HAYKU DE Carlos Rubio del rincón del hayku

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HAYKU DE Carlos Rubio del rincón del hayku

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

DICIEMBRE 2021

5 DICIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

En todo el monte

Solo una luz.

Tarde de otoño.

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En el curso de un paseo, a esa hora crepuscular en que las líneas pierden definición y los colores se vuelven grises, en la Cabeza del Oso, una elevación de 1.100 metros situada en las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos cuando se llega del sur,  el monte que cobija mi casa de El Real de San Vicente, me fijé en la luz. Era de una casa. No había otra casa iluminada, aunque fuera débilmente, en la ladera del monte.

   A mi alrededor, sombras y cercanía de la noche en el paisaje desolado del otoño.

Frío, soledad. Y el tiempo detenido.

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

NOVIEMBRE 2021

5 NOVIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

Hojas pisadas

Bajo la lluvia fría.

Tarde en San Pedro.

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Acompaño una fotografía del sendero donde, paraguas en mano, me interné el pasado sábado por la tarde. Fue en los alrededores del monasterio cisterciense de San Pedro de Cardeña, cerquita de Burgos, donde pasé cuatro días sin teléfono, ordenador, mujer ni familia, disfrutando de la belleza de los salmos con la comunidad monástica y saboreando el  silencio en los paseos y en mi celda y las palabras de un par de buenos libros que elegí de la biblioteca del monasterio. En uno de esos paseos bajo la lluvia, pude respirar el aroma a tierra, a podredumbre, a otoño mientras pisaba las hojas derrotadas por el agua caída del cielo. De regreso a la celda, escribí unos diez o doce haikus. Deseché todos a favor del que ahora presento a los lectores de El Rincón. Con él, no sé si transmito la sensación de la fragancia. La fragancia.

   En uno de los diez principios del arte de la composición de haikus según el maestro Bashō. Los dos meses anteriores comenté los del reflejo y de la resonancia que aludían, respectivamente, a la vista y al oído. Este debe hablar a la nariz. “La fragancia”, decía Rogan, “es como el aroma de una flor a la deriva y flotante en una corriente de agua”.  Un ejemplo de la fragancia en poesía nos lo ofrece Dohō en estos versos:

¡Tantos nombres

y todos tan confusos

para las flores de primavera!

Una mariposa,

sorprendida, de su sueño

se despierta.

  Los primeros tres versos (sigo el comentario de Makoto Ueda en el libro ya citado en otra de mis aportaciones) nos hablan de la belleza de las flores de primavera: es tan profuso el número de ellas que resulta difícil y confuso recordar el nombre de todas ellas. Pero la palabra “confusos”  produce la impresión de algo inestable, como de algo revoloteando en el rincón de un hermoso paisaje primaveral. El autor de los tres últimos versos, nada menos que Bashō, percibió este “aroma” y creo la imagen de una mariposa revoloteando.

    En el siglo XIV vivió una gran poeta llamada Eifukumon-in, la esposa del emperador Fushimi. Los versos descriptivos, en forma de tanka, de esta mujer se servían de la técnica que Kyōgoku Tamekane (compilador de la antología Gyokuyōshū) llama precisamente “dicción impregnada de fragancia”. He aquí una muestra de Eifukumon-in:

 Atardecer.

La luz por los aleros

ya es fugitiva,

pero sobre la flor

un rato se entretiene.    

Es un poema sobresaliente porque, además, incorpora maravillosamente el principio del reflejo. El desafío para el haijin es combinar cuantos principios poéticos (ya llevo comentados ocho o nueve) pueda en la limitación de dieciséis sílabas.

   En cuanto a la fragancia,  no todas las fragancias deben proceder de flores. ¿Por qué no de ese denso aroma terroso y otoñal que desprenden las hojas mojadas por la lluvia y holladas por los pies? El otoño nos ofrecen multitud de ejemplos, de invitaciones a escribir haikus que insinúen el aroma o que rebosen del mismo.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

OCTUBRE 2021

5 OCTUBRE, 2021

CONSTRUIR

En la pileta

Lengüetea  la gata.

Cae la tarde.

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Acompaño una fotografía de la gata Sally dando lametazos al agua del recipiente que hay sobre la mesa del patio de mi casa. Era a esa hora en que la tarde cae y pierde brillo el sol de final de verano. Una tarde estremecida, de repente, por las pequeñas ondas concéntrica de la pileta en forma de flor de loto desatadas por la lengua sedienta de Sally. Un descubrimiento que me sacudió mientras estaba sentado a la mesa hace dos o tres semanas.

   Me pareció que estos tres versos ilustran ese, ¿sexto, séptimo?, principio del arte de composición del haiku según Matsuo Basho que desde hace varios meses vengo comentando, uno a uno, en este foro siguiendo la interpretación de Makoto Ueda. El mes pasado hablé de la resonancia, del eco que produce un buen haiku. El mes que viene, tocará el principio de la fragancia. Hoy toca el del reflejo.

     Este principio yo lo interpreto en un doble sentido. Primero, conforme afirma Ueda,  como el reflejo observado en la segunda parte del poema del enunciado de la primera. Es decir, la segunda parte es la correspondencia fiel de la primera mitad, tan fiel como la imagen representada en un espejo es el resultado de la forma expuesta ante la bruñida superficie del mismo. Pero, misterio del haiku, no es una correspondencia cronológica. En el universo poético del haiku el tiempo está disuelto en un mar en el cual no hay comienzo ni final, en el pozo insondable del no tiempo donde se ahoga sin remedio toda concepción humana del mismo.  ¿Qué ocurre antes: la sucesión de lametazos de Sally o mi conciencia de la caída de la tarde? Ni lo sé, ni me interesa saberlo. Sí que sé que cuando la gata bebe de la pileta, la tarde se desmorona. Es decir, el desmoronamiento de la tarde es el reflejo del acto de beber del felino. Podría invertir el orden de los versos y escribir:

Cae la tarde.

Lengüetea la gata

en la pileta,

En este caso las lametadas de Sally son el resultado, el reflejo, de la caída de la tarde. La sucesión cronológica y la lógica hechas añicos. El mundo del haiku.

    Pero el concepto de reflejo del haiku también, a mi entender modesto, posee otra dimensión, una vertiente, menos filosófica (si filosófico ha podido parecer el anterior razonamiento), una vertiente sinestésica. Me refiero al valor semántico que contiene el término “reflejo”: un valor visual. En este poema, se observa claramente –aunque mejor a través de la fotografía adjuntada que de la lectura del haiku– en la relación directa entre el acto de lamer la superficie del agua y la tarde. Esta, la tarde, se hallaba reflejada apaciblemente en el espejo de la pequeña superficie del agua. Pero tal reflejo ha sido perturbado por la intromisión inesperada de la lengua de Sally. Las ondas concéntricas, visibles en la fotografía a pesar de su estado borroso, son la prueba. El elemento de visualidad, por tanto, con o sin documento gráfico, está presente en estos versos.

    El haiku japonés es rico en visualidad, a veces en forma de color, otras veces en forma de un sutil brillo agazapado en sombras, como el fulgor débil de las estrellas en una noche sin luna. En el haiku, el lector “ve cosas”. Recordemos el famoso de la rana del viejo estanque de Basho. Sin mencionarlas, también en él hay ondas concéntricas causadas por el salto de rana. El lector las “ve”.

    En los siguientes dos poemas igualmente podemos “ver” reflejos, colores, brillos. Uno es el famoso de Rensetsu (1654-1707) sobre la sandía cuyo opulento color rojo, aunque no se mencione –o tal vez por eso– casi deslumbra.

Mi hitotsu  o

moteatsukaeru

suika kana

Capaz solita

de cuidarse a sí misma,

¡ah, la sandía!

Otro, más sutil, es este de Issa  (1763-1828):

 Yabukage mo

tsuki sae seseba

wagaya kana

 Aun bajo los árboles,

mi casa, cuando la luna brilla,

es mi casa.

Podrá ser una casa a la que en todo el día no llega el sol por estar a la umbría de árboles, pero con el fulgor suave de la luna, se convierte en la casa de Issa, en la humilde vivienda de un poeta, de un mago de la realidad capaz de hacernos ver reflejos.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

SEPTIEMBRE 2021

2 SEPTIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

Rasca el asfalto

en mitad de la noche

una hoja seca.

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Lo compuse la otra noche (concretamente la madrugada del 24 de agosto) al sentir el sonido áspero de algunas hojas secas, de esas que cansadas del calor al final del verano, deciden desprenderse de la rama y caer prematuramente para disolverse en la naturaleza, empujadas por alguna suave ráfaga de viento. Me conmovió su sonido, rasposo, misterioso, obstinado, que agrandaba el misterio de la noche. Y no perdí tiempo en encender la luz de la mesita de noche y pergeñar por escrito la impresión que a la mañana siguiente ordené en forma de haiku. En realidad, la hoja u hojas no rascaban el asfalto –esta es una palabra urbana– sino el suelo empedrado de la parte de atrás de mi casa de campo. Escribir, sin embargo, “empedrado” me parecía un término poco adecuado y sentía que rompía el ritmo; esa sílaba de “dra” no me gustaba nada. A riesgo, pues, de no ser fiel a la experiencia vivida, elegí el de “asfalto” que, además, me daba las cinco sílabas del primer verso.  Las mentiras de los poetas.

   Pero de lo que yo deseaba escribir en la entrega de este mes es acerca de un principio más, el sexto, de la lista de cualidades a las que, según el ideario de Matsuo Bashō, debe ajustarse el haiku.  El pasado mes fue el de inspiración poética. Hoy, toca el de resonancia o eco. Este principio, junto con el de fragancia y reflejo, son los tres que más contribuyen a hacer del haiku una verdadera poesía de la sensación, en oposición a la poesía del sentimiento o del intelecto, más favorecida por la tradición poética occidental. Los tres principios, esencialmente impresionistas,  hicieron las delicias de los poetas simbolistas y, poco después, de los modernistas de Europa y América Latina cuando, deslumbrados, descubrieron el haiku allá a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

   La resonancia es la capacidad del haiku de crear un eco, de sugerir un sonido. Este efecto sinestésico tiene una larga tradición, creo, en muchas tradiciones poéticas del mundo. Pensemos solo en los versos tan musicales de Rubén Darío. Dicen que Virgilio se distinguía por la musicalidad de sus versos. Lo que tiene de especial la resonancia del haiku es, por un lado, su protagonismo en un poema de diecisiete sílabas; por otro, la mágica capacidad para sugerirle al oído la ausencia del sonido, el silencio.  El célebre haiku del salto de la rana de Bashō a mí personalmente me impacta no tanto por la acústica de su tercer verso (“ruido de agua”, mizu no oto), sino por el silencio que preludia el repentino salto de la rana en el viejo estanque, así como por las reverberaciones acústicas –también visuales en la superficie del agua– del sonido que lentamente va cesando hasta recuperarse el profundo silencio inicial.

    Voy a incluir tres haikus espigados de la antología de R. H. Blyth que me han parecido maravillosos por incluir en su brevedad este principio de la resonancia. Por ejemplo, este de Santōka:

Mizuoto to                                              Acompañado

Issho ni sato e                                        del sonido del agua,

Orite kite                                                 bajé a la aldea.

¡Qué sencillez de poema, y qué buena compañía la del poeta!

Los otros dos son de Buson. El primero también tiene como escena la noche, esa mágica bóveda que amplifica cualquier sonido.

Yomosugara                                 Toda la noche   

Oto naki ame ya                          sin un sonido, excepto

Tane dawara                                la lluvia en la paja

“Paja” es la traducción libre de los sacos de la cáscara del arroz que los campesinos dejaban en los arrozales al final del verano.

O este magnífico de un ciervo en un día lluvioso:

Mi tabi naite                                   Baló tres veces

Kikoezu narinu                              y ya no se le oyó más,   

Ame no shika                                 al ciervo en la lluvia.

Dice Makoto Ueda que la resonancia se presenta cuando el ánimo del poema se encuentra más activo, inquieto, mientras que la cualidad de fragancia –de la que escribiré en mi próxima entrega– tiene como objeto una atmósfera en profundo sosiego. No hay, pues, contradicción entre ambos principios. De hecho, el ruido de la hoja seca no me hubiera llamado la atención de no haber sido por la calma profunda de esa noche de agosto.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

AGOSTO 2021

2 AGOSTO, 2021

CONSTRUIR

Un tomate

escondido en la mata.

Acecha el mundo.

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Entretengo las mañanas del verano cultivando un pequeño huerto. Y estos días de finales de julio, aquí en la sierra de Gredos de tierras frescas donde paso el verano,  han empezado a madurar los primeros tomates. Redondos, rojos, limpios, lisos. Regalos para la vista.  Como son los primeros de una cosecha largamente deseada, concedo particular atención a cada uno de ellos. Estoy feliz de que uno de ellos, por ejemplo el que cogí de la mata esta mañana temprano, me haya servido como motivo de inspiración para estos torpes versos que presento a la amable atención de los lectores de El Rincón de Haiku.

  Pues de inspiración quiero escribir hoy algo.

  El principio de inspiración poética es el quinto, recomendable para componer un haiku según el ideario de Matsuo Bashō (un ideario nunca escrito por el maestro pero sí formulado por sus discípulos directos). De los cuatro anteriores principios ya traté en entregas precedentes.  La idea de la inspiración es la responsable directa de la maravillosa brevedad del haiku, con sus diecisiete sílabas, por la sencilla razón de que los instantes de inspiración no se pueden sostener largo tiempo y el tiempo, en poética, se mide en sílabas. El haiku solo requiere presentar imágenes concretas en un mínimo de palabras. No es necesario comentar las relaciones de las imágenes entre sí –por ejemplo, del tomate con la mata o con el mundo–, pues hacer tal cosa sería precipitarse en el abismo tentador de la lógica, y la lógica, que es un proceso intelectual, es la antítesis de la inspiración poética.

     Para Bashō –sigo las explicaciones de Makoto Ueda en el artículo citado hace cuatro o cinco entregas– la inspiración poética se produce en dos fases: una perceptiva y otra expresiva. En primer lugar, se produce la percepción instantánea que el poeta realiza de la esencia de un objeto o de una situación. En segundo lugar, tiene lugar la espontaneidad del poeta para registrar tal percepción en el formato del haiku. En la primera fase, tocamos una de los eslóganes de la escuela de Bashō: «el objeto y el sujeto, una cosa (butsuga ichinyō)» que el maestro explica en el siguiente pasaje del libro de Dohō:

Cuando el maestro dijo «si hablas del pino, aprende del pino; si hablas del bambú, aprende del bambú», quería decir que se debe desechar todo deseo o intención personal. Sin embargo, algunos interpretan la palabra «aprender» a su modo y así nunca «aprenden». «Aprender» significa entrar en el objeto, percibir su vida delicada, sentir sus sensaciones y, a partir de esa triple experiencia, dar forma al poema. Aunque el poeta exprese claramente el objeto, si su emoción no brota directa y naturalmente del objeto, objeto y sujeto estarán divorciados y la emoción carecerá de verdad poética (makoto). El resultado será artificio verbal derivado de simple deseo o alarde personal (Citado por Haruo Shirane en Early Modern Japanese Literature, Nueva York, Columbia U.P., 2002, pág. 159).

En la segunda fase, la fase expresiva, lo importante es reproducir adecuadamente la percepción en forma poética. La cualidad de instantánea es la que mejor la define. «Si vislumbras en un instante el alma del objeto, regístrala antes de que se evapore en tu mente», recomienda Bashō, que no escatima bellas imágenes para expresar esta espontaneidad fulminante: «Como el derrumbe de un gigantesco árbol, como lanzarse contra un formidable enemigo, como cortar una sandía, como morder una pera».

