Lo que besa la memoria

marip

Jugué con canicas, trompo, balero y carritos de madera. Me gustaba caminar bajo la lluvia y brincar sobre los charcos; ver las mariposas que iban revoloteando y otras marchaban como soldaditos sobre las flores que abrían después de la lluvia.  Lo mejor lo daba mamá: besos, abrazos sin ton ni son; café con leche por la mañana y pedacitos de harina que cocía en su estufa de petróleo. Ella decía que eran gatitos y yo me abrazaba a sus piernas.

Día para recordar

 

 

paisaje urbPuede ser de gota fina y fría o gruesa y golpeadora. El sol quemante, mediodía, domingo. Guayabera azul, manga larga, pantalón negro a la medida. Llevaba dos cuadras y todo cambio; el cielo se hizo negro y empezó el agua; sólo faltó que cayera un pez. Regresé a casa encabronado y con los zapatos de tela hechos mierda. Ha salido de nuevo el sol, es esplendoroso y falso.

Las pulgas y la peste

 

peste

Por Asia llegamos a Europa montando a las ratas. Nuestro paso dejó huellas por el número de vidas que segamos. Qué grandes nos sentíamos al conducir a millones de roedores. La sangre de la rata era amarga y la del humano dulce. Por cada familia, sólo quedaban dos para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.

Sin olvido

 

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¡Me despedí de ella hace tantos años! Pero la memoria no entierra lo que besa, tampoco lo que la muerde.

El placer del baño

mujer dormida

Gloria se bañaba con agua muy caliente. El ángel de la guarda, respetando su intimidad, se quedaba afuera pendiente de ella. Del vapor salía el fauno que con maestría la recorría haciéndola gemir. El querubín al escucharla decía: ¡Ah, lo que puede hacer el agua y el vapor en su cuerpo! y sonreía satisfecho, acicalando su plumaje.

Paisaje

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Miraba el paisaje. Era una tarde haciéndose vieja con un cielo de nubes naranjas y violetas. El viento desordenaba mi cabello. Del bosque de cedros venía el aroma y el ruido de las chicharras. A lo lejos el graznido de los patos. Me senté sobre una piedra fría, dura. Respiré profundo, y pensé en ella. Bajo el cielo pasaban las nubes distantes la una de la otra.

El nonagenario

anciano sentado

Lo acomodaban en una mecedora con vistas a la calle; que se entretuviese mirando pasar a la gente. Dormitaba, o bien el parloteo de las viejas que regresaban del mercado, lo despertaba. Ayer pasó un ángel, vestido corto y moviendo con cadencia la cadera, sin corpiño. Al verla, un rayo lo cimbró de la cabeza hasta el pubis. Sonrió y se dijo “joder, estoy cachondo”

Ayer y hoy

playa

No había sacerdote en el poblado, la gente iba hacia la playa y practicaban el rito del bautismo. Viajaban en lanchas, río abajo. Al llegar a la bocana, las olas crispadas podían voltear la embarcación, y más de una gente murió ahogada. Decía doña Mercedes: las playas de aquel tiempo estaban llenas de vida; mi mamá, que sabía manejar bien el bote, siempre traía un trasto de lámina que había servido para almacenar las galletas. En el mar por donde quiera que miraras se movía algo, en el cielo las gaviotas, bandadas de pájaros, mariposas que parecían marchar. Sobre la arena enormes cangrejos, cuando una ola deslizaba dejaban jaibas, pulpos pequeños y caracoles. Cuando teníamos hambre, juntábamos leña, y en el cacharro ponía agua dulce y nos hacía de comer, recogiendo de la playa el alimento. Hoy, todo venden.

¿Seré siempre de ti?

 

el ojo de Carlos

Algún día dejaré de escribir sobre ti. —Ella se río.
—Imposible. Mi alma es paisaje . Nunca dejarás de escribir.
—Guardaré silencio.
— Peor. —Repetiré que sigas con tu labor.
— Moriré.
—Me das risa, entonces obedecerás como espíritu, con el atributo de que tu escritura desaparecerá en cuanto termines un texto y volverás infinitamente al inicio.
—¡Soy entonces de ti!
—¡También soy de ti! Estamos encadenados, ¡así qué escribe!
Dijo imperativa la hoja en blanco.