
Qué alguien nos ayude

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios

Quizás lo más importante es escribir con la mayor simplicidad posible. Ese es el secreto de los mejores escritores. No es fácil, por eso hay que practicarlo sin descanso. Hay que saber, por ejemplo, elegir los tiempos verbales simples en lugar de los compuestos. Lo ilustramos:
En vez de:
—Cuando hubo salido de…
Es mejor escribir:
—Cuando salió de…
¿Siempre? No, a veces es necesario emplear un tiempo compuesto para matizar el sentido de la frase. Sin embargo, es útil para aprender a escribir bien utilizar las formas simples como las normales. Debemos dejar lo extraordinario, las formas compuestas, para cuando sea imprescindible. Y, por supuesto, debemos estar seguros de emplearlas bien.
Otra norma general entre los muchos trucos para escribir es la de la concordancia general. El género y el número tienen que concordar siempre y también con los tiempos verbales. Esto es bien sabido, pero aún así se siguen cometiendo errores.
Y, por supuesto, algo en lo que hay que insistir siempre es en la práctica diaria. Entre los trucos para escribir mejor es el más decisivo. Es lo que nos hará progresar poco a poco, de la misma forma en que un niño aprende a hablar diariamente. El infante sigue el principio general educativo: ensayos y errores. Solo así se consigue un aprendizaje efectivo.
A veces los escritores poco experimentados recargan sus frases con demasiados adjetivos. Piensan que así embellecen la frase. O que suena mejor. O que aporta más información. No siempre es así, veamos como ejemplo la siguiente frase:
La pequeña niña salió por la alta puerta, después de haber dejado unas bellísimas y relucientes rosas rojas en el esplendoroso patio de su ajada abuela.
La frase está excesivamente recargada, es redundante y hay mucha información innecesaria (por ejemplo, una niña suele ser pequeña, una puerta suele ser alta para los ojos de una infanta, una abuela suele estar ajada, etc.). Mucho mejor escrito estaría así:
La niña salió por la puerta después de dejar unas rosas rojas en el patio de su abuela.
Siempre se puede añadir algún adjetivo. Pero debe estar muy pensado y ser necesario en el contexto de la frase y en el conjunto del texto.
Por último, es importante resaltar en esta recopilación improvisada de trucos para escribir mejor que después de escribir es fundamental corregir. Un texto sin corregir es como un jardín descuidado. No lucirá bien. Así lo han dicho siempre los grandes escritores. Hay que dedicar tanto tiempo a corregir lo escrito, como mínimo, como al redactado inicial. Si quieres más información sobre el tema, pincha aquí.
https://comoescribirbien.com/trucos-para-escribir/

Lo conocían en el barrio como «El Flaco», y era un hábil hacker devenido en investigador privado. El trabajo de hoy era especial, era personal. Venía de parte de su chica a castigar al ex que no la dejaba en paz. Así, sentado en el asiento de un «128», se calzó un pasamontañas, agarró un pesado caño de metal y se bajó del auto rumbo a la casa. Abrió despacio la puerta y se metió a la casa cual gato. Él estaba en la cocina. No vio venir el primer golpe. Antes de que pudiera darse la vuelta, el Flaco le asestó otro. «¡Dejala en paz, hijo de puta!», lo increpó. El hombre, por toda respuesta, empezó a reírse. Sorprendido, lo golpeó con todas sus fuerzas en la cara. El desgraciado lo miraba con un ojo que empezaba a hincharse y reía estúpidamente. Entonces sintió el plomo en la espalda y al instante un estallido ensordecedor. El Flaco se dio la vuelta para encontrarse con ella, su dama, que sostenía con fuerza una 38. «Ahora sí nos vas a dejar en paz, enfermo», dijo la mujer, apretando los dientes, con lágrimas y la voz temblorosa. Antes de que el Flaco pudiera explicar por qué la había espiado durante meses, las preocupaciones que lo habían llevado a violar sus contraseñas y el inmenso amor que lo había impulsado a llenar todos sus buzones de enigmáticos e-mails, ella soltó otro disparo atronador, aunque él nunca llegó a escucharlo.
Del libro o «dispara uste o disparo yo. Recopilación de Lilian Elphick Latorre.
Cae el sol…
y el barquero se va.
Se escucha un beso.

