. El sonido seco de la vara al golpear su piel zumba en el aire, mezclándose con el quejido del animal. El puerco se sienta, tiembla. «¡Déjalo descansar!» le grita una señora. «¡Solo finge!» responde el carnicero, enfadado, y vuelve a golpearlo. El porcino intenta levantarse, pero sus patas, temblorosas, ceden y lo hacen rodar. Sus ojos, dos rayas brillantes, sugieren un llanto que no llega. Una niña le arroja un vaso de agua, y el gemido cambia, como si agradeciera.

El cerdo no quiere morir; sabe que su destino está sellado, pero se resiste, tratando de retrasar su final. Echado en el suelo, soporta los varazos con estoica resignación. Ya no intenta levantarse. El carnicero, impaciente, sabe que debe encontrar otra forma de llevarlo a la mesa del sacrificio. Mañana, en la plaza del pueblo, la gente pedirá carne de cerdo para condimentar con especias, sal y chile, o para salar y secar al sol, pues no hay refrigeración. El olor acre del sudor del tasajero se mezcla con el polvo del camino. El cerdo, por su parte, ha defecado, y el hedor dispersa a los curiosos que observaban la escena.

El puerco sabe que el final está cerca; su gemido se vuelve un llanto desgarrador, como el de un niño que ha perdido a su madre. Entre varios hombres lo suben a la mesa. Antes del sacrificio, una señora le lanza agua con una cubeta y un borrachín, en silencio, le acerca a la trompa un generoso trago de caña. El cerdo, quizás, entiende este último gesto de compasión en medio de tanta crueldad.

Palmares por Rubén García García

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—¿Hasta cuándo seguirá calentándose el mar? —se preguntan las palmeras, inquietas bajo un cielo afiebrado. «Nada de aguitarse, compañeras, que no cunda el púnico. Sigamos con el plan».

En la quietud de la noche, se entregan a su danza: hojas largas se inclinan hacia la tierra y se alzan, desafiantes, al cielo. Abajo, el suelo es la puerta al infierno; arriba, las palmeras se mecen como abanicos imperturbables, torciendo sus troncos en un vaivén que fortalece sus fibras y su espíritu.

Mientras tanto, los huracanes respiran en silencio. Inspiran y expiran, ampliando el tórax, contando cada aliento en la rutina de afilar la fuerza del soplo, obsesionados con quebrar. Saben que su prestigio no se mide por las ciudades arrasadas, sino por cuántas palmeras logran partir.

Y así, en las cantinas del viento, tifones y huracanes se jactan: «Yo quebré diez palmeras con tres soplidos».

Un murmullo recorre la atmósfera, aunque claro, siempre hay un viento más viejo que, entre risas, murmura: «Sí, y yo fui quien se llevó el calor del infierno».

Me perturbas por Rubén García García

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Aprendí a caminar sin pértiga sobre las nubes, con los albatros persiguiendo el ocaso y el vértigo acechando a cada paso. En las orillas de la montaña, giré, giré sin cesar, retando al abismo en cada vuelta incierta. Exhausto, trepaba a medianoche a las copas del pinar, despreciando mis heridas, esperando el canto del ruiseñor, como si en su trino pudiera hallar una señal, una respuesta. Sé que caía al vacío, enajenado por tu indiferencia. De reojo, te veía, con la voz atrapada en mis quijadas, solo llegaba a decir un hola insípido. Me preguntaba si en el iris de tus ojos o en algún sueño reconocerías mi voz. «¿Y a ti qué te pasa?». Nada, nada, respondía, mientras en tu mirada parecía leer: «parece que todas las noches lo revuelcan los perros». Suelto, tu cabello dejaba escapar luces de sándalo, y recargada en el alféizar mirabas la larga cola de la cordillera y, en el cielo, el vuelo lejano de los patos.