    En el siguiente poema del diario poético Senda hacia tierras hondas, parece verse cómo la chispa de la inspiración salta y taladra las rocas:

Todo está en calma.

Chirríos de cigarras

la roca horadan.

Es la inspiración poética. El tomate, el trivial tomate, cuya vida ha sido percibida por mí como central en el cosmos; sí, en el centro del cosmos, pese a la aparente  insignificancia de este objeto; en el centro desde su humilde posición en el fondo de la verde mata de mi pequeño huerto. Entrar en él, percibir su vida, sentir como él. Y la relación de este tomate con el cosmos, con el mundo, la he significado con la palabra de “acechar”. Pero una relación ambivalente: el tomate acecha al mundo y a la vez es acechado por él. El tercer verso, de hecho, registra la ambigüedad de tal relación. ¿Quién acecha a quién? No lo sé y tampoco importa. He disuelto la intrascendencia de la lógica y de la sintaxis en la personalidad rotunda de un objeto, de un tomate. Un simple tomate. En el centro del cosmos.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

JULIO 2021

5 JULIO, 2021

CONSTRUIR

En el silencio

del río, quince patos.

Cerca, la noche.

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Se adjunta una foto, tomada desde el puente viejo de Talavera sobre el Tajo, en la hora mágica del crepúsculo, cuando día y noche se funden en un huidizo abrazo.

El “silencio” del primer verso está causado no tanto porque a esa hora tardía no había cerca de mí nadie, cuanto la sensación de silencio que me produce el fluir casi imperceptible de este río desde dicho puente. En tal silencio, durante unos segundos, percibí el resquicio para colarme en la vida de estas aves acuáticas. Quince; pudieran ser más o pudieran ser menos. Un puñado de seres vivos, como yo, sumidos en su propia vivencia del silencio, de la proximidad de la noche, de su diario subsistir. ¿Era esta vivencia el núcleo más profundo de su vida?

    Makoto Ueda, el comentarista japonés cuyo artículo “La impersonalidad del haiku” estamos repasando en estas entregas mensuales, identifica como “esbeltez”, al cuarto de los principios poéticos enunciados por Matsuo Bashō –ciertamente a través de sus charlas y anotaciones de sus discípulos directos, pues sabemos que el maestro no escribió nada preceptiva poética alguna–. Este principio de esbeltez significa, en la interpretación de Ueda, la capacidad de sumergirse en el corazón de un objeto, ser vivo o situación con tal intensidad que al haijin le permita capturar la atmósfera impersonal que ese objeto, ser vivo o situación comparte con el universo. Nada menos. Es como si el alma poética fuera tan fina y esbelta que pudiera introducirse ese objeto, ser vivo o situación y ser capaz de tocar su núcleo más interno.  Dos haikus que Bashō consideraba poseedores de esbeltez son estos:

 También las aves

Deben de estar dormidas

En el lago Yogo.

Con un alma esbelta el poeta, que se alojaba en una cabaña cerca del lago y estaba insomne, entró en la vida de esas aves acuáticas descubriendo en ella la misma soledad del viajero, como la de él mismo, es decir, como la de todos los seres vivos que viajamos sin parar por este mundo.

El otro haiku con esbeltez es uno muy famoso:

 En la pescadería,

de la dorada en sal ¡qué frías también

parecen las encías!

 Cito a Ueda: «La dorada que vio el poeta en la pescadería estaba por supuesto muerta. Pero nuevamente con una mente esbelta el poeta penetró en el pescado y sintió fresco. Hay ambigüedad sobre qué le hizo sentir frío. Pudo ser que el día estaba fresco; o que en la pescadería hacía frío o simplemente porque tuvo sensación de frescor porque había muy poco género en la pescadería debido a que el mal tiempo había impedido que los pescadores salieran a faenar. O, quién sabe si la vista de las encías blancas de la dorada le produjo esta sensación de frescor. La palabra de “también” del segundo verso crea esta ambigüedad. Pero la impresión general producida por estos tres versos es, inequívocamente, de soledad. Sin embargo, no importa lo esbelto que se vuelva el poeta, no es tarea fácil penetrar en la vida interna de un objeto o ser cualquiera. Requiere la completa deshumanización del haijin, la disolución de todas sus emociones. Pero es evidente que como ser humano que es, el poeta no puede vivir sin emociones, pues la suya es una existencia biológica que se debe mantener a través de deseos físicos. El poema se deshumaniza, sin embargo, solo unos segundos. Son instantes muy valiosos para el poeta, porque le brindan la única ocasión para vislumbrar la esencia impersonal del universo, la energía vital más interior que comparten todas las cosas y seres de la naturaleza. De aquí se deriva el principio de inspiración poética, el quinto necesario para componer un haiku”, sobre el cual hablaré en la próxima entrega.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JUNIO 2021

1 JUNIO, 2021

CONSTRUIR

Asombro y  lágrimas.

Jugó con mariposas

y se fue en mayo.

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Es el modesto tributo a un amigo poeta, Pedro Tenorio, fallecido hace unas semanas por la Covid.

   Bashō, ya que de los principios poéticos del haiku, según este maestro, vengo tratando en las dos últimas entregas, tiene dos o tres poemas de profunda emoción personal por pérdidas de seres queridos. Como este, en la ocasión de tomar en la mano un mechón de pelo de su madre muerta, que guardada en una bolsa de tela como un entrañable recuerdo:

Lo tomo en la mano

y se deshace por el ardor de mi llanto.

Escarcha de otoño.

El tercer verso, el del kigo o palabra estacional, obra a modo de impersonalización de la intensa emoción del poeta, desvanecida en un simple objeto de la naturaleza.

Mi dolor por la pérdida de Pedro también se disuelve en un día, en cualquier día, del mes de mayo en que falleció causándome asombro y dolor.

Con este haiku, además, pretendo ilustrar el tercer principio poético de Bashō, el de shiori. Makoto Ueda nos enseña que shiori procede del verbo shioru con el significado de “doblarse”, “ser flexible”.  Originalmente, por lo tanto, un poema con shiori describía unos versos lo suficiente ambiguos para permitir varias interpretaciones.  Pero había otro verbo, también shioru, aunque se escribía con sinogramas diferentes, con el significado de “marchitarse”. Los poetas de la escuela de Bashō aplicaban la cualidad de shiori con un sentido entremedias de ambas acepciones; es decir, flexible y a la vez con una sensación de soledad y tristeza, la sensación que puede despertar una flor marchita.

   Las mariposas revoloteando en un prado sobre flores negras y dolientes por la muerte de un ser querido es una imagen funesta: de shiori. Es un haiku triste (como enuncia claramente el primer verso), pero a la vez contiene varios sentidos: el canto a la profesión del poeta que persigue la belleza simbolizada por las mariposas, la inocencia de su actividad aludida por el verbo de “jugar”, y, sobre todo, la impersonalidad de la naturaleza (simbolizada por el mes de mayo) que, como el océano voraz, engulle toda emoción, todo sentimiento.

    El cuatro principio poético de Bashō es “esbeltez”. El próximo mes.

ARTÍCULOCLÁSICOSTRADUCCIÓN

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MAYO 2021

1 MAYO, 2021

CONSTRUIR

Junto a los iris.

De un seco  castaño,

el grueso tronco.

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Quería escribir un haiku que expresara la soledad fría y distante de ciertas escenas de la primavera. Un  poema impersonal, desnudo de acción verbal, de agentes personalizados. Esta estación del año, exuberante hasta la crueldad, en que todo germina y todo crece imparablemente, siempre me despierta un desasosiego indefinible. En estos versos he deseado emparejar la antigüedad de un árbol y la frescura de unas flores, uno al lado de las otras, cada primavera en que florecen los morados  y elegantes iris (acompaño foto). Un emparejamiento debido a que la naturaleza ha deseado que  compartan en mismo espacio en mi jardín.  Pero sobre todo, he deseado dotar a la escena de la atmósfera impersonal de esta caprichosa naturaleza que, ciertamente, tiene vida, una vida voraz en primavera, pero que carece de emociones como tal, aunque el castaño y los iris, individualmente, las tengan. La visión de un árbol de grueso y curtido tronco decorado con macetas desnudas de flores, al lado de la inocencia pura de las esbeltas flores recién abiertas me inspira soledad, una soledad extraña, la soledad, tal vez, de saber que vivimos en el seno de una naturaleza sin emociones. Una madre fría y absurda que acoge en un mismo abrazo a la muerte y a la vida, la experiencia y la inocencia,  el vacío y el color.

    La soledad fría que inspira una madre así es, en japonés, sabi.

   Y justamente del SABI como principio poético del haiku quería escribir hoy algo.

En mi anterior entrega prometí comentar, uno por uno, los diez principios de la poesía de Matsuo Bashō. El primero, ya tratado, era el de espíritu poético. El segundo es este: sabi. Este concepto, introducido como valor poético por Saigyō a finales del siglo XII y consolidado en el XIII en la poesía canónica japonesa, tal vez sea el más conocido de las ideas de Bashō sobre el arte del haiku. Pero nuestro gran poeta raramente usó el término; sí que usó, en cambio, el de sabishii del cual se deriva. Este adjetivo de sabishii significa solitario en el japonés de hoy, con referencia al estado de ánimo en que se echa en falta la compañía.  Bashō, sin embargo, lo empleó en un sentido más concreto y limitado, en un sentido impersonal y, por así decir, objetivo. Como en este famoso poema:

La soledad.

Inhiesto, entre las flores,

Un, un ciprés.

Bashō concebía la soledad, nos informa Makoto Ueda en el libro citado en mi anterior entrega, como una atmósfera impersonal, a diferencia de la pena o la aflicción que son personales y subjetivas. La disolución de las emociones personales en una atmósfera carente de ellas constituye –afirma Ueda– el corazón de la actitud de Bashō hacia la vida. Tal fue la técnica mediante la cual él mismo trató de sobrellevar las penas y dolores inherentes a la existencia humana. Y eso a riesgo de parecernos un hombre frío y hasta desalmado. Un ejemplo de esto aparece en uno de sus diarios. Un día, de viaje, se encontró con un niño abandonado en la cuneta de un camino que lloraba amargamente. Le dijo calmadamente:

    —¿Ta han abandonado porque tu padre te odiaba o porque tu madre se olvidó de ti? Pero no: no estás aquí por el odio de tu padre ni por el olvido de tu madre. Estás aquí por tu destino. Laméntate por tu destino aciago.

    La soledad impersonal, fatídica y fría de sus poemas alude al mismo desapego, a la misma carencia de emociones. Eso es sabi.  La frialdad, la impersonalidad de la escena donde se ve un tronco rugoso al lado de la tersura fresca de unas flores. En el cruel mes de abril.

     El próximo mes comentaré el tercer principio poético de Bashō: shiori.

ARTÍCULOCLÁSICOS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ABRIL 2021

1 ABRIL, 2021

CONSTRUIR

La primavera.

Caída, ¿soñando qué?

La roja camelia.

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Quise escribir un haiku sobre las flores del cerezo, ahora que lo tengo en plena flor en mi jardín, pero me salió este otro cuando bajaba la vieja escalera donde, junto al muro, crece un camelio. Siempre me han llamado la atención estas flores

especialmente en el momento en que caen al suelo, sin marchitarse, y, si tenemos la suerte de estar en ese momento ahí, cuando se desploman estas flores relativamente pesadas de carnosos pétalos, produciendo al caer un sonido profundo, sedoso, eterno. Es difícil no recibir una carga de espíritu poético cuando lo oímos. Yo no tuve la suerte de oírlo estos días en que está en flor, pero sí que me llegó de algún modo el espíritu poético para componer este haiku cuando vi algunas de sus flores rojas.

Hace tiempo que deseaba hablar a los amigos del Rincón del Haiku sobre “espíritu poético”, el regalo de los dioses que nos permite volar sin el peso de la gravedad de formas ni tradiciones ni cánones.

Makoto Ueda en un libro titulado Literary and Art Theories in Japan, publicado en los años sesenta por la Universidad de Michigan, tiene un iluminador artículo sobre los principios poéticos que regían el arte de Matsuo Bashō. Este poeta, dice Ueda, no escribió nada parecido a un manual poético, pues parece que pensaba que unas reglas fijas sobre cómo componer haikus podían frenar la imaginación creativa del haijin. Pero sus discípulos, especialmente Kyorai y Dohō, basándose en conversaciones con el maestro, sí que formularon diez principios poéticos que el mismo Bashō en cartas y diarios de viaje parece que había refrendado en varias ocasiones.  Estos son los diez principios del arte de Bashō según estas fuentes:

Espíritu poético, sabi, shiori, esbeltez,  inspiración, fragancia, eco, reflejo, sencillez y ligereza.

   Me voy a proponer comentar cada uno de estos diez principios en las entregas sucesivas al Rincón que haré en los próximos meses. Hoy toca, entonces, decir algo de ESPÍRITU POÉTICO.

  Es de los diez, la unidad importante, como el pastor es la unidad más importante en el rebaño de sus ovejas (aquí, nueve ovejas). El espíritu poético no cambia en mil años ni en diez mil: siempre estaba ahí. Según Bashō, todos los estilos del haiku caen en una de estas dos categorías: el que posee cualidades que trascienden tiempo y espacio (tienen un atractivo universal) y el que está anclado en el gusto de los tiempos (pueden tener frescura de expresión). Pero los dos proceden, como el agua de una fuente, del mismo manantial: el espíritu poético.  De Bashō son esas conocidas palabras con que define el espíritu poético:

«El espíritu poético lleva al poeta a seguir el camino del universo y a intimar con las cosas de cada estación del año. Para alguien con espíritu poético todo lo que ve es una flor y todo lo que imagina se convierte en una luna. Los que no ven la flor no se diferencian de los bárbaros, y los que no imaginan la luna son como las bestias…»

Al buen entendedor…

ARTÍCULOHAIKUS

., CON-DES (CARLOS RUBIO)

MARZO 2021

1 MARZO, 2021

CONSTRUIR

Caída la tarde,

inmóvil en los charcos,

hilal, hilal

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Incluir palabras extranjeras en un haiku japonés que se escribe en español puede parecer poco canónico.

Pero el espíritu del haiku es libre y la ruptura del canon no creo que le haga menos libre, sino más.

En mi entrega del mes pasado me referí al haiku como expresión de inocencia; y puse el ejemplo de la poesía de una niña de seis años al observar, asombrada, la huella de la pisada de una sandalia impresa en la nieve.

Al niño que llevamos dentro no le importa que una palabra sea extranjera o no.

Para empezar, es muy probable que tal niño no llegue a diferenciar las palabras por su origen, es decir, por si es extranjera o no. Su corazón inocente, como es puro, no puede ser léxicamente “racista”, por así decir.

Cualquier palabra le vale si se ajusta a su sensación.

En este poema que presento he incluido el término repetido de hilal que, en árabe, quiere decir “luna nueva”, esa luna, delgada como el borde de la uña, que vemos en el cielo los dos o tres primeros crepúsculos del ciclo lunar. Tan delgada que, en su primera aparición, apenas se distingue del cielo crepuscular del final de la tarde.

Cuando la veo en el cielo,  inconscientemente viene a mi labios esta palabra, hilal, que aprendí durante mi estancia de tres años en Irak. No aprendí mucho árabe, pero de esta palabra no me olvido. Los árabes tienen otras tres o cuatro palabras para referirse a la luna, dependiendo del tamaño con que la ven en el cielo.

La versión “no hilal” del haiku podría ser esta:

Caída la tarde,

inmóvil en los charcos,

la luna nueva.

