Vientos huracanados ´por Rubén García GGarcía

Sendero

Por ordenes de la patrona el gato Tato fue deshuevado. Antes de tal acontecimiento era raro verlo dentro de casa, y si estaba se confundía con los peluches armando la siesta. Cambió su quehacer, si antes era un cazador, ahora mutó a un gato de hogar, dispuesto a aceptar las caricias del ama de la casa. Solo la rutina de la noche la mantuvo: brincar hacia la barda, subirse a la azotea y confundirse con la enredadera de la copa de oro. Esa noche, lejos se escuchaban las bandas de viento del huracán Grace y no lo dejé salir, sin embargo, el maullido insistente y lastimero me colmó y le abrí la puerta. Al cerrarla sentí la vibración y ese algo que acecha y perturba. Se fue la luz. Me retiraba al dormitorio con un cabo de vela, pero escuché un gemido lastimero y golpes en la puerta. La abrí: era el Tato perseguido por el griterío de los vientos. Entró como chiflido a esconderse entre los peluches “ no que muy cabrón, le dije.

La lotería por Rubén García García

Sendero

Por la tarde tañen las campanas del pueblo. Hoy, el sonido es diferente. Habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervasio. Compañero de todos.

Un abuelo se abre paso en la iglesia. Se acerca al féretro y dice: «Me fallaste».

Después del sepelio se reúne el club de la tercera edad. Se miran, murmuran, tosen por el olor a tabaco. En el cuaderno tachan el nombre del finado y el afortunado obtiene una respetable ganancia. En la calle se escucha el jadeo de los vendedores del tianguis. En el local de la tercera edad ya se ofertan los números de la próxima lotería.

MI madre por Rubén García García

Sendero

Casi de noche hablé a mi madre.

Sabía de antemano que su hijo bien amado no le habló por teléfono sabiendo que hoy se le festejaba.

No valían excusas, ni el parto atendido en un rancho lejano. Era mejor pedirle perdón y cubriendo la distancia fui a verla y se hizo la seria. Yo la abrace y cuando sentí el jalón de orejas, me dije que el perdón no tardaría.

Hoy cumpliría noventa y nueve años y solo le pediría que me diera los jalones de orejas que ella quisiera.

El abuelo por Rubén García García

Sendero

Sobre mis piernas,

con tu luz rosa.

Dormida en mi pecho,

satisfecha de mis nanas inventadas.

¿En qué realidad vivirás?

Si veo tu sonrisa de girasol,

cuando vuelas entre la lluvia de azules tibios.

¿Recordaras en algún instante el abrazo de mi voz?

¿Será Pedro infante?

Si no lo es, canta casi como Pedro

Éste sí es Pedro Infante

Cómo olvidarlo, su voz acariciaba la palabra

El beso por Rubén García García

Sendero

Tengo un beso en mi sueño que alado retozó en tu vientre; una noche regresó cabizbajo, cojo, y en silencio, se suicidó en mi memoria.

Insoportable por Rubén García García

Sendero

La vio desnuda. Sus pechos erguidos, una luna rosada alrededor de cada pezón, y su pubis apenas un botón oscuro entre sus largas y fuertes piernas. Lo único que desarmonizaba era su cara: trazos rudos, labios delgados, boca amplia y cicatrices de un acné mal tratado.

Respiró hondo mientras sus dedos rozaban el mango de la sierra. El zumbido llenó la habitación cuando la encendió. No podía soportar más su rostro.

Vincent Van gogh

Como gotas de agua por Rubén García García

Sendero

Ella se adelantó. Ambos sabíamos a qué íbamos. Detrás, veía su caminar, los madroños de su cuerpo, el agua de ella que parecía bailar un danzón. Coincidimos en el tiempo en el espació y en el deseo. Dejamosel olor a yodo, el cotilleo de las secretarias y respiramos el ronroneo y el paisaje de la bunganvillas entreveradas en la carretera.
«Cuantas noches imaginé que estábamos así, y ahora siento que es un sueño. Mi gemela me decía: “crees que no me he dado cuenta que se te va la mirada cuando miras al primo, ¡deja de fantasear!».
Dejamos de besarnos, no por hastío, sino por dolor. No hubo segunda vez.
En una ocasión conviví con ellas, eran idénticas, al verlas no me atreví a investigar con quién
estuve y preferí defender el recuerdo de su lunar escondido.

