Clic

ElSueñodePicassoMurmura el sonido cuando un tallo frágil se quiebra por el peso de un ave. Nadie lo advierte, ni el mismo pájaro que por reflejo extiende sus alas. Es más, todos los días en la vida de cada quién, se tiene el breve clic. Una mirada fugaz e indiferente, el beso que se hizo rutina o una minúscula desatención que la justificamos por la prisa.

Sociedad

Rasgó el sobre y leyó el resultado: » El ochenta por ciento del personal a su cargo, ha tenido una o más prácticas de corrupción» .
-Haga lo que crea conveniente- le dijo el presidente.
Salieron pedacitos de papel, que al arrojarlos por la ventana, volaron como palomitas avergonzadas.

La media naranja

mujer-en-linea-ligando

Defensor del amor como complemento,  se casó con una mujer opuesta en todo a él. La vida dejó de ser una fiesta,  cuando sus hijas pasaron a formar parte de las filas maternas. Ahora, pena por la casa como un fantasma que arrastra su silencio. 

El baile de las lagartijas

Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que haría resaltar el verde voluptuoso untado de las piernas hacia la cola. Por la mañana después de cargar sus pilas al sol, colgaron a su cuello argollas de buena suerte. Se fueron desierto arriba, hacía el desfiladero, sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y esperaron en las partes bajas del río muerto, sin agua.

Los truenos distantes parecían tambores de guerra. Llegó el agua que corre ruidosa. La corriente hincha las ardientes rocas del desierto y las moscas zumban siguiendo las espumas del río. Son miríadas de dípteros que nacen en milésimas de segundo.
Las lagartijas bailan. Comen ante las asombradas dunas y las crestas rojizas de la cordillera. El río difunto ha resucitado. Bailan las lagartijas, que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta que ahora resalta el verde danzón de sus piernas.

Maniquí

2284747908_4cf21dae19No conoció  la gracia de danzar con el viento.  Jamás vibró con  el solo de la flauta,  ni se detuvo  a contemplar  el sabor de la luna. Yace virgen, envuelta en una sábana que tiene más vida que ella en vida.

Los frutos

angeles

Autopsiado el viejo médico, salieron de su  pericardio miríadas de secretos, unos volaron, pero los más reptaron  hasta diluirse en las aguas del inframundo.

EL GEN

gemelos6_400x3741

Sintió la presencia de otro ser similar y aprovechando una contracción puso el cordón alrededor de su cuello. Después de la cesárea, sólo uno de los gemelos lloró.

Huevos de pulga


Les dijo que se iría del circo porque su vocación eran las matemáticas.
La recordarían años después como la pulga negra de la familia.
pulga Carlota

La exnovia

mujer masoTengo una cicatriz en el brazo, oculta bajo los vellos entrecanos.
Estaba con Raúl. Su novia lo había cortado, la mía se desvaneció. Le di una gran chupada al cigarro y en vez de apagarlo en el cenicero, lo apagué con la piel de mi brazo. ¿Qué haces?, e intentó Raúl romper la liga entre la brasa y mi piel. Dejé de pensar intensamente en ella, para solamente pensar. El ardor me duró una semana. Hoy recuerdo.

Dormía en el autobús. De la casa a la facultad y de ésta hacia la pensión. Quería estar alerta para succionar las letras de los textos. Dejaba de leer, hasta que las palabras brincaban de un renglón a otro. A las dos de la mañana me permitía un descanso y entonces me largaba con el pensamiento buscando a la novia ausente. Hasta que un día, dejé de ir…

Hace cinco años visité a un compañero de la preparatoria que vivía en otra ciudad. Me enseñó una foto ampliada, tan grande como un pliego de papel de china. Quedé perplejo: Allí estaba ella, la novia que se desvaneció y que en la madrugada, en el silenco del cuartucho iba por ella.

Eramos preparatorianos, pero, ya se nos cocían las habas por ser médicos. Aquella noche salimos los cinco a cazar un perro y lo “cazamos”: desnutrido y dócil, se dejó conducir hasta la casa de Coco. Habíamos quedado que lo operaríamos en un cuarto de azotea, que colindaba con el cuarto de su bisabuela, que ya no se daba cuenta de nada, pero que impresionaba por los gritos. diciendo “pecho a tierra.”
Conseguimos instrumental prestado, -coperacha para comprar éter. Y nos dimos cita: vestidos con bata azul y cubrebocas. Allí, en esa azotea donde se veía pasar un arroyo mal oliente, le quitamos la virginidad a la panza del perro. ¡Cómo no acordarme, si esa vez cuando empuñaba el escalpelo, se me nublaron los ojos y me hice de chicle! Esto que pasó lo tengo vivo en mi cabeza.