Pero, para mí, no tiene gracia si comparo esta versión con la otra.

Este uso de términos extranjeros en la poesía me recuerda el empleo revolucionario que en ella realizó una poeta japonesa contemporánea. Se llama Machi Tawara y en su libro Aniversario de la ensalada (editorial Verbum) tiene tankas de una frescura y libertad sorprendentes, refrescantes. Como este:

Kono kyokuto

Kimete kaigan

zoi no michi

tobaru kiminari

hoteru Kariforunia

Escuchando la canción,

la canción de siempre

aceleras

por la carretera de la costa.

Hotel California.

En su poema, Hotel California, –dos términos extranjeros– es el título de un famoso álbum,  y una canción, del grupo rockero Eagles. ¿Qué importa?  Palabras del inglés (hoteru), del español (California), del árabe (hilal). Son solo palabras.

Y las palabras son solo flechas que lanzamos al espacio. Ni las palabras, ni su origen, deben embridar nuestra inspiración. ¿Se preocupa una flecha de su origen una vez que sale del arco?  Hilal, hilal.

FEBRERO 2021

31 ENERO, 2021

CONSTRUIR

 En el camino.

Bajo la nieve oculto

un viejo tronco

DECONSTRUIR

Este enero del 2021 se ha ido dejándonos nevadas históricas en partes de España donde ya no es frecuente ver la nieve.  Donde yo vivo, en la sierra de San Vicente toledana, al lado de Ávila, cayó una buena. Estuvimos una semana rodeados de un paisaje nevado. Ese haiku del viejo tronco me vino en el curso de uno de los paseos de esos días.

Soy de la opinión de que en el haiku lo más importante es la inocencia de la mirada. La inocencia de la mirada se traslada por lo general  en la sencillez de los versos, en la falta de artificio, de intelectualidad, de segundas ideas.

Maestros de la inocencia son los niños.

Hablando de nieve y de niños, me viene a la memoria un haiku compuesto por una niña de seis años. Andando el tiempo esta niña se convertirá en una famosa “haijina”: Den Sute-jo (1633-1698). Al igual que la gran Chiyo y muchas otras «haijinas» de la Era Edo, Sute-jo se hizo monja a la muerte de su marido. Sute-jo tuvo como maestro a Kitamura Kigin, el mismísimo maestro de Bashō.  Su estilo poético, muy personal, se basaba en el principio de «unidad con la naturaleza».  Al final de su vida, en 1686, aprendió Zen adoptando el nombre de Teikan.

El haiku de la nieve que compuso de nieve se refiere a la impresión que en su pupila infantil tuvo de las huellas de unas rústicas geta (sandalia con una suela de madera formada por dos tablillas) en la superficie nevada. Dice así:

雪の朝        Yuki no asa   

二の字 二の字 の                ni-no-ji ni-no-ji no

 下駄の跡       geta no ato                                         

 En la nieve de la mañana

la letra dos, la letra dos

al pisar con la sandalia.

Hay que indicar que el sinograma que representa el número dos se representa en japonés con dos rayas horizontales,   二 , cuya marca es la misma que  las dos tablillas de la suela de la sandalia tradicional japonesa (geta) imprimen al pisar en una superficie como la nieve. Dos sandalias, dos letras dos; y los dos ojos bien abiertos de una niña para apreciarlo.

Los  niños, maestros del haiku.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKU NIÑOS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ENERO 2021

29 DICIEMBRE, 2020

Queridos amigos de El Rincón:

Mi colaboración de este mes. La imagen reúne, esta vez, el Construir y el Deconstruir.

¡Felices Fiestas y Año Nuevo!

Un abrazo,

ARTÍCULOFOTO-HAIKU

CON-DES (CARLOS RUBIO)

DICIEMBRE 2020

1 DICIEMBRE, 2020

CONSTRUIR

 Del cristal colgada

una gota de lluvia.

Mis sueños vuelan.

DECONSTRUIR

De repente, mi mirada perdida en el cielo gris y lluvioso de noviembre se concentra en una gota tenazmente pegada al cristal de la ventana del dormitorio en el que debo pasar la mayor parte del día durante esta larga convalecencia.  Su redondez diminuta y translúcida contiene tantas cosas que me hace soñar.

   Soñar con épocas lejanas, con princesas y chamanas, con jardines, cabalgatas, cruces poéticos.  Soñar, por ejemplo, con la princesa Nukata que en el Japón de finales del siglo VII era todo esto: chamán, poeta y princesa. También esposa sucesiva de dos hermanos. Esta mujer fue la protagonista de uno de los primeros cruces poéticos de la literatura japonesa. En él, Nukata, casada ya con su segundo marido por razones políticas, se dirige al príncipe quien antes había sido su marido y al que seguía amando fielmente. Lo documenta así la antología Manyōshū:

«Durante la cacería, la princesa Nukata, temerosa de que su anterior marido atraiga la atención si lo ven ondear las mangas hacia ella como saludo, compuso estos versos:

De acá para allá

en sagrados campos de violetas,

señor, cabalgas.

¿Se dará cuenta alguien de que

con tus mangas me saludas?

Estos fueron los versos de respuesta del príncipe:

Delicada como

aroma de violetas

 eres tú. Dime:

¿por qué te amo tanto

siendo la esposa de otro? »

(El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía japonesa, Madrid, Alianza, 2011)

Hemos volado a un campo de violetas situado en el Japón del siglo VII.

¡La fuerza que puede tener una pequeña gota de lluvia! Volar a tal sitio y en tal época es hermoso pretexto para cumplir la promesa que hice en mi entrega del mes pasado: hablar de violetas y de la osadía de los traductores.

   En los dos tanka de este cruce poético entre la princesa Nukata y el príncipe Oma (futuro emperador Temmu), el término japonés de “violeta” es murasaki. Y murasaki en aquellos lejanos tiempos indicaba una pequeña flor de cinco blancos pétalos que brota en verano y que era emblema del amor constante. Se asemeja a nuestra violeta solo en el color morado de su raíz usada como tinte (de ahí el significado de “color violeta” que en japonés moderno posee la palabra murasaki, también usada como apodo de una heroína del Genji monogatari y, por eso, de su autora). En las plantas de nuestro entorno no parece existir equivalente de esta especie vegetal, científicamente denominada Lithospermum officinale. La más parecida es la borraja comestible o de jardín que posee flores también blancas. ¿En aras de las fidelidad debiera haber traducido el murasaki del original japonés como “borraja”? ¿Y escribir “aroma de borrajas?

    Hubiera sido, francamente, horroroso. Primero por la ruda fonética de este término, malsonante en la situación amorosa del poema; segundo, porque para el lector hispanohablante “borraja” evoca el conocido dicho “quedarse en agua de borrajas”, o bien, especialmente para los habitantes de Aragón y Navarra, una deliciosa verdura que comen cocida rociada de aceite. Connotaciones muy alejadas, por lo tanto, del campo semántico del amor.

  Es posible que haya traductores que hubieran traducido la delicada murasaki como “borraja”. Habrían puesto en grave peligro, a mi juicio, la belleza de estos dos breves poemas. Como puede poner, también en grave peligro, una relación sentimental si el enamorado le dice a su enamorada que su cuerpo exhala aroma de borrajas.

    Murasaki por “violeta”, sí, es inexacto, pero traslada, por un lado, la delicadeza de esta bella flor; por otro, la connotación de suave y agradable fragancia. El buen traductor debe ser, en efecto, inexacto, osado, creativo.

   ¡A todo lo que lleva la visión de una diminuta gota de lluvia pegada al cristal de una ventana!

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

NOVIEMBRE 2020

1 NOVIEMBRE, 2020

CONSTRUIR

Aguas mansas

En bahía  violeta.

Tarde de otoño.

DECONSTRUIR

Se me ocurrieron estos versos hace tres o cuatro días desde uno de los puentes que salvan el río Tajo en Talavera de la Reina. A la hora del crepúsculo. Voy a acompañar la fotografía correspondiente.

En fin,  llamar “bahía” al modesto remanso de un río es atrevido, pero la osadía de la dicción es una de las herramientas que no le deben faltar al haijin si aspira a elevar a cotas altas su arte.

    El gran poeta mexicano Octavio Paz tiene un verso parecido en su magnífica versión de un tanka de Ono no Komachi, la poetisa del siglo IX más relevante para muchos de toda la Era Heian. Dice así su versión:

Tan fuerte

es mi deseo

que vuelvo al revés mi camisa:

Bahía violeta de la noche.

El poema original de Komachi, al lado de mi versión publicada en El pájaro y la flor, dice así:

Ito semete                                  Cuando de amores

Koishiki toki                              tanto peno, en la noche

Ubatama no                              como azabache

Yoru no koromo wo                lo espero con la ropa

Kaeshite zo kiru                       al revés extendida.

Puede ayudar a enmarcar este poema escrito en la remota Era Hean saber que, entre las muchas supersticiones de aquella sociedad cortesana, estaba la de creer que dormir con alguna prenda de ropa al revés ayudaba a ver en sueños a la persona amada.

Ono no Komachi es famosa por el tono apasionado, intenso y directo de su poesía, en oposición al arte poético contenido, rígidamente codificado y oblicuo a fuerza de elegante de la poesía, sobre todo la escrita por hombres, que predominará en el siglo siguiente en Japón, el siglo X, anunciado por la antología Kokinshū.

   En mi próxima entrega hablaré más de la “violeta” en la poesía clásica japonesa y de las inimaginables osadías de poetas y traductores.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKUSTRADUCCIÓN

CON-DES (CARLOS RUBIO)

OCTUBRE 2020

4 OCTUBRE, 2020

CONSTRUIR

Bajo los líquenes

yace el monje guerrero.

¡Mis sueños andan!

DECONSTRUIR

Fue solo ayer cuando, de viaje por la Galicia interior, descubrí la figura yacente de una lápida funeraria medieval. Medio abandonada, hace mucho desalojada del interior de algún templo o monasterio, hoy solo sirve para hacer muro. Es el muro que rodea la iglesia de Santa María de Mixós, cerca de Verín, provincia de Orense. La figura sostiene una espada entre sus manos y presenta la cabeza tonsurada: un monje guerrero custodiando el paso de los siglos de esta pequeña iglesia visigótica-románica.

   En la entrega de septiembre hablé del dinamismo del haiku, de su movimiento oculto. También el tercer verso de este haiku quiebra el inmovilismo del sujeto de los dos primeros versos, un inmovilismo acentuado por la palabra “líquenes” evocadora de antigüedad. ¡”Mis sueños andan!”.  Pero, bueno, sin quererlo, he plagiado el tercer verso de un famoso poema del maestro Bashō que dice así:

Un pato enfermo

rezagado en la noche.

¡Mis sueños andan!

En mi antología El pájaro y la flor, el tercer verso apareció traducido como “Sueño en viaje”.  Me gusta más, sin embargo, esta nueva versión: el verbo “andar” lo convierte en un verso más eufónico, evocador y dinámico que el sustantivo “viaje”. Este plagio me recuerda uno de los recursos estilísticos de la poética del waka de la poesía japonesa, especialmente de moda entre los poetas de los siglos XIII y XIV a raíz de las innovaciones de estilo y valores aportadas por el gran Fujiwara no Teika. Me refiero al recurso del honkadori.   .

Honkadori es una variación o, más bien, un préstamo intertextual en poesía japonesa. En nuestra cultura, en donde prospera el mito de la “originalidad”, lo llamaríamos “plagio poético”. Honkadori es, en otras palabras, la inconfundible citación de una idea expresada en una poesía antigua, o incluso la repetición de un verso entero, que el poeta introduce en su poema. En Japón, ya se sabe, “o tradición o plagio”.  En una poesía, como la japonesa clásica, en la cual la tradición era principio rector, valorándose especialmente la evocación ingeniosa de imágenes del pasado, el honkadori oportuno constituía un logro literario de primer orden. Estaba, además, el factor de la complicidad que el ejercicio poético comunicativo poseía en la sociedad cortesana de aquellos lejanos siglos, para la cual escribir o recitar un poema era un forma elevada de diálogo. Es decir, se pensaba que el lector u oyente reconocería el poema aludido y que, en consecuencia, apreciaría la sutileza de la alteración o asociación introducidas para comunicar la emoción renovada  de una voz poética revivida doscientos o más años después. He aquí un ejemplo en el cual «se responde» más de trescientos años después a un poema que, publicado en  el Kokinshū, había compuesto el monje Henjō,  uno de los Seis Genios de la Poesía. Henjō  es autor del siguiente famoso poema en el cual adopta el punto de vista femenino de una dama a la espera del galán:

Wagayadowa                            ¡Tantas hierbas

Michimonakimade                    que invisible hacen la senda

Arenikeri                                       que a mi casa llega!

Tsurenaki hito wo                       ¡Cómo lo lamento mientras

Matsutoseshima ni                   a mi cruel amado espero!

Pues bien, el nuevo poema de la princesa Shokushi (o Shikishi, hija del emperador Goshirakawa y suma sacerdotisa del santuario de Kamo), que florece en el siglo XIII y publica en la antología Shinkokinshū,  readapta la poesía de Henjō con estos versos:

Kiri no ha mo                                Hojas de paulonia,

Fumiwakegataku                        tantas que, por entero,

Narinikeri                                      el suelo han cubierto.

Kanarazu hito wo                       Aunque ni esperanza tengo 

Matsutonakeredo                      de que mi amado venga.

Basta una ojeada al original japonés para apreciar la similitud ortográfica del tercer verso de los dos poemas y la repetición de palabras en el cuarto y el quinto de ambos. Pero el honkadori se reconoce también en el plano  semántico. Al lado de la similitud en la ambientación del poema de los tres primeros versos de uno y otro poema, contrasta una «dama» que se lamenta en el poema de Henjō en sus dos últimos versos con la mujer resignada (¿ficticiamente?) a no recibir la visita de su amado en la poesía de la princesa.

Apelo a la bondad de los conocedores del mencionado haiku de Bashō para que sean indulgentes con mi torpe honkadori, inspirado por la visión de este anónimo monje guerrero inmóvil (adjunto fotografía) bajo el peso de los siglos en una perdida aldea gallega. ¡Mis sueños andan!

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

SEPTIEMBRE 2020

31 AGOSTO, 2020

CONSTRUIR

El nuevo día

en la blanca cortina.

El cielo azul.

DECONSTRUIR

¿Hay dinamismo en este haiku? Aparentemente no. Sin embargo…

el movimiento, al lado de la pureza del nuevo día y de la alegría de la vivencia del instante, sí que está ahí: es un movimiento escondido. Bien, esas son, quizás, las dos o tres sensaciones que, sin proponérmelo, evoco en este haiku. ¿Su inspiración? Fue ayer cuando, temprano por la mañana, observaba cómo la cortina de la puerta que da acceso a la terraza del salón era movida suavemente inflándose, como si algún juguetón duende desde atrás la llenara de aire,  por una refrescante ráfaga de la brisa de la mañana. Ocurre, con frecuencia, a esa hora, pues el salón está en un séptimo piso y el viento se deja sentir.

Arriba, distante, el cielo a pesar de permanecer impasible envuelto en su majestuoso azul del verano, estaría –se me antojó pensar– entretenido con este suave movimiento de la blanca cortina del salón. O, más japonés, debía ser algún kami,  alguna juguetona divinidad dándome los buenos días.

Poco después, la persiana iba a ser bajada y la puerta cerrada para mantener el aire fresco de la mañana dentro de la habitación durante el resto del día estival. La cortina quedaría entonces inmóvil, triste, pensativa. Y la deidad o bien se alejaría de la cortina o bien actuaría en ella de otra forma inapreciable.