El adiós por Rubén García García

Sendero

Llegué hasta la «madre». Dejé trabajo en la oficina y en el portafolio venía otro tanto. Urgía un trago. Desde ayer, barrunté que el clima cambiaría. Sintonicé un canal de jazz y, al compás de «Take Five», sorbía mi Old Parr en las rocas. Mi esposa no tardaría en llegar del gimnasio. Escuché el ruido del motor frente a mi casa. Hice a un lado la cortina y, sí, era ella. Empezaba a llover. Frente al portón había un carro que no era el suyo. Entró con prisa y, al besar mi mejilla, apenas si la rozó, se fue directo al dormitorio.

Ella acomodaba su ropa con una rápida precisión, cada movimiento llegaba al espacio adecuado. —¿Te vas de viaje? —No. Me voy de la casa. —Me miró a los ojos, sus ojos brillosos y fríos—. Lo nuestro no funciona.

Hace ocho días habíamos retozado como recién casados. Estaba pasmado. —Hace una semana no decías lo mismo. —No quería hacerte sentir mal. Pero me sirvió para confirmar que no está aquí lo que me satisface. —¿Y a dónde irás? —Eso no es de tu incumbencia. A su tiempo tendrás noticias.

La lluvia arreció. Las gotas eran botines que taconeaban sobre el vidrio, el viento se hizo frío. La vi decidida, me retiré. Mi boca seca reclamaba mi trago. Parado frente a la ventana, entendí los besos descuidados y los gemidos, como si regresaran para decirme que eran fingidos. Regresé cuando la puerta del clóset dejaba escapar el olor de vainilla con el que aromatizaba su ropa interior.

Sentado y sorbiendo, escuché que había cerrado la maleta. El viento había cesado. Con voz menos alterada me preguntó: —¡Qué! ¿No vas a decir nada? —Ya lo decidiste. —Me tembló la quijada. Cerré la boca. Afuera, el agua de la chorrera caía sobre el pavimento. —Por favor, devuélveme los mil dólares que te facilité. —Tragué saliva y saqué mi cartera, tomé quinientos dólares y se los di. —Tengo tu número de cuenta. En la quincena te los deposito. —Los necesito en este momento. —¡No los tengo! Espérate a que cobre.

Hizo una mueca y miró hacia la ventana. El sonido de un claxon sonó repetidamente. Ella abrió la puerta y gritó: —¡Espérame! Miré el carro, la luz apenas me permitió distinguir un auto compacto. Estaba por abrir la puerta llevando su maleta, cuando se regresó y, abrazándome, me dijo: —Algún día me lo agradecerás…

Salió. Yo me quedé en el corredor. En la cajuela del coche metió su maleta y se introdujo en el asiento del copiloto. Vi con tristeza cómo se dejaba besar y el auto que poco a poco se perdía en la calle lluviosa y solitaria. El portafolio lo aventé con fuerza a uno de los muebles, me serví otro trago y el solo de la batería de Dave Brubeck sonaba en mis oídos como una pelota que no dejaba de rebotar.

Apagué la música, sorbí mi copa de un solo trago y salí al patio a sentir la fría llovizna, tan helada que me hizo titiritar. Respiré profundo y, si hubo lágrimas, no me di cuenta. Lejos se oía la música de una banda.

Te llaman por Rubén García García

Sendero

La mano que reposaba sobre su cadera llevaba un anillo que reconoció al instante. Era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que plácido dormía a su lado. La habitación cortinada en seda con tonos joya la destanteó. Con el corazón acelerado, se retiró la mano de encima. Una vez fuera de la cama y ya vestida, salió hacia la calle. Respiró aliviada al mezclarse con tanto transeúnte

Entonces, detrás de ella escuchó la voz aflautada de su esposo:

—Laura, despiértate, que Toño ya viene en camino.

