Tierra removida Pase si quiere esperarlo, pero no sé a qué horas vuelve. Siéntese, estoy haciendo café. Aunque quién sabe si él podrá ayudarle, seguro vendrá borracho. En eso se parece a mi primer marido, ¿sabe usted?, el que se mataba trabajando todo el día y luego se iba a beber en cuanto bajaba el sol, como queriendo compensar. Hoy estuvo cavando toda la mañana en el jardín, quería plantar un árbol, me dijo. Pero el alcohol le ha afectado la cabeza. Se pone violento, se imagina cosas. Que la sopa está muy fría o muy caliente, pero siempre tiene la misma temperatura, se lo aseguro. Mi primer marido era igual. Muy salada la sopa, muy sosa la sopa. ¿Y qué puede hacer una para defenderse, qué puede contestar cuando no la dejan ni hablar? ¿Quiere un trozo de pan? Lo hice yo misma. Alcánceme el cuchillo, haga favor. Sí, ese sobre la mesa. Como le dije antes, no sé a qué hora vuelve. Todos los hombres son iguales. Mi primer marido me dijo una noche que no se tardaba y desde entonces ya no está. Pero no lo lamenté. No era bueno, ¿sabe usted? Ah, pero estoy divagando. Mi esposo no ha estado bien, piensa cosas que no son. Por ejemplo hoy, que cuando estaba cavando me dijo que había desenterrado unos huesos largos, como de animal grande. Se le salían los ojos de la cara de puro miedo. ¿Se va usted tan pronto? No pise la tierra recién removida, por favor. Hoy tengo que plantar un árbol.
Tamaduste ¿Te acuerdas, Marisa, que cuando éramos niños bajábamos a escondidas a Tamaduste para lanzarnos al agua fría? Del fondo del mar recogías piedras lisas que no tenías dónde guardar, y me las hacías meter en el calzoncillo rojo que usaba para nadar porque no tenía traje de baño. Volvíamos escurriendo agua salada y las piedras hacían rac rac rac cuando se me movían dentro. Tú te reías sin parar. ¿Y ese día que casi me ahogué? Pensaste que estaba fingiendo para asustarte, pero cuando empecé a manotear angustiado te lanzaste al agua y me diste respiración boca a boca como habías visto en Guardianes de la bahía, y casi te ahogas tú también por el esfuerzo. Luego te fuiste a la universidad y yo me quedé en el pueblo, trabajando, en el taller de mi padre. Y mira cómo es la vida, hoy volví a verte después de años, pero sin reconocerte del todo y cuando te dije «hola» tú no recordabas ni siquiera mi nombre. Nunca te confesé que aquel día, hace años, fingí lo desmayado otro rato para sentirte la boca un poco más. Hay veces, Marisa, en que creo que sí nos morimos ese día y desde entonces andamos difuntos por la vida sin darnos cuenta, y los únicos que siguen vivos son ese par de niños lanzándose al agua fría de Tamaduste, cogidos de la mano.
Aleteo de una mariposa A la tía Ana le dio por estornudar todos los días a las cinco de la tarde. Al principio, sus estornudos eran cuando mucho estridentes, lo justo para despertar a la abuela y asustar a Sansón, nuestro gato. Luego fueron subiendo en intensidad, como una vez que sacudieron el aire del salón y el retrato de boda de mis padres cayó al suelo. Otro día cimbraron los muros con tal magnitud que la casa entera se llenó de grietas. Pero una tarde la tía Ana estornudó quedito y nosotros, que ya temíamos lo peor a las cinco de cada día, nos miramos perplejos y aliviados hasta que entró el vecino: «¿Ya se enteraron del sismo en Japón?»
Belén Cuando nos desviamos de la ruta espacial fijada siguiendo un cometa, un desperfecto en el mando central hizo caer una de las naves cerca del meridiano de un planeta inexplorado; afortunadamente, nuestro cosmonauta fue rescatado por dos nativos. Sin embargo, todo lo que sucedió después aún no sabemos cómo interpretarlo.
Se alquila habitación En el 1B habita un viejo chapado a la antigua que disfruta arrastrando cadenas toda la noche, cosa que desquicia, y con razón, a la vecina del 1A, que se colgó de una viga a causa del mal de amores y deambula por el salón con el rostro violáceo. La del 2B era una actriz de teatro, o eso creemos, porque se asoma a la ventana con cara de pena y le pregunta a los escasos transeúntes en el más rancio inglés británico si han visto a sus pupilos, justo como la institutriz de James. El del 2A es un fulano alemán de mucho cuidado, que ha destrozado todo lo que ha podido; lo apodamos Poltergeist y nos asusta incluso a nosotros, imagínese. Nos queda libre el sótano pero no por mucho, así que decídase pronto y coja por fin ese revólver, que la vida no dura para siempre.
Semillas de limón Jamas creí que lo que decía mi abuela fuera cierto, eso de que a quien se traga las semillas de limón le brota un limonero en la barriga. Nos reíamos, pero ella no se enfadaba porque siempre nos ha querido. Prueba de ello es que cada mañana sale sin falta al jardín para regarnos las raíces.
Esta muestra de minificciones proviene del libro Cordón colorado (2020), de la escritora Paola Tena (México, 1980): una serie de narraciones brevísimas con gran variedad de tonos y argumentos. Pediatra e ilustradora además de narradora, ella imparte talleres de escritura creativa y elaboración de fanzines, y ha publicado en antologías y revistas dedicadas a la minificción. Entre sus otros libros están las colecciones de minificción Las pequeñas cosas (2017), Cuentos incómodos (2019), MiniBestiario (2020), Versión no autorizada (2021), Kit de emergencia (2022) y Fumadores (2023), y el libro de cuentos Rosa mexicano (2020
-Pues sí que está usted cómodo aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos… Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.
Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:
-Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!
-Sí, es bastante cómodo -asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.