En estas diecisiete sílabas he pretendido, nuevamente afirmo, aunque suene paradójico, que sin proponérmelo, crear movimiento. Es más: es el diosecillo del movimiento el que  las ha escrito. No podía dejar de ser, por eso, un haiku dinámico. A pesar de la aparente quietud que parece evocar.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

AGOSTO 2020

31 JULIO, 2020

CONSTRUIR

Feo y sin brillo.

De calores vencido,

viejo geranio.

DECONSTRUIR

Cuando hablo del amor del culto del pueblo japonés por la flor del cerezo (la famosa sakura),  que apenas dura dos o tres día en la rama, como encarnación de su amor a la belleza efímera, a menudo la opongo del gusto de los españoles por el geranio, tal vez por sus tonos frecuentemente vivos, intensos, por su fuerza, por la duración de su flor. Pero el calor ardiente de final de julio, vuelve mustia y sin brillo hasta al geranio. Como este en tiesto que hay en la terraza de mi casa y tal vez a muchos les parezca FEO.

Pero yo, torpemente, he deseado capturar la esencia de la voz derrotada, intimar con el aspecto marchito de esta humilde flor.

Capturar esencias e intimar con las cosas. He ahí, para mí, las dos esencias del haiku.

Nos lo recuerda Akiko Yosano, la gran poeta del Midaregami (Pelo alborotado), de 1900, el libro de apasionados tanka con que revolucionó el mundo de la poesía tanka japonesa, como poco antes había hecho Masaoka Shiki en el mundo del haikai.

Estas son sus palabras, que aunque ella las aplicaba al waka, se pueden aplicar al haiku (el subrayado es mío).

«La poesía de Japón posee una forma particularmente breve diferente a cualquier otra del mundo. No solo no acepta una sola palabra o sonido en exceso, sino que busca eliminar las explicaciones tanto como le es posible, de tal manera que la combinación de palabras, limpia y sutil, consigue que flote la esencia de una flor o colorea la niebla de una montaña  con el color del sol naciente, dejando que estas imágenes intangibles produzcan un contorno de sentimiento claro y definido.  .   .   .»

Yo he experimentado que, cuando me siento a escribir poesía, mi “amor” se amplía y define. Es más, mi interés por la “belleza” se eleva y enriquece. La maleza y las flores a las que no había prestado atención, las hojas caídas, guijarros y piedras, árboles mustios –en estas cosas descubro líneas y ángulos interesantes, colores, delicadeza y muchos otros tipos de belleza que se me escapan­–. Y, entonces, surge en mí un sentimiento de amor hacia esas cosas; siento una intimación con ellas como si pudieran compartir conmigo las penas y alegrías de la vida. Para el ojo frío de la racionalidad, todo esto puede sonar a algo así como una emoción boba, pero la mayoría del tiempo vivimos inmersos en ese tipo de sentimiento, no en la razón».

[de “La mente de un poeta”, en La literatura japonesa en sus textos”, págs. 1158-1159]

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JULIO 2020

1 JULIO, 2020

CONSTRUIR

 Entre la tierra

la cabeza de un ajo.

El mundo gira.

DECONSTRUIR

 «Entre san Juan y san Pedro, saca tus ajos del huerto».  Tal vez por eso, anteayer, que era 28 de junio (san Juan es el 24 y san Pedro, el 29), pasé un rato a primera hora de la mañana sacando, de la ya dura tierra de mi pequeño huerto familiar, los ajos que en cuatro o cinco surcos había sembrado seis meses antes, allá, a final del diciembre pasado.

   Mientras lo hacía, con cuidado para no lastimar las cabezas de los emergentes ajos con el borde cortante del azada, pensaba varias cosas y sentía muchas. Un amasijo de pensamientos y sensaciones: el sabor hiriente del ajo restregado en una tostada de pan, la generosidad de la tierra por darnos sus frutos, la inutilidad del esfuerzo humano, la indiferencia con que la Tierra gira a pesar del acre gusto de este humilde producto,  a pesar de nuestras labores y ambiciones, la maravillosa sencillez con que los dientes se disponen en la cabeza del ajo, la complicidad juguetona de las hierbas que crecían entre los tallos marchitos de los ajos, la búsqueda afanosa entre la tierra de los dientes perdidos de alguna cabeza, la intensa felicidad del momento en las primeras horas del día, la suavidad del aire fresco de la mañana, etc.

   Tantas y tan variadas sensaciones e ideas que hallaron plasmación en esos tres versos.

   La cabeza del ajo, terrosa, negruzca y sucia, que oculta acritudes palatales y promete guisos sorprendentes, fue para mí metáfora del planeta Tierra, obsesionado con su mecánico girar alrededor del Sol, planeta maltratado y generoso que nos da y nos quita todo en este breve rato que es la vida. Entremedias, tiempo para sostener una azada y hurgar en su superficie en busca de una ilusión: la cabeza de un ajo. La-ca-be-za-deun-a-jo, siete sílabas, siete dientes de intenso sabor con los cuales, entre la tierra y el cielo, componer un suspirillo de uniones. Componer un torpe haiku.

   Incumplí mi promesa de hablar hoy de las ideas sobre haikus de la gran Akiko Yosano. Los ajos tienen la culpa.

Información fresca a los amigos del Rincón del Haiku:

 Este 7 de julio, día de la bonita fiesta de Tanabata, daré una charla online (inscripción gratuita, en http://www.veranoculturaljapon.es organizado por la Embajada japonesa en Madrid) sobre “Escritoras japonesas contemporáneas”.  Entre estas, brilla la voz de Tawara Machi, una poetisa cuyo libro “Aniversario de la ensalada” (editorial Verbum), publicado no hace muchos años en Japón causó sensación por la frescura y espontaneidad de sus waka-tanka. Algunos críticos han comparado la revolución de esta poeta en el mundo del viejo waka, con la que hizo Masaoka Shiki en el mundo de haikai-haiku a final del siglo XIX.

  He aquí una muestra del librito de Machi:

Después de que me dijera

«no me puedo

casar contigo».

aquí estoy,

Desayunando como siempre.

El ajo es el amor, es el “tú”: acre, oloroso, intenso;

pero el desayuno es la Tierra que gira, como siempre.

ARTÍCULOTRADUCCIÓN

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JUNIO 2020

1 JUNIO, 2020

CONSTRUIR

 En el paseo,

miró atrás y sonrió.

La primavera.

 DECONSTRUIR

Los que escribimos haikus en español tenemos la suerte de no precisar escribir los pronombres personales. En japonés antiguamente apenas se usaban; y todo el mundo entendía (aunque fuera sin “entender”) quién ejecutaba la acción verbal.

Para mi coleto, en este haiku, el sujeto de “mirar” y “sonreír” es “ella”, “una joven”. Es decir, pienso en una muchacha, consciente de su belleza, que, ante el estímulo que sea, gira la cabeza y sonríe adorablemente (aunque, oh, sea con la mascarilla puesta). Ahora bien, para quienquiera que lea estos versos, podría tratarse de otro sujeto verbal, un hombre, un anciano, un niño, qué sé yo.  Y estaría también muy bien así que así fuera.

Y es que la impersonalidad del haiku es, para mí, uno de los grandes tesoros de esta forma poética que tanto nos gusta a quienes nos acercamos a El Rincón del Haiku. También la naturaleza es impersonal, ¿verdad?

 La impersonalidad es un puente vaporoso uno  de cuyos finales está suspendido, en el aire. Y esto es cosa de maravilla. Pura magia de la poesía. La personalidad, por el contrario, el corsé del “tú”, “yo” y otros pronombres, me parece que limita la dimensión poética. En fin, cuestión de gustos, ¿verdad?

 La verdad es que esos versos me los inspiraron dos hermosos tankas sobre la primavera de la gran poetisa japonesa Akiko Yosano, una mujer valiente, que en 1901 revolucionó la poesía japonesa del tanka –creo que en mayor grado que hizo Masaoka Shiki con el haikai– con su libro Midaragemi (Cabello alborotado). Un apasionado himno a la belleza de la entrega amorosa y del cuerpo femenino. Un himno que antes, en Japón, simplemente no se llevaba.

 Los dos poemas de la gran Akiko los comenté recientemente en el curso online que esta extraña primavera del 2020 imparto, todos los martes por la tarde, en Casa Asia titulado “Escritoras japonesas del siglo XX y XXI”. Además tuvimos la fortuna de que  nos fueron leídos en la propia voz declamatoria de Akiko Yosano, gracias a la generosidad de una de las participantes al curso, Begoña Castro, que también los interpreta con su danza. En fin, los dos poemas en cuestión son estos:

 “«La primavera es corta,

¿Quieres sentir su eternidad˛», le dije,

Y, tomando sus manos,

Las hundí en mis pechos

Rebosantes de vida”.

 Y el otro:

 Pregunta al verso

Quién osa rechazar

El rojo de las flores.

¡Oh, qué encantadoras

las chicas pecando en primavera.

 De ambos ofrezco la versión original en El pájaro y la flor (Alianza, 2011).

En mi siguiente entrega de CONDES hablaré de las ideas de Akiko Yosano sobre poesía que publica en un ensayo de 1931 titulado “La mente de un poeta”.

ARTÍCULO

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MAYO 2020

1 MAYO, 2020

CONSTRUIR

  Tan ignorante

de la muerte que llega.

Ze, ze, ze, ze, ze.

Otro:

En soledad

Una vida se esfuma.

El cielo azul.

DECONSTRUIR

Estos dos haikus nos hablan de la muerte. Rehuir este tema es hacer el juego a la innaturalidad de no tenerla presente en nuestros pensamientos. ¿Podemos vivir sin tener presente a la vida? La vida es parte de la muerte, tanto como la muerte es parte de la vida. Somos invitados en este mundo y los invitados, tarde o temprano, se van. Quedan el aire, la tierra, el agua, elementos que, forzoso es reconocerlo, parecen estar mejor sin nuestra actividad y presencia. Nada pues más natural que tener presente en nuestros poemas a la muerte, a nuestra partida, a nuestra salida de la jaula, al comienzo del vuelo hacia la nada.

El primer poema recrea uno famoso de Bashō sobre una cigarra que dice:

Yagate shinu

Keshiki wa miyezu

Semi no koe

De su pronta muerte

Sin señales mostrar,

Voz de cigarra.

A mi entender, todo el peso de este maravilloso haiku está en el tercer verso: el canto de este insecto que, en Japón, nos evoca el calor sofocante del verano.

En una vuelta de tuerca, yo he pretendido reproducir torpemente, por falta de consonantes apropiadas en español, el sonido de la cigarra: un “ye, ye, ye, ye, ye”, pero pronunciando esta “ye” algo así como con una palatal fricativa, parecido al inglés “je” aunque alargando del fricación, como con un prolongado roce. En suma, el canto de la cigarra.   Este poema siempre me ha llamado la atención porque, en contra de la opinión de la tesis moralista de algunos que afirman la lección sobre la fugacidad de la vida que nos puede dar Bashō con estos versos, creo que la cigarra se ríe de nuestra preocupación por la muerte o por las cosas que no han llegado.

Compongamos haikus, con la inconsciencia con que canta la cigarra, sobre la vida o sobre la muerte porque lo único importante es el AQUÍ y el AHORA, es decir, el espíritu del haiku.

En cuanto al segundo poema que hoy presento a la atención de los amigos de El Rincón del Haiku, incide sobre la misma sensación: la indiferencia del azul del cielo (antes era el canto de la cigarra) ante el insignificante drama de la desaparición de una vida. Al fin y al cabo, como he comentado antes, ¿no va estar más limpio y más azul el cielo cuando nos hayamos ido?

La foto que adjunto, con la ramita de cerezo en flor en primer plano, lo dice mejor.

Ni el azul del cielo ni la cigarra tienen temor a la muerte. Son intrépidos, como intrépido es el haijin cuando con la flecha de su arte perfora el Inconsciente, es decir, la vida interior de las cosa

rchivo de la categoría: Con-des (Carlos Rubio)

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ABRIL 2020

4 ABRIL, 2020

CONSTRUIR

Voy esperando

Las flores del celindo

Que en mayo llegan.

DECONSTRUIR

Aquejados todos, contagiados o no contagiados, sintomáticos o asintomáticos, hospitalizados o no hospitalizados, muertos o vivos, por esta pandemia del coronavirus, es tiempo de esperanza.

Enjaulados en el mundo, la esperanza es nuestro resorte de supervivencia, nuestra respuesta instintiva al peligro.

Doble esperanza: la de saber que esta prueba nos está haciendo más fuertes (solidarios, compasivos, sabios, humildes, y todo lo que queramos añadir, sin excluir el comentario cínico de que a algunos pocos les está haciendo más ricos; o desengañados o amargados) y la esperanza de sentir que algún día todo esto tendrá un fin y habrá sido una terrible pesadilla.

Para mí el comienzo del fin de esta terrible pesadilla es el mes de mayo, dentro de muy poco, y el perfume embriagador de las blancas florecillas del celindo. Es el arbusto que forma la pared del patio de mi casa. Esperanza en forma de la blanca luz del final de un túnel.

Tengamos fe o Fe (el esqueleto de la esperanza). La fe o Fe es otro de los términos con que podemos significar nuestra intuición del Inconsciente. Y este Inconsciente (o inconsciente, como escribiría un agnóstico) es el océano inabarcable, inagotable que nutre nuestra inspiración poética.

Con este poema, además, quiero rendir un insignificante tributo a la tradición poética japonesa de la que bebemos quienes componemos haikus. Concretamente a un celebérrimo poema amoroso, un tanka, el nr. 139 de la antología Kokinshū o Colección de poemas antiguos y modernos (Hiperión, 2005), publicada el año 905, la más canónica e influyente de las antología japonesas.

Satsuki matsu

Hana tachibana no

Kao kageba

Mukashi no hito no

Sode no ka zo suru.

Mi traducción al famoso y anónimo (en el Kokinshū y otras antologías clásicas, “anónimo” suele ser sinónimo de antigüedad)  tanka dice así:

Voy esperando

La flor del mandarino

Que en mayo llega.

¡Cómo añoro el aroma

de las mangas de aquel hombre!

Tan famoso, en efecto, que la protagonista de El diario de la Dama Izumi (Satori, 2017), un intrigante manual del código amatorio de la época escrito a principios del siglo XI, repite espontáneamente el último verso del poema cuando se fija en la ramita de azahar que sostiene en la mano el mensajero que le trae una carta de amor del príncipe Atsumichi. Gracias a la mención de este poema, la dama Izumi pasa con nota alta la prueba de mujer refinada a que la somete el príncipe. Será el comienzo de una maravillosa historia de amor.

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MARZO 2020

28 FEBRERO, 2020

CONSTRUIR

La talanquera.

De líquenes vestida

Ya nadie la abre.

DESTRUIR

Acompaño este haiku con foto de este humilde objeto –la talanquera– que todavía perdura bravamente en los alrededores del pueblo donde vivo. Es una puerta rústica y tosca hecha de palos de enebro que da acceso a los huertos o pequeñas propiedades agrícolas. La flanquean piedras y la corona un tosco tejadillo de paja, tejas, como en este caso, o una lancha. Su anchura permitía el paso de una caballería, pero, eso, sí, sin caballero pues su altura no daba para más. La foto la saqué en el paseo de ayer tarde. Por desgracia ya no se hacen nuevas talanqueras. Cuando se deterioran por el paso del tiempo, son sustituidas por feas puertas de hierro o, en algunos, casos, por abyectos somieres viejos.