V i la foto. Estábamos los cinco y ella, la única mujer. ¡Qué memoria más mierda tengo! Hoy, que los párpados me cubren la mitad de los ojos, intento hacer un esfuerzo y no, no hay nada, hay silencio, oscuridad, pero nada de esa imagen en que estamos todos y ella. Tengo una laguna que parece mar sin fondo. Sin recuerdo, sin ella, sin mí. Está escondido, o borrado, no lo sé. Ella está al centro, con sus ojos abiertos de negro y vida. Los demás, la rodeamos vestidos con traje de cirujano. ¿Qué le pasó a mi memoria?, ¿quién se atrevió a operarme el recuerdo? Bastardo hijo de la chingada, ¿cuántos recuerdos más te llevaste?

En una fiesta de la generación vi a Raúl, pues quedamos hombro con hombro. Quedo, le pregunté.
— ¿Qué fue de Carmen?
Se sonrió y ladeo la cabeza para acercarse y hablar bajito:decidió casarse con un maestro de obras. De esos que tienes dos empleados y agarran de albañilería, pintura y lo que se arrime. Tuvo dos o tres hijos y ella los mantiene porque su marido la dejó por otra. Un día, la vi por el mercado, flaca, plana y tasajeada por la mala vida y el tiempo. Sé que me vio, pero se hizo la loca. No digo que soy un santo, pero su vida conmigo sería muy diferente.
— ¿Y tu Isabel?
-Después de que se la llevó su papá, no supe nada de ella.

Hay cosas que no se pueden decir, y tuve dos noticias; una de primera mano, y la otra de segunda. La primera es que yo estuve con ella, una noche en el que vivimos una secuencia de besos y quejidos. Toda la noche. Nunca la volví a ver luego de aquella vez. La Segunda noticia, sucedió uno o dos años después, a quinientos kilómetros. Me dijo el Pepe:
—Isabel vino a verme al sanatorio, te acuerdas de ella.
— ¡Claro que sí!
— Anduviste con ella hace siglos.
— Cierto… ¿Qué pasó?
— Quería que le diera trabajo en el laboratorio, pero no tenía espacio. Cosas de la vida, recién había contratado a una chica. La invité a comer y después no sé cómo sucedió, pero terminamos en el motel. Oye, que pechos más grandes y erectos tiene.
— Pero no te encabronas, ¿verdad?
— Lo nuestro terminó hace mucho tiempo. No tengo porque encabronarme.
— Ya ves cabrón, y tú que la respetaste tanto.

Viviendo con los tíos

Hacía largas caminatas  para disminuir el aburrimiento. Caminaba a medio sol por el impulso de caminar.   Zigzagueante, toreando  los carros por instinto. Ver los objetos pálidos sin contornos: mirar, sin mirar y en mi interior construía un circo de varias pistas que en cada una de ellas transcurría  la vivencia  de un sueño. Todos los actos se ejecutaban al unísono, con flashes, focos intermitentes y un sol artificial; qué absurdo caminar a la deriva sin ser, ni tampoco ser de los demás.

 

El departamento donde vivía era lo más cercano a un quirófano, todos los muebles estaban donde deberían de estar. Dos veces al día llegaba una franela impecable a quitarles el polvo acumulado y a dejarlos en el mismo lugar. Tallar, tallar, hasta que el brillo le musitaba a la señora “hasta aquí”.

Me sentaba en la cama con temor, rogando a Dios no manchar o arrugar  la sábana que pudiese despertar el enfado de la señora. Había una atmósfera  que  apretaba de los hombros hasta meterte el cuello dentro del tórax. Respiraba como ratón y  el reloj  parecía soldado, que en vez de campanadas tocaba una marcha. El espejo  simulaba un tercer ojo, las lámparas en las esquinas  parecían torres. En la noche, para ir a mear, tenía que hacer un rito. En el silencio, me levantaba en dos tiempos, y antes de salir de mi cuarto revisaba uno a uno todos los botones de la pijama. Caminaba con tiento y cerraba la puerta del baño con seguro. Cuando el chorro grueso y enérgico caía en el agua de la taza haciendo un ruido mayúsculo, entonces musitaba con los incisos “Me vale madre”. Pero,  disfrutaba más al presionar la palanca del retrete; era entonces cuando la tasa se tragaba toda el agua con remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos.