El río Búho
permite ir o venir
a los barqueros.

Foto con celular RGG
En el otoño,
ejercitan las hojas,
mortal clavado.

La pez desova
en aguas del manglar,
y del caimán.

Las reglas de escritura de George Orwell
Por Alberto Chimal|1/4/2012|Categorías: Taller literario|Etiquetas: consejos de escritura, decálogos, Eduardi Huchín, escritura, George Orwell, Iván Thays, Joaquín Guillén, Literatura, Novela, Opiniones, reglas, Twitter|6 Comentarios
En su blog Moleskine Literario, el escritor peruano Iván Thays reprodujo una lista muy interesante: tomada del sitio Lists of Note, es la de las reglas para escritores, seis en total, que propuso George Orwell en su ensayo Politics and the English Language (1946). El autor de 1984 y Rebelión en la granja fue también, como se sabe, periodista y ensayista notable, y en Politics… critica muchos malos hábitos de la escritura de su tiempo y defiende la necesidad de redactar con claridad y precisión.
Como las seis reglas de Orwell no estaban traducidas en la nota de Thays, las traduje; las publiqué ayer sábado en Twitter y las copio a continuación:
1. Nunca uses una metáfora, un símil u otra figura retórica que acostumbres ver impresa. (Sospecho que se podría decir también: «… sólo porque acostumbres verla impresa».)
2. Nunca uses una palabra larga si puedes usar una corta.
3. Si te es posible eliminar una palabra, elimínala siempre.
4. Nunca uses la voz pasiva si puedes usar la voz activa. (Esto no ocurre con tanta frecuencia en español como en inglés, pero lo he visto aquí y allá: no me sorprendería que se debiera a nuestro mal hábito de traducir literalmente del inglés…)
5. Nunca uses una frase extranjera, un término científico o una palabra de jerga si puedes pensar en un equivalente sencillo en [tu idioma]. (Orwell dice «en inglés», por supuesto.)
6. Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir algo que sea francamente bárbaro.
La última de estas reglas es la que más me llama la atención. Escribir consejos literarios es una práctica habitual entre los escritores de los últimos cien años, y en las incontables
listas ya existentes suele haber una instrucción metatextual, relacionada con los usos de la propia lista, y que suele ser algo como «No hagas caso de nada de lo anterior», «No confíes en las instrucciones para escribir» o cualquier otra por el estilo. Más que sonar frescas o ingeniosas (o realmente interesadas en sugerir que ninguna lista de consejos puede ser más que la lista de los descubrimientos de quien la redacta), semejantes indicaciones parecen, a estas alturas, la parte más rancia y falsa del ritual de escribir consejos: el signo de una pose de irreverencia o de frescura en la que ya no cree nadie. En cambio, la sexta regla de Orwell matiza su defensa general de la sencillez y defiende, sobre todo, la idea de escribir bien en el mejor sentido del término. «Bien» no significa «con apego a las reglas», ni mucho menos «sin correr riesgos»: al contrario, implica trabajar (o así lo creo) buscando la sencillez y a la vez la belleza, la expresividad, lo que el lenguaje puede tener de revelación.
http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/las-reglas-de-escritura-de-george-orwell/

En la sabana
hace frío y llueve.
Bruma y café.

–
-Cariño, ¿y tú, todavía me quieres?
Su cariño le miró de soslayo. Terminó de poner la cadena para sacar a pasear al viejo y aburrido Blacki, el fox terrier que ladraba a sus soledades desde hacía años. Fue el regalo que Luis le dio a Pilar en su décimo aniversario de casados, cuando aún no era necesario hacer preguntas.