-Lo he renovado hace poco -explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-. Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.
Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.
-Había algo que quería decirle -dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.
Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:
-Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.
Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.
-Ésta es la medicina -exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.
Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.
-¿Es whisky, no? -dijo débilmente.
El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.
-Sabe -dijo el viejo, mirando al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a echarse a llorar.
-Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.
El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:
-¡Qué fuerte!
Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro… y recordó.
-Eso era -dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.
El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.
-Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?
-¡No, no! -Por varias razones el jefe no había ido.
-Hay kilómetros enteros de tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.
Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.
-¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.
-¡Tiene razón, tiene razón! -dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.
Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.
De pronto:
-No veré a nadie durante media hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.
-Bien, señor.
La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar…
Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?
Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».
Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. «Sentimos profundamente informarle que…» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años… ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.
En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.
Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.
Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de… Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.
Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.
-Vamos -dijo el jefe-. ¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.
-Tráigame un secante limpio -dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era… Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.
Por el dolor y una enfermedad cangreja le fue amputada la pierna. Salvó su vida, pero el dolor seguía terco en donde tuvo el miembro. Después de varios tratamientos el dolor no tan solo persistía, sino que aumentaba. ¿Cómo convencer a su cerebro que su pierna era un desecho? Era la neblina como un lienzo en la oscuridad en aquel pueblo solitario, cuando se acostó sobre la vía para que le pasara el tren de la media noche.
Durmió como bendito y se levantó preocupado porque soñó que el tren ya venía de regreso.
Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas. Todo lo que tenía para celebrar su cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor– y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario.
Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales. Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía a plazo fijo le garantizaba buenos intereses.
Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero. Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.
Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.
El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido. Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:
—Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.
Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:
—Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?
—Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?
El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.
—Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando aquella noche.
—No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.
Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.
—¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?
—En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!
—La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.
—No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.
—¿Y eso?
—Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.
El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:
—También le puedo asesorar a usted.
—Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?
—No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en la bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.
—¿Dónde se encuentra entonces? —preguntó Alfonso fascinado.
—En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón– es donde se encuentran las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.
Toda lectura es una experiencia, pero Trilogíade Jon Fosse forma parte del grupo de las experiencias prodigiosas, porque nos acerca a una dimensión nueva. Me refiero a esas obras de la literatura que nos llevan a transitar por terrenos desconocidos, que nos deslumbran y extrañan. Todos podemos identificar esas aventuras tan especiales en nuestra biografía lectora. En diferentes artículos de “Lecturas Sumergidas” yo os he hablado de algunas de las mías, pero ahora me voy a centrar, a detener, únicamente aquí; a recorrer, una vez leídas, acariciándolas, agradeciéndolas, las páginas de esta novela hipnótica, en tres partes, que me ha envuelto en sus atmósferas, que me ha absorbido a la manera de esas composiciones musicales que cautivan y despiertan milagrosamente los sentidos.
Hay música en Trilogía, porque la música es fundamental en el desarrollo de la historia que se narra y también en su estilo, en su estructura rítmica, repeticiones, silencios, particulares puntuaciones, intervalos, acompañamientos… Trilogía participa del misterio de la música y de la poesía (los límites entre prosa y poesía se diluyen) y también reconocemos en ella los hilos que tejen los cuentos maravillosos que nutren el territorio de la infancia. Si algo he constatado mientras la leía es lo necesitados que seguimos estando los adultos de esos cuentos capaces de traspasar las lindes de lo real y ayudarnos a atisbar lo trascendente, lo mágico.
Jon Fosse nos conduce más allá de espacios y tiempos concretos. A través del amor sus personajes son capaces de superar la desdicha, la desaparición. Las cronologías se quiebran, las edades de la existencia se encuentran, la vida y la muerte, el bien y el mal, se confunden. La narración, la manera en la que está contada, las puertas que se van abriendo, nos descolocan. Tenemos que participar, que ir uniendo los puntos y encontrando los sentidos, atentos a los saltos temporales, adaptándonos a la originalidad de la voz narradora, a los cambios de entorno y de calendario, porque pasado, presente y futuro se abrazan, se convierten en un único transcurrir. Sentimos que estamos tocando algo que nos supera, que no somos capaces de descifrar del todo, pero que obra sobre nosotros un efecto benéfico, algo que podría comparar, por ejemplo, con el alivio que produce el atisbamiento de la luz al fondo de un largo y oscuro túnel. El autor suele explicarlo de la siguiente manera: “Hasta en mis novelas más crudas hay una especie de luz que procede de la oscuridad, un resplandor”.
JON FOSSE NOS CONDUCE MÁS ALLÁ DE ESPACIOS Y TIEMPOS CONCRETOS. A TRAVÉS DEL AMOR SUS PERSONAJES SON CAPACES DE SUPERAR LA DESDICHA, LA DESAPARICIÓN. LAS CRONOLOGÍAS SE QUIEBRAN, LAS EDADES DE LA EXISTENCIA SE ENCUENTRAN, LA VIDA Y LA MUERTE, EL BIEN Y EL MAL, SE CONFUNDEN.
Los propios protagonistas se van encontrando con esa luz, con pequeñas señales en el camino que les indican que hay algo más allá del arrastrarse de los días, de los afanes por sobrevivir, por encontrar un lugar en el que quedarse. En Trilogía, que se abre con una primera parte denominada Vigilia; prosigue con Los cuentos de Olav y concluye con Desaliento, Jon Fossenarra la historia de Asle y Alida, dos adolescentes a los que la vida no les pone las cosas nada fáciles, pero que son conscientes de haber encontrado el tesoro del amor.
