De Rubén García García
Nada se mueve,
el bochorno es atroz.
Todo es silencio

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
De Rubén García García
Nada se mueve,
el bochorno es atroz.
Todo es silencio

Por Rubén García García
La luna llena
despierta en su camino las azucenas.

Muchas gracias por su visita.
Ana María Shua
En su lecho de muerte, el padre le entrega un cofre. Adentro del cofre vive una serpiente.
–Esta serpiente –dice el moribundo– es tu hermano, fruto de mis amores con una mujer demonio. Lo confío a tu cuidado.
El hijo consagra su vida a la caza de ranas y ratones para alimentar a la serpiente, creyendo que su padre sufre en la Gehena el castigo de los lujuriosos o los magos, sin saber que se cuece, en realidad, en el círculo destinado a los bromistas.

De Rubén García García
El olor del café en mi velorio me tiene inquieto. no me deja conciliar mi muerte.

de Carlos Suchowolski
En lo sustancial, las leyes no se ajustaban a su idiosincrasia y se
inclinaban en su contra. No obstante, tenían los suficientes resquicios
como que las pudiera burlar. Por eso no se resistió al arresto y aceptó
la prisión preventiva con una sonrisa mordaz: sabía muy bien que al día
siguiente tendrían que dejarlo en libertad: en cuanto la víctima dejara
de serlo y, convertida en su mejor testigo, se presentara en el juzgado
para anular toda denuncia, incluyendo la de haberle mordido en el
cuello con sadismo, sed y alevosía.
Carlos Suchowolski. Publicado desde 1969 en varios idiomas.
La Sociedad Española CF le publica en sus «Cuentos del año». En
2007, primera novela, Una nueva conciencia, reeditada, y Once tiempos de
futuro (Amazon). Nueva novela, La botella precintada y más relatos.

de Rubén garcía García
Día con día,
el barquero es un puente
que une familias.

Por Azucena Rodríguez
Adriana Azucena Rodríguez
| (Ciudad de México). Doctora en Literatura Hispánica (COLMEX). Profesora-investigadora en la UACM (Creación Literaria). Autora de Postales. Mini-hiper-ficciones (Fósforo, 2013), La sal de los días (BUAP, 2017) y El infierno de los amantes (UACM, 2017) |

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De Rubén García García
Me joden los tipos que quieren agandallar tu turno. Rodé por el piso saqué mi çold y un tiro en la frente a cada mañoso. Volví a mi lugar en la fila y seguí con mi lectura.

Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

La cabeza en el mundo
Estudié psicología en una ciudad comunista grande, lóbrega, mi apartamento estaba en un edificio que durante la guerra había sido de la división de las SS. Habían construido aquella parte de la ciudad de las ruinas del gueto, era fácil percibirlo cuando lo observabas bien (todo el barrio estaba un metro por encima del resto de la ciudad). Un metro de escombros. Nunca me sentí bien; entre los nuevos bloques y las placitas esmirriadas siempre soplaba el viento, y el aire helado era particularmente doloroso, me cortaba la cara. En el fondo, a pesar de toda aquella construcción, era un lugar que pertenecía a los muertos. Aún ahora sigo soñando en el edificio del piso, sus pasillos anchos, como si hubieran sido perforados en la roca, alisados por los pasos de la gente, los bordes gastados de las escaleras, la barandilla pulida por las manos, las marcas grabadas en todo el espacio. Quizá por eso temíamos la aparición de espíritus.
Cuando soltábamos ratas en aquel laberinto, siempre había una que contradecía nuestra teoría y le eran exactamente igual nuestras hipótesis ingeniosas. Se ponía de pie a dos patas, sin estar en absoluto interesada en el premio al final del recorrido experimental; contraria a los privilegios del acondicionamiento de Pavlov, nos clavaba la mirada, y después daba media vuelta o se entregaba sin prisas a examinar el laberinto. Buscaba algo en los pasillos laterales, intentaba llamar la atención. Chillaba desorientada, y entonces las chicas, en contra de las reglas, la sacaban del laberinto y la cogían en brazos.
Los músculos de una rana muerta, tendida, se curvaban y se tensaban al dictado de los impulsos eléctricos. Sin embargo, de un modo que aún no había sido descrito en nuestros manuales, nos enviaban señales, y las extremidades hacían unos gestos evidentes de amenaza y de mofa, lo que contradecía la sacrosanta fe en la inocencia mecánica de los reflejos fisiológicos.
Aquí nos enseñaron que el mundo se puede describir, e incluso aclarar con la ayuda de respuestas sencillas a preguntas inteligentes. En su esencia es impotente y está muerto, lo gobiernan unas leyes bastante simples que es necesario aclarar y presentar, y mejor aún si se emplea un diagrama. Nos pedían experimentos. Formular hipótesis. Comprobar. Nos introdujeron en los misterios de la estadística, creyendo que gracias a ella se pueden describir perfectamente todas las regularidades del mundo, porque un noventa por ciento es mucho más significativo que el cinco por ciento.
Pero hoy ya sé una cosa: quien busque orden que evite la psicología. Mejor que escoja la fisiología o la teología, al menos tendrá un apoyo sólido, en la materia o en el espíritu; no resbalará en la psique. La psique es un objeto de investigación muy inseguro.
Tenían razón los que decían que no se escoge esa carrera para asegurarse después un trabajo, por curiosidad, o por la vocación de ayudar a los demás, sino por un motivo más simple. Mucho me temo que todos teníamos algún defecto profundamente escondido; aunque a buen seguro dábamos la impresión de ser personas jóvenes, sanas, inteligentes, era un defecto disimulado, camuflado diestramente en los exámenes de ingreso. Un hatajo de emociones estrechamente entrelazadas, deshilachadas como aquellos extraños tumores que a veces se encuentran en el cuerpo humano y se pueden ver en los museos que sean dignos de anatomopatología. Pero también podía ser que los examinadores fueran personas del mismo tipo y en realidad supieran qué hacían. Así nosotros seríamos sus herederos. Cuando en segundo trataron cómo funcionaban los mecanismos de defensa y descubrimos con admiración la potencia de nuestra psique, empezamos a entender que si existiera la racionalización, la sublimación, la eliminación, todas esas estrategias que nos ofrecíamos a nosotros mismos, si se pudiera mirar el mundo sin ninguna protección, de modo honesto y atrevido, entonces nos reventaría el corazón.
Supimos en esa carrera que estábamos construidos de defensa, de escudos y de corazas, que éramos ciudades donde la arquitectura se reducía a los muros, las torres y las fortificaciones; estados de búnkeres.
Todos los tests, las entrevistas y las investigaciones nos las hacíamos mutuamente los unos en los otros y después de tercero yo ya sabía decir qué me dolía; era como descubrir el propio nombre secreto con el que se ingresa en una iniciación.
No estuve mucho tiempo ejerciendo la profesión que había aprendido. Durante una de mis salidas, cuando me quedé sin dinero en una gran ciudad y trabajaba limpiando habitaciones de hoteles, empecé a escribir un libro. Era un cuento sobre el viaje, para leer en el tren, un libro que era como si lo escribiera para mí misma. Un libro como un canapé, para tragárselo de golpe, sin morder.
Era capaz de concentrarme cuando era necesario, durante un tiempo me convertí en un oído monstruoso para escuchar los cuchicheos, los ecos y el ruido; las voces lejanas que llegaban del otro lado de alguna pared.
Pero no llegué a convertirme nunca en una auténtica escritora o, más bien, en un escritor, porque esta palabra con el género masculino suena mucho más importante. La vida siempre se me escurría. Sólo chocaba con sus marcas, con unas miserables pieles cambiadas. Cuando apuntaba a su posición, ya estaba en otro sitio. Tan sólo encontraba signos, como lo que se deja en la corteza de los árboles en los parques: «He estado aquí». En mi escritura, la vida se transformaba en historias incompletas, en cuentos oníricos, en tramas confusas, se mostraba de lejos en algunas increíbles perspectivas desplazadas o en cortes transversales, y era difícil inventar algunas conclusiones con respecto a la totalidad.
Quien haya intentado alguna vez escribir una novela sabe que es una tarea muy dura, es sin lugar a dudas una de los peores modos de trabajar por cuenta de uno mismo. Todo el tiempo hay que quedarse en uno mismo, en una celda de una sola persona, en una soledad absoluta. Es una psicosis controlada, una paranoia con una obsesión de adicción al trabajo, por ello hay que eliminar las plumas, los miriñaques y las máscaras venecianas con que las conocemos, y mejor ponerse un delantal de carnicero y unas botas de goma, y un cuchillo para abrir las entrañas. Desde ese sótano del escritor apenas se ven las piernas de los peatones, se oye el ruido de los tacones. A veces alguien se detiene para agacharse y dar una ojeada, entonces puede verse una cara humana e incluso pueden intercambiarse algunas palabras. En realidad, sin embargo, la mente está ocupada con el juego que se va llevando a cabo ante él en un panóptico esbozado con prisas, colocando las figuras en un escenario provisional: el autor y el personaje, la narradora y la lectora, a quien describe y la descrita; pies, zapatos, tacones y caras se convierten, tarde o temprano, en una parte de ese juego.
No me sabe mal haber tenido afecto a esa tarea tan particular: no servía para psicóloga. No era capaz de aclarar, de sacar de la oscuridad de la mente las fotografías familiares. Las confesiones de los otros muy a menudo me aburrían, lo reconozco con tristeza. Hablando sinceramente, solía acontecer que prefería cambiar nuestras relaciones y empezaba a hablar de mí misma. Tenía que ir con mucho cuidado para no asir de repente a la paciente por la manga e interrumpirla a media frase: «¡Pero qué dice usted, señora! ¡Yo lo siento de un modo muy distinto! ¡Y lo que yo he soñado! Escuche, escuche…» O: ¡«Qué sabe usted del insomnio! ¡Ya me dirá si eso es un ataque de pánico! Va, no bromee. Lo que yo tuve recientemente, eso sí era…»
No sabía escuchar. No respetaba las fronteras, desplazaba las cosas. No creía en la estadística y en la verificación de las teorías. Siempre me ha parecido demasiado minimalista el postulado de «una personalidad: una persona». Tenía tendencia a borrar las evidencias, a poner en duda los argumentos irrefutables: aquello era un vicio, un yoga perverso del cerebro, un placer sutil de experimentar el movimiento interno. Poner en duda cada opinión, paladearla bajo la lengua y finalmente el descubrimiento esperado de que ninguna era auténtica, sino falsa, y que provenía de una marca fabricada. No quería tener unas opiniones formadas, habrían supuesto un equipaje innecesario. En las discusiones ahora me ponía de una lado, ahora del otro —y sé que no les gustaba como oradora. Fui testigo de un fenómeno extraño que me vino a la cabeza: cuantos más argumentos «a favor» encontraba, más me venían «en contra», y cuanto más me aferraba a los primeros, más atractivos eran los segundos.
Cómo podría haber examinado a los otros, si a mí sola se me hacía muy difícil solucionar cualquier test. Un cuestionario personal, una encuesta, una columna de preguntas y unas respuestas de elección múltiple me parecían demasiado difíciles. Pronto me di cuenta de esa deficiencia, por eso en la carrera, cuando nos examinábamos en prácticas, daba respuestas sin pensar, lo primero que me viniera a la cabeza. Después, de todo eso, salían unos perfiles muy extraños: unas líneas curvas llevadas al eje de las coordenadas. «¿Crees que la mejor decisión es la que es más fácil de cambiar?» ¿Lo creo? ¿Qué decisión? ¿Cambiarla? ¿Cuándo? ¿Cómo de fácil? «¿Al entrar en una habitación, ocupas más bien el sitio central o el periférico?» ¿En qué habitación? ¿Y cuándo? ¿Está vacía la habitación o arrimados a las paredes hay sofás de terciopelo rojo? ¿Y las ventanas a qué parte dan? Pregunta sobre los libros: ¿prefiero leerlos en vez de ir a fiestas, o todo eso depende del libro que sea y de cómo sea la fiesta?
¡Cuál es esa metodología! Supone en silencio que el hombre no se conoce a sí mismo, pero cuando se le hacen las preguntas adecuadas, ingeniosas, es aquella misma persona quien se inspecciona. Él se hace las preguntas a sí mismo, y él mismo se las responde. Sin pensar, se revelará a sí mismo un secreto que desconocía del todo. Y la segunda suposición, mortalmente peligrosa: que somos constantes, y que nuestras reacciones son previsibles.
de Norah Scarpa Filsinger
Siempre hay un tipo que sospecha de su mujer y eso no está mal,
se dijo. Pero esta vez fue la mujer la que sospechó del tipo. Y no se
quedó en el molde. No era lo suyo, pero… la bronca es grande… y la
paga también. Lo que no entendía era el apuro, los términos eran
precisos. Suspiró. Y ahora basta de dilaciones, se alentó. Lo más
sencillo, pero… veneno no quiere, está la autopsia. Recapacitó. El
método era lo esencial. Planeó el hecho con meticulosidad científica.
El tiempo, casi la clave. Lo acechó durante tres noches. Ahí estaba. Se
puso la gabardina gris y entró en el momento preciso. Esta vez sí. Pero
no.
El miserable ya estaba muerto.

Se hacía de noche y no podía dormir, el día había sido tan caluroso que el bochorno lo impregnaba todo, mi cuerpo estaba caliente y salí a pasear, a reencontrarme con los murciélagos que le hacen la competencia a mis ojos pues de carácter nocturno más que diurno son, y lo son porque de noche […]
Ayer salí de noche — Reve Cossue – Encadenado a mis palabras
Que Igor, el forzudo de nuestro circo, tenía un romance con Raisa, la partener del lanzador de cuchillos, es algo que sabía todo el circo. E incluso buena parte de los espectadores, a poco vivos
que estuviesen. Pero precisemos: los sabía todo el circo menos Pietro, el lanzador de cuchillos. O al menos no se enteró hasta el último día, cuando cazó al aire una conversación en la que se
hablaba de su cornamenta. Ese mismo día, el tercero de los cuchillos fue a parar al cuello de Raisa, con tal fuerza y tanta rabia que lo atravesó y quedó clavado en la madera, tambaleándose. Fue la primera y única vez que hemos visto llorar a Igor el forzudo, un tipo rudo e impertérrito capaz de levantar una caravana con la mano izquierda mientras se lía un cigarrillo con la derecha. Y todo ello, sin darse apenas importancia.

| Empezó a escribir cuentos “cortos y raros” desde muy pequeño, pero no fue hasta que encontró, en el año 2002, a Ficticia (www.ficticia.com) en Internet, la página decana del cuento en la red. Ahí se enteró de que lo que escribía tenía un nombre, “microrrelatos”, y desde entonces sigue escribiendo y colaborando semanalmente en esa página. Ha sido ganador o finalista de concursos de relatos organizados por “El País”, “ABC”, “La Razón”, “Onda Madrid”, “RENFE”, “Augusto Monterroso”, “Museo de la Palabra” o “Relatos en Cadena” de la Cadena Ser, donde ha sido finalista en 8 ocasiones y este año 2015 estará presente en la final anual. Tiene escritos otros dos libros de microrrelatos (ambos con micronovela incluida, por supuesto) y está preparando un libro de relatos con el mundo del cine como protagonista. |
de Álvaro Ruiz de Mendarozqueta
La mejor manera que encontré para descargar la parte oscura
que llevamos dentro, fue asesinando gente en los cuentos. Forjé cierta
reputación y aparezco en antologías de la serie «Letra negra». Incluyo
algo de sadismo y toques eróticos —muy de moda—.
Sin ir más lejos acabo de mutilar a la vecina de arriba que me
tiene harto con sus tacos resonando a las seis de la mañana. Disfruté
mucho relatando cómo la desmembré con el cuchillo grande que uso
para el asado.
Salgo de casa a comprar algo para festejar. En la vereda dos
policías se me acercan; detrás de ellos, un empleado de la editorial me
señala con el dedo.
Álvaro Ruiz de Mendarozqueta. Publicó relatos y
artículos en las revistas SuperHumor, Sinergia, Clepsidra, Cuasar, Vórtice,
Gurbo, Gestalt, Axxon, miNatura, Brevilla y Puro Cuento. También publicó
en el diario El Litoral de Santa Fe y en las antologías Fase Uno, Fase
Dos, Grageas 2, Todo el país en un libro. Fue incluido en las
antologías Microrrelatos navideños y Fútbol en breve, de Internacional
Microcuentista y Antología de microrrelatos de amor y desamor, de
Brevillia. Alción Editora publicó su libro de cuentos El arte de lo efímero.

de Héctor Ranea
Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy
vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la
calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien
con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles
qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar u
policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos.
—Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder
respirar.
—¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes
bajas.
—Creo que yo lo maté.
—¿Cree? —dijo, sacando su arma reglamentaria—.
Acompáñeme a la Comisaría.
—Pero… ¿y el muerto?
—No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted
quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó.
—Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije.
—Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—.
Vamos. ¡Venga! —reforzó con un grito su orden.
De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé
congelado en el vidrio.
—No puedo acompañarla. Estoy congelado. Debe ser el miedo.
No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló
en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron
levemente.
Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y
muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de
nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver
pasar un espejo por la calle con un hombre desnudo dentro. La
encontraron culpable.
Héctor Ranea. Educado en escuelas públicas y la
Universidad Nacional de La Plata, es poeta, escritor y jubilado de los
sistemas de educación universitaria y científico. Como escritor es autor
de un libro de poemas (Profundo corazón de la marea, Último Reino 2000),
un libro de divulgación científica (Los cazadores de la unificación perdida,
Editorial Colihue 1992) y participa en 13 antologías de diferente corte.
Tiene varios libros de narrativa y poesía en preparación.