El pifas por Rubén García García

Sendero

El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. «Qué mala suerte del occiso —comentó el periodista al vecino—, que al pasar le haya caído la barda de cantera».

Poco antes había sonado la alarma de terremoto. Nadie lo esperaba; un día soleado, el cielo azul, la gente sin suéter. Los árboles apenas si se movieron, pero aquella barda, de dos metros, se desmoronó.

—¿Usted conoce al muerto?

—Sí, el «chambas», el albañil del barrio. No se llevaba bien con las mascotas.

El cadáver ya había sido levantado, solo quedaba una cruz de cal entre las piedras. El reportero se disponía a irse, pero el vecino lo detuvo.

—La muerte de él, en parte, es culpa del «Pifas». Se odiaban. Yo vi cuando lo picó con una varilla, el dóberman saltó la reja, y el «chambas», por salvarse, cruzó al convento… y justo entonces le cayeron las piedras de cantera.

—¿Y el perro?

—El «Pifas» aulló con las sirenas y saltó de vuelta; y como si nada se echó para seguir royendo un hueso de plástico que se lo dan para que se entretenga.

Un gato en el tejado

Sendero

Soy el gato del tejado. Es un día soleado de otoño. Me gusta trepar por los techos, caminar por las tejas, sentir su tibieza bajo mis patas. Bostezo, me estiro y veo al sol asomarse entre la arboleda, dejando monedas doradas desperdigadas en el suelo. Los gallos me aturden con sus gritos estridentes, pero hay una extraña armonía en sus cantos: se encadenan sin huecos de silencio, como si un director invisible los coordinara.

El sol empieza a quemar mi lomo. Me estiro una vez más y busco un hueco en el ramaje. Desde aquí, diviso a los transeúntes.

¿Ven a ese niño de pelo oscuro, ojos grandes como lunas y mochila azul? Es Armando. Regresa de la escuela con la cabeza llena de estrellas, sin notar que está a punto de tropezar con un tronco. Sueña con ser astronauta y viajar al espacio.

Aquella que sonríe con hoyuelos es María, su amiga. Su risa suena como campanitas movidas por el viento. Van juntos a la misma escuela.

—¡Te vas a tropezar, Armando! ¡Mira por dónde andas! —le grita con una voz que corta el aire como el vuelo de un ave.

Armando reacciona, esquiva el tronco y le lanza un saludo agradecido.

—¡Gracias!

María quiere ser doctora, para curar a su papá y a los vecinos del barrio. Ayer, recogió un tordo con el ala rota y lo cuidó con la paciencia de una sanadora que ama su oficio.

Cuando los naranjas y violetas del atardecer comienzan a rasgar el cielo, sé que es momento de regresar. La anciana que me espera ya debe de estar oliendo el aroma del café. Me echará de menos si no me froto contra sus piernas y la miro con ojos de pedinche. Ella me dirá, fingiendo enojo:

—¿Dónde andas, bribón?


Discretos y apresurados por Rubén García García

Sendero

Despiertas, porque hay partes que gritan de tanto estar inmóviles. Recurres a la poca fuerza en tus brazos. El codo, huesudo y débil, se vuelve palanca y logras alzarte apenas cinco miserables centímetros. Un soplo fresco, un alivio que tu cuerpo, agotado, agradece. Duermes, no sabes cuánto, pues el tiempo podrías medirlo por el goteo que cae del frasco de vidrio y se desliza hacia tu red venosa. Cuentas las gotas, una tras otra, como si el tiempo fuese una acróbata de circo, descendiendo por una cuerda invisible. Un minuto para seguir, un minuto para resistir.

Un olor a yodo flota desde algún rincón del cuarto.

Se oyen pasos y voces.

—¿Cómo está?

