El amor del flaco de Esteban Aguetti

 Lo conocían en el barrio como «El Flaco», y era un hábil hacker devenido en investigador privado. El trabajo de hoy era especial, era personal. Venía de parte de su chica a castigar al ex que no la dejaba en paz. Así, sentado en el asiento de un «128», se calzó un pasamontañas, agarró un pesado caño de metal y se bajó del auto rumbo a la casa. Abrió despacio la puerta y se metió a la casa cual gato. Él estaba en la cocina. No vio venir el primer golpe. Antes de que pudiera darse la vuelta, el Flaco le asestó otro. «¡Dejala en paz, hijo de puta!», lo increpó. El hombre, por toda respuesta, empezó a reírse. Sorprendido, lo golpeó con todas sus fuerzas en la cara. El desgraciado lo miraba con un ojo que empezaba a hincharse y reía estúpidamente. Entonces sintió el plomo en la espalda y al instante un estallido ensordecedor. El Flaco se dio la vuelta para encontrarse con ella, su dama, que sostenía con fuerza una 38. «Ahora sí nos vas a dejar en paz, enfermo», dijo la mujer, apretando los dientes, con lágrimas y la voz temblorosa. Antes de que el Flaco pudiera explicar por qué la había espiado durante meses, las preocupaciones que lo habían llevado a violar sus contraseñas y el inmenso amor que lo había impulsado a llenar todos sus buzones de enigmáticos e-mails, ella soltó otro disparo atronador, aunque él nunca llegó a escucharlo. 

Resultado de imagen de investigador privada

Del libro o “dispara uste o disparo yo. Recopilación de Lilian Elphick Latorre.

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