Ocaso

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El ocaso se pierde.
Llegan las nubes cara de vaca y ocultan los rayos de sol.
Nada interrumpe mi oleaje que teje la espuma como eficaz hilandera.
Hay dolores que revientan y no espantan; ni tampoco las felicidades adolescentes que envanecen.
Alabo el sacerdote que nunca ha dejado de ser pobre y que ahora es viejo.
Admiro a la mujer que es feliz aunque para todos viva en pecado.
A mi edad la muerte reclama un sitio en mi cama. Y la vida es río hasta que se pierde en el mar.
Me sorprenden las garzas que llegan, el croar de las ranas y los gritos de las chachalacas.
El amor florece.
Me entusiasma vivir, pero entiendo que todo lo que inicia termina.  huelo la tierra mojada y buscaré un lugar al lado de los sapos barraganes.
Sabiendo que la mudez se acerca.

El viaje

 

mar

Tomaré la ruta de oriente. Cruzando el puente, detendré mis ojos en los pescadores que buscan, en las aguas turbias del río, al pez Bobo. Allá arriba, mis ojos se imaginarán los caminos perdidos de la montaña. Después de la cuesta está el mar; y en la lejanía, veré el barco que hunde la quilla en la espuma como un clavo en el silencio. El sol parece nadar en el horizonte.

 

Despedida

wallpaper_van-gogh_animaatjes-11Aquellas noches interminables han quedado atrás. Lo nuestro es un tren en fuga, un abrazo desaseado. Un niño que llora cuando ve que el globo no tiene más dirección que el cielo. No depende de mí devolverle su sonrisa. Doblo la cabeza, cierro los ojos, y entiendo que lo que inicia termina. Duele con la pesadez de una tumba, mas pasará como todos los dolores; que al fin y al cabo la vida azota el mazo y dice que algo debo de pagar por los encuentros felices que me diste. La óptica es diferente, tal vez para ti, sólo sea el prólogo de una libertad deseada. No lo sé.

Rinoceronte

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Si tuvieses la línea esbelta de un caballo serías unicornio. Dios tuvo otros planes.
La hipertrofia muscular y un abdomen donde una mujer obesa podría acostarse, te hace ser terrenal. Cavernícola, obedeces al instinto, a la energía primigenia que brota de la erección de tu armadura. Embistes al viento, a la selva, a la roca y, de ser posible, hasta tu sombra. Se sabe que padeces de visión precaria.
Cuando veo que tu mirada abraza con intensidad el cuerpo del cachorro, entiendo que te reconcilias con la vida y con el amor.

Ruptura

En alguna noche me dije:
¡Esto no puede venir de ella! Y movía la cabeza como las marionetas que venden en los mercados de vecindad. Entonces cerré el libro y acepté de una vez por todas que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto.palomass

Las tijeras

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Busqué con afán y no encontré el libro donde aparecía un texto de mi autoría. Una semana antes, lo había tenido entre mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.
— ¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento?
—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas sólo puedes saberlo tú. me contestó molesta mi mujer.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada con los ojos puestos en la tela de campanitas impresas, en el pegamento. O quizá, fingía. Mi vida era una secuencia de tumbos y de ocasionales victorias. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para seguir escribiendo. Desaparecer mi libro, constituía un golpe duro a mi persona. Ella lo sabía.
Me acerqué poco a poco hacia ella. Cada vez, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo. Retumbando en mis sienes los martillos del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos en su tórax, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Me contuve.
Mis ojos encontraron debajo de la tela de pinos y campanitas, un destello que provenía de la afilada punta de la tijera. Me aproximé a la mesa. Las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.
tomando las tijeras, le dije:
—Estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.

Eres

paisajes,muellePuedo escribir. Pelo caoba que fulge, tobogán de mi nariz tu cuello, tus senos montañas sagradas. Tu oasis la coma de tu ombligo, la rosa de tu cima, y nado como sol sobre la caída de tus muslos. Mi piel canta y recuerda el solo de trompeta de Armstrong, Miramos el cielo, el muelle y pasan los barcos que no van a ninguna parte. La alborada nos sorprende y Gershwin baila su foxtrot en nuestro abdomen. Las calles de Paris, tan cerca tan lejos y tan íntimas.

