¡Qué difícil es mantenerte como un viejo aseado! Hoy, los pelos de la nariz han crecido más. Con un espejo de aumento y una pinza en mano, me preparo. A ver, allí está uno… Trato de apresarlo. Buff, al fin.
Parece que fue ayer cuando mi amante me decía: «Acuéstese, que yo lo depilaré». Recuerdo su risa: cada vez que gritaba, ella acariciaba mi mejilla y frotaba su nariz con la mía. Eran momentos de complicidad, pequeños gestos que parecían enormes.
Ahora, cada vez que desprendo uno, grito y tiento mi piel; solo está la nariz.
Mis huéspedes: púan, higo, cafeto, gardenia, jazmín, pata de elefante, mandarina, anturio, begonia, mano de león, margaritaas en floración, y hojas que parecen mariposas.
Al fondo; el higo, el púan, el cafeto, margaritas. Al frente, la pata de elefante , hojas, jazmín, gardenia. flor de anturio, buganvillia.
Los pormenores de su visita volvían a mi mente sin tiempo, como fragmentos de un sueño. De pronto recordé: al mencionar nuestras vivencias, ella siempre las refería en pasado. Sentí un clavo en el pecho, y una fisura imperceptible comenzaba a abrirse. Miré el algodón de la camiseta que me obsequió. Había manchas de un rojo óxido que no recordaba haber visto. Cuando intenté alisarla con las manos, la tela permaneció inmóvil y, poco a poco, comenzó a deshacerse líquida entre mis dedos. Una inquietud me aplastó, sin saber bien a qué se debía. Caminé de un lado a otro, cada vez más ligero, casi sin tocar el suelo. A través de una rendija en la ventana, un rayo de luz danzaba, iluminando finos corpúsculos que flotaban en el aire, como motas de polvo resplandecientes. Me quedé absorto en su movimiento. ¿Siempre estuvieron ahí? Me lancé tras ellos, salté una, dos, tres veces, hasta que finalmente logré atraparlos. Al cerrar las manos, sentí un leve vibrar y un calor intenso y extraño. Fue en ese momento que lo supe. Ya no era el mismo. Las manchas, el algodón, los corpúsculos… todo había sido una advertencia. Abrí las manos con temor, y brotó un destello que me envolvió los ojos. Como una gota de tinta transparente, se dispersó en toda mi red vascular. Era un fragmento, un corpúsculo, un suspiro en el aire.
En el crepúsculo, las chicharras y las luciérnagas, celebran su fiesta. Es un baile de luz y sonido, un himno al día que perece, un preludio a la noche que llega. Es un recordatorio de lo efímero, de cómo la vida pasa y se va como el rocío. Un día me diré que estoy muerto, y cuando llegue, quiero que mis hijos construyan una balsa y que la corriente me lleve hasta la bocana. Aunque no lo vea habrá un cielo azul, el gorjeo de las gaviotas y la serenidad matemática del vuelo de los pelicanos. Abajo estará esperándome el jardín del pulpo.
En el enorme hospital notaron la presencia de un gato blanco con una estrella negra en la frente. Por la noche, el gato entraba en alguna habitación y, horas o días después, el enfermo fallecía. Lo miraban con respeto, lo mimaban y le ofrecían lo mejor del menú. Cuando se encaramaba sobre una vitrina, con la cabeza inmóvil y la mirada fija hacia arriba, no tardaron en compararlo con un pequeño dios.
El hospital parecía un cuartel. Por las mañanas, la visita era un trámite llevadero hasta que llegaba «el general». En cuanto aparecía, el silencio se imponía; lo saludaban con más miedo que respeto. Surgía a deshoras, supervisando en medio de la noche con su mirada porcina, ordenando con un “por favor” falso.
Gloria, una enfermera hastiada, decidió ir a su oficina antes del amanecer y entró al anexo donde el pequeño tirano descansaba. Se sentó frente a él.