A punto de ser padres, sin apoyo familiar, inician una especie de peregrinación en busca de un hogar en el que guarecerse. Su destino es cruel y les marca desde el principio. Frente a la fuerza del primer amor y la inocencia de la nueva vida que llega, se alza la sombra del mal. La pareja va tocando de puerta en puerta por la gran ciudad noruega de Bjørgvin, pero no encuentran acogida, nadie les quiere alquilar una habitación y a partir de ahí los hechos se precipitan. Su historia, su trecho, no están inscritos al hoy, pero nos remiten al drama de tantos seres indefensos, desvalidos, refugiados, emigrantes enfrentados a la huida y al rechazo. Trilogía nos habla de la desigualdad y también de sociedades pertrechadas en rígidas normas que no admiten la diferencia, la disidencia, la ruptura de sus costumbres.
Pero esto solo es el armazón, la capa superficial. La historia transcurre por otros derroteros más profundos y sutiles, difíciles de apresar en una explicación, en un resumen. Su comprensión exige adentrarse, como os decía, en sus fondos hacia lo inaccesible, en sus ritmos, en sus latidos, en sus contrastes. Hay momentos bellísimos, como el que paso a transcribir, perteneciente a Vigilia, la primera parte de la novela: “(…) padre Sigvald dijo que al tocar, el dolor podía aliviarse y transformarse en vuelo, y que el vuelo podía transformarse en alegría y felicidad, y por eso había que tocar, por eso tenía que tocar él y algo de ese dolor debían de compartir también los demás y por eso había tanta gente a la que le gustaba escuchar música, así creía él que era, porque la música elevaba la existencia y le proporcionaba altura…”
En otro momento leemos: “Alida empezó a elevarse en el aire y en la música de Asle oyó el canto de su padre Aslak, y oye su propia vida y su propio futuro y sabe lo que sabe y entonces está presente en su propio futuro y todo está abierto y todo es difícil, pero ahí está la canción, una canción que debe de ser lo que llaman amor, de modo que se conforma con estar presente en la música y no quiere existir en ningún otro sitio…”
Ese es el tono, pero hay otros. No os voy a desvelar mucho más de esta historia en la que los paisajes también son esenciales. Es poderosa la presencia de los fiordos noruegos, de esos entornos montañosos, con pequeños pueblos de pescadores que viven del comercio de los frutos del mar en los pequeños puertos cercanos. Los colores, los reflejos, la luz tan especial de los fiordos, las barcas, el mar, la pesca, el olor a salado… La belleza del paisaje, su luminosidad, acompaña los momentos de comunión, de amor, de bondad; pero también, en su imperturbabilidad, se convierte en el marco en el que se suceden las malas horas, la fatalidad.
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“TRILOGÍA” NOS HABLA DE LA DESIGUALDAD Y TAMBIÉN DE SOCIEDADES PERTRECHADAS EN RÍGIDAS NORMAS QUE NO ADMITEN LA DIFERENCIA, LA DISIDENCIA, LA RUPTURA DE SUS COSTUMBRES.
Aunque Jon Fosse (Haugesund, sudoeste de Noruega, 1959), es uno de los autores más valorados de la literatura europea actual, su obra es desconocida para los lectores españoles. Hasta ahora se habían publicado de manera discontinua, en distintos sellos, algunos de sus títulos, sobre todo de teatro, terreno en el que ha alcanzado su mayor popularidad. Es ahora la editorial De Conatus la que apuesta por su trayecto en nuestro país. A Trilogía, que obtuvo el Gran Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 2015, el más alto galardón a un libro de ficción, le sucederá en 2019 el primer volumen de Septología, una narración en marcha, en siete volúmenes, en la que el autor sigue trabajando actualmente y cuyas siguientes entregas irán apareciendo en los próximos años.
Además de teatro y narrativa, Fosse también ha publicado poesía, ensayo y cuentos infantiles. Candidato al Premio Nobel de Literatura, cuenta en su haber con ser el dramaturgo europeo más representado en los escenarios (unos mil montajes en más de 40 idiomas). Entre los datos biográficos que le acompañan, señalar, como curiosidades, que ha sido profesor del conocido autor noruego Karl Ove Knausgard [ autor de Mi lucha, obra autobiográfica en seis volúmenes]. Y que, por sus contribuciones a las artes y la cultura de su país, ha recibido el honor especial, de manos del Rey de Noruega, de alojarse de forma permanente en Grotten, residencia propiedad del Estado, ubicada en las instalaciones del Palacio Real, en el centro de la ciudad de Oslo. El escritor también reparte su tiempo entre la localidad de Frekhaug, en su país natal y Hainburg (Austria), donde se encontraba cuando contestó a las preguntas que tuve la oportunidad de plantearle vía correo electrónico. Sus respuestas ofrecen valiosas claves sobre su manera de ser y de entender el proceso creativo.
Jon Fosse: “Cuando escribo es como si tuviera un lugar secreto dentro de mí”
– Jon Fosse procede de una tierra de cuentos, mitos y leyendas. Hay bellos cuentos noruegos tradicionales, transmitidos oralmente generación tras generación. Pienso en la recopilación de estos relatos realizada en el siglo XIX por Peter Christen Asbjornsen y Jorgen Engebretsen Moe [publicada recientemente en España por el sello Libros de las Malas Compañías]. ¿Hasta qué punto se nutre de estas fuentes?
– Casi me había olvidado de estos viejos cuentos de hadas tradicionales! Pero crecí con algunos de ellos, la mayoría contados por mi madre cuando era niño. Con esta pregunta me has dado la idea de que debería volver a leer esta colección de cuentos de hadas. Estoy seguro de que me han influenciado, pero no sé bien en qué sentido.
–¿Recuerda su reacción, sus sentimientos, mientras escuchaba esos cuentos? ¿Cómo recuerdas su infancia, los paisajes de su infancia?
