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Sociedad
Rasgó el sobre y leyó el resultado: » El ochenta por ciento del personal a su cargo, ha tenido una o más prácticas de corrupción» .
-Haga lo que crea conveniente- le dijo el presidente.
Salieron pedacitos de papel, que al arrojarlos por la ventana, volaron como palomitas avergonzadas.
La media naranja
El baile de las lagartijas
Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que haría resaltar el verde voluptuoso untado de las piernas hacia la cola. Por la mañana después de cargar sus pilas al sol, colgaron a su cuello argollas de buena suerte. Se fueron desierto arriba, hacía el desfiladero, sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y esperaron en las partes bajas del río muerto, sin agua.
Los truenos distantes parecían tambores de guerra. Llegó el agua que corre ruidosa. La corriente hincha las ardientes rocas del desierto y las moscas zumban siguiendo las espumas del río. Son miríadas de dípteros que nacen en milésimas de segundo.
Las lagartijas bailan. Comen ante las asombradas dunas y las crestas rojizas de la cordillera. El río difunto ha resucitado. Bailan las lagartijas, que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta que ahora resalta el verde danzón de sus piernas.
Maniquí
Adolescencia
Los frutos
EL GEN
Huevos de pulga
La exnovia
Viviendo con los tíos
Hacía largas caminatas para disminuir el aburrimiento. Caminaba a medio sol por el impulso de caminar. Zigzagueante, toreando los carros por instinto. Ver los objetos pálidos sin contornos: mirar, sin mirar y en mi interior construía un circo de varias pistas que en cada una de ellas transcurría la vivencia de un sueño. Todos los actos se ejecutaban al unísono, con flashes, focos intermitentes y un sol artificial; qué absurdo caminar a la deriva sin ser, ni tampoco ser de los demás.
El departamento donde vivía era lo más cercano a un quirófano, todos los muebles estaban donde deberían de estar. Dos veces al día llegaba una franela impecable a quitarles el polvo acumulado y a dejarlos en el mismo lugar. Tallar, tallar, hasta que el brillo le musitaba a la señora “hasta aquí”.
Me sentaba en la cama con temor, rogando a Dios no manchar o arrugar la sábana que pudiese despertar el enfado de la señora. Había una atmósfera que apretaba de los hombros hasta meterte el cuello dentro del tórax. Respiraba como ratón y el reloj parecía soldado, que en vez de campanadas tocaba una marcha. El espejo simulaba un tercer ojo, las lámparas en las esquinas parecían torres. En la noche, para ir a mear, tenía que hacer un rito. En el silencio, me levantaba en dos tiempos, y antes de salir de mi cuarto revisaba uno a uno todos los botones de la pijama. Caminaba con tiento y cerraba la puerta del baño con seguro. Cuando el chorro grueso y enérgico caía en el agua de la taza haciendo un ruido mayúsculo, entonces musitaba con los incisos “Me vale madre”. Pero, disfrutaba más al presionar la palanca del retrete; era entonces cuando la tasa se tragaba toda el agua con remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos.
Ir a la calle era otra sensación, buscaba sitios transitados y me perdía en el gentío identificando a las mujeres que prodigasen sensualidad, las veía con emoción; que regodeo hacían mis ojos cuando parecían escuchar ese tam-tam que hacen dos glúteos al caminar. Una noche me encontraba en una glorieta. En ese semicírculo la vi. Me adelanté para mirar de reojo la cara. Su cuerpo me había dejado con un suspiro entrecortado. Tenía ojos pícaros que parecían invitarme. Ese instante en el que deseas abordar a una mujer es terrible y prefieres el silencio a un desprecio, sin embargo te cuestionas y después justificas: ¿Le digo un piropo? ,¿ La saludo?, ¡Qué hago!, qué hago. Sí le hago plática y me contesta, sí deja que la acompañe y con suerte acepta un ligue, después con qué dinero podría invitarle unos tacos, un café. Y sí… de dónde sacaría para el hotel. ¡ eso sería tener buena suerte!, o bien te manda a la chingada, o sale con que le has caído bien y te va a cobrar barato.
Harto de calle, llegaba al departamento y metía la llave con delicadeza, como si fuera a desvirgar una prostituta; para no despertar a la familia, no prendía la luz y a tientas llegaba a mi dormitorio.
Me quitaba las ropas, y me enfundaba la pijama. Prenda que detesto, pero hay que calzarla, para no contradecir la decencia. Me acostaba en línea recta, para no arrugar las sábanas y en el silencio total, me sucedía una inesperada erección a la cual tenía que cumplir, de manera ordenada y metódica, con suspiros profundos, casi espirituales. Esa satisfacción era como una unción que me limpiaba de las porquerías acumuladas durante el día y me daba fuerzas para sostenerme en los días por venir.
Las tijeras
Busqué con afán y no encontré el libro, el que contenía un texto, que firmaba como autor. Una semana antes lo había tenido en mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.—¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento? La lluvia y el frío ensuciaban La tarde.
—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio. Ella trabajaba haciendo artículos navideños que próximamente entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada, con los ojos puestos en la tela, el pegamento. O quizá en ese momento aparentaba y con el rabillo de sus ojos me veía.
Mi vida era una secuencia de tumbos y una ocasional victoria. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para luchar. Desaparecerlo constituía un golpe duro. Ella lo sabía.
La oscuridad de la tarde lluviosa era evidente. Prendí la luz blanca del comedor. Resoplé dejando el vaho sobre la frialdad del vidrio de la ventana. Oía la gota que martilleaba insistente la hoja del plátano.
Me acerqué milimétricamente a ella, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo haciendo retumbar en mis sienes los azotes del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Al mirar la mesa, encontré debajo de la tela un destello, que mis ojos bebieron. Recorrí palmo a palmo hasta llegar al instrumento, la tomé por los ojos de acero inoxidable y alargando el dedo medio sentí la aguja de su punta en la yema. Me acerqué más, las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El frío del metal me atraía, así que apreté las tijeras y… escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
— Cómo crees.
Sus manos de dedos alargados y finos como batutas palpaban sobre la mesa.
Y dándosela por el mango le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro la necesitas.
fOTO STELLA