—¿Qué quiere? —le dijo.
Cuando él comprendió, ella ya se desnudaba. Una hora después, el director dormía como un bebé, y a su lado, el gato blanco con la estrella negra observaba, impasible.
Hace 201 años, un cachalote gigante se defendió e inspiró una de las mejores obras literarias de los Estados Unidos.
Fue el 20 de noviembre de 1820, a 3700 km al oeste de la costa de Antofagasta, cuando un enorme cachalote blanco atacó al barco ballenero estadounidense, Essex, destruyéndolo por completo y volviendo posteriormente a las profundidades del mar.
El Essex navegaba en el Pacífico Sur, en busca del valiosísimo aceite de ballena, comandado por el Capitán George Pollard Jr. Según los relatos, el ataque de la ballena fue deliberado, ya que el cetaceo cargó contra el barco, rompiendo finalmente su proa, y nadando alrededor, mientras que la nave rápidamente hacía agua. Unos 21 tripulantes lograron subir a los botes salvavidas, sólo para sufrir más pruebas durante sus más de tres meses perdidos en el mar. Con varios de ellos muriendo de enfermedades e inanición, y dándose incluso casos de canibalismo, sólo ocho sobrevivieron.
Unos treinta años después, el escritor Herman Melville, tras escuchar la historia y reunirse con el capitán del Essex, se inspiró en ella para escribir su novela épica Moby Dick.
[17/10, 18:21] Sergio Blesa Martín-Pero: ¿HAS LEÍDO A MOBY DICK? ¿Sabías que está entre las diez obras literarias más importantes del siglo XX? Aquí te hago un resumen de su historia
“Moby Dick” de Herman Melville es una obra maestra de la literatura estadounidense, un épico relato de aventuras marítimas imbuido de una profunda meditación sobre la naturaleza humana, la obsesión y el destino. La novela, publicada en 1851, narra la historia del Capitán Ahab, un hombre obsesionado con la caza de un gran cachalote blanco conocido como Moby Dick. Esta obsesión conduce a Ahab a una incesante búsqueda por los vastos océanos, arrastrando consigo a la tripulación del ballenero Pequod en una travesía peligrosa y mística.
La narrativa está enmarcada desde la perspectiva de Ishmael, un marinero que se une a la tripulación del Pequod. A través de sus ojos, Melville nos presenta un mundo marino repleto de detalles y personajes fascinantes, desde el sabio y sereno Starbuck hasta el misterioso y tatuado Queequeg. Sin embargo, es el Capitán Ahab, con su pierna de marfil y su implacable determinación, quien domina la novela.
Lo que distingue a “Moby Dick” no es solo su trama de aventuras, sino la rica simbología y las profundas reflexiones filosóficas que Melville entrelaza en la narrativa. El cachalote blanco, Moby Dick, es más que un animal; es una fuerza de la naturaleza, un símbolo de lo insondable y, para Ahab, la encarnación de todo mal y adversidad que ha enfrentado en su vida. La lucha de Ahab contra el cachalote se convierte en una representación de la lucha humana contra un universo indiferente y, a menudo, hostil.
Melville combina elementos de la novela de aventuras con meditaciones sobre la existencia, la religión, y la moralidad, creando una obra compleja y estratificada. Los diálogos filosóficos, las descripciones detalladas de la caza de ballenas, y las reflexiones sobre la vida en el mar, se entremezclan para formar una narrativa que va más allá de lo ordinario. “Moby Dick” no es solo una historia sobre la caza de una ballena; es una exploración de la condición humana.
El estilo de Melville es a la vez poético y profundo. Su habilidad para describir el mar y la vida marinera es incomparable, transportando al lector al corazón del océano y a la mente de sus personajes. La novela es un desafío y una recompensa: densa en su simbolismo y rica en su narrativa.