Tomado del Fb
Zumban los moscos,
y se gritan los pájaros
en el pantano.

“¿Te acuerdas de la leche podrida?”, le digo a mi hermano, que asiente sin dejar de mirar el camino. Vamos en mi carro rumbo al hospital para ver a mi madre, pero él maneja, supongo que por costumbre. Siempre fui la hermana pequeña a la que había que cuidar y ayudar sobre todas las cosas. Mi hermano cargaba mi mochila, era mi tutor de matemáticas y el que me llevaba un vaso de agua a cualquier hora de la noche. Desde luego papá lo obligaba.
“Ella creía que era yogurt”, dice y da un sorbo de su botella de agua. Nunca ha bebido café ni usa drogas ni toma alcohol. Los vicios no son el único terreno en el que no muestra solidaridad conmigo.
“Nadie cree que la leche podrida se convierte en yogurt”.
“La leche inoculada con los bacilos se vuelve ácida. Entiendo que mamá se haya confundido”.
Entre los dones de mi hermano Roberto no está el de la conversación. Nunca llama por teléfono y rara vez contesta los correos electrónicos. En persona, las palabras las entrega a cuentagotas, como si le dolieran, y generalmente son datos técnicos o respuestas monosilábicas. A menos que se trate de defender a mamá, claro. No importa que haya sido ella la que lo obligó por años a beber leche rancia durante el desayuno.
“¿Ya se te olvidó cómo te pegaba si la escupías en el fregadero?”.
“Eran los ochentas. No podía darse el lujo de tirar por el drenaje un litro de leche”.
“¿O sea que ella no hizo nada malo?”.
“Nunca fue su intención. Al contrario”.
Prendo la radio y sintonizo una estación donde varias personas comentan las vidas privadas de actrices de temporal. Ahora los dos miramos hacia el frente con la misma obstinación infantil de hace tantos años. Podría retacarle las narices con anécdotas a manera de evidencias, pero él va a encontrar una forma de excusarla. Papá, casi siempre de viaje, no estaba al tanto de aquellas batallas lácticas; cuando yo se lo conté, ella dejó de obligarme a tomar esa leche, pero Roberto siguió siendo su víctima, no sé por qué.
Mi hermano cambia de estación y encuentra una melodía que le permite tamborilear los dedos sobre el volante y cantar solamente con los labios. Yo me como la dona de chocolate que llevo en una bolsa de papel estraza. Necesito sobornarme a mí misma para ir a visitarla, igual que hacía ella cuando era tiempo de vacunarnos. Yo iba aullando todo el camino al consultorio hasta que ofrecía comprarme un dulce. A mi hermano, en cambio, le explicaba las bondades de las inoculaciones. “Es por tu bien”, y él extendía su brazo sin llorar. Aunque yo era la de la boca llena de chocolate, tenía la sensación de que me habían privado de algo.
Sorbo ruidosamente mi café sobrepreciado, porque sé que Roberto detesta ese sonido. El sigue llevando el ritmo sobre el volante, como si nada, pero cuando entramos al estacionamiento del hospital, frena con la fuerza necesaria para que el mokachino doble se derrame sobre mi blusa y las vestiduras del carro.
* * *
La habitación huele a químicos de limpieza, pero hay un olor que subyace: el de mi madre. Es una combinación de flores marchitas, channel y orines con penicilina, si no es que algo peor. Roberto parece no percibirlo y se lanza a la cama para besarla. Ella tiene la piel colgada y casi transparente. Yo me paro cerca y le pregunto cómo se siente, pero ella me tiende los brazos y debo inclinarme para que me abrace, soportando el repollo agrio de su boca.
