Me acercas tu voz, mi oído hace fiesta y no sabe qué hacer; como el perro amarrado por días, y lo sueltas. Corro, me detengo, te miro, te beso. Deseo abrazarte, permanecer dentro.
Tu voz cotidiana que platica del viento, de los fantasmas que van, o te asomas por la ventana para mirar la pileta donde la luna acude a delinearse la sombra.
Me alcanza tu voz instructora, las frases que corriges, se transforman. Tienen tus ojos saber, y las cucarachas del lenguaje corren en desbandada. Me amenazas con tu sonrisa; bajo tu mirada, atento, pongo mi parco entendimiento para comprender las declinaciones que susurras.
En el devenir escucho tu voz de mujer sosiego, mujer oído que con su sapiencia alcanza mis viejas paredes. Cuando hablas y cantas mi nombre, mi oído se hincha y baila.