En conclusión, “Moby Dick” es una obra monumental, un testimonio de la habilidad literaria de Melville y un reflejo eterno de las profundidades y misterios del alma humana. Es una historia que se queda con el lector mucho después de cerrar sus páginas, un viaje inolvidable a través de las olas tumultuosas de la obsesión y la redención.
La escritora surcoreana Han Kang, de 53 años, ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2024 por su «prosa intensamente poética que afronta traumas históricos y revela la fragilidad de la vida humana», en palabras del jurado. Entre sus libros publicados en español destacan las novelas ‘La vegetariana’ —con la que logró fama internacional—, ‘La clase de griego’ y ‘Actos humanos’.
Kang comenzó su carrera literaria en 1993 con la publicación de cinco poemas en la revista ‘Literature and Society’. Dos décadas después recopilaría parte de su obra poética en el poemario ‘Dejo el atardecer en el cajón’, inédito en español. Os ofrecemos aquí cuatro de sus poemas.
Mark Rothko y yo — Muerte en febrero
Sin nada que declarar por adelantado, no existe relación alguna entre Mark Rothko y yo.
Él nació el 25 de septiembre de 1903, murió el 25 de febrero de 1970. Yo nací el 27 de noviembre de 1970 y sigo viva. Es sólo que a veces pienso en el espacio de nueve meses que separa mi nacimiento de su muerte.
Sólo unos pocos días después de aquella mañana temprano en que se cortó las venas en la cocina aneja a su estudio, mis padres unieron sus cuerpos y poco después una mota de vida se debió quedar alojada en el tibio útero. Mientras en el invierno tardío de Nueva York su cuerpo aún no se habría descompuesto.
Eso no es algo maravilloso, es algo solitario.
Me debí quedar alojada como una mota cuyo corazón aún no había empezado a latir, sin saber nada del lenguaje, sin saber nada de la luz, sin saber nada de las lágrimas, dentro de un útero rosado.
Entre la vida y la muerte, febrero como una brecha que perdura, perdura y finalmente sana.
En la tierra a medio derretir, todavía más fría, su mano aún no se habría descompuesto.
Aquel día en Ui-dong caía el aguanieve y mi cuerpo, compañero de mi alma, temblaba con cada lágrima derramada.
Sigue tu camino.
¿Dudas? ¿Qué sueñas, flotando así?
Casas de dos pisos encendidas como flores, a su abrigo aprendí la agonía y hacia una tierra de alegría aún inexplorada extendí la mano como una tonta.
Sigue tu camino.
¿Qué sueñas? Sigue caminando.
Hacia recuerdos que se formaban sobre una farola, caminé. Allí miré hacia arriba y dentro de la pantalla de luz había una casa negra. Una negra casa de luz.
El cielo estaba oscuro y en aquella oscuridad aves residentes volaron librándose del peso de sus cuerpos. ¿Cuántas veces habría de morir para volar así? Nadie podría sostener mi mano.
¿Qué sueño es tan hermoso? ¿Qué recuerdo brilla con tal fulgor?
El aguanieve, como las yemas de los dedos de mi madre, recorre mis cejas despeinadas golpea mejillas heladas y de nuevo acaricia ese mismo lugar.
Date prisa y sigue tu camino.
El invierno a través de un espejo
1.
Mira la pupila de una llama. Azulado ojo con forma de corazón lo más caliente y brillante aquello que la rodea la llama interior naranja lo que más parpadea lo que rodea de nuevo la llama externa semitransparente mañana por la mañana, la mañana que parto a la ciudad más alejada esta mañana el ojo azulado de una llama mira más allá de mis ojos.
2.
Ahora mi ciudad es mañana de primavera, si traspasas el centro de la tierra, taladras recto hasta el centro sin vacilar, aquella ciudad aparece, la diferencia horaria allí exactamente doce horas menos, la estación exactamente medio año atrás, de modo que aquella ciudad es ahora una tarde de otoño, como si siguiera en silencio a alguien aquella ciudad sigue tras la mía, para cruzar la noche para cruzar el invierno espero en silencio, mientras mi ciudad deja atrás a aquella como alguien que te adelantara en silencio
3.