“Reina, te ves muy bonita con esa ropa”, me dice. Yo miro mi blusa con las manchas de café y demasiado ajustada sobre mis pechos. A veces me es imposible encontrar brassieres de mi tamaño en México y tengo que esperar a que Roberto vaya a la frontera. Allí hay un mercado de vacas como yo. Como papá lo entrenó para jamás negarme un favor, me los trae invariablemente. Lo imagino caminando entre los pasillos llenos de mujeres, titubeando mientras revisa tallas, texturas, colores. Alguna dependienta le pregunta si busca algo para su esposa o su novia, y él humillado confiesa que quiere un 38-DD para su hermana en satín color beige.
“Está sucia y me aprieta, ya lo sé”.
Mi madre no me oye porque está contándole a Roberto toda la faena de convalecencias del día anterior. La internaron hace un par de semanas por unos dolores en el vientre que resultaron ser tumores en los ovarios. Hubo una cirugía que la dejó hueca y ahora está en observación. Con el peso que perdió recientemente, está más delgada que nunca. Y sin embargo, tiene el ánimo para hacerme sentir mal por ser como soy. Pero si lo traigo a colación, Roberto dirá que ella nada más me hacía un cumplido y que yo estoy siempre a la defensiva.
Una enfermera entra a tomarle los signos vitales y a darle algunos medicamentos. Mi madre se deja hacer, dócil, con esa sonrisa débil y dulce que tiene para los extraños y que jamás me dedicó a mí. Me hundo en el sillón de las visitas y una oscuridad amarga me envuelve. Mi hermano se acerca a mí y susurra que mi madre necesita privacidad: van a cambiarle las sábanas y a bañarla.
* * *
En la cafetería Roberto compra un jugo y un café americano para mí. Luego salimos para que yo fume. Mi hermano se sienta en una banca cercana, a pesar de que mi humo le irrita la garganta.
“¿Te acuerdas que cuando nos quedábamos solos brincábamos a las camas desde arriba del clóset?”.
“Claro que me acuerdo”, dice y trata de limpiar el aire agitando una mano.
“¿Y cuando salíamos por el balcón y gateábamos sobre la barda del patio de atrás?”.
Él me dedica esa mirada de ya-sé-adonde-va-esto y después asiente.
“También recuerdo que jugábamos en la calle con otros niños hasta que oscurecía. Eran otros tiempos, Elsa”.
Cierto. Eran los tiempos en que la obesidad infantil era más bien una rareza. Si yo fuera niña hoy, pasaría como parte de las estadísticas de niños con sobrepeso y en peligro de tener diabetes, pero nadie se volvería a mirarme por la calle. En ese entonces yo era “la” gorda del salón que desarrolló su cuerpo para el cuarto año de primaria y tuvo la menstruación para el quinto. Yo era el blanco de las bromas de los niños y la que recibía los comentarios soeces de los albañiles en la calle. Según mi madre, no debía contestarles a los que me gritaban cosas. “No te bajes a su nivel. Lo digno es ignorarlos”. Pero yo no me sentí digna jamás. Mi cuerpo era mi vergüenza. No importa que intentara apretarme el pecho o caminar encorvada. Tener glándulas mamarias era denigrante, aunque luego aprendí que era peor no tenerlas.
“Entonces tuvimos suerte de que no nos pasara nada”, digo.
* * *
Cuando regresamos a la habitación de mi madre, la encontramos dormida. Tiene la boca entreabierta y respira inquieta. Hay un ligero olor a vinagre en el ambiente. El doctor abre la puerta y nos hace una señal para que salgamos. Nos informa que es un hecho que mi madre tiene cáncer y que, aunque han retirado los tumores, el mal ya se ha esparcido a otras partes de su cuerpo. Roberto es el que hace preguntas acerca de los tratamientos, la mitigación del dolor, otras opciones.
“¿Y cuánto tiempo le queda?”, interrumpo.