– Mi madre era, y es, una gran narradora de historias. Recuerdo que cuando mi hermana y yo nos íbamos a dormir, ella nos contaba narraciones que se inventaba en ese momento y que se podían prolongar noche tras noche, a veces durante semanas. Me encantaban estas historias. Mi madre nunca tuvo la idea de escribir nada por su cuenta, pero seguro que podría haberlo hecho si hubiera querido. Cuando yo era niño leía muy poco en casa, pero a través de la escuela me llegaron varios relatos que me impresionaron, especialmente los que contenían elementos de las antiguas sagas nórdicas, de la mitología. Puedo evocar la figura del dios Thor montando en su caballo por encima del cielo, el relámpago que caía cuando golpeaba con su martillo y el trueno como resultado del sonido que ese golpe provocaba. Tuve una infancia buena y segura, sin duda. Crecí en una pequeña comunidad cerca del fiordo Hardanger, cerca del mar. Y hasta donde puedo recordar siempre pasé parte de mi tiempo dentro de una embarcación.
– También ha escrito cuentos infantiles. ¿Surgió Trilogía como una historia a la manera de las que se cuentan a los niños, pero para adultos? Estamos ante una novela para ser leída, pero también para ser oída (me imagino escuchándola en una larga y fría noche de invierno, al lado de un fuego calentando el hogar).
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– Bien podría ser así. Pero yo siento que Trilogía es principalmente una pieza para ser leída, ya que los diversos elementos apuntan unos a otros de una manera bastante compleja, que creo que sería difícil hacer funcionar bien si la historia fuera oral. Pero es una especie de leyenda, sin duda.
– Los cuentos tienen la capacidad de sorprendernos, de permitirnos acceder a lo extraño, a lo enigmático de la vida…. Trilogía es una novela que trasciende, que nos permite perdernos en el tiempo, conjugando pasado, presente y futuro, haciéndonos pensar en la cercanía entre la vida y la muerte. Cuando leemos la novela sentimos que nos lleva a territorios inaccesibles y profundos y que nos invita a entrar en ellos sin miedo. ¿Cree que esta es una de las misiones de la literatura, abrir los ojos a lo que no somos capaces de ver?
– Sin duda alguna. Suelo decir que para mí escribir es escuchar. Pero lo que estoy escuchando, en realidad lo que estoy escribiendo, tiene que ser nuevo de alguna manera. Tiene que transformar lo común en algo más o menos diferente. Escribir es saltar a lo desconocido, y si tengo suerte puedo llegar a conseguir algo que antes no existía, una manera de ver, de experimentar, con unos personajes que nunca habían visto la luz antes de que yo los creara. Nunca preparo nada cuando escribo. Me siento y empiezo a trabajar. Si el comienzo es bueno, entonces todo el asunto, por así decirlo, la trama, está contenida en las primeras páginas. Así es como lo veo. Y en un momento dado, siento que todo está ya escrito, que ya está ahí, en algún lugar del aire, o donde sea, y sólo tengo que escribirlo lo más rápido posible antes de que desaparezca. Suelo decir que para mí escribir es escuchar. Pero lo que estoy escuchando, en realidad lo que estoy escribiendo, tiene que ser nuevo de alguna manera. Tiene que transformar lo común en algo más o menos diferente. Tengo la idea de que cuando un buen pintor, o un buen escritor, ha hecho su trabajo, podemos ver y experimentar la vida, y el mundo, de una manera diferente a como lo hacíamos antes de que este trabajo de pintura, o de escritura, existieran.
“SUELO DECIR QUE PARA MÍ ESCRIBIR ES ESCUCHAR. PERO LO QUE ESTOY ESCUCHANDO, EN REALIDAD LO QUE ESTOY ESCRIBIENDO, TIENE QUE SER NUEVO DE ALGUNA MANERA. TIENE QUE TRANSFORMAR LO COMÚN EN ALGO MÁS O MENOS DIFERENTE”.
– Aunque no se trata en absoluto de una novela de actualidad, la historia de Asle y Alida, que están a punto de convertirse en padres, llamando de puerta en puerta en busca de refugio, en una ciudad nueva para ellos, nos lleva irremediablemente al drama de los refugiados, emigrantes, desplazados, aquellos que son rechazados en la Europa del bienestar. ¿Tuvo presente ese drama mientras escribía la novela?
– No. Nunca pienso en ningún tema real cuando escribo. No es mi manera de trabajar. Yo escucho. No sé exactamente lo que estoy escuchando, pero seguro que no es lo que hay en los medios de comunicación en este o aquel momento. Pero evidentemente la historia de Asle y Alida se parece a la historia de la vida de muchas personas que viven en la actualidad, y a la de muchas personas que han vivido antes. Hay muchas parejas jóvenes en el mundo ahora misma, en este día, a esta hora, tratando de encontrar un lugar donde poder vivir con su hijo que está a punto de nacer.
– Vivimos en tiempos oscuros, de regresión, donde los impulsos reaccionarios de la extrema derecha están ganando terreno. ¿Cómo reacciona Jon Fosse ante esto? ¿Cómo hacer frente a los conflictos del presente?
– Soy escritor. Y honestamente creo que mi principal propósito debe ser escribir lo mejor que pueda. Si lo consigo, es posible que el fruto de mi trabajo tenga implicaciones éticas, y quizás –así lo espero– también efectos políticos. A nivel personal, no me considero ni más ni menos capaz de hacer más que cualquier otra persona sin ningún poder político o económico. Tal vez debería comprometerme en mayor medida, pero creo que si a la escritura se le añade compromiso, o intenciones políticas, el resultado puede empeorar. En mi opinión, por decirlo de algún modo, la dimensión política debe venir de la escritura, no a la inversa.
– La desigualdad es uno de los desencadenantes de todo lo que le comentaba antes. La desigualdad, la impotencia de los débiles, de los pobres, de los diferentes, entra en la novela. Hay un momento en el que leemos: “Los dueños gobiernan sobre los que no tienen nada“. Estamos hablando de una historia de ficción, pero también de una historia que nos retrata como sociedad….