Susurros, minificción por Rubén García García

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Entrar a una venta de libros de segunda mano siempre me entusiasma. Uno encuentra joyas de la literatura o, entre las páginas, mensajes de puño y letra en los espacios en blanco, cartas debidamente dobladas o mensajes escritos en un breve sobre, incluso boletos de algún evento. Sé que el tiempo se desvanecerá mientras estoy allí. Revoloteo entre montañas de libros. En uno de poemas de una edición de 1930, encontré con letra presurosa una información que intimaba mientras lo leía. Lo transcribo:
«Es tanta timidez o quizás temor. Pero, no soy yo quien tiene que dar el primer paso».
Estaba escrito en la página 15 al lado del poema “Nocturno a Rosario”.
Entró a mi dormitorio como fantasma, ¡por fin! Se sentó en el borde de mi cama y sentí su brazo acariciar mi hombro, empezó a rodear mi cintura. (Por supuesto, yo me hacía la dormida). Se escuchó en la cocina un ruido de trastos y de inmediato se fue.
Entre los poemas de Neruda y García Lorca: «Cuando nos cruzamos en un pasillo, nos rozamos. Su mano de ladrón asalta mi cintura y su aliento cuando se queda en mi cuello me perturba. Una noche oscura, se atrevió a más y yo le apreté la mano, como diciéndole sigue».
La frase estaba entre los versos de Octavio Paz.
«Mañana se irá, solo mi tía, para cuidar a su mamá. Estaré sola.

El hermano Jeremías por Rubén García Garcia

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El hermano Jeremías ordena que en el altar primero se acomoden los santos, y en segunda fila las veladoras y las flores dispersas como en el jardín. Reza en totonaco mirando al cielo; después vuelve su mirada hacia Juana, la joven que yace en la cama con las rodillas hinchadas. Eructa, se inclina sobre ella y fija su mirada en sus ojos.

—¿Recuerdas el vestido de flores amarillas? La noche en que lloraste en silencio. ¿Recuerdas? Estabas detrás de la iglesia, en ese sitio donde se reúnen los vientos de la negritud. Te vieron débil, triste…

Mientras reza, el aroma de las hierbas impregna el aire, mezclándose con el olor dulzón de las veladoras derretidas. Las columnas de humo parecen rodear su cabeza, como si una neblina densa saliera de su cabello. Para los padres, sus palabras en totonaco son un rezo que solo él conoce; un vínculo con los abuelos de los abuelos, una conexión que debe mantenerse como el sinsonte que anuncia la llegada de la primavera.

Se acerca más, toma un trago de caña curada con olor a hierbas, le aprieta la cabeza, sopla, la olisquea y luego la chupa. Cierra los ojos, eleva las palmas de las manos y vuelve a susurrar en totonaco. Toma otro trago de caña y sopla hacia sus rodillas, eructando de nuevo. El sonido resuena en todos los rincones, y con voz de pedimento dice:

—Será el día en que el milagro llegue. Que lo insano se derrame en las almas impuras. Te pedimos por la alegría de ver a Juana caminar por los jardines de la Virgen María.

Jeremías sabe que los caminos de Dios son misteriosos. A veces se pregunta si lo que hace es un don divino o el resultado de un poder que no alcanza a comprender. Mientras reza, siente el peso de la fe de Juana como una loza sobre sus hombros, y si el calor avanza desde los pies hasta su coronilla, es una señal, como si los antiguos lo observaran desde las cumbres y lo aprobaran moviendo su cabeza.

Meses después, Juana deambula por el jardín, cortando la hierba que cubre las dalias. Con cada paso que da, siente el barro colarse entre sus dedos. Los amarillos le saben a calabaza; es una Juana renacida. Se hinca y escarba, respetando a las lombrices y mariquitas. Sube al árbol de naranja agria y corta el fruto. Su madre prepara un guisado para agradecer a Dios y al hermano Jeremías por su salud recuperada.

