Compré un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón y fina caída.
Por fin lo lucí, con un maquillaje sobrio.
Mi esposo y yo, en este último “ahora”, solo coincidíamos en nuestra capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo la suya. No había dinero de por medio, solo odio. Un odio profundo.
Es cierto, lucí con glamur en el velatorio. Mis familiares exclamaban: «¡Qué hermosa se ve! Hasta parece que está dormida».
La tarde fría. Sobre la ventana, el vaho exhalado se anuba. Dibujo con la uña la curva de tu paso… el vaivén de tu cabello. Aclaro mi voz y canto la canción del viajero: … A mi regreso… solo la sombra me esperaba. Te llamo y te llamo…Afuera me contesta el viento silbando y haciendo caer las flores del limonero. Arrecía la lluvia.
Tanto era la insistencia, que de vez en cuando ella lo azotaba con desgano. «más duro, más duro» -suplicaba él. Pero fiel a su sadismo, siempre lo dejaba a la mitad.
¡Qué difícil es mantenerte como un viejo aseado! Hoy, los pelos de la nariz han crecido más. Con un espejo de aumento y una pinza en mano, me preparo. A ver, allí está uno… Trato de apresarlo. Buff, al fin.
Parece que fue ayer cuando mi amante me decía: «Acuéstese, que yo lo depilaré». Recuerdo su risa: cada vez que gritaba, ella acariciaba mi mejilla y frotaba su nariz con la mía. Eran momentos de complicidad, pequeños gestos que parecían enormes.
Ahora, cada vez que desprendo uno, grito y tiento mi piel; solo está la nariz.
En la plática por la red, ella era hábil y osada, capaz de dialogar a espaldas de los suyos sin que lo notaran. Me transportaba por su ciudad, me llevaba por cada rincón de su casa y, pícara, decía: «Por si vienes de noche, ya saben cómo entrar». La residencia era un laberinto añejo, con secretos que solo ella conoce.A veces se quedaba en pausa. Sabía que eso significaba peligro: alguien rondaba su espalda. «No te vayas, fuego vengo», escritura. Eran palabras clave. Si decía: «Ve a la cocina y prepárate algún bocadillo, a un lado están las gaseosas», yo entendía que tardeía más tiempo.Pronto encontramos la mejor hora para evitar interrupciones. Si ella no aparece, me inquietaba. Si yo faltaba, pensaba lo peor.Un día nos acostamos virtualmente. «Cuando te leo, siento que tus palabras me recorren y me estremezco. Nunca había experimentado la piel de gallina. Contigo super lo que era».Amarnos sobre las hojas de hierba fue irreal, un sueño, un imposible. Un tiempo, lo entendimos.
Mis huéspedes: púan, higo, cafeto, gardenia, jazmín, pata de elefante, mandarina, anturio, begonia, mano de león, margaritaas en floración, y hojas que parecen mariposas.
Al fondo; el higo, el púan, el cafeto, margaritas. Al frente, la pata de elefante , hojas, jazmín, gardenia. flor de anturio, buganvillia.
Por la madrugada, resonaba el sonido de la leche al ser vertida en el vaso; el pan crujía sonoro en su boca en la silenciosa cocina. En automático, levantaba la frazada y continuaba con su roncar monótono, un ciclo que finalizaba con dos soplos y un chisteo. Ya peinado, revisaba las porciones medidas y comenzaba a ingerir sus alimentos. «Si es disciplinado, en tres meses tendrá ocho kilos menos», le había dicho su nutrióloga. Sin embargo, al pesarse, el número era el mismo que hacía tres meses. Canceló su cita con ella. Diez minutos después, la impresora empezó a gruñir y, escupiendo tres hojas, leía: “La nueva dieta de la luna: baja diez kilos en un mes.”
Me atrae tu pelo que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma de sándalo, mientras el mío se pierde en la distancia. Escucho tu voz, como lluvia que golpea un tejado; un murmullo que me atraviesa y se disuelve. Quiero estar contigo, mirando el barco que se hunde tras el sol que muere. Me he convencido: eres la mujer que habría deseado por y para siempre. Duele que pases y no me mires, si supieras lo que es ser transparente, ser nada.
Espero, paciente como el agua chapoteando a la luz de las lunas. Pendiente hasta el día de tu muerte, cuando, al fin, pueda llevarte a mi ataúd que, lleno de flores, te espera…
Después de dos años de noviazgo, mi novia decide terminar la relación sin darme explicaciones. Me duele, pero trato de comprenderla. Semanas después, fui a su casa para agradecer a su madre por las atenciones recibidas; siempre me llevé bien con la familia. Durante la charla, me confesó que el nuevo pretendiente de su hija tenía «un no sé qué.» Desvié la conversación, y entonces hablamos de su hija menor, que tiene dificultades con las matemáticas. La madre me pidió si podía ayudarla, “ella tan tímida, me pidió que le dijera. Mi pequeña lo ve como si fuera un hermano mayor.”
Le dije que sí, y con una sonrisa, abrí los brazos en un gesto de agradecimiento. «Qué lindo lo de su niña,» comenté. “Pero, es complicado… usted me entiende.” Para evitar un no, le sugerí que solo podría hacerlo en mi departamento. Justo entonces, ella tuvo que contestar una llamada, lo que me dio la oportunidad de despedirme.
Un mes después, la hermana menor, tan tímida y bella, me envía un mensaje breve: «¿Te molesto si paso después de clases?» Y lo firma con su nombre completo, casi como si fuera una cita formal.
Tener una buena memoria, brillante como set de fotografía. Alegre como pista de circo. Una memoria que salte en un triple mortal y logre que ella se pregunte:
¿Cómo es posible que recuerdes cómo iba vestida el día que me diste el primer beso?
No sentirás dolor, le dice el médico a mi esposa. Estoy cubierto por sedantes y analgésicos. Afuera, el perro aúlla; ¿será presagio o buen deseo? Respiro con dificultad; el frío me cala hasta el tuétano, y, aun así, sudo, como si mi cuerpo expulsara el filo de lo que me daña. No tengo dolor, no tengo dolor, me repito, tratando de ser un paciente disciplinado, como si con ello me diese ánimo.
En medio de esta confusión, sueño. En el sueño, un aroma a hierba triturada me envuelve; el olor es intenso. Llega como descarga, el hipo. En un destello, veo a Don Agustín, con sus ochenta y tantos años, señalando a su sirvienta con un dedo calloso: «¿Usted cree? Esta vieja dice que si tengo hipo por un día es señal de que me voy a morir».
Sigo en el sueño, pero las voces de afuera se filtran. Mi esposa, al escuchar mis quejidos, me toca la frente con su mano tibia y temblorosa. «Está agonizando», murmura con un hilo de voz que se quiebra.
«Es puro hipo, mamá», responde el benjamín, el hijo que más amé, con esa mezcla de inocencia y certeza que solo un púber puede tener. «Ya acabó, mamá. Ciérrale los ojos ahora; si no, quedará con los ojos abiertos. Así descansa él, y nosotros también».
El silencio se rompe con un sollozo distante, un lamento que parece venir de otro mundo. Es la voz de mi madre, desde algún lugar, que susurra con tono firme y sereno: «Aún no es hora. Cierra tus oídos y llénate de vida; vuela entre las montañas, entrégate a las olas del mar y surge como un pájaro que lleva en el pico los aletazos de un pez».
Años después, mi esposa me dirá: «Sentimos que te morías». Su mirada estará cargada de algo más que recuerdos.