– Creo que todos los buenos escritos, por ejemplo las antiguas tragedias, reflejan la vida tal y como era en el pasado, pero también como es en el presente. Supongo que mantener una relación activa con los clásicos nos puede ayudar a interpretar cómo son realmente las cosas. Lo mismo ocurre con la escritura actual, siempre que sea buena. La mala escritura, de alguna manera, nos aleja de la realidad, al ofrecer manidos patrones de escape, de escapismo.
– ¿Cree que la literatura puede convertirse en una llama de esperanza? “Incluso en mis novelas más crudas hay una especie de luz que viene de la oscuridad, del resplandor“, ha dicho en alguna ocasión. ¿Puede la literatura aportarnos algo de luz?
– Creo que sí. Al menos así es para mí. Si le quitáramos a la vida la gran literatura y el gran arte, ¿qué quedaría? ¿Cómo sería entonces pensar y comportarse? Sé que la buena literatura, el buen arte, traen luz a la vida, aunque sea la luz de las tinieblas, de las tinieblas luminosas, si se me permite decirlo así.
– También hay elementos de thriller en la novela. Pero se trata de un thriller muy diferente, muy especial. Hay enigmas sin resolver, oscuridades, persecución, crimen…. Se trata de un género muy popular en los países nórdicos….
– Bueno, mi opinión respecto a la ficción criminal es que está mintiendo todo el tiempo. La muerte, junto con el nacimiento, son los grandes misterios de la vida, algo que, de una manera u otra, ha interesado siempre a la gran literatura, pero el género negro reduce el misterio de la muerte a un problema que puede ser resuelto por alguien lo suficientemente inteligente para hacerlo. Cuando se encuentra al asesino, parece que se ha hallado la explicación de la muerte. A la gente le encanta esta ilusión. Pero, por supuesto, tal ficción es lo opuesto a la buena escritura.
– ¿Qué le conmueve; cuál es su motor interior a la hora de escribir? ¿Cómo se relaciona con los personajes literarios de sus historias; sigue rituales especiales; tiene obsesiones?
– Supongo que podría decirse que la escritura es mi mayor obsesión. Una vez la bebida se convirtió en una obsesión para mí, pero ya llevo sobrio desde hace siete años. Marguerite Duras habló sobre la enfermedad de escribir, y entiendo lo que quiso decir. Empecé escribiendo muy joven, alrededor de los doce años, y experimenté que escribir de alguna manera me daba cobijo, me proporcionaba un tipo de protección. Era como si tuviera un lugar secreto dentro de mí. Y todavía estoy dentro de él, todavía estoy escribiendo desde ese lugar secreto. Y lo bueno es que se trata de un lugar que no está influenciado por la repercusión que tengan mis escritos, ni por las buenas o malas críticas, ni por el éxito o el fracaso. Escribí mi primer libro, una novela, cuando tenía veinte años y se publicó cuando tenía veintitrés. Llevo escribiendo durante, digamos, unos cuarenta años y, aunque lo hubiera hecho durante mucho más tiempo, seguiría teniendo la misma necesidad, la misma urgencia, de escribir. Quizás ahora incluso se haya acentuado más que nunca. Lo mejor de la escritura es la escritura en sí misma, cómo consigue alejarme de mi persona, cómo da vida a algo que antes no existía. Experimento la escritura como un regalo. Lo que escribo me lo dan a mí. Sólo tengo que escuchar y expresar por escrito lo que de alguna manera estoy oyendo.
Jon Fosse. Fotografía por Jarle Vines (2011)
– La música es muy especial en la novela. Tiene mucho que ver con el misterio y el sentido trascendente de la historia. ¿Qué significa la música para Jon Fosse?
– Para mí tanto el hecho de escribir como la literatura que amo es música. Seguramente un cierto tipo de música, pero aún así música. Es difícil de explicar… En mi adolescencia tocaba la guitarra, e incluso el violín, mucho. Pero no tenía talento para ser músico. Así que de un día para otro dejé de tocar y empecé a escribir. Y sin duda me llevé a la escritura algo de mi experiencia musical: la atmósfera, la sensación, el ritmo… Empecé a decir lo que tenía que ser dicho de una manera determinada.
– Por lo que yo sé, Trilogía va a ser llevada a la ópera…. ¿Cómo está participando en esa aventura?, ¿cómo está viviendo la experiencia? Los escenarios, su trabajo como dramaturgo, supone una parte muy importante de su carrera….
– Sí. Mi faceta más conocida es la de dramaturgo. Ha habido más de mil producciones de mis obras en todo el mundo. Pero yo mismo no me siento como un dramaturgo. Me considero más como un escritor de ficción, o de poesía. En realidad, lo que soy es un escritor, tan simple como eso. Cuando escribí mi primera obra teatral decidí que no quería participar en los ensayos. Quise dar a la gente del teatro la misma libertad en su trabajo artístico que la que exijo para el mío propio. Y he seguido ese principio. Hace unos años dejé de escribir para la escena, o al menos me tomé un descanso, y volví a escribir ficción, pero todas las novelas que he escrito en los últimos años han acabado en el escenario, como adaptación teatral o como ópera. Ya ha habido una versión teatral de Trilogía, el próximo otoño habrá dos más, y sí, también se está escribiendo una ópera basada en la novela. Así que a veces digo que aunque yo no quiera al teatro, el teatro me quiere a mí.
“CUANDO ESCRIBÍ MI PRIMERA OBRA TEATRAL DECIDÍ QUE NO QUERÍA PARTICIPAR EN LOS ENSAYOS. QUISE DAR A LA GENTE DEL TEATRO LA MISMA LIBERTAD EN SU TRABAJO ARTÍSTICO QUE LA QUE EXIJO PARA EL MÍO PROPIO. Y HE SEGUIDO ESE PRINCIPIO”.
– La novela está construida a la manera de una composición musical: su ritmo, sus silencios, sus repeticiones. ¿Fue algo intencionado? A veces ha aludido a la literatura como oración….