 

 Ir a la calle era otra sensación, buscaba sitios transitados y me perdía en el gentío identificando a las mujeres que prodigasen sensualidad, las veía con emoción; que regodeo hacían mis ojos cuando parecían escuchar ese tam-tam que hacen dos glúteos al caminar. Una noche me encontraba en una glorieta. En ese semicírculo la vi. Me adelanté para mirar de reojo la cara. Su cuerpo me había dejado con un suspiro entrecortado. Tenía ojos pícaros que parecían invitarme. Ese instante en el que deseas abordar a una mujer es terrible y prefieres el silencio a un desprecio, sin embargo te cuestionas y después justificas: ¿Le digo un piropo? ,¿ La saludo?, ¡Qué hago!, qué hago. Sí le hago plática y me contesta, sí deja que la acompañe y con suerte acepta un ligue, después con qué dinero podría invitarle unos tacos, un café. Y sí…  de dónde sacaría para el hotel. ¡ eso sería tener buena suerte!,  o bien te manda a la chingada, o sale con que le has caído bien y te va a cobrar barato.

 

Harto de calle, llegaba al departamento y metía la llave con delicadeza, como si fuera a desvirgar una prostituta; para no despertar a la familia, no prendía la luz y a tientas llegaba a mi  dormitorio.

Me quitaba las ropas, y me enfundaba la pijama. Prenda que detesto, pero  hay que calzarla, para no contradecir la decencia. Me acostaba en línea recta, para no arrugar las sábanas y en el silencio total, me sucedía una inesperada erección a la cual tenía que cumplir,  de manera ordenada y metódica, con suspiros profundos, casi espirituales. Esa satisfacción era como una unción que me limpiaba de las porquerías acumuladas durante el día y me daba fuerzas para sostenerme en los días por venir.

Las tijeras

TIJERAS - copiaBusqué con afán y no encontré el libro, el que contenía un texto, que firmaba como autor. Una semana antes lo había tenido en mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.—¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento? La lluvia y el frío ensuciaban La tarde.
—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio. Ella trabajaba haciendo artículos navideños que próximamente entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada, con los ojos puestos en la tela, el pegamento. O quizá en ese momento aparentaba y con el rabillo de sus ojos me veía.
Mi vida era una secuencia de tumbos y una ocasional victoria. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para luchar. Desaparecerlo constituía un golpe duro. Ella lo sabía.
La oscuridad de la tarde lluviosa era evidente. Prendí la luz blanca del comedor. Resoplé dejando el vaho sobre la frialdad del vidrio de la ventana. Oía la gota que martilleaba insistente la hoja del plátano.
Me acerqué milimétricamente a ella, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo haciendo retumbar en mis sienes los azotes del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Al mirar la mesa, encontré debajo de la tela un destello, que mis ojos bebieron. Recorrí palmo a palmo hasta llegar al instrumento, la tomé por los ojos de acero inoxidable y alargando el dedo medio sentí la aguja de su punta en la yema. Me acerqué más, las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El frío del metal me atraía, así que apreté las tijeras y… escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
— Cómo crees.
Sus manos de dedos alargados y finos como batutas palpaban sobre la mesa.
Y dándosela por el mango le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro la necesitas.

fOTO STELLA

Una vieja casona

2539225478_af147b42be_m1

El autobús se detiene cada kilómetro. Los tráileres avanzan simulando hipopótamos en el fango. Cierro los ojos, respiro profundo. Pienso en el día que la conocí.

Trabajo para el licenciado Solórzano. En el despacho, laboramos diez personas. Es una casona antigua en las afueras de la ciudad. Hay oficinistas, licenciados y personal de mantenimiento. Mi responsabilidad es en el área de cobranza, pero me gusta ser útil. Mi esposa falleció y el cuidado de mi hijo se hizo relativo cuando él me comunicó que se iba a vivir al extranjero. Así que mi jefe un buen día me comentó: deja de rentar y acondiciona el sótano para que vivas.

Por la mañana camino, riego el prado y fabrico andamios para que los rosales suban por las paredes. Estas rosas disfrutan exhibiéndose,  a costa de que sus tallos se quiebren. Antes de subir a la oficina, practico la guitarra y en voz baja canto. Una mañana, llamaron a mi puerta, quizá pensando que se trataba de una bodega.— ¿No quiere un café? —Escuché.