El artista del cielo

M

hombre payaso

Un artista del cielo
El payaso “Risitas” sustituyó al hombre bala. Tronó el cañón y él salió disparado. Movía los brazos como si fuese ave y las manos como lo hacen las plumas sobre el parabrisas; el público de píe aplaudía a rabiar. Salió del circo al cielo y jamás regresó.

El almohadón

No requería tanto tiempo. Quince o veinte minutos bastaban. Teníamos un clima interior alimentado por caricias ocultas, tan o más eficientes que las se prodigan en la intimidad. Nuestro problema era distraer la atención de la mamá.

Yo llegaba por la noche y subir las escaleras en la oscuridad del pasillo, era mi disgusto. Nunca recibieron un acabado, y más de una vez tropecé. Alcanzaba el penúltimo escalón con el resoplo de un caballo viejo. La mamá rutinariamente veía películas gringas, pues era sorda por lo que prefería leer los subtítulos; siempre recogida en el sofá. Un mueble, por su tamaño, servía de división entre la sala y la puerta de la cocina.

Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en un comedor de cuatro sillas, a espaldas de la señora. Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría. Bajo la mesa comenzábamos el juego. Desnudos los pies, nos acariciábamos. Ella ascendía por mis piernas hasta localizar la entrepierna y, después, frotaba y frotaba hasta conseguir alterarme; se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte, respondía de la misma manera. Así que después de una hora de retozo, los ojos nos brillaban, brutal reflejo de lo que dentro ardía.

La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego. Ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara muy pegada a la mejilla de su progenitora quien le daba algunas indicaciones en voz baja. Tenía una falda corta que dejaba ver sus muslos y, por la manera como estaba, los pliegues de los glúteos y el color de las bragas. Mis manos fueron libélulas y se deslizaron con suavidad por la piel blanca, turgente.

Ella volteó y me hizo seña que me calmara, pero eso levantó más mis ansias y recargué cuerpo y deseo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, pero topó con mi dureza; y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome apretones placenteros. Luego, lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa cuando se posa en el extremo de un tronco. Mientras seguía hablando con su mamá, su cuerpo ocultaba el mío.

Era casi la media noche y la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en los ojos admití que nada se podía hacer. Así que al despedirme de la señora, sin que se percatara, tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Ella me acompañó a la puerta, pero en la oscuridad del pasillo, no pudimos evitar el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes.

Minutos después, la panty quedaba por los escalones. Sus manos se apoyaban sobre la pared; yo, detrás de ella. Mis dedos izquierdos sujetaban su cintura, y los derechos sus caderas. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón, le pedí que se hincara. Ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían, se escuchó la voz de la mamá llamándola.
— ¡Ya súbete! Y por favor, ¡no maltrates el almohadón! Es el que hace juego con el color de la sala.

Temor o cobardía

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Oprimí tu mano; un golpe me cerró la razón y me vi después del tiempo: había miedo, deseo y esa sensación de estar bajo tu sombra. Zafé los dedos con lentitud, como retirándome de un vacío. ¿temor de vivir? ¿o de vivir contigo?

La bella Makiu

niña makiuEl oso,
el gato,
el gorila.
Los tres se pelean
por arrullar a Makiu.
El oso promete un enorme abrazo.
El gorila un grito
que espante a los fantasmas que rondan cerca de la cuna.
El gato en silencio
calienta los pies,
mientras afuera el viento helado desgañita por los tejados.
Makiu duerme y complace al gato que no para de ronronear…

 

Los patos

Animales.patosHuí, sin decirle a nadie. Salí de la tierra agrietada, del aire con sed. No me importó. Llegué a la ciudad. Nada fácil fue ganar la confianza de la gente que todo recela. Ayudante de velador, barrendero, mozo, limpiador de oficinas y desde hace meses me tienen en el archivo. Tengo un departamentito donde paso las noches y, aunque está en el último piso, es mi cueva que he amueblado con lo que otros desechan.
Desde hace meses, la inquietud me turba. Me he percatado que mi espacio se reduce. Los programas de la televisión que me entretenían, ahora, son indiferentes. Las canciones de moda me aburren. Por accidente, escuché una estación de Radio Universidad, me gustó, pero no pude soportar el violín.