Los etimologistas no se ponen de acuerdo sobre el origen de esta hermosa palabra. «Talanquera». Algunos dicen que mozárabe? Celta, dicen otros haciéndola derivar de «tranca». Pero lo que deseaba destacar es su desoladora y lastimosa belleza. Con mucho sabi dirían los que conocen la estética japonesa. Sin darme cuenta he contrastado, por un lado, el encanto que resalta el discreto color de los líquenes amarillentos, apenas perceptibles en la fotografía, aferrados a la madera de sus palos horizontales (también a sus viejas tejas), y, por otro, el abandono a que está sometida ella y la tierra a que da acceso ya que «nadie la abre» desde hace mucho tiempo.

Otra variación de este haiku, que deseché a favor del primero, es:

Nadie la abre.

Del huerto abandonada,

La talanquera.

Me gusta de esta variante la ambigüedad que presenta: ¿es el huerto quien mantiene abandonada a la talanquera o es el hortelano que ya no la abre? Aunque la palabra «huerto» es sugerente, la de «líquenes» me ha parecido más expresiva, inesperada, rica por su cromatismo. Esta riqueza acentúa mejor la humildad de la rústica puerta, ¿no?

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

FEBRERO 2020

1 FEBRERO, 2020

CONSTRUIR

Tic tac de reloj.

En la ventana de un hospital

Ha amanecido.

DESTRUIR

En medio de las alharacas navideñas y de Año Nuevo de estos días, sean ruidosas y rutilantes o calladas y espirituales, tal vez resulte hasta saludable que los sanos (o los que creemos estar sanos) pensemos un instante en la habitación de un hospital donde yace alguien confinado en su lecho de enfermo. Podríamos ser nosotros.

   Por la ventana este enfermo ver cómo la luz del nuevo día se adueña lenta y suavemente de su pequeña estancia. ¿Es un amanecer que le traerá un día de alivio, de dolor, de desconsuelo, de indiferencia? ¿O le traerá amargura ante otra jornada más de sufrimiento? ¿O esperanza por una recuperación? No importa.

El amanecer es el tiempo diluido en luz, un tiempo que no le pertenece. Solo él conoce su estado de ánimo, cualquiera que sea, ante este prodigioso acontecimiento que el nacimiento del nuevo día. El hecho está ahí, anunciado inexorablemente por la pulsación del reloj.

Me recuerda este haiku uno famoso de la haijin Chiyo (1703-75). Las circuns-tancias en que lo compuso nos las cuenta Daisetz Suzu-ki en su clásico El Zen y la cultura japonesa.

   Esta gran poetisa, deseando mejorar su arte, visitó a un célebre maestro del haiku. El maestro le dio un tema sobre el cual componer un haiku. Era un tema favorito de la poesía clásica japonesa: el cuclillo (hototogisu). Una característica llamativa de esta ave es que es muy difícil verla u oírla pues solo canta cuando vuela por la noche.

   Chiyo compuso varios poemas sobre el cuclillo, pero ninguno la satisfacía y rechazaba todos porque le parecían conceptuales o vacíos del espíritu del haiku. No sabía qué escribir ni cómo expresar su genio poético. Temía no cumplir la tarea que le había encomendado el maestro. Una noche estuvo en vela dándole vueltas al tema tan concentrada que se olvidó del paso de las horas. Sin saber cómo, empezó a clarear el nuevo día. Al tomar conciencia de esta luz débilmente vista por los paneles de papel de su casa, en la mente de Chiyo se formó el siguiente haiku:

Hototogisu,

Hotogogisu tote,

Akenikeri!

Una traducción torpe puede ser esta:

Al cuclillo,

Llamando al cuclillo todo el tiempo,

Ha amanecido.

Cuando mostró estos versos al maestro, este lo aceptó como una de los más bellos haikus que había leído. La razón de su satisfacción era que comunicaba genuinamente el sentimiento más hondo sobre el cuclillo, sin artificiosidad ni esquemas intelectuales destinados a lograr determinado efecto estético. Era un haiku inocente y puro.

   Tal vez la larga meditación nocturna de Chiyo sobre el cuclillo le había ayudado a abrirse al Inconsciente, a dejar a un lado su ego, a vaciarse de sí misma. Zen en estado puro.

   Zen puede ser la habitación de un hospital en el momento en que el tic tac deja de sonar y cede el protagonismo a la luz del amanecer. Aunque en la cama no haya nadie.

   Zen puede ser que quien ocupa el lecho de enfermo sea yo o el dueño del ojo que lee estas líneas; o él o ella. Digo «sea» como podía haber dicho «haya sido» o «será». Aquí el tiempo no importa. Tampoco importa quien sea el sujeto.

Solo importa este fugaz regreso al Inconsciente.

ARTÍCULO

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ENERO 2020

1 ENERO, 2020

… la sección se denominará “Con-des”, las sílabas iniciales, o casi, de “construir” y “destruir”. Con “construir» significo un haiku propio con que iniciaré mi colaboración. Con “destruir» significo el comentario, el análisis, la anécdota, o la mención de algún haiku o waka famoso en la literatura japonesa relacionado con algún motivo con el haiku propio aportado…

-.-

Entre la niebla,

la luna, el árbol, el monte.

Lejos, ladridos.

Compuesto en el curso de mi paseo cuando caía la noche y se elevaba la luna creciente sobre la Cabeza del Oso (el cerro que acoge mi casa en la sierra de Gredos). Un paseo que realizaba en compañía de mi fiel perrito Zarco. La visión mencionada, entre la niebla del vallejo, era espectacular. Una visión, borrosa, espectral, que los poetas antiguos japoneses denominaban «honobono». «Honobono» es eso: entrevisto a duras penas. Uno de esos términos entrañables para la sensibilidad de los japoneses. Quizás porque apunta a la ambigüedad y falta de precisión en los contornos.

Uno de los poemas «waka» (cinco versos) más célebres de la literatura japonesa empieza con tal palabra. Dice «Honobono to / Akashi no ura ni / asagiri ni / shima gakure yuku / fune o shi zo omou».  Muchos creen que es un poema anónimo, por sus arcaísmos y aire antiguo, aunque en el Kokinshu, la antología del año 905, se le atribuye al poeta Kakinomoto. Su traducción:

“Al alba tenue

en la bahía de Akashi,

y entre la bruma,

un barco de nostalgias

tras las islas se pierde.»

(Es la misma versión que aparece en «El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía clásica japonesa» donde, por supuesto, lo «destruyo» con algún breve comentario)

El tercer verso de este haiku de la niebla vista con Zarco podría haber sido: «Al caer la noche» o «Tarde de otoño». En este último caso tendría entonces este verso cinco sílabas, que es lo que mandan los cánones del haiku convencional, pero quería darle una fuga acústica. Los cánones están, al fin y al cabo, para saltárselos. Es más divertido. Y, ciertamente, se oían ladridos a lo lejos. También, pues estaba en pleno campo, yo oía en mi paseo distantes esquilas de ovejas, pero este sonido me parecía demasiado bucólico, demasiado «hermoso». «Ladridos» me parecía más como viril. Y yo no persigo la belleza en mis modestos haikus. ¿Qué persigo?  Tampoco virilidad, claro. ¡Ah! Si lo supiera.

Esta vez no incluyo foto alguna. Que como lector/lectora te lo puedas imaginar es más sugerente, ¿verdad?

No Necesito Casi Nada… — El Rincón de Rovica

He vivido horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación (al menos la sensación) de que…

No Necesito Casi Nada… — El Rincón de Rovica

¿Qué se puede hacer en diez minutos o los flujos de Rubén García García

Sendero

Qué se puede hacer en 10 minutos, — preguntó a su examante

—Esto, dijo ella.

Abrió la blusa y dejo al aire sus pechos canela.

—¿Entonces serán sólo diez minutos…? Dando una entonación burlona.

Besó el sendero que divide sus colinas, el café con leche de sus pezones. La respiración se iba de los silbidos a los hipos. A punto de volar la parvada hacia el abismo del cielo sintió el piquete de una aguja que penetraba su nuca y traspasaba la médula.

—¡Esto es lo que se puede hacer! —exclamó ella, poco antes de que la sordera le llegase.

Ella se retiró reacomodando su ropa. Miró por última vez el hilo bermellón que salía de la nuca y al mismo tiempo percibió derramarse otro flujo que encontró reposo en el algodón que forraba el puente de la braga.

Literatura : «Las Edades De Lulú» (Almudena Grandes)

Excelente manejo. Ella cuenta y nos cuenta lo que percibe cuando le rasuran. lo comparto.

Avatar de Sexualidad CreativaSexualidad Creativa

Las edades de Lulú es una novela erótica escrita en 1989 por Almudena Grandes. Ganó el XI premio de la editorial «La Sonrisa Vertical» y fue tal su éxito que ha sido traducida a 19 idiomas. Personalmente me parece una novela eroticamente fantástica, es la primera que leí hace ya bastantes años, y definitivamente es mi favorita. Una historia de amor controvertida, fuera de lo «normal», emocionante y llena de descripciones de sexo explicito, detalladas y estéticamente cuidadas de tal forma que el lector es capaz de sumergirse totalmente en cada uno de los encuentros sexuales de los protagonistas. Un año después de la publicación del libro, el director Bigas Luna realizó la adaptación cinematográfica, desde mi punto de vista nada que ver con la novela, en absoluto, por favor ¡no elijáis ver la película, nooooo!

A continuación podeis leer  un fragmento:

«El estaba ahí, con una bandeja llena de…

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La creación y otros poemas

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Homero Carvalho Oliva

La Creación

Dios dijo apáguese la luz
tu ropa cayó al piso
y el mundo se iluminó
.

*

Mariposas de papel

Agosto, mes de los vientos.
Decidimos fabricarnos alas
con papel celofán,
pajitas, hilo y pegamento;
hicimos nuestro volantín,
papalote o cometa,
salimos a la altiplanicie
a cazar buenos vientos
para darles vida
a las mariposas de papel;
corrimos con ellas
unidos por un cordel,
cuerda de bramante,
enrollada en un palo,
los pajareros volantines
se elevaron al cosmos;
en la larga cola del dragón del aire
escribimos nuestros nombres
para llegar al cielo
sin desprendernos de la Tierra.
(Reconstrucción del vuelo)

**

Poemas de amor

Derrotadas las dictaduras
los poemas de amor
se volvieron peligrosos
porque son los únicos
en los que nos jugamos la vida.
¡La aurora siempre trae promesas!

*

Nido

El ave que vuela
desde mi cuerpo
anida en el alto monte

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La rosaleda de Rubén García García

Sendero

Encontré un tallo donde salían dos rosas. Era la primera vez que lo veía en mi rosaleda. Siempre una flor altiva y solitaria. Un centro nevado y rodeado por un tenue gris. Ahora en el mismo tallo las rosas coincidían. La tenuidad de un blanco gris y la otra un blanco purísimo. Pensé que el tallo que soportaba a las dos rosas ofrecía una imagen de la tolerancia. La mujer que amo ya no está, se fue sin que ella, ni yo lo pudiésemos evitar.

La rosaleda que sembramos, no deja de recordarla.

Leamos «Tristes querellas en la vieja quinta», cuento de Julio Ramón Ribeyro

Compartiendo

Cuando Memo García se mudó la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa, las enredaderas eran apenas pequeñas matas que buscaban ávidamente el espacio y las palmeras de la entrada sobrepasaban con las justas la talla de un hombre corpulento. Años más tarde el césped se amarilló, las palmeras, al crecer, dominaron la avenida con su penacho de hojas polvorientas y manadas de gatos salvajes hicieron su madriguera entre la madreselva, las campanillas y la lluvia de oro. Memo entonces había ya perdido su abundante cabello oscuro, parte de sus dientes, su andar se hizo más lento y moroso, sus hábitos de solterón más reiterativos y prácticamente rituales. Las paredes del edificio se descascararon y las rejas de madera de las casas exteriores se pudrieron y despintaron. La quinta envejeció junto con Memo, presenció nacimientos, bodas y entierros y entró en una época de decadencia que, por ello mismo, la había impregnado de cierta majestad.

Todo el balneario había además cambiado. De lugar de reposo y baños de mar, se había convertido en una ciudad moderna, cruzada por anchas avenidas de asfalto. Las viejas mansiones republicanas de las avenidas Pardo, Benavides, Grau, Ricardo Palma, Leuro y de los malecones habían sido implacablemente demolidas para construir en los solares edificios de departamentos de diez y quince pisos, con balcones de vidrio y garajes subterráneos. Memo recordaba con nostalgia sus paseos de antaño por calles arboladas de casas bajas, calles perfumadas, tranquilas y silenciosas, por donde rara vez cruzaba un automóvil y donde los niños podían jugar todavía al fútbol. El balneario no era ya otra cosa que una prolongación de Lima, con todo su tráfico, su bullicio y su aparato comercial y burocrático. Quienes amaban el sosiego y las flores se mudaron a otros distritos y abandonaron Miraflores a una nueva clase media laboriosa y sin gusto, prolífica y ostentosa, que ignoraba los hábitos antiguos de cortesanía y de paz y que fundó una urbe vocinglera y sin alma, de la cual se sentían ridículamente orgullosos.

Memo ocupó desde el comienzo y para siempre un departamento al fondo de la quinta, en el pabellón transversal de dos pisos, donde se alojaba la gente más modesta. Ocupaba en la planta alta una pieza con cocina y baño, extremadamente apacible, pues limitaba por un lado con el jardín de una mansión vecina y por el otro con un departamento similar al suyo, pero utilizado como depósito por un inquilino invisible. De este modo llevaba allí, especialmente desde que se jubiló, una vida que se podría calificar de paradisiaca. Sin parientes y sin amigos, ocupaba sus largos días en menudas tareas como coleccionar estampillas, escuchar óperas en una vieja vitrola, leer libros de viajes, evocar escenas de su infancia, lavar su ropa blanca, dormir la siesta y hacer largos paseos, no por la parte nueva de la ciudad, que lo aterraba, sino por calles como Alcanfores, La Paz, que aún conservaban si no la vieja prestancia señorial algo de placidez provinciana.

Su vida, en una palabra, estaba definitivamente trazada. No esperaba de ella ninguna sorpresa. Sabía que dentro de diez o veinte años tendría que morirse y solo además, como había vivido solo desde que desapareció su madre. Y gozaba de esos años póstumos con la conciencia tranquila: había ganado honestamente su vida —sellando documentos durante un cuarto de siglo en el Ministerio de Hacienda—, había evitado todos los problemas relativos al amor, el matrimonio, la paternidad, no conocía el odio ni la envidia ni la ambición ni la indigencia y, como a menudo pensaba, su verdadera sabiduría había consistido en haber conducido su existencia por los senderos de la modestia, la moderación y la mediocridad.

Pero, como es sabido, nada en esta vida está ganado ni adquirido. En el recodo más dulce e inocente de nuestro camino puede haber un áspid escondido. Y para Memo García los proyectos edénicos que se había forjado para su vejez se vieron alterados por la aparición de doña Francisca Morales.

Primero fue el ruido de un caño abierto, luego un canturreo, después un abrir y cerrar de cajones lo que le revelaron que había alguien en la pieza vecina, esa pieza desocupada cuyo silencio era uno de los fundamentos de su tranquilidad. Ese día había estado ausente durante muchas horas y bien podía entretanto haberse producido, sin que él lo presenciara, alguna mudanza en la quinta. Para comprobarlo salió al balcón que corría delante de los departamentos, justo en el momento en que una señora gorda, casi enana, de cutis oscuro, asomaba con un pañuelo amarrado en la cabeza y una jaula vacía en la mano. Le bastó verla para dar media vuelta y entrar nuevamente a su casa tirando la puerta, al mismo tiempo que ella lo imitaba. Apenas habían tenido tiempo para mirarse a los ojos, pero les había bastado ese fragmento de segundo para reconocerse, identificarse y odiarse.