– Como ya he dicho, para mí escribir es escuchar. No planeo nada antes de empezar a trabajar. Me siento y empiezo a escribir. Y si hay algo en el principio, entonces, hasta cierto punto, todo está ahí, al menos así es como lo siento. Sólo tengo que escribirlo antes de que desaparezca. Y sí, he tenido la idea de que escribir es una especie de oración. Lo dije en una entrevista y sentí que había dicho algo estúpido. Más tarde me enteré de que esto ya lo había dicho Franz Kafka. ¡Así que no podía ser tan estúpido!
– Sus influencias incluyen a Ibsen y Beckett. ¿Alguna más? Como lectora he encontrado ecos de Dostoyevski, me refiero a novelas como Crimen y Castigo… Quizás por el tratamiento de las escurridizas líneas entre el bien y el mal…. No lo sé. ¿Qué opina?
– Leí a Dostoyevsky cuando era joven. Nunca he pensado en él como un escritor que me haya influenciado, pero es posible que así sea. He leído mucho, y estoy seguro de que mis influencias son múltiples, aunque me cuesta ver a Ibsen en mi obra. Beckett es otra historia. Él me ha inspirado, hasta tal punto que titulé la primera obra que escribí Somebody will Come (Alguien vendrá), como respuesta a su Esperando a Godot. En lugar de copiarlo, intenté rebelarme contra él. Otros dos escritores que han ejercido un influjo sobre mí son el poeta austriaco Georg Trakl y el escritor noruego Tarjei Vesaas.
“Trilogía” de Jon Fosse ha sido publicada por el sello De Conatus, con traducción de Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun.
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Periodista directora y fundadora, junto a Nacho Goberna, de la revista Lecturas Sumergidas, nace un 13 de junio en Buenavista, el pueblo más al norte del norte de la isla de Tenerife. En su dilatada trayectoria escribiendo sobre cultura ha formado parte de medios como «El Mundo», «Diario 16», «Ya», «Quimera», «Qué leer» o «De Libros». También ha colaborado con el suplemento «El País Semanal» y, actualmente, realiza entrevistas para la revista Turia. A lo largo de los años ha entrevistado, entre otros, a Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, José Saramago, Michael Ende, Günter Grass, Miguel Delibes, Francisco Ayala, Salman Rushdie, Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Emilio Lledó, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Camilo José Cela, Francisco Umbral, José Luis Sampedro, Ana María Matute, Antonio Lobo Antunes y un largo etcétera.
La repetición reiterada de una palabra de significado pleno (nombre, verbo, adjetivo o adverbio) en un período breve provoca monotonía y aburrimiento. No importa que sea una palabra bonita, corta, básica o la central de un tema…. Los efectos perniciosos son los mismos.
2.- Evitar las muletillas
A menudo algunas expresiones actúan como muletillas o clichés lingüísticos. Se pueden utilizar para llenar vacíos o articular pero demasiadas veces se abusa de ellas….En general, aportan poco o nulo significado, recargan la sintaxis y terminan convirtiéndose en tics repetitivos. Las principales son:
A nivel de (no se considera correcta) A raíz de (no se considera correcta) En función de (no se considera correcta) En base a (no se considera correcta) A través de Bajo el punto de vista (no se considera correcta) Como muy Como mínimo De alguna manera En cualquier caso Es evidente De cara a De entrada Para empezar El acto de El proceso de El hecho de que Personalmente Pienso que Quiero decir que
Ejemplo con muletillas: Un tema por el cual estoy interesado es el relacionado con los efectos que provoca la droga a nivel deportivo.
— 1 Tomado de: Cassany, D. (1995) La cocina de la escritura (Capítulo 1). Decimocuarta edición. Barcelona: Anagrama Página 1
Serie “Escribir bien importa”
Nueve reglas para escoger palabras (parte 1)1
Escribir bien importa
Ejemplo sin muletillas: Estoy interesada en los efectos que provoca la droga en el deporte.
3.- Eliminar los comodines
La palabra comodín es aquel nombre, verbo o adjetivo, de sentido bastante genérico, que utilizamos cuando no se nos ocurre otra palabra más específica. Son palabras comodín las que sirven para todo, que se pueden utilizar siempre, pero que precisan poco o nada el significado de la frase. Si se abusa de ellas, empobrecen la prosa y la vacían de contenido.
Un mismo comodín tiene valores distintos según el contexto:
Problemas Soluciones La problemática del racismo encabeza todos los periódicos. Incremento, radicalización, expansión, …. Se han planteado problemas de tesorería en la empresa Dificultades, carencias, limitaciones….. El problema de la escasez de lluvias son las restricciones en el suministro de agua. Consecuencia, inconveniente, efectos… Han modificado las disposiciones más problemáticas de la ley. Discutibles, controvertibles, criticadas……
Natalie Goldberg (1990) dice al respecto: “Sed precisos. No digáis fruto. Especificad de qué fruto se trata. Es una granada. Dad a las cosas la dignidad de su propio nombre”.
4.- Preferir palabras concretas a palabras abstractas
Las palabras concretas se refieren a objetos o sujetos tangibles; el lector las puede descifrar fácilmente porque se hace una clara imagen de ellas asociándolas a la realidad. En cambio, las palabras abstractas designan conceptos o cualidades más difusos y suelen abarcar un número mayor de acepciones.
Ejemplo:
Abstracto: Los universitarios plantearán a los candidatos puntos que deben asumir.
Concreto: Los universitarios plantearán reivindicaciones innegociables a los candidatos a rector.
5.- Preferir palabras cortas a sencillas
A veces la lengua nos permite escoger entre una palabra usual o una equivalente culta, más extraña. La palabra corriente es a menudo más corta y facilita la lectura del texto.
