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Entré con respeto. Eludí flores de durazno, arabescos de arañas. Salió una niña espigada, pelo a la cintura, morena y una sonrisa con hoyuelos.




No es de extrañar que cruce de árbol en árbol dejando en cada rama evidencias que seducen a la caracola más exigente.
No me ofreciste el agua de tus ojos,
¡Cielo! ¡Aclárate!
Tus ojos tenían instantes de barcos lejanos detenidos en el mediodía. Te dije en silencio, que los años nunca dejaron de existir. Abriste tu ventana y la luna descubrió el hemisferio de tus pechos. Esa noche, el tul de la cortina danzó al vaivén de tu pelo. Te busqué tantas veces, pero nadie dijo nada, sólo los barcos encallados pretendían la palabra, pero las olas furiosas sonantes, rumiaban.
Mi barco viaja
separando las aguas.
Bruma en el puerto.
uerto