A una hora a caballo de allí, las campanas de la iglesia llaman a misa. El párroco extraña al hermano Jeremías; dos veces que no llega, y siempre le trae un curado de nanche que es una delicia. El sanador, sin embargo, está en cama con fiebre, dolor de cabeza y las rodillas hinchadas. A medida que los días pasan, ya no le es posible caminar. Recuerda una sombra que se le encaramó cuando pasó por detrás de la iglesia. El sanador, debido a la fiebre, no recuerda los conjuros ni los rezos. Afuera, el viento trastea las ramas, y un crujido de huesos lo sume en el desconcierto. En el delirio solo mira un vestido con flores.

La rana Emilia por Rubén García García

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Va brincando como un corazón verde. Es Emilia, la única rana que ha quedado en el pantano. El coro se dispersó; unas en las fauces del ofidio y otras huyeron hacia la ciudad. En la hondonada, los juncos se mecen por la brisa que desciende del lomerío. En medio, hay un macizo donde se ve a la tortuga caminar con cautela y a uno que otro pez saltar de un charco a otro. Emilia ha visto colas peludas y hocicos chatos, otros de boca fina y delgada. A ella le gusta el macizo que está en el centro del pantano; lo imagina como un gran pódium. Desde allí le cantará a la luna y al conejo que habita en ella. Se aclara la garganta y, con la voz quebrada por la emoción, entona su canto. Aunque sabe que Agustina, la serpiente, ronda cerca, sigue cantando. Su melodía asciende con largos agudos y graves sostenidos, que son motores que impulsan su voz hacia el confín.

Han escuchado su súplica, y el cielo emborronado deja un espacio azul donde emerge la luna esplendorosa. Animada, sus notas se vuelven más agudas y suplicantes. Entre la hierba, Agustina se estira. El cielo está brillante y sabe que Emilia debe estar cantando. La oye y se relame: «Mi cena ya llegó». Sisea despacio, sus escamas se mueven y se dirigen hacia el macizo. Antes de atacar, se queda escuchando y piensa: «Qué bien canta, podría escucharla por horas, pero mi hambre me pellizca la panza». Abre la boca, como si bostezara; son ejercicios para preparar sus mandíbulas, y recordó que la última vez le tronaron al abrirlas. Recordó que su abuela le dijo que a lo mejor tenía artritis juvenil, como su tatarabuela. A un instante del asalto, ve que Emilia se ha inflado como un globo y, al intentar tragársela de un bocado, se queda con las fauces trabadas.

Emilia siente el hedor de la muerte inminente, pero una cola peluda la golpea y la saca de las fauces. Tlacoyo, el tlacuache, agarra a Agustina del cuello y la azota contra el suelo hasta que deja de moverse y se pierde entre el zacatal. Emilia piensa que fue el conejo que bajó de la luna, dio un brinco gigante y la salvó. Mira hacia el cielo, donde algunas estrellas aluzan como el faro que vive mirando el mar. Un resplandor se extiende entre las nubes agrisadas. Agradece al conejo con sus manitas en el pecho y su cabeza inclinada, por haberla salvado de la malvada Agustina.

«Si no», «sino» de «Redacción sin dolor»

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Pensamiento para hoy acerca de las palabras «si no» y «sino»

Cuando el redactor quiere contraponer una idea positiva a otra planteada negativamente, debe usar la palabra «sino»,

escrita con cuatro letras juntas: “No vamos al cine SINO al teatro”; “No solo es inteligente SINO también sensible”.

Esta palabra no tiene nada que ver con la construcción «si no», que es condicional: “SI NO vienes hoy, no podré prestarte el dinero”; “Nada podremos hacer SI NO resulta electo”.

Para decirlo de otra manera, no se deje engañar por el oído: «si no» y «sino» suenan exactamente igual. Hay que recordar esto: si usted plantea una idea negativa seguida de otra positiva, debe escribir «sino», como cuando decimos «No quiero a Marsha SINO a María».

Por otro lado, si usted plantea una idea condicional, debe emplear las dos palabras: «SI NO aprendo esto ahora, ¿Cuándo lo haré?».

¿Alguna pregunta?, porque SI NO preguntan, no puedo responder. No hay SINO que reflexionar y formular el interrogante.