Página 2
Nueve reglas para escoger palabras (parte 1) | Serie “Escribir bien importa”
Palabras cultas Palabras sencillas Aproximativo Aproximado Concomitancia Semejanza, parecido Concretizar Concretar Diferenciar Distinguir Disminución Baja, merma Ejemplificar Dar ejemplo Explosionar Explotar Finalizar Concluir, terminar Inclusive Incluso Influenciar Influir Parágrafo Párrafo Utilización Uso Visionar Ver Realizar Hacer
6.- Preferir las formas más usuales
Por ejemplo trascendente en lugar de transcendente, sustantivo en lugar de substantivo.
7.- Evitar los verbos predicativos
Los verbos ser y estar recargan innecesariamente la frase. Los verbos de predicación completa son más enérgicos y claros. Otros verbos débiles que a veces podemos sustituir son hacer, encontrar, parecer, llegar a y haber.
Es menos llano Es más llano El gobierno es el director de la política monetaria y el inspector de las instituciones financieras. El gobierno dirige la política monetaria e inspecciona las instituciones financieras. Las palabras largas hacen la frase cargada y complicada. Las palabras largas cargan y complican la frase. El espectáculo tiene una duración aproximada de 50 minutos. El espectáculo dura aproximadamente 50 minutos. La vitalidad cultural se encuentra estancada a causa de la crisis económica. La vitalidad cultural se ha estancado a causa de la crisis económica. Ha habido un incremento en la oferta privada de cursos de formación desde que aumentó el paro. La oferta privada de cursos de formación se ha incrementado desde que aumentó el paro.
Bibliografía:
Cassany, D. (1995) La cocina de la escritura (Capítulo 1). Decimocuarta edición. Barcelona: Anagrama
¡Despiertas! porque hay partes que gritan de tanto estar inmóviles. Recurres a la poca fuerza que te queda en los brazos. El codo se vuelve palanca y te alzas del tronco para moverte cinco miserables centímetros. Es un soplo fresco, que las otras partes del cuerpo te lo agradecen. Duermes, no sabes que tanto, pues el tiempo podrías medirlo por el goteo que cae del frasco de vidrio y llega hasta tu red venosa. Sabes que cuarenta gotas es un minuto, eso escuché de la enfermera, antes de ingresar al quirófano. Se oyen pasos y voces. —¿Cómo está? —Sigue dormido. —¿Ya revisó los frascos de suero, el de la orina y el drenaje de las secreciones? No le quite el ojo al monitor. No te confíes. Algunas veces se ven dormidos y no lo están, ni se hacen. Simplemente se van sin decirle nada a nadie. Son los apresurados.
Frank O’Connor es uno de los grandes maestros del relato corto. Su obra retrata como pocas la idiosincrasia de la cultura irlandesa: el opresivo poder de la iglesia, la desigualdad entre géneros, la claustrofobia en el seno de la familia, los problemas con el alcohol… Todos estos elementos configuran la vida en Éire, nombre en lengua irlandesa de lo que nosotros llamamos Irlanda.
En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos que aparecen en El genio y otros relatos (La navaja suiza), de Frank O’Connor.
***
EL GENIO
1
Algunos niños son cobardicas por naturaleza, pero yo lo era por convicción. Mi madre me había hablado de los genios; yo quería ser uno de ellos y podía ver por mí mismo que pelearse, además de ser un pecado, era peligroso. Los chicos del barrio militar en el que vivía estaban siempre peleándose. Mi madre decía que eran salvajes, que yo necesitaba amigos más educados, y que los haría cuando fuera lo bastante mayor para ir al colegio.Si alguien quería pelear conmigo y me veía acorralado, mi método consistía en trepar al muro más cercano y soltarle con voz chillona un sermón sobre los buenos modales y Nuestro Señor Bendito. Era una manera de llamar la atención y solía funcionar, porque el enemigo, después de observarme atónito durante varios minutos preguntándose si le daría tiempo a aplastarme la cabeza contra la acera antes de que apareciera alguien, solía gritar algo por el estilo de «maldito cobardica», y se marchaba asqueado. No me gustaba que me llamaran cobardica, pero lo prefería a pelear. Me sentía como uno de esos pobres chuchos que vagaban con sigilo por nuestro barrio y salían por patas cuando alguien se les acercaba, y siempre intentaba hacerme amigo de ellos.
Me gustaba jugar, y acostumbraba a caminar por la acera con una pelota en los pies hasta que descubrí que los demás niños se volvían violentos y empezaban a darme empujones cuando se me unían. Prefería a las niñas porque no peleaban tanto, aunque aparte de eso las encontraba insípidas y me parecía que no eran una gran fuente de información. Las únicas mujeres que me interesaban eran mayores, y mi mejor amiga era una vieja lavandera llamada señorita Cooney que había estado en el manicomio y era muy religiosa. Fue ella quien me lo enseñó todo sobre los perros. La señorita Cooney habría perseguido durante más de una milla a cualquiera que hubiera visto dañar a un animal, e incluso los denunciaba a la policía, pero los agentes sabían que estaba loca y no le hacían caso.
Era una mujer de aspecto triste con el cabello gris, mejillas pronunciadas y encías sin dientes. Mientras ella planchaba, yo solía sentarme durante horas en su cocina cálida, húmeda y humeante, y hojeaba sus libros religiosos. Ella también me tenía cariño, y siempre decía que estaba segura de que sería sacerdote. Yo convenía en que tal vez me convirtiera en obispo, pero ella no parecía tener en alta estima a los obispos. Y se limitaba a sonreír cuando le contaba que había muchas otras cosas que me gustaría ser, tantas que no podía decidirme. Para la señorita Cooney, un genio no podía ser más que una cosa: sacerdote.