Al abrir, me encontré con una muchacha de veinte años, con cara de sorpresa. El rulo de su pelo negro caía sobre la frente y danzaba de un lado a otro. Vestía blusa color azul y falda de medio vuelo gris.

Mitza fue contratada para ordenar el archivo. Un trabajo meticuloso, que exige discreción y seriedad. El trato diario, la ayuda que le presté en sus primeras semanas bastaron para hacernos buenos amigos.

La casa vieja había sido convertida en una oficina funcional, pero nadie podía quitarle el olor a intimidad: su sala, cocina, el traspatio, la biblioteca, sus vericuetos y mi guarida que decoré con reproducciones de Cézzane,  Gauguin,  adornaban la pared. La guitarra colgaba en una esquina y ésta me reparaba del cansancio y del silencio.

Salía con frecuencia fuera de la ciudad, atendiendo diversos asuntos. Casi siempre, regresaba el mismo día; sólo había dos puntos en los que tenía que pernoctar; si bien estaban distantes, compensaban por el paisaje exuberante y la bondad de las personas.

Un día de verano,  pregunté: ¿Qué va a hacer este domingo?,  Si gusta del agua, la invito a mojarse y a comer.Sigue leyendo «Una vieja casona»

El novio

hombre-solo La pinche vieja de la pensión era una fodonga, solo había que darle una mirada a la cocina y la estufa tenía costras sobre la costra. Dormía en una cama de resortes y mi condurmiente era un sujeto blanco, chaparro, panzón y con  bigotes  estirados.

-Si  ves que ronco, solo dale un chingadazo a la  cabecera de la cama y con eso dejo de roncar.

Si era cierto, pero el cabrón dejaba de roncar diez  minutos y luego agarraba su ritmo de graves profundos. Era molesto. Nadie roncaba con tanto volumen como él.

No había billete para una mejor pensión, así que me salía a estudiar al café que estaba en la esquina,  que no gozaba de mucha clientela.  Había llegado de  provincia y fue un dolor de suspiros separarme de mi novia —¡joder era la primera! —, días después,  la dueña  de la pensión me  entregó un  telegrama  —en ese  tiempo no había redes—.  Recibir un telegrama  te ponía en tensión,  pues  las noticias con urgencia, casi siempre son amargas.

Tomé el dinero de mis pasajes y regresé a mi ciudad.  Mi  novia  se encontraba  internada en un hospital.  El  telegrama  me lo giró una amiga en común.

Hace tan solo una semana  me despedí de mis padres.  El dinero que me dieron:

—Esto para la pensión,  para tus  pasajes y para tus libretas.  Estíralo lo más que puedas,  — enfatizó, mi madre. Ahora,   el gasto del transporte, los pasajes y las libretas  se harían mierda.

Bajé del autobús  con  dolor y sudando.   No recordaba ningún pleito con ella, sino todo lo contrario, estuvimos  en la nevería de siempre, donde  podía darle sus besos y tocar “distraído”   sus  senos abundantes.

Regresar a la ciudad,  cuando no tenía mucho de haberme abrazado con mis padres, me sofocaba  y me sobresaltaba encontrarme algún pariente, que los enterara, cuando ellos, pensaban que le daba duro a los estudios.

Poco antes de entrar a su cuarto, llegó su padre: un sujeto  cachetón, moreno,  de bigote, chaparro y vestido con  un verde olivo, trabajaba en  el departamento de tránsito local.  —Me enteré por ella  que vivía  con su padre y un hermano pequeño.

—¿Eres el novio de  Isabel?

—Si

—Ha estado preguntando por ti y a nombre de su amiga te mandé el telegrama. ¿Te peleaste con ella?

—Para nada.

—Entonces…

—¿Qué le  ha dicho ?

— No ha querido decir nada. Te dejaré con ella,  le hace bien tu compañía.

Entré sigiloso. La tenían con un tubo  metido en la nariz y dormitaba. Cuando  me sintió,  entreabrió los ojos.  Gemidos breves que intercalaba con sollozos. Acerqué  mi cara y la abracé. Nos quedamos quietos. La humedad  brincaba de sus ojos  a mis quijadas. No supe que decirle. Sentí sus lágrimas en mis labios y más  me trabé.