El médico y Roberto me dedican una mirada que pasa en segundos de la sorpresa al desprecio. Desde luego, es algo que cualquiera se cuestiona cuando se le informa de la enfermedad terminal de un pariente, pero poner palabras a esa duda es como empujar a alguien desnudo al frente de un escenario. A mi hermano y al hombre de la bata blanca, con todos sus estudios, sus matrimonios, sus hijos, sus casas que funcionan porque hay una mujer a cargo, les resulta muy fácil juzgarme por la pregunta. En su mundo masculino nada es más lógico que la soltera se ocupe de la madre moribunda. Para ellos soy una hija genérica, nada más. No conocen la bodega llena de maletas sentimentales que ambas guardamos. Llenas de moho, polvo y rencor.
La noche en que mi papá moría de un infarto en la cocina, yo estaba encerrada en mi cuarto viendo mi programa favorito de detectives forenses y comiendo helado, mi madre se debatía en un juego de canasta en casa de alguna de sus amigas de los jueves y mi hermano estudiaba en el extranjero. En realidad fue muy cómodo para todos. Por eso pensé que con ella sería igual.
“Depende de su respuesta al tratamiento”, dice el doctor y antes de irse dedica una mirada rápida a mi blusa. Mis pezones me han traicionado con el aire frío del pasillo y se levantan por debajo de la tela.
Regresamos a la habitación y yo me dejo caer en el sillón que se hunde, escondiéndome a mí y a estas montañas de vergüenza. Roberto se sienta junto a la cama de mamá y la observa dormir. Luego se pasa la mano por el cabello y sus dedos dejan los surcos amplios de la calvicie inminente. Por primera vez lamento no tener un esposo junto a mí, un par de niños a quienes cuidar, una excusa para dividir más equitativamente la agonía que viene. Mi sobrepeso y mi soltería han sido los eternos disparadores de las peores peleas entre mi madre y yo. “Necesitas un hombre que te cuide”, su cantaleta de siempre. El subtexto era que ni mi hermano ni mi padre estarían por siempre junto a mí y yo era, después de todo, una gorda inútil y consentida. Cuando tuve mi etapa feminista, porque la tuve, como todas, le dije que una mujer sin un hombre es algo tan trágico como un pescado sin una bicicleta. Recuerdo que lo leí en alguna revista. Ella se quedó mirándome desde su 1.70 de estatura y sus 55 kilos, con su maquillaje perfecto, y me preguntó: “¿Pero qué haría el pescado si se le descompone la bicicleta? De todas maneras necesita un hombre”.
Roberto dice que él puede pasar a visitar a mamá todos los días después del trabajo y pedir permiso cuando haya que llevarla a las sesiones de quimio, pero que lo mejor será que se quede conmigo. Además, ésa es la casa de mi madre, ¿y en dónde iba a sentirse más cómoda?
Mi silencio es una forma de aceptación tácita, como cuando peleábamos y ella nos obligaba a pedirnos perdón. Mi hermano era capaz de hacerlo, pero yo miraba el piso obstinadamente sin decir nada. Entonces él se acercaba a mí y decía quedito, “¿Verdad que me perdonas, Elsa?”, y yo movía apenas mi cabeza, apretando los puños, mientras las lágrimas escurrían hasta el piso.
Cuando vamos en el carro de regreso, abro un poco el vidrio para que salga el humo del cigarro. Roberto se voltea y me dice:
“Yo jamás les daría a mis hijos leche agria”.
Sin querer, sonrío.
Desde <http://www.odradekelcuento.com/3odradek15.htm>
Esta libélula
ámbar va y viene al lago,
¿está sedienta?
de ninguna manera;
solamente se admira.


Amábamos a Lía. Ella nos contaba cuentos con su voz, sus manos y nos hacía reír. Era mucho o poco dependiendo del humor del jefe de guardia. Las horas pasaban sin sentir. Nuestros hijos volaban a paraísos y tierras de misterio. Para dilatar el horario algunas presas, las más bellas, dejaban sus senos a la mirada y otras cruzaban y descruzaban sus piernas, así los soldados, dejaban transcurrir el tiempo. Lía era un viento fresco… en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja y el fusil.