Memo permaneció un momento indeciso, poseído por un sentimiento nuevo, acompañado de vagos y puramente teóricos deseos homicidas, pero luego resolvió que el único partido a tomar era espiar a su vecina. Por intuición sabía que la única manera de derrotar a un enemigo —y esa señora gorda lo era— consistía en conocer escrupulosamente su vida, dominar por el intelecto sus secretos más recónditos y descubrir sus aspectos más vulnerables.

Al cabo de una semana de observación descubrió que se levantaba a las seis de la mañana para ir a misa, que había puesto una tarjeta en la puerta donde se leía Francisca Viuda de Morales, que hacía sus compras en la pulpería de la esquina, que no recibía visitas, que algunas tardes iba a curiosear tiendas al Parque, que usaba un sombrero de anchas alas y un traje negro muy largo para ir probablemente al cementerio y que el resto del día dormía, cosía, leía y canturreaba en su cuarto o en el balcón sentada en una vieja mecedora.

Mal que bien comenzó a sospechar que se trataba de una vecina soportable, que alteraba apenas sus hábitos y dotaba más bien a su soledad de un decorado sonoro hecho de los muros más inocuos, hasta la vez que se le ocurrió, como sucedía cada diez o quince días, escuchar una de sus óperas en su vitrola de cuerda. Apenas Caruso había atacado su aria preferida sintió en la pared un ruido seco. ¿Algún descuido de su vecina? Pero al poco rato el ruido se repitió y cuando Memo volvió a poner el disco los golpes se hicieron insistentes. “¿Va a quitar esa música de porquería?”. Memo quedó helado. Nadie en la vida lo había interpelado de esa manera. No solo era un insulto pérfido contra su persona sino una ofensa a su cantor favorito. Sin hacer caso continuó escuchando a Caruso. Pero la voz de contralto de su vecina se impuso: “Pedazo de malcriado, ¿no se da cuenta que me molesta con esos chillidos?”. Memo quedó un momento callado y al fin apretando los puños y los dientes gritó: “¡Aguántelos!”. A mala hora. Ya no fueron golpes esporádicos los que removieron la pared, sino un martilleo insoportable, hecho seguramente con el metal de una cacerola. Memo estuvo a punto de ceder, pero adivinando que una primera concesión lo llevaría al sometimiento absoluto, aumentó el volumen de su vitrola y prosiguió escuchando impasible su ópera. La vieja continuó golpeando y refunfuñando y al fin cansada se fue de su casa tirando la puerta.

Este primer incidente alarmó un poco a Memo, pero al mismo tiempo halagó su vanidad, no se había dejado impresionar por esas bravatas y al final había salido con su gusto. Una vecina vieja y gorda no iba a mudar su rutina ni a menguar su tranquilidad. En los días siguientes continuó escuchando óperas, sin que la vecina pudiera impedírselo. Después de algunas protestas como “¡Ya empieza usted con su fregadera! ¡Me quiere volver loca!”, optaba por irse de paseo hasta el atardecer. Memo tuvo la impresión de que el enemigo cedía terreno y que esa primera batalla estaba prácticamente ganada.

Una tarde vio llegar a doña Pancha con una enorme caja de cartón, que lo intrigó. Estuvo tentado primero de salir al corredor y espiarla por la ventana, pero finalmente optó por pegar el oído a la pared. La escuchó canturrear y deambular por la pieza desplazando muebles. Al poco rato una voz de hombre llenó la habitación vecina. Era alguien que hablaba de las ventajas de fijador de cabello Glostora. Memo se desplomó en su sillón: ¡un aparato de radio! El locutor anunciaba ahora el programa “Una hora en el trópico”. Y la hora en el trópico empezó con la voz aflautada de un cantante de boleros. Memo escuchó dos o tres canciones sin atinar a moverse, pero cuando se inició la siguiente avanzó hacia la vitrola y colocó su Caruso. Su vecina aumentó el volumen y Memo la imitó. Aún no se habían dado cuenta, pero había empezado la guerra de las ondas.

Ésta duró interminables días. Doña Pancha había descubierto un arma más poderosa que la música bailable: el radioteatro. Su habitación se llenó de exclamaciones, llantos, quejidos, mallas de una historia que se prolongaba de tarde en tarde y en la cual, mal que bien, Memo había terminado por reconocer algunos personajes siempre arruinados o atacados por enfermedades incurables, pero incapaces de morir. Como le pareció indecente enfrentar a Verdi con tales adefesios, hizo una inspección por una disquería y llegó cargado de viejas marchas militares. Desde entonces cada vez que doña Pancha prendía su aparato para sintonizar un episodio de su novela, Memo hacía sonar los clarines de la marcha de Uchumayo o los redobles de tambor de la carga de Junín. Fue una lucha grandiosa. Doña Pancha hacía esfuerzos inútiles por evitar que bombos y cornetas contaminaran el monólogo dramático de la hija abandonada o los lamentos del viejo padre ofendido en su honra. La equiparidad de fuerzas hizo que esta guerra fuera insostenible. Ambos terminaron por concluir un armisticio tácito. Memo fue paulatinamente acortando sus emisiones y bajando su volumen, lo mismo que doña Pancha. Al fin optaron por escuchar sus aparatos discretamente o por encenderlos cuando el vecino había salido. En definitiva, había sido un empate.

Este conflicto fue seguido por un largo periodo de calma, en el cual cada contrincante, después de tanto esfuerzo desplegado, pareció entregarse con delicias a los placeres de la paz recobrada. Como cada cual conocía los hábitos del otro, procuraban no encontrarse jamás en las escaleras ni en la galería. Esto los obligaba sin embargo a vivir continuamente pendientes el uno del otro. Y fue así como Memo notó que su vecina había iniciado un vasto plan de embellecimiento de su habitáculo. El interior debía haberlo remozado, pues la vio pasar con latas de pintura. Pero luego —y esto era imposible no verlo— amplió sus proyectos decorativos hacia la galería. Su vieja mecedora la forró con una cretona floreada y en la baranda que corría frente a su departamento colocó una docena de macetas vacías. Éstas fueron progresivamente llenándose de plantas. Detrás de su visillo, Memo vio surgir con asombro claveles, rosas, siemprevivas, dalias y geranios. Doña Pancha no cumplía esta labor en silencio, sino repitiendo entre dientes que algunas personas no sabían lo que era “vivir decentemente”, que tenían su casa como unos “verdaderos chanchos” y que cuando vivía su marido había estado acostumbrada siempre a tener un jardín.

Memo escuchaba estas palabras sin inmutarse, pero terminó por darse cuenta que eran el inicio de hostilidades muchísimo más sutiles. Doña Pancha quería imponerse a él, ya que no por la fuerza, al menos por el gusto y la ostentación. Memo no tenía ninguna pasión por las flores, de modo que renunció a emular a su vecina en este sentido, pero recordó haber visto en sus libros de viajes fotografías de arbustos exóticos. En una florería del parque descubrió un helecho sembrado en su caja de madera y haciendo un dispendio lo adquirió. Como era imposible ponerlo sobre la baranda, no tuvo más remedio que colocarlo en la galería, al lado de su puerta. Durante horas esperó que doña Pancha llegara de la calle. Al fin la vio subir pufando las escaleras y detenerse asombrada ante el arbusto que inesperadamente adornaba el balcón. Largo rato estuvo examinando la planta con una expresión de asco y al fin soltando la carcajada se retiró a su cuarto.

Memo, que esperaba verla palidecer de envidia, se sintió decepcionado. Haciendo una nueva pesquisa por las florerías compró esta vez un pequeño ciprés que instaló también en la galería, al otro lado de la puerta, lo que tampoco pareció impresionar a doña Pancha. Finalmente completó su colección con un cactus serrano que instaló en su macetón contra la balaustrada. Fue solo esta planta la que provocó en doña Pancha un fruncimiento de nariz, una mueca de estupor y un ademán de abatimiento, que Memo interpretó como la más inconfesable envidia. Y para redondear su ofensiva, cada vez que regaba su huerta portátil no dejaba de decir en voz alta: “Geranios, florecitas de pacotilla. Dalias que apestan a caca. Hay que ser huachafo, tener el gusto estragado. La distinción está en los arbustos de otros climas, en la gran vegetación que nos da la idea de estar en la campiña. Las plantas en maceta, para los peluqueros”.

La rivalidad de las plantas se hubiera limitado a una simple escaramuza sin mayor consecuencia, si es que para llegar a su departamento doña Pancha no tuviera que pasar frente al de Memo. Y sus plantas iban creciendo. El ciprés había engrosado y tendía a dirigir sus ramas hacia el centro del pasaje, mientras el cactus serrano prolongó sus brazos en la misma dirección. De este modo, lo que antes era un corredor amplio y despejado se había convertido en una pequeña selva que era necesario atravesar con precauciones.

Una mañana que doña Pancha salió apurada a misa se enganchó el vestido con una espina. Memo fue despertado por sus gritos: “¡Esto no puede seguir así! ¡El viejo me quiere asfixiar con sus árboles! Quiere cerrarme el paso de mi casa. Ha llenado esto de cosas inmundas”. Y al notar que el vuelo de su traje tenía una rasgadura voló de un carterazo una rama del cactus.

Memo esperó pacientemente que bajara las escaleras. Cuando la vio desaparecer salió a la galería, inspeccionó detenidamente las macetas y eligiendo los claveles dio un golpe con la mano y el tiesto cayó al jardín de los bajos.

Al día siguiente Memo notó que a su cactus le faltaba otro de sus brazos y esa misma noche, esperando que doña Pancha se durmiera, echó a los bajos su maceta con dalias.

Las represalias no se hicieron esperar: Memo comprobó que a su ciprés le habían cortado la guía, condenándolo en adelante a ser un ciprés enano. Presa de furor envió esa noche al jardín las dos macetas de siemprevivas. A la mañana siguiente —doña Pancha debía haber madrugado— su helecho estaba partido por la mitad. Memo vaciló entonces si valía la pena proseguir esa guerra secreta de golpes de mano nocturnos y silenciosos: ella los conducía a la destrucción recíproca. Pero jugándose el todo por el todo esperó como de costumbre que llegara la medianoche y salió a la galería dispuesto a destruir esta vez la más preciada joya de su vecina: su maceta con rosas. Cuando se acercaba a la balaustrada, la puerta del lado se abrió y surgió doña Pancha en bata: “¡Ya lo vi, sinvergüenza, viejo marica, quiere hacer trizas mi jardín!”. “Me estoy paseando, zamba grosera. Todo el mundo tiene derecho a caminar por el balcón”. “Mentira, si ya estaba a punto de empujar mi maceta. Lo he visto por la ventana, pedazo de mequetrefe. Ingeniero dice la tarjeta que hay en su puerta. ¡Qué va a ser usted ingeniero! Habrá sido barrendero, flaco asqueroso”. “Y usted es una zamba sin educación. Debían echarla de la quinta por bocasucia”. “Soy yo la que lo voy a hacer echar. Lo voy a llevar a los tribunales por daños a la propiedad”. Los insultos continuaron, subiendo cada vez más de tono. Algunas luces se encendieron en la quinta. Memo, temeroso siempre del escándalo, optó por retirarse, después de lanzar una última injuria que había tenido hasta entonces en reserva: “¡Negra!”. Cuando entraba a su cuarto la vieja se deshacía en improperios, amenazándolo con un hijo que vivía en Venezuela y que estaba a punto de llegar: “¡Lo va a hacer pedazos, empleadito de mierda!”.

Memo concilió tarde el sueño, temiendo que doña Pancha arrasara esa noche el resto de su boscaje. Pero a la mañana siguiente comprobó que no había pasado nada. Él tampoco tuvo ánimo para reanudar la contienda. Los intercambios de insultos parecía haberlos aliviado. Entraron a un nuevo periodo de paz.

Memo pasó unos días sosegados, observando por la ventana a su vecina ocupada en sus trajines cotidianos, regar el resto de sus flores, barrer y baldear la galería, ir de compras o a misa. Una mañana la vio salir con sombrero, llevando en la mano una pequeña maleta. En vano esperó que llegara al atardecer o en la noche. La habitación vecina estaba terriblemente silenciosa. Memo coligió que doña Pancha debía haber partido hacia alguna de esas estaciones de baños termales, uno de esos lugares donde los viejos se reúnen en pandilla con la esperanza de retardar la hora de la cita con la muerte. Entonces respiró a sus anchas, pudo poner de nuevo sus óperas a todo volumen, pasearse en pijama por la galería, fumar hasta tarde apoyado en la balaustrada y hasta darse el lujo de sentarse una tarde en la mecedora de su vecina.

La tranquilidad de Memo no duró sin embargo mucho tiempo. Doña Pancha apareció un día con su maleta, rozagante y cobriza, lo que parecía corroborar que había estado de vacaciones. Ese día Memo no salió de su casa y se dedicó a espiarla, deseando casi que lo provocara con alguna impertinencia, a fin de tener un pretexto para elevar la voz y demostrar que estaba allí, intacto y vigilante. Pero su vecina no le concedió ninguna importancia. Se dedicó a reanimar su mustio jardín, a coser nuevas cortinas para su ventana y a escuchar sus radionovelas, pero a media voz, como si su periodo de descanso la hubiera persuadido de las ventajas de la convivencia pacífica.

Como lo temía Memo —y en el fondo lo esperaba— esto era solo apariencia. La vieja debía haber urdido durante su retiro alguna nueva estrategia. En esos días Memo había contratado a una muchacha para que viniera una vez a la semana a lavarle la ropa. Era casi una niña, un poco retardada y dura de oído. Cada vez que venía, Memo se instalaba en su sillón, cogía un libro de viajes y mientras la fámula laboraba la vigilaba con un aire paternal y jubilado.

Doña Pancha no se percató al comienzo de esta novedad. Pero a la tercera semana, al ver entrar donde su vecino a una mujer sola y permanecer allí largo rato, concibió un montaje obsceno, se sintió vicariamente ultrajada en su virtud y puso el grito en el cielo: “¡Véanlo pues al inocentón! Tiene su barragana. A la vejez viruelas. ¡Trae mujeres a su cuarto!”. “¡Silencio, boca de desagüe!”. “No me callaré. Si quiere hacer cochinadas, hágalas en la calle. Pero aquí no. Éste es un lugar decente”. “¡Zamba grosera, chitón!”. “¡Es el baldón de la quinta!”, añadió doña Pancha y no contenta con vociferar en su cuarto salió al balcón, justo cuando la muchacha se retiraba. “¡No vuelvas donde ese viejo, es un corrompido! Ya verás, te va a hundir en el fango”. La muchacha, sin entender bien, se alejó haciéndole reverencias, mientras Memo, que había salido a la puerta de su casa, se enfrentó por primera vez directamente con su vecina: “¡Es mi lavandera, vieja malpensada! Tiene usted el alma tan sucia como su boca. ¡Cuídese del demonio!”. Ambos levantaron la voz a tal extremo que apenas se escuchaban. Como de costumbre terminaron por darse la espalda y refugiarse en sus cuartos tirando la puerta.

Desde entonces doña Pancha no cejó. Cada vez que venía la lavandera se deshacía en insultos contra Memo. Nosotros, los habitantes de la quinta, comenzamos a darnos cuenta que esa banal enemistad entre vecinos hollaba el terreno del delirio. Probablemente doña Pancha había terminado por comprender que esa visitante era una inocente empleada, pero embarcada en su nueva ofensiva no quería dar marcha atrás. Memo se limitaba a parar los golpes, pero su arsenal de injurias parecía haberse agotado. La situación, objetivamente, lo condenaba y tenía que mantenerse a la defensiva. Hasta que se le presentó la ocasión de pasar al ataque.