Por lo general, me parecía que terminaría siendo explorador. Nuestra casa estaba en una plaza situada entre dos calles construidas a distintos niveles, una a mayor altura que la otra. Podía salir de casa, caminar por la calle situada en el nivel superior durante casi dos millas más allá de las viviendas militares, girar a la izquierda en cualquiera de las calles y caminos adyacentes y regresar sin apenas bajar de la acera. Era increíble la cantidad de información valiosa que uno podía conseguir en aquellas exploraciones. De regreso en casa escribía mis aventuras en un libro titulado Los viajes de Johnson Martin, «con abundantes mapas e ilustraciones, The Irishtown University Press. Precio neto: 3 chelines y 6 peniques». También estaba recopilando El libro de canciones para uso de colegios e instituciones de The Irishtown University Press, por Johnson Martin, que contenía la letra y la música de mis canciones favoritas. Aunque por entonces aún no sabía leer partituras, copiaba las que llegaban a mis manos, y prefería las que representaban las notas con símbolos a las que lo hacían con letras porque quedaban mejor en la página. Pero seguía sin estar seguro de lo que sería de mayor. Todo lo que sabía era que quería ser famoso y hacer que levantaran una estatua en mi honor junto a la del padre Matthew, en Patrick Street. El padre Matthew era conocido como el Apóstol de la Abstinencia, aunque a mí la abstinencia me importaba bien poco. Nuestra ciudad nunca había tenido un genio en condiciones, y yo me proponía cubrir esa carencia.
Pero mis investigaciones no hacían más que mostrarme las inmensas lagunas de mi conocimiento. Mi madre comprendía mis desvelos y se esforzaba al máximo en encontrar respuestas a mis preguntas, pero ni ella ni la señorita Cooney andaban sobradas de la clase de información que yo necesitaba, y mi padre, más que una ayuda, era un estorbo. Le encantaba hablar sobre ciertos temas que le interesaban, pero yo no los encontraba tan interesantes. «Ballybeg», —decía con aire jovial—. «Ciudad de mercado. Población, 648. Estación más cercana, Rathkeale». También era de lo más comunicativo sobre otros asuntos, pero luego mi madre me llevaba aparte y me explicaba que mi padre solo estaba bromeando, lo cual me sacaba de mis casillas, porque nunca sabía cuándo bromeaba y cuándo no.
Ahora, por supuesto, entiendo que nunca le gusté. No era culpa suya. El pobre no esperaba ser el padre de un genio y aquello lo llenaba de malos presentimientos. Miraba a su alrededor y veía que todo el mundo tenía hijos normales, brutos, analfabetos, y se estremecía al pensar que yo nunca sería bueno para otra cosa que ser un genio. Para ser justos con él, no se preocupaba por sí mismo, pero nunca había habido nada parecido en la familia y temía que aquello nos hiciera caer en desgracia. Cuando llegaba a casa con la gorra sobre los ojos y las manos en los bolsillos, me miraba malhumorado al encontrarme sentado a la mesa de la cocina, rodeado de papeles, ocupado en dibujar mapas e ilustraciones para mi libro de viajes o en copiar la música de «The Minstrel Boy».
—¿Por qué no puedes salir a la calle y jugar con los Horgan? —me incitaba, tratando de hacerlo sonar atractivo.
—No me gustan los Horgan, papi —contestaba yo educadamente.
—¿Qué tienen de malo? —preguntaba él irritado—. Son unos chicos magníficos y unos auténticos machotes.
—Siempre están peleándose, papi.
—¿Y qué hay de malo en las peleas? ¿No puedes devolverles los golpes?
—Gracias, papi, pero a mí no me gustan las peleas —decía yo, aún con perfecta cortesía.
—Sabe Dios que el chico tiene razón —salía en mi defensa mi madre—. No entiendo qué clase de niños son esos.
—Ah, sois tal para cual —soltaba mi padre, y se iba muy ofendido, torturado por el pensamiento del hijo tan maravilloso y tan normal que podría haber tenido de no haberse casado con la mujer equivocada. La abuela siempre había dicho que mi madre no era la mujer adecuada para él y aquello demostraba que tenía razón.
Ella había demostrado tener tanta razón que mi padre no me quitaba los ojos de encima, por temor a que la locura se apoderara de mí en cualquier momento. Una de las cosas que no le gustaban era mi Palacio de la Ópera. El Palacio de la Ópera era una caja de cartón que yo había armado sobre dos sillas en la penumbra del pasillo. Lo había equipado con un proscenio, y había pintado varios telones de fondo con dibujos de montañas y del mar, y bastidores con forma de árboles y de rocas. Los personajes eran dibujos recortados y coloreados que movía con pequeños palitos. Estaba iluminado gracias a unas velas para las cuales había fabricado pantallas de colores, untadas con aceite para que fueran transparentes, y había escrito óperas a partir de libros de historietas y fragmentos de canciones. Una vez, mientras cantaba un apasionado dueto para dos de los personajes al tiempo que manipulaba las pantallas para producir el efecto de la luz de la luna, una de las pantallas echó a arder y las llamas lo envolvieron todo. Grité y mi padre vino y sofocó el fuego, y se puso a maldecirme hasta que mi madre, perdiendo la paciencia, le dijo que era peor que seis niños juntos, tras lo cual él no volvió a hablarle en una semana.
En otra ocasión, mi fascinación por un profesor cojo al que conocía me hizo decidirme a cojear yo también, y en casa se desató una tormenta que duró varios días. A mi madre le parecía evidente que mi pie estaba mal. Mi padre, en cambio, se limitaba a mirarlo y a resoplar con desprecio. Yo estaba furioso con él, y mi madre lo acusó de ser poco menos que un monstruo. Discutieron tanto durante los días siguientes que aquello empezó a hacerme sentir incómodo, porque, aunque estaba más que harto de cojear, sentía que pondría a mi madre en evidencia si me recuperaba. Cuando caminaba hacia la plaza dando tumbos de un lado a otro, mi padre permanecía de pie ante la verja y me observaba con una sonrisa maliciosa, y el modo en que se burló de mi madre cuando al fin dejé de lado la cojera fue de veras repugnante.