—¿Quién te avisó?

—Carmen, me dijo Carmen. —No le quise decir que fue su padre.

Seguía llorando, sin  sollozos, como si su cabeza anduviese en no sé dónde. Le secaba sus lágrimas, y mi mano apretaba la suya. No me atrevía a interrogarla, —pues que madres le pasó, para tomarse no sé cuantas pastillas de valium.  De esto me enteré en la recepción al darle una ojeada a los expedientes que las enfermeras tenían regados en el mostrador y cuando me alejaba hacia su cuarto, escuché  decir a una de ellas, en voz baja: “ este es el novio” Entonces tomó significación la pregunta de su padre “¿ te peleaste con ella?

Dejó de llorar y sus labios secos se pegaron  a  mi mejilla, después al oído me susurro. “ Te quiero” “

           —Hice una cosa mala. Pero, no debo decirlo, sino que trato de olvidar.

—¿Qué hiciste?

Volvió a gemir y a sollozar y un nuevo regato de lágrimas le cruzó la mejilla. Me estrujé.  Se me hicieron pelotas las palabras y me quedé con la pregunta de “’ Qué fue lo que hiciste”  solamente  secaba su llanto.

—Ya no aguanto. No puedo ser estudiante, cuidar a mi hermano, y

 hacer  las tareas de la casa.  Y luego…mi papá … Ya no aguanto.

Cuando le iba a decir que me esperase, que buscaría un trabajo en la capital, que yo… Entró la enfermera:

—Es hora de su lavado gástrico y ya terminó la hora de la visita.

Con una seña le indiqué que me regresaba a la capital. Ya no pude ver su cara porque la enfermera  me apresuraba a que saliese del cuarto.

A la salida me tope con su padre. Serio, con unos ojillos  horizontales. Me miró inflando los cachetes.

—    ¿Le dijo algo?

Me puse  a la defensiva.

—    Qué tendría que decirme.

—    Si le contó porque tomó tantas pastillas.

—    No quise preguntarle. Esa  es cuestión suya…

Le tembló el bigote y recomponiendo  su  cara, volvió.

—Solo quise saber el por qué. Mi trabajo me exige estar las veinticuatro horas en servicio.  La dejo sola y le doy más responsabilidades de las que puede soportar. Como padre tengo la obligación de saberlo  todo. Entienda mi ansiedad…

—No sé porque habrá tomado esa decisión.

    —Yo también  fui joven. Sé  que cuando la pareja se junta: es lumbre y gasolina. Soy amigo de usted, puede tenerme confianza.

—No entiendo. – como putas madres no iba entender, este cerdo me estaba diciendo que si no me la había cogido y que si ella no estaba panzona.

—    Creo que si me entiende.  Confió que no sea  así.

Di por terminada la plática y me despedí.

—    ¿Tiene algún teléfono donde llamarle?

—    No.  —

Me retiré con mil preguntas y respuestas dolorosas. Llegué a la capital por la madrugada y por la mañana ya estaba en la clase de anatomía. En la noche me  entretuve dándole  de chingadazos  a la cabecera de la cama para que el roncador me dejara descansar.

La sombra del cedro

La mañana es fría. La gente cuchichea mientras se sienta. De las casas, llega el olor a café. Empieza la sesión. Presido la mesa. En breve, las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión y convencimiento. Mis oyentes se hacen señas y muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

Te recuerdo y te digo: “No puedo abrazarte, ni decirte lo bien que me he sentido. En la distancia contemplo fugazmente tus ojos, ¿Si pudieras leer mi pensamiento? ¿Si pudieras mirarme la cara?, verías la sombra del viejo cedro que golpea la ventana y se recuesta en mis labios”

Me preguntan, dialogo, discuto. Así son las mesas de trabajo. Mis ojos esperan -con paciencia- otro silencio. Otro disparo: “Tu y yo dándonos vueltas con los brazos abiertos para sentir la inmensidad del monte en nuestra piel”.

La gente mayor me invita a sus casas. Las mujeres, cuando se enteran que me gustan las plantas, desean enseñarme su jardín.
-Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo,
Yo acepto. Otras cortan algunas rosas y me las dan:
-Para que se la lleve a su novia.
Nadie nota mi desesperación. Será un fin de semana largo.
Me urge montarme en un carro. Comer kilómetros de la lengua de asfalto, sentir que nos esperamos. Ansioso de su abrazo, y ella del mío