Fue cuando se le atoró a doña Pancha el lavadero de la cocina. Por más esfuerzos que hizo no pudo reparar el desperfecto y se vio obligada a llamar a un gasfitero. Una tarde apareció un japonés con su maletín de trabajo. Memo supuso que era un artesano del barrio y sospechaba a qué venía, pero no quiso desperdiciar la oportunidad de vengarse. Cuando el obrero se fue, salió a la galería e imitando a sus tenores preferidos improvisó un aria completamente destemplada: “¡La vieja tiene un amante! ¡Trae un hombre a su casa! Un japonés además. ¡Y obrero! ¡Y en la iglesia se da golpes de pecho, la hipócrita! ¡Que se enteren todos aquí, doña Francisca viuda de Morales con un gasfitero!”. Doña Pancha ya estaba frente a él, más cerca que nunca. Cara contra cara, sin tocarse, gruñían, babeaban, enronquecían de insultos, se fulminaban con la mirada, buscando cada cual la palabra mortal, definitiva. “¡Cobarde, pestífero, empleaducho!”, logró articular doña Pancha, cuando Memo disparaba su último cartucho: “¡Vieja puta!”. Doña Pancha estuvo a punto de desplomarse. “¡Eso no! ¡Ya verá cuando llegue mi hijo! Viene a vivir conmigo. Es rico además, no un pobretón como usted. ¡Lo aplastará como a una cucaracha!”.

Y el hijo que vivía en Venezuela no era una invención. En efecto, llegó. Un taxi se detuvo un día frente a la quinta y de él descendió un señor corpulento, de pies muy grandes y andar acompasado. El chofer lo ayudó a transportar hasta el departamento dos baúles claveteados, decorados con etiquetas de todos los hoteles del mundo.

Memo, impresionado por su talante, permaneció unos días recluido, tratando de no dar signos de vida. A través del visillo lo vio salir con doña Pancha, acompañándola de compras o de paseo. Usaba camisas de colores chillones y corbatas floreadas. Su corpulencia sin embargo era un poco engañosa, pues Memo advirtió que a pesar de su gordura era pálido y daba a veces la impresión de una extremada fragilidad. Era además de poco hablar, pues Memo trató en vano, pegando el oído a la pared, de sorprender lo que hablaban. Sus veladas eran más bien tristes, lánguidas y finalizaban al anochecer con un breve paseo por la galería por donde discurrían silenciosamente.

Memo comprendió que el hijo se aburría y añoraba algo. Cuando su mamá se ausentaba, salía al corredor y pasaba largo rato en la baranda junto a las macetas floridas, fumando y mirando el cielo opaco. A veces se aventuraba a pasearse por la galería. Luego descendió al jardín, para errar pensativo bajo las coposas palmeras. Más tarde, en las noches, se resolvió a caminar solo por el balneario. Debía llegar tarde, pues Memo lo escuchó varias veces desde la cama subir fatigadamente las escaleras.

En esos días Memo se cruzó por azar en la escalera con su vecina. Hizo lo posible por evitarla, pero ella lo interpeló: “Ya no se le oye chistar, corderito, ahora que hay un hombre en casa. ¿No lo decía? A ver, manifiéstese, pues”.

Memo no sabía aún qué partido tomar. Esa presencia varonil lo cohibía por un lado pero por otro despertaba su curiosidad. Una noche decidió seguir a su vecino en una de sus salidas nocturnas. El gordo inició una caminata oblicua, fue en dirección del parque, pasó persignándose frente a la parroquia, observó con parsimonia una vieja residencia, tomó la alameda Ricardo Palma y, cosa que extrañó a Memo, cruzó los rieles del tranvía rumbo a Surquillo. Este barrio siempre le había inspirado a Memo desconfianza. En muchas de sus calles se afincaban indigentes, borrachines, matones y rufianes. El gordo anduvo de un lado a otro, aparentemente desprevenido, hasta que entró a una chingana de trasnochadores. Acodado en el mostrador pidió una cerveza y al beber el primer trago su fisonomía se transformó, abandonó todo lo que en ella había de inseguridad y de desarraigo, como la de un hombre que regresa a su hogar luego de una penosa aventura. Después de una segunda cerveza el gordo miró con insistencia a un mancebo que bebía a su lado y trató de buscarle conversación. Ésta se entabló y el gordo le invitó una cerveza. Memo no quiso seguir observando, pues se sintió invadido por una invencible repugnancia. El gordo ofrecía cigarrillos a su vecino y pedía que le mostrara su mano para adivinarle las líneas de la fortuna.

Las conclusiones que Memo sacó de este incidente se las reservó y no tuvo por el momento ocasión de usarlas pues el hijo, así como vino, se fue. Una mañana se detuvo un taxi frente a la quinta, subió el chofer y ayudó al gordo a llevar sus baúles hasta el auto. Doña Pancha estaba en la vereda con un pañuelo en la mano. La despedida fue larga y, tal como la presenció Memo, extremadamente patética. Memo dedujo que el hijo regresaba a Venezuela, esta vez para siempre.

Doña Pancha pasó unos días inactiva, despatarrada en su mecedora, viendo por encima de la baranda la quinta, sus enredaderas y esas garúas matinales que un invierno mediocre enviaba por bravata antes de despedirse. En esa época una de las palmeras de la entrada se desplomó causando susto, pero no daño a los transeúntes. La casa de la familia Chocano amaneció un día con los muros agrietados y sus ocupantes tuvieron que mudarse precipitadamente. Nadie se daba el trabajo de renovar el césped del jardín central, que había terminado por convertirse en un lodazal. La quinta continuaba degradándose. Sus propietarios, un Banco, no hacían nada por repararla, esperaban que su decrepitud expulsaría a sus habitantes y que podrían así construir un edificio moderno en su solar. Memo vio por primera vez aparecer ratones en los corredores.

Doña Pancha no tardó mucho en reponerse de la partida de su hijo. Su temperamento imaginativo y hacendoso la empujó a colmar ese vacío con nuevas ocupaciones. Una mañana Memo descubrió que en la jaula vacía que doña Pancha trajera el día que se mudó y que desde entonces colgaba sobre el dintel de su puerta había un loro. Un loro enorme, verdirrojo, que lo observó inmutable con sus ojos colorados. Memo dedujo de inmediato que esa adquisición no era un mero pasatiempo sino una acción dirigida contra su persona. Pero esta vez se engañó, pues se trataba de un loro más bien reservado que solo de cuando en cuando emitía un graznido metálico. Doña Pancha pasaba horas cambiándole el agua de su tacita y dándole de comer en el pico un choclo fresco.

Ese animal contenía sin embargo elementos de perturbación que no tardaron en manifestarse. En esos días una estación de radio había convocado a un concurso, ofreciendo un premio de mil soles a quien presentara un loro que dijera “Naranjas Huando”. A partir de entonces doña Pancha se dedicó a enseñarle a su perico esas palabras. Desde la mañana se paraba en una silla bajo la jaula y repetía sin desmayar “Naranjas Huando, Naranjas Huando”, sin obtener del animal el menor eco.

Memo soportó los primeros días esa cantaleta, confiado en que su vecina terminaría por desistir. Pero doña Pancha era de una tenacidad inquebrantable y la estupidez de su loro parecía redoblar su ardor. Sus lecciones se fueron haciendo más sostenidas y estruendosas. Un día no pudo más y salió a la galería: “Vieja bellaca, ¿va a cerrar el pico?”. “Pico tendrá usted, cholo malcriado”. “Éste no es un corral para traer animales”. “Y a usted, ¿cómo lo han dejado entrar en la quinta?”. “Animal será usted, una verdadera bestia para decirlo en una palabra. Más bruta que su loro”. “No me siga hablando así que voy a llamar a la policía”. “Que venga pues la policía y verá como hago que le metan al loro donde no le dé el sol”. “A mí hablarme de bocas. ¿No se ha visto la jeta en un espejo? Cara de poto”. “Asqueroso, tísico, pestífero”.

Estos altercados no impidieron que doña Pancha siguiera aleccionando a su loro. Cada día Memo preparaba una batería de agravios inéditos, pero que no hacían mella en su vecina. El loro, por otra parte, recompensando los esfuerzos de doña Pancha, salió de su mutismo y demostró tener una voz particularmente chillona, incapaz de articular la frase “Naranjas Huando”, pero de bordar en torno a esas sílabas un estridente abecedario.

Memo comenzó a pensar que esta vez se había embarcado en una batalla sin salida o que tal vez era necesario replantear desde el comienzo toda su estrategia. Y al fin se le ocurrió la idea salvadora: así como durante la guerra de las flores opuso a las macetas de su vecina su pequeño jardín salvaje ahora era necesario enfrentar a su animal con otro animal. Y ya que en la quinta había ratones lo indicado era un gato.

Lo buscó afanosamente por el barrio y encontró al fin alguien que le cedió un capón negro, huraño, y un poco viejo. Los primeros días el gato anduvo refugiado bajo el sillón y apenas se atrevía a salir para comer en la cocina o hacer su caca en una caja de arena. Luego, cediendo a la curiosidad, se aventuró por la pieza oliendo cada objeto y dejándose incluso acariciar el lomo por su dueño. Cuando Memo juzgó que ya había ganado su confianza le colocó una cadenilla y salió a pasearse con él por la galería.

Doña Francisca no dijo nada, pero comenzó a evaluar qué inconvenientes podría traerle la presencia de ese felino. Ella lo veía chusco, demoniaco, con la cola demasiado larga, capaz de propagar enfermedades repugnantes. Pronto comenzó a quejarse, diciendo que apestaba, que se meaba en el muro de su casa. “Mentira —chillaba Memo—, solo orina en su caja. No se caga fuera de la jaula como su loro y llena todo de moscas”.

Las cosas no quedaron allí. Cuando el gato se familiarizó más con la casa, Memo le permitió salir al corredor y tomar el sol al lado de su ciprés. Solo entonces el capón reparó que en la jaula vecina había algo que se movía. Se dedicó entonces durante horas a observar las evoluciones del pajarraco, intrigado por el galimatías que era todo lo que había aprendido de su dueña. Doña Pancha notó que el gato se acercaba cada día más a la jaula. “¡Se quiere comer a mi loro! ¡Usted lo ha adiestrado para que lo mate!”. “A buena hora. Libraría a la quinta de una plaga”. “Si lo veo acercarse un centímetro más, ese animal va a saber lo que es un escobazo”. “Y usted una patada en el trasero”. “¡Ya se abrió el albañal! ¡Ahora van a salir sapos y culebras!”. “Sapo será usted y una culebra es lo que yo debería traer para que la estrangule”.

A pesar de las protestas de doña Pancha, Memo dejó que su gato siguiera paseándose por la galería. En buena cuenta había delegado a su felino la tarea de ocuparse de su vecina y podía pasar así largas horas leyendo tranquilamente en un sillón. Un día sintió caer en el balcón un chorro de agua y al poco rato su gato penetró despavorido por la ventana completamente mojado. En el acto salió, cuando doña Pancha entraba a su casa con un balde.

“¡Ya la vi, zamba canalla! Abusando de un animal indefenso”. Doña Pancha asomó: “Se había subido a mi ventana, iba a saltar a la jaula”. “No le creo. Además mi gato no quiere envenenarse mordiendo a ese pájaro inmundo”. “Viejo avaro, usted lo mata de hambre seguramente cuando quiere comerse a mi loro”. “Come mejor que usted, para que lo sepa, carne molida y sardinas”. “Por eso es que apesta a pescado podrido”.

Memo interrumpió la discusión pensando que su gato necesitaba socorro, mientras su vecina seguía refunfuñando, advirtiéndole que en adelante no toleraría amenazas contra su loro. El gato tiritaba acurrucado en un rincón de la pieza. Memo lo secó cuidadosamente con una toalla, lo envolvió en una chompa y le colocó una bolsa de agua caliente. El gato permaneció unos días encerrado, sin atreverse a salir. Pero más puede la curiosidad que el castigo y asomando primero la nariz, luego el pescuezo terminó por implantarse otra vez en la galería, vigilando al perico. Doña Pancha cumplió su palabra y el felino recibió un segundo chorro de agua fría. Esta vez Memo, que no esperaba tal ofensa se abstuvo de toda reacción, pero esa misma noche veló y cuando su vecina dormía salió, descolgó la jaula y la aventó con tal fuerza al jardín de los bajos que la jaula se despanzurró. El loro se fue volando.

Nunca Memo previó las consecuencias de este gesto y por primera vez pensó que tal vez había ido demasiado lejos. Doña Pancha estaba a la mañana siguiente aporreando la puerta de su cuarto y tan trastornada por lo ocurrido que apenas podía hablar. Gorda, oscura, envuelta en sus anchísimos vestidos, gesticulaba delante de él, movía los brazos, cerraba el puño, señalaba su puerta, la baranda, el jardín, sin lograr convertir su cólera en palabras. Memo vio en su rostro abotagado los signos de un colapso inminente. “Usted se lo ha ganado”, se atrevió a decir y doña Pancha solo pudo exclamar, pero con una carga de odio que lo aterrorizó: “¡Miserable!”.

Sobrevinieron unos días de paz forzosa. Doña Pancha, olvidándose de Memo, salía muy temprano en busca de su loro, preguntando en el barrio de puerta en puerta. Puso un aviso a la entrada de la quinta ofreciendo una recompensa por su hallazgo. El viejo pájaro sin embargo no se había ido muy lejos. Su larga cautividad lo había despojado de toda veleidad libertaria y había terminado por recalar en la rama de un ficus vecino, donde un transeúnte lo ubicó. Su captura fue un ejemplo de movilización social. Doña Pancha concientizó a la mayoría de los vecinos y hasta nosotros, observadores más bien morosos, participamos en la aventura. Con escaleras, cuerdas y pértigas tratamos de echarle mano. Cuando estábamos a punto de alcanzarlo se volaba a un árbol contiguo. La persecución se prolongó durante días de árbol en árbol y de cuadra en cuadra hasta que llegamos a las inmediaciones del parque. Al fin el loro encalló hambriento y fatigado en una florería y doña Pancha pudo recobrarlo y con él la tranquilidad y el honor perdidos. Esta vez lo instaló en una jaula de pie, metálica, roja e inexpugnable.

A partir de entonces sucedió algo extraño: entre el loro y el gato se estableció una rara complicidad. Bastaba que el loro lanzara en la mañana su primer graznido para que el gato saliera inmediatamente al corredor, empezara a hacer cabriolas, encorvar el lomo, enhiestar el rabo, dar saltos y volantines, hasta que fatigado terminaba por sentarse muy sosegado y ronroneando al lado de la jaula. El loro se pavoneaba en su columpio, improvisaba gorgoritos y cuando el gato se atrevía por juego a meter su mano peluda por las rejas, fingía el más grande temor para luego acercarse y darle un inocuo picotón en la garra. En ese juego siempre repetido parecían encontrar un deleite infinito.

El acercamiento entre lo que antes habían sido sus armas de combate no menguó la pugna entre los vecinos. Pero ésta asumió formas muchísimo más rutinarias y triviales. Sin pretextos graves para enfrentarse, recurrían al insulto maquinal. Cada vez que se cruzaban en las escaleras o la galería Memo decía entre dientes: “Zamba cochina” y obtenía como respuesta: “Cholo pulguiento”. A través del muro además se había entablado un diálogo que se cumplía rigurosamente. Con los años doña Pancha sufría de trastornos gástricos y soltaba muchos gases. Memo, atento a todos los ruidos, llevaba en voz alta una escrupulosa contabilidad: “Primer pedo”, “Segundo pedo” y como a fuerza de fumar él tosía y escupía a menudo, doña Pancha respondía: “Ya empieza a echar gargajos el viejo tísico”, “Un pollo más”. Así, ambos nada olvidaban ni perdonaban y ocupaban sus días seniles en una contienda más bien disciplinada, cada vez menos feroz, que iba tomando el aspecto de una verdadera conversación.