Me veía en los espejos: flaco, de bigote parado y de orejas caídas. Hacía largas caminatas para cansarme; el aire de las calles es lleva humo de fritangas, olor de fábricas, coladeras sin tapa. La brisa que llegaba del mar sacudía mi piel en la madrugada, me devolvía el vigor, sólo era cuestión de abrir las ventanas y el viento de la noche enriquecía el ambiente. Ahora, ha cambiado, ya no sucede y tengo que respirar frecuente, porque el aire no me llena. Iba de una ventana a otra; y de la otra, hasta la puerta. El sueño se ausentó y para calmarme, necesité fumar, se me adosó tanto, que si no tenia visible una cajetilla de cigarros frente a mí, salía a buscarla, así fuese en la madrugada. Una noche, el portero del edificio tocó al departamento, pues escuchó un grito. Le dije que había sido yo, que tuve un mal sueño. Opté, entonces, por dejar el radio prendido. Para contrarrestar la somnolencia, abusé del café. Me sentía bien una o dos horas, pero después sobrevenía la fatiga. Un día, cuando compraba, la dependienta preguntó si estaba enfermo, le dije que no. Me siento bien y doblé el brazo para enseñarle mi “conejo”, pero la verdad, era que no rendía y hablaba sólo lo indispensable, dejé de ir a fiestas. De vez en cuando, hacía ronda con Alberto, un amigo del trabajo; ambos tomábamos el mismo autobús.
—Andas enamorado. —me decía.
Yo movía la cabeza.
—Entonces, ya no te la jales mucho. —Se carcajeaba.
La sensación de caerme al vacío, el aleteo, y ese olor a incienso, se hicieron frecuentes e insostenibles en mis sueños, tenía pavor a cerrar los ojos. Fui con un médico y después de una entrevista breve, recetó vitaminas, pastillas para los nervios e inyecciones que odio desde pequeño. No surtí la receta y confesé lo que me pasaba a mi compañero.
—Se te metió la tristeza, dicen que es el alma de una mujer que anda en pena. Yo no sé si creas, pero sería bueno que consultaras. Por mi pueblo, hay una mujer que cura. Mira, mi tío Jacinto empezó a hablar en las noches y le dio por vagar por el pueblo a deshoras. Vio médicos, curanderos y seguía peor, hasta que alguien nos dijo de ella y no sé qué le haría, pero el tío se curó. El lugar está lejos, pero vale, que te des una vuelta.

