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Archivo de categoría: GENERAL
Poesía japonesa
Es media noche,
y los fantasmas cuentan
cosas de vivos.

ROMÁNTICOS Y MUSICALES — manologo

Cuando adolescentes, Lucho y yo éramos bien románticos y musicales; en realidad el que hacía música era él que tocaba guitarra y no yo que, aunque me gustaba la música, ya conté más de una vez que de chico me pidieron que “cantara en mudo” el himno nacional, porque desorejaba a todo el colegio: […]
ROMÁNTICOS Y MUSICALES — manologo
Después del naufragio
Tomado del libro «La metamorfosis de Diana» de José Manuel Ortiz Soto
Después del naufragio
Luego de siglos a la deriva, la botella fue arrojada por el mar hacia la costa. Aturdido por el fuerte impacto, el náufrago vio resquebrarse el muro de la prisión milenaria. «¡Soy libre! ¡Soy libre!», oyó a su voz decir entre el romper de las olas. Pero al júbilo inicial siguieron dudas, apartarse de los restos de la antigua cárcel exigía de reflexiones que terminaban por hacerlo desandar sus pasos. Un día, sin embargo, tiritando bajo el fragor de la tormenta, echó a caminar tierra adentro. Cuando parecía que su destino errabundo no tendría fin, el viajero se detuvo frente a la enorme pared de la caja en que su mundo estaba contenido.

Flores de invierno y otros dos poemas de Louise Glück — El Blog de Arena

. . Hace un par de semanas se hizo público el Premio Nobel de Literatura, el cual este año le fue otorgado a la poeta Louise Glück. Digo desde ya que no conocía ni siquiera de nombre a dicha señora y, por supuesto, nunca había leído algo de ella, ni siquiera en una antología o […]
Flores de invierno y otros dos poemas de Louise Glück — El Blog de Arena
NAVIDADES — LOS ESCRITOS DE XAVIER
No entiendo cómo nos ponemos la meta de las Navidades. No entiendo que se cierren las mentes, solo y únicamente, en esa dirección. Sin pensar en nada más. Solo estamos mirando las navidades, nada más, es algo inaudito. Navidades!!! Joder que hay 40.000 muertos!!! Y subiendo!!! Y habrá en aquellas fechas y después más si […]
NAVIDADES — LOS ESCRITOS DE XAVIER
hayku
Rubén García García
La hoja que cae,
y el viento la levanta.
Sepia es la tarde.

La Otra odisea del Microdecameron
Carmen de la Rosa
Sentada en el trono de Ítaca, Penélope despacha los asuntos del reino con sus consejeras. Ni rastro de los pretendientes ni de Telémaco. Argos, tendido a sus pies, apenas menea el rabo a Ulises en señal de bienvenida. Qué pronto has vuelto, querido, dice ella. Ulises zarpa de nuevo aquella misma mañana.

Shoefiti de Enrique Silva Rodriguez
De la antología de Lilian Elpohick «o dispara usted o disparo yo»
Me preguntaste asustado qué era eso de colgar zapatos en los
cables. Y yo te contesté: «es un arte». El arte de frenar el mundo y
hacerle un nudo ciego en las patas a Dios. Nadie sabe de dónde viene
ni adónde va. Pero más allá de tus pasos, fueron tus zapatos quienes te
trajeron a mí. Siempre es igual y nadie se da cuenta. La falta de arte nos
está embruteciendo a todos. La culpa es del sistema. Yo sólo soy la
sombra que arrojará tus zapatillas a los cables. Después de apuñalarte y
tirar tu cuerpo al Mapocho.
Enrique Silva Rodríguez,
alias Quique, cantautor, poeta y
escritor. Dicta Talleres de Estimulación a la Lectura y Escritura
creativa. Ha ganado uno que otro concurso literario nacional e
internacional. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés,
italiano y rumano. Ha participado en la Feria Internacional del Libro
de Los Mochis, México; y en Caaguazú lee, de Coronel Oviedo,
Paraguay. Vive en Maule-Coronel, en una casa azul montada sobre un
cerro a orillas del mar.

Poesía japonesa
Rubén García García
Se hunden los pájaros
en un cielo de nieblas
y se hacen de aire.

Poesía japonesa
Rubén García García
Silban los grillos
con su tierno murmullo.
Noche de truenos.

La señal cuento de Inés Arredondo
Ines Arredondo
El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.
Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.
Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.
Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.
No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.
El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.
Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.
Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.
—¿Me permite besarle los pies?
Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.
Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.
—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.
Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.
—Está bien.
—¿Quiere descalzarse?
Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lucido, tan lucido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.
Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.
No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.
Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.
El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.
Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.
Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.
¿Por que yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.
Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.
Yo estaba hecho un pañuelo, Julio Cortázar – Calle del Orco
Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO

Quizás alguno os habréis preguntado en alguna ocasión por qué escogí ese nombre para mi blog. Pues bien, voy a satisfacer vuestra curiosidad. Considero que los que escribimos nos movemos en esos dos espacios: entre la soledad y el aplauso. Pero malo es que estemos más tiempo en el aplauso que en la soledad. Para […]
Entre la soledad y el aplauso — ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO… ESCRIBO
La casa
Rubén García García
Un día al año la luna se aparta del camino. Su luz cobriza ilumina el bosque y una casa cobra brillo, su teja enrojece. Se oye la sonata de Beethoven. Al finalizar hay aplausos, sonrisas y el tintineo de las copas. Poco a poco la casa se oscurece y el silencio la enreda.

