era un chamaco.
Ella mujer de veinte años,
pelo castaño que brincaba saltando la cuerda sobre sus hombros.
Un día le pedí un beso,
y ella movió la cabeza.
La miraba en silencio,
y convertía mis luces en palabras de pedimiento.
Una tarde me llevó a su oficina
Te daré el beso,
ya no soporto tu insistencia.
Cerré mis ojos.
Sus labios llegaron a la frente
y la decepción crispó mis manos.
a punto de abrirlos, rodaron y encontraron con los míos.
Su cabello largo
y mis manos que tiemblan sobre sus caderas.
Saltos del corazón,
cuando el vaho rodaba en mi cuello.
Me recuerdo en su boca;
y mi cuerpo saborea la inminencia de su embestida final.


Espumas de agua





Dios te obsequió un cuerpo jorobado con una resistencia sobre natura. En la armonía de tu paso se descubre una paciencia infinita. Soportas: el sol duro, el frío cruel, y las dunas que duermen la siesta del tiempo.



Tiene ojos negros.