Llevé lo indispensable. Casi un día de viaje para llegar al pueblo de Sábila; y de allí, a pie, hasta divisar una loma y sobre ella, una choza de tarros,
—No puedes equivocarte, pues afuera está un nogal tan viejo que del tronco le han salido barbas y bajo el árbol habrá una pila de gente que espera. Llévate una manta por si tienes que pasar la noche a la intemperie.
Sábila es un pueblo viejo, con calles empedradas y una iglesia hecha de cantera y cal. Aún, se escucha el sonido de los cascos de los caballos y el rechinido de las carretas. Los vientos que llegan traen olor a piedra y a tierra cuando cosechan la papa. Del pueblo hasta la choza, hay media hora yéndose a pie. El camino es monótono, sólo crecen zacatillos. A mi lado, viaja gente de diferentes partes, hablan tan bien de la curandera, que me veo sorprendido y un olor a fe se tumbó en mi alma. En el cielo graznaban algunos patos y soplaba un vientecillo frío y molesto.
Desde mi inconsciencia, soportando el peso de la tierra, la recuerdo con su mechón de pelos en la mejilla. Mientras trajinaba seleccionando sus hierbas, la luz de la luna caía sobre un árbol desramado. Me atendió cuando todos se habían ido. La vieja cubrió mi cuerpo con hojas y raíces. El humo de aromas adormeció mi vigilia. Cuando desperté, el sol era intenso, pero mi alma sentía el frescor de la menta. Me dio la botella.
—Sólo tomarás cinco cucharadas por la noche, y ni una gota más. —Vuelvo a verte en una semana.
Un viaje que había sido tan fatigante, me hizo decidir que era mejor quedarme en aquel pueblito. Renté un cuarto amplio y ventilado. Los tres primeros días seguí con fidelidad su prescripción.
Vivía en la noche otra vida, cuántas veces percibí la fragancia de los sándalos, el color aduraznado de la luna que me llenaba de vitalidad y me hacía cantar como si la melodía hubiese nacido en mi garganta. Tenía otros ojos. No sabía cómo, pero me divisaba en una procesión de fe, llevaba en las manos una vela y una rosa. Aquella rosa me hacía recordar mis amores tristes, esos donde pones toda tu intensidad y que al doblar la esquina, ella se retira, abrazada de otro calor. Los cantos de las gentes daban paz a mi oído, y a la luz de las velas y el hincar de los pasos, la noche parecía abrirse y guiarnos hasta una pequeña loma donde se levantaba un santuario, abrazado por altísimas palmeras. Cuando llegábamos, cada uno inclinaba la cabeza; por un instante levanté la mirada y divisé a la sacerdotisa. Sus ojos oscuros y tibios de luz. El rostro se perfilaba a través de la gasa, que la cubría hasta sus rodillas; un rostro pequeño que invitaba al deseo de contemplarla. Fueron pasando al frente y percibía su voz, una discreta voz, y al estar frente a ella, despertaba. Despertaba en el sueño y volvía a otro acomodo para seguir ensoñando y continuar. Lento muy lento, avanzaba en mi deseo de mirarla. Un sueño repetido no sé cuantas veces, pero sentía que el tiempo pasaba presuroso, como un rio que no se detiene. Mi pelo se hacía largo, y la barba se poblaba.
Por las mañanas, recorría los caminos o divisaba las cabras cuando trotaban y formaban selvas de polvo y silencio. Comía vorazmente. Para un estómago lleno, seguía el bostezo; luego, el sueño y me acurrucaba en la cama dispuesto a viajar. Esa vez, el sueño se quedó muy lejos de mi deseo. Me senté. Con las palmas de mis manos oculté mi cara, pidiendo que llegase el sueño. No deseaba mirar la claridad y entreabrí lento los dedos de las manos y empecé a contar lo que en ese momento se pudiera contar. Cada vez que iniciaba otra cuenta, me iba envolviendo un remolino que adelgazaba el aire y me producía hipos de asfixia. Sin pensarlo, tomé la botella y sorbí más de un trago generoso. En la profundidad del sueño volví a verme.

Ella me llevó a su choza, hizo que me acostará, llenó de suspiros y humedades cada milímetro de mi piel, su olor de vida, su voz de silencio, me transformó. Mi alma fue una danza que remedó vientos, vaivenes de hojas y la noche profundamente estrellada fue el escenario de mi gloria y felicidad.

Afuera de mí, escuché rezos, plegarías que, seguramente, olían a corolas. No me importaba. Vivía un siglo con ella y zarandeamos a la montaña con nuestros juegos, el placer interminable de irla recorriendo con mis labios, con mi vida. Después, el alma desfallecía como el agua de un estanque que espera. Pasaron muchos años, recorrimos cientos de paisajes y a una sonrisa siempre seguía otra: forjamos un paisaje de agua y flores.
Las buenas gentes del pueblo me encontraron dormido, tal vez moribundo o, quizá, en su apreciación sin vida. Mí inconsciencia recuerda los rezos, el vientecillo de cera y rosas. Escuchaba el aleteo de los patos; “se sienten tan cerca, que pareciera que vuelo con ellos. Por más que intento abrir los ojos, sólo llegan neblinas. ¡Me llevan! Camino con los cantos, palpo mi cara y el olor del cedro me apabulla, es como si estuviese dentro de un árbol. Golpeo con furia la tabla, pero no me hago atender y no me escuchan y es que los patos no dejan de pasar, es una bandada, un griterío gigante que anuncia a todos un invierno atroz.

El hombre

pintura rembrand,hombre leyendoCuando cerraba la puerta su hijo lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y vio nítida la imagen de su esposo que hace dieciocho años, se había ido de viaje. Lo recuerda con el ceño fruncido, la ceja levantada y aquella sonrisa indefinible con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. fue un otoño, y el frío entraba por las rendijas de la puerta. Vivían en un condominio donde los edificios eran idénticos. Siente que era una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez… Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba hasta sus ojos. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y escuchó alguna conversación con la verdulera. Su voz era , suave, y susurrante parecía hablar consigo misma. Recién casados su voz comunicaba una alegría.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el pecho. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla