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Hace tres años fue mi novia. Pero en tres años suceden muchas cosas.
Lo supe aquella tarde. caminaba por el paseo y los tordos alborotados gritaban por la llegada de la noche. coincidimos. Nos fuimos despacio como si todo lo fuéramos contando. Cerca de su casa pensaba despedirme.
—¿Quieres conocer a mi niña? —Su pregunta hizo que me detuviese.
Subí hasta llegar a un breve departamento. Dos piezas, una cocina. La niña dormía.
De un libro sacó un poema que le hice y de un alhajero, unos aretes en forma de hoja que le regalé. Me conmovió.
Sin pensarlo la besé y con pasión correspondió. Mis manos llegaron a sus pechos generosos. Poco antes de introducirme se puso seria.
— ¡Es que hacemos mal!¡No lo hagas!
—¿No quieres? —contesté enérgico.
¡Cómo disfrutamos! Ella despejaba el cabello de su frente, mientras mis manos cargaban sus caderas. El recuerdo de nuestro amor abrió las veredas que alguna vez cerramos.Se levantó, se puso la bata y fue al baño que se encontraba en uno de los pasillos de la escalera. Llegó con un lavamanos repleto de agua limpia, se acercó y empezó a enjabonar mis genitales con delicadeza. Me quedé en un suspiro, en lucha contra la sensación y conmovido por su actitud.
Salí en silencio. Por el camino, recordé que esa limpieza me la habían hecho sólo una vez; fue cuando me metí en un burdel y la meretriz, cuando secaba mis testículos, me sonreía y preguntó: ¿Cuándo regresas?
En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.
Con un trapeador el intendente limpiaba los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos. los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares estaban de pie. Aunque lo más cercano sería, que con un ojo dormitaran y con el otro durmieran.
Sólo es un instante. Es como si la maquinaria se detuviese y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que toman las decisiones críticas, se les despertaba, si fuese necesario.
En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperaban con temor el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras, aunque quisieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, tomaban los signos vitales, dan las pastillas y se van.
El puente entre la paciente y la institución eran los internos de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban llevarlas al servicio de atención obstétrica, cuando tuviesen cuatro centímetros de dilatación de la matriz. Algunas mujeres no esperaban, y el parto se atendía en la cama. Éste hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un interno de pregrado es no tener “Camachos”.
En el momento exacto –a esa hora crucial– preparaban al jefe de internos: Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar. A las tres de la mañana lo caracterizaron para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.
Guiaban la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.
El jefe –en el silencio del entorno– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaban alzando la voz.
El escándalo despertó a todo el mundo.
Los auxiliares y enfermeras se movían rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.
Se pasó la «parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron
sus extremidades, para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica.
Mientras tanto, los demás le daban consuelo.
–Ya, señora; todo va a salir bien.
El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.
–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! – exclamó.
Nadie contuvo las carcajadas.
El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.
Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.
Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre quitaré tus cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después brotaras en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?
Solo canta una rana, nadie sabe qué dice o a quién le canta, Ella deja de cantar cuando el agua llena el pantano y la noche se pone ciega. ¿Será por temor o por qué no aparece la luna?
llegué de provincia y fue un dolor de suspiros separarme de mi novia.
Tomé el dinero de mis pasajes y regresé a mi ciudad. Mi novia se encontraba internada en un hospital. El telegrama lo giró una amiga en común.
Una semana antes me había despedido de mis padres:
Poco antes de entrar a su cuarto, llegó su padre: un sujeto cachetón, moreno, de bigote, chaparro y vestido con un verde olivo, trabajaba en el departamento de tránsito local. —recordé que vivía con su padre y un hermano pequeño.
—¿Eres el novio de Isabel?
—Si
—Ha estado preguntando por ti y a nombre de su amiga te mandé el telegrama. ¿Te peleaste con ella?
—Para nada.
—Entonces…
—¿Qué le ha dicho ?
— No ha querido decir nada. Te dejaré con ella, le hace bien tu compañía.
Entré sigiloso. La tenían con un tubo metido en la nariz y dormitaba. Cuando me sintió, entreabrió los ojos. Gemidos breves que intercalaba con sollozos. Acerqué mi cara y la abracé. Nos quedamos quietos. La humedad brincaba de sus ojos a mis quijadas. No supe que decirle. Sentí sus lágrimas en mis labios y más me trabé.
—¿Quién te avisó?
—Carmen, me dijo Carmen. —No le quise decir que fue su padre.
Seguía llorando, sin sollozos, como si su cabeza anduviese en no sé dónde. Le secaba sus lágrimas, y mi mano apretaba la suya. No me atrevía a interrogarla, —pues que madres le pasó, para tomarse no sé cuántas pastillas de Valium. De esto me enteré en la recepción al darle una ojeada a los expedientes que las enfermeras tenían regados en el mostrador y cuando me alejaba hacia su cuarto, escuché decir a una de ellas, en voz baja: “ este es el novio” Entonces tomó significación la pregunta de su padre ¿ “te peleaste con ella”? Dejó de llorar y sus labios secos se pegaron a mi mejilla, después al oído me susurro. “ Te quiero” “
—Hice una cosa mala. Pero, no debo decirlo, sino que trato de olvidar.
—¿Qué hiciste?
Volvió a gemir y a sollozar y un nuevo regato de lágrimas le cruzó la mejilla. Me estrujé. Se me hicieron pelotas las palabras y me quedé con la pregunta de “’ Qué fue lo que hiciste” solamente secaba su llanto.
—Ya no aguanto. No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y hacer las tareas de la casa. Y luego…mi papá … Ya no aguanto.
Cuando le iba a decir que me esperase, que buscaría un trabajo en la capital, que yo… Entró la enfermera.