Dentro del espejo espera el invierno Un lugar frío Un lugar totalmente frío tan frío que los objetos no pueden temblar tu cara (congelada una vez) no puede hacerse añicos No extiendo mi mano tú tampoco quieres extender tu mano Un lugar frío Un lugar que se mantiene frío tan frío que las pupilas no pueden vacilar los párpados no saben cómo cerrarse (juntos) Dentro del espejo espera el invierno y dentro del espejo no puedo evitar tus ojos y tú no quieres extender la mano
4.
Dijeron que volaríamos durante todo un día. Dobla bien veinticuatro horas métetelas en la boca y entra en el espejo dijeron. Cuando haya deshecho la maleta en una habitación de esa ciudad debería aprovechar para lavarme la cara. Si el sufrimiento de esta ciudad en silencio se me apodera me quedaré rezagada en silencio y cuando no estés mirándolo me apoyaré un momento en la espalda escarchada del espejo y canturrearé despreocupada. Hasta que, habiendo doblado bien veinticuatro horas y habiéndolas escupido empujadas por tu lengua caliente, vuelvas y me observes
5.
Mis ojos son dos cabos de vela que gotean cera mientras agotan la mecha, no es abrasador ni doloroso, dicen que el temblor del núcleo de la llama azulada es el advenimiento de las almas, las almas se sientan en mis ojos y tiemblan, canturrean, la llama externa que se balancea en la distancia oscila para llegar más lejos, mañana partes hacia la ciudad más lejana, aquí estoy yo ardiendo, ahora pones las manos en la tumba del vacío y esperas, la memoria te muerde los dedos como una serpiente, no te abrasas ni te duele, tu inquebrantable rostro no se quema ni se hace añicos.
Las lágrimas se han convertido ya en costumbre, Pero eso no me ha devorado.
Las pesadillas también se han convertido ya en costumbre. Ni siquiera una noche de insomnio que incendie todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo puede tragarme por completo.
Mira. Estoy bailando. En una silla de ruedas en llamas sacudo los hombros. Oh, intensamente. No tengo magia, ni métodos secretos. Es sólo que no hay nada que pueda destruirme por completo.
Ni un infierno, ni una maldición o tumba, tampoco ese sucio y helado granizo ni el pedrisco como hojas de cuchillo pueden aplastarme.
Mira, estoy cantando. Oh, silla de ruedas que escupes intensamente llamas, baila silla de ruedas.
Salió al jardín y contempló la claridad pálida filtrándose entre los árboles. Respiró el aire frío, que le penetró hasta los huesos. Eran las seis de la mañana y ya era el tercer día sin dormir. Había probado todo, desde infusiones de hierbas hasta grageas homeopáticas, pero el sueño seguía esquivándolo. Cada vez que los bostezos se acumulaban y se tiraba a la cama, el sueño se desvanecía como un espejismo cruel.
En un arranque de desesperación, sacó del cajón una pistola que parecía de juguete. La frialdad del metal en su mano ansiosa lo hizo dudar por un segundo. Cerró los ojos y apretó el gatillo. El clic fue lo último que escuchó.
Cuando abrió los ojos, pudo observarse, viendo a través del cristal del ataúd. Una araña se columpiaba en la viga del techo, la misma que había visto antier haciendo lo mismo. Antes de fugarse, escuchó la monotonía del rezo, y el aroma del café.
Llegamos a vivir cerca del volcán. En las noches de frío intenso te hacías bolita, tu cabeza se recostaba en mis brazos y tus pies se calentaban entre los míos. Próximos a dormir, mi pierna derecha cubría la redondez de tu muslo, dejando escapar su olor a canela.
Ayer dijiste que te robé la frazada y que el frío te despertó. Me reclamaste con enojo, y en tus ojos vi una luz diferente con sabor a quina. Desde entonces, cada uno comenzó a cubrirse. Con su propia cobija.
No puedes conciliar el sueño. Tu cuerpo no responde al acomodo. Yo me cubro hasta la cabeza. Hay una oscuridad que envuelve, fría como la menta. Afuera se oye el chiflido que hace crujir las vigas y azota el manzano.
El nevado, siempre solo, silencioso. Mañana llegan tus padres y sonreiremos.
La vio desnuda. Sus pechos erguidos, una luna rosada alrededor de cada pezón, y su pubis apenas un botón oscuro entre sus largas y fuertes piernas. Lo único que desarmonizaba era su cara: trazos rudos, labios delgados, boca amplia y cicatrices de un acné mal tratado.
Respiró hondo mientras sus dedos rozaban el mango de la sierra. El zumbido llenó la habitación cuando la encendió. No podía soportar más su rostro.
La mano que reposaba sobre su cadera llevaba un anillo que reconoció al instante. Era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que plácido dormía a su lado. La habitación cortinada en seda con tonos joya la destanteó. Con el corazón acelerado, se retiró la mano de encima. Una vez fuera de la cama y ya vestida, salió hacia la calle. Respiró aliviada al mezclarse con tanto transeúnte
Entonces, detrás de ella escuchó la voz aflautada de su esposo:
Entrar a una venta de libros de segunda mano siempre me entusiasma. Uno encuentra joyas de la literatura o, entre las páginas, mensajes de puño y letra en los espacios en blanco, cartas debidamente dobladas o mensajes escritos en un breve sobre, incluso boletos de algún evento. Sé que el tiempo se desvanecerá mientras estoy allí. Revoloteo entre montañas de libros. En uno de poemas de una edición de 1930, encontré con letra presurosa una información que intimaba mientras lo leía. Lo transcribo: «Es tanta timidez o quizás temor. Pero, no soy yo quien tiene que dar el primer paso». Estaba escrito en la página 15 al lado del poema “Nocturno a Rosario”. Entró a mi dormitorio como fantasma, ¡por fin! Se sentó en el borde de mi cama y sentí su brazo acariciar mi hombro, empezó a rodear mi cintura. (Por supuesto, yo me hacía la dormida). Se escuchó en la cocina un ruido de trastos y de inmediato se fue. Entre los poemas de Neruda y García Lorca: «Cuando nos cruzamos en un pasillo, nos rozamos. Su mano de ladrón asalta mi cintura y su aliento cuando se queda en mi cuello me perturba. Una noche oscura, se atrevió a más y yo le apreté la mano, como diciéndole sigue». La frase estaba entre los versos de Octavio Paz. «Mañana se irá, solo mi tía, para cuidar a su mamá. Estaré sola.
Pensamiento para hoy acerca de las palabras «si no» y «sino»
Cuando el redactor quiere contraponer una idea positiva a otra planteada negativamente, debe usar la palabra «sino»,
escrita con cuatro letras juntas: “No vamos al cine SINO alteatro”; “No solo es inteligente SINO también sensible”.
Esta palabra no tiene nada que ver con la construcción «si no», que es condicional: “SI NO vienes hoy, no podré prestarte el dinero”; “Nada podremos hacer SI NO resulta electo”.
Para decirlo de otra manera, no se deje engañar por el oído: «si no» y «sino» suenan exactamente igual. Hay que recordar esto: si usted plantea una idea negativa seguida de otra positiva, debe escribir «sino», como cuando decimos «No quiero a Marsha SINO a María».
Por otro lado, si usted plantea una idea condicional, debe emplear las dos palabras: «SI NO aprendo esto ahora, ¿Cuándo lo haré?».
¿Alguna pregunta?, porque SI NO preguntan, no puedo responder. No hay SINO que reflexionar y formular el interrogante.