Un día el cielo raso de doña Francisca se agrietó y poco después en el muro de la fachada apareció una fisura. La quinta seguía cayéndose a pedazos. Doña Pancha fue al Banco y trató inútilmente de localizar al propietario. Le dijeron que era una sociedad anónima y que ésta la formaban un centenar de personas o, lo que era lo mismo, ninguna. Al fin logró hacerse escuchar por un empleado quien le dijo que las reparaciones corrían por cuenta de los inquilinos y que si no podía hacerlas se mudara. Poco después recibió una notificación judicial diciéndole que si las averías se agravaban se vería obligada a dejar la casa.

Esto la sumió en el más grande terror. Por el alquiler antiguo que ella pagaba en ese lugar solo encontraría un cuarto de esteras en una barriada. Cada mañana pasaba revista al cielo raso y los muros temerosa de ver surgir una nueva grieta. Pero la quinta se desmoronaba caprichosamente, sin seguir ningún orden preestablecido. Otra de las palmeras de la entrada se derrumbó, en los departamentos de los altos estallaron las cañerías inundando varios departamentos y las tejas de una casa exterior se vinieron abajo.

Memo no trató esta vez de sacar ninguna ventaja de las dificultades de su vecina. Varias veces estuvo tentado de intercalar, en uno de sus cotidianos diálogos murales, algo así como “Que se le caiga el techo encima” o “Reviente, zamba, bajo la pared”, pero el temor de que el deterioro de la casa contigua se hiciera extensivo a la suya lo paralizaba. Esto no le impedía llevar el registro de los ruidos de su vecina y aparte de los gases había detectado en su respiración, en las noches, un ronquido que le dio pábulo a nuevas invectivas: “Ahora son los bronquios; las pulmonías se llevan a la tumba a las viejas gordas” o “Dentro de unos meses a Jauja, a respirar el aire de los desahuciados. Así me dejará tranquilo, arpía”.

Una noche doña Pancha tosió sin interrupción, lo que redobló las pullas de Memo y el pleito que tendía a empantanarse en la moderación recobró su antiguo brío. “¡Asqueroso, insolente, no tiene respeto por una mujer de edad! A ver, ¿por qué cuando estuvo mi hijo aquí no levantó la voz? Se la pasó escondido bajo la cama, cobarde”. Por la mente de Memo pasó un viejo recuerdo y antes de que pudiera reprimirse gritó: “Sépalo bien, ¡su hijo era un rosquete!”. En vano esperó la respuesta. En el resto de la noche solo escuchó toses, ronquidos y suspiros.

Al día siguiente doña Pancha no salió de su cuarto. Memo esperó en vano verla regresar de misa o ir de compras para colocarle, de pasada, una de sus habituales estocadas. El loro estuvo más locuaz que de costumbre, probablemente esperando su choclo fresco y el gato trató de entretenerlo en vano con sus monerías de viejo capón. Memo permaneció todo el tiempo al acecho, escuchando tan solo en la pieza contigua el carraspeo y el trajín de una persona agotada. En los días siguientes el trajín se fue haciendo más lento hasta que cesó por completo. Memo se alarmó: ese silencio le parecía irreal, despojaba a su vida de todo un escenario que había sido minuciosa, arduamente montado durante años.

Saliendo al balcón observó al loro que yacía acurrucado en un rincón de su jaula encamada y, lo que nunca hacía, se atrevió a acercarse a la ventana de su vecina. Apenas vio su reflejo en los cristales dio un respingo. “Viejo idiota, ¿qué hace allí espiándome?”. “No estoy espiando a nadie. Ya le he dicho que el balcón es de todos los inquilinos”. “Ya que tiene usted dos patas, vaya a la botica y tráigame una aspirina”. “A la última persona que le haré un favor será a usted. Reviente, zamba sucia”. “No es un favor, pedazo de malcriado, es una orden. Si no me hace caso va a caer sobre usted la maldición de Dios”. “Esas maldiciones me importan un comino. Búsquese una sirvienta”.

Memo regresó a su cuarto y anduvo entre sus álbumes de estampillas y sus libros de viajes tratando de entretenerse en algo. Pero nada lograba retener su atención, a no ser el silencio que lo cercaba. Al fin pegó la boca al muro y gritó: “¡Le traeré la aspirina, bestia, pero lo hago solo por humanidad! Y aun así cuídese, no vaya a ser que le ponga veneno”.

Cuando regresó de la farmacia tocó la puerta de doña Francisca. “Un momento, cholo indecente, espere que me ponga la bata”. “¿Y cree que la voy a mirar? Lo último que se me ocurriría: ¡una chancha calata!”. La puerta se entreabrió y asomó por ella la mano de doña Pancha. Memo depositó el sobre con las aspirinas. “Un sol cincuenta. No va a querer además que le regale las medicinas”. “Ya lo sé, flaco avaro. Espere”. La mano volvió a asomar y arrojó al balcón un puñado de monedas. “¿Así me paga el servicio? ¡Sépalo ya, no cuente en adelante conmigo, muérase como una rata!”.

Pero esa noche cuando doña Pancha lo interpeló pidiéndole una taza de té caliente Memo, después de deshacerse en improperios, se la preparó. Esta vez la comunicación se efectuó a través de la ventana. Memo tuvo apenas tiempo de entrever el rostro de su vecina, ajado, sombrío, fláccido y violeta.

Al día siguiente fue un caldo lo que doña Pancha exigió. Memo preparaba su propia comida, a veces la encargaba a una pensión de donde se la traían en un portaviandas, muy rara vez iba a un restorán. Ese día no tenía caldo.

“¿Y por qué no un pavo al horno, vieja gorrera?”. “Un caldo, he dicho”. Memo cogió un poco de carne molida de su gato y preparó una sustancia. Doña Pancha lo esperaba en la ventana, apoyada en el alféizar. Memo la volvió a examinar y notó por primera vez que sus ojeras eran siniestras y que tenía dos enormes lunares de carne en la mejilla. Doña Pancha olió el caldo: “De hueso, seguramente, miserable”. “De caca de gato, para que lo sepa”.

Al día siguiente Memo se levantó temprano, fue a una pensión cercana y encargó para mediodía una doble ración de caldo de gallina. Cuando se lo trajeron lo puso en el fogón para que se mantuviera caliente. Sentado en su sofá esperó que doña Pancha se manifestara. Pero dieron las dos de la tarde y no escuchó ningún pedido. “¿No hay hambre, vieja pedorra?”. Más tarde volvió a interpelarla: “¡Eh, aquí no estamos para aguantar caprichos! La sopa a sus horas o nada”. Como doña Pancha no contestó, apagó la cocina y se echó a dormir la siesta. Despertó al atardecer en medio de un gran silencio, puntuado solo a veces por el cacareo de un loro cada vez más famélico. Memo se entretuvo escuchando sus discos de Caruso, a un volumen intencionalmente elevado, pero a diferencia de otras épocas no llegaron del otro lado ni protestas ni represalias. Cuando ya estaba oscuro volvió a encender la cocina para calentar el caldo y salió a la galería. Otra vez se vio circundado por una calma irreal. El departamento de su vecina estaba apagado. Memo se paseó delante de él taconeando fuerte sobre el enladrillado para hacer notar su presencia e interpelando al pajarraco: “Lorito de trapo sucio, a punto de estirar la pata, ¿no?”. Al fin, intrigado, se decidió a dar unos golpes en la puerta y como no obtuvo respuesta la empujó. Estaba sin picaporte y cedió. En la oscuridad avanzó unos pasos, tropezó con algo y cayó de bruces. “Vieja bruja, ¿así que poniéndome zancadillas, no?”. A gatas anduvo chocando con taburetes y mesas hasta que encontró el conmutador de una lámpara y alumbró. Doña Pancha estaba tirada de vientre en medio del piso, con un frasco en la mano. El vuelo de su camisón estaba levantado, dejando al descubierto un muslo inmensamente gordo, cruzado de venas abultadas. El primer impulso de Memo fue salir disparado, pero en la puerta se contuvo. Agachándose rozó con la mano ese cuerpo frío y rígido. En vano trató de levantarlo para llevarlo a la cama. Esos cien kilos de carne eran inamovibles.

“Ya lo decía —masculló—, tenías que reventar así. ¿Y ahora qué hago contigo? ¡Aun muerta tienes que seguir fregando! Dura como loza te has quedado, negra malcriada”. Su gato había aprovechado para entrar a husmear ese lugar no hollado y olía la mano de doña Pancha. “¡Fuera de aquí, bestia carachosa!”, gritó Memo y como nunca le encajó un puntapié en las costillas. Con una rápida mirada escrutó la pieza y notó el desorden que deja una persona que bruscamente se ausenta: cajones abiertos, ropa tirada en las sillas, platos sucios en la cocina. Saliendo del cuarto fue a su casa, se puso su pijama, probó un poco de caldo y se metió a la cama. Pero le fue imposible conciliar el sueño. Cerca de medianoche se vistió y se dirigió a la comisaría del parque para dar cuenta de lo sucedido.

En el resto de la noche y hasta la madrugada pasaron por el cuarto vecino policías, el médico forense, un sacerdote, algunos vecinos y dos monjitas que vistieron a la muerta. No hubo velatorio. Vino a llevarla al cementerio la carroza de los indigentes. Cuando en pleno día sacaban el ataúd de madera sin barnizar, Memo dudó si debía o no hacer acto de presencia. Estuvo a punto de ponerse el saco, pero finalmente por desidia o por terquedad renunció.

Y desde entonces lo vimos más solterón y solitario que nunca. Se aburría en su cuarto silencioso, adonde habían terminado por llegar las grietas de la pieza vecina. Pasaba largas horas en la galería fumando sus cigarrillos ordinarios, mirando la fachada de esa casa vacía, en cuya puerta los propietarios habían clavado dos maderos cruzados. Heredó el loro en su jaula colorada y terminó, como era de esperar, regando las macetas de doña Pancha, cada mañana, religiosamente, mientras entre dientes la seguía insultando, no porque lo había fastidiado durante tantos años, sino porque lo había dejado, en la vida, es decir, puesto que ahora formaba parte de sus sueños.

Valentina López México

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Viejo verso

Descansa un verso de amor a la sombra del mundo, refugiado en un cajón del buró con dolencias de viejo y barbas crecidas, asoma en su tarde de paz a observar el ocaso .

Es un amor callado, grande cuál sol que calienta el alma, tan lleno para si mismo, sosteniendo la versión de su historia con su melodía improvisada.

Tiene licencia de loco por amor , exhala suspiros arrojando imágenes vivas con voces que son murmullos de su boca sonriente .

Amor viejo Con rodillas sangrantes por tropezar con tantas piedras del camino; y el recuerdo sigue ahí … Sentado en su pensamiento Viejo verso de amor que vive por siempre en el buró de los recuerdos.

Filosofía del abuelo

Es mi abuelo quien viste su identidad en tiempos nuevos con ojos de paz y su lenguaje de siempre. Cargando sus siglos traspasa el tiempo cantando su historia desde la raíz hasta la punta del árbol.

Su filosofía siente el respiro de los montes abandonados y los caminos suspiran nostalgia, con voz profunda clama a la conciencia su indiferencia a la tierra y suscribe el latido del viento cuando cae el rayo sobre la piedra.

Mi abuelo es quien desnuda las mazorcas del maíz con sus manos callosas y acariciar el alma de su suelo que es su morada, razón de su gente luz de su recuerdo con tantos soles atrapados en su piel y olor a milpa.

¡Qué canten! Canten los tiempos nuevos la palabra de mi abuelo o nos vestirán sombras ajenas y la conquista será completa.

Mi abuela un universo

Yo era el sol en sus ojos de nubes tenía su pelo el brillo de las estrellas ,su boca un manantial de sabiduría, fuimos lluvia en la distancia ,ella el árbol más grande de esté mundo y yo su retoño.

Sin miedo me sumergía en su inmenso lago de la razón, su verdad agua pura y transparente, deslizaba sus manos en mi cabeza hasta llegar a lo más intrincado de mis pensamientos, tenía la puerta abierta de mis ojos entraba suavemente como el viento, así conoció mi sentir, era la luz de mis penumbras ,el reflejo de mi espejo.

Peña enorme de la montaña y yo diminuta hormiga cobijada por su sombra, un día me puso alas y me asomó al precipicio cerré fuerte mis puños para golpear lo que impida mi paso, así me enseñó a volar.

Era su andar despreocupado con la certeza de pisar suelo firme. Llenaba su espacio con olor a pino en el fogón y alcatraz en la repisa, la cazuela en salsa verde de quintoliles.

Querida abuela eres la raíz, yo la rama de tu historia, ahora con nuevos brotes . Gracias por estar aquí.

Templo de piedra

Condición de su espacio con racimos de siglos colgando en sus columnas con su techo de historias perfección de lo infinito. Presencias que están ahí en ese transito de sombras con su eterna danza movidas por el viento con olor de vainilla ,cantan en el gua del arroyo, hablan con sus palabras quietas saliendo por las hendiduras de la piedra ,habitan en las florecillas del mozote blancas y amarillas que están por el camino.

Fuertes presencias como el sol que se abraza que abraza el tronco seco donde salen las hormigas. Inmersa en ese tiempo interrumpe mi pensamiento el flautín a golpe de tambor en vuelo de pájaros coloridos arrullando el sueño del Dios Trueno.

Y en lo alto de aquel árbol que desborda su raíz se escucha el canto de un papán despreocupado.

Poemas de Ana Basilio

Compartiendo http://grafografxs.uaemex.mx/?p=poesia_taller

El secreto sería que te volvieras Peter Pan

Tiembla el aire de día sobre la sombra de las líneas

La una de la tarde es el momento de la luz

No hay lugar donde me pueda esconder del sol

Por eso me hago Campanita

Mi ad litem es vivir dentro de una manzana

amarilla para que la estrella se confunda-

Nadie me buscará dentro del súper

Y mucho menos ahora que el kilo está a noventa pesos.

Outsider

Quisiera estar con cualquier otra persona que no seas tú.

Helado flotante sobre la mesa.

Animal de salvia, sólo sabes herir.

Bufas y gruñes sobre la arena creyendo pasto.

Ojalá tuvieras calor de playa y no de desierto

para que un beso tuyo pudiera sentirse de carne, 

y no como el Dios de metal que te crees que eres

revisando el celular, golpeando al piso

tragaste las moscas alrededor de mi cabeza

y adentro de ella.

Bestia de felpa. Tus arañazos ya no me hacen ni tantito.

A través de la hoguera te vi.

Ya te vi,

escorpión de madera.

Ana Basilio (Poza Rica, Veracruz, 1992). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana y Derecho en la Universidad Veracruzana. Es autora de Éter para victimarios (Ediciones Sediciones, 2019) y de las plaquettes Manifiesto bacanal (C.L., 2012) y Alógena (Astros, 2008). Parte de su trabajo aparece en Escaparate de PoesíaRevista El HumoFemFutura Poetry Slam Madrid, entre otras publicaciones. En 2021 participó en la antología Novísimas: Reunión de poetas mexicanas, Vol. Il, de la editorial Los Libros del Perro. Es integrante del taller de poesía de Grafógrafxs.