—Es hora de su lavado gástrico y ya terminó la hora de la visita.
Con una seña le indiqué que me regresaba a la capital. Ya no pude ver su cara porque la enfermera me apresuraba a que saliese del cuarto.
A la salida me tope con su padre. Serio, con unos ojillos horizontales. Me miró inflando los cachetes.
—¿Le dijo algo?
Me puse a la defensiva.
— Qué tendría que decirme.
— Si le contó porqué tomó tantas pastillas.
— No quise preguntarle. Esa es cuestión suya…
Le tembló el bigote y recomponiendo su cara, volvió.
—Solo quise saber el por qué. Mi trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio. La dejo sola y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo todo. Entienda mi ansiedad…
—No sé porque habrá tomado esa decisión.
—Yo también fui joven. Sé que cuando la pareja se junta: es lumbre y gasolina. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.
—No entiendo. le dije. –como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si no me la había cogido y que si ella no estaba panzona.
—Creo que si me entiende. Confió que no sea así.
Di por terminada la plática y me despedí.
—¿Tiene algún teléfono donde llamarle?
—No.
Me retiré con mil preguntas y respuestas dolorosas. Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana ya estaba en la clase de anatomía. En la noche me entretuve dándole de chingadazos a la cabecera de la cama para que el roncador me dejara descansar.

El gris rueda y queda suspendido en el aire. La tomo del brazo y me cimbro al recordar, pero ella no recuerda. Debo actuar rápido: un tirón de reloj, un movimiento de pistola… Ojalá y no sepa quién soy, ¡aunque he cambiado tanto! Ya no soy el joven tímido y serio. Ella sigue siendo la misma, mi dulce niña, tiernos ojos y sonrisa de flor. ¿Recordará las mariposas que le regalé? Tiembla. Lo hacía de niña y respira ahora, como las veces que corría tras la pelota. ¡Pero nada! Esto es un trabajo más.
Me alejo y pregunto si me habrá reconocido.
Mi cama es blanda con sabanas de algodón guinda. Me gustan las veladoras que aluzan tímidamente y dejan escapar olores de sándalo. Tengo una sobre el buró, para prender cuando el foco se apague. Como hace calor dormiremos sin frazada. no uso piyama, sólo calzo una camiseta larga que llega a las rodillas. Me quitaré la ropa. ¡no mires!, voltea a la pared. ¿Dime deseas que me ponga perfume o prefieres mi aroma después del baño? Anda metete a la cama y descubre el lado donde me acostaré. Sabes, siempre tengo pies fríos, ¿te importa si los caliento entre tus piernas? Afuera están los tonos de la noche, aquí la suavidad de una luz y el perfume de la veladora. Me recuesto sobre tu pecho, tu mano acaricia mis hombros. Quedo te digo: me encanta que estés en el lugar donde sueño y es la primera vez que un hombre se acuesta conmigo en este lecho, no me defraudes por favor.
Al caminar pegado a la pared, evitaba la multitud que corría estrepitosa por la avenida buscando el cobijo de un café. Los carros fluorescentes tomaban el carril de acuerdo a la amplitud de onda y se desplazaban dejando un silbido melodioso en el ambiente.
Al llegar a una pared de nanocristales, los sensores le dieron paso al interior del museo. De todas partes escuchó que le hablaban.
—No tenemos mucho tiempo. Créame, arriesgo mi trabajo. Sólo disponemos de treinta minutos para que usted pueda acceder a ella. Es una de las pocas máquinas que aún funcionan en el mundo. Pero… ¿sabe utilizarla?
—Por supuesto que sí. Hace como cincuenta años, había miles.
—Confío en usted. Lo dejo. Voy al centro de vigilancia.
—Gracias. ¡Jamás podré agradecérselo!
Tomó el disco compacto que había guardado. El brillo reflejó su rostro ajado, movió la cabeza y se humedeció la piel fláccida del párpado. Recordó que la vida había sido justa con él, pero no le dio la oportunidad de vivir a su lado. Prendió la máquina y la luz del monitor se desparramó sobre su calvicie. Insertó el disco en la unidad y esperó más tiempo de lo que él necesitó para recordarla.
Interrumpió sus pensamientos, al ver que el láser tardaba en darle lectura y pensó lo peor pero, poco a poco, aparecieron las letras como si hubieran sido escritas el día de ayer. Sintió calorcillo e imaginó el momento en que esas líneas fueron tecleadas por ella. Volvió a leer lo que había sido el principio del silencio. Tuvo que carraspear para aflojar el nudo de la garganta.
«Siempre tuve la impresión de que un acto de infidelidad me dejaría con una sensación de vergüenza, con el sabor de haber masticado lo amargo de unas hojas y con un sentimiento sucio pegado en mi alma. Pero contigo, las cosas tomaron un rumbo distinto; a tu lado sentí la suavidad de una pluma buscando las veredas de mi cuerpo, tan frescas, y tan puras, que fueron brisa. Mi nombre fue hermoso en tu boca y tuve una sonrisa diferente. Mi ser gritaba al poseer el ardor de tus letras. En noches frías, tú sabías encenderme y despertar en mí a la mujer. Nada más hermoso que recrear que vamos caminando por una banqueta del mundo y que tú cargas mis libros, y yo juego con tus labios en cada una de las esquinas en que nos detenemos y contemplamos la reunión de las cosas, pero… »
—Dispone sólo de tres minutos.
— ¿Hay alguna forma de pasarlo al nuevo formato?
—Tal vez, pero lo desconozco; para nosotros, es sólo chatarra tecnológica. Lo siento.
Vio las palabras una vez más, y apagó el monitor.
Una multitud observa cómo se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle a su madre enferma otra porción. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.