—Sigue dormido.

—¿Ya revisó los frascos de suero, el de la orina y el drenaje de las secreciones?

—Ya. Todo está en orden, doctora.

No le quite el ojo al monitor. A veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se desvanecen, como un susurro en la niebla. Esos son los discretos y apresurados; los que parecen estar bien y sin hacer ruido se van.

La fiesta de Dionisio por Rubén García García

Sendero

Tenía el puñal de su mejor amigo en el pecho. En la lejanía silenciosa del sendero, los búhos ululaban. Respiraba con dolor. Qué ironía: él le había enseñado a atravesar el pantano para evitar el camino real, y ahora lo utilizaba. Sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax al tiempo que miraba a su esposa, quien le había insinuado que Julio no era de fiar. Todavía escuchó el griterío de los patos que regresaban al pantano…

Amancio, el escritor de historias, detuvo la narración, se volvió irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Por la distracción, la continuidad de la historia se esfumó mientras el aroma a rosas y miel lo invadía. Una boca aterciopelada depositó un beso húmedo en el lóbulo de su oreja y le susurró:

—Soñé que nos perdíamos en un bosque y que luego la escribías como un dios.

Aún molesto, abrazándola de la cintura, le respondió:

—Espérame, sobrina. La historia que deseas será escrita solo para ti… siempre y cuando todas las horas de inmensidad del regocijo, engarzadas en versos largos y pasionales, se consuman en el fuego. Así, ambos resucitaremos purificados por el fuego; porque el fuego todo lo purifica.

La suavidad de la seda del vestido hizo que la mano de él resbalara con cadencia por los meandros de su talle. Antes de que cayera al vacío, aprisionó el músculo y quedó respirando por las yemas. A punto de soltarse, dio un brinco hacia la planicie del abdomen, y el índice quedó atrapado en la coma del ombligo.

Ella acarició su pelo ensortijado, buscando acomodarlo de otra manera, o con la palma abierta y los dedos extendidos exploraba y los retraía, ofreciéndole las minucias de un prólogo de lo que vendría después.

—Eres mi tío preferido, lo sabes. Si deseas olvidar para calmar tu conciencia, es un derecho que tienes. Para mí, tus versos son piedras de rubí, con las que me haré un collar. Tus labios serán los versos, lucientes, escarlata, con los que dormiré por el resto de mis días. Ese será mi disfrute; será nuestro secreto. Mañana será un buen día: empiezan las fiestas a Dionisio, y la quinta será pequeña para nosotros.

Escribiendo, Amancio perdió la noción del tiempo, absorto en su trabajo. Por la mañana lo despertó un esclavo, llevándole su desayuno y una jarra de vino.

—Me dijo el ama que no la esperara, que ya iba en camino hacia el jardín con la familia de su padre, que no la busque, que mañana platicarían. ¿Necesita algún servicio?

—No, puedes tomarte el día.

Poco después llegó Carina, la sobrina. Después del baño, se vistió con la stola de fino algodón que enmarcaba las sinuosidades y salientes de su cuerpo. No se dieron descanso, corretearon por los jardines, los vericuetos de la casa, y por la noche ambos llenaron la tina con aceites y se sumergieron exhaustos.

En la alborada fortalecidos por el canto de los gallos se entregaron entre suspiros al vuelo de pasión de la libélula. Julio regresó y tuvo arreos de tomar la jarra de vino que dejó en el desayuno y durmió como un felino enroscado entre la Almohada.

Al mediodía, Aelia, la esposa, sin que nadie la viese, se metió a la recámara de la sobrina. Salió con una sonrisa. Estaba enterada de que su esposo se la pasó escribiendo y tomando vino, y Carina, su sobrina, estuvo en la cama por los fuertes dolores de su período. Ella jamás contaría que el mismo Dionisio la llevó a lo profundo del jardín, la cubrió de flores, la sentó sobre sus piernas, y una tras otra fueron sustituidas por el dulce de la uva, el entrecortado suspiro y la humedad.